El futuro de las misiones de la Congregación de la Misión en la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. · Año publicación original: 2007 · Fuente: Vincentiana, Septiembre-Octubre 2007.
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La misión en los primeros tiempos de la Iglesia

San Vicente de Paúl. Imagen de Arcabas

San Vicente de Paúl. Imagen de Arcabas

Después de Pentecostés los primeros cristianos anunciaron a Jesucristo con admirable perseverancia. Su proyecto misionero que­da reflejado en diversos pasajes del Nuevo Testamento. Poco antes de ascender a los cielos, Jesús envió a los apóstoles con esta palabras emblemáticas: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bauti­zándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ense­ñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). San Lucas en los hechos de los apóstoles nos informa sobre el camino misionero, emprendido en los comienzos de la vida de la Iglesia: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaría y hasta losconfines del mundo» (Act 1,8).

Otros pasajes del N.T. reflejan la conciencia misionera de las pri­meras comunidades cristianas. Sentían dentro de sí la ineludible necesidad de anunciar a Jesucristo: «No podemos dejar de hablar de loque hemos visto y oído» (Act 4,20). San Pablo manifiesta su modo de pensar cuando escribe: «Todos sabéis que ya desde los primeros díasDios me eligió entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentilesla palabra de la Buena Nueva y creyeran» (Act 15,7). En otra ocasión dirá a los corintios: «Anunciar el evangelio no es para mí un motivo degloria; es una obligación que tengo. Y ¡ay de mí si no predicara el evan­gelio! (1 Cor 9,16).

De los pasajes recordados se deducen tres conclusiones: la con­ciencia misionera de los primeros cristianos, puesta de manifiesto al sentirse responsables de la evangelización sin fronteras, la convicción de que un poco de levadura puede fermentar la masa y la apertura valiente a los distintos pueblos y culturas. Nunca admiraremos sufi­cientemente otra característica de la misión emprendida por los pri­meros cristianos: la participación de las familias y personas particu­lares. En los orígenes de la Iglesia el peso de la misión recayó sobre muchas personas: apóstoles, discípulos, presbíteros, diáconos, familias particulares y un elevado número de cristianos de a pie. San Pablo en el capítulo 16 de la carta a los Romanos recoge los nombres de una treintena de colaboradores activos.

Digamos, para terminar este primer apartado, que la misión llevada a cabo por Jesucristo en persona y, a partir de Pentecostés, por los primeros cristianos, ha servido de ejemplo para la misión emprendida por la Iglesia durante veinte siglos.

San Vicente apreció en sumo grado la misión emprendida por Jesucristo, los apóstoles y las primeras comunidades. Dirá el Santo con frecuencia: tenemos que seguir en todo a nuestro Señor Jesucristo, a los apóstoles y primeros cristianos. Somos continuadores de la misión de Jesucristo.

Los caminos de la Congregación de la Misión

«El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres» (C 1). San Vicente quiso que la Congregación de la Misión evangelizara a los pobres a través sobre todo, no únicamente, de determinados ministerios.

Primero: las misiones al pueblo. La función propia de los misioneros «es recorrer, a ejemplo de Cristo mismo y de los apóstoles, lospueblos y las aldeas, y repartir en ellos a los humildes el pan de la palabra divina con la predicación y la catequesis» (RC I, 2). «Actúan encontra de la Regla los que no quieren ir a una misión o los que, porhaber tenido que sufrir algo en ella, no quieren volver» (ES XI, 389). «Pues bien, lo más importante de nuestra vocación es trabajar hoy porla salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es másque accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiéramos juzgado queesto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto queproducen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos» (ES XI, 55). «Es cosa digna de un misionero tener y conservar este deseo de ir demisiones, de fomentar este empeño de asistir al pobre pueblo de laforma que le asistiría nuestro Señor» (ES XI, 389).

Segundo: la formación del clero. La Congregación de la Misión se compromete a «ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y lasvirtudes exigidas por su estado» (RC I, 1). Dios «nos llamó para quecontribuyéramos a formar buenos sacerdotes, a dar buenos pastoresa las parroquias y a enseñarles lo que tienen que saber y practicar»(ES XI, 390). Esta obra exige: «una dedicación seria, humilde, devota, constante, en correspondencia con la excelencia de la obra»(ES XI, 390).

Tercero: la misión «ad gentes».Algunos «dirán que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos, a las Indias, a Berbería. Pero, Dios y Señor mío, ¿no enviaste tú a Santo Tomás a las Indias ya los demás apóstoles por toda la tierra?» (ES XI, 395). «Nuestra voca­ción consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino portoda la tierra» (ES XI, 553). «Hemos sido llamados para llevar a nues­tro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios» (ES XI, 554).

Durante tres siglos

Los misioneros de la Congregación de la Misión durante tres siglos evangelizaron a los pobres ante todo por medio de tres minis­terios: misiones al pueblo, formación del clero y misiones «ad gentes».¿Qué ha sucedido a partir del Vaticano II? Basta, para responder, leer las estadísticas anuales o consultar el Catálogo General de la Congregación de la Misión o, todavía mejor, acercarse a las Provin­cias de la Congregación para percatarse de que algunos de estos ministerios no cuentan, por los motivos que fuere, con el aprecio y el apoyo de los misioneros. Pensemos, por ejemplo, en las misiones al pueblo. Durante siglos hemos sido reconocidos en la Iglesia como colaboradores cercanos de los párrocos a través de las misiones al pueblo de Dios. Con frecuencia hemos escuchado a sacerdotes y fie­les estos o parecidos comentarios, emitidos con no poca satisfacción y agradecimiento: nuestra parroquia fue misionada por los vicencia­nos en tal o cual fecha.

Un cambio de perspectiva

En la actualidad, apenas comenzado el tercer milenio, la Congre­gación de la misma manera que ciertos Institutos Religiosos, se ve afectada por un fenómeno intraeclesial, propio del período postcon­ciliar: el de la asimilación. Las grandes multinacionales conservan con celo el logotipo que las identifica y la marca de los productos que ponen a la venta. De esta manera mantienen en pie ante el público, del que dependen, su propia identidad. Es cuestión de vida o muerte. Los consumidores compran en el supermercado las marcas por ellos apetecidas. Si no las encuentran allí, dirigen sus pasos hacia otro establecimiento. Por lo regular adquieren productos de calidad, iden­tificados de alguna manera.

¿En qué medida se ve afectada la Congregación de la Misión por la asimilación? Muy sencillo. Los obispos, el clero e incluso los fieles desconocen nuestro nombre, nos consideran semejantes en todo a los miembros de otros muchos Institutos. y, por lo tanto, no nos identi­fican ni nos encuentran. Por otra parte, vista la situación desde den­tro de la comunidad vicenciana, nos resulta difícil hacer comprender a las gentes qué somos y qué producto vendemos. Nos parecemos tanto a los demás que, en realidad, ofrecemos idénticos o parecidos mensajes y métodos.

¿A que se debe esta situación? Tal vez, volviendo la mirada hacia atrás, a los cambios postconciliares que conmovieron desde los cimientos lo mismo a Europa que a los demás lugares del mundo. Tal vez a las mutaciones sociales y eclesiales posteriores al Vati­cano II, que afectaron en gran medida a la Congregación. Las olas encrespadas nos condujeron a estas playas, en las que nos encontra­mos. En tal circunstancia la Congregación de la Misión plasmó con acierto en las nuevas Constituciones lo relacionado con el fin propio. Pero, al emprender el camino hacia la consecución de dicho fin, asu­mió con no poca timidez, llegando a veces al olvido, el ministerio de las misiones al pueblo. Se trata sin duda de una gran pérdida. Las misiones al pueblo fueron durante siglos un distintivo congregacio­nal, un signo de identidad propia. Debido a la asimilación con otras entidades eclesiales, sobre todo con el clero diocesano, la identidad propia de la Congregación de la Misión perdió consistencia, que­dando un tanto diluida, sin color propio. Sin embargo, en una socie­dad indiferente y a veces descristianizada se ve cada vez más necesaria la evangelización extraordinaria que proporcionan las misiones al pueblo.

La sedentarización

En tiempos pasados un alto porcentaje de misioneros de la Con­gregación desempeñaron ministerios itinerantes. La casa era punto de partida de los numerosos Padres y Hermanos que animaban las misiones al pueblo. Su radio de acción misionera no se circunscribía a un área delimitada y reducida. El misionero permanecía a merced de las parroquias y lugares faltos de evangelización. Hoy, por el con­trario, la Congregación de la Misión emplea a un elevado número de misioneros en ministerios fijos, debido sobre todo al parroquianismo. La Congregación se ha sedentarizado, ha clavado sus tiendas en luga­res delimitados, en ámbitos parroquiales con frecuencia reducidos y estables. Esta opción por las parroquias, compartida por muchas Provincias, ha tenido consecuencias positivas en lo concerniente al equilibrio personal y a la evangelización. Muchos misioneros han encontrado una ocupación digna y, por otra parte, a través del minis­terio parroquial han evangelizado a los pobres. Esto es verdad. Pero, el lado negativo salta también a la vista. La Congregación, debido sobre todo al parroquianismo, experimenta y sufre en su propia en­traña dos consecuencias: una mayor sedentarización y, por supuesto, una fuerte asimilación. Nos desenvolvemos a tenor de los mismos parámetros que el clero diocesano y, en consecuencia, nuestras pecu­liaridades fundacionales quedan un tanto empañadas. Se ha dicho y escrito que la evangelización de los pobres, es decir, la misión propia, es una y única; que se puede llevar a cabo a través de muy diversos caminos y métodos, dígase ministerios. Estamos de acuerdo con los

que así piensan. Pero no deja de ser verdad que los ministerios, sobe todo los fundacionales, configuran a las Provincias y a los agentes que los ejercitan. El cura párroco sueña a diario y se desenvuelve al servicio de una pequeña parcela. Le preocupa la conservación y el crecimiento de la fe de la porción de feligreses a él asignados. El misionero vicenciano, en cambio, permanece a disposición de las necesidades pastorales sin límites de lugar. Vamos a donde nos lla­man, solía repetir San Vicente. Su presencia en los lugares es pasto­ralmente agresiva; intenta dar un nuevo y fuerte impulso a determi­nada comunidad cristiana.

Los efectos tienen una causa

¿Por qué la Congregación experimenta hoy los efectos de la asi­milación y de la sedentarización? ¿Por qué ha disminuido de manera significativa el número de misiones al pueblo, es decir, uno de los ministerios fundacionales? El Vaticano II impulsó la renovación dio­cesana y parroquial. Los sacerdotes diocesanos protagonizaron y acapararon su propio proceso de renovación. De ahí procede preci­samente una de las dificultades que afectaron a las misiones. A éstas no les fue fácil insertarse en el proceso de renovación parroquial y diocesana. Con frecuencia los sacerdotes diocesanos dejaron de sen­tir la necesidad de llamar a los misioneros a fin de impulsar la vida parroquial por medio de un ministerio por sí mismo extraordinario y temporal. Por otra parte, estas situaciones trajeron consigo otra con­secuencia: bastantes Provincias de la Congregación llegaron a la per­suasión de que el ministerio de las misiones al pueblo no encontraba acomodo en la pastoral diocesana y parroquial. En consecuencia, era preferible dar de baja a uno de los ministerios fundacionales. Por otra parte, a la Congregación de la Misión le faltó el conveniente ag­giornamento o adaptación de la dinámica y contenidos de la misión.

Asimismo, no pocos padres, al descender drásticamente la peti­ción de misiones al pueblo por parte del clero diocesano, asumieron responsabilidades parroquiales. En esta situación, con sus más y sus menos, se encuentran en la actualidad bastantes Provincias de Europa y de otras latitudes, en las que está presente la Congregación de la Misión. El número de Padres con ministerio parroquial a su cargo es muy superior al de Padres dedicados a las misiones. En otras Provincias este ministerio fundacional ni siquiera figura en los propios planes pastorales. Y, todavía peor, ha ido desapareciendo de la conciencia de muchos misioneros la apetencia de volver a poner en circulación el ministerio de las misiones al pueblo, con lo cual ha quedado marginado un distintivo inapreciable de nuestra propia identidad congregacional.

Un nuevo horizonte

La Iglesia universal y local ha reflexionado mucho a partir del Vaticano II sobre la evangelización. Las publicaciones firmadas por los papas y las conferencias episcopales son numerosas. Dígase lo mismo dentro del ámbito propio de la Congregación de la Misión. Las cuatro últimas Asambleas Generales incidieron sobre esta problemática. Toda esta documentación disponible resulta siempre enriquecedora.

Por otra parte, lo mismo en Europa que en otros lugares del mundo, constatamos una situación de crisis, en su doble sentido, negativo y positivo. En sentido negativo, debido a la increencia y al indiferentismo, al descenso de la práctica religiosa, al distanciamiento de la juventud con relación a la Iglesia, a la privatización de la religión, considerada como un asunto personal, sujeto a la decisión individual, y a una corriente postmoderna de pensamiento, que ha marchitado la fe de no pocos. Nos hallamos ante una sociedad un tanto paganizada, semejante en cierta medida a la que encontraron los apóstoles y primeros cristianos, con la diferencia de que aquel mundo era religioso y el actual no.

También encontramos en los ámbitos europeos y en otros muchos lugares del mundo factores positivos: el desarrollo económico y cultural, la superación del estado de cristiandad y un mejor enfoque del papel de la Iglesia en la sociedad.

Nuestra respuesta

Hemos sido prolíficos en documentos y planes, pero en cierta medida parcos y limitados en realizaciones. Lo que se necesita hoy es salir al campo abierto y trabajar con humildad y perseverancia.

De todos es conocida la nueva situación en la que se ven envueltas muchas parroquias, lo mismo en las ciudades que en las amplias zonas rurales. La mies es tanta, dada la frialdad religiosa y, en casos, el alto nivel de paganismo, que cada vez son más numerosos los párrocos decididos a pedir la colaboración de los misioneros. La Congregación de la Misión, debido a los cambios bruscos experimentados dentro de la Iglesia, salvo en contados lugares, no pudo o no supo en los años postconciliares ofrecer un medio apto de evangelización, acorde con el ministerio fundacional, como son las misiones al pueblo. Contamos al comienzo del siglo XXI con una nueva oportunidad. La Congregación de la Misión no debería faltar a la cita. Las misiones al pueblo tienen futuro. Se requiere una nueva reflexión y esto supuesto, tomar decisiones. Recordemos las palabras de San Vicente: «Actúan en contra de la Regla los que no quieren ir a unamisión o los que, por haber tenido que sufrir algo en ella, no quierenvolver» (ES XI, 389).

Conclusión

Tres motivos fundamentales piden a la Congregación de la Misión que reavive de nuevo el ministerio de las misiones al pueblo. En primer lugar, como decía San Vicente, el bien de las almas. Hoy podríamos repetir con el Santo: el pobre pueblo se pierde, se con­dena. Las comunidades de fieles cristianos necesitan fortalecer su respuesta de fe. Con más motivo, las parroquias en trance de descris­tianización piden una respuesta de nuestra parte. En segundo lugar, la urgente necesidad de ayuda extraordinaria en orden a una revita­lización de la fe, sentida por no pocos párrocos, debido a la ingente tarea que les desborda entre otros a causa del avance de la indiferen­cia religiosa y, en casos, debido a la disminución del clero y a la enormidad de las parroquias a cargo de un solo sacerdote. En tercer lugar porque las misiones al pueblo son desde los orígenes e incluso en la actualidad un signo de identidad de la Congregación de la Misión dentro de la Iglesia.

El Espíritu Santo no se desdice, ni retracta de los carismas con­cedidos a las comunidades en la Iglesia, y da su gracia para su eje­cución. A través de ellos ese mismo Espíritu por medio de la Congregación de la Misión salva y santifica a los pobres. Las misio­nes al pueblo no entraron en circulación debido al capricho de un particular, sino a la inspiración del Espíritu, recibida por el Funda­dor de la Misión,

Para que estos santos propósitos pasen a la práctica será conve­niente actualizar el celo por la salvación de los hombres, tal como lo entendió San Vicente. El Santo, hablando a los misioneros sobre las cinco virtudes, se expresaba en estos términos: «El celo consiste en eldeseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo; celo de extender elreino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en elmundo algo más perfecto?» (ES XI, 590). Con palabras semejantes se dirigía a los misioneros el 22 de agosto de 1655: «Pidamos a Dios quedé a la Compañía ese espíritu, ese corazón… que nos hace ir a cualquierparte» (ES XI, 190). Para terminar, digamos que las misiones al pue­blo de la Congregación de la Misión en la Iglesia tienen futuro.

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