«EL FIN APOSTÓLICO PROPIO» LA COMPAÑÍA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD Y LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN COMO SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

III. POR UNA RENOVACIÓN EN SINTONÍA CON EL FIN APOSTÓLICO PROPIO

  1. TENER SIEMPRE CLARA LA RELACIÓN ENTRE VOCACIÓN Y FIN PROPIO

El fin no se identifica con las obras, pero las obras deben nece­sariamente expresar el fin y llevarlo a cabo. Con esto se quiere decir que el fin no puede cambiar, siendo uno de los elementos constitu­tivos del patrimonio de un instituto». Las obras, los servicios con­cretos, las formas de actuación del fin pueden y deben variar, según las necesidades de los tiempos y lugares, pero poniendo mucho cui­dado de que conduzcan a lograr, lo mejor posible, el mismo fin: este, para los sacerdotes y hermanos de la Misión, es y seguirá sien­do «seguir a Cristo evangelizador de los pobres», para las Hijas de la Caridad «es servir a Cristo en los pobres». Para expresarlo con palabras del P. Antonio Elduayen, «identidad/identificación de la Congregación de la Misión tiene su origen, fundamentalmente, en aquello que llamamos Fin, Naturaleza, Espíritu (la Vocación). A veces se dan elementos (obras), como las misiones y la formación del clero, que pueden haberla marcado fuertemente y por mucho tiempo, pero no constituyen su naturaleza y fin fundantes». El mismo razonamiento vale para las Hijas de la Caridad.

Para los sacerdotes y hermanos de la Misión, como para las Hijas de la Caridad, el fin apostólico, como ideal capaz de llenar y transformar la vida, es el elemento determinante que debe orientar la espiritualidad, el trabajo apostólico, la vida comunitaria y su ordenamiento, la formación, la forma de gobierno y su ejercicio, la misma práctica de los consejos evangélicos. Todo está en relación y en función del fin apostólico y de su realización.

De todo esto procede la necesidad de que el fin esté siempre bien definido, claro, no solo a nivel de la formulación en los textos normativos, sino también a nivel de la comprensión por parte de todos los miembros de nuestros Institutos13. No se insistirá suficien­temente sobre este elemento, porque es un elemento esencial: es una cuestión de identidad. Si la Congregación de la Misión pierde de vista que su razón de ser es seguir a Cristo evangelizador de los pobres, no es más la Congregación de la Misión; si la Compañía de las Hijas de la Caridad no sirve a Cristo en los pobres, no es más la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Mientras fijamos la atención sobre el fin apostólico, es necesa­rio, sin embargo, con igual cuidado, actualizar las formas concretas a través de las cuales se puede realizar. Y no se ha de realizar de cualquier forma, sino del mejor modo posible. No todo puede ser compatible y accesible. Ser hijos e hijas de san Vicente comporta asumir una actitud de máxima atención para poder captar los signos de la Providencia y seguirlos con decisión. Esto requiere mucha atención a los signos de los tiempos, a las indicaciones o señales que brotan del contexto eclesial y social. En este sentido la Introducción a las Constituciones de la Congregación de la Misión de 1984 habla de «un fin siempre exigente», propuesto por san Vicente, pero «que ha de adaptarse sin cesar y con sabiduría a los nuevos tiempos». De manera coherente, el art. 2 de las Constituciones dice así: «Supuesto este fin, la Congregación de la Misión, atendiendo siempre al Evangelio, a los signos de los tiempos y a las peticiones más urgen­tes de la Iglesia, procurará abrir nuevos caminos y aplicar medios adaptados a las circunstancias de tiempo y lugar, se esforzará ade­más por enjuiciar y ordenar las obras y ministerios, permaneciendo así en estado de renovación continua».

Una consecuencia lógica se encuentra en el art. 1, 1, de los Estatutos: «Abandónense gradualmente las obras de apostolado que, tras un ponderado examen, se vea que en la actualidad han dejado de responder a la vocación de la Congregación».

A la luz de estos principios, se debe leer lo que dice el art. 14 de las Misiones Populares: «tan entrañablemente queridas por el Fundador, emprenderemos, pues, la obra de las misiones, adaptán­dolas a las circunstancias de tiempo y lugar y buscando con esmero todas las posibilidades de darles nuevo impulso».

En la misma línea están las indicaciones que encontramos en las Constituciones y Estatutos de la Compañía de las Hijas de la Caridad que hablan de la «creatividad y valentía» con que se debe responder «a las llamadas de la Iglesia y a las urgencias de los pobres, respetando las culturas» (C.12 b), y «revisiones periódicas, a todos los niveles, ofrecen la posibilidad de adaptar los diferentes servicios a las condiciones de tiempo y lugares» (Estatuto 11, b).

Si bien es cierto que, según el Código de Derecho Canónico, la tarea propia de los capítulos (para nosotros son las Asambleas) es «proteger el patrimonio del Instituto del cual habla el c. 578 y prourar la acomodación y renovación de acuerdo con el mismo» (c. 631), también es cierto que este debe tener en cuenta a toda perso­na consagrada con su estilo de vida.

  1. TODO DEBE ESTAR EN FUNCIÓN DEL FIN APOSTÓLICO Y TODO A PARTIR DE ÉL.

Ya lo hemos mencionado anteriormente, pero vale la pena retornar sobre el concepto de centralidad del fin apostólico en nuestros institutos en tanto que son sociedades de vida apostólica. Tomemos algunas expresiones significativas de las Constituciones y Estatutos.

2.1 Para los sacerdotes y hermanos de la Misión

— La consagración de los miembros de la Congregación de la Misión para toda su vida es la evangelización de los pobres (cfr. C. 28). Será pues la evangelización de los pobres la que dará a toda su actividad un carácter unitario (cfr. C. 25, 2°). Será siempre el fin, conjuntamente con la naturaleza y el espíritu, lo que debe inspirar y dirigir la vida y la organización de la Congregación (cfr. C. 9). La formación de los miembros deberá tener esto en su punto de mira y en la obra de formación de los sacerdotes y miembros de la Congregación deberá ayudarles a hacer propia la elección de la Iglesia en favor de los pobres (cfr. C. 15).

Los votos de estabilidad, castidad, pobreza y obediencia son
emitidos por los miembros de la Congregación «con la mirada pues­ta en alcanzar de un modo más eficaz y seguro el fin de la misma Congregación» (C. 3, § 3).

2.2 Para las Hijas de la Caridad:

— «Llevan una vida fraterna en común, con miras a la misión específica de servicio (C. 32 a); con miras al servicio de Cristo en los Pobres, la Comunidad local elabora su Proyecto comunitario (C.35 a); las Hijas de la Caridad deben ser acogedoras y estar dis­ponibles para todos, «dando preferencia, sin embargo, a las necesi­dades de la misión y a los momentos que requiere la vida comuni­taria» (C. 37); la frecuencia y duración de las visitas a la familia se señalan a nivel provincial, teniendo en cuenta la prioridad que ha de darse al servicio de los pobres y a la vida comunitaria (Est., 23 b).

«Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Caridad
se comprometen a vivir su consagración bautismal mediante la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obedien­cia, que reciben de dicho servicio su carácter específico» (C. 27); el fin es de tal manera determinante para la Hija de la Caridad, que a él «se comprometen por un voto específico» (C. 24 a).

CONCLUSIÓN

Ya durante los trabajos de revisión del Código de Derecho Canónico no faltaban los que se preguntaban si deberían incluirse las así llamadas Sociedades de Vida común entre los Institutos de Vida Consagrada, poniendo el acento sobre los elementos que los asemejaban más que en las diferencias. Por el contrario, el Cardenal Castillo Lara defendía muy particularmente la elección de una cate­goría aparte, del todo ajena a la vida consagrada. Jaques Arragain ha llegado a hablar no solo de distinción absoluta, sino que ha afirma­do sin rodeos que hay «una alergia total entre las Sociedades de Vida Apostólica y los Institutos de Vida Consagrada»14. Sin querer forzar el sentido de la cuestión, nos vienen a la mente las palabras de san Vicente cuando diferenciaba la identidad propia de sus fundaciones, distinguiéndolas netamente de las existentes. En particular, cuando enseñaba a las Hijas de la Caridad a responder a las preguntas de cualquier Obispo, o cuando les decía a las suyas: «No penséis en la grandeza de las religiosas; estimadlas mucho y no busquéis excesi­vamente su trato… Tenéis que tener mucho miedo de tomar parte en otro espíritu diferente del que Dios ha dado a vuestra Compañía».

He aquí el punto fundamental: «¡Qué necesario es, hijas mías, que os entreguéis a Dios para conocer vuestro espíritu!».

Conocer el espíritu propio del Instituto, asimilarlo, hacerlo pro­pio, defenderlo de posibles contaminaciones, vivirlo sin componen­das, permitir su auténtico desarrollo. Consideremos vivir como per­sonas, en cuales el «ser entregadas y dadas a Dios» no tiene su ori­gen en la profesión de los consejos evangélicos sino en la elección previa y fundamental de «seguir a Cristo evangelizador de los pobres» y de «servir a Cristo servidor de los pobres».

Me gustaría concluir con unas palabras de san Vicente:

«Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres; pues, cuando se ama mucho a una perso­na, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña compañía procura dedicarse con afecto a servir a los pobres, que son los preferidos de Dios; por eso tenemos motivos para esperar que, por amor hacia ellos, también non amará Dios a nosotros. Así pues, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandona­dos; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios» (SVP, XI, 273).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *