«EL FIN APOSTÓLICO PROPIO»: LA COMPAÑÍA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD Y LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN COMO SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

El tema relativo al «fin apostólico propio» toca el punto nucle­ar que determina, en Código de Derecho Canónico de 1983, la dis­tinción entre los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Para afrontarlo adecuadamente es necesario reunir perspectivas diferentes. Primero es necesario un acercamiento jurí­dico canónico; también es indispensable un apunte histórico, sin olvidar aquellos elementos que están ligados al carisma propio, sea de la Congregación de la Misión, sea de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Algunos elementos pueden parecer, a primera vista, inútiles, y podrán resultar tediosos, me refiero en particular a los elementos jurídicos, pero me parece que no se podrán tener en menor conside­ración.

  1. DEL CÓDIGO DE 1917 AL CÓDIGO DE 1983

a expresión «fin apostólico propio» reenvía inmediatamente al Código de Derecho Canónico de la Iglesia católica, promulgado el 25 de enero de 1983 por san Juan Pablo II, en sustitución del Código considerado Pío-Benedictino de 1917. La expresión citada se encuentra en el canon 731, que dice textualmente:

 los institutos de vida consagrada se añaden las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.

Entre éstas existen sociedades cuyos miembros abrazan los conse­jos evangélicos mediante un vínculo determinado por las consti­tuciones.

Para tener una idea clara es importante partir de la considera­ción de la compleja realidad de la vida consagrada dentro del códi­go mismo. El libro segundo está dedicado al Pueblo de Dios. En él se trata ante todo de los fieles (parte I), a continuación de la consti­tución jerárquica de la Iglesia (parte II), después se habla de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostóli­ca (parte III), pero subdividiendo esta parte en dos secciones neta­mente distintas, para evitar confusiones: la primera relativa a los Institutos de vida consagrada, comprendiendo, ya sea los Institutos religiosos propiamente dichos, ya sea los institutos seculares; la segunda relativa a las sociedades de vida apostólica.

Para comprender que la realidad de la vida consagrada es una realidad compleja bastarán algunos apuntes históricos, con particu­lar atención a nuestras dos compañías.

Se sabe que la codificación canónica de 1917 fue la primera organización sistemática de todo el derecho de la Iglesia, esparcido hasta entonces en múltiples documentos, tanto que durante la prepa­ración del Vaticano I se decía: «estamos sumergidos por las leyes». En el libro segundo del Código de 1917, que trataba de las personas, se hablaba primero de los clérigos, después de los religiosos, final­mente de los laicos. Al término del tratado de los religiosos venía el título XVII (décimo séptimo) sobre las «Sociedades sea de hombres o de mujeres que viven en común sin votos» (se entendía sin «votos públicos»). Bajo tal denominación, que ponía el acento en «vivir en común», como elemento característico, se reagrupaban varios Institutos y Sociedades, muy diferentes entre sí, sobre todo de tipo misionero, que no podían ser reconocidos o que no se reconocían, por su origen o por su historia, como «religiosos». Según el canon 673, §1 sus elementos calificativos eran: la imitación del modo de vivir de los religiosos, la vida común, la ausencia de los tradiciona­les votos públicos. El código de 1917 asignaba a estas sociedades una posición vecina de los institutos religiosos, reconociendo, sin embargo, su carácter específico.

De este modo eran consideradas también la Congregación de la Misión y la Compañía de la Hijas de la Caridad, como después fueron oficialmente reconocidas en las Constituciones de 1954. No será superfluo poner de relieve que hasta aquella fecha los dos Institutos habían vivido con el derecho procedente de la época de su fundación o de los años inmediatamente posteriores. Las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión datan del tiempo de san Vicente, en 1658; las Constituciones Mayores, que se referían al Superior General y al gobierno de toda la Congregación, de 1668; las Constituciones Selectas fueron aprobadas por Clemente X por el Breve Ex Iniuncto Nobis, de junio de 1670. Las Reglas Comunes de la Compañía de las Hijas de la Caridad, fueron dise­ñadas por san Vicente de Paúl y reorganizadas por el P. Almerás, con el añadido de los Estatutos de naturaleza prevalentemente jurídica.

Las Constituciones de la Congregación de la Misión de 1954, aprobadas por Pío XII el 19 de julio de 1953 y promulgadas por el P. Slatery el 25 de enero de 1954, clasificaban a la Congregación como «Sociedad clerical exenta, y sus miembros, aunque no son religiosos propiamente dichos, imitan, sin embargo, el modo de vida de los religiosos, viviendo en común bajo el régimen de sus Superiores, según sus propias constituciones y con votos no públi­cos, pero sí privilegiados» (Art. 1). En cuanto al fin, las Constituciones de 1954 distinguen entre «un fin general», consisten­te en «procurar la gloria de Dios y la perfección propia de sus miem­bros», y un fin «especial», que consiste en: 1° Evangelizar a los pobres, especialmente a los campesinos; 2° Ayudar a los eclesiásti­cos en la adquisición de las ciencias y virtudes requeridas por su estado; 3° Practicar las obras de caridad y educación» (Art. 2).

Las Constituciones de la Compañía de las Hijas de la Caridad de 1954, aprobadas por la Congregación de Religiosos el 1 de junio de 1954, y promulgadas por el P. William M. Slattery el 27 de sep­tiembre de 1954, precisaban que dicha Compañía «no había sido erigida en Congregación religiosa» y proseguían: «Es una sociedad en la cual se vive en común, bajo el gobierno de los Superiores, según las Constituciones y Reglas aprobadas, con votos no públi­cos, pero privilegiados». Se decía después de manera explícita: «entra en el título XVII del Código de Derecho Canónico» (art. 1). También en las Hijas de la Caridad se distinguía entre «fin general de la Compañía», reconocido en «procurar la gloria de Dios y la santificación de los propios miembros» (art. 2), y el fin particular, descrito en los términos de las Reglas Comunes: «Honrar a Nuestro Señor Jesucristo, como manantial y modelo de toda caridad, sir­viéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, ya sean enfermos, niños, encarcelados, u otros, trabajando al mismo tiempo en la propia perfección y uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad cristia­na…» (art. 3).

Incluso con todos los detalles del caso, es claro que en esta determinación prevalece el esquema «religioso». La clasificación como «Sociedad de vida común» se basa en un aspecto que sin duda es común a todas las instituciones del grupo, pero no es lo que deter­mina la identidad profunda.

Ciertamente la vida en común era muy querida por san Vicente: la apoyó firmemente tanto para los misioneros, como para las Hijas de la Caridad. Podemos, en consecuencia, retenerla como una carac­terística propia. Ella, sin embargo, sigue siendo un elemento funcio­nal para la realización de una identidad que se encuentra en una mayor profundidad.

Por lo tanto, durante los trabajos de la revisión del Código del derecho canónico se trató de encontrar un nombre y un lugar más adecuados a estos institutos y, después de amplios diálogos, deba­tes, tentativas, se llegó a la formulación del canon 731. Esto, de una parte, excluye su asimilación a los institutos de vida consagrada: la terminología latina dice que las Sociedades de Vida apostólica «accedunt», a los Institutos de Vida Consagrada, esto es, «se aña­den» (no «se asimilan», como se había traducido al italiano en un primer momento y también en español); por otra parte, se especifi­ca la identidad, no a través del elemento de la vida común, sino a través de la consecución del «fin apostólico propio» y la tensión hacia la «perfección de la caridad». Es pues sobre estos elementos cómo se debe focalizar la atención de quien quiera resaltar la identidad específica de una Sociedad de Vida Apostólica, aunque perma­nezca el debate a propósito de lo que se afirma en el § 2 del citado c. 731, que habla de aquella Sociedad «cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones». De hecho, hay quienes sostienen que estas socieda­des pertenecen a la vida consagrada (D. Huot, E. Gambari, J. Beyer), bajo el supuesto de la asunción de los consejos evangélicos, y hay quien lo niega (J. Arragain), por la razón de todo el proceso que llevó a ponerlas en una sección separada de los Institutos de Vida Consagrada y confiando en el hecho de que se trata de asumir los consejos evangélicos, no de la profesión de los mismos.

Jacques Arragain insinúa que el texto del §2 del c. 731 del Código de 1983 había tenido en cuenta, de manera particular, a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Podemos añadir, tam­bién de los miembros de la Congregación de la Misión. En ambas Congregaciones, ciertamente, se emiten votos, esto es, «vínculos definidos por las Constituciones», a través de los cuales los miem­bros «asumen los consejos evangélicos». No se trata de «profesión’ de los consejos evangélicos, como es el caso de los votos públicos de los Institutos de la Vida Consagrada, sino de «asunción», es decir. de práctica privada de los consejos evangélicos.

Sin duda se puede decir que los miembros de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad son per­sonas consagradas. El número 11 de la Exhortación Apostólica «Vida Consagrada» (25 marzo 1996) habla de consagración para las Sociedades de Vida apostólica, pero dice que «la peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de los Institutos seculares». La consagración de los Misioneros Vicencianos y de las Hijas de la Caridad no deriva de sus votos, con los cuales se abrazan los consejos evangélicos, sino del hecho que son personas entregadas a Dios, dedicadas a Dios, «dadas a Dios» —según las expresiones de san Vicente – para seguir a Cristo evange­lizador de los pobres, para servir a Cristo en los pobres. Por lo tanto, su consagración es anterior a la emisión de los votos.

Estas consideraciones llevan a la conclusión de que sería mucho mejor reformular el § 1 del canon 731, para describir las Sociedades de Vida Apostólica a partir de lo que realmente son, no por el hecho de que «son similares» o «se añaden»… a los Institutos de Vida Consagrada.

Alberto Vernaschi, cm

CEME, 2015

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