El evangelio como fermento de transformación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Adrián Bastiaensen, C.M. · Year of first publication: 1973 · Source: Boletín CLAPVI, Año 1, nº 1, septiembre de 1973.
Estimated Reading Time:

Desde hace unos tres años y medio tra­bajo en un área llamada marginal de la ciudad de Guatemala. Soy sacerdote cató­lico, agregado a la Parroquia del Señor de las Misericordias, la llamada «Capilla» del Hospital General.

Religiosidad popular

Me he hecho varias veces esta pregunta capital: ¿Cuál es el papel de un pastor re­ligioso en esas colonias y barrios alrede­dor del barranco entre las zonas 7 y 3?. Esta pregunta acerca del papel del sacer­dote supone otra pregunta más fundamen­tal: ¿Cuál es el significado concreto del Evangelio para los moradores de esas áreas? Me dí cuenta que la religión, en­tendida como una serie de prácticas y rezos, efectuados en ciertas ocasiones: fa­llecimientos, novenas, fiestas, matrimo­nios etc. significa mucho para nuestra gen­te. Aunque es una religiosidad poco ilumi­nada, que carece de la inspiración de la Palabra de Dios, sería una equivocación formar juicios prematuros sobre el verda­dero valor de esos actos religiosos en la vida de nuestra gente..

Creo que esa fe que tienen en la presen­cia de Dios en su vida, cultiva en muchos de esos «humildes de la tierra» ciertas cualidades humanas y cristianas que esca­sean mucho entre personas de mayor for­mación. Algunas de esas cualidades son por ejemplo: su paciencia en medio de las pruebas de la vida, su solidaridad con los que sufren, su arte de improvisación en fiestas y encuentros de sincera amistad, etc. Pero lo que me preocupaba era la falta de inspiración evangélica para su vida diaria; que el Evangelio pueda tam­bién ser un motivo para lograr un porve­nir mejor, era algo prácticamente desco­nocido de los moradores católicos. Su re­ligiosidad no estaba fundada en la fe en Cristo resucitado que los llama a todos a una convivencia en fraternidad sincera y a una lucha de superación integral en que todo hombre pueda conocer la paz que la resurrección de Cristo trajo al mundo. Sí, nuestra gente tiene un gran amor a Jesús de Nazareth, al Jesús de la Pasión, al humilde «Siervo de Yahvé», al hombre de Dolores que sufre por nuestros peca­dos. Esa fe en Jesús, aquí en Guatemala en especial bajo la denominación del Se­ñor de Esquipulas, es algo muy profundo y muy cristiano. Pero es una fe incomple­ta. Esta religiosidad lleva a la gente a ac­titudes de resignación, de pasividad, de unas devociones que se mantienen en un nivel de meros sentimientos, sin conse­cuencias para un cambio de vida hacia ac­titudes de entrega a la comunidad y de un compromiso de transformación social. Cristo murió, pero resucitó. Su muerte es una reconciliación del mundo con Dios. Su pasión es una Pascua hacia una era de paz y fraternidad para todos.

Significado socio-económico del Evangelio y su impacto terrenal

Me di cuenta que este mensaje evangé­lico de Jesús muerto y resucitado, y del anuncio de salvación para el mundo en­tero era poco vivido. Entonces me parecía que debía aprovechar la devoción popular de los moradores para ahondarla y purifi­carla por medio de un anuncio del men­saje bíblico.

Debía de presentarles el Evangelio como fermento de cambio, como una exhorta­ción de comprometerse con la comunidad en que se vive, como un mensaje de es­peranza en la situación de miseria en que ellos están viviendo.

Hasta ahora la religión es un consuelo para ellos, una evasiva, algo que les ayuda a aguantar los duros golpes del infortunio. En algo tenía razón Marx cuando decía que la religión es el opio del pueblo. Es decir, una religiosidad meramente devocio­nal sin sus consecuencias prácticas llega a ser como un dulce sueño de olvido que provoca pasividad y apatía en el individuo.

Comprendí que debo anunciar el mensaje del Evangelio como una motivación e ins­piración de efectuar un cambio, primero en uno mismo y luego en toda la comu­nidad.

El cambio en uno mismo es el darse cuenta de que se está viviendo en una si­tuación concreta que es un signo del pe­cado. Una covacha de 2 metros por 3 en que viven 6 personas, con una sola cama destartalada, con paredes de lepa y cartón en que entra el agua a chorros en el invierno, un piso de tierra, el humo del improvisado brasero que llena el cuarto, esa covacha es un pecado que clama al cielo. Los niños desnutridos, la mamá joven todavía, pero ya gastada y encorvada, son personas humanas que tienen derecho a una vida digna, son hijos de Dios por quienes murió Jesús en la Cruz. Pero de hecho son las víctimas de una situación injusta e inhumana. Ver, comprender que esto es así es el comienzo del cambio. El Evangelio debe abrir los ojos a esta rea­lidad.

Jesús de Nazareth sentiría una verdade­ra lástima de esta gente y les anunciaría la salvación. Pero esta salvación —y aquí tenemos el segundo cambio que debe efec­tuarse en uno— no consiste en el lejano cielo, sino comienza con una covacha más decente, una alimentación mejor, una vida en general más humana. El Evangelio co­mo fermento de cambio comienza pues, con una serie de verdaderos descubrimien­tos: Ver que hay mucha injusticia en el mundo, comprender que el pecado es algo muy concreto, algo que se palpa en la falta de dignidad y respeto al hombre, dar­se cuenta que una sana rebeldía es más cristiana que resignación, descubrir que Jesús de Nazarth vino a quitar la máscara de la hipocresía a los «devotos» y a la «gente honorable» de su tiempo.

El Evangelio enseña luego que todos los hombres somos hermanos en Jesús y que juntos con Él debemos pasar por la Pas­cua transformadora, desde el pecado de injusticias e insinceridades, desde la situa­ción de muerte y miseria hacia la gloriosa era de paz, fraternidad, convivencia sin­cera y renovación integral del mundo. El Evangelio es el anuncio de un Cristo total, de un Cristo que transforma la sociedad.

Se me objetará que este Cristo es un Cristo de líneas meramente horizontales, un Cristo que solo predicaría un humanis­mo y nada más. No estoy de acuerdo. El Cristo que transforma al mundo es un Cristo que efectúa el cambio primero en el corazón hacia una vida de entrega, de amor, de humildad y de obediencia total al Padre que está en los cielos. No habrá verdadera fraternidad humana, si no se aprende a crear en el alma el silencio de la adoración del Dios que es el Padre de todos.

Papel profético del sacerdote

Se comprende que el papel del sacerdote y pastor en el área marginal (y en la so­ciedad en general) es ser un profeta au­téntico de este mensaje evangélico que puede transformar una comunidad. El sa­cerdote no será el dirigente de la comuni­dad en los planes de desarrollo, ni el orga­nizador de los comités vecinales. Pero tampoco será solo el que administra los sacramentos y efectúa los ritos sagrados. El será en primer lugar el que proclama un cambio desde la base, anunciando la llegada de Jesús, muerto y resucitado, a las colonias, familias y hombres del área. Cristo llega, por medio de la palabra de esperanza. El Evangelio es un medio de concientización para la gente. A causa de esta función del sacerdote, él puede llegar a ser un símbolo de unión entre las colo­nias y barrios donde trabaja.

En la práctica me he dado cuenta que este trabajo profético es muy difícil. Aquí en Guatemala solo hablar de justicia so­cial ya suena a comunismo. Y nuestra gente está acostumbrada a una figura dis­tinta del sacerdote. Para ellos el sacerdote es el hombre sagrado que vive en un mun­do burgués y acomodado lejos de la si­tuación concreta de ellos. Uno se acerca al sacerdote en ciertas ocasiones cuando se necesita de los servicios religiosos. Le parece a la gente que ese hombre vive en un mundo distinto, un mundo protegido donde no hay problemas económicos y lu­chas de supervivencia física.

El sacerdote es como un hombre que vive fuera de la realidad y que no está sometido a las leyes fisiológicas y psico­lógicas del común de los mortales (oí un chiste una vez que había tres sexos: el sexo masculino, el femenino y el sacerdo­tal). El sacerdote que quiere anunciar un cambio en la comunidad tiene que ser un hombre bien comprometido, bien encar­nado en el ambiente, conviviendo con ellos, un hombre que conoce la realidad de la vida, un hombre que se viste como ellos y que habla como ellos y que es aceptado como uno de ellos. Pero al tratar de pre­sentar esta imagen distinta del sacerdote se tropieza uno con interpretaciones equi­vocadas, sobre todo de parte de algunos sectores que no conocen la labor de uno de cerca.

Debo decir que no estoy suficientemente comprometido con la gente. Pero por otra parte sí siento que algo significo para los barrios y colonias donde trabajo. Y aunque me parece a veces que todavía debo co­menzar el trabajo, algún cambio se nota. gracias a la eficacia de la PALABRA DE DIOS que, cual fermento, despacio y en si­lencio, hace su obra de adentro para que nazca una nueva conciencia de fraternidad y optimismo en los corazones de los Mo­radores del barranco.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *