El espíritu de san Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Jenaro Rojas Chaux, C.M. · Year of first publication: 1973 · Source: Boletín de la CLAPVI, Año 1, nº 1, septiembre de 1973.

Con base en algunas notas que tomé durante la conferencia que el P. HUGO PAIVA (de la Prov. de Río de Janeiro), pronunció en el encuentro interprovincial de Fortaleza ofrezco una síntesis de su pensamiento.


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Espíritu y Espiritualidad

El P. Paiva inició su exposición con una crítica a los exclusivismos de que se han dejado llevar las familias religiosas, al exponer y defender el espíritu de los fun­dadores. Desaprobó también las modali­dades artificiales con que en los novicia­dos se pretendía «imbuir» forzadamente en ese espíritu, a los candidatos, cuya al­ma se suponía ser como una sala vacía, que los directores se esforzaban por de­corar, poniendo en ella, a manera de cua­dros o de floreros, las virtudes caracterís­ticas del respectivo fundador.

Ha primado una manera intelectualís­tica y descarnada de entender la vida de los santos, abstrayendo de los condiciona­mientos de tiempo y de lugar en que vi­vieron. Los fundadores no adquirieron su espíritu escogiendo un determinado núme­ro de virtudes, aislándose luego en la so­ledad para practicarlas y yendo después a las labores apostólicas. La práctica de ciertas virtudes que se revelan en sus vidas, fueron el medio que consideraron necesario para poder conseguir el ideal de su apostolado.

El espíritu de un santo es una adaptación del espíritu de Cristo, a circunstancias particulares. propias del contexto histórico en que vivió. Implica una mentalidad característica y una manera peculiar de interpretar la realidad de su época.

La espiritualidad es la forma concreta como se manifiesta el espíritu de un santo, en sus modos típicos de pensar y de ac­tuar.

El proceso de conversión de san Vicente

A partir de la confesión general del cam­pesino de Gannes y del sermón del 25 de enero de 1617 en Folleville, S. Vicente «se convirtió», e.d. rompió con su pasado de ambiciones terrenales y con su presente de comodidades y honores en la casa de los Gondi e hizo una reordenación de todas sus experiencias y de sus relaciones con Dios y con los hombres, en vista de lo que des­cubrió entonces como polo orientador de toda su vida en adelante: el servicio de Dios en los pobres campesinos.

Empieza resueltamente a trabajar para la consecución de este objetivo. Y es en­tonces cuando experimentalmente descu­bre la necesidad de las virtudes de senci­llez, humildad, mansedumbre, mortifica­ción y celo, como requisitos indispensables para poder abordar al campesino, inspi­rarle confianza y soportar las incomodida­des de este tipo de apostolado. Y, más tarde, comprueba que son también instru­mento eficaz para trabajar en la formación del clero. Sólo después de estas expe­riencias vivenciales, reconsideradas en la oración e iluminadas con la reflexión teo­lógica, hace Vicente formulaciones doctri­nales, conducentes a transmitir su pen­samiento, sus vivencias y sus aspiracio­nes, a sus colaboradores. Y al hacerlo, ne­cesariamente estuvo condicionado por el estado en que se hallaba la teología, por la escuela de espiritualidad (la berulliana) que había frecuentado y por los influjos sociales, políticos y económicos del siglo XVII.

Nuestro proceso para adquirir el espíritu vicentino

Debería ser análogo al que siguió S. Vi­cente: La condición «sine qua non» para principiar, es la convicción profunda de que la mejor manera de realizarnos sa­cerdotalmente, es el servicio de los po­bres. Luego, para elevarnos al plano so­brenatural en la intención de nuestro apos­tolado, tendríamos que cultivar un intenso espíritu de fe para ver a Jesucristo en los pobres, conforme a su misma enseñanza en Mt.25, 40 y 45: «Lo que hicísteis al más pequeño de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis… Lo que dejásteis de hacer con él, a Mí me la habéis dejado de ha­cer«.

Del análisis de estos textos, se deduce la urgencia de que adoptemos otras dos actitudes, como lo hizo S. Vicente: Rom­pimiento con nuestro egoísmo y con sus manifestaciones sociales y Compromiso efectivo de solidaridad con los oprimidos y de práctica de la caridad por medio del amor humano hacia ellos.

Finalmente es preciso recordar que S. Vicente no puede ni debe ser imitado por nosotros, en el sentido de pretender copiar literalmente o duplicar hoy sus activida­des del S. XVII. Debemos mirarlo como un modelo en el que podemos encontrar elementos válidos para incorporarlos en nuestra propia espiritualidad y para inspi­rar nuestra actividad apostólica.

Por: Luis Jenaro Rojas Chaux, C.M.
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