Espíritu y Espiritualidad
El P. Paiva inició su exposición con una crítica a los exclusivismos de que se han dejado llevar las familias religiosas, al exponer y defender el espíritu de los fundadores. Desaprobó también las modalidades artificiales con que en los noviciados se pretendía «imbuir» forzadamente en ese espíritu, a los candidatos, cuya alma se suponía ser como una sala vacía, que los directores se esforzaban por decorar, poniendo en ella, a manera de cuadros o de floreros, las virtudes características del respectivo fundador.
Ha primado una manera intelectualística y descarnada de entender la vida de los santos, abstrayendo de los condicionamientos de tiempo y de lugar en que vivieron. Los fundadores no adquirieron su espíritu escogiendo un determinado número de virtudes, aislándose luego en la soledad para practicarlas y yendo después a las labores apostólicas. La práctica de ciertas virtudes que se revelan en sus vidas, fueron el medio que consideraron necesario para poder conseguir el ideal de su apostolado.
El espíritu de un santo es una adaptación del espíritu de Cristo, a circunstancias particulares. propias del contexto histórico en que vivió. Implica una mentalidad característica y una manera peculiar de interpretar la realidad de su época.
La espiritualidad es la forma concreta como se manifiesta el espíritu de un santo, en sus modos típicos de pensar y de actuar.
El proceso de conversión de san Vicente
A partir de la confesión general del campesino de Gannes y del sermón del 25 de enero de 1617 en Folleville, S. Vicente «se convirtió», e.d. rompió con su pasado de ambiciones terrenales y con su presente de comodidades y honores en la casa de los Gondi e hizo una reordenación de todas sus experiencias y de sus relaciones con Dios y con los hombres, en vista de lo que descubrió entonces como polo orientador de toda su vida en adelante: el servicio de Dios en los pobres campesinos.
Empieza resueltamente a trabajar para la consecución de este objetivo. Y es entonces cuando experimentalmente descubre la necesidad de las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo, como requisitos indispensables para poder abordar al campesino, inspirarle confianza y soportar las incomodidades de este tipo de apostolado. Y, más tarde, comprueba que son también instrumento eficaz para trabajar en la formación del clero. Sólo después de estas experiencias vivenciales, reconsideradas en la oración e iluminadas con la reflexión teológica, hace Vicente formulaciones doctrinales, conducentes a transmitir su pensamiento, sus vivencias y sus aspiraciones, a sus colaboradores. Y al hacerlo, necesariamente estuvo condicionado por el estado en que se hallaba la teología, por la escuela de espiritualidad (la berulliana) que había frecuentado y por los influjos sociales, políticos y económicos del siglo XVII.
Nuestro proceso para adquirir el espíritu vicentino
Debería ser análogo al que siguió S. Vicente: La condición «sine qua non» para principiar, es la convicción profunda de que la mejor manera de realizarnos sacerdotalmente, es el servicio de los pobres. Luego, para elevarnos al plano sobrenatural en la intención de nuestro apostolado, tendríamos que cultivar un intenso espíritu de fe para ver a Jesucristo en los pobres, conforme a su misma enseñanza en Mt.25, 40 y 45: «Lo que hicísteis al más pequeño de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis… Lo que dejásteis de hacer con él, a Mí me la habéis dejado de hacer«.
Del análisis de estos textos, se deduce la urgencia de que adoptemos otras dos actitudes, como lo hizo S. Vicente: Rompimiento con nuestro egoísmo y con sus manifestaciones sociales y Compromiso efectivo de solidaridad con los oprimidos y de práctica de la caridad por medio del amor humano hacia ellos.
Finalmente es preciso recordar que S. Vicente no puede ni debe ser imitado por nosotros, en el sentido de pretender copiar literalmente o duplicar hoy sus actividades del S. XVII. Debemos mirarlo como un modelo en el que podemos encontrar elementos válidos para incorporarlos en nuestra propia espiritualidad y para inspirar nuestra actividad apostólica.
Por: Luis Jenaro Rojas Chaux, C.M.
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