Después de trescientos cincuenta años de la muerte de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, pervive su espíritu entre nosotros con expresiones de identidad innegables. Mientras todo pasa y cambia: personas, culturas, formas, costumbres e ideologías, lo único invariable y permanente es el espíritu. Si hay algo que debe mantenerse en la Misión y en la Caridad es el espíritu que las caracteriza y distingue por expreso deseo del fundador, que nos dejó su ejemplo por delante.
De no ser así, la Misión y la Caridad dejarán de ser y actuar para lo que fueron suscitadas por el Espíritu de Dios, que concedió a Vicente de Paúl el carisma de fundador. A este respecto, sea cual fuere el tema de la disertación que le ocupe, sus enseñanzas y experiencias sobre el tema del espíritu afloran constantemente en sus labios, testimoniando su vida espiritual y apostólica y la que ha de animar a los Misioneros e Hijas de la Caridad. Está tan plenamente convencido de que sin espíritu evangélico no se consigue nada que podría haber dicho con san Pablo: «Si — los cristianos — no tienen el Espíritu de Cristo, no le pertenecen» (Rom 8,9).
De ahí que el Hermano Bertrand Ducourneau, secretario del Sr. Vicente, destacara, en su tiempo, la importancia capital de vivir el espíritu legado, con palabras y obras, del santo fundador: «Es importante que las charlas del Sr. Vicente se perpetúen en la Compañía, para que, si Dios quiere mantenerla, descubran en todo tiempo y a todas las naciones cuál es el espíritu de este hombre apostólico, que será tanto más apreciado cuanto más semejante parece al espíritu evangélico; y esta estima, necesaria para los fundadores de las comunidades, contribuirá notablemente a multiplicar y a santificar la nuestra» (SVP XI, 834-835).
Tal convicción fue compartida por los sucesores del fundador en el gobierno de la Congregación de la Misión y de la Familia vicenciana. El tema más socorrido por ellos ha sido, sin duda, el punto relativo al cultivo del espíritu «fundamental» de la comunidad, pues sólo así será verdadero testigo de Cristo y servidora de la Iglesia y de los pobres. Apuestan por el santo fundador porque lo ven sincero » en cuanto a la práctica y en cuanto a la expresión», que diría el citado Ducourneau.
El pasado histórico
Cuando repasamos la palabra y la vida de san Vicente de Paúl, impresiona verle cómo lucha por vaciarse de sí mismo y llenarse del Espíritu de Dios y de Jesucristo su Hijo, enviado al mundo para evangelizar de los pobres. La verdad es que, cuando habla, no siempre resulta fácil saber a qué espíritu se está refiriendo, si al Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, o al espíritu, con minúscula, cuyo sentido es múltiple y complejo: estilo o talante de ser, estar y actuar, vigor que fortalece, aire que oxigena, savia regeneradora, impulso apostólico, etc.
A nosotros nos hubiera gustado hoy que el Sr. Vicente se detuviese más en explicarnos cómo sentía él la presencia del Espíritu Santo y la atracción de Jesús, pero se limita a decirnos brevemente: «Cuando el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu» (SVP XI, 411).
De lo que no cabe la menor duda es que establece, de ordinario, una vinculación estrecha entre la dependencia del Espíritu Santo y el espíritu de Jesús. La trilogía: Jesucristo, evangelización y pobres, condensa el pensamiento y experiencia espiritual y pastoral de san Vicente y da unidad a sus catequesis impartidas sobre todo ante los Misioneros y las Hermanas.
El ejemplo de Jesús que, impulsado por el Espíritu, iba a orar solo en el desierto y en la montaña y acudía a las sinagogas, donde enseñaba las Escrituras y curaba enfermos, movía a san Vicente a obrar de la misma manera. El Espíritu de Dios le conducía a una semejanza con Cristo, cuyo espíritu de amor y misericordia transforma a sus seguidores en apóstoles del Evangelio y en continuadores de la misión caritativa del Salvador del mundo.
Si es así, la dependencia del Espíritu Santo se traduce en él en un seguimiento de Jesucristo misionero, cercano, sencillo, humilde, manso, con dominio de sí y lleno de celo por la gloria del Padre y la salvación del pueblo. Tales virtudes apostólicas constituyen su identidad y deben ser la propia y fundamental de sus congregaciones. Comentado, por ejemplo, la humildad, dice de ella que es nuestro «sello» y «contraseña»: «Pidámosle al Señor que, cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permita decir: es la humildad. Que sea ésta nuestra virtud. Si se nos dice: ¿Quién va? — La humildad. Que sea ésta nuestra contraseña» (SVP XI, 491). Iguales o parecidas palabras pronunciaba al referirse a las demás virtudes que constituyen el espíritu de la Misión y de la Caridad, comparadas a las potencias del alma, que dinamizan el ejercicio de la caridad.
La fórmula paulina, «revestirse del espíritu de Cristo», encuentra fortuna en el fundador, quien pone de manifiesto su necesidad y urgencia, desde que tomara contacto con el «pobre pueblo» y lo estampara en el Prólogo de las Reglas Comunes de la C.M.: «Quienes han sido llamados a continuar la misión de Cristo, misión que consiste sobre todo en evangelizar a los pobres, deben llenarse de los sentimientos y afectos de Cristo mismo; más aún, deben llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas».
Si los bienes cosechados para la Iglesia y los pobres por quienes procuran dejarse penetrar del espíritu misionero son incalculables, no sucede lo mismo a los que se resisten al Espíritu de Dios, pues, al negarse a su acción santificadora y apostólica, quedan reducidos a materia amorfa, a «cristianos en pintura», a «cadáveres ambulantes», a «cuerpos sin alma», a «sarmientos secos» y a «fantasmas de misioneros»: comparaciones que revelan por una parte la indigencia de cuantos no secundan la misión del Espíritu y, por otra, la urgencia de revestirse del espíritu de Jesucristo evangelizador, para continuar su obra de salvación por el amor.
Lleno del espirítu de Cristo
Valga el siguiente ejemplo. Al exponer el tema de la caridad y bajar al detalle de la solidaridad con los que sufren, Vicente de Paúl nos hace partícipes de sus sentimientos más profundos: «¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso no es tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias» (SVP XI, 561).
De todas formas, si san Vicente no clarifica siempre la diferencia entre la obediencia al Espíritu Santo y la vocación a seguir las huellas de Jesús compasivo y misericordioso, el contexto y el objetivo de su intervención ayudan a perfilar el sentido del término en cuestión. La vida que llevó desde su «conversión» y las enseñanzas sobre el espíritu están dependiendo del carisma que él recibiera en orden a la extensión del Reino de Dios y del que han de participar sus discípulos, evangelizando con palabras y obras. No se olvide que el carisma de fundador queda reforzado, en su caso, por el carisma del fundador: la caridad.
Un dato nos asegura en esta afirmación: la vitalidad de las obras apostólicas, misiones y diversos servicios a los pobres, están demostrando el celo apostólico que le encendía por dentro, así como a sus primeros discípulos, verdaderos héroes en la lucha contra el mal.
No existe otra explicación que nos lleve a dicha conclusión, aunque tratemos de probarla con argumentos que refuercen el comportamiento y hecho histórico de nuestros antepasados.
Recuérdese que el fundador pretendía de sus compañeros que se llenaran de Cristo y que, para eso, vivieran su condición de cristianos recibida en el bautismo, porque si «todos los bautizados están revestidos de su espíritu, no todos realizan las obras debidas. Cada uno tiene que tender, por consiguiente, a semejarse a nuestro Señor…, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él» (SVP XI, 414-415), pues para eso habían entrado en la comunidad: para ser buenos cristianos y seguidores de Cristo.
A las Hijas de la Caridad les dice expresamente: «Si sois fieles en la práctica de vuestra forma de vivir, seréis todas buenas cristianas. No os diría tanto si os dijese que seríais buenas religiosas. ¿Por qué se han hecho religiosos y religiosas sino para ser buenos cristianos y buenas cristianas?» (SVP IX, 132). ¿Qué práctica era esa? No otra que el ejercicio del amor afectivo y efectivo a los pobres y necesitados, amor derramado en nuestros corazones por el agua y el Espíritu.
Se trata pues de poner en práctica las exigencias bautismales, ya que «la gracia que hemos recibido en el bautismo nos da apetencia por la virtud. Sí, el espíritu de Nuestro Señor pone en nosotros la misma inclinación hacia la virtud que la pone la naturaleza hacia el vicio» (SVP XI, 484). Y también: «El estado de los misioneros es un estado apostólico, que consiste, como los apóstoles, en dejarlo todo para seguir a Jesucristo y hacerse verdaderos cristianos» (SVP XI, 89).
Por consiguiente, no se puede romper en la práctica el lazo de unión entre la docilidad al Espíritu y el seguimiento de Jesucristo, cuya cercanía y bondad resplandece en el evangelio y en la doctrina apostólica. La proximidad de Cristo al pueblo y la confianza que inspiraba a los pobres de cuerpo y alma hacía que se acercaran a él, quien lleno de misericordia se compadecía y obraba signos y milagros, perdonando pecados y devolviendo la salud a los enfermos.
Como conclusión de este apartado, podemos asegurar: el «ser en Cristo» se intercambia con el «ser en el Espíritu». Tal es la cuestión clave para descifrar la calidad de vida espiritual y apostólica de san Vicente, que solía comentar: «Entremos en el espíritu (de Jesús) para entrar en sus acciones. No basta con hacer el bien, sino que hay que hacerlo bien» (SVP XI, 468), de acuerdo con lo referido por el evangelista: «Todo lo hizo bien» (Mc 7,37).
El presente
¿Quién ignora que el ambiente que nos circunda en la actualidad contamina y acecha contra el espíritu genuino de la Misión y de la Caridad? De ahí que hayamos de guardarnos del peligro presente, para no decaer en el espíritu legado por el fundador: a cada época le corresponden sus ciclos de flujos y reflujos, de avances y retrocesos.
San Vicente trató de poner remedio oportuno a las calamidades que afligían a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo, a la vez que prevenía a sus congregaciones de los riesgos que podrían dar al traste con los proyectos de la Misión y de la Caridad si no se oponían a las corrientes de moda promovidas por la afición a novedades. Y es en el cultivo del espíritu evangélico en el que cifraba su recetario espiritual y pastoral.
El consumismo y hedonismo de nuestro tiempo no deja de ser una prueba constante para los que han optado por un seguimiento de Jesús más radical, lo que supone dar muerte al egoísmo, origen de todo mal y de pendencias entre hermanos. El cansancio, la indolencia y la falta de fidelidad a la palabra dada están hoy a la orden del día, por falta de perseverancia y sobra de antojos contrarios a la libertad de los hijos de Dios, cuya vocación primera es tender, con ahínco, a la santidad.
No obstante, san Vicente tiene en la mente la consigna de san Pablo, aunque no la mencione expresamente: «Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu» (Ga 5,25). No importan las contrariedades que sobrevengan, porque nada será capaz de apartarnos del amor de Cristo, y de saborear los frutos de su Santo Espíritu: el gozo, la servicialidad, la amabilidad y el dominio de sí. Podría parecer extraño a los ojos de un esclavo de sí mismo y de las apariencias de este mundo que pasa, pero la experiencia demuestra que nadie más feliz y libre, eficaz y convincente, que el misionero que da su vida por amor, impulsado por el espíritu de Jesucristo.
Por citar sólo un documento pontificio contemporáneo, valga el juicio que el Papa Pablo VI emitió en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: «El mundo entero espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, despego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda» (n. 76).
Ya san Vicente se había adelantado a decir: «Hagamos lo que hagamos, nunca creerán en nosotros si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros» (SVP I, 320).
La distancia de años que nos separa del gran santo de la caridad no es razón ni óbice para no participar de su carisma y espíritu de amor, ya que la fuente de la gracia es inagotable y no toca fondo en el tiempo ni en el espacio. Es responsabilidad de todo discípulo de san Vicente no dejar apagar el fuego del amor, sino entregar la antorcha del celo apostólico a las generaciones futuras, para bien de la Iglesia y de los pobres. Está fuera de duda de que el porvenir de la Familia vicenciana depende del cultivo del espíritu con que nació y para lo que nació, viviendo adherida a la persona de Jesús evangelizador de los pobres, fuente de gozo y de dinamismo apostólico.
Cuestionario para la reflexión personal y comunitaria
- ¿Conozco a fondo el espíritu de san Vicente de Paúl, o lo reduzco a una simple información sin compromiso moral ni pastoral en la Iglesia y en el mundo?
- ¿En qué razones me apoyo para justificar el esfuerzo personal y comunitario por la recuperación, si se ha perdido, y mantenimiento del espíritu genuino de la Congregación?
- ¿Puede un misionero separar en la práctica la docilidad al Espíritu Santo del revestimiento de Cristo sencillo, humilde y lleno de celo por la gloria del Padre y la extensión del Reino? ¿No se vive todo a la vez?
- ¿Es necesario recordar hoy a los misioneros que si quieren ser tales, primero han de ser educados y buenos cristianos, fieles a las promesas y compromisos del bautismo, para que nada desdiga del nombre que llevan?
- ¿Cómo expreso con palabras y hechos de vida que el tener o no tener el espíritu evangélico es cuestión de vida o muerte para la comunidad y para uno mismo?






