Introducción
Los Estatutos de la Compañía, al tratar sobre la formación, dicen: Las Hijas de la Caridad «se inspiran en el pensamiento de la Iglesia en lo referente al ecumenismo y a las relaciones con los no cristianos y los no creyentes, para poder obrar con discreción, comprensión y celo al servicio de la evangelización».
La Compañía descubre lo que Dios le pide en cada momento mediante el discernimiento de los signos de los tiempos y las llamadas de la Iglesia. Pues el ecumenismo es uno de esos signos y una insistente llamada que la Iglesia dirige hoy a los cristianos. La Compañía, en su última Asamblea General, quiso sintonizar con esta preocupación de la Iglesia al asumir este compromiso: «impulsar la formación en el ecumenismo».
Tengo la impresión que en los Planes de formación de las Provincias, tanto en las etapas iniciales como en la continua, no se da la importancia que merecer el tema del ecumenismo.
El año jubilar que estamos celebrando nos ofrece la oportunidad de crecer en sensibilidad y compromiso con todo lo que implica este tema. Y eso sería una señal de que la Compañía sintoniza con el sentir de la Iglesia y está atenta a los signos de los tiempos.
Tanto en la Carta de preparación del jubileo como en la Bula de convocación», Juan Pablo II ha resaltado la dimensión ecuménica de este año jubilar. Alguien ha definido los últimos cien años como el «siglo del movimiento ecuménico», y el presente año como «el jubileo del ecumenismo». En las páginas siguientes trataremos de justificar la verdad de estas definiciones.
El contexto religioso y social donde está presente la Compañía es muy diverso: en países mayoritariamente católicos, unas veces; y, otras, en minoría entre ortodoxos, protestantes, musulmanes, judíos, budistas o hinduistas… Probablemente esta realidad, y la mayor o menor preocupación de la Iglesia local, diocesana o nacional ante el ecumenismo explica la mayor o menor sensibilidad y compromiso de las Hermanas de las distintas Provincias ante este tema.
La intención de este artículo es colaborar a que todas las Hijas de la Caridad tomen conciencia del grave problema de la desunión que existe en la única Iglesia de Cristo y se comprometan en la urgente tarea de reconstruir esa unidad rota. A eso aspira el movimiento ecuménico.
1. La unidad que Jesucristo quiso para su Iglesia
La unidad de los cristianos en una misma Fe y en una única Iglesia es un mandato de Jesucristo y una exigencia de la misión que El le confió. Por lo tanto, la actual división existente entre las Iglesias que se llaman cristianas contradice la voluntad de Dios y es motivo de escándalo para el mundo.
Antes de entregarse a la muerte, Jesús oró al Padre: «Padre, que todos sean uno, como tú estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado». Instituyó la Eucaristía como signo y exigencia de unidad en su Iglesia y nos dejó el mandamiento nuevo del amor de unos a otros como señal de nuestra identidad cristiana.
San Pablo insistió repetidamente en la necesidad de la unidad del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia: «Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu… Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo»; «Ya seáis judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, al estar unidos a Cristo por el bautismo, todos sois uno en Cristo Jesús»; «os conjuro, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que tengáis todos un mismo sentir y no haya entre vosotros discusiones, antes bien permanecer unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir». Y a los cristianos que decían ser de Pablo, o de Cefas, o de Apolo, les pregunta: «¿es que está dividido Cristo?».
Pocos años después, el Papa San Clemente escribe en su «Carta a los Corintios» (año 95): «¿A qué viene entre vosotros esas contiendas y riñas, banderías, excisiones y guerras? ¿Es qué no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu que ha derramado su gracia sobre nosotros? ¿Por qué desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo, llegando a la insensatez de olvidarnos que somos los unos miembros de los otros?». Todos estos textos nos indican claramente la exigencia de unidad querida por Jesús para su Iglesia.
Cristo quiso que la Iglesia fuese una. Entre todos la rompimos y entre todos tenemos que restaurarla. Esto es lo que inspira el ecumenismo. Porque no se trata de algo similar a lo que pretende la actual globalización de la cultura y la mundialización de la economía: ganar en poder, en número, en competitividad. El ecumenismo no se apoya en razones pragmáticas. La única razón es la fidelidad de todos los cristianos a lo que Cristo quiso para su Iglesia: que sea UNA. Así lo confesamos en el Credo. Con razón la Encíclica sobre la unidad afirma: «Creer en Cristo significa querer la unidad».
2. La ruptura de la unidad
Los veinte siglos de la historia de la Iglesia nos demuestran lo difícil que ha sido mantener en ella la unidad. Las cartas de San Pablo y de San Juan dejan entrever ciertas divisiones que ya se dieron entre los cristianos de la primitiva Iglesia. Las primeras rupturas de la unidad se producen en los siglos IV y V, cuando los cristianos de algunas Iglesias discrepan y rechazan las enseñanzas de los Concilios de Éfeso y Calcedonia sobre la Trinidad, la manera de comprender la divinidad de Jesús y la maternidad de María. Así, las Iglesias antiguas de Oriente (asiria, copta, etíope y armenia) comenzaron un camino sin la plena comunión con el resto de la cristiandad.
Pero es en el año 1054 cuando se produce el «Cisma de Oriente» o ruptura oficial entre los católicos y los cristianos orientales. Las dos cuestiones teológicas más importantes que provocaron dicho cisma fueron la procedencia del Espíritu Santo y el primado del Papa. Contribuyeron a esa ruptura otras causas religiosas y políticas, principalmente la rivalidad entre Roma y Constantinopla. Desde entonces los católicos y los ortodoxos han caminado desunidos, a pesar de estar tan próximos en la mayor parte de las verdades de la fe cristiana.
En el siglo XVI se produce la segunda gran ruptura en el Cuerpo de la Iglesia, el «Cisma de Occidente». Si bien influyó también el clima político y cultural que reinaba en centro-Europa y cierta relajación en la Iglesia de Roma, el tema teológico principal en cuestión fue la manera diferente de comprender «la justificación» entre Lutero y los católicos. Otros temas teológicos de discrepancia fueron la diferente interpretación de la Sagrada Escritura, del sacerdocio, del culto a María y la autoridad del Papa. Con la «reforma» que pretendía impulsar Lutero, tanto en cuestiones teológicas como en las estructuras eclesiales, no intentaba romper la unidad. Fueron también intereses políticos e incomprensiones por ambas partes las que influyeron para que la ruptura se consumase.
Calvino asume varias tesis de la reforma luterana, e introduce el tema de la «predestinación», dando origen a las Iglesias reformadas y presbiterianas. Casi por la misma época surgen varias Iglesias en Inglaterra, agrupadas en la comunidad anglicana. Otras Iglesias, también vinculadas a la reforma luterana, son la bautista, adventista y pentecostal. Posteriormente han ido apareciendo otros grupos (testigos de Jehová, mormones, Moon…) más cercanos al concepto de sectas que al de Iglesias.
El milenio que acaba de terminar ha sido el de la ruptura de la unidad de la Iglesia. Y durante él, luchas, guerras de religión, calumnias, intolerancia, desconocimiento… entre enemigos y adversarios, a pesar de llamarse todos cristianos, lo cual es también una contradicción escandalosa con el Evangelio que predicamos. Predicamos el amor, el perdón y la unidad, pero los que nos escuchan perciben que estamos divididos, que no vivimos lo que predicamos. «Contemplando a los misioneros (de las distintas Iglesias) en desacuerdo entre sí, aunque todos se refieran a Cristo ¿sabrán los incrédulos acoger el verdadero mensaje? ¿No pensarán que el Evangelio es un factor de división?» 12. Todo ello constituye la herida más grave
y profunda que lastima el cuerpo de Cristo. De ello han tomado conciencia la mayor parte de las Iglesias y, hoy más que nunca, se percibe como tarea urgente hacer todo lo posible para curar esa herida y restaurar la unidad. El concilio Vaticano II y los últimos Papas, y antes el Consejo mundial de las Iglesias, han contribuido a que hoy se respire un clima más favorable al diálogo que pueda conducir a superar las divisiones y a que el milenio que comienza sea el de la unidad restaurada. Con realismo y con esperanza ha dicho Juan Pablo II: «Sabemos que somos hermanos aún divididos, pero hemos emprendido con decidida convicción el camino que lleva a la unidad plena del Cuerpo de Cristo».
3. El movimiento ecuménico
Esta expresión engloba todos los esfuerzos que se dan entre los cristianos (católicos, ortodoxos y protestantes) tendentes a superar la división existente en las Iglesias hasta conseguir la unidad querida por Jesús para la única Iglesia. El movimiento ecuménico es el camino teórico y práctico que intenta superar las causas de esa división y el restablecimiento de la unidad.
El movimiento ecuménico nace y se desarrolla, desde comienzos del siglo XX, en las Iglesias protestantes. La Iglesia católica, hasta el concilio Vaticano II, mostró ciertas reticencias hacia ese movimiento. Es a partir del Decreto conciliar «Unitatis redintegratio» = UR (21 de noviembre de 1964) y más decididamente con la Encíclica «Ut unum sint» = US (25 de mayo de 1995) cuando se une al movimiento ecuménico y exhorta a todos los católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen activamente en la labor ecuménica.
Durante siglos, los católicos hemos defendido que la unidad se restauraría cuando volvieran a la Iglesia de Roma los que se habían separado de ella. Hoy hay que superar ese presupuesto y partir de que todos hemos contribuido a la división, pues ha habido culpa por ambas partes; por lo tanto, todos estamos obligados a restaurarla.
La unidad en la única Iglesia no vendrá por concesiones acomodaticias. La verdad no es asunto de concesiones de unos a otros para llegar a fáciles acuerdos sincretistas. No se trata de «yo cedo o te concedo esto» y «tú cedes o me concedes aquello». Se trata, de un intercambio de dones y de complementariedad, más que de fáciles concesiones. La verdad no vendrá relativizando y traficando con las verdades de fe como si se tratase de monedas de compra y venta. La unidad en las verdades de fe será fruto de la conversión de todos al Evangelio de Jesús. Sólo Él es la Verdad y el Camino para encontrarla.
El final del movimiento ecuménico no será, por lo mismo, la vuelta de los ortodoxos y protestantes a la actual Iglesia católica romana; tampoco una federación de las distintas Iglesias existentes. Será, más bien, el encuentro de todos los cristianos en una única Iglesia más convertida a Jesucristo, que confiese, celebre y proclame la misma Fe. Será una unidad en la Fe y en la verdad que se armonice con la riqueza y la diversidad de las tradiciones de las distintas Iglesias, siempre que no se oponga a la Tradición apostólica. Será el único Cuerpo de Cristo con miembros diferentes, pero unidos por el mismo Espíritu. «La expresión de la verdad puede ser multiforme». Los dones y los carismas son muchos y diferentes, pero todos tendrán como origen un mismo Espíritu.
El movimiento ecuménico busca la unidad de todos los cristianos en la única Iglesia de Jesús. Otra cosa muy distinta es el diálogo interreligioso que con tanto ahínco impulsó el Concilio Vaticano II y los Papas posteriores a él, Juan Pablo II principalmente.
Se trata de un diálogo de la Iglesia con las grandes religiones no cristianas (judaísmo, islamismo, budismo, hinduismo) para un conocimiento y respeto mutuos y en vista a una colaboración ante los retos de la historia (la paz, la justicia, la tolerancia, el desarrollo…) y para cuya solución se requiere el esfuerzo mancomunado de todos. El fundamento y la exigencia de dicho diálogo interreligioso lo expresa así el Concilio Vaticano II: «Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello todos estamos llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdad y paz a la edificación del mundo».
El diálogo interreligioso es un instrumento eficaz a la hora de defender los derechos humanos, la libertad religiosa, el respeto mutuo, la colaboración social y cultural, la dignidad de la mujer, la ecología etc., a la vez que contribuye a la superación de los fundamentalismos, fanatismos, antisemitismos y racismos pasados y presentes por motivos religiosos.
4. El camino ya recorrido
Todos hemos podido leer o escuchar distintos balances que se han hecho del siglo recién terminado. Según sean los hechos analizados, para unos ha sido «terrible» para otros «maravilloso». Desde el tema que nos ocupa, el siglo XX ha sido el del despertar ecuménico, entre los protestantes a partir de 1910, y entre los católicos desde el Vaticano II, si bien ya antes hubo eminentes figuras de la unidad.
Dos textos, con sólo 36 años de diferencia, bastan para comprobar el cambio de perspectiva experimentado entre los católicos respecto al ecumenismo durante este siglo. El Papa Pío XI, en 1928, concebía la restauración de la unidad de la Iglesia como «el regreso de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Cristo de la que lamentablemente se habían alejado en otro tiempo». Para el Vaticano II, la unidad llegará caminando juntos todos los cristianos hacia la meta común que es Cristo. El Decreto conciliar sobre la restauración de la unidad en la Iglesia llama «cristianos» y «hermanos en el Señor» tanto a los ortodoxos como a los protestantes, y a todos los abraza con respeto y amor.
El concilio Vaticano II se marcó, como uno de sus objetivos, «promover la restauración entre los cristianos» 20. Asistieron a él, como observadores o auditores, representantes de distintas Iglesias cristianas. Inmediatamente después se crearon comisiones mixtas compuestas por teólogos católicos, ortodoxos y protestantes. La Encíclica «Ut unum sint» reconoce que el diálogo y los estudios de esas comisiones han sido fecundos, con resultados insospechados hace años y que ofrecen perspectivas de solución inesperadas.
Bastaría recordar la «Declaración conjunta católico-luterana sobre la doctrina de `la justificación'», firmada en Augsburgo (Alemania) el 31 de octubre de 1999. En ella se ha llegado a un acuerdo entre la Iglesia católica y la federación luterana mundial sobre el tema que provocó la separación y que nos ha dividido durante cuatro siglos. El acuerdo firmado es fruto de más de treinta años de diálogo y estudio llevado a cabo por teólogos y escrituristas católicos y luteranos. No es fruto de mutuas concesiones, sino de una reflexión conjunta, sin prejuicios históricos, sobre lo que la Sagrada Escritura, los Santos Padres, los escritos de Lutero y la doctrina del Concilio de Trento dicen sobre la justificación. El acuerdo ha sido posible porque, gracias a nuevas luces que han aparecido, las causas de la división se han comprendido no como contradicciones sino como posiciones complementarias.
A similares acuerdos y declaraciones se ha llegado con algunas Iglesias ortodoxas sobre cuestiones referidas a Cristo, y, con otras Iglesias protestantes, sobre el bautismo y sobre puntos importantes referentes al ministerio, a la Eucaristía y a la autoridad en la Iglesia, llegándose a una cierta unidad fundamental en la doctrina. Además de los acuerdos doctrinales, hay que destacar los frecuentes y cordiales encuentros de los últimos Papas con líderes de las diferentes Iglesias ortodoxas y protestantes. Igualmente el levantamiento de excomuniones entre las Iglesias y la eliminación de palabras y juicios (de la liturgia, por ejemplo) que no correspondían a la verdad y que podían herir la sensibilidad de los otros y dificultar las relaciones entre los cristianos. Otros frutos del diálogo son también las ediciones ecuménicas de la Biblia y la «Semana de oración por la unidad de los cristianos» que, en los últimos años, la preparan conjuntamente cristianos de diferentes Iglesias.
5. Lo que falta por recorrer
Aunque es indudable que se han dado grandes pasos hacia la unidad, también lo es que aún falta un largo camino a recorrer entre todos hasta lograrla. El clima es mucho más favorable; la sensibilidad hacia el ecumenismo crece entre todos los cristianos; las comisiones mixtas de católicos, ortodoxos y protestantes siguen trabajando seriamente. Todo esto son expresiones de un signo de este tiempo e indicadores de por dónde sopla hoy el Espíritu.
Pero la verdadera unidad de la Iglesia es más que encuentros y abrazos, acuerdos doctrinales de comisiones mixtas y celebraciones conjuntas. Todo esto es necesario y son pasos hacia la unidad. Pero «la unidad plena llegará cuando se junten, no solamente las manos, sino las mentes y los corazones, cuando tengamos un mismo pensar y un mismo sentir». Si no se resuelven previamente las cuestiones serias que aún nos separan a los cristianos, volverán a surgir en el futuro. «La exigencia de la verdad, dice la Encíclica sobre la unidad, debe llegar hasta el fondo». El concilio Vaticano II advierte que «obrar con ligereza o celo imprudente puede perjudicar el progreso de la unidad».
Para llegar a la unidad en la Fe, falta aún clarificar cuestiones relacionadas con la Sagrada Escritura y la Tradición, con la Eucaristía y otros sacramentos, con el ministerio sacerdotal, con el magisterio y la autoridad en la Iglesia, con el culto a María, y con otros enfoques ético-morales (en torno al matrimonio, por ejemplo), debidos a la diferente interpretación del evangelio. Pero hay que mirar hacia adelante más que hacia atrás. El reciente acuerdo de Augsburgo entre católicos y Durante los diez siglos que dura ya la división, ha sido Juan Pablo II el que ha planteado con mayor realismo y apertura uno de los temas más polémicos y difíciles que dificultan la unidad: la misión que tiene el Papa en la Iglesia y el modo de ejercerla. Durante el primer milenio, los cristianos estuvieron unidos en torno a la Sede de Roma. Por causas muy diversas se quebró ese servicio a la unidad. «Que el Espíritu Santo nos dé su luz e ilumine a todos los pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros» 26. «Tarea ingente que no podemos rechazar y que no puedo llevar a término sólo… ¿No podría llevar a los responsables eclesiales y a sus teólogos a establecer conmigo y sobre esta cuestión un diálogo fraterno, paciente, en el que podríamos escucharnos más allá de estériles polémicas, teniendo presente sólo la voluntad de Cristo para su Iglesia, dejándonos impactar por su grito «que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado»?». El diálogo es el único camino para llegar a un acuerdo sobre este tema del papado que divide a los cristianos de las distintas Iglesias.
Aun reconociendo la importancia del camino recorrido y el clima favorable para seguir avanzando, la unidad no será una realidad hasta que no hayamos logrado sentarnos juntos para la celebración eucarística, el sacramento de la perfecta unidad.
6. Juan Pablo II y su impulso a la unidad de los cristianos
«La obra ecuménica es una prioridad de mi pontificado». Esta afirmación hecha por el Papa poco después de su elección, la repite y amplía en su Encíclica sobre la unidad: «El ecumenismo es una de las prioridades de mi pontificado, pues pienso en el grave obstáculo que la división constituye para el anuncio del Evangelio… El ecumenismo es un imperativo de la caridad… Obstaculizarlo es ofensa a Dios y a su designio de congregar a todos en Cristo».
Durante su largo pontificado, Juan Pablo II ha sido fiel al compromiso asumido en favor de la unidad. En el programa de la mayor parte de sus noventa y dos viajes apostólicos ha incluido encuentros con los líderes o representantes de las otras iglesias cristianas y religiones no cristianas. Recordemos los más significativos y recientes desde el punto de vista ecuménico.
Con la Iglesia de la ortodoxia: encuentros con los patriarcas de Constantinopla, de Alejandría, de Antioquía, de Etiopía, con el de la Iglesia asiria de Oriente, Rumanía, etc.
Con las Iglesias protestantes de Alemania, del Reino Unido, de Suiza, de los países escandinavos y nórdicos, de Estados Unidos y Canadá etc. Y, durante su reciente viaje a Egipto y Tierra Santa, con los patriarcas de las Iglesias ortodoxas allí presentes y con los representantes del judaísmo y del islam. En esta ocasión evocó la figura de Abraham» nuestro padre en la fe y figura venerada por hebreos, musulmanes y cristianos».
Otro encuentro especialmente significativo fue el de Asís (1986) durante la jornada mundial por la paz, que congregó en la oración a representantes de diversas Iglesias cristianas y de otras religiones no cristianas.
Juan Pablo II ha querido que durante todo el jubileo 2000 se resalte e impulse, de una manera especial, el ecumenismo. Ya en la carta de preparación «Tedio Millennio Adveniente», el Papa había pedido a todos los cristianos que llegaran al año 2000 «si no del todo unidos, al menos cerca, para superar las divisiones del segundo milenio». «El nuevo milenio es un momento excepcional para el cual pido al Señor que la unidad de todos los cristianos crezca hasta alcanzar la plena comunión».
En la jornada de arrepentimiento (12 de enero) por los pecados cometidos por los cristianos durante los veinte siglos, Juan Pablo II pidió perdón también por los pecados contra la unidad de la Iglesia.
Vale la pena detenerse en otros dos actos celebrados durante el año jubilar: la apertura de la Puerta Santa de la Basílica San Pablo extramuros y el homenaje a los mártires cristianos del siglo XX.
El 18 de enero, coincidiendo con el comienzo de la «Semana de oración por la unidad de los cristianos», tuvo lugar la solemne ceremonia de la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pablo extramuros. El acto estuvo cargado de significado ecuménico. Estaban presentes representantes de veintidós Iglesias cristianas. Y, por primera vez en la historia, la Puerta Santa fue abierta por seis manos: las del Papa, las del primado de la Iglesia anglicana y las del patriarca de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, representando a católicos, protestantes y ortodoxos. En la celebración se leyeron textos bíblicos y de dos teólogos, uno ortodoxo y otro luterano; se proclamó el credo en latín, griego y alemán y los tres líderes cristianos se dieron el abrazo de paz.
Juan Pablo II dijo en su homilía: «Esto me alienta a proseguir el camino hacia la unidad que el sucesor del apóstol Pedro debe ser el primero en recorrer». Y después de la homilía, dijo a los presentes: «Unitade, Unitade»; este grito que oí en Bucarest durante mi visita vuelve a resonar en mí con fuerte eco. «Unitade, unitade» gritaba el pueblo reunido durante la celebración eucarística: todos los cristianos —católicos, ortodoxos y protestantes evangélicos— gritaban juntos: «Unitade, unitade». Gracias por esa voz, por esa voz nuevamente consoladora de nuestros hermanos y hermanas. También nosotros podamos salir de esta basílica gritando como ellos: «Unitá, unidad, unité, unity». «Gracias». Y unos días después declaró que ese acto constituyó para él «un anticipo y un presagio de la comunión plena entre todos los seguidores de Jesús que tratamos de alcanzar».
«Todas las Iglesias cristianas tienen mártires de la fe cristiana» 31. Esta valiente y novedosa afirmación de la Encíclica sobre la unidad se expresó el domingo 7 de mayo durante el homenaje a los mártires y testigos de la fe del siglo XX. Al lado del Papa estaban representantes de diecinueve Iglesias y comuniones cristianas. Junto al Coliseo y cerca del Circo Máximo, donde derramaron su sangre tantos mártires de la primitiva Iglesia, se leyeron testimonios de o sobre cristianos martirizados durante este siglo pertenecientes a la Iglesia católica, ortodoxa, luterana, anglicana y bautista. Ya en la Carta preparatoria del Jubileo, Juan Pablo II había dicho que los mártires son «patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes» 32. Y en la homilía durante el homenaje añadió: «La herencia de los mártires habla con una voz más fuerte que los factores de la división… El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe es el más convincente; indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo XXI». Desde el punto de vista ecuménico, esta celebración pasará a la historia como el acto más significativo del año jubilar.
7. ¿Qué podemos hacer?
«La preocupación por el establecimiento de la unidad atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores, y afecta a cada uno según su capacidad».
Asumiendo esta afirmación del Papa, el interés y el compromiso de las Hijas de la Caridad ante el ecumenismo podrá concretarse en manifestaciones muy diversas y complementarias, según sea el contexto religioso, social y cultural donde se encuentran.
- La oración debe tener prioridad en este camino hacia la unidad que emprendemos todos los cristianos. «La oración ecuménica de los fieles es el viento que impulsa el diálogo ecuménico». La unidad de la Iglesia es un don del Espíritu Santo que hay que pedir con humildad e insistencia. «Cuando los cristianos rezan juntos, la meta de la unidad aparece más cerca». Cuando los hermanos que no están en perfecta comunión entre sí se reúnen para orar, también ahí está ya Cristo entre los reunidos en su nombre38. Cuando los cristianos de distintas Iglesias oran juntos, crece en ellos la conciencia de que es más lo que les une que lo que les separa y sienten una mayor fuerza para afrontar las divisiones. «La puerta del ecumenismo, dijo Congar, sólo puede cruzarse de rodillas».
- La «Semana de Oración por la unidad de los cristianos», es tanto un logro del movimiento ecuménico como un camino abierto hacia la plena unidad. Habrá que darle más importancia. Pueden organizar o participar también en encuentros de oración y otros de carácter religioso (no sacramental), incluso con otros creyentes no cristianos, en favor de la paz, la justicia, ante calamidades públicas, etc.
- Jornadas de lectura, reflexión y estudio de la Biblia con la participación e intervención de miembros de distintas Iglesias.
- Cursos sobre ecumenismo o para conocer los avances que se han dado en los documentos y acuerdos firmados entre católicos, ortodoxos y protestantes. Dichos acuerdos serán más eficaces cuando descienden de los expertos a las bases. Frecuentemente es el pueblo sencillo el que necesita superar los prejuicios, las calumnias y las luchas que han alimentado la desunión y han obstaculizado la unidad durante siglos.
- El a b c del ecumenismo dice así: «Para unirse es necesario amarse; para amarse es necesario conocerse; para conocerse es necesario encontrarse». Tenemos que reconocer y descubrir la riqueza y los dones que el Espíritu Santo ha derramado también entre los creyentes de otras religiones. Pero con un presupuesto que no puede faltar: conocer bien las verdades de la propia fe y las enseñanzas de la Iglesia a la que cada uno pertenece. Sólo así es posible y enriquecedor el diálogo ecuménico o interreligioso. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en el confusionismo o en un irenismo superficial.
- Incluir en los Planes de formación el tema del ecumenismo y capacitar a algunas Hermanas para que puedan impartirlo, pudiendo pedir también la colaboración de expertos en esa materia.
- Las diversas tareas pastorales que realizan las Hermanas (catequesis, animación de grupos, clases de religión…), desempeñarlas con mentalidad ecuménica, evitando todo lo que pueda significar desvalorización u ofensa a otros cristianos o creyentes.
Conclusión
«El ecumenismo no es un apéndice añadido a la actividad de la Iglesia; es un objetivo con el que vale la pena comprometerse».
«En este año jubilar hemos de tratar, cada vez con mayor empeño, avanzar decididamente con un espíritu de confianza y fraternidad por los caminos de la unidad que Cristo quiso para sus discípulos».
«Que el Espíritu Santo nos conceda pronto esa unidad completa y visible que anhelamos… Que el tercer milenio sea el de nuestra plena unidad en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo».
«La Iglesia católica está dispuesta a hacer todo lo posible para allanar todos los obstáculos, apoyar el diálogo y colaborar con cualquier iniciativa encaminada a hacernos avanzar hacia la comunión plena en la fe y en el testimonio».
Estos textos de Juan Pablo II nos ayudan a tomar conciencia de la importancia del ecumenismo y a comprometernos en la urgente tarea de reconstruir la unidad de la Iglesia.
Se han dado ya pasos importantes. La sensibilidad ecuménica que se percibe en todos los cristianos, los encuentros fraternos de Juan Pablo II con los líderes de otras Iglesias y los serios trabajos que llevan a cabo las comisiones mixtas de teólogos católicos, ortodoxos y protestantes están dando frutos abundantes en el campo del ecumenismo. Para seguir avanzando por el camino hacia la unidad, se requiere el compromiso de todos los cristianos. Sin esto, lo anterior sería como un árbol sin raíces.
Afortunadamente el carácter ecuménico que Juan Pablo II está dando a este año jubilar contribuirá, sin duda, a que el ecumenismo deje de ser un asunto exclusivo de las jerarquías de las Iglesias, de teólogos y de comisiones de expertos, y pase a todo el pueblo cristiano. La unidad de la Iglesia no se conseguirá sin la contribución de todos los cristianos, y entre ellos las Hijas de la Caridad. Si la Compañía desea ser fiel a la Iglesia y a los signos de los tiempos, tiene que escuchar las insistentes llamadas a la unidad que vienen de un lado y de otro.







