El cuarto voto de la CM: la Estabilidad

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores, C.M. · Year of first publication: 1984 · Source: Vincentiana.
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La pregunta que me he hecho al comenzar estas reflexiones sobre la estabilidad, objeto del cuarto voto de los miembros de la CM., ha sido ésta: ¿ Qué valor tiene hoy, en la CM., la idea y decisión vicencianas de que los miembros de la CM, emitan un cuarto voto, el llamado voto de estabilidad?

1°. Origen de la estabilidad como objeto de voto.

La idea no es original de S. Vicente. El mismo dice que los be­nedictinos hacen voto de estabilidad. De todos es conocida la cla­sificación que S. Benito hace de los monjes: Las dos primeras clases son las constituidas por los cenobitas y eremitas; la tercera es la de­testable de los sarabaitas que no se someten a regla alguna, anun­cian con sus obras que todavía creen en el mundo; se les ve vivir dos o tres juntos, a veces uno sólo, y no en los apriscos del Señor, sino en su proprio redil, sin otra ley que satisfacer sus deseos; todo lo que se les ocurre lo tienen como santo y lo que no les agrada lo consideran ilícito. Pero, peor es aún la clase de los «giróvagos», los que pasan toda la vida yendo de un lugar para otro, siempre erran­tes, jamás estables, esclavos de sus pasiones, dados al placer del buen comer…

El monje nace en el monasterio y en el monasterio debe vivir y morir. El monasterio estaba concebido y organizado de tal mane­ra que el monje no tuviera necesidad de salir de él para lograr sus propósitos de hombre consagrado a Dios. En este marco general de la vida del monje hay que ver y entender el voto de estabilidad bene­dictina.

2°. San Vicente recoge la idea y la adapta.

San Vicente recoge la idea y, como tantas veces hace, la acomo­da a su propósito y la aplica a su manera.

Se discute entre los biógrafos de S. Vicente su originalidad. Lo que es indiscutible es la capacidad maravillosa que tiene para acoplar, acomodar y aplicar ideas no originariamente suyas, hasta el punto de hacérnoslas ver como si realmente fueran suyas. Es un estupendo maestro de artesanía que tiene la habilidad de saber po­ner ruedas a las ideas, para que corran y para que de nuevo sean útiles y eficaces.

La idea de la estabilidad aparece muy pronto en la CM. Sabe­mos que, antes de que fuera aprobaba por el Papa Urbano VIII, no se admitía a ningún aspirante si no mostraba el deseo y la intención de perseverar hasta la muerte en la CM. La Bula Salvatoris Nostri recoge esta práctica y la sanciona En 1637 ya se habla de los cuatro votos de pobreza castidad, obediencia y de estabilidad. En 1639 en la carta que S. Vicente escribe a la Madre Chantal dice: «Hacemos un cuarto voto de aplicarnos durante toda la vida a la asistencia del pobre pueblo y haremos todo lo posible para que lo apruebe Su Santidad. Desde 1637 hasta 1640, todas las veces que S. Vicente habla sobre cómo reforzar la Compañía y cómo asegurar la perseverancia en ella, menciona casi siempre la estabilidad. Son, por tanto, dos los as- petos que están presentes en la mente de S. Vicente: la idea de la estabilidad y el término estabilidad.

3. La fidelidad a la vocación preocupación constante de S. Vi­cente.

No conocemos estadísticas de los misioneros que no perseveraron, pero la lectura de los escritos de S. Vicente deja la impresión de esta preocupación por parte del Fundador. Basta, incluso, dar una oje­ada a los índices analíticos cuando dan las referencias correspondien­tes a la fidelidad en la vocación y a las salidas de la CM. La lec­tura de la historia de los votos escrita por Coste en la biografía de S. Vicente suscita la misma sensación.

La razón más frecuentemente mencionada para introducir los votos es, sin duda, la perseverancia en la vocación y la disponibili­dad para superar las dificultades que las obras de la Congregación llevan consigo.

De todo lo que dice S. Vicente a este respecto, podemos nosotros detectar diversos valores: Teológicos unos y «funcionales» otros. El «funcional», es decir, evitar que dejen la Compañía aquellos que ya han sido admitidos, aparece como más inmediato y urgente y, por tanto, el más ligado y concretado en el término de estabilidad.

Los documentos de aprobación de los votos, arzobispal y ponti­ficio, mencionan estas dificultades como una de las razones más fuer­tes para que se aprueben los votos. Son interesantes las considera­ciones que el Arzobispo expone para demostrar la necesidad de los votos como medio de perseverancia en la vocación: El Pueblo esco­gido se obligó a guardar la ley por la circuncisión; por el Bautismo nos obligamos los cristianos a servir a Cristo durante toda la vida; las sagradas órdenes obligan a los eclesiásticos a permanecer en su estado; el matrimonio obliga a los esposos a la fidelidad mutua mientras vivan; los votos simples al principio, y los solemnes des­pués de Bonifacio VIII, obligan a los religiosos a que permanezcan en el estado religioso. La idea de introducir en la CM. un vín­culo que mantena a los misioneros en la vocación durante todos los días de su vida, es evidente.

4. ¿Por qué el cuarto voto de estabilidad?

La cuestión se plantea porque, si todos los votos son perpetuos y, como también afirma S. Vicente, fortalecen la voluntad del hombre, no parece necesario un voto especial que tenga como obje­to la estabilidad.

La objeción es obvia, pero los hechos demuestran que tal obje­ción no influye en la mente de S. Vicente. Siempre la idea de la es­tabilidad está presente, bien sola, bien completando al trilogía clási­ca de pobreza, castidad y obediencia.

Creo que S. Vicente nos da fundamento para pensar que, no obstante la objeción anterior, él no quería ceder ante la posible idea de no hacer de la estabilidad objeto del cuarto voto.

El realismo de S. Vicente le lleva siempre a «remachar las co­sas», ir a lo seguro. Extraña, por ejemplo, que no se contente con la emisión de los votos y la firma de los que los han hecho, sino que exija, además, acta notarial del acto de la emisión.

Por otra parte, ninguno de los tres votos clásicos tiene como ob­jeto directo lo que, en realidad, le preocupa e interesa, es decir, el compromiso serio de vivir hasta la muerte en la CM. para evangeli­zar a los pobres del campo.

Jurídicamente hablando no había dificultad para asumir un cuar­to voto. Se vena haciendo desde que el Papa aprobó la Compañía de Jesús. Las nuevas comunidades, nacidas por las exigencias de nuevos tipos de apostolado, se querían distinguir, no sólo de las tra­dicionales, sino de las contemporáneas. En cierta ocasión defenderá S. Vicente que el nombre de Congregación de la Misión y de mi­sioneros era algo exclusivo de su Comunidad y se basaba en la apro­bación pontificia, dada por Urbano VIII.

Hasta cierto punto, era hacer revivir el «voium professionis» que, como dice Santo Tomás de Aquino, es el que abarca todas las gran­des dimensiones de la persona, es decir, la dimensión teocéntrica y la dimensión comunitaria del proyecto religioso. ¿Se trata de adap­tar y acomodar otra grande institución de la tradición monacal? Es posible.

No podemos dudar de la conciencia clara que S. Vicente tenía de que la CM. era obra de Dios, pero puesta en manos frágiles. Un signo claro de esta fragilidad era las dificultades ya existentes sobre la perseverancia y la disponibilidad que las obras requerían. Seguro que al correr de los tiempos estas dificultades iban a aumentar; la his­toria de las comunidades religiosas se lo demostraba. Había peligro de infidelidad al plan de Dios sobre la Compañía. Había peligro de no ser más la Congragación de la Misión que había aprobado la auto­ridad suprema de la Iglesia. Todos recordamos aquellas frases paté­ticas de una de sus últimas conferencias sobre el fin de las Compañía y sus diatribas contra los futuros misioneros de cartón o cadáveres de misioneros. Es lógico que previendo los peligros quiera también proveer a los misioneros de un medio que, en personas normales, tenía que ser eficaz. El que fuera un elemento, hasta cierto punto, superpuesto no interesaba. Interesaba el fin que se pretendía y cuantos más y mejores medios hubieran, mucho mejor.

5. La reflexión teológica.

Así como en la teología de la vida consagrada es abundantísima la bibliografía sobre los tres objetos de los tres votos clásicos, no su­cede lo mismo cuando se trata del cuarto voto. Tampoco alma dan muchos estudios sobre el voto, en singular.

Desgraciadamente, la reflexión teológica sobre nuestros votos, en general, apenas si existe. En realidad, no conozco más que un sólo trabajo del P. Dodin. El mismo P. Dodin confiesa que no lo va a tratar más que superficialmente. Con todo, nos da elementos válidos y sugerentes.

Parte de la experiencia espiritual de S. Vicente-punto de arran­que muy preferido por el P. Dodin-. Es partir de la acción de la gra­cia divina en el alma de S. Vicente; lo que para él y para su voca­ción sacerdotal supuso el voto de dedicarse a los pobres. El primer efecto – primer valor para nosotros – fue fortalecer la voluntad de S. Vicente, hacerle constante en la decisión tomada de darse a Dios y a los pobres y vencer las tentaciones de la «honesta retirada».

El segundo efecto — segundo valor para nosotros — fue la es­tabilidad de su persona, espiritual y psicológicamente hablando. En­contró el apoyo inconmovible, la roca firme sobre la cual construir el edificio de su vida. Vendrían, cierto, dificultades, dudas, tenta­ciones, momentos de desánimo, pero una cosa ya no se podría dis­cutir y poner en duda, el punto de arranque, su voto de darse a Dios para el servicio de los pobres. Dodin nos recuerda una de las máxi­mas de S. Francisco de Sales y muy apreciada por S. Vicente: «Fir­mes en el fin, flexibles en los medios.» Para el Obispo de Ginebra, esta máxima era como el alma de toda buena conducta. El voto hace pasar de lo transitorio a lo permanente y, como también dice el P. Dodin, hace que el compromiso no sea mera observancia, sino con­ciencia viva, radicado en lo más profundo del corazón.

Es posible que S. Vicente estuviera convencido de que lo que en él sucedió sucedería en los demás. ¿Por qué no? Como Director espiritual de muchas almas, pensemos en Santa Luisa, sabía que po­día ser posible.

Nosotros podemos objetar diciendo que este convencimiento tiene valor en tiempos en los que el sentido religioso funcionaba, es­taba vivo, era indiscutible. Pero, ¿será válido ese convencimiento en tiempos en los que es más potente el influjo del secularismo? Na­turalmente, el problema existe. Para S. Vicente, una conciencia me­dianamente honesta no puede no ser sensible a los valores religiosos, de la piedad, de la fidelidad, de la veracidad, de la justicia. Las asun­ción consciente de tales valores refuerza la debilidad humana, su­puesta siempre la gracia de Dios. ¿Era ingenuo S. Vicente al pensar así?

Quizás nosotros estemos tentados a tacharle de ingenuo. El mis­mo P. Alméras nos da fundamento para ello. El P. Alméras fue, en un principio, contrario a la introducción de los votos en la CM. En la Asamblea de 1651 refutaba la argumentación de S. Vicente con ejemplos: Los Capuchinos hacen votos y no han encontrado entre ellos a ninguno que quiera ir a la Picardía. Los Jesuítas hacen votos y también hay apóstatas entre ellos. Se seguirá trabajando en las ta­reas difíciles, aunque no haya votos. Es el Superior quien se debe hacer obedecer y su firmeza hará las veces del voto.

San Vicente no era ingenuo. Tampoco podía renunciar a su ex­periencia, y su experiencia era que el voto de darse a Dios y al pobre le había dado todo lo que en aquel momento más tenía que agrade­cer a Dios: el haber fundado la CM.

6. La reflexión jurídica.

La reflexión jurídica no puede estar muy distante de la teológi­ca so pena de que valga poco o sea ficticia. Sobre el aspecto jurídico de los votos se ha escrito bastante. Entre nosotros, la pobreza es la que más ha llamado la atención de nuestros estudiosos. El P.H. De Graaf, cohermano holandés, hizo su tesis sobre los votos de la CM, en general y en particular, pero desde el aspecto jurídico. Es una tesis que, de alguna manera, comenta el contenido de los votos, se­gún la recientes Constituciones de 1953, aprobadas por Pio XII, me­diante las Letras apostólicas «Evangelium ad Pauperes»del 19 de julio de 1953. Estudia las motivaciones de la estabilidad, como cuar­to voto de la CM y su contenido.

Un otro jurista, extraño a la CM., el benedictino B. Lemoine también ha reflexionado sobre la estabilidad de la CM y nos da una sugerencia para profundizar en su valor jurídico. Los votos de la CM, por ser en su primera inspiración verdaderamente privados, ponen de relieve ante la propia conciencia lo que es el objeto del vo­to. Es decir, un acto no jurídico asume lo que es jurídico y le da nuevas dimensiones. La incorportación a un instituto, sobre todo si este está bien organizado, es potente, atractivo, etc., puede hacer olvidar el sentido profundo de su pertenencia a él, de su consagra­ción a Dios para los fines del instituto en el instituto. Muchas de las crisis que en la historia han existido, y tenemos triste experiencia de que existen todavía, han sido debitas a que lo jurídico no se asu­mió en plenitud, no se llegó a ver que lo jurídico no era más que la cara exterior de otra realidad más profunda.

La estabilidad es un elemento jurídico, nadie duda de ello. Las leyes de la Iglesia, en general todas las leyes, suponen en su concepto la estabilidad. El estado religioso se sigue definiendo como «estable modo de vivir». El nuevo Código aplica el mismo concepto a los insti­tutos de vida consagrada «forma estable de vivir…».

El voto de estabilidad benedictino creaba un estado social, inclu­so civilmente reconocido. Le estabilidad considerada sólo en el as­pecto jurídico corre muchos riesgos. El voto intenta iluminar la es­tabilidad, el porqué de ella. S. Vicente quiso el aspecto jurídico, pe­ro quiso elevarlo haciéndolo objeto de un cuarto voto. Lo jurídico y lo teológico se unen mediante el voto.

7. Contenido del voto de estabilidad.

El contenido del voto de estabilidad lo tenemos en las aproba­ciones arzobispal y pontificia de nuestros votos y en la fórmula que tradicionalmente se ha usado desde los tiempos de S. Vicente hasta hace muy poco.

Dos son los elementos constitutivos del cuarto voto.

  • vivir durante toda la vida en la Congregación de la Misión.
  • para dedicarse a la salvación de los pobres especialmente los del campo.

El contenido original se ha mantenido hasta época reciente en la que se introdujeron ciertos cambios.

A partir de 1968-1969 desaparece la mención «especialmente a los del campo» y se introduce lo de «dedicarse durante todo el tiempo de la vida en la CM, a la evangelización de los hombres, especialmente de los pobres». El cambio es considerable.

La Asamblea general de 1974 hace una reflexión especial sobre el objeto del cuarto voto de estabilidad ratifica lo determinado en la Asamblea de 1968-1969. El objeto del cuarto voto consta de un doble elemento:

Evangelizar a los hombres, principalmente a los pobres.

La entrega fiel a esta evangelización durante todo el tiempo de la vida en la CM. Un poco al estilo escolástico se añade:

El elemento fundamental y primario del cuarto voto de esta­bilidad es la evangelización de los hombres, principalmente de los pobres.

* Por tanto, el voto de estabilidad se debería llamar «voto de evan­gelización de los hombres, principalmente de los pobres».

La idea de llamarlo voto de «evangelización» ya apareció en los trabajos preliminares de la Asamblea de 1968-1969.

Las Constituciones, aún provisorias, de 1980 recogen de nuevo los elementos sustanciales y tradicionales constitutivos de nuestro cuarto voto, pero introducen un nuevo cambio: No se trata ahora de «evangelizar a los hombres», sino de «evangelizar a los pobres». Los pobres han vuelto a recuperar el primer puesto que habían perdido en la Asamblea de 1968-69 y de 1974. Los «pobres campesinos» quedan tam­bién relegados en el texto constitucional, aunque se mantengan, to­davía, en una de los fórmulas optables para emitir los votos.

La razón de estos cambios no es otra que las fluctuaciones ha­bidas en las formulaciones del fin de la CM. Es normal que esas fluctuaciones hayan repercutido en la formulación del voto de esta­bilidad. Lo cual demuestra la íntima conexión que existe entre el fin de la CM, su razón de ser en la Iglesia, y el voto de estabilidad. Este asume como objeto lo que es la CM, como carisma e institución.

8. Las interpretaciones.

En donde ha faltado, según mi parecer, la coherencia y hasta el vigor y fuerza lógica ha sido en las interpretaciones.

La CM, en general, y sus miembros, en particular, se han en­contrado, casi desde el principio, entre dos frentes:

* Por una parte, un voto con un objeto «material», por usar un lenguaje escolástico, claro: vivir en la CM., durante todo el tiempo de la vida.

Y también con un objeto formal no menos claro; para dedicar­se a la salvación, evangelización, de los pobres, principalmente los del campo.

* Por otra parte, una realidad sociológica de la CM. que difícil­mente consentía que bastantes de sus miembros lo cumplieran.

La solución que se dio fue reducir el voto de estabilidad al voto de obediencia. Solución que a su vez, tanto en el que mandaba co­mo en el que tenía que aceptar lo mandado, no siempre se inspiraba en el fin de la CM. que, como siempre se ha dicho, es el que da sentido, no sólo a los tres votos, sino también al gobierno de la Congregación.

Las interpretaciones han venido a paliar este problema. Si en los tiempos de S. Vicente, la tensión ya aparece, no obstante la identidad que él intenta dar a todo el quehacer de la Congregación centrado en la evangelización de los pobres, el creciente pluralismo ministe­rial posterior le ha hecho más fuerte. El hecho es que muchos miembros de la CM se han tenido que ocupar en obras bastante ale­jadas del ministerio directo en favor de los pobres. Cierto que la la­bor hay que considerarla comunitariamente. Pero en todo caso, el problema de la identidad de las obras ha surgido.

En la «Explanatio votorum CM., texto casi oficial para la for­mación de los seminaristas, después de exponer con toda claridad el objeto de la estabilidad, añade una NOTA BENE: «El misionero cumple con este cuarto voto realizando las obras o ministerios de la CM., por­que todos directa o indirectamente conducen al fin de la CM». Esto se escribió en 1911. Para entonces no era fácil probar que todos los mi­nisterios de la CM. conducían claramente al fin de la Congregación. Las Asambleas generales tuvieron que definirse sobre algunos de ellos: colegios, parroquias y seminarios-colegios. Las respuestas de las Asambleas a estas cuestiones están llenas de matices, de condiciones según las circunstancias.

Es decir, que no se aceptan estas obras, sin más. Desgraciada­mente, por las razones que fueran, estos matices, condiciones, etc., se quedaron en la región del olvido.

Cuando Pío XII nos da las Constituciones, acomodadas al Có­digo de 1917, extiende el fin de la Congregación a las obras de cari­dad y de educación. Legitimó lo que era realidad. La conse­cuencia fue que el voto de estabilidad se tenía que entender de una manera más amplia: dedicarse durante toda la vida a la salvación de los campesinos «según el fin principal y particular del instituto». Se da prioridad al ministerio de las misiones. Se dice que un misionero peca contra el voto de estabilidad si se niega a ir a misiones, sin causa justificante aprobaba por el Superior, pero añade: «Cumplimos con este cuarto voto siempre que hacemos lo que nos manda el Superior, con tal de que nos mantengamos en disposición de ir a predicar misiones cuando nos man­den».

Las interpretaciones tienen sus ventajas y sus desventajas. Una ventaja es que, en general, da tranquilidad de conciencia. La des­ventaja principal es que ocasiona un cambio en la escala de valores. Se da la primacía a la obediencia y no a los criterios objetivos funda­mentales del fin de la Congregación y a a los elementos constitutivos del voto de estabilidad. El mandato del Superior se constituye en nor­ma suprema y la obediencia la respuesta más tranquilizante. Si subjetivamente se obra bien, no siempre objetivamente ha habido un correcto discernimiento. Las interpretaciones no cambian la objetividad y más o menos tarde ésta se vengará de una manera u otra. ¿Por qué hemos necesitado establecer criterios objetivos para saber si las obras son o no vicencianas, conformes con el fin de la CM? ¿Por qué se ha explicitado en las Constituciones que toda autoridad en la CM. es para mantener vivo el carisma del S. Vicente? ¿Por qué se ha mandado que se revisen las obras existentes y, después de haber pensado bien todos los aspectos, se vayan dejando, poco a poco, las que no respondan al fin de la Congregación?

En la Ag. 68-69 se afirmó que la estabilidad había quedado en la penumbra y que se incluía en la obediencia. Sé que en una pro­vincia, en el plan de formación del seminario interno, no se incluía para nada el cuarto voto, ni se mencionaba. Es posible que los que hicieron tal programa lo considerasen inútil.

9. El voto de estabilidad y la orientación espiritual del misionero.

El voto de estabilidad, por su conexión íntima con el fin de la CM, debe ser un elemento central en la vida espiritual del misione­ro; el lazo que une a todos más estrechamente y el que mejor justifi­que, aun jurídicamente, nuestra presencia en la Iglesia universal y local. Abarca dos campos amplios y ricos en valores espirituales:

  • La vocación de la CM.: seguir a Cristo evangelizador de los pobres. En esta vocación y misión de la Congregación debe inserirse la vocación y misión personales del misionero, como Sacerdote o Her­mano, llamados y reunidos a vivir en comunidad un destino común: el fin de la CM.
  • El segundo campo, no menos amplio y rico, es el sentido que la virtud de la religión, la más próxima a las virtudes teologales, de­be dar a toda la vida del misionero. Se asumen los valores de la vir­tud de la religión mediante el acto más sublime de ella, es decir, el voto. Es claro que una concepción jurídica del voto, como constitu­tivo del estado religioso, no debe empañar para nada los valores te­ológicos  y espirituales del mismo. Cuando dije que un valor vicen­ciano consistía en haber liberado las connotaciones jurídicas del vo­to, mediante la asunción de votos privados, quise significar esto mismo. Este valor se debe mantener, a pesar de que las expresiones ju­rídicas cambien y hoy a los votos de la CM se les quiera calificar de otra manera. Las etiquetas jurídicas, justificables desde un punto Explanatio votorum, o.c. p. 57. de vista canónico por la evolución de la terminología, no deben de­bilitar para nada el vigor espiritual original. Desgraciadamente, el ordenamiento canónico no puede abarcar siempre todos los valores teológicos y muchos menos toda la gama de matices de los votos asu­midos por las distintas comunidades. Las Hijas de la Caridad, por ejemplo, han tenido un acierto muy considerable: La SCRIS les obli­ga a calificar sus votos de «no religiosos», como el nuevo Código califi­ca a los que se emiten en las sociedades apostólicas, pero al mismo tiempo, ha puesto de relieve un segundo elemento; «La Iglesia los re­conoce tal y como los comprende la Compañía en fidelidad a sus Fundadores».

Los Superiores generales han insistido sobre el valor espiritual del voto de estabilidad. El P. Slattery dedicó una de sus circulares a la estabilidad. El P. McCullen escogió, como tema de una carta de cuaresma, la estabilidad.

10. El voto de estabilidad y la orientación pastoral

Es de todos sabido que, cuando una comunidad tiene un pro­yecto apostólico atrayente, entusiasmante, los miembros de la mis­ma se sienten más seguros y más satisfechos. Quizás la crisis de la estabilidad en los institutos, y en la Congregación, sea debida en gran parte a esta falta de proyecto apostólico sugestivo. La rutina termi­na por hastiar a los más entusiastas. La falta de metas hace que cada uno se busque las suyas. Aparecerá infaliblemente el individualismo.

Las Const. actuales destacan el aspecto pastoral de la CM. Pe­ro conviene no olvidar que, una de las razones por las que se ha puesto de relieve el aspecto pastoral, ha sido la necesidad que se sentía en grandes sectores de la Congregación, especialmente en los sectores más jóvenes. Era también necesidad de nuestra identidad sacerdotal misionera y comunitaria. No ha sido sólamente fruto de una refle­xión apriorísta, sino exigencia de la realidad apostólica de la CM. Un visitador me dijo que en su provincia se trabajaba y se trabajaba mucho, pero que existía un «pecado colectivo» en las obras. No respon­dían al fin de la CM. La lectura de los capítulos dedicados al aposto­lado, a la vida comunitaria, a las virtudes de la pobreza, castidad y obediencia, nos convencerán de lo que la Congregación desea hoy, como exigencia del fin de la Congregación y de lo que hemos asumi­do por el voto de estabilidad.

Por otra parte, no se pueden separar la vida espiritual del queha­cer apostólico. Llevaría a una división de la persona. Pronto esta di­visión interior hará surgir la pregunta que tantos cohermanos se han hecho: «Yo, miembro de la CM., ¿para qué?». Algunas de las res­puestas las conocemos: o han dejado incluso el sacerdocio o se han incardinado en una diócesis.

11. El voto de estabilidad hoy.

Vuelvo a la pregunta que me hice al inicio de mis reflexiones. ¿Qué significado puede tener hoy el voto de estabilidad?

El término estabilidad y sus derivados adolecen de ambigüedad en el lenguaje corriente. En un momento de aceleración histórica, de cambios profundos, de prospectivas más que de retrospectivas, de creación más que de conservación, el término estabilidad puede originar sospechas e inquietudes.

Es necesario un discernimiento y selección de los valores positi­vos y permanentes que el término lleva consigo.

El P. Mc Cullen lo advierte en su carta de cuaresma a todos los cohermanos: S. Vicente, dice, imagina la Congregación como una nave en travesía, rumbo al cielo. Entonces nosotros, como miembros de la tripulación, tenemos la responsabilidad de mante­nerla en la ruta preestablecida. Pero mantener, no significa tenerla amarrada, estancada. En este contexto exhorta a las provincias a que se mantengan abiertas a las llamadas que actualmente nos dirige el Espíritu por medio de las nuevas Constituciones:

  • a emprender nuevas formas de apostolado en favor de los pobres.
  • a ensayar nuevos tipos de participación comunitaria.
  • a adoptar una renovada sencillez de vida.
  • a buscar nuevas técnicas para llegar al espíritu y corazón de- los hombres.

El voto de estabilidad significa fidelidad y la fidelidad es un va­lor permanente, si está referida a Dios y a sus designios. S. Vicente decía a los misioneros: «Es Dios quien nos ha llamado desde toda la eterni­dad y el que nos ha destinado a ser misioneros».

El voto de estabilidad es garantía De que damos a la Iglesia mi i versal y a las iglesias locales de nuestra presencia en ellas, del valor y actualidad de nuestra vocación y misión. Cito otro pensamiento de S. Vicente: «Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos., a los pobres. Es El quien hizo lo mismo, y quiere que sigamos haciéndolo nosotros.

Para mí es muy importante el voto de estabilidad, porque es garantía que doy al cohermano de que sigo amando a la Congrega­ción, embarcado en su destino, en el dolor y en la alegría, en el éxito y en el fracaso, con plena confianza porque «si Dios empezó esta obra la llevará a cabo».

Termino con una exhortación de S. Vicente: «Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella; hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza, etc. ¿Para qué? Para hacer lo que hizo Jesús, para salvar al mundo. ¿Cómo? Por medio de esta vinculación que hay entre nosotros y del ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en es­ta Congregación y de darle todo lo que somos y todo lo que hace­mos».

Nuestros votos, en especial el de estabilidad, atestiguan nuestra consagración. Constituyen, además, un lazo vital que une a los cohermanos en comunidad fraterna. A. G. 1974. n. 76.

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