El Cristo de los pobres, hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis González-Carvajal Santabárbara · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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Casi al comienzo de la Biblia está escrito:

«Pasaron muchos años, murió el rey de Egipto, y los israelitas se quejaban de la esclavitud y gritaron. Los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios» (Ex 2, 23-24).

Desde entonces Dios se ha preocupado siempre de que el grito de los pobres no se pierda en el vacío. Una prueba de ello es que hayamos podido celebrar a lo largo de este año que hace cuatro siglos vino un hombre, enviado por Dios para oír el grito de los pobres, llamado Vicente de Paúl.

El fin que persigue esta ponencia es ayudarnos a oír el grito de los pobres de hoy. Y subrayo lo de «hoy», porque la pobreza del siglo XX no es como la del siglo XVII.

Un sufrimiento innecesario y siempre moviéndose

La principal característica que especifica a la pobreza actual es que, por primera vez en la historia de la huma­nidad, se trata de un «sufrimiento innecesario». Hoy los po­bres podrían no gritar.

El mismo Marx, tan poco predispuesto a reconocer méri­tos en el sistema capitalista, señaló honestamente uno. Lo bautizó con el nombre de «influencia civilizadora del capi­tal»1.

Antes de la revolución industrial el reparto equitativo de los bienes disponibles no habría sido suficiente para supri­mir la escasez de la humanidad. No había medios para ello.

Hoy el problema no es disponer de medios, sino clari­ficar las metas: querer o no querer. Siempre me impresionó en aquella novela de anticipación titulada «Un mundo feliz» el hecho de que, pudiendo hacer de todos los hombres unos superdotados, prefirieran crear una gama que desde los «hombres alfa» descendía hasta los «hombres épsilon», por­que éstos «eran los predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgi­cos»2. Así se lograba —decían— «uno de los instrumentos más eficaces de la estabilidad social«3.

Mi sorpresa fue enterarme posteriormente de que esa ficción no lo era tanto, y que en la realidad también hemos procurado que hubiera «hombres alfa» y «hombres épsilon»; «regiones alfa» y «regiones épsilon»; «países alfa» y «países épsilon».

Por ejemplo, todos sabemos que existen en España re­giones deprimidas. Lo que quizá no sepamos ya todos es que no se trata tanto de una fatalidad como de una decisión consciente. Cuando el Gobierno lanzó en 1959 su Plan de Estabilización (cuyos méritos no ignoro, aunque aquí deba hablar de sus sombras), optó por sacrificar el desarrollo de tales regiones al crecimiento mucho más rentable que las regiones ricas podían conseguir. He aquí unas frases toma­das de la exposición de motivos del Gobierno:

«Dadas las grandes disparidades en recursos, den­sidad de población y posibilidades de crecimiento de las diferentes regiones, hay que contar con que el cre­cimiento económico seguirá estando repartido muy desigualmente entre las regiones de España (…). Llama­mos la atención sobre el peligro de hacer cuantiosas inversiones en un sector especial o en una determinada región, atendiendo exclusivamente a su pobreza»4.

No conviene que me extienda más en esto, pero quizá haya quedado ya suficientemente claro por qué la existencia actual de hambre y pobreza hacen a la humanidad actual mucho más culpable que a la del siglo XVII.

La segunda diferencia que me interesa resaltar entre las pobrezas de ayer y de hoy es la que se refiere a su locali­zación.

Antaño los cambios en cualquier terreno que considerá­bamos eran tan lentos que pasaban desapercibidos a lo largo de la vida de una persona: un estilo artístico, un sistema filosófico o cualquier otra cosa duraban por lo general varias generaciones. Hoy los cambios se suceden tan vertiginosamente que incluso los hombres más inteligentes encuentran dificultades para estar al día y asimilar las nuevas situa­ciones.

El terreno que ahora nos ocupa no es una excepción: frecuentemente aparecen nuevos colectivos de desheredados que, de la noche a la mañana, desplazan de los últimos luga­res a quienes los ocuparon hasta entonces. Para la comuni­dad cristiana es imprescindible estar atenta a tales cambios no vaya a ser que la inercia le impida ver los nuevos «últi­mos» con los que por vocación debe estar siempre.

No pocas veces las grandes infraestructuras que a lo largo de los siglos de estabilidad fuimos construyendo para servir mejor a los pobres de ayer, se convierten en un obstáculo casi insuperable para darnos a nosotros mismos la movili­dad que necesitaríamos hoy. Para responder a los pobres de hoy será cada vez más útil cambiar el edificio de mampos­tería por la tienda de campaña, y la vivienda propia por la casa de alquiler.

Los trabajadores extranjeros

Comencemos ya a escuchar el grito de los pobres.

La forma de pensar generalizada considera que la pobreza está producida por la explotación y, en consecuencia, la lo­caliza principalmente en la clase obrera. Marx escribió hace casi siglo y medio que «el obrero se convierte en indigen­te»5; pero sin duda que hoy no se atrevería a repetirlo. Y esto por dos razones: porque en el capitalismo avanzado la explotación —al menos en sus niveles sangrantes— ya no es padecida por el conjunto de la clase obrera y porque ade­más hay algo peor que la explotación: la marginación.

Tres causas principales explican que haya mejorado la situación de la clase obrera en el capitalismo avanzado:

La primera es que, para no desaprovechar la inmensa capacidad productiva de la tecnología actual, hace falta aumentar el poder adquisitivo del conjunto de la población. Es conocida la frase de Ford: «Quiero pagar bien a mis obreros para poderles vender mis automóviles».

La segunda causa —por mucho que les pese a los econo­mistas de la Escuela de Chicago— es la intervención del Estado en la economía.

Y la tercera, es la defensa que los mismos trabajadores y sus organizaciones de clase hacen de sus derechos.

Hay entre nosotros, sin embargo, un colectivo laboral que ni está protegido por el Estado, ni puede organizarse para defender sus derechos. Estoy refiriéndome a los traba­jadores extranjeros que viven clandestinamente entre noso­tros. Si nuestro análisis ha sido correcto, lo lógico sería encontrar en ellos una explotación hoy ya desaparecida para el conjunto de la clase obrera. Veámoslo:

En octubre de 1981, según la Dirección General de Segu­ridad, había en España 190.454 extranjeros6; y, probable­mente, el número de clandestinos —los que a nosotros nos interesan— estará próximo a los 400.000.

La presencia de trabajadores extranjeros en España empezó a generalizarse a partir de 1970. Llegaron primero los norteafricanos; después, portugueses, latinoamericanos, filipinos…

En muchos casos la explotación comenzó ya en sus países de origen. En Marruecos se llega a pagar hasta 150.000 pesetas para ser introducidos clandestinamente en España7. Una vez aquí desarrollan los trabajos más du­ros y, por descontado, sin ninguna protección. Tres ejem­plos: En tierras de Badalona, Mataró y Calella hay cerca de dos mil trabajadores de raza negra. El 90,5 por 100 de ellos trabajan doce horas diarias y ganan 3.000 pesetas se­manales, sin seguros de ningún tipo8. En Carballeda (Orense) hay portugueses que pagan una buena renta para que les dejen vivir hacinados en establos9. Hay mucha­chas filipinas trabajando de empleadas de hogar por 2.000 pe­setas al mes y la manutención10.

Se llama esta ponencia «El grito de los pobres». Hay que aclarar que estos 400.000 extranjeros que viven entre noso­tros clandestinamente no gritan porque serían detenidos inmediatamente por estar trabajando sin el oportuno per­miso de la Delegación de Trabajo. Tampoco gritan por ellos los partidos políticos ni las centrales sindicales porque mientras haya españoles en paro sería impopular defender a unos extranjeros que ocupan puestos de trabajo. ¿No ten­dría que ser la comunidad cristiana quien se pusiera a su lado?

Sea como sea, en ellos tenemos un ejemplo de esos nue­vos grupos que aparecen de la noche a la mañana para ocu­par los últimos puestos de la sociedad.

Los desempleados

Algo similar ha ocurrido con los parados: un colectivo prácticamente inexistente en 1974 y que hoy, por causa de la crisis económica, afecta ya al 14,6 por 100 de la población activa, o sea, a 1.877.800 personas11. Como las estadís­ticas son tan asépticas que no permiten adivinar las trage­dias personales que se ocultan bajo sus cifras, vamos a in­tentar describir el estado de ánimo del parado eligiendo para ello dos colectivos especialmente castigados: los jóve­nes y los cabezas de familia.

Jóvenes sin identidad social

El porcentaje global del 14,6 por 100 de parados no ma­nifiesta la gran discriminación que existe según las edades: entre los menores de 25 años el desempleo afecta al 35,87 %, y entre los mayores de esa edad al 8,31 por 100.

En un período de recesión económica los jóvenes son los más perjudicados: llegan los últimos al mercado de trabajo, los puestos están ya ocupados y nadie crea puestos nuevos.

Por otra parte, los empresarios prefieren cubrir con tra­bajadores adultos las pocas vacantes que no puedan amorti­zar: su experiencia les hace inmediatamente rentables, sue­len ser más constantes que los jóvenes, no tienen el problema del servicio militar y por lo general son menas conflic­tivos laboralmente.

El siguiente testimonio de una joven puede hacernos in­tuir cuál será su estado de ánimo:

«En un año que llevo buscando trabajo, he enviado 200 ‘currículum vitae’, y el balance está rápidamente hecho: He recibido un centenar de respuestas, la mayor parte de este estilo: ‘Su petición nos interesa mucho, pero desgraciadamente en este momento no podemos aumentar la plantilla de trabajadores…».

Muchos días no me he movido de casa esperando la llamada telefónica que me habían anunciado…

Hace un año que espero. Soy una carga para mis padres, que además me lo hacen sentir».

Lo que especifica a la tragedia del paro juvenil es la necesidad imperiosa que se experimenta a esa edad de edi­ficar la propia identidad, personal y social.

Igual que es fundamental para el desarrollo del niño el sentimiento de confianza básica que en los primeros años de su vida le proporcionan las relaciones con la madre, es también fundamental para el desarrollo de la identidad per­sonal del joven otro sentimiento de confianza básica que se deriva de su integración feliz en la estructura productiva de la sociedad.

El paro prolongado es la revelación brutal de que uno no es necesario para la sociedad, y por eso, el joven desem­pleado carece de identidad social.

De hecho, si se pregunta a una persona adulta quién es, siempre incluirá en su respuesta en qué trabaja. La actividad profesional es uno de los ingredientes más importantes de la propia identidad.

Al carecer de trabajo se prolonga artificialmente esa edad que llamamos adolescencia, en la que priva el aprendizaje sobre el trabajo, y aparece un sentimiento íntimo de infe­rioridad con toda una sintomatología depresiva: culpa, tris­teza, inhibición, timidez exagerada, inseguridad sobre la propia valía… No es difícil ver las consecuencias que tendrá todo eso sobre la futura familia que un día forme: el dete­rioro de su personalidad seguirá presente una vez superada la causa que lo produjo.

Adultos amenazados por la «neurosis del parado»

El segundo colectivo duramente castigado por la falta de trabajo es el de los padres de familia. A finales de 1979, 356.000 parados eran «personas principales de la unidad fa­miliar».

Ya antes de llegar la fatídica noticia en la familia se notaba un estado continuo de inquietud, de desasosiego: acechaba un peligro frente al que nada podía hacerse.

Después de consumado el despido se sucederán unas pruebas muy fuertes:

— Hay que empezar a controlar drásticamente los gas­tos; y todos sabemos la importancia que han llegado a tener las «cosas» en la vida de una pareja. No en vano llamamos «sociedad de consumo» a la nuestra; si no se poseen cosas, tampoco existe consideración social.

— Como la mitad de los parados ni siquiera tienen dere­cho al seguro de desempleo, pronto hay que escatimar incluso el consumo de artículos de primera necesidad (alimen­tación, vestido…), pasar por la vergüenza de pedir «fiado» en las tiendas, solicitar préstamos a los amigos y familiares, etc.

— Frecuentemente es necesario modificar los roles de la familia. Hasta hoy es frecuente que el padre trabaje fuera de casa, los hijos estudien y la madre atienda a la familia. Mientras el marido esté parado, quizá la mujer tendrá que salir a buscar trabajo fuera de casa, lo que se traduce fácil­mente en limpiar portales o realizar tareas de servicio do­méstico.

Esto producirá al marido un complejo de inferioridad, agravado además por tener que asumir en la casa las tareas que antes realizaba la mujer: ir a la compra, llevar los niños al colegio, hacer la comida…

A veces es también necesario desescolarizar a los hijos mayores e introducirlos «como sea» en el mercado de tra­bajo. De hecho, con la crisis económica ha aumentado el número de niños que trabajan ilegalmente12.

— En los casos extremos el parado se verá empujado a actividades marginales: pedir limosna, recoger cartón, hacer recados…

Unicamente las personas muy maduras podrán sobrelle­var una inactividad prolongada y todas esas pruebas sin que les sobrevenga ningún deterioro psicológico. De hecho, durante las crisis económicas aumentan tanto las tasas de hospitalización psiquiátrica13 como el número de suicidios14. Y J. Vie ha hablado de una «neurosis del pa­rado».

Los viejos

Ahora llega el turno a la Tercera Edad. No ignoro que hay algunos ancianos como Onassis, pero desde un punto de vista estadístico decir anciano equivale a decir pobre.

Esta vez no se trata de un colectivo que se haya instalado hace poco en los últimos puestos. Siempre ha sido así, e in­cluso peor, la condición de la Tercera Edad. Lo que sí es nuevo es su volumen, que aumenta sin cesar y ha cogido absolutamente desprevenida a la sociedad. Debido a las me­jores condiciones de vida y a los adelantos de la medicina, los 967.800 ancianos que había en 1900 se han convertido hoy en algo más de cuatro millones.

Según los últimos datos disponibles (diciembre de 1980) la pensión media de nuestros jubilados era de 16.896 pese­tas15, lo cual no debe extrañarnos porque por entonces un informe de la Comisión de Tercera Edad del Congreso de los Diputados señalaba que hay en España 3.336.000 an­cianos que sólo cobran la pensión mínima Con razón es­cribe Juan Cantavella que nuestras pensiones no son «lo su­ficientemente altas para permitirles vivir ni suficientemente reducidas para dejarles morir»16.

Y quienes tienen pensión, aunque sea la mínima, pueden sentirse satisfechos, porque hay casi 400.000 ancianos que carecen de ella y reciben solamente las 5.000 pesetas men­suales del F.N.A.S. Está claro que cuando nuestra sociedad retira a los individuos la posibilidad de trabajar, condena a la mayor parte de ellos a la pobreza. Ahora podemos entender la afirmación que hice anteriormente: la margina­ción es peor que la explotación. Una sociedad que valora a sus miembros según la utilidad que de ellos obtiene, ten­derá a olvidarse de los que ya no necesita; los dejará al margen.

Quizá por eso, a la pobreza material se une la mayoría de las veces una soledad tan grande que con frecuencia «anciano» es también sinónimo de «mendigo de afecto». Me impresionaron unas palabras del director de la Ciudad So­cial de Ancianos de la Diputación de Madrid, que afirmaba en unas declaraciones: «Una madre que se queda viuda es capaz de sacar adelante once hijos y, sin embargo, once hijos no son capaces de mantener a su madre, nadie quiere tenerla, se la rebotan y entonces dice: ‘Me voy a una resi­dencia’ «17.

El director de «Notre Temps» (revista dedicada a la Tercera Edad con 500.000 ejemplares de tirada) consolaba a sus lectores en un editorial diciendo: «No se preocupe. Usted es un consumidor y un elector. Todo el mundo se preocupará de usted». A mí se me ocurre pensar que si todas las razones que nuestra sociedad es capaz de encon­trar para preocuparse de los que ya no son productores es la de que todavía son consumidores y electores, ¡triste so­ciedad la nuestra! Dan ganas de, apearse.

Además, ya podernos imaginarnos que, con la cuantía de las pensiones españolas, la únicá esperanza que queda a nuestros ancianos, según ese editorial, es la de ser electo­res, puesto que a la mayoría los mantenemos a un nivel de consumo mínimo.

El editorial de «Notre Temps» nos facilita la pista para encontrar un colectivo todavía más pobre: estará allí donde encontremos quienes no sean ni productores, ni consumido­res, ni electores. Por ejemplo, los deficientes mentales y también los enfermos mentales.

Deficientes mentales

En España hay algo más de 400.000 deficientes mentales, la mayoría totalmente olvidados por la sociedad.

Hasta los 6 años es prácticamente imposible encontrar un centro de educación preescolar para ellos: ¡hay 512 pla­zas en toda España!

Como es sabido, entre los 6 y los 14 años prácticamente está ya escolarizada el 100 por 100 de la población española «normal». Sin embargo, sólo están escolarizados el 30 % de los niños subnormales. Y esta proporción va descen­diendo cuanto más grave es la deficiencia: sólo están aten­didos el 3,4 por 100 de los severos y el 1,4 por 100 de los profundos18.

Una vez cumplidos los 18 años el vacío es semejante. No hay residencias donde acoger a los deficientes que carecen de familia. Unicamente 13.000 plazas censadas para varones y 9.420 para mujeres.

Todavía encuentran mayores dificultades si pretenden in­corporarse al mundo laboral. De los 140.000 con edad y ca­pacidad para trabajar sólo lo hacen 7.075 (en centros de empleo protegido)19. Allí se les pagará por pieza hecha una cantidad mucho menor de la que cualquier obrero exi­giría por esa misma pieza, y casi siempre sin Seguridad Social. Para los demás, sus ingresos son las 5.000 pesetas mensuales del F.N.A.S.

Un gran economista del siglo XVIII, Adam Smith, nos explicó perfectamente, y sin pretenderlo, por qué dentro del sistema capitalista no hay motivos para esperar que nadie se preocupe de los deficientes mentales:

«El hombre reclama en la mayor parte de las cir­cunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano pue­de esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoís­mo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide.

(…) No es la benevolencia del carnicero, del cerve­cero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invoca­mos sus sentimientos humanitarios, sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas»20.

Según eso, ¿cómo convencer a un empresario para que contrate a un deficiente mental si su productividad oscila entre el 30 y el 60 por 100 de la obtenida por un operario normal? Y si cuando sean adultos no van a trabajar, ¿para qué gastar dinero educándolos, dado además que el costo de la enseñanza especial está por encima del de la normal?

En definitiva, que la sociedad será siempre despiada con el deficiente mental. ¡Bien lo han comprendido sus padres cuando frecuentemente se les oye decir: «Lo único que pido a Dios es que se lo lleve antes que a mí»!

Las bolsas de pobreza rurales

Salgamos ahora al campo. Pero no al campo residencial de las vacaciones adineradas, sino al campo marginado por el desarrollo español.

La historia y la arqueología nos han transmitido una imagen de la relación existente entre la ciudad y el campo que todavía se mantiene hoy: Mientras los pueblos viven a diario de una economía de subsistencia, la riqueza se concentra en las ciudades. Las ciudades no producen todo lo que consumen y almacenan, sino que el campo trabaja para ellas.

Ultimamente hemos asistido a un fuerte incremento de los rendimientos agrícolas. Gracias a la mecanización de las faenas, el consumo masivo de fertilizantes y la introducción del cultivo de plantas industriales, tales como la remolacha, el algodón y el girasol, solamente en la década de los 60 se duplicó la producción del campo.

Nuestra crítica no se dirige, por tanto, a los frutos con­seguidos, sino a la política de distribución de esos frutos que, una vez más, no ha beneficiado tanto a los hombres del campo como a los de la ciudad. En el campo hay peor asistencia médica, peores comunicaciones, peores colegios, peor higiene… Nadie puede asombrarse de que la gente de los pueblos quiera trasladarse a las ciudades. Saben que tienen que dar ese paso si quieren disfrutar del confort que ofrece el mundo moderno.

No es extraño: En la ciudad, y por hombres de la ciu­dad, se hace la política. En la ciudad, y para hombres de la ciudad, la tecnología desarrolla sus maravillosos inventos. En la ciudad, y para hombres de la ciudad, se crea y trans­mite el saber…21.

El Inventario de Areas de Depresión. Socioeconómica rea­lizado en 1977 por la Secretaría General Técnica del Minis­terio de Agricultura consideraba comarcas deprimidas a 277 de las 458 existentes. La situación resulta especialmente trá­gica en las cuatro grandes bolsas de pobreza que agrupan muchas de esas comarcas: el interior gallego; toda la franja que rodea a Portugal; el círculo que tiene su centro en la confluencia de las provincias de Albacete, Jaén y Granada; y, por último, el gran bolsón desertizado de Soria, Guada­lajara, Teruel y Cuenca22.

Muchas de esas comarcas, abandonadas por los jóvenes y pobladas por personas que se mantienen con las pensio­nes escasas de invalidez o de vejez, se han convertido literal­mente en antesalas del cementerio. Salvando contadísimas excepciones, también la Iglesia institucional y las congrega­ciones religiosas han abandonado esas comarcas. En ellas ha quedado sólo el silencio. Se podrían referir a su población envejecida los versos del Martín Fierro:

«… en su boca no hay razones
aunque la razón le sobre;
que son campanas de palo
las razones de los pobres»23.

Los mil escondrijos de la pobreza

Está llegando ya el momento de escuchar el grito de los pobres que desde el Tercer Mundo cruza los océanos. Y, des­graciadamente, no porque hayamos agotado ya el panorama español.

Podíamos haber hablado todavía de las prostitutas. A pe­sar de que la prostitución fue prohibida por decreto-ley del 3 de marzo de 1956, en 1970, según datos de la Fiscalía del Tribunal Supremo, había medio millón de prostitutas en Es­paña. El 59 por 100 de ellas, según un estudio de EDIS, dicen recibir más de cinco clientes al día24.

Aun cuando ganen buenas pesetas, ¿no es un caso san­grante de explotación tener que dar por dinero lo que sólo el amor es capaz de pagar? Al menos la prostituta barata, encadenada al «barrio», envejecida prematuramente, enchu­lada y fichada por la policía, debe ser incluida sin duda entre los pobres.

Aquí cabrían igualmente los 120.000 transeúntes margina­dos que hay en España25. Y los 250.000 gitanos26. Y los enfermos mentales, que según los cálculos más moderados no bajan de 350.000… y tantos otros. Pero todos ellos que­darán necesariamente sin comentar.

El tercer mundo

Al olvidarnos por un momento del grito de los pobres españoles para prestar oídos al grito que llega del Tercer Mundo, me vienen a la memoria unos versos famosos de Calderón:

«Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro (entre sí decía)
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó»27.

Por muy mal repartida que esté nuestra riqueza, Es­paña se sitúa entre los lugares 25 y 30 en la clasificación de los 160 países del mundo, con una renta per cápita que está ya próxima a los 5.000 $28.

Pero hay casi medio centenar de naciones, que suman 2.494.000.000 habitantes (prácticamente el 60 por 100 de la población mundial) cuya renta per cápita no alcanza los 500 $29. ¿Qué es el grito de nuestros pobres en compara­ción con el clamor que llega del Tercer Mundo? Allí el pro­blema es subsistir.

La misma distinción que entre los individuos pobres de un país nos ha resultado provechosa, nos va a servir para las naciones pobres del mundo. También aquí hay unas explotadas y otras, en situación mucho peor, simplemente marginadas.

Las primeras, por sus riquezas naturales, su situación geográfica o la razón que sea, atraen las inversiones del mundo rico. Allí ha trasladado sus industrias polucionantes, porque a la vez que ahorraba las costosas instalaciones anti­contaminantes que ya exigen todos los países desarrollados, se beneficiaba de unos costos salariales mínimos. De allí se extraen las materias primas a precios irrisorios, etc.

Todo se podría resumir diciendo que en nuestro mundo son los países pobres los que ayudan a los ricos para que se puedan enriquecer más todavía. Véanse, si no, las cifras:

En 1970 las inversiones de origen norteamericano en Africa fueron de 270 millones $, mientras que las repatria­ciones de beneficios llegaron a los 996 millones. Para Asia las cifras fueron respectivamente de 200 y 2.400 millones.

Para América Latina, se trataba de 900 y 2.900 millones. En la misma fecha se calculaba que las repatriaciones clandes­tinas alcanzaban cifras tan grandes como las oficiales30. Con razón decía Pablo VI que cuando los países subdesa­rrollados se relacionaban con los desarrollados tienen la sos­pecha de que «les quitan con una mano lo que con la otra se les ha ofrecido»31.

Pero es infinitamente peor la situación de los países que ni siquiera despiertan la codicia de las naciones ricas. Estos permanecen no explotados, sino marginados. Su problema no es que crezcan despacio, sino que son cada vez más po­bres. Según el último estudio económico mundial publicado por las Naciones Unidas, estos países vieron disminuir hasta en un 25 por 100 su poder adquisitivo a lo largo de 198032. Tan grave es la situación que, según datos de la F.A.O., el hambre se cierne como una amenaza de muerte lenta sobre mil millones de seres humanos en el mundo.

Un gran obispo del siglo IV, San Basilio el Grande, en una homilía pronunciada durante una época de gran mise­ria, decía así:

«La enfermedad del hambre es sufrimiento espan­toso. El hambre es la principal de las calamidades humanas; y la más miserable de las muertes es, sin duda, morir de hambre.

Es un mal lento, que prolonga el dolor. Una muer­te siempre presente y que nunca llega. Consume la humedad natural, enfría el calor, contrae el volumen y, poco a poco, agota las fuerzas. La carne se adhiere en torno a los huesos como tela de araña. Las rodillas ya no sostienen, sino que se arrastran a la fuerza. Ahora bien, ¿qué castigo no merece el que pasa de lar­go junto a ese cuerpo? ¿Qué colmo de crueldad no sobrepasa? ¿Cómo no contarlo entre las fieras más fieras y no mirarlo como sacrílego y homicida? El que puede remediar el mal y voluntariamente y por avari­cia difiere su remedio, con razón puede ser condenado como homicida»33.

  1. KARL MARX, Líneas fundamentales de la crítica de la economía política (Grundrisse); en Obras de Marr y Engels, t. 21, Grijalbo, Barcelona, 1977, p. 359.
  2. ALDOUS HUXLEY, Un mundo feliz; en sus Obras Completas, Plaza, Barce­lona, 1970, t. 1, p. 202.
  3. 0. c., p. 195.
  4. Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento. El desa­rrollo económico de España, Oficina de Coordinación y Programación Económica, Madrid, 1962, p. 94.
  5. KARL MARX y FRIEDRICH ENGELS, Manifiesto del Partido. Comunista; en Obras de Marx y Engels, t. 9, Grijalbo, Barcelona, 1978, p. 147.
  6. Boletín de Estadística 431 (1981), 15.
  7. VV.AA., Las migraciones problema actual. Ponencias presentadas a la XXXIII Asamblea Plenaria del Episcopado Español, Edice, Madrid, 1981, p. 140.
  8. 0. c., p. 142.
  9. La Región, 13 de mayo de 1980.
  10. VV.AA.,, La emigración… a lo claro, Popular, Madrid, 1979, p. 58.
  11. Encuesta de Población Activa (avance), julio-septiembre 1981.
  12. Cf. ENRIQUE DEL RÍO, La explotación de menores trabajando: Documen­tación Social 37 (1979), 149-169.
  13. Cf. M. H. BRENNER, Mental Iliness and Economy, Harvard University Press, Cambridge, 1973.
  14. Enluto DURKHEIM, El suicidio, Schapire, Buenos Aires 3, 1971, p. 201.
  15. Boletín de Estadística 431 (1981), 26.
  16. JUAN CANTAVELIA, La sociedad contra los ancianos, P.P.C., Madrid, 1978, p. 19.
  17. FÉLIX MELENDO, en «Arriba» (de Madrid), 22 de abril de 1973.
  18. MARIA JESÚS ItluFaz Azetaoz, La deficiencia mental: Documentación So­cial 28 (1977), 168.
  19. Luis LÓPEZ SANCHuz, Trabajo: Poco y mal pagado: Cáritas 197 (1981), 10.
  20. Mono SMITH, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, F.C.E., México, 1979, p. 17.
  21. Cf. JAIME LORINO, Objetivos y resultados de una política agraria: Corin­tios XII1,16 (1980), 21-49.
  22. Cf. JOSÉ ANTONIO FERNÁNDEZ, Las zonas rurales marginada-s: Documenta­ción Social 44 (1981), 97-110; JosÉ J. ROMERO, Análisis básico de la agricultura española: estructura, sectores y espacio rural: Sal Terrae 68 (1980), 659-676.
  23. JOSÉ HERNÁNDEZ, Martín Fierro, Espasa-Calpe, Madrid 19, 1978, p. 4.
  24. RAFAEL CANALES, La prostitución: Documentación Social 28 (1977), 12.
  25. Dato facilitado por FACIAM (Federación de Asociaciones de Centros para la Integración y Ayuda de Marginados).
  26. Cifra que da la Dirección Nacional del Apostolado Pro-gitano en un informe realizado entre 1972 y 1975 para el III Plan de Desarrollo.
  27. PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, La vida es sueno, jornada 1.., escena 2..; Taurus, Madrid 6, 1979, p. 170.
  28. Último informe del SERVICIO DE ESTUDIOS DEL BANCO DE BILBAO.
  29. COMISIÓN GENERAL DE JUSTICIA Y PAZ, El impuesto mínimo de la vergüenza: Vida Nueva 1292 (5 de septiembre de 1981), 24.
  30. FRANÇOIS Hourmr, La dependencia y la opresión: Concilium 164 (1981), 16.
  31. PABLO VI, Populorum Progressio, 56.
  32. Estudio Económico Mundial, 1980-81, Naciones Unidas, Nueva York, 1981, p. 4.
  33. S. BASILIO, Homilía dicha en tiempo de hambre y sequía, 7; PG 31, 305 y ss.

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