El Cristo de las Hijas de la Caridad (VII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Capítulo 7: la encarnación y la eucaristía

La comunión

Enfrascada en la oración y guiada por san Vicente, experimenta en sentido místico la pre­sencia del Hijo humanado del Padre, especial­mente en la eucaristía y más aún en la comunión. A las Hermanas les explica que la encarnación se realiza para redimir a los hom­bres y la eucaristía se constituye para santifi­carlos, y «no solamente por la aplicación de los méritos de su encarnación y muerte, sino tam­bién por la comunicación que su bondad desea hacernos de todas las acciones de su vida»’. Es tremenda esta experiencia mística de santa Luisa de sentir, durante la comunión, que hay como una simbiosis de las acciones de Jesús a las de ella. Idea beruliana de sentir los estados de Jesús, no sólo como una comunicación de sus méritos sino también de sus mismas acciones.

Conviene recordar que en el siglo XVII en general se consideraba la comunión, más que una parte litúrgica integrante de la Eucaristía, como una unión personal de Jesús con la per­sona que comulgaba. Así la presencia invisible de Jesús se hace visible y activa en la eucaristía y en la comunión.

Sin la eucaristía no hay nada que valga la pena en este mundo ni tiene sentido la creación, pues el proyecto del amor de la Trinidad era que, al darse al mundo por la Encarnación, su presencia real se perpetuase en la eucaristía. Es lo que quiso reflejar Andrés Rublev en su fa­moso icono «La Trinidad». Al poner la eucaris­tía en el centro de las tres divinas Personas parece querer reflejar que el proyecto del amor de la Trinidad era que el honor y la gloria que le daba la Segunda Persona Encarnada se per­petuase en la eucaristía.

No es violentar la mentalidad de santa Luisa afirmar que también lo expuso ella, cuando meditaba que, al no haber vida espiri­tual sin la Encarnación, tampoco la hay sin la eucaristía. Uno de los puntos de su espiritualidad es que la Eucaristía es una exigencia de la Encarnación y su resultado final, que es causa y efecto de la unión del hombre con Dios, y de los hombres entre ellos, como participantes de la misma y única humanidad. Sin la Eucaristía la Encarnación quedaría inacabada. Si el Hijo de Dios se encarnó para que un hombre creado fuera Dios y le diera a la Trinidad el culto que merece, la Eucaristía es necesaria para que con­tinúe ese mismo culto a través de los siglos. De este modo «la Eucaristía nos permite acoger más concretamente el significado y el valor de la Encarnación». La Eucaristía hace presente entre los hombres al Hijo de Dios encarnado en cada momento y en cualquier lugar. Era lógica, por lo tanto, la devoción que tenía santa Luisa, y re­comendaba a las Hermanas, de visitar y adorar al Santísimo aún en los viajes3.

Los católicos vivían el culto eucarístico. Los Autos Sacramentales en España y los reta­blos, sagrarios y custodias de todo el mundo in­dican que en aquel siglo el Santísimo Sacramento era considerado, como la presencia real de Jesucristo Dios al que se le visita y se le adora. El momento cumbre de la Eucaristía era la elevación de la Hostia, cuando todos los fieles miraban, creían y adoraban a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, bajo las especies de pan. En el siglo de santa Luisa nacen congre­gaciones religiosas consagradas de una ma­nera especial al culto eucarístico, y toma auge la devoción a las «cuarenta horas»: tres días de adoración a Cristo expuesto en la custodia, im­petrando a veces su misericordia por alguna calamidad pública. La fiesta del Corpus se exal­taba con todo el barroquismo de la época a través de las procesiones por las calles enga­lanadas.

Dios encarnado se quedó en la Eucaristía no sólo para ser adorado, sino para incorporar­nos a su humanidad, llevando su misma vida, porque «la enormidad de su amor por nosotros no se contentó con la Encarnación, sino que queriendo una unión inseparable de la natura­leza divina con la humana, la ha hecho después de la Encarnación en la admirable invención del Santísimo Sacramento del Altar…; y esta unión es medio para la unión del Creador con su criatura, aunque no todos participen, a causa de su libre voluntad»; y lo más admirable es que «sólo el Espíritu Santo puede hacernos com­prender la grandeza de este Misterio», y empu­jarnos a dar testimonio de esta verdad4. También el Comité para el Jubileo del año 2000 manifestó esta mentalidad que ya tuvo santa Luisa hace casi cuatrocientos años.

Eucaristía y Redención

La redención supone que un redentor toma sobre sí el peso de la culpa de otra persona y paga un rescate para librarle de la prisión o de la esclavitud. En la redención siempre aparecen las vivencias de perdición y salvación, de pe­cado y rescate, de opresión y liberación. Para el cristiano del siglo XVII francés la idea más extendida de redención era el pago de una pena por Jesucristo, obediente a un Padre que sin una víctima no nos habría perdonado. Esta exa­geración teológica supone en el Padre senti­mientos contra el Hijo hecho pecado y víctima expiatoria.

Sin embargo, santa Luisa tiene otro con­cepto de redención, centrada más en la encar­nación que en la crucifixión. Para ella, tan pronto como la divinidad se une a la humani­dad, el hombre queda justificado, pasando del estado de pecado al de comunión con el Hijo Dios que nos aplica sus méritos. «Viene a ser ­medita santa Luisa- como el aire sin el cual el alma no tiene vida, y así es como he visto la Re­dención de los hombres en la Encarnación, y su santificación por esta manera de unión del hom­bre con Dios en la persona de su Hijo, apli­cando continuamente sus méritos a cada alma asociada a la unión personal de Dios en un hombre, la cual honra toda la naturaleza hu­mana haciendo que Dios la mire en todos como su imagen si no está desfigurada por el rechazo de la aplicación de los méritos de su Hijo, que solo se hace por el pecado».

La Eucaristía también es redentora. Cuando el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María, rescatando a la humanidad, tenía la intención de prolongar esta unión en la Eucaristía. Se puede decir que la Eucaristía es una parte im­prescindible de su vida y el culmen de la En­carnación continuada hasta la Cruz; es el nuevo Calvario donde se realiza la salvación humana de una manera incruenta.

Conviene recalcar que la carne que se sacrifica y se come en la Eucaristía es la carne que había tomado el Hijo de Dios en la encarna­ción. Y si es la misma carne, deducimos que la finalidad que tiene en la Eucaristía no es sólo la de darnos su cuerpo como fuerza para se­guirlo, sino también el darse a nosotros como fruto de salvación. Sin embargo, el cuerpo que nos da en comida no es su cuerpo en estado de vida terrena. Es un cuerpo animado por el poder divino que tendrá después de la Resu­rrección y de la Ascensión, pues la persona de ese cuerpo humano es la Segunda Persona de la Trinidad, y Jesús al instituir la Eucaristía tenía conciencia de ello. Por eso dijo «haced esto en memoria mía», porque Él es Dios con dominio sobre el tiempo.

La Trinidad responde a estos sentimientos de santa Luisa de Marillac dándole las grandes experiencias contemplativas con motivo o du­rante la comunión. Ella parece comprenderlo y anota detalladamente cada momento: De tiempo en tiempo, la vierta de mis infidelidades roe hace temer acercarme a la comunión… Y en la fiesta de Todos los Santos me pareció sentir que Dios quería venir a mí. No como a un lugar de recreo o alquilado, sino como a su propia heredad que le pertenecía totalmente… Y por un sentimiento de amor al Santísimo Sacramento, temía comulgar, pero, no dejando de comulgar, sentí que se me reprendía… En la santa Misa, me pareció que Nuestro Señor le presentaba a su Santa Madre mi indignidad, y pensando que yo era aceptada… El día de san Bernardo, habiendo comulgado, sentí fuer­temente un deseo de ocuparme solo de Dios… El día de san Benito habiendo rehusado comulgar, me sentí presionada interiormente a comulgar y le pedí a Dios que, si era su Voluntad, se lo indicara a mi confesor; el cual, sin yo decirle nada, me llamó para que comulgase. Y lo más impresionante para ella, el Des­posorio místico con Jesucristo se realizó des­pués de comulgar.

La Eucaristía y la vida personal

Nadie le puede sugerir a Dios que tome ini­ciativas para amar, pues El es amor. Lo experi­mentamos especialmente en el momento de la comunión. Santa Luisa manifiesta que «tene­mos que agradecerle a Dios el amor que nos ha manifestado al darse a nosotros en la sagrada Comunión». Porque «parece que se da a nos­otros en la Sagrada Hostia, solamente para nuestra santificación, y no sólo aplicándonos los méritos de su Encarnación y muerte, sino tam­bién por la comunicación que su bondad quiere hacernos de todas las acciones de su vida y me­ternos en la práctica de sus virtudes, deseándo­nos semejantes a Él por el amor».

Estaba convencida de que la comunión re­aliza una unión íntima entre el creyente y Jesús. Lo sintió en una experiencia mística que tuvo dos meses antes de morir y que impresionó tanto a las Hijas de la Caridad que la copiaron en el Manuscrito llamado de Chétif: «El día de Santa Genoveva de 1660 [3 de enero], yendo a la Sagrada Comunión, sentí, al ver la Sagrada Hostia, una sed extraordinaria que partía de un sentimiento de que Él quería darse a mí con la sencillez de su divina Infancia. Y al recibirle y durante mucho tiempo después, mi espíritu quedó ocupado en una comunicación íntima que me hacía comprender que no se daba El sólo sino con todos los méritos de sus misterios; y esta comunicación me duró todo el día, no por vía de ocupación forzada e interior, sino por vía de presencia y de aplicación a las ocasiones, como ocurrió con algo que me mortificaba. Sentí la advertencia de que Jesús, habiéndose dado enteramente a mí, acompañado del mérito de todos sus misterios, era necesario que yo aprovechara esta ocasión para participar de su sumisión en las humillaciones».

Y veía que la comunión la llevaba a parti­cipar de la felicidad en la gloria junto con todos los santos: «La Sagrada Comunión del Cuerpo de Jesucristo nos hace participar realmente en el gozo de la Comunión de los Santos del Cielo, que la Encarnación y Muerte del Hijo de Dios nos han merecido; habiendo sido tan completa la reconciliación de la naturaleza humana al­canzada por tal medio, que el Amor de Dios no ha podido ya separarse de ella. Y así como en el Cielo Dios se ve en el hombre por la unión hipostática del Verbo hecho Hombre, así ha querido estar en la tierra para que los hombres no estén separados de Él.

La fe nos lo asegura y la mística nos con­vence experiencialmente que en la comunión se da una transformación característica y única entre el ser humano que comulga y Jesucristo que se da en comida, pues no es el hombre el que asimila el alimento sino el alimento lo que asimila al hombre. Cuando se come, el hombre convierte en sangre suya lo comido, mientras que en la comunión, lo comido transforma al hombre en la misma naturaleza divina que tiene el alimento. No es Cristo el que se transforma en hombre sino el hombre quien se convierte en Cristo. La persona humana se convierte en un ser divino. Cuando se comulga, el hombre y Jesús tienen «la misma carne y la misma san­gre», según san Cirilo de Jerusalén, y nos con­vertimos en «consanguíneos» de Cristo, según Gesteira Garza. Nos transformamos en Cristo. Santa Luisa lo expresa de una manera más sen­cilla y más acorde con la mentalidad corriente, a pesar de estar envuelta en una experiencia contemplativa inefable: «El lunes, en la Sagrada Comunión, en el momento de recibirla, sentí de pronto la advertencia o deseo de que Nuestro Señor viniera a mi acompañado de sus virtudes para comunicárselas, porque me parece que antes me había sentido avergonzada del abuso que había hecho del honor de recibirle».

La posibilidad de unirse el hombre con su Dios por la comunión era un misterio inconce­bible y tremendo también para una mujer pia­dosa como era ella. No era por influjo del jansenismo, ni siquiera por la mentalidad agus­tiniana del siglo XVII, era por esa experiencia mística del Espíritu Santo por la que se sentía obligada a una profunda preparación personal: «De un tiempo a otro, especialmente en las grandes solemnidades, la vista de mi abyección al recordar mis faltas e infidelidades a Dios me hace temer acercarme a la Santa Comunión; unas veces por un sentimiento de desagrado de que un Dios tan bueno venga a lugar tan mise­rable, y otras, por temer que mi enorme teme­ridad me atraiga de la justicia de Dios algún castigo ejemplar en la recepción del Santísimo Sacramento. Hallándome el día de la fiesta de Todos los Santos en la verdadera consideración de mi vileza, me pareció que a mi alma se le daba a entender que su Dios quería venir a mí, no como a lugar de placer o alquilado, sino como a su propia heredad o lugar que le perte­nece enteramente; y que no podía yo negarle la entrada, y que, siendo tierra viva, debía reci­birle con gozo como a su soberano dueño, por simple aquiescencia y con el deseo de que mi corazón fuese el trono de su majestad».

La Misa y la Comunión

La señorita Le Gras era mujer del siglo XVII. La comunidad que quiso está formada por un grupo de Hermanas reunidas en el nom­bre de Jesús por el Espíritu Santo para servir a los pobres. La presencia real de Jesús en co­munidad la realiza de una forma singular el Es­píritu Santo en la Eucaristía que se convierte en el centro indispensable que sostiene a la co­munidad entera.

Así era la doctrina, pero en la práctica, la mayoría de los devotos de aquellos tiempos pa­sados miraban la «Misa» como una parte de la vida particular de cada persona y la aceptaban como una devoción privada. Santa Luisa no emplea la palabra «eucaristía», sino Santo y Santísimo Sacramento o Misa y comunión, in­dicando que, también para ella, aunque mani­fieste una realidad teológica de salvación, la eucaristía era una devoción privada de su vida espiritual, tal como la consideraba la mayoría de los devotos de aquel tiempo.

Luisa de Marillac estaba familiarizada con la Misa. Por eso, porque era bueno para la vida espiritual, iba a Misa y procuraba que también fueran todos los días las Hijas de la Caridad, sin más. Conocía y asumía la teología clara del con­cilio de Trento: la Misa es el Sacrificio de la Nueva Alianza que la Iglesia ofrece al eterno Padre; un Sacrificio impetratorio que obtiene el perdón de los pecados [encargará Misas por las Hermanas y familiares difuntos] y un sacri­ficio que ofrendan los cristianos a su Dios.

Sin embargo, aunque participara en la Misa, no frecuentaba la comunión por respeto a la grandeza del sacramento que exigía una preparación constante y profunda de la persona humana inclinada al mal por el pecado original. De ahí que se necesitara permiso de los confe­sores o superiores para comulgar. Ella misma lo pedía, y prohibía comulgar a las Hermanas sin su permiso o el del confesor.

Hacía siglos que los fieles habían abandonado la comunión frecuente, al tiempo que se multiplicaban las Misas. Si los jansenistas no habían sido la causa de este abandono, sí fueron motivo para que muchos fieles se convencieran de la integridad de este alejamiento», influ­yendo así en la vida espiritual de los católicos, incluso de las primeras Hijas de la Caridad, de las señoras de las Caridades y de la misma Luisa de Marillac. La Iglesia católica insistía en que la comunión unía a la persona con Jesu­cristo Dios; y esto era ya una grandeza espiri­tual independiente de la celebración eucarística. Por eso se aconsejaba comulgar, aunque no se participara en la Eucaristía, y aún fuera de la Misa. Dominada la Iglesia católica de Francia en el siglo XVII por la oposición al calvinismo hugonote, se acentuó la costumbre medieval de asistir y presenciar más que participar de la Eu­caristía que se celebraba de espaldas a los fieles, como algo propio del sacerdote, y se dejó de lado el sentido de Cena del Señor o de banquete comunitario celebrado por la asamblea.

A pesar de esta costumbre, santa Luisa exi­gía que la comunidad asistiera a Misa todos los días y no poder hacerlo lo consideraba un impedimento para hacer nuevas fundaciones. Instalar el Santísimo Sacramento en comuni­dad lo veía necesario para poder adorarlo fácil­mente, para que nuestro Señor tomase posesión de la casa a la vista del pueblo y para pedirle que remediase nuestras necesidades. Cuando, en agosto de 1648, estalló en Paris la revuelta de la Fronda, santa Luisa pasaba unos días en el palacio de su amiga la duquesa de Liancourt, y espantada escribe a las Hermanas de la Casa: «Les ruego que durante algún tiempo haya siempre una o dos Hermanas ante el Santísimo Sacramento para tratar de ayudar a tantas almas buenas a aplacar la ira de Dios sobre nos­otros”. Era la costumbre que propagaban nu­merosas congregaciones religiosas fundadas para el culto eucarístico, y la devoción a las «cuarenta horas»: tres días de adoración a Cristo expuesto en la custodia, impetrando su misericordia por alguna calamidad pública.

Si aplicamos esta mentalidad a los tiempos modernos, sacamos algunas consecuencias para hoy: grave tiene que ser el motivo por el que se celebren varias Eucaristías en una comunidad dividiéndola en pequeños grupos, o por el que algunas Hermanas abandonan la Eucaristía co­munitaria y participan de la que se celebra en otros lugares, a no ser por el servicio a los po­bres o por animar otras Eucaristías que langui­decerían sin su presencia: «En cuanto a las que piden oír la santa Misa fuera de casa, ¿no se po­dría decir en el Hospital una Misa hacia las 9 o las 10? Es lo que se practica en el Hospital Mu­nicipal. Pues temo que se acostumbren a salir».

La Nueva Alianza

Según los evangelios, Jesús eligió el día de la Pascua judía, el día en que se conmemoraba la renovación de la Alianza de Yahvé con su pueblo, para instituir la Eucaristía como la Nueva Alianza, sellada en forma de comida o cena. Por eso, para santa Luisa, la comunión pascual no es una comunión ordinaria. Comul­gar el día de Pascua es asumir la Nueva Alianza con todo lo que encierra el compromiso divino de ser su Dios y su apoyo en la vida, así como el compromiso que hace el cristiano de no tener más Dios que el Dios de la Eucaristía: «La Sagrada Comunión del día de Pascua, única mandada por la Iglesia, me ha hecho pensar hoy que sus hijos iban a recibir el legado testamen­tario de su Esposo; lo que me ha parecido era un tesoro para proveerme durante todo el año de cuanto necesitara, obligándonos a escoger la vida de Jesús Crucificado por modelo de nues­tra vida a fin de que su resurrección sea para nosotros medio de gloria en la Eternidad».

Sentimientos muy parecidos a los que sintió un Domingo de Resurrección, en una oración contemplativa en la que el Espíritu Santo dese­aba apoderarse de ella: «El día de Pascua, mi meditación fue el deseo de resucitar con Nues­tro Señor, y como sin muerte no hay resurrección, vi que eran mis malas inclinaciones las que debían morir y que yo debía quedar com­pletamente destruida por un amortiguamiento de la vivacidad de todo mi interior; lo cual veía yo que no podría conseguir por mí misma, pero me pareció que nuestro buen Dios me pedía mi consentimiento, que yo le di enteramente, para obrar El mismo lo que quería en mí».

La Encarnación perpetuada en la Eucaris­tía y asumida cada año en la Renovación de los votos, pide que las Hijas de la Caridad, si­guiendo a su fundadora, sean activas y contemplativas. Quien participa en la Eucaristía se ofrenda personalmente al Padre uniéndose a la de Cristo y su vida debe ser ofrenda continua en la Eucaristía diaria. Y nos preguntamos ¿qué santidad viven quienes no ponen la Eucaristía como el fundamento de su vida? ¿Cómo inter­pretan que quien come mi carne y bebe mi san­gre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día?

Y como la realidad manifiesta que hay hombres que no conocen a Jesucristo o no se acercan a la Eucaristía, Dios los adhiere a su divinidad por medio de los méritos de su Hijo, aplicando «el mérito de sus acciones a las de las criaturas, ya pidiendo perdón a su Padre para borrar nuestros crímenes contrarios a las virtu­des que El practicó, ya haciendo agradables a Dios las acciones virtuosas que, por su gracia, los hombres pueden hacer, uniéndolas a sus mé­ritos… Es como el aire sin el cual el alma no tiene vida». De esta manera se crea una pre­sencia continua en el alma haciéndola «seme­jante a Él, obrando en ella como lo tiene a bien y de acuerdo con sus necesidades para hacerla llegar a su fin; a cada una según sus desig­nios».

No es raro encontrar en las cartas de santa Luisa la expresión «nuestro Señor y su santa Madre», indicando la unión estrecha entre Madre e Hijo, como si quisiera indicar que no podemos comprender bien a Jesús si no abar­camos también a su Madre v Madre nuestra, la Santísima Virgen María. De ahí que en cual­quier tratado que estudie la persona y el men­saje que nos dejó Jesucristo, haya que incorporar a la mujer a la que Jesús nos en­tregó como Madre cuando moría crucificado.

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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