El Cristo de las Hijas de la Caridad (VI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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CAPÍTULO 6: comunión con la vida de Jesús

Seguirle no es copiarle

Cuando Jesús nos dice que Él es el camino, sabemos que no se refiere a un seguimiento local, como si se caminara al lado o detrás de Jesús. Todos sabemos la realidad de que el se­guimiento se realiza en el interior de cada per­sona, donde se hace la unión de dos vidas personales: la de cada hombre y la de Jesús. «Se trata de un camino interior, que se encarna en una aventura exterior, y que nos impide es­tablecer permanentemente nuestra tienda en un lugar, en una situación» (García Paredes).

Santa Luisa inicia el camino y anima a las Hermanas a que lo inicien con acciones exter­nas que copian las que hizo Jesús: como Jesús, tal que Jesús, ya que Jesús. Es decir, comienza presentando a Jesús como un maestro que da enseñanzas para que las sigamos y nos pre­senta, en la flaqueza humana, su vida para que la imitemos, porque en las entrañas del seguimiento aparece con fuerza la idea de imitación. En este sentido se ha hecho proverbial aquella frase que san Vicente aconsejó al joven P. Du-rand: «Cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: Señor, si tú estu­vieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?  Si el seguimiento es algo interior al hombre, quien sigue a Jesús siente la fuerza del Espíritu de Jesucristo empujándole a imitar su manera de vivir y obrar, pues todo lo que hizo el Hijo de Dios lo hizo para nuestro ejemplo e ins­trucción, principalmente su vida comprometida; ya que su vida no fue nada más que un peregrinaje continuo que debe ser ejemplo del nuestro.

Para exponer el seguimiento con claridad y al mismo tiempo, facilitar llevarlo a la práctica de una manera sencilla, santa Luisa dice que en los comienzos el seguimiento de Jesús se reduce a imitar su vida, a tomar un pincel y, guiados por su Espíritu, copiar en el lienzo de nuestra alma los rasgos más salientes del modelo Jesús. Es la etapa en la que nos esforzamos por dominar las pasiones y adquirir las virtudes de Jesucristo, especialmente las de nuestro espíritu. Es el tiempo de abatir el orgullo y el amor propio y de intentar asumir el anonadamiento, la humildad de Jesús, el ejemplar que hay que imitar. Sin embargo, esto es insuficiente, porque el segui­miento no puede consistir en una imitación ma­terial de todo lo que dijo o hizo Jesús, sino en ser inventivos como lo fue Él; consiste en reinterpretar su proyecto, su evangelio y hacerlo ca­mino para el mundo de este siglo, y para ello, san Vicente propone que nos revistamos del es­píritu de Jesucristo, que nos enraicemos en Él y nos transformemos en otro Cristo.

El seguimiento que había comenzado por una imitación en forma de pintura, copiando a Jesús en nuestra alma como en un lienzo, se convierte en una fuerza interior para asumir su vida como vida propia hasta hacer de nuestra vida una prolongacian de la suya y convertirnos en «otro Cristo» (Ef 4, 15). En esta segunda etapa, Jesús ya no es un modelo estático a co­piar, Jesús se convierte en la fuerza primordial que dirige nuestro obrar desde lo íntimo del ser, por los sacramentos, signos humildes y eficien­tes de la presencia real de Jesús en la tierra y acciones de Dios encarnado. En los sacramen­tos Jesucristo nos da su espíritu, el Espíritu Santo, para que este, durante el día, nos dé a conocer lo bueno y lo malo y la fuerza necesaria para hacer lo bueno y evitar lo malo.

En el seguimiento, si es verdadero, en cada momento sentimos activo a Cristo, como si, al imitarlo, se hiciera una transfusión de su vida a la nuestra. «No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20), decía san Pablo, y santa Luisa veía «razonable que aquellas a las que Dios ha llamado al seguimiento de su Hijo, traten de hacerse perfectas como El, intentando que su vida sea una prolongación de la suya». Para santa Luisa el auténtico seguimiento no es una continuación, si por continuar entendemos que El ya no está presente y, en su ausencia, nosotros continuamos su vida. Para ella la vida de Cristo, ciertamente, es un ideal que preten­demos realizar, pero su Espíritu también da la vida a la vida de quienes le seguimos: Sin una vida interior «las acciones exteriores, aunque sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios ni merecernos recom­pensa, a no ser que estén unidas a las de Nues­tro Señor».

Sin ninguna pretensión teológica, nos ha dado el verdadero sentido del seguimiento cris­tiano y, por lo mismo, también vicenciano. El seguimiento auténtico consiste en empapar nuestra vida del Espíritu de Jesucristo, según la famosa sentencia de san Vicente: desprenderse del espíritu propio para revestirse del Espíritu de Cristo. O como escribe ella misma: que toda joven que desee ser Hija de la Caridad debe que­rer morir a sí misma para que el espíritu de Jesús se establezca en ella. Porque, si el verdadero segui­miento se realiza en el interior del corazón del hombre, es el corazón el que asume las cualida­des y virtudes de Cristo: humildad, sencillez y caridad, o, como dice ella misma tolerancia, cordialidad y compasión. Cuando lleguemos a vivir y actuar con el Espíritu de Jesús habre­mos entrado en la verdad de su seguimiento. Cada persona descubrirá hacia qué forma de vida le empuja el Espíritu divino, hacia dónde va su seguimiento. Una Hija de la Caridad sigue a Jesús, si su vida y su servicio a los po­bres están envueltos en humildad, sencillez y caridad; virtudes que las llevan a manifestarse tolerantes, cordiales y bondadosas.

Cuando el Espíritu de Jesús ha empapado todos los recovecos de la vida de un vicenciano, se realiza una especie de simbiosis entre la vida de Jesús y la suya; su vida queda transformada, y el seguimiento se convierte en una unión transformante con Jesucristo. El Espíritu de Jesús transformó de tal manera a Luisa de Marillac que, al actuar, no sabía si era ella quien obraba o  era Jesús que estaba en ella’. Había llegado a la meta más allá de la cual no puede llegar un ser humano: a obrar por puro amor a Dios sin ningún interés para ellas. El alma que llega a esta situación es libre de cualquier atadura te­rrena, ha vendido todo para comprar la perla de gran valor o encontrar el tesoro escondido (Mt 26, 44ss).

Transformarnos en Cristo

Al «seguimiento de Cristo» y a la «imitación de Cristo, santa Luisa prefiere llamarlos «con­figurarse con Cristo, unirse a Él, participar de Él», pero encierra la idea de «incorporarse a la humanidad de Cristo». Por su parte san Vicente emplea frecuentemente la expresión «revestirse del espíritu de Jesucristo». Porque en «el segui­miento o en la imitación» parece que el acom­pañante o el modelo están fuera del discípulo que quiere ser como Cristo, mientras que confi­gurarse, revestirse o incorporarse sugiere trans­formación, ser otro Cristo. Esta es la auténtica espiritualidad vicenciana: esforzarse en transformarnos en Jesucristo que asumió la condi­ción humana, tuvo una historia como la nues­tra, vivió nuestras experiencias, se entregó a una causa por la cual sufrió, tuvo éxitos, ale­grías y fracasos y por la cual entregó su vida; esforzarse en incorporarnos a la Humanidad de ese hombre, Jesús de Nazaret, igual a nosotros en todo menos en el pecado, en el cual habitaba la plenitud de Dios y es el modelo único de nuestra vida humana y cristiana y, por ello mismo, de nuestra vida vicenciana.

No debe sorprendernos constatar el valor central que san Vicente y santa Luisa dieron a la humanidad de Jesús, y al incorporarnos a esa humanidad. Era el mejor camino que santa Luisa podían ofrecer a sus hijas, para adquirir las verdaderas virtudes cristianas que «su santa humanidad nos ha enseñado por sí misma», vir­tudes sólidas que su Santa Humanidad ejercitó desde su Nacimiento en el Pesebre y durante su Infancia, virtudes que necesitan las Herma­nas «para llegar a ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad». «Este pensa­miento me ha venido después de haber deseado durante algún tiempo el amor de la Humanidad santa de Nuestro Señor para verme empujada a la práctica de sus virtudes especialmente la mansedumbre y la humildad, la tolerancia y el amor al prójimo, para sacarme de los vicios  contrarios en los que con tanta frecuencia caigo».

Misión del Espíritu Santo es descubrir a los hombres «la impaciencia de Dios, o mejor, la proximidad del designio divino sobre la natu­raleza humana, para la perfecta unión que su omnipotencia quiere hacer con ella». Es así como el Espíritu Santo «produce la santidad en las almas por los méritos de Cristo», cuando dan «el testimonio que quiere que demos de Él haciendo las acciones que hizo en la tierra». Esta era la sed que sintió Cristo en la cruz, la sed de aplicar «sus méritos a todas las almas creadas para el paraíso».

Sin embargo, no debemos olvidar que se­guimos a un hombre en todo igual a nosotros, menos en el pecado, perfecto en su comporta­miento moral, mientras que nuestro segui­miento tiene tropiezos y caídas, alegrías y angustias y, sobre todo, quienes le seguimos sinceramente, sentimos el temor de no estar a la altura debida o de caer en la desilusión de no alcanzar el objetivo. Por ello, no conviene mirar tanto el futuro que nos olvidemos del presente en el que vivimos.

Participación en su destino

A una mujer como Luisa de Marillac, con todo lo que supuso en su vida tantos sufrimien­tos, le fue fácil adentrarse en la pasión de Jesús. En sus cartas se lee la despedida «soy en el amor de Jesucristo crucificado», abundante en las épocas de mayor dolor o dirigidas a perso­nas que sufren, y escasa en las demás ocasiones en las que la sustituye por el escueto «soy en el amor de nuestro Señor», como en los últimos años de vida.

En su correspondencia presenta a Jesús, la mayor de las veces, sufriendo. Era su Cristo y el de las Hijas de la Caridad, frecuentemente muchas enfermas, corriente en el siglo XVII. Para soportar el dolor había que participar en la cruz de Cristo, no solo en las enfermedades, sino también viviendo en una Compañía que comenzaba su andadura con muchos obstácu­los para ser aceptada como compañía, y por ser jóvenes de pueblos campesinos a quienes se les encargaba tareas no vistas hasta entonces. «Participe en los dolores de Cristo, lleve su cruz, soporte como Cristo nos enseña, sufrir como Jesús, camino de Jesús, señal de amor», son frases que escribe continuamente a Herma­nas enfermas o con responsabilidades. La muerte de Cristo entra en la concepción de la economía de la salvación. Con la muerte y re­surrección de Jesús se cierra la encarnación de Dios en la tierra y se completa su seguimiento.

Ciertamente seguir a Jesucristo significa que el Espíritu de Jesús nos lleva a participar en la vida de Jesús de tal manera que nuestra vida sea una continuación de la suya, manifes­tada en el estilo de vida que llevamos, pero se­guir a Cristo significa también tomar parte activa en el destino inseguro y sacrificado de Jesús en bien de los pobres. Todo discípulo se ve obligado a asumir ese destino peligroso. Para explicarlo Luisa de Marillac inconscientemente acude al sentimiento que reposaba en su mente sobre el designio de Dios. Para Luisa, Dios da a cada hombre una parte de su cruz según su misión.

Partiendo de la experiencia terrena llega hasta Dios y ve -santa Luisa vive en el siglo XVII- que el designio divino dispone que mu­chos hombres se unan a Él a través de la cruz. Y no era raro considerar el sufrimiento como una imitación de Jesucristo en su aspecto re­dentor. También Luisa lo considera: «Para agra­dar a Dios no es necesario sentir siempre alegría y consuelo, pues el Hijo de Dios realizó la obra de la salvación de todo el mundo por medio de tristezas y dolores, y es muy razona­ble que si queremos tener parte en sus méritos nos sobrepongamos para aceptar los sufrimien­tos». Si Cristo, Primogénito de toda la crea­ción, anterior a todo, Cabeza del Cuerpo, Principio y Primogénito de entre los muertos, en el que Dios hizo residir toda la Plenitud, el Hijo predilecto del Padre y el Amado (Col 1,15-­20), sufrió una pasión horrorosa, todo el que sea elegido para identificarse con Él debe beber el mismo cáliz hasta las heces (Mt 20, 22-23).

Deteniéndose en el panorama desolador que le ofrece la sociedad, le escribe a Sor Isabel Martín que hay personas llamadas por Dios a santificarse por el sufrimiento, pues «es una marca de amor que nuestro Señor tiene por usted -es­cribe a Sor María- habiéndola escogido para honrarle en sus sufrimientos». Siguiendo la doctrina común del siglo XVII, también ella afirma que hay almas que sencillamente nacen marcadas por el sufrimiento, como si sufrir fuera una vocación identificada con el amor, como si el sufrir fuera una consecuencia del cariño de Dios, pues el amor de Dios se asemeja a un cu­chillo que hiere. Nos recuerda los sentimientos de los grandes místicos: «Principalmente las almas elegidas por Dios están destinadas particularísimamente al sufrimiento, y les es tan dulce y agradable que preferirían antes morir que no sufrir, pues amar y sufrir es una misma cosa para ellas»14. Y siguiendo a san Pablo cuando escribía que Dios no permitirá que sean probadas más allá de su fortaleza (1 Co 10,13), también ella afirma: «Las almas a las que Dios destina al sufrimiento deben estimar mucho este estado y pensar que sin una asistencia par­ticularísima de Dios no le pueden ser fieles»’.

En medio de estas reflexiones, de nuevo se le hace presenta su historia. La vida pasada le brilla hasta ofuscar todo el entorno e ilumina su persona. Ella se siente una mujer a la que Dios ha elegido para que participe en el destino final de Cristo hasta la cruz. Y agradece a Dios que le diera a conocer «que su voluntad santa era que fuese a Él a través de la cruz; que su bon­dad quiso que la tuviera desde su mismo naci­miento, no dejándola casi nunca durante todos sus años, sin ocasión de padecer». Sin em­bargo, ya no le importa. La vida de Cristo la ha liberado de la tierra y la lleva a superar el miedo. Vive a Cristo y Cristo vive en ella, como dice san Pablo. El seguimiento y la unión con Jesucristo han llegado a su plenitud. Solo así tienen sentido frases explosivas que responden a una vida divina en la que se ha transformado el interior de una mujer santa: «Buscar a Cristo en el sepulcro, entre los sufrimientos y los do­lores», «Sin muerte no hay resurrección», «Obli­gándome a escoger en vida a Jesús crucificado como modelo de mi vida», «Amar y sufrir es una misma cosa’ .

Participar en su destino sacrificado hasta morir por los pobres

El deseo ardiente de permanecer siempre en la vida, es una de las características irrenun­ciables de los seres vivos, especialmente del hombre. La muerte, el final de la vida en la tie­rra, nos entristece y hasta nos aterra. Luisa de Marillac piensa que el pecado de Adán consis­tió en «querer eternizarse en la tierra contra los designios de Dios». Pero la vida terrena no al­canzó la eternidad, al contrario, la muerte acti­vamente continuó «segando» vidas. No que Dios desee que el hombre desaparezca o sea aniquilado, ni aún el pecador. Eso no va con un Padre Dios que le ha dado la existencia de vi­viente para «ser poseído enteramente por Él», pues si le ha levantado sobre toda creación ha sido para ser «su único poseedor», meditaba también santa Luisa19, y san Ireneo proclamaba que la gloría de Dios es que hombre viva».

Por eso, suele decirse que en ningún mo­mento es más débil el hombre que en el mo­mento de la muerte. La muerte siempre es más fuerte que el hombre. Y la debilidad humana es inmensa cuando, en el momento de morir, el hombre se siente sólo, pues sólo él muere sin poder evitarlo. A todo ésto se sometió Jesús y, si le seguimos, debemos seguirlo con todas las consecuencias y asumir no sólo su estilo de vida, sentimientos y actitudes, sino también su causa y, aunque duela, su destino. Participar de su destino quiere decir llegar hasta la debilidad de Jesús crucificado, cuando le grita a su divi­nidad «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado». Participar en su destino significa trabajar en la salvación de los pobres hasta morir. Es lo que hacen las Hijas de la Caridad día a día. Por eso san Vicente dice que son már­tires, porque al servir a los pobres su vida queda abreviada, acortada y, en un doble sen­tido, reducida».

Es frecuente considerar el destino de una persona como el final del camino. Sin embargo, santa Luisa escribía a las Hermanas que su des­tino no era el final; su meta, su destino era ca­minar siguiendo a Jesús; y si su meta, su destino es entregar su vida para servir a los pobres, tie­nen que asumir la causa de los pobres como pro­pia, defenderlos y luchar por cambiar su suerte desgraciada. Frecuentemente sentirá la debili­dad de quien quiere y no puede, la debilidad de quien clama a Dios y solo escucha el silencio di­vino, la debilidad de sentirse insegura, sacrifi­cada e incomprendida. Es una cruz, es su cruz con la que debe cargar, si quiere seguir a Jesús.

Hoy nos rodean otras circunstancias. Pero también nos sentimos débiles ante la conflictividad que se respira en una sociedad que nos considera sus antagonistas. Somos sus enemi­gos porque defendemos la solidaridad, la justi­cia, la caridad y la paz, imposibles de ser corrompidas por los intereses de los partidos políticos. No nos respetan porque nos conside­ran sin fuerza y sin influencia y, sin embargo, nos temen porque cuanto más débiles más fuerte sonar en Dios que nos conforta (Flp 4, 13).

Ante estas circunstancias es bueno recor­dar lo que decía santa Luisa a una Comunidad cargada de trabajo: «¿Qué hacer ante esto?… Ayudarse lo más que puedan con los ejemplos de Nuestro Señor que consumió sus fuerzas y su vida por el servicio del prójimo y se sentirán fortalecidas no sólo en el cuerpo sino en el es­píritu«.

Comunión con la vida de Jesús

En los primeros años de su encuentro con Vicente de Paúl, Cristo es para Luisa de Marillac el Dios inmenso y la reacción es darle honor como al ser absoluto que transciende la crea­ción entera. Ella es poca cosa, es la nada. A lo largo de su vida, en los momentos en que la co­rriente nórdica o beruliana le salga de nuevo de la profundidad de su ser, usará la palabra hon­rar con la idea reverencial de reconocer y ad­mirar la grandeza o la bondad de Dios. Recuerda el sentido medieval de vasallaje.

Es cierto que otras veces la usa en sentido de imitar, anunciando el camino del seguimien­to. Jesucristo no es sólo el Dios que merece adoración, es el camino que nos introduce en la divinidad. Jesucristo, como aparece en los evangelios, expresa una realidad personal y práctica. De Jesús no nos separa la distancia del tiempo, sino la diferencia en el estilo de vida. Por eso santa Luisa le da con frecuencia el sentido de confianza práctica para adquirir la pobreza, la dulzura, la humildad, la obedien­cia, el sufrimiento y, a menudo, el desprendi­miento de las criaturas24. Jesús hombre, Jesús del evangelio se presenta delante de Luisa de Marillac con todo su mensaje de seguimiento e imitación. Y ella se lo ofrece a las Hermanas en cartas y en conferencias, y les pide que mediten durante los Ejercicios sobre la vida y la muerte de nuestro Señor».

De los mensajes de Jesús asimila y sugiere a las Hijas de la Caridad aquellas «máximas del espíritu de Jesús» que necesitan las Hermanas para ir «en su seguimiento». Pues también ella «ha resuelto decididamente seguirle sin distin­ción alguna, llena de consuelo al sentirse tan feliz de ser aceptada por El para vivir toda la vida en su seguimiento».

No considera a Jesús como un teólogo que diserta sobre Dios, sino como un hombre-Dios que nos presenta cómo vive, como un acompa­ñante que nos señala el camino y nos infunde el deseo de seguirlo. Quien sigue a Jesús se com­promete a imitar su vida, ser otro Jesús en la tierra. En su interior brota el deseo de imitar; el deber de imitar; hasta llegar a «la obligación de imi­tar la manera de vivir y de obrar de nuestro Señor».

Imitación de Jesucristo

Al sentir la obligación de imitarlo en la práctica, repasa cada momento de la vida de Jesús y la ve como modelo para obrar en su vida, pues «todas las acciones del Hijo de Dios se realizaron para nuestro ejemplo e instruc­ción y principalmente su vida comprometida», y «su vida no fue nada más que un peregrinaje continuo que debe ser ejemplo del nuestro». Desciende a detalles concretos, como destruir su orgullo; recalca la imitación de las famosas virtudes del espíritu vicenciano: humildad, sencillez y caridad, así como tolerancia, man­sedumbre y cordialidad. Se detiene a pedir a las Hermanas Sirvientes que adviertan a las compañeras «que hagan todas sus acciones a imitación de Cristo cuando estaba en la tierra.

El seguimiento que vislumbra santa Luisa no se reduce a una copia material de hacer lo que hizo Jesús o de anunciar lo que predicó. Seguir a Cristo es asumir su vida de tal manera que nuestra vida sea una continuación de la suya: «Qué razonable sería que aquellos a los que Dios llama al seguimiento de su Hijo procura­ran hacerse perfectos como El, intentando que su vida sea una continuación de la suya».

Privilegiar de una manera exagerada la humanidad normal de Jesús, corre peligro de consi­derarlo únicamente como un modelo a copiar sin influencia personal. Santa. Luisa lo com­prende e intenta remediarlo cuando escribe a Sor Juana de la Cruz, poco antes de morir que sin una vida interior «las acciones exteriores, aunque sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar a Dios ni merecernos recom­pensa, si no están unidas a las de nuestro Señor». Pero si se resalta la divinidad, hay pe­ligro de vivir una espiritualidad descarnada. Dejad la oración y la misma eucaristía por acudir presto al pobre que te necesita con urgencia, era el lema que, siguiendo a san Vicente, inculcaba santa Luisa a las Hermanas.

Seguir a Jesús no es ir detrás de un perso­naje sin relacionarse con él, como las personas se siguen en una ciudad; menos aún Cristo es un espejo donde aparecemos o desaparecemos según nos acercamos o nos alejamos, ni una pin­tura estática que se quiere copiar en el alma como en un lienzo. Seguir a Jesús es compartir la misma vida con El. Luisa sentía a Cristo ac­tivo como si, al imitarle, se hiciera una transfu­sión de la vida de Jesús a la de ella: «Ya que Jesús hace propias nuestras necesidades, es ra­zonable que nosotras sigamos e imitemos su santísima vida humana; pensamiento que me ha ocupado fuertemente el espíritu y por él he re­suelto seguirle enteramente sin ninguna indaga­ción, sino sintiendo consuelo de ser tan feliz de ser aceptada por Él para vivir toda la vida en su seguimiento«. La vida de Jesús es espíritu que da vida y un ideal que hay que realizar. Ella lo manifiesta con empeño: La Hija de la Caridad debe vivir «teniendo delante de los ojos nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo»35.

Ejemplar está tomado como un adjetivo su­perlativo, como lo mejor. La vida de Jesús es el ideal que atrae e influye en las personas para que acomoden su vida a ese ideal. La vida ejem­plar de Jesucristo actúa como causa modélica, atrae, sostiene, anima e influye, pues el modelo ideal es persona viviente, escribiendo a una Hermana que «Nuestro Señor es la fuerza y el consuelo de usted y su ejemplo, el coraje de usted». Lo ha sacado de su vida, después de ver que ha abusado de las criaturas y de su misma voluntad, como medios que Dios le ha dado para unirse con Él: «El medio más pode­roso que me ha sido dado para llegar a mi fin es su santísima humanidad, la cual quiero que sea, mediante su santa gracia, el único ejemplar de mi vida».

Ejemplar está tomado como sustantivo. La igualdad ejemplar-humanidad es el sujeto ac­tivo de la imitación, es quien realiza el cambio de mentalidad y de voluntad en la persona que entra en el aprendizaje de discípula de Jesús. Hay que identificarse con Cristo de tal manera que su humanidad sea el único ejemplar, la única energía que actúe en la persona pene­trando en la dinámica íntima del obrar de Cristo y se apodere de su espíritu. Nos vacia­mos de nosotros mismos y nos llenamos de su espíritu, de sus mismos sentimientos, actitudes e ideales, de sus virtudes, especialmente de la humildad, de la sencillez y de la caridad. Úni­camente cuando, en una simbiosis perfecta, el Espíritu de Jesús sea nuestro espíritu podre­mos afirmar que seguimos a Cristo. Las Hijas de la Caridad necesitan pedírselo a Dios para «aprender los medios de practicar las sólidas virtudes que su santa humanidad practicó», pues solo si «tenemos su espíritu amaremos hacer lo que Él hizo y nuestra vida estará unida a la suya por el mismo espíritu».

Cristianas e Hijas de la Caridad

El Cristo al que siguen Luisa y sus compa­ñeras es un Cristo que no se distingue del único Cristo al que siguen todos los bautizados. El se­guimiento de Cristo tiene su fuente en el bau­tismo. Por él nos sumergimos en Cristo y quedamos empapados de su espíritu, de sus vir­tudes y de los dones del Espíritu Santo, pero como en reserva, con potencialidad que no se actualizará hasta no ser dueños de nuestra razón y de nuestra voluntad. Y todo como un regalo».

La vida tiene que ser un seguimiento de Jesús, pero también la muerte. La muerte y la vida en el siglo de la señorita Le Gras estaban tan mezcladas que apenas se podían diferenciar. Ella sabía que la vida media de una mujer de en­tonces era de unos 44 años. La muerte tocaba a pobres, niños, mujeres y hombres maduros y a Hermanas a las que ayudó a morir, y la sintió varias veces acercarse a su cuerpo; la conocía y la meditaba: «los que hemos sido bautizados en Jesucristo hemos sido bautizados en su muerte» (Rom 6, 3-4). Saca conclusiones sencillas, unas no como no vivir «rodeada de delicias» ni temer «la muerte que nos une a Jesucristo por toda la eternidad», atrevidas otras, como llamar a Je­sucristo Padre, porque en el bautismo nos da una vida nueva, y si es nuestro Padre, nosotros, sus hijos debemos parecernos a Él. Le con­mueve el amor a este Padre, y lo «expresa con una muerte anticipada», pues todavía era joven para morir. Si queremos seguirle, «bautizados en la muerte de Jesucristo, toda nuestra vida debe ser una muerte continua»’. No podemos saber de dónde sacó esta idea, si de ella o de san Vicente o de Bérulle que también llaman Padre a Jesús.

La Iglesia tiene por cimiento la vida cris­tiana. También la vocación vicenciana. Santa Luisa lo sabe y se lo exige a sus Hermanas. Para «imitar a Cristo» deben vivir como «ver­daderas cristianas», lo cual supone «informarse cómo han adquirido ese nombre» y manifes­társelo al mundo «dando señales de que se quiere serlo de verdad».

Sin expresarlo abiertamente santa Luisa compara Hija de la Caridad con cristiana. De la comparación deduce que la Hija de la Cari­dad es algo más que una cristiana: «así hay que vivir para ser cristiana, con más razón para ser Hija de la Caridad», escribía». La Hija de la Caridad pertenece a un grupo secular, pero no es una cristiana seglar. Este algo más que una cristiana seglar no es algo cuantitativo sino cua­litativo. Es una cristiana a la que Dios ha ele­gido para una misión especial y, por ello, sigue a Jesús de una manera específica con un com­promiso radical necesario para servir a los po­bres: «Hemos sido llamadas a la imitación de Cristo, no solamente como cristianas, sino tam­bién por ser elegidas de Dios para servirle en la persona de los pobres»». Y esto desde los co­mienzos de la Compañía, aunque ni Vicente de Paúl ni Luisa de Marillac comprendieran en­tonces en qué consistía este algo más. En el pri­mer Reglamento, de 1634, la Señorita Le Gras sabe que «las sirvientas de los pobres enfermos de las parroquias» formaban algo distinto de una cofradía de seglares». A esas jóvenes se les exige el celibato, poner el fruto del trabajo en común y servir en equipo. Cinco años más tarde ya saben en qué consiste ese algo más: «desprenderse de todo interés y darse a Dios para el servicio espiritual y temporal de los po­bres»».

Elegidas

Las Hijas de la Caridad son elegidas para servir a los más pobres. Y si se elige lo que mejor sirve para un fin, la deuda de ser elegida para una vocación tan alta sólo queda pagada cuando la respuesta es impecable, sirviendo a los pobres como una sirvienta a las órdenes de su señor: «Hagan buen uso [de su elección] y agraden a Dios sirviendo a vuestros amos, sus queridos miembros, con devoción, dulzura y humildad. Piensen que nuestro buen Dios se contenta con un corazón de buena voluntad».

Luisa de Marillac meditó las circunstancias humillantes de tener que abandonar un colegio por ser una plebeya sin demasiado dinero y, cuando ya era la. Superiora General, contempló cuántos sacrificios exigía seguir a Jesús en el servicio a los pobres como unas sirvientas a las que las mismas señoras de las Caridades consi­deraban incapaces de servir a los pobres en los hospitales, despreciadas por no ser religiosas, humilladas por su vestido y su tocado»’. Cuando el orgullo humano crece en la sociedad moderna buscando poder, comprendemos el sa­crificio que se les exige a las Hijas de la Cari­dad. Quien sigue a Jesús es porque lo ama. Aquí reside la fuerza de su vocación, en ser ele­gida por Dios, a pesar de ser una mujer débil.

El seguimiento de Cristo es obligatorio para todos los cristianos, pero ante el estan­camiento fácil de la sociedad, el Espíritu Santo crea Instituciones en la Iglesia como señales carismáticas para seguir a Jesucristo según el evangelio, ser testimonio y levadura de este se­guimiento innovando, corrigiendo y sanando (Metz), y para continuar su misión de libera­ción de los pobres. La historia de cada con­gregación lleva dos rasgos: respetar el carisma fundacional y la innovación creadora de cada época: las Hijas de la Caridad siguen a Jesús de manera diferente a como lo hacen las segla­res y las religiosas.

Al final de su vida sabe que a la Hija de la Caridad se le pide «seguir a Cristo hasta la cruz y dejar a la tierra todos los afectos de la tierra», desprendiéndose «de todo sin exceptuar nada…, aunque le pueda dar miedo». Seguramente lo escribió en una contemplación arrebatada del puro amor, en la que se emocionó viendo a sus hijas que buscaban la santidad como «verdade­ras cristianas y perfectas Hijas de la Caridad». De lo contrario, les dice, «no sólo no seréis bue­nas Hijas de la Caridad, pero ni siquiera cristianas».

La esperanza cristiana

Luisa de Marillac es humana, sensible al sufrimiento, del que huye, pero su fe la embe­lesa con seguir a Jesús crucificado y unirse con Él. A su razón le asusta la cruz, y brota en ella, como en Jesús del Huerto de los Olivos, una crisis dura entre fe y razón, resuelta por la es­peranza cristiana. La alegría de la resurrección es también cristianismo.

La esperanza cristiana la lleva a dar la única respuesta válida al sufrimiento en los seres humanos y todos los que siguen a Jesús, como ella, encuentran en Él la esperanza. El dolor, la pobreza, la enfermedad son malos y hay que huir de ellos, hay que vencerlos. Es lo que cuentan los evangelios que hizo Jesús. Antes del sufrimiento hay que poner todos los medios, aún los humanos, para dominarlo, con esperanza de lograrlo.

Esta esperanza es la que la lleva a salir de la angustia cuando acude a san Vicente para que le solucione los problemas o la alivie de sus penas. Como un lamento doloroso exclama en una postdata: «Yo no puedo tener ayuda de nadie en este mundo ni apenas nunca la he te­nido, a no ser de su caridad». La esperanza es contagiosa y ella se la comunica a sus Hermanas, diciéndoles que ella ha sufrido todas las penas y que se las cuenten para quedar alivia­das, o al director, o al menos, que acudan a Dios «para que las penas se cambien en consuelo».

Los remedios sobrenaturales y psicológicos se apoyan en soluciones materiales. Conoce fármacos y se interesa por remedios médicos, le gusta la enfermería. Busca y da remedios para curar las enfermedades o para aliviar las estre­checes de los niños abandonados durante la Fronda. Las mismas Hijas de la Caridad son un remedio viviente, lleno de esperanza, para los pobres, pues ella sabe bien, por la experien­cia cotidiana, que son los mismos hombres y la vida misma los que nos causan la mayoría de los males.

A pesar de todos sus sufrimientos no es pe­simista, pues, cuando el sufrimiento ha llegado, después de constatar que no lo puede evitar, vive la esperanza de la resurrección. Vive la alegría de saber que esta vida es una proyección de la felicidad eterna, y vive la paz que da la libertad de aceptar y la dicha de saber que «es aceptada por Jesús para vivir toda su vida en su segui­miento.

 

Cristología del pobre

Si la cristología del seguimiento, tal como aparece en santa Luisa, induce a las Hijas de la Caridad a continuar la misión de Jesucristo en favor de los pobres, encierra cierto sabor de cristología actual. No cristología europea, donde Jesús histórico es objeto de investiga­ción y de conocimiento humano más que de una praxis liberadora, sino cristología de América Latina, como seguimiento comprometido de vida. O por lo menos, se llega a la misma con­clusión: partir en la vida del pueblo crucificado (Ellacuría), del pobre identificado con Jesu­cristo.

Se podría oponer que la cristología de América Latina y, más en concreto, la teología de la liberación implica una lucha constante por transformar el mundo, cosa que no se encuen­tra en la cristología de Luisa de Marillac. Vea­mos:

La cristología de Luisa no conduce a una lucha armada ni siquiera propone un enfrenta­miento violento, pero sí decide una acción sos­tenida y enérgica para resistir a la opresión de los pobres y liberarlos de su miserable situa­ción. Y no hablo de la acción total de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, ni tampoco de la cristología de san Vicente que podría presentarse con una apariencia -solo apariencia- más audaz. Me refiero exclusivamente al Cristo de santa Luisa.

El Espíritu de Jesús iluminó a Luisa para que fundamentara en Cristo una revolución sorprendente en la tierra: colocar al pobre, y no al poderoso ni al rico, corno centro de la socie­dad, no solo porque los pobres son los miem­bros de Cristo, que ya sería suficiente y decisivo, sino porque el pobre ocupa el lugar de Cristo en nuestra sociedad Si Bérulle descubrió que poner a Cristo como centro del mundo en la teología y en la espiritualidad era un descubrimiento mayor que el de Copérnico, Luisa hizo girar la sociedad en la práctica alre­dedor del pobre. Es verdad que la idea de que los pobres son los miembros dolientes de Jesucristo, así como la sensación de que servir al pobre es servir a Jesucristo se sacan del evan­gelio (Mt 25,31-56) y que llegó al siglo XVII a través de la patrística y de la Edad Media, pero solo como teoría devaluada y escasa. Para una gran parte de los católicos, más aún para los calvinistas, el pobre era el resultado de una mal­dición divina, portador de enfermedades, propagador de herejías y peligroso para los ciudadanos. Bastantes personas piadosas habían intentado dar al pobre un lugar privilegiado en la tierra, pero solamente lo lograron en teoría y en la piedad. Sin embargo, para todas las Hijas de la Caridad, Cristo perdura en los pobres.

En las cartas que escribía a las Hijas de la Caridad la sensibilidad de Cristo rezumaba en el corazón de santa Luisa, rogándoles que pre­firiesen el bienestar de los pobres a su propia persona y que sacrificaran su vida por ellos como hizo Jesucristo. El seguimiento de Cristo y su imitación se escucha en las enseñanzas de Luisa de Marillac cuando se refiere a la felici­dad de los pobres.

No menos influyó la cristología de Luisa en la segunda revolución. Hoy no impresiona de la misma manera que lo hizo en el siglo XVII, pero entonces era totalmente subversivo que la mujer -especialmente la mujer pobre- tuviera una misión en la sociedad, pues solamente debía tenerla en la familia, dentro del hogar. Las Hijas de la Caridad, en su mayoría mujeres de familia humilde, habían sido llamadas por Dios a participar en una misión, relevante a los ojos de la sociedad, propia de las señoras aris­tócratas. Lo hicieran bien o mal, aquellas campesinas habían escalado una categoría superior por el mero hecho de haber entrado en la Com­pañía fundada y organizada por Luisa de Marillac en función de las cualidades personales de cada hermana, teniendo siempre presente que en la Compañía hay igualdad entre las Herma­nas pobres y las Hermanas de la burguesía.

En una época de su vida santa Luisa susti­tuye a Dios por Jesucristo. Es verdad que frecuentemente Luisa entremezclaba Dios, Cristo y la Trinidad como expresiones humanas de la divinidad, pero Jesucristo se convierte en el eje de su pensamiento. Y tiene el convenci­miento de que sus pobres hijas son esposas de Jesucristo que las llama a la santidad y les pide que se desprendan de todo para abrazarse a la cruz.

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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