El Cristo de las Hijas de la Caridad (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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CAPÍTULO 5: seguir a Jesús en los Evangelios

Vivimos en una sociedad moderna dentro de unos tiempos nuevos que se iniciaron a me­diados del siglo XX y que la Constitución con­ciliar Gaudium et Spes analiza detalladamente en sus primeros números. Estos nuevos tiempos han llegado a su apogeo en la llamada posmodernidad que se confiesa pos-religiosa. La tecnología, las comunicaciones, la informática, los medios de comunicación han creado un vacío espiritual que se intenta rellenar con un sentido religioso individual, esotérico, ecológico, etc., frecuente­mente en forma de sectas.

Las Hijas de la Caridad quieren dar un alma a esta sociedad y convertirla en un Reino de Dios por medio de la justicia, el amor y la paz, haciendo que las riquezas de la tierra sean distribuidas pensando también en los pobres, y sin dejarse dominar por el ambiente que la rodea y las incita a buscar el poder, el dinero y los placeres, olvidándose de los necesitados (Lc 3, 7-14). Sin embargo, la mayoría de la gente que compone esta sociedad se niega a admitir que esta alma tenga que ser la vida espiri­tual de los hombres.

El seguimiento humano

La doctrina especulativa sobre el Seguimiento de Jesús en la vida ordinaria de las Hijas de la Caridad, aparece esparcida en los escritos de santa Luisa de una manera práctica y oca­sional. Y, al leerlos, nos viene a la mente innu­merables preguntas: ¿Cómo podemos seguir a un hombre que murió hace veinte siglos? ¿Es posible hacer presente a Jesús en la actualidad y seguirlo? ¿Quién fue y quién es hoy día Jesús? ¿Qué significa para mí la persona de Jesús? ¿Qué dificultades tengo para confesarle como el «Señor» de mi vida? ¿En qué debería cambiar mi vida por mi condición de discípulo de Jesús? ¿Cómo comunicar mi fe en Jesús como Cristo sin renunciar a mis convicciones y sin avasallar a otros? La pregunta que hizo Jesús a Pedro sigue estando vigente entre nos­otros. ¿Quién piensas que soy yo?

Hay un intervalo en la vida de Luisa de Marillac de unos veinticinco años de fuerte in­fluencia vicenciana. Durante este tiempo Jesús penetra con firmeza en su viday en su lenguaje. Después de tantos años dirigida por Vicente de Paúl «desea el amor a la humanidad santa de nuestro Señor para excitarse a la práctica de las

Para ella Jesús no es un simple hombre que vivió en la antigüedad y al que hay que recor­dar por la grandeza de su doctrina, tampoco le considera como un ideal abstracto que influye en nuestra vida y en nuestras acciones, y menos aún, un determinado héroe que, al recordarle, nos cautiva y ejerce su influencia en nuestro di­namismo, pero que murió hace muchos siglos y solo está presente en la memoria. De la mano de san Vicente de Paúl descubre que Jesús, al que seguimos, es un ser humano, un hombre real y actual que está presente en medio de nos­otros, preferentemente entre los pobres, y su presencia se hace visible en el sacramento de la eucaristía. Su director le manifestó que, sin em­bargo, en el seguimiento no hay que intentar imitar todo lo que dijo o hizo Jesús, ya que, además de ser Dios, vivió en una sociedad de hace siglos. El seguimiento de Cristo es una co­munión con su vida comprometida con los po­bres, una participación de su destino sacrificado hasta morir por los pobres y una continuación de su misión de salvación y libe­ración de los pobres. En una palabra, consiste en reinterpretar y asumir como propio el proyecto de Jesús y su evangelio’ y hacerlo camino para los que vi­vimos en el mundo de este siglo..

Seguir a Jesús del Evangelio

Cuando Luisa de Marillac contaba treinta y siete años se convirtió a los pobres. Visitando las Caridades y dialogando con Vicente de Paúl, comprendió que toda conversión a los po­bres implica un seguimiento de Jesucristo. Se puede objetar que ella estuvo pocos años en contacto inmediato con los pobres: directa­mente los tuvo mientras perteneció a la Caridad que ella fundó en su parroquia San Nicolás de Chardonnet, cuando visitaba las Caridades, du­rante la Fronda en su parroquia de San Lo­renzo, siempre a los niños abandonados y frecuentemente a los ancianos del Nombre de Jesús, y poco más. Pero dio su vida, su tiempo y sus energías a los pobres a través de las Vo­luntarias (AIC) y de las Hijas de la Caridad. Organizó, animó y fue la eficiente Directora General de una descomunal obra de solidaridad para los pobres. Y esa obra la llevó hasta Jesu­cristo.

A ello contribuyó la necesidad, más que la obligación, de dirigir a las Hermanas en el es­píritu de la Compañía que, según la tenaz insis­tencia de Vicente de Paúl, era el mismo espíritu de Jesucristo. Sin olvidar la devoción sencilla y popular de las primeras Hijas de la Caridad, más apropiada para comprender una vida espi­ritual marcada por Jesucristo que para intro­ducirse en la espiritualidad de las esencias.

Durante veinticinco años o, más acertada­mente, hasta su muerte, animó a sus hijas a mirar sus vidas y su servicio en el itinerario de Jesús, a seguirle y a imitarle. Pero, como sus contemporáneos, habla de Jesús tal como lo re­fieren los evangelios, escritos después de saber que Jesús había resucitado. Es lógico, por tanto, que considerase a Jesús preferentemente como Dios: le reza como a Dios, le honra y le da gloria divina y hay que cumplir su voluntad porque es la voluntad de Dios. Ciertamente en su mentalidad y en sus expresiones, Jesús no pierde el sentido de una persona histórica, pero corre el riesgo de quedar empañada. Por in­fluencia de san Vicente va a desarrollar en su pensamiento y en su vida de seguimiento una cristología propia, mezcla de la descendente y de la ascendente. Considera como centro de la vida la unión con Dios, propia de la espiritualidad descendente. De la espiritualidad ascendente asume la dimensión realista de la vida material, de la pobreza y de la liberación social del pobre.

Reflejo de estas ideas es la manera de lla­mar a Jesús desde que conoció a san Vicente: Jesús, Jesús crucificado, Hijo de Dios, Nues­tro Señor. En los años finales de su vida, cuando renacen las formas berulianas, va des­apareciendo de sus cartas la despedida «soy en el amor de Jesús crucificado», de sabor hu­mano, substituyéndola por otra con un vaho de divinidad: «soy en el amor de Nuestro Señor».

Conocer a Jesús de Nazaret

San Bernardo nos indica que la Humani­dad de Jesús aún está presente en los sacra­mentos y que pasa a nuestro lado cada día de nuestra vida. Jesucristo toma la humanidad en el seno de María el día de la Encarnación, se hace visible con su nacimiento en Belén y a lo largo de su vida pública nos enseña el camino para conocer al Padre, sus palabras, sus hechos y sus exigencias. Solo en Jesús encontramos al Dios verdadero y poderoso, pero también su­friente y sacrificado por amor, nos dice santa Luisa siguiendo al Concilio Vaticano II, antes de convocarse. Dios absoluto, pero también cercano a cada persona y protagonista de una historia humana, tal como aparece en los evan­gelios que escribieron los primeros cristianos que intentaron seguirlo.

Para convertirnos en Jesucristo hay que comenzar por conocer su humanidad, su per­sonalidad y su vida, desde que nace en Belén hasta que muere en Jerusalén. Y después, co­nocer también por qué y para qué vivió de aquel modo. Jesús nos enseña a amar, a traba­jar, a sufrir, a entregarnos a un propósito, a tener esperanza, y también a morir, como ver­daderos seres humanos. Todo esto lo descubri­mos en los evangelios.

Adentrándonos con fe en los evangelios, podemos conocer la Humanidad de Jesucristo, y aprender lo que nos enseñan del Señor; su lectura puede darnos posesión de una sólida cristología y de una exégesis, pero, sobre todo, nos anima a sentir la experiencia de vivir el evangelio. El evangelio nos trasmite lo que más intensamente impresionó a los apóstoles y a los primeros discípulos, recogido en la tradición de las primeras comunidades como el recuerdo más significativo para la fe y el corazón de los cristianos: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado  y nuestras manos han palpado acerca del Verbo que es vida, les anunciamos» (1 Jn 1,1).

El conocimiento que sacamos de los evan­gelios es mucho más que un estudio cristológico y bíblico. Es un encuentro en la fe y en el amor, que nacen de su contemplación en la oración. Se trata de conocer al Señor «contemplativa­mente, experimentalmente», con todo nuestro ser, particularmente con el corazón, como un discípulo y no como un estudioso o un investi­gador. El Señor se nos revela en la experiencia de la oración. Por eso, la cristología católica es una cristología contemplativa, de experiencia, que lleva a la práctica de revestirse del Espíritu de Jesús.

Ahora bien, no es fácil este conocimiento contemplativo de Jesús. Va más allá de la razón. San Pablo nos habla de una «sabiduría escondida venida de Dios», y nos habla también de que le fue revelado el conocimiento del Señor, de cara al cual tuvo todo lo demás por pérdida’. Experimentar la presencia de Cristo en nosotros, conocer contemplativamente a Je­sucristo es un don del Padre. Requiere, para poderla acoger, una gran pobreza de corazón y los dones del Espíritu Santo, que sopla donde quiere. Por eso el evangelio es irremplazable, si lo hacemos oración. Encontramos en él la sabi­duría y la imagen de Cristo como mensaje ins­pirador de todo seguimiento. Encontramos nada menos que a Dios en un hombre, en una persona que, por ser humana, podemos imi­tarla.

Enseñanzas del evangelio

Cada Hija de la Caridad, si quiere ser au­téntica, debe vivir su vida en comunión con la debilidad de Jesucristo comprometido con el bien de los pobres, en su debilidad debe conti­nuar la misión de liberar a los pobres y participar de su destino atado a la debilidad de morir cru­cificado por los pobres. Es el resumen que hace santa Luisa del seguimiento de Jesús. Poder imitar la vida de Jesús anima a la Hermana a un contacto constante con los evangelios, que vaya corrigiendo las insuficiencias de la religio­sidad popular sobre un Cristo, a menudo dis­tante y deshumanizado, donde se acentúa unilateralmente la divinidad, con las válidas ex­cepciones del Jesús de la navidad y de la pa­sión. Por eso, a la primeras Hermanas la Fundadora les prescribe que de vuelta a casa después de visitar a los enfermos, «lean algún pasaje del Santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del pró­jimo, a imitación del Hijo de Dios».

Contemplando la vida de Jesús en los Evangelios, las Hermanas irán descubriendo las semejanzas del contexto histórico social en que Jesús realizó su misión y las semejanzas de las condiciones, desafíos y conflictos que mar­caron su compromiso, con el contexto histórico social de la sociedad moderna en las que des­arrollan sus tareas y viven su vida espiritual. Esto hace a Jesús cercano para ellas y para los pobres. Así, la humanidad de Jesús, lugar pri­vilegiado del Espíritu, une el compromiso de las Hermanas con la realidad histórico-social de la sociedad actual.

En los evangelios, y a pesar de lo poco que hablan de María, la Hija de la Caridad, puede descubrir la relación progresiva que su vida es­piritual tiene con la de María. La Hija de la Caridad que ha escogido a María como modelo de entrega al Señor, contempla en la vida de María su condición histórica a partir de los evangelios, especialmente su fidelidad en el seguimiento de Jesús que la constituye en modelo de vida cris­tiana. La exaltación de María y sus privilegios, siempre importantes en la espiritualidad, se «humanizan» cuando se conciben a partir de la realidad de María de Nazaret, de la manera his­tórica como ella vivió su plenitud de gracia en la humildad, en la vida oculta que llevó, en la fe, el sufrimiento y en la solidaridad con los po­bres de su tiempo (Lc 1,46-55).

De los evangelios sacamos la idea de que para seguir a Jesús hay que llenarse, como Él, de confianza en el Padre para no dejarse abatir por la debilidad y la impotencia. Confiamos en Dios, porque reconocemos nuestra debilidad que nos lleva a portarnos humildemente con los demás y a tratarlos con sencillez y cordiali­dad. La debilidad es la fuente de la tolerancia y la mansedumbre. Jesús reconocía su debili­dad de hombre mortal, pero reconocía igual­mente su naturaleza divina, sus cualidades, su elección mesiánica y lo sublime de su misión. Es el comienzo y el final del seguimiento cris­tiano.

La figura de Jesús Hombre tiene plena vi­gencia en la sociedad actual. El Jesús histórico de los evangelios, liberador, compañero de viaje, tiene plena actualidad para un mundo que sufre la violencia, la discriminación, la intole­rancia, los fanatismos, los abusos hacia las cla­ses más desfavorecidas, para un mundo donde muchos seres humanos pasan hambre. Es un Jesús invisible, porque su cuerpo humano se transformó con la resurrección, pero que está próximo a quienes le invocan, un. Jesús que dejó una herencia incorruptible: «La paz os dejo… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Jn 14, 27).

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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