El Cristo de las Hijas de la Caridad (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Capítulo IV: etapas del seguimiento

Segunda conversión

De santa Luisa de Marillac sólo conserva­mos unos papeles generalmente sin fecha, a veces notas pequeñas, que escribe mientras hace oración, o quiere recordar cuando vaya a su habitación. El año 1645, cuando tiene 54 años, se propone ir escribiendo su oración mís­tica o contemplativo sin decir por qué lo escribía. Y comienza describiendo lo que le pasó 22 años antes.

Ayudada por sus directores, la joven Luisa había penetrado hondamente en la oración al estilo de los espirituales renano-flamencos o mística abstracta. Y un día el Espíritu de Jesús le abrió las puertas de la contemplación mística que la llenó de temor porque sintió que Dios la purificaba para desvanecer la pesada nube de su nacimiento y superar el sufrimiento en la en­fermedad de su marido.

Durante quince años, se había esforzado en la oración en forma de meditación y el 20 de enero de 1622, con los inicios de la enfermedad de Antonio Le Gras, Dios se le presentó sin que ella lo reconociese. Se le presentó duro y terri­ble para purificarla de todo aquello que ella sola no podía erradicar de las entrañas de su vida interior. Era la noche pasiva de los sentidos de la que hablan san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Este Dios entre claridad y oscuridad la purificará hasta junio de 1623 y, de una ma­nera más suave, hasta diciembre de 1625, ter­minando con la muerte de su marido.

En las navidades del 1621 al 1622, la noche se hizo horrible. Las frases que usó Luisa para narrar esta experiencia purificadora estreme­cen. Ella lo recordará años más tarde: «Tales penas llegaron a tal punto que, si las hubiese dicho y hubiese hecho lo que ellas me impulsa­ban a hacer, yo creo que se habría juzgado…» Y le dio miedo terminar la frase. En marzo de 1623 no podía más de tanto dolor y acudió a su tío Miguel. No sabemos lo que le decía, pero la respuesta perfila lo hondo de su dolor: «Seño­rita, no puedo decirle en pocas palabras lo que pienso sobre lo que me ha escrito».

La noche mística avanzó hasta llegar a su explosión en los meses de mayo-junio de 1623. Dios se sirvió de la enfermedad de su esposo que había introducido en su espíritu herido un complejo de culpabilidad:

«En el año 1623, el día de santa Mónica, Dios me hizo la gracia de hacer voto de viudez, si Dios se llevaba a mi marido. El día de la As­censión siguiente, caí en un gran abatimiento de espíritu por la duda que tenía de si debía dejar a mi esposo como lo deseaba insistente­mente, para reparar mi primer voto y tener más libertad para servir a mi prójimo. Dudaba tam­bién si el apego que tenía a mi director no me impediría tomar otro, ya que se había ausen­tado por mucho tiempo y temía estar obligada a ello. Y tenía también gran dolor con la duda de la inmortalidad del alma. Lo que me hizo estar desde la Ascensión a Pentecostés en una aflicción increíble.

El día de Pentecostés, oyendo la Misa o haciendo oración en la Iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas. Y fui advertida que debía permanecer con mi marido, y que llegaría un tiempo en que estaría en situación de hacer voto de po­breza, castidad y obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en que otras harían lo mismo. Entendí entonces estar en un lugar para servir al prójimo, pero no podía com­prender cómo podría ser, porque debía haber idas y venidas. Se me advirtió también que debía permanecer en paz en cuanto a mi direc­tor, y que Dios me daría otro, que me hizo ver, según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptarlo; sin embargo, consentí, parecién­dome que no era todavía cuando debía hacerse este cambio. Mi tercera pena me fue quitada con la seguridad que sentí en mi espíritu que era Dios quien me enseñaba todo lo que ante­cede, y que, existiendo Dios, no debía dudar de lo demás.

Siempre he creído haber recibido esta gra­cia del Bienaventurado Monseñor de Ginebra [san Francisco de Sales], por haber deseado mucho, antes de su muerte, comunicarle esta aflicción y por haber sentido después gran de­voción y recibido por este medio muchas gracias; y en aquel entonces, tuve algún motivo para creerlo, del que ahora no me acuerdo».

Todo el escrito da la sensación de encon­trarnos ante un complejo de culpabilidad del que se vale Dios para purificarla y revelarle, al mismo tiempo, la misión que le reservaba, como una parte del carisma que había comenzado a darle a los dieciséis años.

Sucede un hecho desgraciado: en un mo­mento trascendental para el porvenir económico de la familia, el esposo cae gravemente enfermo. Dios castiga a la familia, es el primer pensa­miento de la mujer que tiene miedo a Dios. La causa es algo malo que ha hecho, algún pecado que ha cometido. Y Luisa hace un raciocinio de una lógica incuestionable: Su marido es bueno y su hijo, un niño de nueve años, es inocente. Ella se siente la culpable por no haber cumplido su «primer voto» de ser religiosa, por el contrario, se casó. Y ahora, Dios la castiga quitándole al esposo. Inmediatamente, brota en ella el deseo de aplacar a Dios, de borrar el pecado, haciendo lo contrario, para que Dios vuelva a ser su amigo: «Yo debía abandonar a mi marido».

Junto con estas penas físicas y psicológicas, aparecen las espirituales. Su afectividad y su inseguridad la llevan a apegarse entrañablemente a su director Juan Pedro Camus, obispo de Belley, que debe alejarse de París por mucho tiempos, y surge en ella una lucha: por un lado, sabe que debe buscar un nuevo director, y por otro, «teme estar obligada a ello». Piensa que debe, pero no quiere, y sufre.

Finalmente, echa la vista atrás y ve sus 16 años de oración sincera, ha sentido la dulzura del encuentro con Dios en la oración y, de golpe, la oscuridad negra de una noche; se ve pecadora y hundida; todo ha sido una ilusión y una mentira; Dios se ha burlado de ella. ¿O es que Dios no existe, ni el alma es inmortal? ¿Todo se acaba en la tierra con la muerte? Esta duda es terrible para una mujer que ama a Dios de verdad, aunque ahora sea de noche.

El mismo Espíritu Santo la sacará de la Noche. Ella es pasiva, a no ser en la callada aceptación, por medio de la fe, la esperanza y el amor, de la presencia purificadora de Dios. Todas las señales lo indican: Los verbos están en pasiva: «fui advertida, se me aseguró, me fue quitada». Es decir, ella es pasiva y hay Otro que es el activo. Luisa tiene el convencimiento y la certeza de que este Otro que actúa es Dios: «Dios me dio la seguridad que sentí en mi espí­ritu de que era Dios quien me enseñaba».

Y es que las prácticas ascéticas que había llevado hasta entonces con las virtudes y las po­tencias humanas, ya no eran suficientes para desprenderla del apego al mundo de los senti­dos, de la disipación de la imaginación en las cosas materiales, de la dispersión de la memoria en su pasado. Y es entonces cuando la fe, espe­ranza y caridad la colocan en un punto en que el Espíritu de Jesús la va a purificar por sí mismo y de una manera sobrehumana para que se convierta en un ser espiritual. Es lo que suele llamarse en el camino del seguimiento, desde que lo empleó un contemporáneo de santa Luisa, Luis Lallemant, segunda conversión.

La presencia mística del Espíritu de Jesús queda confirmada con tres fenómenos místicos: todo es de repente, sin que ella lo provoque ni pueda impedirlo y en un instante; el Espíritu la llena de paz y tranquilidad; y el recuerdo es im­borrable. Si descontamos pequeñas dudas, re­cuerda fijamente y con detalle todo lo sucedido entonces, a pesar de escribirlo 22 años después.

Ni cuando acaeció esta escena ni en los años inmediatos Luisa de Marillac comprendió el sen­tido místico ni la importancia que tenía en la es­piritualidad y menos en su vida contemplativa. Tampoco se imaginó que en ese momento el Es­píritu divino empezaba a mostrarle su carisma. Debió considerarlo como una de tantas realidades espirituales comunes a todas las personas que buscan a Dios sinceramente. Es normal, por lo tanto, que nada escribiera sobre aquella Noche en el Acto de Protesta, en la Oblación a la Virgen o en el Reglamento de Vida.

El crecimiento

Nos quedan muchos resúmenes de sus ora­ciones, aunque la mayoría sin fecha. Su lenguaje es sencillo. No da sensación de nada extra­ordinario, porque no quiere exponer ninguna te­oría, ni explicar o analizar su oración. Ella únicamente quiere decirle a su director con toda naturalidad lo que le pasa en la oración.

En esas notas vemos que hay momentos en que pasa de la oración meditada a la oración mís­tica. Aparecen verbos en pasivo, luces y amor producidos en ella por el Espíritu de Jesús; todo sucede de repente, sin esperarlo, sin intervención de ella; con efectos de felicidad espiritual… «Y esas solas palabras, Dios es el que es, me tranquili­zaron por completo», escribe a san Vicente.

En algunos trozos no aparece nítidamente el carácter místico de la oración. Si no se leen detenidamente, puede aparecer como un senti­miento humano corriente, pero si los examina­mos con atención, se siente la acción del Espíritu y la pasividad de Luisa». Son trozos dominados por el verbo sentir: sentir consuelo, gran sentimiento, le ha dado sentimiento.

Otras veces aparece más clara la experien­cia mística. Son páginas en las que se respira la pasividad de la persona humana: «Tendré gran confianza en él que me ha dado sentimiento de seguridad, que sin mirar mi miseria e impo­tencia, él hará todo en mí». Pero otras veces, la presencia del Espíritu de Jesús, de una manera incontrolada por el hombre, la leemos entre lí­neas. No son palabras las que traen esa presen­cia, es todo el ambiente del escrito: «El día de san Benito… habiendo rehusado comulgar y sin­tiendo gran dolor por mis pecados me sentí ex­traordinariamente presionada por el deseo de la santa comunión, y pedía a Dios que si era su santa voluntad, que se lo hiciera ver a mi confe­sor. Y éste sin hablarle, me hizo llamar para este asunto, y sentí gran consuelo; siendo para mí una gracia especialísima de la santa Providencia.

Y la bondad de Dios me dio a conocer su gran amor en que habiéndome olvidado de algún pe­cado, y sabiendo que no había nada más que el pecado que me pudiera separar de Dios (me dio a entender) que su amor era tan grande que ní el mismo pecado le podía impedir venir a mí».

Paso a paso Luisa de Marillac caminaba por esa oración tan misteriosa que, aunque pa­siva, era ella quien la hacía. Había sido llamada a servir a los pobres, viviendo una vida de ora­ción hasta los estados más altos de la contem­plación mística al que llegaron el apóstol san Pablo, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y san Vicente de Paúl.

La palabra mística ha sido usada en tantos sentidos religiosos, filosóficos, psicológicos y hasta mundanos que se puede decir que cada autor le da el sentido personal que a él le inte­resa: mística de la filosofía, del teatro, del arte, de un paisaje, mística de la acción, del servicio al pobre, de la vejez… En la religión católica todavía se considera actual el sentido que le dieron los grandes místicos españoles santa Te­resa de Jesús y san Juan de la Cruz: sentir, ex­perimentar de una manera pasiva e inmediata la presencia del Espíritu divino en nuestra alma, en nuestro interior profundo, y que en la conciencia supera la experiencia ordinaria y objetiva, de tal manera que a la experiencia mística se la suele definir como sobrehumana. En breves palabras, algunos suelen definirla como conciencia de unión directa, íntima, pasiva e inmediata con Dios Uno y Trino que el Espíritu nos da a conocer en Jesús de Nazaret. El centro de la mística está en la experiencia pasiva, inmediata y directa de la presencia divina que no es fruto del esfuerzo del hombre, sino un don gratuito de la Trinidad.

Cuando leemos las experiencias místicas que relata santa Luisa de Marillac, nos damos cuenta de que habla no de lo que sabe por estudio, sino de lo que ha sentido en su propia experiencia y se da cuenta de que su lenguaje es insuficiente, porque la divinidad es inaccesible e inefable; por eso emplea la expresión me pareció. Y es que la presencia de la divinidad siempre es oscura, ya que, como el sol, es una luz tan inmensamente potente que ciega si intentamos mirarla directa­mente. Los hombres en esta vida tan solo pode­mos contemplar su reflejo en la creación. Ha sido, además, una experiencia pasiva comunicada gra­tuitamente por el Espíritu divino, que se ha apo­sentado en su interior sin que ella pudiera evitarlo. De ahí que exprese sus vivencias en forma pasiva: se me dijo, , me dio a conocer; fui arreba­tada.

La experiencia de la unión suele realizarse de dos formas: la mística de los esponsales, que su­cede según la analogía del noviazgo, de los des­posorios y del matrimonio espiritual del alma generalmente con Cristo, como la sintieron san Bernardo, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús. La otra forma de experimentar la unión del alma con Dios es la mística de las esencias, representada por los místicos renano-flamencos y san Juan de la Cruz, y en Francia, por Bérulle, Canfield, Miguel de Marillac y por los espirituales de la Escuela Abstracta. Esta mística concibe la unión con Dios como experiencia de la unión del ser creado con el Ser Creador, de cuyo Ser Absoluto participa el ser del hombre. Esta es la forma en la que Luisa de Marillac experimenta la presencia de la divinidad en su ser, como lo ex­perimentó en unos Ejercicios de los comienzos de su viudez: «Que la infinita perfección de Dios en­cierra en sí la de todas las criaturas que, todas ellas, no actúan, necesaria o voluntariamente, si no es por su solo poder; esto debe darme una gran confusión, haciéndole contribuir, en cierto modo, a mis iniquidades, por permisión suya; y para no ser ya causa de tal daño, pondré con la ayuda de su gracia, una atención más frecuente en su santa presencia de la que no salgo nunca, aunque yo no lo piense». Esta idea la tenía tan clavada que aún la conservaba al final de su vida: «Que en el único verdadero ser de Dios se halla la esencia de todos los demás seres que por su Bondad ha creado… Y como todo ha sido creado de Él con un orden perfectísimo, me aplicaré, más que hasta ahora lo he hecho, a vivir lo más ordenada que pueda, honrando ese sagrado orden que en la creación puso la verdadera y única divinidad».

El Puro amor

Es clarificadora e impresionante una página que dejó escrita de su mano, no se sabe si para ella misma, para su director y superior Vicente de Paúl o para animar a sus hijas: «Las almas verdaderamente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resisten­cia alguna, las dispondrá convenientemente para cumplir la santísima voluntad de Dios…

Y para llegar a ese estado de no-resistencia, es preciso establecerse en obediencia, como los Apóstoles, y en el reconocimiento sincero de nuestra impotencia, desprendiéndonos por com­pleto de todas las criaturas y hasta de Dios mismo en cuanto a los sentidos… Y al venir el Espíritu Santo a las almas así dispuestas, el ardor de su amor consumirá todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa Caridad y les dará fortaleza para obrar por encima de la potencia humana…

El amor que debemos tener a Dios ha de ser tan puro que no debemos pretender en la recepción de sus gracias más particulares nada más que la gloria de su Hijo, puesto que Nues­tro Señor nos lo enseñó en la persona de los Apóstoles a quienes, al prometerles el Espíritu Santo, les aseguró que por El sería glorificado.

Esto es todo lo que ha de pretender el alma que ama a Dios, y la mayor dicha que puede obtener es la de cooperar a dar testimonio de la gloria de aquel, cuya ignominiosa muerte llenó de asombro al mundo. Si como Dios no mere­ciera ya la pureza de ese amor y de ser el único objeto de todos nuestros afectos, habría que rendir a su humanidad santa los deberes de gra­titud a la fuerza de su amor».

Es el punto final de su espiritualidad, el puro amor. Es hacia el año 1653 cuando santa Luisa comienza a animar a las Hermanas a bus­car el puro amor; y en los años finales de su vida este amor se convirtió en el motivo más atrayente del abandono en Dios. Un amor que no esperaba recompensa, un amor puro o puro amor sin escoria. Siempre se había sentido em­belesada por el amor más puro que puede exis­tir en la creación. Muchos escritores del siglo XVII trataron este tema. Era la búsqueda del amor a Dios en toda su pureza sin ningún inte­rés personal, ni por el cielo ni por miedo al in­fierno. De tal manera que si un alma supiera que Dios quería -por un imposible- que se condenara, el alma lo aceptaría gustosa por agradar a Dios.

Un siglo antes estas ideas habían conmo­vido a España, llegando a la exageración -con­denada- de los alumbrados, que defendían que, si el místico está poseído de Dios, ya no peca, aunque haga las mayores aberraciones sexua­les. En el siglo XVII se discutirán en Francia hasta su condenación en la faceta quietista. Y este es el motivo por el que, desde la muerte de santa Luisa la mística es mirada con recelo y la mujer mística es considerada sospechosa. De ahí que Gobillon borrara de los escritos de santa Luisa todo signo de misticismo y recom­pusiera sus meditaciones.

No se sabe si Luisa de Marillac asume estas ideas del capuchino Lorenzo de París, de san Francisco de Sales o de ella misma, de su ple­nitud de amor. San Francisco de Sales mani­fiesta «que si, imaginándose un imposible, supiera que su condenación era un poco más agradable a Dios que su salvación, dejaría su salvación y correría a su condenación». Santa Luisa leyó frecuentemente el Tratado del Amor de Dios, en especial el libro IX. Ella, dirigida por san Vicente, no podía afirmar tanto como san Francisco de Sales. Se lo impedía, además, su psicología. En un momento de su vida le ex­presa a su amado Esposo que desea amarlo con un amor tan puro que «no pueda pretender jamás ningún gozo que no sea el de estar sumisa a su agrado -pero como si le diera miedo lo que acababa de escribir, añade- y a las leyes que la pureza de tu amor me propone»24.

Pudo haber leído la obra del capuchino Lo­renzo de París, El palacio del amor divino de Jesús y del alma cristiana. También pone la acepta­ción del infierno si, por un imposible, Dios qui­siera su condenación. Seguramente Luisa conocía a Lorenzo de París y no es difícil que alguna vez le abriera su corazón en el convento del arrabal de Saint-Honoré, cuando soñaba con ser capuchina. Hay muchas semejanzas en ideas y en frases, especialmente en la concep­ción del amor, del desprendimiento, del amor propio, en las divisiones de la voluntad. O ha­berlo escuchado en algún sermón, como el ser­món anónimo El amor de Magdalena, que hoy se atribuye a Bérulle.

Así llegamos a una espiritualidad un tanto extraña -parece- para unas Hijas de la Cari­dad, llamadas a una perfección más alta que otras personas», pues para ellas la reflejó santa Luisa de Marillac en este escrito pocos años antes de morir. Está empapado del más puro amor divino que puede darse en la tierra, y que sólo puede destruirse por el amor propio. Ciertamente están escritos después de la fundación de las Hijas de la Caridad, pues se los dirige a ellas; corresponden a una fecha en que había llegado a lo más alto de la santidad; la unión de elementos vicencianos y nórdicos es perfecta, con predominio de estos últimos. Santa Luisa los titula, en medio del escrito: «Práctica del puro amor». Y emociona ver que ¡el centro del puro amor no es la divinidad, sino Jesucristo!

Son fruto de varias meditaciones. Pone es­pecial atención en su redacción punto por punto. Se apoya en Juan, 12, 28-34, y más con­cretamente en el v. 32: «Y yo, cuando sea levan­tado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». El estilo es moderado; no hay extremismos, no aparece la aceptación del infierno si, por un im­posible, fuera esa la voluntad de Dios. Para ella el Puro Amor se identifica con el desprendi­miento total de las criaturas y hasta de sí misma en cuatro pasos, recalcando la palabra «todo». «Demos, pues, el primer paso para seguirle que es el de decir con todo nuestro corazón: 1) yo lo quiero, amado Esposo, lo quiero así y para pro­bártelo, 2) te sigo hasta, 3) el pie de la cruz que escojo por mi claustro… 4) A los pies, pues, de esta cruz santa y sagrada que yo adoro, es donde sacrifico todo lo que podría impedir la pu­reza del amor que Tú quieres de mí, sin que por ello pueda yo pretender jamás ningún gozo que no sea el estar sumisa a tu agrado. Pero como si le diera miedo lo que acababa de escribir, añade un párrafo que atenúa el rigorismo: «y a las leyes que la pureza de tu amor me propone». Y termina con frase exigente: «No se espanten, queridas hermanas, aun cuando con esta pala­bra todo no pretenda exceptuar nada».

Unión transformante por el puro amor

Para seguir a Cristo de una manera tan pro­funda se necesita haber experimentado un gozo nada común, y parece que santa Luisa lo expe­rimentó. Es el gozo que siente una esposa «al in­tentar conformarse a su esposo». Se siente esposa de Jesucristo, no solo en el sentido teo­lógico que san Vicente explica a las Hermanas, sino en la experiencia mística en la que lo vivió santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.

El seguimiento se encarna en la vida de ser­vicio a los pobres, pero se recorre en el interior del alma. Santa Luisa lo descubrió en la oración contemplativa, a solas con Jesús, donde se re­aliza un intercambio de vida entre los dos: «El lunes en la santa comunión, de repente, sentí que se me advertía o que deseaba que nuestro Señor viniese a mí acompañado de sus virtudes para comunicármelas». Es un intercambio transformante en el sentido pleno de los últimos grados de la mística tradicional. En el momento en que recibe a Jesús en desposorio (5 de fe­brero de 1630) acepta «soportar todas las difi­cultades que encontraría, recibiéndolas como en comunidad de bienes», al igual que en los matrimonios terrenos.

El puro amor, para Luisa, es el final del se­guimiento a Jesucristo, por eso, ella que tanto hablaba de la divinidad absoluta, dirige el amor puro no a Dios inmenso, sino a Jesucristo cru­cificado. «Yo te sigo -exclama en una explosión de amor- hasta el pie de la cruz que elijo por mi claustro». La unión sublime de la Hija de la Ca­ridad se realiza con el Crucificado. Y el puro amor consiste en desprenderse de todo, recal­cando la palabra todo, para abrazarse a la cruz en un desprendimiento total, hasta de ella misma; «porque si somos tuyas -ora- ya no seremos nuestras y, si pensamos ser tuyas, ¿no será un latrocinio usar de nosotras?».

Las Hijas de la Caridad han sido llamadas a este amor, ya que Jesús, «no contento con el amor general de todas las almas llamadas, quiere tener algunas muy queridas, escogidas por la pureza de su amor». Al llegar a la cima de este amor tan sublime y tan desconocido en la tierra Luisa ha llegado ya al final del segui­miento, ya puede exclamar: «Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y como tales, nin­guna resistencia a Jesús, ninguna acción si no es por Jesús, ningún pensamiento más que en Jesús, en fin, no vivir nada más que para Jesús y para el prójimo, a fin de que en este amor que une, yo ame todo lo que ama Jesús, y que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios a sus criaturas, obtenga yo de su bondad las gracias que su misericordia me quiere dar».

El Puro Amor fruto del Espíritu de Jesús

Aunque el escrito empieza dirigiéndose a las Hijas de la Caridad como si fuera una pequeña explicación, está redactado como el fruto de una oración en la que ha sentido la presencia del Puro Amor en la unión trinitaria, en la creación y en la encarnación del Hijo. Había hecho un esquema que no ha podido seguir, al ser arrebatada por la presencia divina. Todo el escrito es un monólogo dirigido a las tres Personas de la Trinidad.

No es la única vez que se extasía con el Puro Amor. Meditando sobre la sagrada comunión, manifiesta idénticos sentimientos, aunque los re­dactase de forma expositiva: «Hemos de conside­rar qué motivo puede haber tenido Dios para esta acción tan admirable e incomprensible para los sentidos humanos (la sagrada Comunión); y como no podremos encontrar otro que su puro amor, debemos, con actos de admiración, adora­ción y amor, dar gloria y honor a Dios en agra­decimiento de este invento amoroso para unirse a nosotros; unas veces preguntándole si no era ya bastante con haberse hecho hombre para ganar nuestro corazón por entero; otras, pidiéndole nos diga qué hay en nosotras que quiera El hacer suyo a tan alto precio, para ofrecérselo.

La vida espiritual consiste en la respuesta que damos a la acción del Espíritu Santo en nosotros para que sigamos a Jesucristo en la salvación de los pobres. Si comparamos la vida humana que solemos llamar ascética con la vida sobrehumana que la tradición llama mística, notamos que la diferencia está en la manera de actuar el Espíritu Santo.

La actividad del Espíritu divino en nosotros puede realizarse de dos maneras, de acuerdo con las etapas en el camino del seguimiento: una a través de la inteligencia y la voluntad que activan las virtudes de fe, esperanza y caridad y las demás virtudes. Es el hombre, por lo tanto, guiado y ayudado por el Espíritu de Jesús, el que realiza activamente con su esfuerzo (en griego ascesis) la vida espiritual. A esta etapa la tradición la conoce por ascética. Es la más corriente, y al ser este el modo humano y normal de obrar, en la ascética el hombre no siente, no experimenta ni la presencia ni la actuación del Espíritu.

Pero también el Espíritu de Jesús puede apoderarse de tal manera de la inteligencia y de la voluntad del hombre, que sea Él quien active las virtudes, a través de carismas que, tradicionalmente, son llamadas los siete dones del Espí­ritu Santo. El hombre es pasivo y siente que, en su mente, sin que él pueda impedirlo ni los haya producido, le brotan pensamientos y afec­tos producidos por el Espíritu de Jesús. Por eso, esta acción del Espíritu divino —fuera de lo normal— se considera sobrehumana, y, al no ser la forma natural de actuar las potencias huma­nas, el hombre se da cuenta de la presencia di­vina y su acción. Se conoce por mística. Durante la oración mística generalmente el Es­píritu divino actúa por medio de los dones de inteligencia y sabiduría, y se conoce como ora­ción contemplativa.

Conviene aclarar que no todos los autores de espiritualidad dan el mismo significado a experimentar la presencia del Espíritu divino. Admi­tiendo todos que no se trata de una experiencia sensible, a pesar de que frecuentemente los mís­ticos emplean el verbo sentir, algunos autores retratan la experiencia como un acto de la cons­ciencia más o menos firme, pero ordinario y común dentro del conocimiento, otros autores la igualan simplemente a una experiencia de fe. La experiencia mística es un convencimiento más profundo y seguro de la presencia divina en lo más íntimo de la persona. Segundo Galilea lo explica así: «Es la convicción, experimentada «imprecisamente» (san Juan de la Cruz) en el fondo del espíritu, más allá de la sensibilidad y del razonamiento, de que el Dios de Jesús está presente en nosotros, en los demás y en la his­toria, así como en la naturaleza… Contemplar a Dios es saber vivencialmente que estamos en sus manos». Aunque a veces, al explicarlo, no sabemos si la considera como un convenci­miento humano y natural más que sobrehu­mano operado por el Espíritu Santo». José María Vigil y Pedro Casaldáliga confiesan: «Sin negar lo que haya de intuición correcta en lo que los grandes místicos y teólogos querían decir con esas expresiones, nosotros… realiza­mos nuestra experiencia de Dios desde unos planteamientos y unas categorías diversos. Nosotros testimoniamos nuestra experiencia de Dios cuando decimos que sentimos estar cola­borando con el Señor en la creación inacabada, tratando de continuarla».

Santa Luisa conocía lo que era experiencia mística, no porque se lo hubiesen explicado o haberlo leído, sino por vivirlo y experimentado en la oración. Al final de su vida comprendió que su oración contemplativa era obra del Es­píritu de Jesús que se convirtió en el eje de su vida. No es extraño, entonces, que, en 1657, tres años antes de morir, hiciera los Ejercicios anuales únicamente sobre las Razones de darse a Dios para participar en la recepción del Espíritu Santo el Día de  Pentecostés.

Ella misma dice que durante los Ejercicios muchas oraciones fueron de contemplación. Es la divinización de la mujer poseída totalmente por la fuerza del Espíritu divino: «No es, pues, bastante que me enseñes, oh Salvador mío, los medios para prepararme a la venida del Espíritu Santo, sino que hace falta, alma mía, tratar de verdad en vaciarse de todos los impedimentos, y actuar, o mejor dicho dejar actuar plenamente a la gracia que el Espíritu Santo quiere derra­mar en todas las potencias de nuestro ser; y esto no puede ser sino por una destrucción de mis malos hábitos que en ocasiones se oponen a ello.

Quita mi ceguera, Luz eterna! ¡Da sencillez a mi alma, Unidad perfecta! ¡Humilla mi corazón para asentar el fundamento de tus gracias! y que la capacidad de amar que has puesto en mi alma no se detenga ya nunca más en el desarreglo de mi propia suficiencia que no es, en efecto, más que un obstáculo y un impedimento al puro Amor que he de tener con la efusión del Espíritu Santo. Confusión, pues, para mí a causa de mis engaños que tantas veces me han atado a la fal­sedad, apartándome de la Verdad eterna ¡Consume todo esto, fuego del Amor divino, aunque yo no merezca tal gracia!»

Los creyentes cristianos tienen mucho que aportar a la asignatura pendiente de conciliar modernidad con espiritualidad, y en especial los continuadores de san Vicente y de santa Luisa con la misión de construir una espiritualidad que sea capaz de traer el Reino de Dios a los pobres, un Reino de justicia y de paz, de convi­vencia y fraternidad, de respeto y solidaridad, empezando por implantarlo primero en el inte­rior humano, y luego en la vida de los pobres.

Las Hijas de la Caridad recitan todos los días el comienzo de la famosa frase de san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado, y deja tu condición». Es decir, que nos preguntarán qué ha hecho nuestro amor por los pobres. Nos preguntarán con toda crudeza y sin tapujos, si es justo intentar reflexionar sobre la mística de santa Luisa de Marillac, cuando en España hay más de cuatro millones de para­dos que no tienen para vivir, y los sin papeles se esconden para que no se los devuelva al hambre y a la miseria o a la muerte. Y respondemos que mucho, pues la mística de santa Luisa nos en­seña que la unión sobrehumana que Dios hizo con ella se la dio gratuitamente por puro amor, y que este amor gratuito nos lleva a dárselo a los pobres, nos lleva a la denuncia profética de injusticia ante el sufrimiento del inocente. De santa Luisa de Marillac podemos aprender la necesidad de vivir la mística y la contempla­ción, como vitalidad y fuerza hasta llegar al «puro amor», y entregárselo a los pobres», pues nadie puede dar amor si no lo tiene ni amar al pobre si antes no ha experimentado que Dios lo ama gratuitamente, porque es pobre.

Tenemos que comprometernos con nuestra tierra y nuestra historia porque son las únicas que tenemos para vivir, y aquí tenemos que im­plantar el Reino de Dios. Más aún, todo santo es místico y todo místico es santo, pues en la mística se entra cuando se ha llegado a la san­tidad y la santidad es la unión con Dios por medio del amor a los pobres, nos dice Jesús y nos aclaran Santiago y Juan en sus cartas»’. La mística nos lleva imparablemente a sentir que Dios está presente en los pobres que forman parte de una sociedad que debemos transfor­mar en un Reino de Dios. Con otro lenguaje diría que ser místicos nos hace experimentar a Dios en la realidad del inundo, contemplar su Reino en nuestra historia y descubrir la Historia de la Salvación en la única Historia humana. Y así, la mística nos compromete a una pro­funda responsabilidad, pues cuanto más místi­cos seamos, seremos más proféticos y más comprometidos con el servicio de los pobres.

Están apareciendo movimientos que quie­ren revitalizar el cristianismo y hasta su sentido místico, buscando una experiencia de unión con Dios, un conocimiento experimental de Dios, un sentir y experimentar amorosamente la pre­sencia de Dios en el alma, en nuestro interior. Aunque el nombre no lo sea, la realidad mística es de gran actualidad. Hacen de testigos las fra­ses de un teólogo jesuita, Rahner, cuando es­cribe que el cristiano de mañana será místico o no será cristiano; y la de un escritor y filósofo fran­cés, Malraux: El hombre del siglo XXI será re­ligioso o no existirá. Más bien es una frase atribuida a Malraux poco antes de morir en 1976. Frase que matizó en una entrevista al se­manario francés Le Point en 1975: Lo que yo digo es más incierto; yo digo que no excluyo la posibilidad de un acontecimiento espiritual a escala planetaria. Es decir, que Malraux soñaba con que todo el mundo fuera místico en el siglo XXI. Y si esta frase ha dado la vuelta al mundo y se ha repetido hasta la saciedad, ha sido por­que muchos pensadores y ensayistas han venido reivindicando desde el último cuarto del siglo XX la urgencia de un rearme espiritual.

Continuando con la preocupación de Malraux, otro francés, el político Jacques Delors en 1992 insistió en proclamar esta inquietud: «Si en los diez años que vienen no hemos con­seguido dar un alma, una espiritualidad, un signi­ficado a Europa, habremos perdido la partida». Y en 1997 finalmente la Unión Europea reco­noció y aprobó, de una manera oficial el pro­grama «dar un alma a Europa», «un alma para Europa, ética y espiritualidad».

Puede ser difícil que se cumpla la predicción de Rahner, el sueño de Malraux o el deseo de Delors, tal como está manifestándose la socie­dad actual, pues la Iglesia que había modelado la vida personal, familiar y social, y que formó un cristianismo, hoy se está desmoronando, hasta preguntarse J. Delumeau: «El cristia­nismo, ¿va a morir?», y Tillard: «Somos los úl­timos cristianos». El cristianismo ha perdido el lugar que ocupaba, y ya no dirige la sociedad. Sin embargo, lo que desaparece es una forma de cristianismo, no el cristianismo. Y esta nueva forma de cristianismo, acaso sea la que propo­nía Rahner: que nosotros, los que vivimos ahora en el siglo XXI, o somos místicos o deja­mos de ser cristianos. Místicos al estilo de los grandes místicos tradicionales en la Iglesia.

Contemplación y servicio

Para asimilarlo debemos comenzar por no confundir vida contemplativa con oración con­templativa. La vida contemplativa es un estado religioso en el que las personas que la abrazan dedican su vida a la oración contemplativa. Esta no es la vida de los seguidores de san Vi­cente que dedican su vida al servicio de los po­bres. Pero también ellos dedican momentos del día a la oración con la obligación de alcanzar la contemplación. Si la vida espiritual del cristiano se desarrolla en el seguimiento de Cristo y tanto más plenamente se vive el seguimiento cuanto más se identifica con la humanidad de Jesús, la humanidad de Jesús comienza su misión con las tentaciones, signo de los obstáculos que di­ficultan el servicio, y termina en la muerte y re­surrección, pero en mitad del camino sucede la transfiguración, presentada por los evangelistas como inseparable de la misión.

Durante un tiempo los tres apóstoles expe­rimentan en el Tabor, aún con los sentidos, la presencia de la divinidad. Es esa oración que hoy llamamos contemplación mística, grado más que forma de oración. Y a este grado de oración pueden llegar todos los bautizados, pues en el bautismo se nos dan la gracia justifi­cante, las virtudes y el Espíritu Santo con sus dones. Si en la oración activa es el orante quien ejercita las virtudes de fe, esperanza y caridad para encontrarse con Dios, en la oración mís­tica o contemplativa es el Espíritu Santo el que las activa y se une al hombre por medio de los dones. Por eso la oración contemplativa es de­finida como pasiva y sobrehumana.

Santa Luisa no podía vivir siempre en la montaña. Acaso al principio seguía a Cristo con una mirada demasiado estrecha hacia ella, su hijo y su marido, y Dios la subió a la montaña y la introdujo en una nube oscura, donde expe­rimentó con la fe la presencia divina, pero tenía que descender de la montaña y mezclarse con los problemas y situaciones reales de los pobres concretos para darles esperanza y soluciones comprometidas, como lo experimentó en unos Ejercicios tres años antes de morir: «Mi oración ha sido más de contemplación que de razona­miento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos había en­señado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su per­sona, y esto ha penetrado en mi corazón de ma­nera especial y muy íntima». La oración mística la comprometía con los pobres. Ante las angustias y necesidades de los pobres, Luisa, como Moisés, escucha lo que Dios le dice: veo y escucho los grito, de mi pueblo, vete y sácalos de la es­clavitud o lo que Jesús manda a los apóstoles: levantaos y bajemos de la montaría  a donde viven los pobres con sus problemas.

El amor contemplativo debe tomar posesión de la persona activa y cultivarlo en el servicio. La fe la llena de la esperanza de poder cumplir el mandamiento que nos trasmitió Jesús antes de morir: «que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Jn 15, 12). Porque el amor divino tiene que expresarse en el servicio a los pobres, como escribía a una Hermana un mes antes de morir: Dígame «si mientras trabajan en el servi­cio exterior, su interior se ocupa, por amor de Nuestro Señor, en velar sobre sí mismas… Sin esto, sabe usted muy bien que las acciones exte­riores, aun cuando sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios ni me­recernos recompensa, puesto que no van unidas a las de Nuestro Señor que siempre trabaja con la mira puesta en Dios su Padre»48. No olvide­mos que el Espíritu de Jesús introdujo a Luisa de Marillac en lo más alto de la contemplación mística yendo a visitar las Caridades de Asniéres y Saint-Cloud.

Presencia y pasividad

Estamos hablando continuamente de la Presencia del Espíritu de Jesús en el alma de Luisa de Marillac. A veces hay místicos que ven a Jesús, oyen sus palabras, etc., pero propia­mente estas visiones y palabras no son la mís­tica, sino fenómenos extraordinarios que pueden acompañar o no a la mística. La presen­cia del Espíritu de Jesús en la mística, no es una presencia física u objetiva a la que ella puede llegar como a un objeto que estudie o medite, ni tampoco de la presencia sustancial divina que siempre está en todas las cosas cre­adas para que no vuelvan a la nada y que Luisa resumen en una frase: «Considerando que soy de Dios por su Ser único y por la creación, que son los dos fundamentos de mi pertenencia, me he visto pertenecerle también por la conserva­ción que es el sostén de mi ser y como una cre­ación continua»50. La presencia mística es una presencia real del Espíritu de Jesús que quiere comunicarse y unirse a su persona en el interior y que Luisa experimenta por revelación divina. Requería que ella la aceptara y la acogiera a través de una actitud de fe porque la pasividad no es absoluta en ninguna persona mística. Si la Trinidad le pedía que la acogiera, esto sólo podía hacerlo por medio de una actitud de fe que solemos llamar experiencia de fe.

En muchos párrafos de sus pensamientos la comunicación mística aparece con tanta cla­ridad, que quedamos admirados al ver cómo una mujer tan activa pudo tener tales vivencias divinas expresadas frecuentemente con el mo­dismo me pareció. Es el lenguaje de lo inefable: «En la santa misa, al entregarme decididamente a la santa Virgen para ser de Dios según su be­neplácito con el deseo de imitar su santa vida, me pareció que nuestro Señor presentaba a su santa Madre mi indignidad en el pasado y en el futuro; y, pensando que era aceptada, le pedí que le fuera manifestado a mi Padre espiritual algo sobre las cosas que tengo que pregun-tarle».

Su vida espiritual en plenitud

Santa Luisa alcanza la plenitud en la vida casi divina. Jesús desea posesionarse entera­mente de ella como su dueño y esposo. Po­niendo las palabras en boca de la santa, nos emocionan: «De tiempo en tiempo, especialmente en las grandes solemnidades… Me pare­ció que a mi alma se le daba a entender que su Dios quería venir a mí, no como a un lugar de recreo o alquilado, sino como a su propia here­dad o lugar que le pertenece enteramente». «De pronto sentí que era advertida de desear que nuestro Señor viniese a mí acompañado de sus virtudes para comunicármelas».

Santa Luisa tuvo la suerte de encontrar en el momento oportuno a san Vicente55, que con­sidera esta oración como algo fuera de lo común, como la oración de una mujer aden­trada en Dios. Y se la respeta, y, admitiendo esta realidad, la dirige hacia lo que Dios pide de ella.

Un día, después de sentir a Dios en la ora­ción, corre gozosa a contárselo a su director y a pedirle ayuda: «Padre: Mi corazón, lleno to­davía de gozo por la inteligencia que me parece que Dios le ha dado de esas palabras: ¡Dios es mi Dios! y del sentimiento que he tenido de la gloria que todos los bienaventurados le dan, movidos por esta verdad, no puedo menos de escribirle esta tarde para suplicarle que me ayude a emplear debidamente estos excesos de gozo».

Y sin pérdida de tiempo san Vicente le res­ponde en el mismo papel por medio de la misma persona que le había traído la misiva: «Señorita: ¡Bendito sea Dios por las caricias con que su divina Majestad la honra! Hay que recibirlas con respeto y devoción, pensando en alguna cruz que le está preparando. Su bondad suele preparar a las almas que ama de esta forma, cuando las desea crucificar». También él había sido iniciado en la espiritual beruliana y desde ella había entrado en la mística. Y aunque hacía ya bastantes años que, por influencia de san Francisco de Sales y el encuentro con los po­bres, iba viviendo una espiritualidad que hoy llamamos vicenciana, conocía muy bien por ha­berla experimentado, la espiritualidad renano-flamenca; y viviendo esta espiritualidad había pasado también él la Noche mística de los sentidos.

Desposorio místico

Como el final de todo el caminar junto a Dios, san Vicente sabe llevarla, sin violentar su personalidad, hasta lo más alto de la mística, al desposorio espiritual del que habla santa Teresa con tanto entusiasmo en la Morada sexta, y al que pocos místicos consta que hayan llegado. Santa Luisa, como siempre, se lo cuenta a san Vicente con lenguaje tan natural y en una situa­ción tan ordinaria, que nos extraña que una oración tan sublime pueda presentarse tan sen­cilla. Por eso no suele repararse en ello, y hasta se ha querido explicar cómo una prolongación de su matrimonio con Antonio Le Gras, ya que sucedió en el aniversario de su boda.

El autógrafo es un informe enviado a san Vicente sobre las visitas que hizo a las Carida­des de Asniéres y Saint-Cloud el 19 de diciem­bre de 1629 y el 5 de febrero de 1630. Tenía 38 años de edad, llevaba 22 años de oración y desde hacía unos 8 en la oración recibía la ex­periencia de Dios. Identificándose signo y ca­risma, el desposorio místico -cima apetecida de la contemplación- se realizó en medio del ser­vicio a los pobres -cima humana de la presencia amorosa de Jesucristo en el pobre-. Pues no hay dos experiencias de Dios, sino una sola. A la experiencia del Espíritu de Jesús en la oración o en la eucaristía, suele llamarse contem­plación, y a la experiencia del mismo Espíritu de Jesús en los pobres, suele llamarse mística. Y, cosa curiosa, hacía tan sólo unos meses que se había entregado expresamente a los pobres. «El miércoles de las cuatro témporas de Navi­dad salí para ir a Asniéres, temiendo hacer el viaje a causa de mis enfermedades, me sentí for­talecida a la vista de la obediencia que me hacía ir allá. Y en la santa comunión de aquel día me sentí presionada a hacer un acto de fe, y este sentimiento me duró mucho tiempo; pare­ciéndome que Dios me daría la salud, con tal que yo creyese que él podía, contra toda apa­riencia, darme fuerza, y que él lo haría, acor­dándome a menudo de la fe que hizo andar a san Pedro sobre las aguas. Y a lo largo de todo el viaje, me parecía obrar sin ninguna interven­ción de mí misma, con gran consuelo de que Dios quisiese que, aunque indigna como soy, ayudase a mi prójimo a conocerle.

El día de santa Águeda, 5 de febrero, salí para Saint-Cloud. En la santa comunión me pa­reció que nuestro Señor me daba el pensa­miento de recibirlo como a esposo de mi alma, y aún que esto era ya una forma de desposorios, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordinaria y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunidad de bienes».

Esta larga experiencia de Dios, se presenta como un desposorio místico. Además del len­guaje impreciso para expresar una experiencia mística inefable: «me pareció»…, y del senti­miento convencido del desposorio realizado, están presentes las características del acto con­templativo: Luisa no interviene, es sujeto pasivo donde nuestro Señor realiza; aparece nuestro Señor que le comunica algo y Luisa experi­menta una sensación sobrenatural fuera de lo común. Es un sentimiento de bienestar que le dura largo tiempo y que le ha grabado nuestro Señor, y ella es consciente de que Jesús ha re­alizado algo extraordinario en ella y lo acepta por la fe. Este algo le parece ser un desposorio espiritual y lo considera como ya realizado, «y —dice ella— me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue ex­traordinaria, y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal». Y recalca que, a raíz de este desposorio hay, como en el matri­monio humano, una comunicación de bienes.

En otro momento, igualmente trascenden­tal, siente que nuestro Señor la había poseído y obraba en ella como sujeto de operaciones sin intervención ninguna de su parte. Es la Unión Transformante de la que hablan santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz como la unión mística más sublime que se da en la contempla­ción. Y también en otra ocasión nos cuenta con toda ingenuidad: «Me parecía que nuestro buen Dios me pidió mi consentimiento -y yo se lo di enteramente- para obrar por él mismo lo que quiere ver en mí».

La unión mística es con Jesús

Influenciada por su director Vicente, se va uniendo día a día a la persona humana de Jesús, aunque, como Bérulle, no pueda evitar que considere siempre la Humanidad de Jesús en cuanto divinizada. Pero es con la Humani­dad de Jesús con quien ya quiere unirse en la oración contemplativa, cuando medita la Encarnación del Hijo de Dios, la Redención del Hijo de Dios, la Pasión y la Resurrección, la Imitación de Jesucristo en su muerte, la Fidelidad en el servicio a Jesús, la Eucaristía, en los temas sobre San Dionisio y el Hermano Antonio, y en los temas sobre María67.

No es de extrañar que en una explosión mís­tica exclame: «Vivamos, pues, muertos en Jesu­cristo, y como tales, nada de resistir a Jesús, no más actuar si no es para Jesús y para el prójimo, a fin de que, en este amor, ame yo todo lo que Jesús ama». Y Jesús amado por sí mismo se prolonga en el pobre, haciendo presente el amaos como yo os he amado:  Pues en una lectura -escribe ella- he aprendido que Jesús nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia de rendir ningún servicio a su persona».

El cambio ha sido profundo, haciéndonos pensar como en una nueva vida. La Encarnación del Hijo de Dios pasa a ser el eje sobre el que gira su vida espiritual, poniendo la salvación de los hombres en el momento mismo de la Encarna­ción, como lo había hecho Duns Escoto, y que seguramente Luisa lo había leído en Bérulle. La persona de Jesús asume la presencia de la divi­nidad en la tierra por medio de la Encarnación y de la Eucaristía, con un papel diferente: «Ha­biendo bastado la Encarnación para redimirnos, parece que el darse a nosotros en la sagrada Hos­tia, es puramente para nuestra santificación».

Presencia de Dios en la tierra por la Encar­nación y la Eucaristía, y también en el hombre. El Dios eterno e inmenso deja paso a la «pre­sencia continua, aunque invisible” de Jesús en el alma. Es una presencia por la aplicación que el Padre hace al hombre de los méritos de su Hijo encarnado; ya que, por la encarnación, la Trini­dad está unida al hombre en Jesucristo. En Él el Creador se une a la criatura y, al mirar al hombre, ve a su Hijo y perdona y acepta las acciones de las criaturas, aplicándoles los méritos del Verbo: «Es como el aire sin el cual el alma no tiene vida, y es así como yo he visto la redención de los hom­bres en la encarnación, y su santificación por me­dio de la unión del hombre con Dios en la persona de su Hijo por esta presencia, aplicando continuamente sus méritos a cada alma, atada a la unión personal de un Dios con el hombre».

Y convertida ya en una persona abismada en Dios, durante la oración contemplativa no puede menos que continuar exclamando en forma de interrogantes: «¿Hay algo más excelente, en el cielo y en la tierra, que este tesoro? ¿Cómo vivir fuera de razón después de haberse entregado to­talmente para prepararse a este bien infinito? ¿No debería yo desear morir, ¡oh Dios mío! tan pronto como lo hubiera recibido? Vivir tanto como a Él le agrade, pero de tu vida que es toda de Amor. ¡Que no pueda yo desde este mundo derramarme en el océano de tu Ser divino!».

Si el puro amor consiste en amar a Dios de una manera desinteresada, buscando tan solo su gloria, ¿hay que desprenderse de todas las cosas creadas que no sean Dios, si se oponen a sus planes? ¿Manda Dios que lo amemos de tal manera que debamos rechazar todo lo cre­ado porque causa placer sensible?

El Espíritu de Jesús nos dirige en el des­prendimiento de las cosas creadas que causan injusticia a los demás, los humilla, margina o daña; y a dominar las ansias de poder pasando por encima de cualquiera sin tener en cuenta su dignidad y sus derechos. Es Él quien ilumina a las Hijas de la Caridad en la ascesis como una exigencia del amor y una manera más clara de de­mostrarlo en las cosas que cuestan. Lo asumen a imitacción de Jesús crucificado, porque las acerca a los que sufren. Sin embargo, a menudo hemos considerado la ascesis como un rechazo de las realidades terrenas a pesar de ser todas creadas por Dios que las valora como cosas buenas. Acaso porque hemos olvidado la presencia del Espíritu de Jesús como luz y fuerza en nuestra vida.

Esta ascesis un tanto destructiva era la que vivían los espirituales del entorno de Luisa de Marillac y ella misma. Sin embargo, santa Luisa ya proponía el desprendimiento, no como un desprecio de las cosas materiales, sino como una exigencia del doble mandamiento de «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10, 27).

El Espíritu de Jesús había inspirado a Luisa de Marillac fundar las Hijas de la Cari­dad para instaurar el Reino de Dios entre los pobres. Y también que esta empresa no se rea­lizaría si las Hermanas no estaban dispuestas a una renuncia total y radical de todo lo que poseen y de la misma persona, para servir mejor a los pobres.

Luisa de Marillac descubre que a una renun­cia total y radical se le resisten los tres instintos de todo hombre: no morir, que entorpece uni­versalizar el amor. Su objetivo es uno mismo. Resistir al Espíritu Santo es rehuir la castidad como fruto del amor, es vivir la sexualidad sin control. Otro instinto es querer alcanzar la pervi­vencia gozando en la vida de las riquezas y re­chazando cualquier sacrificio que imponga la pobreza. Y el tercer instinto es querer dominar a los demás, mantener el propio juicio sin ceder ante nadie. Resistir al Espíritu Santo es querer imponer.

Los consejos evangélicos,

Las Hijas de la Caridad que buscan el puro amor con la fuerza del Espíritu de Jesús, inten­tan controlar los tres instintos de toda persona viviendo los consejos evangélicos que confir­man por medio de los votos de castidad, po­breza y obediencia.

La castidad

No se puede negar que las Hijas de la Ca­ridad hacen voto de castidad por amor a Dios y para seguir a Jesucristo más radicalmente o, corno El mismo dijo, por el Reino de los Cielos (Mt 19, 12), pero siempre pensando en los pobres. Por eso, su voto no es sencillamente un voto de castidad perfecta, sino de castidad perfecta en el celibato. Y estas dos cosas, castidad perfecta y celibato, que se comprometen a «guardar», su­ponen que la Hija de la Caridad renuncia a la pervivencia en los hijos. Es como un dejar de existir para que vivan los pobres. Con el ins­tinto de sobrevivir que entrega a Dios se des­prende de su persona y de su vida por amor a él y a los pobres. Hace el voto de castidad no solo para dominar el instinto sexual o renunciar a los placeres sexuales, sino también para en­tregar su persona y su vida a Dios y a los po­bres»’. La castidad «libera el corazón» para realizar una Alianza con Dios y el celibato la hace disponible para servir en cualquier momento a cualquier pobre de cualquier lugar. Ahí está el puro amor, difícil de cumplir si no se lo inspira el Espíritu divino: desprenderse de un tercio de su persona, del ansia de sobrevivir en los hijos. Es desprenderse del amor a sí mismo y a los hijos, para hacerse universal hacia todos por el amor del Espíritu de Jesucristo.

La pobreza

Son muy variados los frutos que las rique­zas aportan a quienes las poseen: comodidad y seguridad para vivir en el presente y en el fu­turo. Hoy día el fruto más apetecido y que más unifica los instintos de cada hombre es el poder que les otorga el dinero a quienes lo poseen. Las personas que controlan la economía mun­dial se han convertido en un gobierno que di­rige un Estado extendido por toda la tierra. Los poseedores del dinero tienen poder para con­trolar las legislaciones nacionales e internacio­nales y para cambiar los gobiernos. El afán de poder es insaciable, llevando a no contentarse con el poder que se posee y a ambicionar cada vez más. Esto es resistir al Espíritu Santo por amor material.

En este punto se centra el voto de pobreza de las Hijas de la Caridad de acuerdo con Jesús, cuando le dijo a aquel acaudalado: «Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme» (Lc 18, 22). Las Hijas de la Caridad no hacen voto de no poseer, sino de no tener poder, de no poder usar sus bienes sin permiso. Su voto de pobreza no va tanto a vivir pobremente -que va- cuanto a no poder disponer de los frutos de sus bienes sin permiso. Las Hermanas saben que sus bienes no les dan ni comodidades ni poder, pues los superiores no les pueden autorizar el uso de sus bienes si no es en favor de los pobres. La mejoría que les podría dar el dinero sobre otras Hermanas que carecen de él, queda anulado. Todas son iguales. La comunidad provee a todas por igual. Es un voto que «las abre al amor de todos y las impulsa a poner al servicio de sus hermanos su persona”. Conducidas por el puro amor del Espíritu de Jesús se despren­den de otro tercio de su persona, del ansia de poder usar.

La obediencia

Este voto envuelve todas las actuaciones de las Hijas de la Caridad para elegir libremente en favor de los pobres. Obedecer significa que uno escucha al Espíritu divino. Obedecer no es so­meterse a la voluntad de la Hermana Sirviente sino ponerse con la Hermana Sirviente a buscar la voluntad de Dios para instaurar su Reino entre los pobres. Ahí está la originalidad del voto de obediencia de las Hijas de la Caridad: «obediencia al Superior General de la Congre­gación de la Misión, conforme a sus Constituciones y Estatutos». Es el voto de obedecer no a una persona de la comunidad o de la Provin­cia, sino a la autoridad que le viene de Dios al Superior General. El voto al Superior General le da libertad para optar al puro amor desinte­resado y a desprenderse del último tercio que le quedaba de su persona, de la libertad de elegir en provecho propio. Es desprenderse del propio juicio para saber acoger el parecer de las com­pañeras y de los pobres como una parte inte­grante de su ser. Porque el juicio es lo que la afianza en ser ella misma y la convence de que es ella y no otra. Por eso, santa Luisa concreta que para entregar el juicio propio es necesario saber ceder ante el parecer de las otras. De esta forma deja de hacer resistencia a la dirección del Es­píritu Santo y alcanza el puro amor.

Santa Luisa termina así su enseñanza: «Amemos, pues, este amor y comprendamos su duración que no depende en manera alguna de nosotros, y para ello traigamos con frecuencia a la memoria todas las acciones de la vida de nues­tro Amante para imitarle; quien no contento del amor general de todas las almas llamadas, quiere tener otras predilectas, elevadas por la pureza de su Amor. Y antes de entrar en la prác­tica de esta alta proposición, admiremos la bon­dad de nuestro Amante y con esa sencillez de la paloma que Él nos pide, preguntémosle si nos ama y si quiere ser amado por nosotras.

¡Señor mío! he recibido no sé qué luz nueva acerca de un amor no común que deseas de las criaturas a las que escoges para que ejerzan en la tierra la pureza de tu amor. Aquí tienes un pequeño grupo, ¿podríamos preten­derlo? Me parece que tenemos ese deseo en el corazón, pero el conocimiento de nuestra fla­queza que se manifiesta en nuestras infideli­dades pasadas, nos hace temer que nos rechaces. No obstante, el recordar que no has limitado el número de veces en que hemos de perdonar a nuestros enemigos, nos hace creer que tú harás con nosotras lo mismo, y puesto que es así, creemos que nos amas.

Verdaderamente nos amas, puesto que eres uno con tu Padre que ha querido testimoniar­nos su amor dándonos a su Hijo, que eres tú. Y tenemos la seguridad de que quieres que te amemos, puesto que tu Ley antigua y nueva nos lo manda y que nos prometes que seremos ama­das por tu Padre, que vendrás a nosotros con tu Padre y permaneceréis en nosotros si os amamos. ¡Poder del amor!… ¡Admirable tesoro oculto en lo más íntimo del alma!… ¡Excelencia del hombre! ¿Quién pudiera conocerte?; todos los hombres quedarían cautivados. Tú eres el objeto de la eternidad gloriosa de las almas elevadas al cielo, pues estando en el alma, Dios quiere habitar en ella. ¡Oh Amor puro, cuánto te amo! Pues eres fuerte como la muerte, aparta de mi cuanto te sea contrario.

Conclusión

La mística se puede alcanzar viviendo el vicencianismo. Brota entonces una pregunta ¿por qué no se ha considerado mística a santa Luisa de Marillac hasta ahora? Porque hasta el siglo XX solamente estaba al alcance de los estudio­sos sus cartas, que por lo general son cartas para el servicio y para la vida comunitaria, mientras que sus escritos espirituales publica­dos por Gobillon con el nombre de Meditacio­nes, no eran nada más que unas composiciones rehechas por él a base de trozos escritos por la santa. Pero tanto en estas Meditaciones como en la Vida de la Señorita Le Gras que escribió, Gobillon había quitado todo trazo de mística. ¿Por qué? Porque en Francia, debido al quietismo, la mística había quedado en entredicho, y era sospechosa de herejía quietista o semi-quietista toda persona que experimentara fenó­menos místicos o hablara de mística.

«Tanto entre eclesiásticos como entre civiles, se toleraban cada vez menos las manifestacio­nes públicas de misticismo, y especialmente cuando se trataba de mujeres. Esto cortó las alas a las místicas, quienes en muchísimos casos y sobre todo durante los periodos más creado­res de su existencia solían llevar una vida semi-religiosa en la que la compasión hacia el prójimo se fundía con la apasionada autodisolución en el Amante divino. Por tanto, hubo que aislarlas de manera más eficaz, pero tam­bién controlarlas más severamente a través de sus confesores y guías espirituales. Sin em­bargo, a menudo ocurría, como tantas veces en el pasado, que el guía se volvía poco a poco un igual y un amigo, o incluso un discípulo, lo que planteaba problemas cada vez más delicados».

 

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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