El Cristo de las Hijas de la Caridad (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Capítulo III: Encuentro con el espíritu de Jesús

El encuentro con el hombre Jesús solo es posible en la Eucaristía por medio de la fe, pero no es difícil experimentar la presencia de su es­píritu en nuestro interior. ¿Y cuál es el espíritu de Jesús? En una conferencia a los misioneros san Vicente decía: «Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras», ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su per­sona, se derrama sobre los justos y habita per­sonalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere de­cirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Es­píritu» y para llegar a la santidad sirviendo y evangelizando a los pobres tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y revestirnos del Espí­ritu de Jesús. Pues nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos ani­mar de este espíritu de Jesucristo para vivir y obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada uno de nos­otros, en todas las obras en general y en cada una en particular.

Las Hijas de la Caridad y el Espíritu Santo en la sociedad actual

En el momento de la encarnación Jesús re­cibió el Espíritu divino en plenitud. Y lleno del Espíritu Santo se manifiesta con claridad en el bautismo y en la transfiguración. En la última Cena se lo prometió a los discípulos y después de resucitar se lo entregó. Para continuar la mi­sión de Jesús necesitaban el Espíritu de Jesús.

Igualmente lo necesitan las Hijas de la Ca­ridad, pues hoy día son unas mujeres indefen­sas, humanamente hablando, ante las nuevas culturas y situaciones del mundo moderno. En la sociedad actual ya no encuentran nada en qué apoyarse. Hoy tienen que ser fuertes, sostenidas sólo por su fe y por su vocación, por su carisma, su espíritu y por los pobres. Viven en el mundo sin ser del mundo. En medio de un mundo incrédulo son hoy día unas de tantas. En esta sociedad sin fe el proyecto de las Hijas de la Caridad, en cuanto una entrega radical a Dios, causa irrisión o irritación, burla o despre­cio a mucha gente de la sociedad actual. Y si es aceptado su objetivo de servir a los pobres, queda nublado por la entrega en la castidad, antihumana para mucha gente, y por el hecho de haber seglares increyentes que también se ocu­pan de ayudar a los necesitados.

La Compañía no existe ni perdura ni crece fundamentalmente porque las Hermanas la hagan crecer, crece por las energías que le vie­nen del espíritu de Jesucristo, el Espíritu Santo que Él nos ha enviado.

La función del Espíritu Santo en la Iglesia no es suceder a Cristo ni suplantarlo es «llevar a plenitud su obra en el mundo». Corresponde al Espíritu asegurar la presencia invisible y pe­renne de Cristo y su obra y desplegar, en el tiempo y en el espacio, la totalidad de su miste­rio, y no solo de palabra, sino dando testimonio de Cristo con las obras, decía santa Luisa.

Revestirse del espíritu de Jesucristo es dejar al Espíritu Santo que ponga en nosotros la misma oración que hacía Jesús, su misma confianza en el Padre, su compasión, sus virtu­des, en especial la humildad, la sencillez y la ca­ridad, necesarias para servir a los pobres y vivir en comunidad. Revestirse del espíritu de Jesu­cristo es transformarse en Cristo, es ser otro Cristo.

Si la transformación de una persona en Cristo la realiza el Espíritu Santo en el interior de la misma persona, hay que saber que tú eres persona porque tienes una mente y una volun­tad, porque tienes conciencia de ser tú y sientes y quieres ser tú misma y no otra mujer. Así, si te quieres convertir en Cristo tienes que dejar al Espíritu Santo que dirija tu mente y tu vo­luntad para ver las cosas y quererlas no desde tus intereses particulares, sino desde Jesu­cristo.

Y si es el Espíritu de Jesús el que trans­forma tu mente y tu voluntad, concluimos que sólo si experimentas que el Espíritu Santo actúa en tu interior, obrarás por la fuerza del Espíritu de Jesús; de lo contrario obrarás de una forma meramente humano. Lo importante en la vida espiritual es experimentar, sentir el impacto del Espíritu de Jesús, incitándonos a cambiar nuestras actitudes y a querer abandonar nuestra vida espiritual mediocre para vivir la misma vida que vivió Jesús, identificándonos con Él.

Doctrina actual, de acuerdo con bastantes sis­temas filosóficos modernos que valoran única­mente la experiencia: sólo vale aquello que yo experimento y lo hago mío en mi interior.

Disposiciones personales

Para transformarse en Cristo hay que tener las disposiciones que tuvo Jesús: La primera es tener conciencia de la presencia del Espíritu Santo que te lleva a experimentar que te ilumina para va­lorar la vida de manera distinta a como lo hacías y te convence de que tu vocación pide un cam­bio radical hacia una vida cristiana propia de las Hijas de la Caridad. Experimentas que es Él quien te va dando inspiraciones para cam­biar de actitudes. El evangelio dice que es el Espíritu el que nos conduce en el anuncio del Reino y que, cuando nos persigan, Él hablará por nosotros (Mt 10, 20). Tener conciencia de la intervención del Espíritu de Jesús por medio de sus inspiraciones es una necesidad de la que depende nuestro futuro personal y comunitario, así como el bienestar de los pobres.

La segunda disposición es convencerse de que esta presencia del Espíritu Santo en tu interior se adquiere en la oración, donde experimentas cómo el Espíritu de Jesús se apodera de ti y te persuade de que formas un todo con Él, del que nunca te podrás separar, que estás cumpliendo la misión que Él te encomienda y no una tarea para los momentos que te agradan y del modo que deseas. ¡Cuántas noches pasó Jesús en ora­ción, experimentando al Espíritu!

Revestirse del Espíritu de Jesús lleva a proyectarlo conscientemente en todas las accio­nes de la vida de comunidad y de servicio, lleva a comprometerse a un cambio de vida. Y esta es la tercera condición. Para no vivir una espiritua­lidad de sólo intenciones, la opción fundamen­tal de seguir a Jesús debe concretarse en actos, a través de un cambio profundo de mente, vo­luntad y actitudes, que lleve a un cambio de comportamiento.

Revestirse continuamente

Para transformarse en Cristo, el Espíritu Santo invita a distinguir lo que Dios pide a cada persona en cada momento. Exigirnos más es lu­char solos y sin fuerzas; lleva a una angustia, a una exigencia desmesurada que llamamos remordimiento, es decir, caer en el sentimiento de culpabilidad por no lograr con nuestras fuerzas solas lo que nos es imposible. No se puede olvidar que Jesús ciertamente fue hombre humano, pero sin pecado, y que en la encarnación fue lleno del Espíritu Santo.

Exigirnos, aunque sea lo justo, siempre su­pone sacrificarse: es el esfuerzo doloroso que se hace y se siente, cuando nos damos cuenta de que el Espíritu Santo nos empuja a dejar nues­tros gustos y egoísmos para revestirnos de Jesús. Es el intento costoso de querer asimilar nuestra vida a la vida de Jesús y convertirnos así en Cristo sufriente. La ascesis, de la que ha­blan las Constituciones3, es necesaria en el mo­mento de cruzar el umbral de una forma de vida cómoda a otra más exigente. Guste o no, siempre que el evangelio habla de seguir a Jesús, habla de abandonar la comodidad y vivir la pobreza de una manera responsable y sacri­ficada. Esta fue la decepción del joven rico. Pero va antes de encontrarse con él, Jesús había anunciado: Quien quiera Venir conmigo, que tome su cruz de cada día y entonces, sí, que me siga.

La Hija de la Caridad vive en medio de la sociedad. Y esta sociedad es la mediación te­rrena que el Padre nos ofrece para el encuentro con el Espíritu de Jesús que se nos da de dis­tinta manera según las épocas y los lugares. Pero en todos los tiempos y en cualquier lugar, además de poner las mejores disposiciones personales, las Constituciones y Estatutos de las Hijas de la Caridad unas veces le ofrece y otras le exige las mediaciones más apropiadas, como son los días de Ejercicios Espirituales y Retiros, así como los sacramentos, especialmente la Eu­caristía y la confesión, sin preterir la liturgia de las Horas y otros medios para recogernos en oración. Las Constituciones, las Asambleas y las cartas circulares de los Superiores han in­sistido en cuatro categorías de mediaciones hu­manas a través de las cuales el Espíritu Santo nos va transformando en otro Cristo:

— Tiempos fuertes que pone la Iglesia o la Com­pañía: Adviento, Cuaresma, Ejercicios Espiri­tuales, retiros, convivencias;

— oración individual, bien en común bien a lo largo del día para no salir nunca de la oración, decía san Vicente, y llenarse del Espíritu de Jesús;

proyecto personal: planificar el proyecto co­munitario y el personal de vida ya que es una ocasión única para señalar el camino y el modo de revestirse del Espíritu;

compartir las experiencias con otras Hermanas y animarse con el ejemplo que pueden apor­tarse mutuamente en evaluaciones, revisiones o «repetición personal de la oración».

No resistir al Espíritu Santo

El hombre moderno vive pendiente de la comodidad, de que no le falte nada, y su ideal es tener de todo sin sacrificarse en nada de lo que apetece, si no daña a los demás. Esta caracte­rística influye en las Hijas de la Caridad. Aun­que asuman sin quejarse los sacrificios que entraña el servicio a los pobres, por su misma vocación vicenciana, están pendientes de los bienes materiales en bien de los pobres, y por ser creadas para ser felices también en esta vida, deben gozar también ellas del progreso que da comodidad personal y comunitaria. Es un deber humano. Sin embargo, hay peligro de destrozar la entrega a Dios que siempre encie­rra un sentido de sacrificio, de tomar la cruz. Ciertamente hay que alabar una espiritualidad de la felicidad aquí en la tierra para todos, aún para las Hijas de la Caridad, pero sin poner los goces materiales como lo «absoluto» de la vida. La Hija de la Caridad tiene que plantearse por qué se entrega a Dios abandonando muchos placeres materiales, entre ellos el placer del ma­trimonio, el contento de usar libremente de sus bienes y la libertad de decidir por ella.

Santa Luisa siente que «las almas verdade­ramente pobres y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resisten­cia alguna, las pondrá en disposición conve­niente para hacer la santísima voluntad de Dios, que debe ser su único deseo. En este es­crito, que dirige a las Hermanas verdaderamente pobres y deseadas de servir a Dios, declara, ante todo, que cumplir la voluntad de Dios hasta el puro amor es lo único que deben buscar las Hijas de la Caridad, pero también afirma que la vida interior es obra del Espíritu Santo y de cada persona.

Así identifica santidad con hacer la volun­tad de Dios5, y cumplir la voluntad de Dios debe ser el único objetivo del hombre, ya que Dios es su creador y el fundamento de su vida. Cada Hija de la Caridad, debe saber qué quiere Dios de ella. «¡Voluntad santa de mi Dios!… Tú eres la comida del Hijo de Dios en la tierra y, por lo tanto, la que sostiene mi alma en el ser que ha recibido de su Díos».

El punto segundo es intocable: el Espíritu Santo es el actor principal de nuestra vida es­piritual. Es la misión que tiene en la tierra: asu­mir el relevo de Cristo en la salvación de los hombres, como se lo dijo Jesús a los apóstoles en la última cena que pasó con ellos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os ex­plicará lo que ha de venir» (Jn 16, 13s). El Es­píritu de Jesús ilumina la mente sobre el bien y el mal y fortalece la voluntad para hacer lo bueno. Nuestro deber es colaborar con él y no ponerle resistencia.

Santa Luisa, al hacer oración sobre el Es­píritu Santo, resume el papel que tiene en la Iglesia y en las almas: «Salvador mío, ¿no les habías dado tú mismo bastante testimonio con tus palabras y acciones durante tu vida humana y después de tu resurrección? ¿Qué más había de darles esa venida del Espíritu Consolador que el Padre enviaría por ti?… ¡Trinidad per­fecta en poder, sabiduría y amor!, acababas la obra de la fundación de la Iglesia Santa a la que querías hacer Madre de los creyentes, y para ello la confortabas por las operaciones infinitas con las que confirmabas las verdades que el Verbo Encarnado le había enseñado; infundías en el cuerpo místico la unión de tus produccio­nes, dándole el poder de operar maravillas para hacer penetrar en las almas el testimonio ver­dadero que querías diera de tu Hijo; operabas en él santidad de vida por los méritos del Verbo Encarnado. Y el Espíritu Santo en su amor unitivo se lo asociaba para que produjera los mis­mos efectos de su misión, dando a los hombres el testimonio de la verdad de la divinidad y hu­manidad perfecta de Jesucristo… Esto es, me parece, lo que Nuestro Señor quería decir a sus Apóstoles cuando les anunciaba que después de la venida del Espíritu Santo, ellos también da­rían testimonio de Él»‘

Y sigue diciendo que «para estar en estado de no-resistencia, es preciso estar, como los Apóstoles, en la obediencia, en un reconoci­miento sincero de nuestra impotencia y entera­mente desprendidas de toda criatura, y de Dios mismo en cuanto a los sentidos, puesto que el mismo Hijo de Dios, que los preparó para reci­bir al Espíritu Santo, los puso en ese estado pri­vándolos de su santa y divina presencia con su Ascensión. Y sin duda alguna, al bajar el Espí­ritu Santo a las almas así dispuestas, el ardor de su amor, consumiendo todos los obstáculos a las operaciones divinas, establecerá en ellas las leyes de la santa caridad y les dará fortaleza para obrar por encima del poder humano, con tal de que esas almas permanezcan en la desnu­dez que se ha dicho»’.

Es decir, no resistir al Espíritu Santo, según santa Luisa, consiste en desprenderse de las cosas creadas. Pero ¿una Hija de la Caridad, que anda por la calle y visita las habitaciones de los enfermos, puede estar completamente desasida de las cosas creadas para ser feliz en la tierra?

Santa Luisa, dominada por la espiritualidad nórdica confiesa su debilidad y su impotencia. Es la humildad que lleva al hombre a reconocer y a confesar que es pecador, débil y está necesi­tado; que es hombre y no es Dios. Esta humil­dad la puso como manifestación del espíritu de la Hija de la Caridad, pues Dios resiste a los so­berbios y da su gracia a los humildes (1P 5,5).

Igualmente pide a las Hermanas el despren­dimiento total. Conviene recordar que el siglo XVII rechazaba como malo todo lo que fuera material y había que desprenderse de todo lo referente a los sentidos, hasta del mismo Dios en cuanto a los sentidos, escribe santa Luisa. El dua­lismo maniqueo y el anti-pelagianismo del siglo V, había llegado al siglo XVII a través de las ideas pesimistas, en cuanto al hombre, de san Agustín. Sin embargo, en la práctica lo que santa Luisa aconsejaba, siguiendo a Jesús, es que arranquemos de nosotros todo lo que im­pida al Espíritu Santo llevarnos a la unión con Jesucristo. Las grandes dificultades que encon­tramos las solventa el Espíritu Santo con sus dones que nos dan la fortaleza para obrar por en­cima del poder humano, dice ella. Este poder por encima del humano es lo que los místicos lla­man operaciones sobrehumanas.

El espíritu de la Compañía

Dios «da a la Compañía la fuerza y la gene­rosidad de mantenerse en el primitivo espíritu que Jesús le dio a través del suyo y de sus san­tas máximas», escribió tres meses antes de morir a Sor Margarita Chétif1°. Día a día se va identificando con san Vicente de Paúl. Santa Luisa ha sabido asimilar los temas vicencianos. Siente como suya la doctrina sobre el Espíritu de las Hijas de la Caridad que serenamente va brotándole en cartas y en conversaciones. Como Hija de la Caridad que es, asume el es­píritu de Jesús para que anime su vida y su ser­vicio, hasta exigir que toda joven que quiera servir a nuestro Señor en la persona de los po­bres debe querer morir a ella misma «para que el espíritu de Jesús se establezca en ella”. Ella está convencida de ser una transmisora fiel de la mentalidad del fundador: «Le ruego, querida hermana, que ponga cuidado en leer nuestras apreciadas cartas, para recibir por este medio el espíritu de Jesucristo, sin el cual todo lo que decimos y hacemos no es nada más que campa­nas que suenan». Pero ella, la señora Le Gras, no explica la doctrina, es el Director Vicente de Paúl quien debe explicarla y lo hace.

Son escasas las veces que santa Luisa hace algún comentario sobre esta doctrina. Ella anuncia sencillamente, como una cosa saluda­ble, que el «espíritu de la Compañía es el espí­ritu de nuestro Señor»13. Si alguna vez comenta algo, lo hace rápidamente, poniendo su im­pronta, como al decir a las Hermanas de Richelieu que «la mansedumbre, la cordialidad y la tolerancia deben ser el ejercicio de las Hijas de la Caridad, como la humildad, la sencillez y el amor a la humanidad santa de Jesucristo, que es la caridad perfecta, es el espíritu». Sin con­tradecir a Vicente de Paúl, Luisa de Marillac distingue claramente que el espíritu de la Com­pañía es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, que introduce en el interior de la Hermana las cualidades de humildad, sencillez y caridad, pero en la práctica se traducen en mansedum­bre, tolerancia y cordialidad.

El Espíritu Santo tiene la misión de llenarla del amor a la Humanidad de Jesucristo «para verse empujada a la práctica de sus virtudes es­pecialmente la mansedumbre y la humildad, la tolerancia y el amor al prójimo». Las Hijas de la Caridad buscan la fuerza del Espíritu para vivir una espiritualidad que las lleva a intentar transformarse en Cristo. Todos los valores, exi­gencias y experiencias de esta espiritualidad se encuentran en la vida de Jesús. Es Él quien fundamenta y encamina la llamada a buscar a Dios y a vivir de su vida e intimidad. Jesús era el hombre entregado al Padre, que buscó su vo­luntad hasta el sacrificio de la cruz, que vivió en una absoluta intimidad con él, que expresó esta intimidad continuamente siendo el adora­dor del Padre, el servidor de su designio de amor y el evangelizador de los pobres. Bajo estos aspectos Jesús enseña la fraternidad y el amor, a luchar por la verdad y la justicia, y a testimoniarlo en la vida.

Las Constituciones actuales de las Hijas de la Caridad han completado la idea y moderni­zado el estilo: «La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, al que se proponen seguir tal como la Escritura lo revela y los Fundadores lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los Pobres». Este artículo de sus Constituciones es uno de los ejes para innovar la sociedad, si las Hijas de la Caridad lo asientan en el corazón como una fuerza de choque. Seguir a Cristo les exige vaciarse de ellas mismas y revestirse de la humildad, sencillez y caridad de Jesucristo, les decía san Vicente de Paúl, dándoles la ilusión de com­batir por la justicia, el amor y la paz para con­vertir el mundo de los pobres en el Reino de los Cielos. Por su parte, los angustiados sienten el consuelo de verse comprendidos por unas mu­jeres que los tratan como amigos suyos, aunque a veces nada puedan hacer para ponerlos en el tren de la felicidad.

Cuando Jesús, hecho ya un hombre, co­mienza su andadura misionera, se deja llevar por el Espíritu, y cuando termine su vida, nos enviará su Espíritu, para que la continuemos nosotros. En el bautismo el Espíritu Santo nos incorpora a la Humanidad de Jesucristo y éste, a su vez, nos da su Espíritu que es el Espíritu Santo. Después, por el sacramento de la confirmación el Espíritu Santo se afianza en nuestra alma y camina «por dentro de nosotros», di­rigiendo nuestra mente y fortaleciendo nuestra voluntad para vivir como cristianos sin separar­nos de Jesucristo.

En el interior de cada hombre el Espíritu de Jesús prosigue la función cristiana de hacer­nos humanos. Y esta función nos lleva a hacer­nos unas preguntas: ¿me dejo conducir por el Espíritu de Jesús ante las situaciones laceran­tes en que viven multitud de pobres? ¿Es mi vida un interrogante para tantos increyentes que están expectantes ante la presencia de Jesús en la tierra? ¿Puedo encontrar algún rasgo de humanidad en mí y en la comunidad?

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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