El Cristo de las Hijas de la Caridad (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Capítulo 1.- Preámbulo

Muchos sociólogos creyentes e increyentes el pensamiento de Jesús los sorprende por su actualidad. Pero también hay bastantes que ponen bajo sospecha tanto su persona como su mensaje y su misión. Por otra parte, son mu­chos los que creen en Jesús de Nazaret y co­nocen lo que hizo durante su vida. Pero ¿saben lo que hizo antes de venir a la tierra? ¿Saben lo que está haciendo ahora y lo que hará en el futuro? Todo lo que Cristo ha hecho, incluso sus terribles sufrimientos y su muerte en la cruz, no tendría significado sin la promesa de regresar a la tierra para establecer el Reino de Dios. Jesús está activo en la actualidad para es­tablecer en nuestro mundo la justicia, el amor y la paz. Luisa de Marillac intentó seguirle y legó a sus hijas la imitación de ese Cristo que se hizo pobre para redimir a los pobres y que ella lo contempló ya antes de llegar el Concilio Vaticano II. Por eso, acaso hubiera sido más claro titular este estudio como el Cristo que santa Luisa de Marillac, su fundadora, legó a las Hijas de la Caridad

Diversas espiritualidades

A Jesucristo se le puede considerar como Jesús de Nazaret, un hombre que nace en Belén de una mujer judía llamada María y vivió en Palestina, que en un momento de su vida se siente llamado por el Padre a anunciar el Reino y muere crucificado. Ante Él el hombre se siente un amigo que quiere imitar su vida. El hombre ve la imagen de Dios, la obra maestra de la creación y acude a Jesús en busca de amor y misericordia. Así le muestran los evan­gelios sinópticos, y le siguieron san Bernardo, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Francisco de Sales, y también san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac en los años de mayor actividad.

Buscaban imitar a Jesús en todas sus face­tas y no sólo en el anonadamiento. Daban gran importancia al recogimiento y a los métodos para hacer bien la oración, detallando los temas y ejercicios de la oración e insistiendo en sacar resoluciones prácticas.

Pero se le puede considerar también como el Verbo que procede del Padre desde la eter­nidad, que viene al mundo para divinizamos y ante el cual el hombre se siente miseria y pe­cado, y debe honrarle desprendido de todo, aún de sí mismo de una manera absoluta, vaciándose hasta la extrema pobreza interior y, aun­que suene a sacrificio inhumano, debe prescin­dir aún de las potencias humanas y de los gustos espirituales que produce la devoción. Y, asombrado de la grandeza de Cristo-Dios, le honra anonadado

Aparecen así, en la Historia, dos grandes corrientes de espiritualidad. Entendiendo por vida espiritual la respuesta que el hombre da en su interior a la acción del Espíritu divino, para encuadrar en su vida los grandes ejes de la experiencia, doctrina y misión de Jesucristo, en solidaridad con los pobres. La primera dimensión es universal, la segunda es de todos los cristianos y la tercera es la di­mensión vicenciana.

En el siglo XVII la corriente que presen­taba la inmensidad de la divinidad para que la adorara el hombre estaba representada por la llamada Escuela Abstracta o Mística Renano‑flamenca, heredera de la corriente espiritual que animó los países del Rin y de Flandes en el siglo XI, siguiendo el evangelio de san Juan, a san Gregorio Nacianceno, san Gregorio de Nisa, san Agustín, al Pseudo-Dionisio, a Eckhart, Osuna, Laredo, a santa Catalina de Gé­nova y a san Juan de la Cruz. La siguió Pedro de Bérulle, y también san Vicente de Paúl en los comienzos de su vida espiritual, y es la es­piritualidad que practicaba la señorita Le Gras antes de encontrarse con el sacerdote Vicente de Paúl.

Los primeros directores espirituales de Luisa de Marillac

¿Quiénes le inculcaron esta espiritualidad? Luisa de Marillac quiso ser capuchina y dedu­cimos que frecuentó la iglesia de los capuchi­nos y que recibiría la influencia de los frailes. No parece que el P. Honoré de Champigny la dirigiera antes de su matrimonio (5 de febrero de 1613) por la sencilla razón de que el capu­chino no estuvo en París de 1606 a 1612. Volvió a París, como Provincial, en julio de 1612. Seguramente, poco después Luisa le manifestó su deseo de ser capuchina y él, por la presión de la potente Familia Marillac, discernió que ésa no era su vocación. Pudo dirigirla desde este año hasta 1619, pero no es seguro. Lo que sí se puede afirmar es que de 1606 a 1619, o sea, de los 15 a los 28 años la dirigieron los ca­puchinos del arrabal de Saint-Honoré. Estos capuchinos eran discípulos o compañeros de Benito de Canfield y defensores de su libro La Regla de Perfección y de la espiritualidad de este libro, conocida como Escuela Abstracta, cen­trada en las ideas y métodos renano-flamencos.

Otra de las personas que influyeron en su trayectoria espiritual fue su tío legal Miguel de Marillac. Se conservan varias de las cartas que le envió a su sobrina aunque se han perdido las que le dirigió ella, en las de él aparece como un consejero espiritual y un acompañante de conciencia. No era raro en aquellos años que seglares espirituales acompañaran a otras per­sonas en la búsqueda de la santidad. La misma Luisa de Marillac acompañó a mujeres seglares y a las Hermanas.

Era un hombre espiritual, serio, intransi­gente con un tanto de estoicismo y de Solitario de Port-Royal. De joven quiso ser cartujo y, de mayor, había convertido su casa en un hogar de piedad y de caridad. Se decía de él que durante catorce años «la humanidad de nuestro Señor estuvo siempre a su lado». Traductor de salmos y de la Imitación le Cristo2, frecuentó el círculo de Mme. Acarie, donde se decidió por la doc­trina de la mística abstracta.

Miguel de Marillac aconsejaba a su so­brina, ya casada, el abandono total en Dios, el anonadamiento, la abnegación y la dirección pasiva del Espíritu Santo por medio de sus dones: «El alma pobre que se conoce tal como es y acepta este conocimiento en paz, espera de Dios lo que Él quiere, sin esperar que sea de esta manera o de la otra, y se contenta con so­meterse a Dios y no querer prescribirle de qué forma será conducida». «Porque querer obtener esta disposición con el esfuerzo propio, es señal de poder y de capacidad, y el alma ya no se siente pobre, puesto que intenta hacerlo, pues nadie se esfuerza en hacer lo que sabe clara­mente que no puede lograr. Es, pues, más útil al alma reconocerse pobre hasta en la facultad de conocerse y de estimarse tal como es, y no dolerse por ello de ese modo, sino que, reco­nociéndose pobre, se la pide a Dios y coopera fiel y provechosamente con los medios que Dios le da». La acompañó desde 1613 a 1624; desde los 22 a los 33 años.

San Francisco de Sales no fue director suyo, aunque está claro que la visitó varias veces durante una enfermedad en 1619. Lo afirma su primer biógrafo Gobillon: «Habiendo sido honrada con sus visitas en una enfermedad durante el último viaje que él hizo a París». Santa Luisa lo da a entender cuando dice que la gracia de haber salido de la Noche oscura la había recibido «del Bienaventurado Monseñor de Ginebra por haber deseado en gran manera comunicarle esta pena antes de su muerte».

Recordemos que en 1617 la reina madre, María de Médicis, hasta entonces Regente de Francia, fue recluida en Blois por su hijo el rey Luis XIII. Sus partidarios cayeron en desgracia con todo lo que esto suponía de rechazo. Entre los partidarios de María de Médicis caídos en desgracia estaban los Marillac y, de menor ca­tegoría, el esposo de Luisa, Antonio Le Gras. Los franceses contemplaron con escándalo el enfrentamiento entre madre e hijo en la catolicísima familia real, espejo de todas las familias del reino. Para encontrar una solución, el rey buscó la intervención de los aliados de María de Médicis; como posibles mediadores estaban los Marillac. Fue en esta ocasión cuando san Fran­cisco pudo visitar a la señora Le Gras6 que vivía en casa de los Attichy-Marillac. Más tarde, por medio de su director Juan Pedro Camus supo que san Francisco volvería a Pa­rís y la señorita Le Gras pensaba volver a ha­blar con él para exponerle su pena.

Es posible que la señorita Le Gras tomara por director espiritual a Juan Pedro Camus, obispo de Belley, por ser el sobrino de la se­gunda mujer de Luis de Marillac, Antonieta Camus, pero lo más probable es que fuera san Francisco de Sales quien se lo propusiera. Belley era una diócesis pequeña y Camus pasaba largas y frecuentes temporadas en París. En 1619, coincidió en la capital con san Francisco de Sales.

Camus manifiesta una visión optimista de la naturaleza humana; para él, el hombre no es la nada y el pecado, sino la obra maestra de la creación y el objetivo de la redención de Cristo.

Pero por esta época, era un director exigente y duro; san Francisco de Sales le aconsejaba más suavidad. En su libro Dirección en la oración men­tal, aunque manifiesta que no desea hablar de la oración mística, habla de la contemplación pasiva. Sigue a Benito de Canfield, sin citarlo por no desagradar a su amigo san Francisco. Es simpatizante de las ideas de la escuela abs­tracta, pero desde 1624, se mostró más reser­vado, hasta llegar a alejarse con decisión de esa corriente.

Fue el consuelo de la señorita Le Gras du­rante la enfermedad de su esposo. A cada so­bresalto que sufría ella, él le respondía con serenidad y dulzura para ponerla en calma. La dirigió entre 1619 y 1625, es decir, desde los 28 hasta los 33 años.

A finales de 1621 o principios de 1622, la familia Le Gras se trasladó a vivir a la calle Courtau-Villain, al lado del convento de las car­melitas. Es conocida la tendencia de las prime­ras carmelitas por la mística de las esencias, que tanto alborotó a la carmelita española Ana de Jesús Lobera. La mística nórdica había sido fo­mentada por el cardenal Bérulle, uno de los tres superiores de las carmelitas francesas. Este convento había sido fundado, hacía tan sólo cinco años, por Catalina de Jesús y por Mag­dalena de San José, discípulas fieles y propagadoras encendidas de las ideas nórdicas de Bérulle. En el verano de 1625, ausente Vicente de Paúl, Luisa hizo los ejercicios espirituales guiada por el oratoriano P. Ménard o por la madre Magdalena de San José. A través de las Carmelitas, sin excluir los libros de Bérulle que leería la señorita Le Gras, fue como recibió la influencia beruliana que podemos descubrir en sus escritos.

Luisa de Marillac es, pues, al tomar a Vi­cente de Paúl como director, una mujer que pertenece a ese círculo de espirituales que vi­vían la influencia de la Mística Abstracta. Esta influencia nunca desaparecerá de su vida; en una época latente y en otras con más claridad siempre estará presente, por más que, influen­ciada por san Vicente, acoja plácidamente a Jesús en su vida de Dios. La influencia de estos espirituales fue larga: diecisiete años, y en la edad más receptiva de una persona: de los die­cisiete a los treinta y tres años.

Asimismo, su nuevo director, Vicente de Paúl, por estos años estaba influenciado por Pedro de Bérulle, y poco antes de conocer a la señorita Le Gras había tomado amistad con el Abad de Saint-Cyran, Juan Duvergier de Hauranne, entusiasta de Bérulle y colaborador en su obra «Discursos del estado y de las grande­zas de Jesús».

Al pasar los años, la influencia nórdica o beruliana seguirá caminos distintos en ambos santos. Vicente de Paúl, centrado en los pobres, piensa que esta doctrina no le ayuda a evange­lizarlos, y la abandona. Sin anular la ascenden­cia de Bérulle, comprendió que las Hijas de la Caridad, campesinas llanas, asimilaban más fá­cilmente la idea sencilla de imitar la vida de Jesús que cuentan los Evangelios. Se podría decir que Vicente de Paúl era un ecléctico que usó a Benito de Canfield, a san Francisco de Sales y a Pedro de Bérulle según los necesitaba para su vida espiritual comprometida con los pobres. Jesús, el hombre histórico, era más ase­quible a los pobres que su inmensa divinidad.

La señorita Le Gras era distinta. Su vida fue la de una mujer utilizada por su familia y, a veces, marginada. El sufrimiento nunca la abandonó desde el día en que nació, teniendo que luchar sola para sobrevivir en aquella so­ciedad de estratos piramidales. Como respuesta a los interrogantes de su vida, se sentía atraída por el anonadamiento que propone la escuela nórdica y por la concepción pesimista de la persona humana que presenta san Agustín. Cuadraba mejor, además, con su psicología apropiada para analizar las cosas.

Dirección de don Vicente de Paúl

Cuando la señorita Le Gras se puso bajo la dirección del sacerdote Vicente de Paúl llevaba una vida espiritual profunda. Usando el len­guaje de entonces, había pasado una Noche mística y se adentraba en la oración contem­plativa. Es decir, era ya una mujer que se movía dentro de la santidad. Seguramente Vi­cente de Paúl y la Señorita Le Gras ya se ha­bían visto de paso desde 1621 por las relaciones que ambos tenían con Juan Pedro Camus. Según cuenta santa Luisa, a ella no le agradó cambiar, como director espiritual, a un humanista noble y letrado por un campesino tosco y prácticos. Tampoco le agradaba diri­girla a san Vicente, entregado ya a las misiones populares. Sin embargo, por la amistad con Camus, que iba a ausentarse de Francia por un año o más, san Vicente aceptó dirigir a la seño­rita Le Gras. Fue a finales de 1624 o a prime­ros de 1625v. Cuando san Vicente aceptó ayudar a la señora Le Gras a caminar en la vida espiritual, era una mujer madura y serena de 33 años, marcada por el sufrimiento y la ex­clusión, con un esposo gravemente enfermo y un hijo de 11 años. Estaba profundamente adentrada en la oración contemplativa, ha­biendo pasado la Noche Oscura, y vivía ya la santidad.

Santa Luisa sabía a dónde se dirigía y co­nocía el camino: Por medio del desprendi­miento, unirse a la esencia de la divinidad, o como dirá años más tarde, derramarse en el océano inmenso del ser divino». Para lograrlo quiere desprenderse de todo lo creado, espe­cialmente de su amor propio, hasta llegar al anonadamiento radical.

El gran mérito de san Vicente fue dirigirla suavemente, sin forzarla, respetando su espiri­tualidad nórdica que conoce muy bien. La diri­girá de una manera tan acertada que, a los cinco años, en 1630, cuando Luisa de Marillac tiene 38 llega a la cima de la santidad y, en una ora­ción contemplativa, se realiza el Desposorio es­piritual con Cristo», tal como lo explica santa Teresa de Jesús en la sexta Morada, y al que muy pocos místicos han llegado. De aquí en adelante Luisa de Marillac será una cristiana militante enfrascada en la actividad en favor de los pobres y una contemplativa que, de tiempo en tiempo, experimentará la presencia del Es­píritu de Jesús en su interior.

Para lograrlo Vicente de Paúl procuró sa­carla de ella misma, del encerramiento de llevar una espiritualidad para ser una mujer piadosa y salvarse, poniéndole delante otra tarea posible en su vida, la de atender a los pobres. Procurará controlar la afectividad de esta mujer hacia su hijo y, al pasar los años, hacia él mismo. Y, ade­más, convencerla de que tenía que vivir ale­gre», a pesar de haber sido marcada desde su nacimiento con el signo de la exclusión y el su­frimiento a lo largo de su vida.

El encuentro con el sacerdote Vicente de Paúl tuvo para Luisa tanta importancia como tuvo para san ‘Vicente el encuentro con el car­denal de Bérulle. De aquí en adelante Luisa de Marillac quedó unida a Vicente de Paúl. La persona de este hombre continuamente se pro­yectará en la santa. Ella lo veneró y lo amó pro­fundamente en Dios, y él la dirigió y la amó también tiernamente en nuestro Señor.

Ya no se puede examinar a Luisa de Marillac separada de Vicente de Paúl. Una faceta de la personalidad de Luisa es la relación con su director y el hecho de que en cada acción de esta mujer se descubre la presencia de Vicente de Paúl. Sin san Vicente santa Luisa no sería ella. La fue dirigiendo y inclinando sin forzarla a cambiar de espiritualidad. Su vida espiritual fue una evolución, exigida por el servicio a los pobres. Vicente de Paúl tan sólo le presentó a los pobres que llenaron sus entrañas de com­pasión. Cuatro años después de conocerle, cuando tenía 37 años, decidió ponerlos como centro de su vida. Los pobres llegarán a pene­trar en su vida como una parte de su ser, pero en los comienzos se presentan como algo ve­nido de fuera, algo que le ha contagiado su di­rector.

De 1626 a 1629 la señorita Le Gras fue des­cubriendo su vocación y en los primeros meses de 1629, tomó por sí misma una decisión que trastocó su vida y la convirtió en otra mujer: de­cidió entregarse a los pobres y ofrecerse a Vi­cente de Paúl para ayudarle en la consolidación de las Caridades. Vicente de Paúl, aunque lo es­peraba, se emocionó y el 6 de mayo de 1629 la envió por primera vez a encontrarse con los po­bres a través de las Caridades que iba a animar por los pueblos.

Desde este día, él casi nunca la llamará ya hija mía, sino señorita, y ella no le dirá ya padre mío, sino señor, y desde comienzos de 1649, muy honorable padre. Es la imagen del cambio realizado: Luisa ya no sólo es su dirigida, sino también su colaboradora.

Influencia vicenciana

Desde 1629 se nota un cambio constante en la espiritualidad de santa Luisa. San Vicente la va llevando lentamente a una vida de Dios más humana y afectiva, no tan especulativa o inte­lectual, centrada, más que en la divinidad, en Jesús hombre y en imitarle en todas las virtu­des. Todo madurado en una oración metódica, psicológica y moralista. Es la faceta espiritual que comienza a aparecer en la vida ordinaria de Luisa y en los ejercicios que hizo entre la As­censión y Pentecostés del año 1632. Y es la es­piritualidad que desde hace pocos años está viviendo san Vicente como más apropiada para evangelizar y servir a los pobres y, más tarde, para dirigir a las Hijas de la Caridad, aldeanas de los pueblos. El objetivo de su oración seguirá siendo Dios y de tiempo en tiempo sentirá de una manera sobrehumana la presencia del Espíritu de Jesús en lo más hondo de su interior a través de la oración contemplativa.

Al ritmo que penetraba en el mundo de los pobres, Jesús se introducía en su espirituali­dad. Sin embargo, nos da la sensación de ser un vestido colocado a su persona. Lo que ella había sentido desde joven era la divinidad po­derosa. El designio eterno de Dios se presenta como algo intrínseco a su vida, como algo con­natural a ella. Ni aún en los años en que pre­tendía seguir a san Vicente con delicada fidelidad, Jesús se convirtió en el centro de su vida. Ciertamente no eliminó a Jesús de su vida espiritual, no sería cristiana, más aún, es una animadora convencida del seguimiento a Jesu­cristo. Pero siente de una manera íntima la Di­vinidad en la comunicación trinitaria por encima de la Humanidad de Cristo en la historia.

El vicencianismo lo vivió con sinceridad por el cariño y admiración hacia su director, por considerarlo más asequible a los pobres y por creerlo más apropiado para las Hijas de la Ca­ridad, mujeres en su mayoría salidas del pueblo; pero su psicología la empujaba hacia la espiri­tualidad nórdica. Su vicencianismo siempre es­tuvo mezclado con las directrices que en su juventud le inculcaron sus primeros directores. En sus escritos se mezclan y se confunden, con preponderancia de unos u otros elementos según las épocas.

La dirección del sacerdote Vicente aparece más respetuosa cuando los dos santos avanzan en edad, cuando ella pasa de los 60 años y él de los 70. Vicente de Paúl, con ese espíritu que da Dios y la ancianidad, constata que Luisa es ya una mujer que ha penetrado en la perfección y es capaz de dirigir a otras personas, y percibe el camino propio por el que va su dirigida y co­laboradora, y ésta siente cómo revive en ella la espiritualidad de su juventud. De esta unión brota una nueva espiritualidad que abarca el vicencianismo, la espiritualidad beruliana y el descubrimiento del Espíritu Santo, es decir, la espiritualidad trinitaria del Padre Dios renano-flamenco, del Cristo vicenciano y su segui­miento, y del Espíritu Santo y de su experiencia contemplativa que va a tomar un lugar central en su vida espiritual de los últimos años. Es la espiritualidad propia de santa Luisa, que refle­jará en su Mariología.

Y esta espiritualidad luisiana se la respetó san Vicente justamente el mismo día en que murió ella. El, su director, debía ayudarla a un desprendimiento total, aún del afecto que ella sentía por el sacerdote que la había llevado a lo más alto de la santidad: Luisa le pidió que fuera él quien la ayudara a morir santamente, pero Vicente, enfermo, no acudió a pesar de vivir a menos de treinta metros, la anchura de la calle; Luisa le pidió siquiera un papel escrito por él con una frase que la consolara. Tampoco se lo dio. Le envió un misionero con el encargo de anunciarle «que ella iba delante y que él espe­raba verla pronto en el cielo». Y así, vacía, des­prendida de todo lo creado, hasta de la presencia del sacerdote que tanto la había ayu­dado, murió hacia las once y media del 15 de marzo de 1660. Era lunes de pasión.

Escritos de santa Luisa

Santa Luisa no compuso ningún tratado sobre Jesús. Las intervenciones que tiene en las conferencias de san Vicente a las Hijas de la Caridad están determinadas por el tema im­puesto, y las cartas tienen como objetivo el ser­vicio a los pobres y la vida de comunidad. Otros escritos más personales, como los resúmenes de sus oraciones y de sus Ejercicios espirituales, los escribió bien para que su director conociera su intimidad, o bien para ella sola, para mejor fijar su oración mientras la hacía o la ayudaran en otras meditaciones y recordarlas durante todo el día. Estos escritos, aunque breves y a veces aislados, sin conexión entre ellos, contie­nen pensamientos sinceros que brotaban de lo hondo de su alma. Hablan mucho de Dios, al­gunos años también de Jesús, pero aún en el tema de Jesucristo penetran más en la divini­dad que en la psicología del hombre Jesús.

La primera carta que conservamos está di­rigida a san Vicente y es del 5 de junio de 1627. Jesús aparece de forma accidental. La frase «miembros de Jesús» parece postiza. Y esto es lo corriente en las cartas que se conservan hasta 1639. Hasta este año pocas veces nombra a Jesús o a Nuestro Señor, mientras que Dios aparece más de veinte veces. San Vicente, por el contrario, continuamente invoca a Nuestro Señor.

Los papeles íntimos hasta el año 1628 guardan abundantes ideas nórdicas de influen­cia beruliana. Los dos primeros escritos que conservamos, redactados hacia 1626, el Acto de Protestación y la oblación a la Virgen», in­dican lo que será la influencia vicenciana. En el primero, copiado de san Francisco de Sales, añade una frase del gusto de su director: «la re­solución de practicar las santísimas virtudes de humildad, obediencia, pobreza, sufrimiento y caridad, y para honrar estas virtudes en Jesu­cristo que frecuentemente me las ha inspirado por amor». Y termina: «Viva tu amor y el de Jesús crucificado».

En la Oblación a la Virgen ya pone imitar la vida de María y de Jesús, pero abundan las ideas afines a Bérulle sobre el honor y la gloria de Dios. Recorre los estados de Jesús, dete­niéndose, como Bérulle, en la sujeción de Jesús a María en los años de su infancia. En algún es­crito llega a emplear la palabra inherencia, tan querida de Bérulle.

También el Reglamento de Vida compuesto en 1627 comienza de una manera vicenciana: «Que siempre esté en mi corazón el deseo de la santa pobreza para que, libre de todo, siga a Je­sucristo y sirva con humildad y mansedumbre a mi prójimo, viviendo en obediencia y castidad toda mi vida, honrando la pobreza de Jesucristo que guardó con tanta perfección». Al año si­guiente, en adviento de 1628, hace unos Ejer­cicios dirigidos por san Vicente y, ciertamente, en varias meditaciones recuerda a Jesucristo, pero el sujeto de su oración es Dios y Jesús es solamente el medio para librarnos del pecado. Y aún en esta faceta, Jesús, como mediación en las manos del Padre, es considerado bajo el as­pecto de sus primeros directores. La última me­ditación, sin embargo, la termina con una conclusión práctica, tal como le gustaba a san Vicente de Paúl: «Abatiré mi orgullo… y adqui­riré la caridad y la mansedumbre con mi pró­jimo para honrar la enseñanza de Jesucristo que decía que aprendiéramos de El, que era manso y humilde de corazón». A pesar de todo en los dos escritos en vez de imitar se le ha es­capado la palabra honrar.

El 5 de febrero de 1630 se realiza el despo­sorio místico. o entre santa Luisa y Nuestro Señor. Lleva ya unos cinco años bajo la dirección de san Vicente de Paúl que continuamente le habla de Jesús. Desde entonces Jesús penetra más en su corazón y en su vida, y ella lo refleja en sus cartas y en sus escritos en los que nombra a Jesús, a Jesucristo, a Cristo o a Nuestro Señor unas setecientas veces; y es frecuente ter­minar sus cartas con las expresiones soy en el amor de Nuestro Señor o en el amor de Jesús crucifi­cado. Poco a poco va plasmando un cuerpo de doctrina sobre Jesús. Es de una espiritualidad sencilla en la que continuamente va mezclando doctrina y práctica, aunque al estudiarla que­ramos destacar una parte doctrinal y otra prác­tica del seguimiento a Jesús.

Benito Martínez Betanzos, cm

CEME, 2017

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