El clamor de los pobres y la voluntaria de la caridad

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

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Autor: Celestino Fernández, C.M. · Año publicación original: 1987.

Una interpelación urgente a renacer a la solidaridad.
Hay que admitir que el tema de esta ponencia es demasiado ambicioso. No soy ni teólogo, ni sociólogo, ni economista. Y estas tres especialidades juntas se necesitarían para tratar con rigor, hondura y exhaustividad este amplio y profundo tema.
Por otra parte, confieso mi miedo y mi atrevimiento. Porque soy consciente de que hablo a personas que, con sus luces y sus sombras, están comprometidas en una sintonía y cercanía con el pobre. Y por eso me acuerdo de aquella frase de santo Tomás de Aquino, al hablar de la castidad, que decía que «sabe más de la castidad quien la vive que quien hace una disertación sobre ella». Sabéis todos vosotros y vosotras mucho más de los pobres y de la solidaridad que yo, porque intentáis luchar por su dignidad desde los mismos pobres y no desde las cosas aprendidas en los libros.
Pero me atrevo a hablaros desde mi condición de querer ser fiel al Cristo siervo, anonadado y liberador, y al carisma de com­promiso y amor efectivo de Vicente de Paúl. Y también desde mi relación de simpatía y conocimiento de vuestra Asociación, porque no en vano llevo la friolera de diez años con un grupo de Volun­tarias de la Caridad y otros tantos años interesándome vivamente por esta institución, la primera que fundó Vicente de Paúl.
Con esta ponencia solamente pretendo ayudaros, modestamen­te, a recuperar, revitalizar y dinamizar el núcleo básico de toda existencia creyente y vicenciana: la solidaridad con los condenados de la tierra.


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Escuchando a los pobres

Antes que nada, hemos de abrir los ojos y el corazón para co­nocer el mundo de los pobres y los sustratos de necesidad y margi­nación que hoy se dan entre nosotros.

Este fue el primer paso dado por Vicente de Paúl: descubrir la «pasión de la humanidad», abrir los ojos a la realidad sangrante de su tiempo.

Pero aviso desde ahora que esta «escucha» del «clamor agudo, creciente, impetuoso y amenazante de los pobres», como nos dije­ron los obispos latinoamericanos en Puebla de los Angeles en 1979, no puede reducirse a estadísticas y a análisis friamente socio­lógicos, aunque tengamos que echar mano de las estadísticas y de los análisis científicos y sociológicos. Se trata de tomar conciencia más clara de quiénes son los pobres que nos interpelan desde nues­tras ciudades, barrios y pueblos. Se trata de descubrir el rostro su­friente y sufrido de esos hombres y mujeres que con frecuencia caminan junto a nosotros o acampan a nuestra misma puerta. Se trata de introducirnos empáticamente en su marginación. En defi­nitiva, se trata, como dice vuestro Documento de Base, de salir a la puerta de la calle y encontrarnos con ese enfermo que nadie visita, con ese niño abandonado, con esa familia sin recursos elementales, con ese extranjero aislado, con ese anciano ignorado por su propia familia, con esa joven madre soltera, con ese minusválido físico y psíquico…

Y, por supuesto, se trata de dejarnos iluminar por su sufri­miento, sentándonos nosotros mismos en el banquillo de los acu­sados. Porque, como dice Vicente de Paúl, «somos culpables si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia».

Los pobres en nuestra sociedad

Vivimos en una sociedad en la que se ha alcanzado un grado notable de desarrollo industrial y un consiguiente alto nivel de vida. Pertenecemos al área de países privilegiados de la Tierra si nos comparamos con los rasgos extremos de miseria inhumana de algunos países del Tercer Mundo.

Pero nuestra sociedad sigue siendo «una inmensa máquina de fabricar pobres», como ya advirtió Pablo VI. Y esta fábrica tiene, en cada época socioeconómica, sus propias escorias y sus propios subproductos. Nuestra sociedad ha logrado eliminar alguna mise­ria clásica, pero ha engendrado y sigue engendrando nuevos y di­versos tipos de pobres.

Por ello, la variedad y complejidad de las diversas situaciones es grande. Cada vez van apareciendo nuevos pobres. Pero, en un grado u otro, siempre podremos observar en los últimos de nues­tra sociedad una pobreza que ofrece las mismas constantes: margi­nación, desvalimiento, soledad, precariedad de existencia, condi­ciones inhumanas de vida, inseguridad…

Además, este deterioro socioeconómico y esta inseguridad so­cial tienden a fomentar un clima de insolidaridad, de desconfianza mutua, de egoísmo que hacen aún más duro el desamparo y la marginación de los que no pueden valerse por sí mismos. Y así, los pobres más pobres e indefensos ven amontonarse sobre sus ca­bezas una diversidad de facetas que agravan su situación de des­arraigo social. Terriblemente estamos construyendo una «civiliza­ción» que supura todo el «humus» necesario para seguir cultivando marginados.

No sé si será muy ortodoxa y técnica la división que voy a ha­cer, pero me atrevo a trazar la siguiente radiografía: en nuestra so­ciedad actual se dan estos estratos: «los ricos-ricos» (no creo que sea necesario explicar quiénes son éstos); «los ricos-pobres» (los anteriores, pero con alguna carencia física, psicológica o espiri­tual); «los pobres-ricos» (la clase media, que tiene unos cauces para hacerse oír y para plantear sus derechos y reivindicaciones; cauces como los partidos políticos, los sindicatos, los medios de comunicación social), y «los pobres-pobres» (los que nadie quiere, los que están en la cuneta, los que son ignorados por los partidos políticos porque no saben votar, los que no son tenidos en cuenta por los sindicatos porque ni producen ni consumen, los que no son admitidos ni por los revolucionarios porque son «basura hu­mana»…). A una Asociación de Caridad, como cristiana y vicen­ciana, solamente le debe importar el angustioso clamor de estos últimos: «los pobres-pobres».

Ocho millones de españoles son oficialmente pobres

Cáritas Española publicó, a mediados del año 1984, un infor­me objetivo y serio. Según este estudio, alrededor de unos ocho millones de españoles se encuentran bajo el «umbral de la pobre­za», de los cuales casi cuatro millones están en el concepto eufe­místico de «pobreza severa», algo que uno, realísticamente, califi­caría sin ambages de «miseria». Apunta el citado informe que los ingresos medios de las familias españolas son de 1.050.165 pesetas anuales, lo que significa una media mensual de 87.513 pesetas. Por debajo de la mitad de estos ingresos, es decir, menos de 43.756 pesetas mensuales por familia, se encuentran más del 23 por 100. Y casi cuatro millones de españoles tocan fondo, con ingresos mensuales inferiores a las 10.000 pesetas.

Y este informe apunta también a la estructura de desigualdad social que, en nuestro país, sigue siendo escandalosa. Porque mien­tras el 21,6 por 100 de las familias más pobres disponen tan sólo de un 6,9 por 100 del total de ingresos, el 10 por 100 de las fami­lias más ricas acumulan más del 40 por 100 de toda la renta fa­miliar.

«La verdad desnuda es que España hoy es más pobre que hace diez años, en una proporción aproximada al 20 por 100.» Esta afirmación tajante no es ningún eslogan más o menos dema­gógico ni electoralista. Es la constatación dolorosa y sopesada de los obispos miembros de la Comisión Episcopal de Pastoral Social en su documento sobre «La crisis económica y la responsabilidad moral». Y añaden: «Las diferencias entre ricos y pobres son ahora mayores que entonces… Hay más de dos millones y medio de tra­bajadores en paro involuntario. De ellos, sólo setecientos mil tie­nen seguro de desempleo. Hay un millón en búsqueda del primer empleo, sin encontrar un puesto en la sociedad y en la vida. Cerca de ochocientas mil personas malviven diariamente. Alrededor de medio millón de ancianos viven en la pobreza. De ellos, unos cien mil viven en situación de mendicidad. Casi dos millones de fami­lias campesinas se han ido empobreciendo… Es un hecho compro­bado, en 1984, la disminución real de las pensiones más bajas… Existen zonas o ciudades enteras abocadas a una muerte económi­ca lenta…» Esto lo decían los obispos españoles a mediados de septiembre de 1984. Ocho meses y medio después la situación es más negra. No hace falta nada más que asomarse a las informa­ciones diarias referentes a todos los campos de la marginación: las cifras se han disparado.

Vuestra Asociación puede ratificar este aumento de la geogra­fía de la marginación por los casos y el número de los pobres a los que atendéis y a los que no podéis atender porque rebasan vues­tras posibilidades reales. Y, con esta misma fecha, Cáritas Dioce­sana de Barcelona ha publicado un informe donde se dice que «en los últimos tres años las demandas de ayuda a Cáritas han expe­rimentado un aumento del 600 por 100, en Barcelona», y que «el paro y la carencia de recursos indispensables son los factores de­terminantes de este fuerte incremento».

Podríamos decir que los españoles alistados en las filas de la pobreza superan hoy la proporción que señalaba el Informe Foes­sa de 1970.

En los márgenes de la pirámide

Pero lo que a nosotros nos interesa ahora es el descubrimiento de algo elemental: que la crisis siempre afecta vitalmente a los mismos de siempre, a los que se hallan en los márgenes de esa pirámide cerrada de la sociedad. Porque en una sociedad donde no se valora al hombre por ser tal, sino por su rentabilidad eco­nómica, quedan fuera los que «no hacen falta», los que «no im­portan».

Y en esos márgenes de la pirámide social están aquellos que los sociólogos llaman «el producto de los costes humanos de la desigualdad».

Así, en los márgenes de la pirámide se hallan los siguientes co­lectivos, como clamor más agudo y angustioso en estos momentos:

Los hombres rotos por la explotación. Es decir, los emigran­tes. La mano de obra barata. Los que, en alemán, se conocen como «trabajadores invitados», para mayor cinismo semántico. Los que fueron y son acomodados más como animales que como seres humanos, en barracones de madera con dormitorios comunes y en zonas carentes de infraestructura urbanística. Un anuncio aparecido en un diario alemán no puede ser más elocuente: «Se ofrece establo como la mejor oportunidad para albergue de caba­llos o de trabajadores extranjeros.»

Y, por supuesto, todo lo que conlleva esta explotación en la familia migrante: «los niños de ninguna parte», con sus secuelas de falta de identidad. Y los jóvenes, la segunda generación migrante, creciendo sin raíces. Tal vez todo esto se arregle con la entrada de España en la CEE. Pero también esta hipótesis está por ver.

Pero a partir de la crisis económica europea surgió el «retorno de esos trabajadores invitados». Y la marginación, el paro, la mi­seria se cebó y continúa cebándose en ellos. Y los mismos que mandaban divisas y que iban subiendo el tono de la nación espa­ñola se han visto envueltos en el círculo vicioso de la explotación, se han visto tragados por su vorágine maldita.

Por supuesto, aplíquese todo esto a los emigrantes interiores. A los que, en los años sesenta y setenta, buscaron «El Dorado» en las ciudades industriales españolas, en Cataluña, Euskadi…, y hoy han visto cerradas las puertas que les abrieron y las puertas -que les vieron partir.

Los hombres rotos por la marginación. Son muchos los co­lectivos marginados, y muchos los seres humanos que hay dentro de ellos: 1.500.000 minusválidos físicos, 600.000 minusválidos psí­quicos, 500.000 enfermos mentales, 600.000 gitanos, 4.000.000 al­cohólicos, 5.000.000 ancianos…

Y es que era de esperar que nuestra sociedad —sustentada por los pilares de la productividad, la rentabilidad, el vigor y la com­petitividad— tendría que ir dejando al margen a todos aquellos que «ni producen ni consumen». Porque a esta sociedad no le in­teresan para nada los que no son ni «productores ni consumido­res».

Es fácil adivinar las tremendas consecuencias sociales que tiene la localización de estas marginaciones. Por ejemplo, cuando a unos padres se les comunica que su hijo es subnormal se les está anun­ciando que «la sociedad será despiadada con él». Por ejemplo, has­ta los seis años es prácticamente imposible encontrar un puesto de educación preescolar para los minusválidos psíquicos: ¡hay 520 plazas en toda España! Y eso a pesar de la tan cacareada ley de integración escolar. Y una vez cumplidos los dieciocho años, el va­cío es semejante. No hay residencias donde acoger a los deficientes que carecen de familia. Unicamente 13.000 plazas censadas para varones y 9.500 para mujeres. Por ejemplo, no es extraño que el mayor índice de suicidios lo den hoy los ancianos, porque se dan cuenta de que son «trastos viejos», y no es extraño que, a finales de junio, se empiecen a llenar los hospitales de Madrid de gente anciana que está sana, pero que es abandonada allí por su familia para «veranear tranquilos sin la pesadez del abuelo». Y tampoco es extraño que en Vicálvaro, Zaragoza, Rentería, Gijón, Madrid, Jaén, Sevilla, Barcelona, etc., a los gitanos se les niegue el pan y la sal, y que asociaciones de padres de alumnos, con su profesión de catolicismo y sus manifestaciones por la libertad de enseñanza, no puedan ver que sus hijos estudien con los gitanos o se mezclen con ellos. Así hemos hecho esta sociedad y así funciona.

Porque estar marginado es todavía peor que estar explotado. El explotado es parte constitutiva del sistema capitalista, lo mismo que el esclavo era parte del sistema del Imperio romano o el siervo de la gleba lo era de la sociedad medieval. De esos hombres no se puede prescindir porque sin ellos no funcionarían los correspon­dientes sistemas. Pero el marginado no es necesario para nada. Sin el marginado el sistema funciona lo mismo o mejor.

— Los hombres rotos por el paro. El ministro de Trabajo decía que dentro de muy poco rebasaremos en España la cifra de tres millones de parados. La cifra tabú. Y los parados comparten con los marginados la angustia de no ser necesarios a la sociedad. Y son arrastrados a angustias mayores. Caen en la llamada «neurosis del parado», es decir, en los conflictos familiares, en la desescolari­zación de los hijos, en las perturbaciones sexuales, en el asco total por la vida. Y esto les lleva al «síndrome del parado», la enferme­dad que desemboca en el alcoholismo y en el suicidio.

Sin olvidar la problemática del paro juvenil y su aterrizaje en el desarraigo, la delincuencia y la drogadicción. Hay barrios donde se facilita «gratis» la primera dosis de «porro» a los jóvenes parados para ir «abriendo mercado».

Los ultrapobres. Son esos colectivos que los sociólogos no saben dónde situar ni clasificar. Se escapan de toda clasificación. No encajan en la terminología clásica y tradicional.

Y son «los mendigos», a la caza de la limosna y de la «sopa boba», y que se mueren de frío en los inviernos duros. Son esos «transeúntes» que resultan incómodos a los honorables viandantes y a los ciudadanos de conciencia perfumada. Esos «seres desarrai­gados» que andan como «perros perdidos sin collar», a los que acusamos de «pícaros y sinvergüenzas».

Son «los drogadictos», con su ruina total a cuestas, su ruina física, moral, psicológica, espiritual.

Son «los presos y excarcelados», con su ficha negra para siem­pre, con su vacío moral para reintegrarse en una sociedad que no quiere saber nada de ellos y que no se preocupa de las mínimas condiciones para que estas personas recuperen su dignidad.

Son «los trabajadores extranjeros», con su ilegalidad y su clan­destinidad, sometidos a toda explotación y marginación y sin po­der abrir nunca la boca por miedo a ser «repatriados». Y, actual­mente, con una ley de extranjería como la espada de Damocles sobre sus cabezas. Ese más de medio millón pisoteado en el Ma­resme catalán, en las minas del norte de España o en los barrios de las grandes ciudades…

Y son ese ejército de «niños abandonados, prostituidos, maltra­tados, destrozados física, psíquica y moralmente» por la ambición salvaje de los adultos.

Estos ultrapobres acumulan todos los males, miserias, margi­naciones, explotaciones y abandonos.

— Las bolsas de pobreza rurales. En la ciudad y por hombres de la ciudad, se hace la política. En la ciudad y para hombres de la ciudad, la tecnología desarrolla sus maravillosos inventos. En la ciudad y para hombres de la ciudad, se crea y se transmite la cien­cia y el saber…

Y ahí están 277 comarcas deprimidas de las 458 existentes. Ahí están, trágicamente, las cuatro grandes bolsas de pobreza que agrupan a muchas de esas comarcas: el interior gallego; toda la franja que rodea a Portugal; el círculo que tiene su centro en la confluencia de las provincias de Albacete, Jaén y Granada, y el gran bolsón desertizado de Soria, Guadalajara, Teruel y Cuenca.

Muchas de esas comarcas, abandonadas por los jóvenes y po­bladas por personas que se mantienen con las pensiones escasas de invalidez o de vejez, se han convertido, literalmente, en antesalas del cementerio. Y bien pueden repetir aquellos versos de Martín Fierro:

«… En su boca no hay razones aunque la razón le sobre; que son campanas de palo las razones de los pobres.»

Eso sí, al campo lo solemos mitificar muy virgilianamente. Lo solemos alabar mucho los fines de semana. Y admiramos mucho a los labradores, a los campesinos, pero de lejos. La realidad es que ni siquiera nos importan ni nos interesan los problemas, a veces trágicos, de la España rural. Nos suenan a cosas de otra galaxia. Y esto es lo peor: nuestro desconocimiento y nuestra total indife­rencia.

La realidad interpelante

Ante este clamor de los pobres, descrito muy sucintamente y vivido desde una cierta cercanía, no cabe otra actitud que un lúci­do examen de conciencia. Sobre todo cuando se constata que en esta realidad de injusticia estamos implicados los cristianos como cómplices silenciosos o consentidores indiferentes.

Porque estos pobres concretos de nuestra sociedad son signo claro de que todavía Dios no reina entre nosotros como Padre de todos. Y una Asociación cristiana y vicenciana tiene que tener la osadía de someterse a una despiadada autocrítica. Tiene que tener la valentía de preguntarse si su seguimiento de Jesús de Nazaret no es excesivamente abstracto, ilusorio y conformista. Tiene que tener la suficiente lucidez para preguntarse, por ejemplo, ¿cómo puede ser creíble el mensaje de fraternidad de Jesús de Nazaret que anunciamos si no estamos encarnados en la «pasión de la humanidad», compartiendo los problemas y angustias de los pobres, defendiendo sus derechos y comprometidos en sus aspiracio­nes por una vida más humana y libre? Aún más, tiene que interpe­larse sobre qué Evangelio leemos y escuchamos si los primeros be­neficiarios no son los más pobres y olvidados de nuestra sociedad.

Pero esas preguntas todavía tienen que ser más concretas para los miembros de una Asociación como la vuestra, impulsada por la practicidad de Vicente de Paúl: ¿Qué pasos debemos dar para ir tomando conciencia más clara de que no podemos ser la Iglesia de Jesús si no somos la Iglesia de los pobres? ¿Qué transformaciones se tienen que dar en nosotros y en nuestras obras para estar más cerca de los pobres?

Renacer a la solidaridad

He aquí la respuesta y el reto que tenemos planteado: la solida­ridad. Lo que Pablo VI llamaba «el nuevo nombre del amor»: la solidaridad. Lo que el Papa actual, Juan Pablo II, ha dicho en la encíclica Laborem exercens: «La solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social, la explotación y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres.»

Nosotros, como Nicodemo, nos preguntamos si es posible na­cer de nuevo, siendo ya viejos. Nos preguntamos si es posible, en medio de la noche oscura de la marginación y la injusticia, nacer de nuevo a la luz. Y la fuerza del Espíritu nos empuja a «nacer a la solidaridad», al «sacramento primordial de la solidaridad».

Este es el desafio ineludible para el creyente, y especialmente para los miembros de una Asociación de Caridad. «Renacer a la solidaridad» en medio de una sociedad insolidaria. En medio de una sociedad que es capaz de tener sentimientos de solidaridad ante desgracias producidas por fenómenos naturales, terremotos, inundaciones, etc., pero no tiene el más mínimo sentimiento de sensibilización ante las tragedias diarias producidas por la misma sociedad egoísta e injusta.

El clamor de los pobres y la voluntaria de la caridad

«Renacer a la solidaridad» en medio de una profunda crisis de solidaridad. Yo creo que el Concilio Vaticano II fue muy optimis­ta cuando, en la Gaudium et Spes, detectó, como «signo de los tiempos», la creciente solidaridad entre las personas y los pueblos.

 

«Renacer a la solidaridad» en medio de una sociedad que so­lamente es solidaria con los intereses grupales o corporativistas. Que solamente muestra una «solidaridad de clase» para defender unos intereses de grupos poderosos, una especie de «sindicalismo burgués». Pero que no se digna mirar las carencias estructurales de los débiles.

«Renacer a la solidaridad» en medio de una sociedad que se autotitula «cristiana y civilizada», pero que pesa sobre ella «el jui­cio de los pobres». Aquello que decía san Vicente de Paúl: que «los pobres tienen las llaves del cielo y nos lo abrirán o nos lo cerrarán según nos hayamos portado con ellos». Aquello que Jesús de Nazaret nos urge en el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo. Aquello que el Papa Juan Pablo II acaba de gritar en su viaje a Canadá cuando advierte que los países pobres juzgarán y condena­rán a los países ricos y desarrollados ante el tribunal de Dios.

Presupuestos de la verdadera solidaridad

Una Asociación como la vuestra no actúa, no debe actuar, ni por mero humanismo ni por simple sentido ético. Eso estaría bien, pero sería insuficiente. Hay que dar un paso más y actuar por lo que somos: seguidores de Jesús de Nazaret. Aquí está la primera clave de la solidaridad verdadera.

Hay que arrancar, entonces, de Jesús de Nazaret anonadado y hecho esclavo solidario con los pobres. Cristo, evidentemente, no hace acepción de personas. Dios es Padre de todos. Pero es Padre, primeramente y ante todo, de los que viven o malviven desampa­rados. Es vindicador del huérfano y de la viuda. Es defensor de los indefensos. Y ellos, los pobres, están en el centro del corazón de Dios. Ahí está el canto más revolucionario de la historia, el «Magnificat» de María: un canto que hemos dulcificado y espiri­tualizado en exceso, pero que nos dice claramente cómo Dios de­rriba de sus tronos a los poderosos y enaltece a los humildes, cómo Dios despide vacíos a los ricos y llena de bienes a los ham­brientos, cómo Dios se fija en la poquedad de sus hijos. Y ahí está la carta del apóstol Santiago que nos habla de cuál es la religión pura e intachable: visitar al huérfano y a la viuda en sus necesida­des y no mancharse las manos con las estructuras de injusticia y malignidad de esta sociedad.

Y esta solidaridad verdadera debe arrancar de la solidaridad de Jesús de Nazaret con los pobres, precisamente «por ser pobres», solamente «por ser pobres», no por otra cualidad. Cristo ama al pobre, defiende al pobre porque esa persona es pobre y margina­do, no porque sea bueno, piadoso, honrado. Y ya sabemos que los pobres no siempre son, humanamente, los mejores, los que tienen las mejores cualidades. Con frecuencia son desagradecidos, igno­rantes, sinvergüenzas, duros, exigentes… Ya lo advertía san Vicente de Paúl y ya nos urgía él a algo fundamental: que, precisamente por eso, porque los pobres tienen muchos defectos, por eso hay que amarlos más, por eso hay que defender más sus- derechos, porque han perdido hasta su dignidad humana. A nosotros nos suele ocurrir lo mismo que al autor del «Pseudoevangelio de To­más», que tenía miedo al amor a los pobres por «los pobres mis­mos». Y así se esfuerza en encontrar cualidades humanas y espiri­tuales en los pobres. Por ejemplo, cuando relata la parábola de la oveja perdida nos dice que el Pastor fue a buscar a la oveja desca­rriada porque ésta era la más gorda del rebaño. O lo mismo que al Talmud de Jerusalén: cuando nos habla del rico Epulón y del pobre Lázaro nos dice que el pobre Lázaro fue al paraíso porque era piadoso y el rico Epulón fue al fuego eterno porque era impío. Es decir, que para estos señores hay que amar al pobre por sus cualidades. Todo lo contrario de los hechos y el mensaje de Cristo, liberador del pobre por su condición de pobre.

Esta solidaridad verdadera tiene que arrancar también del tes­timonio de los creyentes más arriesgados. Y para vuestra Asocia­ción el gran testimonio es el de aquel creyente que un día se deci­dió a dar toda su vida en favor de Cristo en la persona de los pobres. Aquel creyente llamado Vicente de Paúl. Y este creyente nos ha dejado una lección fundamental: que la caridad es el signo visible y creíble de la Iglesia. Y él mismo lo empezó a poner en práctica cuando el 23 de agosto de 1617 fundó vuestra Asociación.

Y, evidentemente, esta solidaridad tiene que arrancar de la «prioridad del amor». Y para esto no hay que dar muchas vueltas; basta con abrir la primera carta de Pablo a los fieles de Corinto, en su famoso capítulo XIII. Si los actos y gestos de solidaridad no están cimentados y envueltos en el amor, esa solidaridad corre el peligro de convertirse en una táctica ideológica o en un cúmulo de meras buenas intenciones.

Pero aún hay más. Hay que dar otro paso para la verdadera solidaridad. Se puede enunciar así: «es urgente volver a unir fe y solidaridad». Porque hemos vivido demasiado tiempo un cristia­nismo dicotómico. O éramos cristianos del primer mandamiento o del segundo mandamiento. Esto es, o amábamos mucho a Dios, pero pasábamos de largo ante el prójimo caído, o amábamos mu­cho al prójimo bajo un humanismo ideológico pero nada desde Dios. Hace falta, pues, ser cristianos de un solo mandamiento: el amor a Dios que se expresa en el amor al prójimo. Y al prójimo más necesitado y marginado. Porque hay que ser conscientes de que una fe que no nos lleve al compromiso con los desheredados se convierte en una alienación espiritualista. Y hemos de aceptar también que el test del verdadero cristiano está en el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, fui ex­tranjero y me acogisteis, estuve enfermo y vinisteis a verme, estuve preso y me visitasteis.» Y Jesús de Nazaret, en ese mismo capítulo, nos remacha: «Cualquier cosa que hagáis a uno de estos más pe­queños, a mí me lo hacéis.» No es necesario subrayar que, en el lenguaje bíblico, «pequeño» significa humilde, pobre, marginado. Y no hace falta recordar que ese capítulo 25 de san Mateo es el criterio de salvación o de condenación, el juicio de los pobres, al que Dios nos va a someter.

Finalmente, no hay solidaridad verdadera si no leemos el Evangelio y la realidad desde, con y para los pobres. Aquí está otra clave principalísima de la verdadera solidaridad. Hay que ha­cerse una pregunta urgente: ¿Desde dónde leemos el Evangelio y la realidad, desde los pobres o desde otras coordenadas? Según sea la respuesta sincera a esta pregunta estaremos en el camino de una verdadera solidaridad 9, por el contrario, estaremos viviendo una solidaridad falsa e hipócrita. Sólo un ejemplo: Vicente de Paúl lle­gó a ser el luchador incansable por los derechos de los oprimidos, el liberador de los condenados de su tiempo, el Buen Samaritano de los vejados en el camino de la vida, el gran creyente comprometido por la causa de Cristo en la persona de los explotados, por la sencilla razón de que supo leer el Evangelio y la realidad coti­diana desde los pobres, con los pobres y para los pobres. Ese fue su secreto. En su tiempo también hubo personas que leyeron el Evangelio y la realidad, pero lo hicieron desde posiciones abstrac­tas, espiritualistas y acomodaticias. Y por eso no aterrizaron en el mismo compromiso vicenciano.

Hacia una solidaridad real

Una Asociación como la vuestra, cristiana y vicenciana, tiene que «renacer a una solidaridad real». No se puede conformar con bellos y conmovedores gestos de solidaridad meliflua. No se puede amparar en buenas intenciones de solidaridad o en tinglados más benéficos que solidarios.

Para ello tenéis que tener un firme convencimiento: no se pue­de ser realmente solidario sin estar encamado en el mundo de los pobres; no se puede dar la solidaridad sin la encarnación. En defini­tiva, no se puede servir al pobre, solidarizarse con el pobre, si no nos bajamos hasta el pobre, si no nos anonadamos hasta el abis­mo del pobre. De lo contrario, la solidaridad se convertirá en bu­rocracia o en ayuda a distancia. Y éste es el gran peligro que co­rremos constantemente. Y la burocracia nunca es solidaria; es pro­fesionalización, donde el pobre es un cliente más. Yo os invito a profundizar en ese perfecto e inmenso modelo de solidaridad-en­carnada que nos pone Pablo en su himno cristológico, en el capítu­lo segundo de su carta a los Filipenses.

Pero la solidaridad real implica también —y es consecuencia de la encarnación— el «sentir» al pobre y con el pobre; el «compar­tir» con el pobre, en su más profunda raíz etimológica. Es decir, entrar en una perfecta «empatía» con el pobre. Para esto hace fal­ta un gran esfuerzo de mentalización y una inmensa carga de fe, sobre todo una inmensa carga de fe.

E implica, por supuesto, algo que siempre resulta muy dificil y complicado. Me refiero a «dejarse zarandear por el pobre». Me re­fiero a que captemos totalmente que el pobre tiene derecho a exi­girnos, tiene derecho a reprocharnos nuestras negligencias y desidías, nuestros espiritualismos y abstracciones, nuestros piadosis­mos y egoísmos. Porque es Dios mismo quien nos lo exige y re­procha. Y porque vuestra Asociación es un instrumento de la bondad y de la ternura de Dios para con los pobres. Y Dios mis­mo os ha escogido para que restituyáis al pobre lo que la sociedad injusta le ha robado.

Así, el pobre se convierte en «amo y maestro de cada miembro de vuestra Asociación». Y, como «amo y maestro», tiene todo el derecho de ser exigente. Un contemporáneo de san Vicente de Paúl, el filósofo Blas Pascal, decía: «Si Dios nos diese directamente un maestro, habría que obedecerle; los acontecimientos y necesi­dades de los pobres son ese maestro infalible al que hay que obe­decer.» Vicente de Paúl tuvo muy claro todo esto.

Todo lo anterior quedaría incompleto si no llegamos a la con­clusión esencial y vital para una Asociación cristiana como la vuestra: que el pobre es sacramento de Cristo. Y subrayo tanto el verbo «es» como la realidad palpable de «sacramento de Cristo». Un teólogo alemán, J. Moltmann, ha dicho: «El pobre, antes que destinatario de nuestros servicios, es la presencia latente y patente del Señor crucificado entre nosotros.»

Educarse para la solidaridad

Ahora bien, para que esta solidaridad tenga un cimiento y una cierta duración es imprescindible someterse a una «educación para la solidaridad», esforzarse en un «aprendizaje de solidaridad». E inmediatamente surge la pregunta elemental: ¿Qué significa educar­se para la solidaridad? A esta pregunta voy a tratar de responder.

Significa, en primer lugar, «cambiar de mentalidad». Y este cambio de mentalidad lleva aparejado un «cambio de valores» y una «inversión de la pirámide de la sociedad». Porque vivimos en una sociedad que proclama como valores supremos la competitivi­dad, la productividad, el tener más, el poder, el dinero, el placer, la agresividad… Una sociedad que pretende envolvemos en unos valores paganos que, en realidad, son antivalores humanos y evan­gélicos, aunque muchas veces pretendamos bautizarlos de mil ma­neras. Y el creyente auténtico tiene que luchar consigo mismo y contra su entorno para edificar una escala de valores verdadera­mente evangélicos. Tendrá que educarse en todo lo que conlleva el valor de la solidaridad con el pobre, es decir, educarse en el «com­partir», en la «austeridad», en el «servicio desinteresado», en el «consumir la vida por los demás». Tendrá que llegar a concientizar­se de que la vida adquiere el valor supremo cuando se gasta y se desgasta por el desvalido y el abandonado. Tendrá que educarse, en definitiva, en los valores de las Bienaventuranzas, que son los valores del Reino de los cielos. Tendrá que estar en un esfuerzo constante para «invertir esa pirámide de valores paganos que la sociedad ha ido construyendo».

En segundo lugar, hay que educarse en la «responsabilidad so­cial». Una «responsabilidad social» que implica la dimensión social y política de la fe. Llegar al íntimo convencimiento de que todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en las estructuras de ma­lignidad que se están generando; de que todos tenemos nuestra pequeña culpa en el «pecado del mundo» y sus componentes de injusticia, explotación, opresión, desamparo, marginación. Tene­mos que profundizar vivencialmente en el gran misterio interrela­cional del Cuerpo Místico de Cristo.

Y cuando hablo de la dimensión «política» de la fe no me re­fiero, por supuesto, a la política de partidos. Me refiero a su senti­do más originario, a la construcción de la «polis», de la ciudad te­rrestre, que es, en definitiva, la construcción «aquí» del Reino de los cielos. Me refiero a que seamos conscientes de que el mundo salió «bueno» de las manos de Dios y nosotros, con nuestras ac­ciones y omisiones, hemos estropeado esa «bondad». Pero también tenemos que ser conscientes de que el «mundo» tiene que volver «bueno» a las manos de Dios. Y para ello la fe tiene que expresar­se en un compromiso serio y eficaz de reconstrucción del mundo. Ahí está la tarea «política» de la fe.

Permitidme que, en esta educación para la solidaridad, insista en un aspecto muy importante. Y es la educación en el dificil y evangélico arte del «compartir». Pablo VI decía, en su encíclica Populorum Progressio, algo de esto: «No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario.» Y Juan Pablo II ha hablado también, en más de una ocasión, de la «hipoteca social» que pesa sobre toda propiedad privada. Evidentemente, se trata de recoger lo que aparece nítidamente en el Evangelio y en la rica teología de los Santos Padres: la actitud efectiva de «compartir». Sin ello no hay verdadera solidaridad ni disposición para una real solidaridad.

Tres niveles de solidaridad

Yo titularía este apartado con una expresión un tanto berlan­guiana. Lo titularía así: «Del siente un pobre en su mesa a la lucha por una sociedad nueva». El título es un poco caricaturesco, pero indica bien la evolución que tiene que desarrollar la solidaridad en vuestra. Asociación. Gracias a Dios ya parecen acabados aquellos tiempos en que el estereotipo de la «señora de la caridad» era aquella película de Luis G. Berlanga, Plácido, que reducía la cari­dad a sentar un pobre en la mesa el día de Navidad.

Y aquí se encierran esos tres niveles de solidaridad que Vicente de Paúl os señala al fundar vuestra institución. Tres niveles que tienen que marchar juntos y simultáneos.

El primer nivel es la «acción asistencial». Algo que creíamos ya superado, perteneciente a los duros años de la posguerra y del ra­cionamiento, pero que, desgraciadamente, lo exigen los pobres de hoy porque tienen hambre, desnudez, miseria, abandono. Hay que seguir dando ese «pez» que quite el hambre.

El segundo nivel es la «acción promocional». Algo que tantí­simas veces olvidamos: que no hay solidaridad con el pobre si no promovemos sus derechos inalienables, si no trabajamos para que recuperen su dignidad humana y cristiana. No se puede uno que­dar en la mera «asistencia servicial», hay que pasar a este segundo nivel, a ser «promotores de los derechos del pobre». Incluso influir para que el pobre mismo tome conciencia de su dignidad y de sus derechos y él mismo se «autopromocione». Ya sé que esta «auto-promoción» es hoy muy dificil, pero hacia ella hay que tender.

El tercer nivel apenas lo hemos llevado a cabo. Siempre nos ha dado un poco de miedo o de recelo. Se trata de la «denuncia de las estructuras injustas de la sociedad y de las acciones pertinentes para cambiar esas estructuras». Porque no solamente hay que ser justos, también hay que trabajar por la justicia. Y la sociedad actual es una terrible máquina que está generando pobres a través de sus egoístas estructuras socio-económico-políticas. Se trata de fre­nar esta infernal maquinaria de fabricar pobres.

Y se trata de volver la vista a vuestro fundador. Porque mu­chas veces nos han pintado un Vicente de Paúl que parecía del «ropero de Cáritas» o una especie de «limosnero extraño». Sin embargo, hoy nos están presentando al verdadero Vicente de Paúl, el creyente arriesgado hasta el extremo. Y se nos presenta a un Vicente de Paúl que llevó a cabo valientemente este tercer nivel de solidaridad. Que tuvo el atrevimiento de denunciar públicamente al primer ministro, el cardenal Mazarino, porque era un auténtico fabricante de pobres. Que pagó un alto precio por esa denuncia profética, al ser desterrado durante seis meses de la ciudad de Pa­rís por el citado cardenal Mazarino. Esto parece que lo teníamos olvidado los miembros de la amplia familia vicenciana. O nos daba miedo imitar a nuestro padre. Dejadme que os cite aquel pa­saje en el que san Vicente de Paúl pone como ejemplo para las Hijas de la Caridad —y es algo que, por extensión, nos afecta a toda la familia vicenciana— la actitud de una Hija de la Caridad, sor Juana Dalmagne, que se atrevía a denunciar a los ricos que no pagaban los impuestos, «para sobrecargar a los pobres», y les de­cía públicamente que su acción era «contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos».

Una solidaridad organizada

Este fue otro descubrimiento de Vicente de Paúl. Un descu­brimiento que está en la base de vuestro nacimiento como Cofra­día o Asociación. Vicente de Paúl dijo, el 20 de agosto de 1617 en Chatillon-les-Dombes, aquella frase lapidaria: «He aquí una gran caridad, pero está mal organizada.» Y dicen que, a partir de ahí, establece una red organizativa de caridad y solidaridad por casi toda Francia que hoy mismo nos asombra.

La conclusión a la que llega Vicente de Paúl es la misma que tenemos que tener en cuenta hoy: que en la solidaridad no se pue­de ser francotiradores. Hay que construir una solidaridad organi­zada que tienda á una caridad socializada, es decir, a una caridad que fomente y cree la fraternidad, la comunión fraternal, la comu­nidad de hermanos.

Y esta solidaridad organizada tiene que hacerse actualmente a través del «Voluntariado». Esto ya lo descubrió también Vicente de Paúl. No es nada nuevo, aunque hoy se ponga más de relieve y suene a novedoso.

Y un «Voluntariado» que tenga una preparación. No casa bien el «Voluntariado» con el «amateurismo». Se requiere una prepara­ción seria, especializada, no basta la buena voluntad. La misma sociedad os exige hoy esa preparación profesional. Ya no se puede caminar con la marmita y el cesto de pan, porque vivimos en la época de los ordenadores.

Para esta solidaridad organizada os hace falta un guía. Y no encuentro otro mejor que el «Documento de Base», que es la conti­nuación actualizada de aquellos Reglamentos que Vicente de Paúl dio a las primeras Cofradías de la Caridad, a los primeros Volun­tariados de la solidaridad.

Y, por supuesto, esta solidaridad organizada tiene que estar abierta a los «nuevos pobres» que van surgiendo. Porque la solida­ridad es la apertura a todas las pobrezas, es la capacidad para salir de «nuestro pequeño mundo». El sello de esa solidaridad organi­zada tiene que ser éste: que ninguna miseria, vieja o nueva, sea ajena a una Voluntaria de la Caridad.

«El amor es inventivo hasta el infinito»

Esta frase de Vicente de Paúl, que vuestro «Documento de Base» toma como santo y seña, es la mejor conclusión de lo que vengo diciendo. Porque la persona que, de verdad, quiera ser solidaria, se esfuerce por descubrir a Cristo en el pobre, intente «sentir» con el pobre y luche por jugarse el tipo por el pobre, tendrá siempre creatividad, porque el amor es el motor que le impedirá acomo­darse e instalarse.

Tendríamos que exigirnos lo que Vicente de Paúl se exigía ya de mayor: siempre se puede hacer más. Y, sobre todo, tendría que preocuparnos la situación de los pobres antes que la propia insti­tución. Es lo que decía el mismo Vicente de Paúl: «Me preocupa la. Compañía (se refería a los Sacerdotes de la Misión, pero vale para cualquiera de las obras que él fundó), desde luego, pero no tanto como los pobres. Nosotros siempre podremos salir de apuros yéndonos a pedir pan a otras casas nuestras, si lo tienen, o a tra­bajar como vicarios en las parroquias, pero los pobres, ¿qúé pue­den hacer o dónde encontrarán con qué vivir? Ellos son mi peso y mi dolor.»

Puntos para el trabajo por grupos

1.° El clamor de los pobres:

Las cifras son escalofriantes. Ocho millones de españoles son oficialmente pobres. Leer datos que ofrece la ponencia. Ante esta realidad no podemos quedarnos indiferentes.

2.° Renacer a la solidaridad:

He aquí la respuesta y el reto que tenemos planteados. Lo que Pablo VI llamaba «el nuevo nombre del amor»: la solida­ridad. Lo que el Papa actual, Juan Pablo II, ha dicho en la encíclica Laborem exercens: «La solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social, la explotación y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres.»

3.° Presupuestos de la verdadera solidaridad:

a) La clave de la verdadera solidaridad está en Jesús de Nazaret anonadado y hecho esclavo solidario con los pobres.

b) Leer el Evangelio y la realidad cotidiana desde los po­bres y para los pobres.

4.° Hacia una solidaridad real:

Nuestra Asociación, cristiana y vicenciana, no se puede contentar con bellos y conmovedores gestos de solidaridad meliflua. Para ello es preciso tener en cuenta lo siguiente:

a) No se puede ser realmente solidario sin estar encarna­do en el mundo de los pobres. No se puede dar soli­daridad sin encarnación (leer capítulo II de la Carta de san Pablo a los Filipenses).

b) «Dejarse zarandear por el pobre», porque son «nues­tros amos y maestros». Los pobres nos evangelizan.

c) El pobre es «sacramento de Cristo». El pobre, antes que destinatario de nuestros servicios, es la presencia latente y patente del Señor crucificado entre nosotros.

5.° Educarse para la solidaridad:

¿Qué significa educarse para la solidaridad?

a) Cambiar de mentalidad. Este cambio exige un «cambió de valores» y una «inversión de la pirámide de la so­ciedad».

b) Responsabilidad social, que implica la dimensión so­cial y política de la fe. La fe tiene que expresarse en un compromiso serio y eficaz de la reconstrucción del mundo. Ahí está la tarea «política» de la fe. (Leer el documento de la Conferencia Episcopal Española titu­lado Los católicos en la vida pública.)

c) Educar en el difícil y evangélico arte de «compartir». «No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusi­vo lo que supera a la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario» (Populorum Progressio, de Pablo VI).

6.° Una solidaridad organizada:

a) Hay que construir una solidaridad organizada que tienda a una caridad socializada, es decir, a una cari­dad que fomente y cree la fraternidad y la colabora­ción. San Vicente de Paúl es modelo en esta materia. Por eso el Papa León XIII le nombró patrón de todas las obras de caridad, que de algún modo dimanan de él.

b) Es preciso también un «Voluntariado» que tenga pre­paración. No basta buena voluntad. Ya no se puede caminar con la marmita y el cesto de pan, porque vivi­mos en la época de los ordenadores. Para esta solida­ridad organizada os puede ayudar el Documento de Base, que es la continuación actualizada de aquellos reglamentos de caridad que Vicente de Paúl dio a las primeras Cofradías de la Caridad.

Preguntas para la reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Qué pasos debemos dar para ir tomando con­ciencia de que no podemos ser la Iglesia de Jesús si no somos la Iglesia de los pobres?
  2. ¿Qué cambios se tienen que dar en nosotros y en nuestras obras para estar más cerca de los po­bres?
  3. ¿Qué significa educarse para la solidaridad?
  4. ¿Desde dónde leemos el Evangelio y la realidad cotidiana, desde los pobres o desde otras coorde­nadas?
  5. ¿Cómo se entiende que el amor es inventivo hasta el infinito?

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