Es muy posible que los misioneros veteranos recuerden a qué hace referencia el entrecomillado título. Evidentemente no por haber sido testigos de ello sino porque en “tiempos de exaltación patria” de mediados del siglo XX fue publicitado en varias ocasiones, especialmente para “poner en su sitio” al P. Étienne[1] y, de paso, santificar la paciencia y resistencia española ante las provocaciones del gabacho[2]. Dos elementos culturales aportaron su granito de arena en esta novelita por entregas: la arraigada francofobia del tradicionalismo español (lugar habitual de la mayoría de miembros de la CM española) y, por otra parte, la no menos arraigada consideración tercermundista a que someten los franceses a todo aquello que exista por debajo de los Pirineos.
1.- El contexto de la Congregación de la Misión
La situación de la Congregación al finalizar el s. XVIII no era ni mucho menos boyante. En la XVI Asamblea General de 1788 se abordan varios problemas que muestran esta realidad[3]: “insuficiencia en la selección, formación, estudios y acompañamiento de los misioneros jóvenes; descuido y decadencia de las misiones parroquiales; necesidad de reformas en el apostolado de los seminarios; difusión de un espíritu de insubordinación; omisión por parte de los visitadores de la visita canónica a sus casas y ausencia de relación de ella al superior general; rigurosidad o laxitud en exceso por parte de los superiores locales; irregularidades financieras; visitas problemáticas de mujeres a las casas o a las habitaciones de los individuos; uso de relojes de oro, pelucas, hebillas de plata en los zapatos, fajines de seda; juego de naipes y otras violaciones del voto de pobreza; colapso de la vida espiritual en muchas casas y falta de instrucción religiosa en los Hermanos y en el personal doméstico”[4].
El torbellino revolucionario que acabaría con el Antiguo Régimen, iba a destruir también la Congregación de la Misión, al menos como había existido en los siglos XVII y XVIII. Al ser restaurada y fundada de nuevo en las primeras décadas del siglo XIX, se enfrentó a la tarea de recobrar su primitivo espíritu y redefinirse de un modo que le permitiese ser otra vez fuerza vital de Francia. Era de esperar, por otra parte, que afrontaría, además de los desafíos del nuevo siglo, los legados del pasado aun cuando, tras el restablecimiento (febrero de 1816) era apenas una sombra de lo que fue antes de la Revolución. Los primeros residentes en el “nuevo” san Lázaro fueron 13 padres, 8 seminaristas, 2 Hermanos y 2 empleados. Sumemos a esta precariedad la controversia de los “vicarios generales”[5].
Es en este contexto en el que llega a París (29 de septiembre de 1820) Juan-Bautista Étienne que, con el paso de los años, protagonizará el “caso Armengol”. Formaba entonces la comunidad que vivía en la casa-madre 14 viejos “venerables escombros del antiguo edificio levantado por las manos del fundador”[6]. En toda Francia debieron volver a la Comunidad un número bastante inferior al centenar quedándose varios cientos entre el clero diocesano, hecho que, a juicio del P.Étienne no habría que lamentar por cuanto “habrían sido un estorbo para el restablecimiento de la primitiva regularidad”[7]. Recibida la ordenación sacerdotal el 27 de septiembre de 1825 fue designado secretario del vicario general, procurador de la casa de San Lázaro y prefecto de la capilla de la comunidad. “En todo el recorrido de su vida, la casa-madre sería su único destino en el que siempre ejercería alguna manera de poder”[8].
El llamado “cisma de los vicarios”[9] quedó solucionado (aunque el P. Baccari pondrá múltiples trabas prácticamente hasta su muerte en 1834) con la elección del P. De Wailly como Superior General (26 de enero de 1827). Su mandato duró algo más de un año (murió el 23 de octubre de 1828). Una de sus primeras decisiones fue nombrar al P. Étienne (27 años) secretario y procurador general. Ambos cargos los retuvo hasta su elección como Superior General el año 1843.
La XVII Asamblea General (abierta el 15 de mayo de 1829) eligió el día 18 como Superior General al P. Salhorgne (pese a sus peticiones negativas). La descripción que hace el P. Étienne de los asistentes a dicha Asamblea no tiene desperdicio: “Todos los que formaban parte de ella eran ancianos, encorvados por el peso de los años, y encanecidos en medio de las tribulaciones del exilio y en los trabajos de los ministerios”[10].
El 15 de agosto de 1835 se convoca la XVIII Asamblea General, duramente criticada por el P. Étienne desde múltiples aspectos. En ella se acepta la dimisión de Salhorgne y se elige como Superior General a Juan Bautista Nozo de quien el P. Étienne tiene una nefasta opinión[11]. Hasta tal punto es la inquina, que tramita su propio destino a Argelia al frente de la misión vicenciana. Los intentos de hacerle obispo de Argel enfriaron sus ánimos. No es menos peyorativo el juicio que realiza sobre Bailly (el tercero de los candidatos a Superior General) y, por lo leído, en franca oposición a Nozo. Este enfrentamiento provocó un escándalo mayúsculo que acabó en los tribunales[12].
El 27 de julio de 1841 comenzó la VIII Asamblea sexenal[13]. Los delegados estaban divididos en dos claras facciones: los “nozoístas” y los “antinozoístas”. Nozó presenta su renuncia y nombra vicario general a Poussou. La decisión fue aprobada por unanimidad aunque las buenas relaciones entre ambos se deterioraron con prontitud. Las actividades financieras y casos diversos de conducta presumiblemente irrespetuosa de Nozó con las Hermanas enturbiaron la situación que llegó a su punto culminante con el enfrentamiento que se produce con la Santa Sede en la que la figura del P. Étienne no sale nada bien parada[14]. El 3 de julio de 1842 el P. Nozo presentó por escrito ante el Papa su renuncia como Superior General con lo que se inicia un periodo de múltiples tensiones entre italianos y franceses por la sucesión (todo ello con idas y venidas ante la Santa Sede).
El 1 de agosto de 1843 se abre la XIX Asamblea General. El día 4 es elegido superior General el P. Étienne que permanecerá en el cargo hasta su muerte el 12 de marzo de 1874. Salió elegido en la primera votación al recibir 21 de los 30 votos posibles. Elección que es aceptada por el Rey Luis Felipe el 26 de septiembre de 1843, previo informe positivo del Ministro de Cultos. ¡Toda una declaración de intenciones que no aplicará ni con italianos ni con españoles! El crecimiento y la expansión mundial de la Congregación, en los primeros 50 años de su “segunda existencia”, fueron fenómenos notables aunque eclipsados por el fenomenal auge de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Crecimiento y expansión no exentos de dificultades por mucho que el mismo P. Étienne lo vendiese como señal divina. Uno de los casos que refleja estas dificultades de manera más notoria será el de España o, por centrarlo en una persona, el “caso Armengol”.
2.- El contexto sociopolítico español
Mostramos cuatro pinceladas a modo de marco de comprensión. Nuestra historia se desenvuelve en el segundo tercio del siglo XIX que se inicia, en España, con la muerte (1830) del pendular Fernando VII y finaliza con el estallido revolucionario de 1868. Un periodo en el que el liberalismo se asienta definitivamente dejando en su caminar unos cuantos cadáveres, bien que de signo distinto. Mártires, en todo caso, para ambas parcialidades.
La derrota carlista en 1839 propició el ascenso al poder de los liberales. Aunque su política insistía en “reformas”, pronto se impondrá una realidad claramente anticlerical desplegada, entre otras determinaciones, en el Decreto sobre prebendas eclesiásticas (9-3-1834), obligación de ir a quintas a los novicios religiosos (3-4-1834), supresión de conventos con menos de doce religiosos profesos (25-7-1835), supresión de órdenes religiosas masculinas y reducción de las femeninas (11-10-1835), declaración de venta de todos los bienes religiosos (19-2-1836), supresión de conventos, monasterios, etc… (8-3-1836). Todo ello, más algunas matanzas de frailes en Madrid (17 julio 1834) y Barcelona (25 julio 1835) llevaría a la ruptura de relaciones diplomáticas con el Vaticano (27 octubre de 1836) y al cierre de la Nunciatura (29 diciembre 1840) lo cual impidió el nombramiento de nuevos obispos. A finales de 1840 sólo doce diócesis, de sesenta, tenían obispo.
La supresión de las órdenes religiosas y la venta de sus propiedades socavaron una de las instituciones fundamentales de la Iglesia del Antiguo Régimen. Los ex-frailes y ex-monjes intentaron organizar su vida como párrocos o vicarios pero la mayoría pasaron a depender de las modestas pensiones del Estado, que rara vez se pagaban. Su eliminación privó a la Iglesia de sus evangelizadores, educadores y propagandistas más activos. Este vacío no pudo llenarlo el clero secular, mal preparado para asumir mayores responsabilidades. Por otra parte, permitió al Estado extender su autoridad sobre el campo de la caridad y de la enseñanza secundaria[15].
La Constitución de 1845 supuso, entre otras cosas, la aceptación de la religión Católica como la del Estado que se obliga a mantener el culto y sus ministros[16]. Con la firma del Concordato de 1851[17] (que es recibido con abierta hostilidad por los progresistas, con discreta reserva por los moderados y con tranquila aquiescencia por los clérigos[18]) se normalizan las relaciones Iglesia-Estado. A partir de este momento, con objeto de hacer frente a la desmoralización e indiferentismo, resurgen las misiones populares, aumenta el interés por la instrucción religiosa y aparecen nuevas asociaciones no sólo interioristas sino, sobre todo, voluntaristas (p.e. la Sociedad de San Vicente de Paúl). Todo ello permitió a la Iglesia adecuarse a la sociedad liberal aunque en las ciudades, con un creciente proletariado, el nivel de observancia religiosa parece ir en declive.
El censo de 1860 da cuenta de un clero secular de 42.765 individuos (unos 4.000 más que a principios de la década de 1840) mientras los religiosos sumaban 1.638 distribuidos en 62 residencias. Las circunstancias por las que había pasado la Iglesia hicieron que el clero secular cambiase la orientación de su trabajo, dedicándose ahora principalmente a labores pastorales. Entre el clero femenino, tanto de clausura como el dedicado a la asistencia social, comienzan a tener un peso específico las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (aumentarán de 887 a 1.657 entre 1854 y 1868).
Los obispos, dada la nueva orientación pastoral, vieron limitadas sus funciones aunque aumentaron su autoridad dentro de la Iglesia. A partir de 1857, bajo la influencia del confesor de la Reina, P. Claret, los nombramientos (basados aún en el Concordato de 1753) recayeron generalmente sobre religiosos cuya cualidad principal era la lealtad a la soberana o sobre los que no se consideraban abiertamente hostiles al Estado liberal. Aunque había algunos obispos de origen aristocrático, la proporción de obispos procedentes de clases modestas se incrementó notoriamente.
3.- La situación de la CM en España
Las Leyes de 1835 y 1868, ésta en menor medida, deshacen la C.M. a todos los niveles (institucional, material, actividad pastoral…). La consiguiente dispersión del personal, sin embargo, introdujo varios elementos novedosos en la vida de los misioneros como son la dependencia de las Hijas de la Caridad para su existencia en España, la conexión en Francia con los nuevos modelos de educación en los Seminarios y, por último, la internacionalización de la acción de la Provincia de España (México, Cuba, Puerto Rico y Filipinas).
La inestabilidad del período hizo más previsores a los Superiores que buscaron las bases fundacionales en medios más seguros (dotación del Estado) que en épocas anteriores (tierras, inmuebles…). Estas dificultades, por otra parte, hicieron arraigar en los misioneros un sentimiento de pertenencia a la Congregación más fuerte si cabe, que se manifiesta, sobre todo, en su general permanencia en la misma y en el afán de reconstruirla en cuanto las circunstancias lo permitiesen.
Los ministerios a los que se dedica su personal son los tradicionales, con ligeros matices: adquiere singular importancia la atención a los Seminarios y a las Hijas de la Caridad, menguan en la misma medida los Ejercicios Espirituales a Ordenandos y seglares, mientras que las misiones populares se ven entorpecidas notoriamente por las circunstancias sociopolíticas.
Con las sucesivas supresiones y aperturas de casas, pierde su hegemonía el espacio aragonés (no se recuperan Guisona, Barbastro, Reus ni Valencia). El traslado de la casa central a Madrid modificará en lo sucesivo la orientación de la Provincia de España y la procedencia de los misioneros. Durante todo este período se convocan Asambleas Provinciales por parte de los PP. Masnou (1861) y Maller (1863, 1867, 1873 y 1874)[19]. La evolución de las casas y miembros de la Congregación residentes en España en este período es la siguiente[20]:
| AÑO | CASAS | CLÉRIGOS | HERMANOS | SEMINARISTAS |
| 1836 | 1 | 77 | 24 | – |
| 1851 | 1 | 12 | 2 | 14 |
| 1868 | 6 | 44 | 39 | 83 |
| 1870 | 2 | 25 | 9 | 34 |
| 1875 | 5 | 30 | 20 | 24 |
4.- Breve Biografía del P. Buenaventura Armengol
Nació en Vilasar de Dalt (Barcelona) el 17 de febrero de 1800. Ingresó en la Congregación el 18 de julio de 1818. Ordenado de sacerdote dio algunas misiones desde la casa de Barcelona permaneciendo, posteriormente, en la casa de Valencia. En 1835 (disolución de la CM) pasó a Francia con los novicios. Fue enviado desde allí a los Estados Unidos como Vicario General de Orleáns y Búfalo. Acompañó, como Director, en 1844 a las Hijas de la Caridad españolas que fueron a México, donde logró el reconocimiento de la Congregación de la Misión de la que fue primer Visitador. Ejerció los mismos cargos en España durante los años 1853 a 1856. El P. Etienne, Superior General, le expulsó de la Congregación, junto con otros valiosos misioneros, y, a pesar de las súplicas por ser reintegrado en fecha tan tardía como 1874, no tuvo respuesta. Murió en Cuba el 9 de febrero de 1876.
5.- El “caso Armengol”
Dentro de todas estas circunstancias debemos ubicar los acontecimientos relacionados con el P. Buenaventura Armengol. Comencemos por decir que, deshecha la Congregación en España (1835), la principal de las preocupaciones de un buen número de misioneros es lograr su reconocimiento y reanudar sus trabajos. Entre dichos misioneros emerge la significativa figura del P. Buenaventura Codina. Visitador de la CM y Director de las HH. de la C. (1844) es elegido (a pesar de su oposición[21]) Obispo de Canarias con lo que debe renunciar a ambos cargos y, con ello, a llevar directamente las pertinentes negociaciones con el Gobierno. Unas negociaciones que iban por buen camino tal como lo expresa al Superior General en su carta del 4 de septiembre de 1847: “tenemos en Barcelona algunos hermanos nuestros muy edificantes, que pueden contribuir a formar un buen núcleo que levante la Congregación. Sobre todo, si usted cumple lo prometido, haciendo que vuelvan a España los Misioneros de aquí que están en las misiones extranjeras, no le faltarían individuos para reconstituir de nuevo la Congregación, si es restablecida en España, como lo esperamos, a pesar de las circunstancias”[22]. Nada tiene de extraño, por tanto, su profunda preocupación por perfilar la figura de su sucesor. En la misma carta sugiere algunos nombres: «El Sr. Roca, mi digno antecesor… El Sr. Igüés… hombre más apropósito para la dirección de las Hermanas… Si el Sr. Roca rehusa tomar de nuevo la carga, tenéis al Sr. Vehil… Podéis confiarle la dirección de las dos familias”. En carta del 3 de noviembre de 1847, en la que le muestra su desconcierto por su decisión de no nombrar sucesor, insiste en el tema: “en primer término, está mi antecesor el Sr. Juan Roca…; si éste, que juzgo el más a propósito, no quiere o no puede encargarse de la dirección de las Congregaciones, ahí tenéis al Sr. Vehil, del que os hablé en otra ocasión»[23].
El motivo de la premura no es otro que lo avanzado de las negociaciones en vista al reconocimiento de la CM. Su sentimiento de frustración es claro: “nuestra Congregación está en vías de tener existencia legal en España. Para conseguir tan feliz resultado se necesita aquí un representante del Superior General que pueda entenderse con la Reina y el Nuncio del Papa y hacer las gestiones necesarias, sin las que los asuntos mejor encaminados se vienen a tierra… Por consiguiente, os ruego por los Sagrados Corazones de Jesús y de María Inmaculada, que mudéis de parecer, dejando las cosas como hasta el presente. Que haya un representante del Superior General para gobernar las dos familias; de otro modo las considero perdidas…”[24]. Por estas u otras razones (¡vete a saber las intenciones del P. Etienne!)[25], el Superior General cambia su decisión, lo que motiva el agradecimiento del P. Codina: «Recibí con una complacencia inexplicable vuestra carta del 9 de este mes. Mis deseos se han cumplido: las dos familias de San Vicente en España, no estarán, como yo temía, acéfalas. Espero de un día para otro al Sr. Santasusana”[26]. Esta misma alegría reluce en la carta-despedida que dirige a las Hijas de la Caridad el 10 de diciembre de 1847: “Nuestro reverendísimo Padre (Etienne)… ha tenido a bien nombrar para este oficio al reverendo Sr. D. Ignacio Santasusana, como consta de sus Letras Patentes despachadas en París el 1.° del mes de Noviembre del presente año, que se me han exhibido y presentado… Aunque un poco tarde (29 de febrero de 1848), el propio P. Santasusana anuncia su nombramiento a las propias Hermanas: “Hasta ahora no os he dirigido las palabras que sin duda vosotras esperabais de mi boca. La circular que mi digno último antecesor os remitió, me pareció más que suficiente para que todas pudierais tener conocimiento de la elección que N.M.H.P. el Sr. Superior General había hecho de mi persona para suceder a aquél en el empleo de Director de vuestra congregación en España. Por eso he omitido yo el daros parte de este acontecimiento” [27].
El 19 de noviembre de 1848 expone el P. Santasusana al Superior General unos cuantos puntos que resumen de forma excelente el estado de la cuestión: el Concordato va por buen camino; uno de los puntos que se negocian es el reconocimiento de la Congregación; las condiciones que se imponen son dos: la dependencia inmediata de ningún extranjero[28] y un número suficiente de misioneros. El Visitador se muestra “deseoso de que la Congregación en España sea restablecida bajo el mismo pie que existía en 1835, y que la autoridad de V.R. sea reconocida y acatada por los Misioneros españoles… y el peligro que corre la Congregación en España de verse separada de la autoridad de V.R. si de antemano no se prepara el terreno”. Respecto a la segunda “pide que le diga si puede contar con los Misioneros españoles que están en el extranjero, caso de que el Gobierno le pregunte cuántos son, para restablecer la Congregación”.
A fin de “preparar el terreno” el P. Santasusana solicitará poder asistir a la Asamblea General de 1849 representando a la Provincia de España. Dos razones justifican esta petición: cortar el deseo de independencia de algunos misioneros españoles respecto a Francia y desactivar la objeción a no depender del Superior General. Ambas cuestiones pudieran darse en caso de no verse representados “ni haber podido hacer las observaciones oportunas”[29]. El P. Étienne acepta las razones. El P. Santasusana acude a la vigésima asamblea general a la que también asisten los PP. Maller, Visitador de EE.UU., Armengol, Visitador de Méjico y Amat, Superior de la casa de Filadelfia.
Es, en este momento, cuando interviene por vez primera el P. Armengol remitiendo al Superior General el 9 de septiembre de 1849 sus apreciaciones acerca del P. Santasusana: “Hay un asunto muy grave que debo poner en vuestro conocimiento. En general los Misioneros e Hijas de la Caridad, que lo conocen, tienen la idea de que el sr. Santasusana no es apto para estar al frente de las dos familias de San Vicente. Observo que comúnmente tienen puestos los ojos en el sr. Vehil, como hombre muy prudente y capaz para gobernarlas”[30].
Llegado a Madrid el P. Armengol se confirma en sus apreciaciones señalando que el propio Nuncio le dijo que el P. Santasusana no era a propósito para estar a la cabeza de las dos Congregaciones. En otra carta insiste que con sus imprudencias y sus manías todo lo echa a perder y aleja de la Compañía a las personas de las que tiene más necesidad. Sin embargo las observaciones del P. Armengol infunden sospechas de la influencia que sobre él ejerce el P. Madam, a juicio del P. Paradela, hombre muy pagado de sí mismo, doble e intrigante a natura, con poco o ningún espíritu eclesiástico y que no podía ver al P. Santasusana y, sobre todo, al P. Igüés. Llegan a oídos de Santasusana las maquinaciones, mas no rechaza las acusaciones. Pide se ponga a otro en su lugar. El P.Étienne dio largas al asunto, sospechando que el P. Armengol tenía en gran parte la culpa de la polvoreda que se había levantado contra el P. Santasusana”.
El 1 de enero de 1850, escribe el P. Santasusana al Superior General: “Sé por conducto fidedigno que el Sr. Ministro de la Gobernación está por la separación de la provincia de España de cualquier gobierno extranjero, aunque no se entromete en la elección del Superior. Si todos pensáramos lo mismo, fácilmente se podría burlar al Gobierno; pero no es así y ahí está la dificultad. Creo que ahora sería conveniente que usted tratase el asunto con el Sumo Pontífice y, si él no lo concede, quizá se aquietaran todos los nuestros… Ahora gozamos de paz y tranquilidad; pero no sé lo que sucederá cuando vuelva el Sr. Madám que se encuentra en Andalucía con los Sres. Armengol y Mata»[31]. Sus temores se cumplen, de forma que, a finales de este mismo mes de enero, comunica al Superior General que la permanencia del P. Madám en España era perniciosa para la Congregación dada la influencia que ejerce sobre los descontentos. Termina rogándole que, con cualquier pretexto, lo envíe a México[32].
No es, sin embargo, el P. Armengol el único en escribir sobre la capacidad del P. Santasusana. El P. Juan Roca (17 de marzo de 1851) comunica al Superior General que “el Sr. Santasusana es un buen sacerdote, muy instruido en la Teología moral y en Derecho canónico; pero sin talento para salir bien en los asuntos difíciles. Que, a su ver, serían más aptos los Srs. Escarrá y Armengol o también los Sres. Vehil y Sanz”[33]. Ante esta situación el P. Étienne envía a España, como comisario, al P. Escarrá para que forme un juicio exacto del asunto. Éste elabora dos informes (18 de junio[34] y 14 de julio de 1851[35]) en los que aborda tres temas con diferente opinión (en algunos casos). El concordato: “va muy bien” (18 de junio); “es muy combatido en las Cortes. Parece que este asunto está todavía lejano” (14 de julio); la separación: “nuestras Hermanas de España están por la unidad de Jefe. Los Sres. Roca, Santasusana, Igüés y Borja son tan partidarios de la misma unidad, que si se verificara la separación, están resueltos a irse a Francia. También se cree que los Sres. Barragán, Marimón, Serrato, Estany, Costa, Ángel, Domingo, Castán y Bosch, no están por la separación” (18 de junio); “el Sr. Vehil creo que no es tan afecto como otros muchos a los franceses” (14 de julio); el P. Santasusana: “todos nuestros hermanos de Madrid juzgan al Sr. Santasusana inhábil para Visitador y Director, y lo mismo creo que piensan los que están fuera de la Corte. No encuentro en él aquel talento y tacto de que debe estar dotado el Director” (18 de junio); “el Sr. Santasusana no es tan torpe, como se le ha querido hacer pasar, por servirse de los externos: solo se vale de ellos en las ocasiones, guardando silencio, y de este modo sale bien de los apuros, contra lo que esperaban sus adversarios. Por lo que mira al Sr. Roca (Juan), está todavía muy apegado al Sr. Madám … y no pudiendo tener parte en el gobierno con el Sr. Santasusana, no pierde ripio para apresurar la remoción de éste” (14 de julio).
A pesar de las dificultades señaladas por el P. Escarrá, el Concordato se firma el día 16 de marzo de 1851. En el artículo 29 se dice: “… el Gobierno de S.M…. tomará las disposiciones convenientes para que se establezcan donde sea necesario, Casas y Congregaciones religiosas de San Vicente de Paúl, San Felipe Neri y otra Orden de las aprobadas por la Santa Sede…” En el artículo 30, se estipula: «… se conservará el Instituto de las Hijas de la Caridad, bajo la dirección de los clérigos de San Vicente de Paúl».
Con la firma del Concordato no estaba resuelta la situación de la Congregación. A la dilación en aplicar lo consignado en el texto (ejecutada por R.O. de 7 de octubre de 1851) se añade el “motu proprio” de Pío IX del 1 de abril de 1851 afirmando que “todas las Congregaciones y Órdenes religiosas que se restableciesen en España dentro del decenio, quedasen sujetas al Ordinario”. Esto último dejó un tanto perplejos a los misioneros, de forma que el P. Escarrá escribirá de inmediato al Superior General informándole de sus pesquisas ante el Nuncio y la sugerencia de valerse del Embajador francés en Madrid “para que hiciese ver al Gobierno los males que de esto se seguirían”.
El P. Buenaventura Codina, ya ejerciendo de Obispo de Canarias, mantiene conversaciones con el Cardenal Arzobispo de Toledo y con el Nuncio. Tras estas conversaciones escribe al Superior General (16 de junio de 1851) diciéndole: «puede ser que el contexto de la R.O. al pronto alarme a usted; pero tranquilícese y no tema. Conozco las intrigas del Gobierno, y las disposiciones favorables del Sr. Nuncio y de S. Emma. el Cardenal de Toledo. Estaremos de acuerdo en lo sustancial. Mi parecer ha sido siempre que se debe conservar el Instituto tal como lo estableció San Vicente con la jerarquía oportuna, es decir: la sumisión de los individuos al superior local, de los superiores locales al Visitador y del Visitador con los demás miembros al Superior General. Sobre esta base trataré de edificar, no permitiendo que los Obispos se mezclen en el gobierno interior, contentándome con disponer de los Misioneros sólo en lo que se refiere al ejercicio de su ministerio externo”.
Con estas dos cuestiones entre manos, el P. Escarrá escribe el mismo 16 de junio de 1851 al Superior General con un único tema: “acerca del que debe ser nuestra futura cabeza». Su opinión es muy clara: «El Sr. Armengol es el más a propósito para Visitador de esta Provincia, que amáis tanto: cualquiera otro que coloquéis en este punto, es de temer que no nos sacará del atolladero en que nos encontramos. Este nombramiento será del agrado de Emma. y del Sr. Nuncio” insistiendo en que “nos enviéis cuanto antes, si os parece bien, la patente de Visitador nombrado y autorizado por usted”. “El P. Etienne, atendiendo las indicaciones de la carta anterior, nombró Visitador de España al P. Armengol. … Debía ser al propio tiempo Director de las hijas de la Caridad. Con objeto de que hubiese una persona a quien dirigirse oficialmente, se dispuso que el Nuncio nombrase Visitador interinamente al P. Santasusana, hasta que llegara el P. Armengol”[36]. El 3 de julio de 1853 desembarca éste en Santander. Pasando por Burgos, llega a Madrid a mediados del mismo mes y, con satisfacción de todos, toma posesión de su nuevo cargo. Poco después (23 de julio de 1852), mediante un Real Decreto, se restablece la Congregación[37].
La Comunidad ocupa su nueva casa (antiguo Palacio de Osuna) y aumenta poco a poco… Algunos, como los PP. Serrato y Estany, se muestran reacios en unirse a la comunidad, poniendo por excusa que la restauración no se había hecho conforme a las Reglas y Constituciones y que el Gobierno se mezclaba demasiado en los asuntos internos. Otros no vuelven por entonces, diciendo que la Congregación restablecida no era la fundada por San Vicente de Paúl. Se significó en este sentido el P. Ángel, capellán en el colegio de las Hermanas en la Selva, que comunicó su descontento a otros miembros de la Congregación que estaban en Barcelona. Estos fueron los que más adelante, según el P. Paradela, lanzaron al P. Armengol por caminos extraviados.
El P. Madam (por lo visto, jefe de la “intriga”), mientras tanto, iba de Madrid a Barcelona y de esta ciudad a la Corte maquinando hasta tal punto que el P. Escarrá afirmaba que, si no cambiaba de conducta, era un hombre peligroso dentro y fuera de la Congregación, previniendo al P. General que se lo advirtiese al P. Armengol, porque este no conocía bien al P. Madam. La falta de ingresos (recogida en la Real Orden) es atribuida “a las falsas ideas esparcidas sobre nuestra restauración por Misioneros que estaba en Cataluña y que no acababan de volver al seno de la Congregación. Otra de las causas creían que era la falta de una casa del Instituto en Barcelona, porque Cataluña había sido siempre el mejor plantel de nuestra seminario interno”[38].
En tal situación, el trabajo del Visitador, P. Armengol, es digno de resaltar[39]. En sendas cartas que dirige al Superior General, 1853, le dice que “estamos en vísperas de restablecer nuestras residencias de Valencia, Reus, Barcelona y de fundar en la Habana, Zaragoza, Salamanca y Burgos. Hay un número considerable de vocaciones. Le propongo para Superior de Valencia al sr. Vehil…; al sr. José Roca, para Superior de Mallorca…; para Superior de Reus al sr. Costa…; al sr. Canals para Superior de la casa de Barcelona…”[40] y en otra: “el número de Misioneros que hay en la Península es de 35 sacerdotes con votos y dos sacerdotes novicios (srs. Velasco y Ruiz Tejada). Advierte que los PP. González de Soto y Fantova, que habían pertenecido a la Congregación, deseaban volver y que por lo que mira al primero están dispuestos a admitirle… Nuestro Seminario pronto estará lleno”[41].
Bien sea por el influjo, entre otros, del P. Madám, por las circunstancias políticas españolas o por el centralismo etiéenico, la situación va a ir complicándose. Así se lo expresa el P. Escarrá al Superior General en su carta del 18 de noviembre de 1853: “el Gobierno español se muestra celoso de que los Misioneros españoles dependan de un superior extranjero” no cortándose un pelo al añadir “en todo, sin duda, anda la mano oculta de Madám y de algún otro Misionero”. El hecho es que el P. Armengol, de acuerdo con alguno de sus Consejeros, pidió al P. General poderes extraordinarios para obrar casi en todo poco menos que con independencia absoluta, aunque con obligación de darle cuenta.
Obviamente los Sres. Escarrá y Santasusana son de parecer de que no se los otorgue escribiendo el primero de ellos al P. Etienne: “mi dictamen acerca de la extensión de poderes a nuestro Visitador es que no conviene concederle demasiado porque observo en él tendencia a gobernar independiente. Pero conviene que usted le trate con cautela, porque él puede gobernar las dos Compañías…». Pocos días después, añade: “hace pocos días que el Sr. Madám me habló con mucha viveza de la separación de nuestra provincia como de cosa casi cierta. Esto será perder la Congregación en España, le respondí. Sí, también yo lo reconozco, replicó emocionado … Aunque no creo todo lo que éste afirma, con todo, en vista de las conjeturas que hay acerca del asunto, me creo obligado, si bien con pena, a daros parte del hecho. Si tal acaeciere, os ruego que me digáis cómo debo portarme, y lo mismo piden los Sres. Santasusana, Igüés, etc.»[42].
Por si hubiere alguna duda, es el propio P. Armengol quien escribe a últimos de febrero de 1854 al Superior General: “permitidme una palabra sobre nuestra separación de la unidad de la Congregación. Usted sabe las circunstancias en que nos encontramos por parte del Gobierno. A pesar de todo, que se vea nuestra conducta y ella será la mejor apología de los Misioneros españoles acerca de este punto. Conozco las bellas disposiciones en que todos ellos se encuentran. Por eso me parece que sería bien conceder al Visitador la amplitud de poderes que las circunstancias reclaman. Hablo por el interés general de la Compañía; no por mí. Me mantengo en este puesto con cierta especie de violencia. Mientras tanto trabajo con toda la eficacia posible y la obra aumenta prodigiosamente. Cuando haya terminado mi cometido y esté todo en orden, os enviaré con humildad y gratitud la dimisión, esperando que usted tendrá la bondad de dejarme en un rincón para mejor santificarme”[43].
A su vez, y poco después (7 de mayo de 1854), son los propios consejeros del P. Armengol (Escarrá, Santasusana e Igüés) quienes escriben al P.Étienne en los siguientes términos: “todos los Consejeros del Visitador tememos que el Sr. Madám con el Sr. Armengol soliciten la separación de nuestra provincia del jefe de la Congregación. Los motivos de nuestro temor helos aquí: 1° Los antecedentes del Sr. Madám, que es partidario de la separación, con la esperanza de ser colocado en un puesto honorífico, que de otro modo no lo obtendrá jamás …; 2° La conducta del Sr. Armengol respecto del Sr. Madám. Le concede todo lo que le halaga. Le permite la mayor parte de los días estar casi siempre fuera de casa… En fin, el Sr. Madám es su principal confidente; 3° Los disgustos e inquietudes que le han ocasionado vuestras advertencias; 4° La idas y venidas, que se nos procuran ocultar, del Sr. Madám cerca de los Ministros. Todo esto bien considerado nos parece que, aunque no sea suficiente para dar un juicio definitivo, basta para sospechar fundadamente… El Sr. Madám cuenta con muchos medios: es muy hábil en los negocios; tiene relaciones con personas poderosas de todos los matices; el Sr. Sartorius, Presidente de Ministros, y el Sr. Domenech (progresista), Ministro de Hacienda e interino de Gracia y Justicia, aprecian mucho al Sr. Madám y a veces se sirven de él. Además, el Sr. Madám es muy vidrioso y todavía no ha recobrado el espíritu de nuestra vocación y, mientras no lo recobre, será más perjudicial que útil a esta Casa-Noviciado. Pero el Sr. Armengol no ve en él más que virtudes y cualidades relevantes…»[44].
La situación se va complicando, y algunos otros misioneros se ven obligados a intervenir. Un ejemplo es la carta del P. Amat (electo Obispo de Monterrey) al Superior General de finales de mayo de 1854: “por lo que mira al asunto gravísimo de la separación… puedo asegurarle que los Misioneros aman la vocación y no quieren ningún cambio…; es de temer la separación porque el Gobierno la quiere y si éste la pide la aprobará la Santa Sede… Mas el Gobierno no lo hará si no hay quien se lo indique por parte de los Misioneros o de las Hermanas y éstas no lo harán sin la influencia de alguno de nuestros hermanos. Si hay alguno capaz de esto parece ser el que usted me indicó en París: fue un mal paso, un paso fatal el recibir en esta casa al sr. Madám… Por otra parte, él tiene ascendiente sobre el sr. Armengol, según parece, sobre las Hermanas y sobre los empleados del Gobierno; está dotado de muy buen talento, maneras agradables, gracia y sabe insinuarse; pero no puede ver a Francia ni nada de lo que venga de allá aunque sea de los Superiores mayores… No conviene de ningún modo que echéis al Sr. Madám de la Congregación, ni que cambiéis por ahora al Sr. Armengol. El mejor remedio sería que el Padre Santo le llamara para darle cualquier destino: es hombre de talento, y muy apreciado por las autoridades eclesiásticas y en estado de hacer mucho bien fuera de la Congregación. Otro medio menos eficaz, si se pudiera alcanzar del Sr. Armengol que lo enviara a cualquier sitio o a una casa con sujetos que no se dejasen seducir y donde no tuviese comunicación alguna con las Hermanas; pero sin que él se dé cuenta, porque de lo contrario sería echarlo todo a perder»[45]. En el mismo sentido van las cartas que en junio de 1854 dirigen al Superior General los PP. Santasusana y Escarrá[46].
Tampoco ayudaba mucho el comportamiento del Superior General, P. Étienne. A su poca comprensión de la situación española y su sordera a las insistentes peticiones de repatriación del personal disperso por el mundo, añade el afrancesamiento de las Hijas de la Caridad. Entendemos que la carta que le dirige el P. Armengol el 2 de abril de 1855 es harto significativa: “tengo entendido que los Superiores Generales de Francia ejercen sobre las Congregaciones de Presbíteros Seculares y de Hijas de la Caridad, fundadas ambas por S. Vicente de Paúl, una jurisdicción amplia, y en la actualidad están haciendo instancias a algunas Hermanas para que pasen a París con el fin de enviarlas a la América en fundaciones francesas, lo cual debe ocasionar inconvenientes de consideración. Para cortarlos sería quizás a propósito, que las referidas Congregaciones se gobernasen por Superior, o Vicario General, español, como se hace en las demás Corporaciones, impetrando de la Sta. Sede el Breve correspondiente”.
En éstas se encontraba el asunto, cuando la Junta de Beneficencia hace público un Informe que le remite el vocal D. Pedro Gómez de Serna, Fiscal de la Cámara del Patronato Real, insertando dos dictámenes (22 y 25 de septiembre de 1855[47]) que se refieren “a la comunicación del Visitador de las hermanas de la Caridad”. Tras un largo preámbulo, en el que describe la situación “hasta el momento” y se reconoce la dependencia inmediata de ambas congregaciones al Superior General: “el Visitador general, sus Consejeros y los Superiores de las Casas particulares vienen a ser en España, el órgano de un Prelado extranjero, sin que tengan la libertad de acción que es necesaria para obrar en el sentido más conveniente a los intereses del país”, se entra en materia. Dice el texto: «en la extensión que van tomando las Congregaciones esto puede ser de funestas consecuencias. Al gobierno por otra parte le falta un Prelado con quien entenderse, puesto que el Visitador que hay aquí, debe subordinarse en todo a lo que desde París se le ordene… El remedio de esto parece fácil: … Consérvese, como es conveniente, la unidad de las congregaciones; tengan éstas un Superior general para todas sus fundaciones que están esparcidas por el mundo. Pero nómbrese para España un Vicario general que sea español. En este sentido convendría abrir negociaciones con Su Santidad. El fiscal no encuentra ningún inconveniente en que el primer nombrado fuera de elección de la Santa Sede. Con tal que fuera español lo aplaudiría, si esto podía conducir a la facilitación de las negociaciones». El segundo de los dictámenes reproduce el anterior por lo que la Cámara toma la determinación de que lo más acertado es que “se hagan las gestiones convenientes a llevar a término este negocio”.
La reacción del Superior General ante este Informe fue fulminante a tenor de lo expresado en la carta que el P. Armengol dirige al Ministro de Gracia y Justicia (1 de noviembre de 1855[48]): “juzgo ser de mi obligación el poner en conocimiento de V.E. las medidas destructoras que ha dictado nuestro Superior General de París luego que ha sido sabedor del recurso que el gobierno de S.M. (q.D.G.) ha elevado, o intenta elevar al sumo Pontífice”. Las destructoras medidas a las que se refiere son: “el Superior General depone al actual Visitador y a la Visitadora, y manda partir inmediatamente para París a la Hermana Asistenta Sor María Josefa Rovira. Entroniza a los tres sujetos de ideas galicanas, que con sus secretas comunicaciones han dado ocasión a esta ruina. Estos sujetos son D. Melchor Igüés, residente en esta Corte; D. Ignacio Santasusana que reside en la Selva, y Sor Francisca Moriones residente en el Noviciado. Ha mandado el General al Sr. Igües que dé publicidad a sus disposiciones, lo cual no se ha hecho hasta el presente por temor y para prevenir gravísimos males”.
La opinión del P. Armengol sobre esta reacción es clara: “Previendo esas disposiciones violentas del General, consulté hace tres meses, con el Sr. Cardenal nuestro Prelado sobre la conducta que en este caso debía guardar, y me contestó que estas providencias debían considerarse nulas hasta que el Sto. Padre resolviese”. A tenor de lo que se indica en la misma carta, alguna responsabilidad tienen algunos misioneros españoles por cuanto se sugiere “dar pasaporte al Sr. D. Ignacio Santasusana para la Selva, donde permanezca hasta nueva orden; al Sr. Melchor Igüés para Badajoz, y a sor Francisca Moriones para la Inclusa de Pamplona en el mismo sentido”. Un último punto muestra el grado de desencuentro al que se había llegado entre ambas autoridades (y quienes de una u otra manera están en sus entornos). La claridad de la exposición que hace el P. Armengol basta para entenderlo: “Debo también poner en conocimiento de V.E. que tenemos en el Noviciado de París (rue de Bac n.° 140) cuatro Hermanas españolas de mucho provecho, sacadas de España ilegalmente, esto es, sin Real permiso, y contra la voluntad de los Superiores de España. Siendo S.M. Patrona del Noviciado y de ambas Congregaciones, la debemos profesar un tierno amor y una grande fidelidad, y no podemos mandar Hermanas a nuevas fundaciones, ni al extranjero, sin su Real permiso. En esta parte ha sido inflexible, y esta puntualidad ha sido un crimen delante de los Superiores de París: y para atraer a esas inocentes Hermanas se han valido de todos los medios posibles, prescribiéndolas que tomasen dirección a la frontera de España, y de ahí pasasen a visitar a las Hermanas de Bayona, de donde se dirigieron a París, y quieren enviarlas a Chile”.
Referente a este tema o, más bien, aprovechándose de ellas, remite el subsecretario de Gracia y Justicia, D. Manuel Gómez, al propio Ministro una comunicación (2 de noviembre de 1855) que le ha hecho llegar el P. Armengol, como Visitador de las Hermanas de la Caridad en la que propone abiertamente “la conveniencia de que las congregaciones de dicho instituto, sean regidas por un vicario español… teniendo en consideración los graves males que pueden resultar a los establecimientos de Beneficencia de que las Hermanas de la Caridad españolas dependan de un prelado francés”. Para llevar esto a cabo ruega el P. Armengol “se sirva V. adoptar cuantas medidas le sugiera su buen juicio y considere conveniente”. Pocos días después (9 de noviembre) el mismo P. Armengol muestra su perplejidad, en carta que dirige al fiscal D. Pedro Gómez de la Serna, ante la rocambolesca situación: por un lado, la política de hechos consumados propiciada por el Superior General y llevada a cabo por los PP. Santasusana e Igüés; por otro, la confirmación, por parte del sr. Cardenal, de que dichos actos son nulos.
El mismo día, de parte de la Reina, llega al P. Armengol una carta que dice: “Enterada la Reina (q.D.g.) de que el Superior General de las Congregaciones de San Vicente Paúl con objeto de impedir en lo posible la reforma solicitada por el gobierno supremo en la dependencia de la Congregación Español de la de París, intenta separar a V.S. de la Dirección y Visita general, y asimismo a otras personas de los cargos que respectivamente desempeñan, se ha servido S. M. mandar, prevenga a V.S. que mientras el Gobierno de S.M. por conducto de este Ministerio de mi cargo no disponga otra cosa, no se haga movimiento ni innovación alguna en el personal de estas Congregaciones, ni del extranjero para el interior del Reino, ni del interior para el extranjero. La respuesta del P. Armengol es inmediata (día 10) y, además de agradecer la resolución, le indica que: “me parece necesario separar de Madrid a las personas que turban la paz de las Hermanas, mandando al Sr. D. Melchor Igües a Mallorca, al Sr. D. Ignacio Santasusana a la Selva, y a Sor Francisca Moriones a la Inclusa de Córdoba, expidiéndoles el conveniente pasaporte”, máxime cuando “los Superiores de París han enviado circulares alarmantes a todas las Casas de las Hermanas”.
Como es fácil de suponer todos estas “idas y venidas” enrarecen al clima en ambas Congregaciones, especialmente en las Hijas de la Caridad. En la sincera carta del 10 de noviembre les expresa los pasos dados hasta el momento (decisión de la Reina y su Gobierno) y la situación de conflicto con el Superior General (sentencia de deposición contra el Visitador y Visitadora) señalando como punto final: “en vista de estas disposiciones, debéis mis carísimas Hermanas, tranquilizaros y aguardar con paz las disposiciones del Vicario de Jesucristo, que no serán ciertamente para destruir nuestras Congregaciones, sino para elevarlas a una más alta perfección. Seamos Hermanas mías muy amadas, sencillos de veras, humildes, abrasados de caridad, amantes de la pobreza, de la obediencia, de la presencia de Dios, y nuestra unidad será sublime”. El gesto es agradecido en la carta del 14 de noviembre: “dándome conocimiento de que la Reina (q.D.g.) tiene por conveniente la medida de alejar de esta Corte las personas perturbadoras de la paz de las Hermanas, a saber, el Sr. D. Melchor Igüés destinado a la Casa de Mallorca, D. Ignacio Santasusana con destino a la Casa de la Selva, y Sor Francisca Moriones a la Inclusa de Córdoba, mandando que este atento servidor de V.E. fije a cada uno el término en que deban verificarlo. Creo necesario que todos salgan el viernes próximo 16 de este mes. Ignoro si ha llegado el Sr. Santasusana, que se aguardaba de un momento a otro. Si no hubiera llegado, juzgo que debe salir dentro de 24 horas después de su llegada”. Como se ve, ninguna de las partes tiene deseos de moderar sus posturas. Es el momento en que el P. Armengol decide viajar a Roma “a fin de llevar a un término feliz el negocio consabido”.
Para que las cosas vayan bien recurre a varias amistades a fin de que le faciliten el viaje y las precisas entrevistas. Así, al Ministro de Justicia le solicita (24 de noviembre de 1855): “se digne obtenerme el Real permiso para el referido viaje que conviene acelerar cuanto sea posible”. A través de d. Juan Zabala se dirige a Antonio Cánovas del Castillo, Encargado de Negocios de S.M.C. en Roma (28 de noviembre) indicando que “espero le auxilie con sus conocimientos e influencia en todo aquello que su posición le permita y su prudencia y fino tacto le aconsejen”. Don Manuel de la Fuente dirige (28 de noviembre) al Párroco de Santiago en Roma una breve nota en la que le dice que “sus muchas y buenas relaciones en esa Corte, así como sus útiles conocimientos no dudo serán de gran provecho a mi recomendado a quien apreciará mucho por las estimables prendas que le adornan y todo esto me causará sumo placer”. El mismo don Manuel de la Fuente (y el mismo día) se dirige a don Antonio Cánovas del Castillo en estos términos: “no extrañará V. que yo le recomiende muy eficazmente al precitado P. Armengol y la misión que a la Corte Pontificia le conduce, a fin de que le auxilie en ella, con conocimientos, relaciones e influencia en cuantos casos pueda necesitarla, y hasta el punto que su posición Diplomática, su claro talento y dirección permitan dispensársela”.
Obviamente, quienes mantienen una postura “unionista” tampoco se quedan con los brazos cruzados. Recurren al Embajador de Francia en España que remite a don Juan de Zavala, Ministro de Gracia y Justicia, una extensa carta (18 de diciembre de 1855) razonando los motivos por los que las cosas deben permanecer como siempre han estado. Hace memoria del presente partiendo del reconocimiento de la Congregación tras el Concordato y responsabilizando del embrollo al P. Armengol: “este estado de cosas ha durado tres años sin ningún inconveniente hasta que en el verano pasado se ha sabido en París que se tramaban manejos secretos e intrigas urdidas ocultamente para preparar la escisión de los misioneros y de las Hermanas de la Caridad de España con la autoridad legítima residente en París. Un venerable sacerdote, que había dejado de pertenecer a la Congregación de la cual se había separado voluntariamente, viviendo fuera de su seno, mas conservando relaciones seguidas e íntimas con Mr. Armengol, fue a Roma y dio algunos pasos cerca de la Santa Sede para obtener un Breve de separación. La pretensión se desestimó, y entonces fue cuando Mr. Armengol, obligado además por las medidas conservadoras que el Superior General había creído deber tomar, se quitó la máscara, y se declaró en abierta oposición por medio de una circular dirigida a las Hermanas de la Caridad, bajo el engañoso pretexto de que la cuestión de la separación estaba pendiente en Roma y que la Santa Sede se había mostrado favorable a su pretensión”[49].
En su argumentación favorable a mantener la tradición se aferra a lo que dice el Concordato (el Visitador de España sería nombrado “por aquel a quien de derecho correspondiese”), a razones históricas (“jamás ninguno de estos Gobiernos se ha quejado de la administración de la congregación, ni ha concebido inquietud alguna acerca de las relaciones de estas casas situadas en su territorio, con el Superior General”) y a razones prácticas (“los misioneros y las Hermanas de la Caridad no podrían continuar correspondiendo a sus deseos y serían del todo inútiles si se les separase de su centro normal. Hay pruebas positivas y numerosas que fijan claramente la imposibilidad en que se encontraría en este caso el Visitador actual de gobernar estas dos comunidades, de las que había, por otra parte perdido la confianza”). Por si las moscas (¡Ay la diplomacia!) deja un sutil recado: “todos los misioneros experimentados, a excepción de uno o dos, se separarían inmediatamente de él (del P. Armengol), y las Hermanas de la Caridad, harían lo mismo. Así esta separación de la casa Matriz, no traería otra consecuencia que la ruina de estas instituciones, tan caras por todos títulos al Gobierno de S.M. la Reina. Si por el contrario abandonan los autores imprudentes de esta escisión desastrosa, todo permanecerá en orden, y el bien se continuará prestando y desenvolviéndose en España, como en todas las otras partes del mundo, donde la Congregación de la Misión goza del beneficio de sus reglas”[50].
Por su parte, el P. Armengol (22 de febrero de 1856) dirige una carta a las Hijas de la Caridad (que suena a despedida y la envía por encargo del Superior General) comunicando la decisión tomada en Roma respecto al recurso que él mismo había presentado a la Santa Sede “con el fin de obtener que nuestras Congregaciones de España, así de Misioneros como de Hermanas, fuesen gobernadas por un Vicario general español, y os exhortaba a que aguardaseis con paz las disposiciones del Vicario de Jesucristo”. Sin andarse con preámbulos les dice que “el Santo Padre ha resuelto que la petición referida, no sea otorgada; que nada se innove y que quede íntegra, intacta y sostenida la autoridad del Superior General sobre toda la Congregación, por tanto sobre la España”. Decisión que aunque contraría su voluntad es aceptada “con cierta especie de gozo” por cuanto con ella se ve “concluido este asunto que tanta pena había causado”. Les adelanta, junto con algunas expresiones que configuran una personalidad bien amueblada, que, merced a un “enfermedad larga y peligrosa… me viene muy bien el quedar exonerado de vuestra dirección y de todo otro cargo en la Congregación”[51]. Lo tan sutilmente anunciado se confirma poco después cuando el Superior General lo expulsa de la Congregación[52].
Internamente acaba el caso. No obstante, por el hecho de verse implicada la Administración, todavía quedarán algunos flecos. Así el 3 de marzo de 1856 se hace público el Dictamen del Fiscal de la Cámara en respuesta al Informe que se le remitió por parta del Embajador francés (18 de diciembre de 1855). Se inicia con unas palabras, al menos, curiosas: “El Fiscal no puede menos de extrañar que un punto que es puramente de gobierno interior del Estado, sea objeto de una comunicación diplomática, como si fuera negocio de derecho internacional”, seguidas por otras más contundentes no aceptando las expresiones empleadas como manejos e intrigas dado que “el expediente de emancipación de Misioneros y Hermanas, fue promovido por el Ministerio de Gracia y Justicia, adoptado por la Cámara, consultado a S.M. y apoyado por la Junta de beneficencia y Ministerio de la Gobernación”. El fiscal sigue recomendando en este negocio, prudencia y pulso, añadiendo: «… Y si el Prelado francés viniera a España, lo que es presumible, estará el Gobierno, en concepto del que suscribe, en el caso de procurar una solución pacífica a estas dificultades, sin permitir que en lo más mínimo se menoscaben sus altas funciones; y en otro caso cumplirá sin duda con los deberes que su misión le impone, y que al espíritu del Motu proprio respectivamente citado, se abre el camino, y el hecho de haber sostenido la Congregación de Misioneros en 1835, que era del clero secular y que estaba sujeta al Ordinario”[53].
Un año después sigue el tema “oficial”. El 8 de mayo de 1857 don Florencio Rodríguez envía al ministro de Gracia y Justicia su Dictamen preguntándose “¿Convendría alterar tal estado de cosas? ¿Sería oportuno aceptar la reforma propuesta por el presbítero disidente?”… y respondiendo: “debe mantenerse el estado legal de cosas existente, desechando por inoportuna la reforma propuesta. La previsión y tacto de los superiores generales no permite dudar que el Visitador que nombren para esta provincia continuará siendo, como hasta aquí, un español del agrado de S.M.”. De paso deja un recadito: “el gobierno español no puede admitir estos consejos oficiosos, ni dar cuenta a nadie de sus resoluciones en materia que solo se refiere al régimen interior de la monarquía”[54]. Este adelanto queda confirmado el 8 de julio de 1857: “debe proponerse a S.M. se digne resolver que no ha lugar a la reforma propuesta por la Cámara del Rl. Patronato… Asimismo procede el que se declare sin ningún valor ni efecto la R.O. de 9 de noviembre de 1855, en la parte que disponía que mientras el gobierno de S.M. por conducto de este Ministerio no ordenase otra cosa, no se hiciera movimiento ni variación alguna en el personal de las Congregaciones de S. Vicente Paúl dejando a dichas Congregaciones completa libertad para que se gobiernen con arreglo a las Constituciones del Santo Fundador”[55]. Con ello se da por finalizado el caso Armengol. Sin embargo, “este primer asalto victorioso y los pasos subsiguientes, afirma UDOVIC, poco hicieron para aplacar el antagonismo franco/español, que no cesó de carcomer las provincias españolas”[56], por más que el propio Étienne afirmase que “nuestra provincia española goza de su tranquilidad habitual”. Afirmación difícilmente justificable por cuanto, de hecho, al comenzar la década de 1860 estalló un nuevo conflicto al determinar el P. Étienne la imposición de la uniformidad a las provincias españolas de las Hijas de la Caridad. Pero ésta es otra historia.
6.- Conclusiones
- Al igual que todos los acontecimientos históricos, para una correcta aproximación al “caso Armengol” es preciso que recurramos al contexto en el que se desenvuelven los hechos y a la personalidad de sus principales protagonistas.
- El contexto de la Institución es el marco referencial extenso. Pieza clave de todo ello es la pérdida del predominio francés sobre la misma que se inicia a finales del siglo XVIII y se consolida en la primera mitad del XIX. La disolución de la Compañía en Francia es aprovechada (como suena) por los italianos para ascender en el gobierno de la Congregación. La llegada del P. Étienne y su fundamentalismo galicano provoca un largo y complejo período de confrontación.
- Comienza el siglo XIX en España con la llamada “Guerra de la Independencia” vista por algunos historiadores como la pieza clave del nacionalismo español que sitúa en el frontispicio del enemigo a combatir a Francia (sin matices): “muerte al gabacho”, en tanto que, en el segundo tercio, la intelectualidad asume los principios ideológicos del liberalismo francés. Una minoría que es heredera de los perseguidos “afrancesados” en tanto la mayoría de la población mantiene, de forma cada vez menos clara, los principios tradicionales.
- La disolución de la Congregación en España por parte de un liberalismo claramente anticlerical (heredero del francés) fomenta en los misioneros un plausible deseo de lograr su reconstrucción al margen de la sumisión absoluta al dictamen francés. Deseo que coincide con los principios regalistas de los gobiernos liberales españoles. Juntase el “hambre y las ganas de comer”. Las negociaciones que se mantienen con el Gobierno en vistas al reconocimiento van en esta línea que, como hemos visto, choca radicalmente con el fundamentalismo del P. Étienne.
- A esta situación contextual debemos añadir la personalidad de los dos protagonistas: Étienne y Armengol. El primero se representaba a sí mismo y a una minoría de misioneros españoles; el segundo a una mayoría que se encontró con una situación política propicia al desembarazo del predominio francés. Aunque la polémica duró menos que “un caramelo a la puerta de un Colegio” no por ello podemos olvidar a quienes se adelantaron un siglo a la real internacionalización y descentralización de la Compañía. Si ambas partes pusieron alma, vida y corazón en el empeño sólo una dejó “cadáveres” en la cuneta: los PP. Ángel, Armengol, Codina, González del Soto… y otros.
[1] Para un conocimiento del P. Étienne puede consultarse el excelente libro de Edward R. Udovic (CM) “Juan Bautista Étienne y el renacimiento Vicenciano”. CEME, 2011.
[2] Gabacho es una voz genérica y casi siempre peyorativa para referirse a nuestros vecinos franceses. La Real Academia de la Lengua Española la define de la siguiente forma: «natural de algún pueblo de las faldas de los Pirineos«.
[3] Bien es verdad que, dada la casi exclusiva participación francesa, la visión que se da corresponde, sobre todo, a las Provincias francesas.
[4] UDOVIC, R: “Juan Bautista Etienne…”, p.65
[5] Puede leerse parte de esta “juerguecita” en UDOVIC, pp.124-130
[6] UDOVIC, R: “Juan Bautista Etienne…”, p.70
[7] Ibidem, p.71
[8] Ibidem, p.133
[9] Tal nombre (similar al “caso Armengol” en España) oculta el auténtico problema del enfrentamiento entre franceses e italianos.
[10] En la Nota 144 afirma Udovic que lo escrito por Étienne es una inexactitud por cuanto de los 24 delegados a la Asamblea general de 1829, 14 habían entrado en la Compañía antes de la Revolución, y 10 después de ella. p.158.
[11] Puede leerse el juicio devastador en UDOVIC, R: “Juan Bautista Etienne…”, p.191
[12] El pleito fue objeto de gran publicidad y el “arreglo costó a la Congregación más de 100.000 francos” UDOVIC, R: “Juan Bautista Etienne…”, p.197
[13] A esta asamblea asistieron: el superior General, Juan-Bautista Nozo; los asistentes generales, Pedro Le Go, Juan Grappin, Juan-María Aladel y Pascual Fiorillo.Étienne asistía en su doble función de procurador y secretario. Los delegados de las provincias italianas eran: Nicolás Legnito, de Nápoles; Pedro-Pablo Sturchi, de Turín y Vito Guarino, de Roma. Las provincias francesas estaban representadas por: Juan Francisco Chossat, de Lyon; Bartolomé Trouve, de Aquitania; José Wargnier, de Picardía y Nicolás Marrtín, de Francia (París). En España y Portugal estaba suprimida la Congregación. Las provincias de Lituania y Varsovia estaban aisladas de París por la política religiosa de la Rusia imperial. La provincia de EE.UU. no tenía derecho a representación porque estaba fuera de Europa. UDOVIC, R. o.c. p.205, nota 14.
[14] UDOVIC, R: “Juan Bautista Etienne…” pp.221-239
[15] CALLAHAN, W: “Iglesia, poder y sociedad en España. 1750-1874” p.168
[16] Id. p.213.
[17] Entre las obligaciones que asume el Estado está el permiso de tres congregaciones religiosas, una de ellas la de San Vicente de Paúl (C.M.)…; … entre las femeninas se cita expresamente a las Hijas de la Caridad …
[18] CALLAHAN, W.: o.c. p.187.
[19] Anales Madrid, 1974, p. 240.
[20] ROMAN, JM.: «Documentos», Mes Vicenciano 1990, Salamanca; también «Catalogus Provinciarum, domorum ac personarum. Congregatio Misionis».
[21] “… pues no dejo el puesto por voluntad propia. Me obliga el Vicario de Jesucristo…”. Carta al Superior General del 3 de noviembre de 1847.
[22] PARADELA, B.: “Resumen Histórico…” pp.347-348. Este tema será recurrente dado que es una de las piezas clave para el reconocimiento de la CM.
[23] Ibidem, pp.348-350
[24] 3 de noviembre de 1847
[25] Afirma UDOVIC, E. o.c.p.292. que las provincias españolas, además de abordar los problemas que la situación política interna les creaba, “se enfrentaron durante dos décadas con otro enemigo implacable: Etienne. En su calidad de superior general procedió a aplastar todo brote, aun mínimo, de nacionalismo español”.
[26] PARADELA, B.: “Resumen Histórico…”, p.351
[27] AMCM, Circulares Visitadores y Visitadoras. Sin foliar. Citado por HERNÁNDEZ, MC.: “Las Hijas de la Caridad en España 1782-1856. CEME, 1988.
[28] PARADELA, B.: “Resumen Histórico…” 351-353. Añade que “no era esta la primera vez, ni por desgracia, fue la última, que se suscitaba la espinosa cuestión de la dependencia del Superior General. Ya a principios de 1844 el Sr.Roca avisaba al sr. Etienne, que al Gobierno español no les gustaba la dependencia que los Misioneros e Hijas de la Caridad tenían de Francia; y por tanto el sr. Roca como el sr. Codina tuvieron que hacer prodigios de equilibrio para mantener la dependencia del Superior General, y no despertar las suspicacias del Gobierno español”.
[29] Ibidem, p.360
[30] Ibidem, p.361
[31] Ibidem, pp.362-363
[32] PARADELA dice que “si llega a terminar el Concordato con la Santa Sede durante el Gabinete Narváez, parece que hubiera sido nombrado él mismo Superior General de las dos familias d San Vicente de España” (364).
[33] PARADELA, B.: “Resumen Histórico…”, pp.363-364
[34] Ibidem, pp.364-365
[35] Ibidem, pp.365-366
[36] PARADELA, Resumen Histórico …, pp. 373- 374
[37] Señalamos los artículos clave: Artículo 1º: Se declara restablecida la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl. Artículo 3º: El Rdo. Padre Ignacio Santasusana, nombrado interinamente por el M.R. Nuncio Apostólico en esta Corte en uso de las facultades que por la Santa Sede le están concedidas, ejercerá el cargo de Visitador General hasta que se nombre el propietario cómo y por quien convenga. Artículo 6º: Ninguna Casa podrá tener menos de seis Sacerdotes y tres Coadjutores, ni exceder de diez y ocho de la primera clase y de ocho de la segunda. Artículo 7º: Habrá en la Casa-Noviciado doce Presbíteros y seis Coadjutores, a lo menos, y dieciocho de los primeros y ocho de los segundos, a lo más.
[38] PARADELA, Resumen Histórico …, pp. 384
[39] Las batallas entre franceses e italianos (descritas con anterioridad) pierden relevancia comparadas con las entabladas en este momento entre la mayoría de misioneros españoles (y muchas Hijas de la Caridad) y el P. Etienne. Afirma UDOVIC (basado en el informe que remite el P. Ramón Sanz a París) que en tanto Etienne, en su controversia con los italianos, argumentaba que sólo eran unas cuantos nunca empleó esta expresión para con los españoles. En la Nota 48 (página 293) adjunta una serie de “fuentes” para la mejor comprensión de este problema.
[40] PARADELA, Resumen Histórico …, pp. 386-387. (2 de octubre de 1853)
[41] Ibidem, p.387. (30 de octubre de 1853). El caso del P. Julián González de Soto merecería un amplio estudio. Fuera ya de la Congregación fundó el Instituto Ramón Muntaner de Figueras (1839) y el Instituto Vicens Vives de Gerona (1845). Murió, sin recibir respuesta del P. Étienne a su solicitud de volver a la Congregación, el año 1862.
[42] Ibidem, pp.388-389
[43] Ibidem 389
[44] Ibidem 389-390
[45] Ibidem 391-392
[46] Ibidem 392
[47] AGAH, Gobernación. Cª 6.020. Leg. 2559. Original; AMJ, Religiosas. Leg. 3754. Exp. 12.371. Copia. Citado por HERNÁNDEZ, MC.: “Las Hijas de la Caridad en España 1782-1856. CEME, 1988
[48] AMJ, Religiosas. Leg. 3754. Exp. 12.371. Citado por HERNÁNDEZ, MC. O.c.
[49] Situación que hemos descrito con anterioridad
[50] AMJ, Religiosas. Leg. 3754. Exp. 12.371. Citado por HERNÁNDEZ, MC. O.c.
[51] AMCM, y Acm, Palma de Mallorca. Circulares.
[52] PARADELA, Resumen Histórico …, p. 408. Junto al P. Armengol fueron represaliados otros varios misioneros y algunos estudiantes y hermanos.
[53] AMJ, Religiosas. Leg. 3754. Exp. 12.371. Citado por HERNÁNDEZ, MC. o.c.
[54] Ibidem
[55] Ibidem
[56] Esta situación motivará la proliferación de panfletos pro y antifranceses, alguno de los cuales tuvo una gran difusión como el escrito por el P. José Recoder (expulsado de la CM) con el título de “Memoria sobre las fundaciones y conservación de la Congregación Española de las Hijas de la Caridad perteneciente al real patronato”. Lo hace con el seudónimo de José del Cerro.
Seminario de Historia de la CM
Iván Juarros, Josico Cañavate, Mitxel Olabuenaga (Coord.)






