Hermano, medita de corazón estas palabras de san Vicente:
Todos nos aplicaremos con diligencia a aprender esta lección de Jesucristo: Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón. Pensemos que, como él mismo afirma, con la mansedumbre se llega a poseer la tierra, pues con esta virtud se atrae a los corazones para que se vuelvan a Dios, lo cual no consiguen nunca los que tratan al prójimo con dureza y aspereza. Pensemos también que con la humildad se consigue el cielo, al que suele elevarnos el amor de la propia abyección, guiándonos de virtud en virtud como por etapas, hasta alcanzarlo.
La humildad es fundamental en la espiritualidad del evangelio. El reino de Dios pertenece a los pobres de espíritu. Dios resiste a los soberbios y eleva a los humildes. San Vicente sabía esto muy bien. De hecho estaba convencido de que la humildad es «el fundamento de la perfección evangélica y el núcleo de toda la vida espiritual». Por ello de ninguna otra virtud habla con tanta elocuencia. Aprecia en sus palabras, hermano mío, la gran convicción con la que hablaba de este tema:
¿De dónde viene que tan pocos la abracen y muchos menos la posean?
De que es muy hermosa en teoría, pero en la práctica es desagradable a la naturaleza. Practicarla significa que escogeremos siempre el lugar más bajo, ponernos detrás de los demás, incluso de los más pequeños, sufrir las calumnias, buscar el desprecio, amar la humillación, que son cosas por las que naturalmente sentimos cierta aversión. Sin embargo es menester que pasemos por encima de esta repugnancia y que todos nos esforcemos en llegar al ejercicio actual de esta virtud; de lo contrario, no la adquiriremos jamás.
Ponte en la presencia de Dios humildemente en tu oración diaria, hermano mío. Ten la actitud de un siervo. No haya para ti trabajo demasiado humilde y que no ejecutes con alegría. El que es poderoso ha hecho obras grandes. Nunca te canses de responderle con los trabajos humildes de cada día.
San Vicente nos pide también que seamos humildes como corporación. Nos anima a considerarnos como una pequeña compañía que existe por el amor y la bondad de Dios, incapaces de hacer nada por nosotros mismos, pero capaces de hacer cualquier cosa con el poder de Dios.
Escribe con mucho calor:
Entended bien esto, señores y hermanos míos: nunca podremos hacer la obra de Dios si no tenemos una profunda humildad y auto- desprecio. No, si la compañía de la Misión no es humilde, si no tiene la fe y la convicción de que no puede hacer el bien, que es más apta para estropearlo todo que otra cosa, nunca realizará nada grande; pero cuando tenga y viva en el espíritu del que acabo de hablar, entonces, estad seguros, señores, estará capacitada para hacer la obra de Dios, porque Dios usa de tales sujetos para sus grandes obras.






