No somos dignos de desatar la correa de su sandalia

Los textos del Antiguo Testamento, en muchas ocasiones, reflejan una gran preocupación: cómo intentar acercar a Dios a esta humanidad pecadora. La teología de la santidad defendía la radicalidad de la pureza inconmensurable de Dios por lo que la «mediación» resultaba ser un camino obligado para buscar un acercamiento factible hacia el hombre. La ley se convirtió en un medio eficaz junto al culto para logar este acercamiento; pero quizá algo que no hemos considerado como una vía muchas veces utilizada por Dios para acercarse y manifestarse a la humanidad ha sido la propia humanidad.
Dios elige lo que el mundo no acepta. Dios busca sus intermediarios, los faculta para ser signos de salvación y así puedan reconocer los hombres que en la pequeñez de la criatura se manifiesta la grandeza del Creador. Los patriarcas, los profetas, los hombres de Dios; son reflejo de ese interés vivo de parte de Dios de no abandonar a sus hijos, a su pueblo. El «siervo de Dios» del profeta Isaías, también se convierte en un signo de mediación en un momento de desesperanza para el pueblo de Israel. Pero nadie podía imaginarse que aquel pobre siervo, golpeado, magullado, marginado, podía ser signo de la fuerza de Dios, de la esperanza, de la posibilidad de instaurar un tiempo de paz y de justicia no solo para Israel sino para todas las naciones; un signo para una «nueva alianza» donde se pueda borra cuentas pasadas y ofrecer una nueva oportunidad para la humanidad que siendo pecadora, es llamada a vivir la santidad que procede de su Creador.
En la segunda lectura, Lucas en los Hechos de los apóstoles introduce este discurso en boca de Pedro en el contexto de la visita a la casa de Cornelio, el pagano que abrió sus puertas no sólo a la presencia del apóstol sino al mensaje cristiano. La Iglesia va comprendiendo que la Buena Noticia tiene una amplitud sin límites y Pedro va entendiendo la voluntad salvífica de Dios en Jesucristo su enviado y la responsabilidad que se le abre con esta visita. No hay reservas para el anuncio del evangelio que es Cristo, aquel que ha sido constituido «Ungido» con absoluta legitimidad, y se remite al movimiento bautista de Juan como inicio de una experiencia maravillosa que no puede ser detenida, porque está en juego la salvación y el reconocimiento de la manifestación de Dios para todos los hombres. La fuerza del evangelio rompe prejuicios y exclusividades y de esto tiene que ir tomando conciencia la Iglesia en sus inicios. La obra salvífica continúa en la Iglesia con la presencia de Cristo como Cabeza y el Espíritu Santo que sigue impulsando a que se pueda seguir escuchando buenas noticias para los hombres de todos los pueblos de la tierra.
En el evangelio, Lucas refleja la expectativa del pueblo por la venida de «Cristo», el «Ungido», para confirmar que Dios una vez más ha entrado en la historia para ofrecer su salvación, pero una definitiva. Juan es un personaje llamativo, siendo presentado en Lucas como un auténtico evangelizador. Juan para Lucas es el testimonio de quien se abre a la Buena Noticia que es Cristo. Por eso, tiene que dejar el espacio requerido a quien «es más fuerte» pues éste es capaz de bautizar no solo con agua sino «con Espíritu Santo y fuego». Jesús pasa a ser el centro de la acción salvífica de Dios, pero es presentado como uno más del pueblo. Para Lucas el bautismo de Jesús es una experiencia particular y misteriosa. Jesús es el mediador por excelencia y de esto se tiene que estar convencido. Es curioso, que en todo este pasaje, lo que se resalta
por excelencia, no es tanto el bautismo en sí sino la voz que acontece: «Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco».
Hoy el mundo sigue buscando mediadores de salvación, hoy los hombres siguen ensombrecidos por las tinieblas del error; y en medio de esta realidad necesitamos discernir dos cosas fundamentales: en primer lugar, no olvidemos que el único Mediador (con mayúscula) es Cristo, el Hijo, el amado, el Ungido por excelencia, y en segundo lugar, Dios sigue favoreciendo su presencia a través de sus mediaciones humanas (con minúscula) pero que muchas veces olvidan este carácter peculiar y caen en la tentación de querer ofrecer una «salvación temporal» (falsas esperanzas) confundiéndose a sí mismo y confundiendo a los demás.
Oremos para que la evangelización siempre tenga a Cristo como el centro. Demos gracias a Dios porque sigue suscitando su fuerza de salvación en nobles corazones llamados a la misión. Si Dios nos permite ser mediadores de su gracia y su verdad, hagámoslo con humildad y sencillez, y de esto aprendamos de Juan que sabe reconocer que «viene el que es más fuerte» y «de quien no somos dignos» de ponernos nunca a su nivel. Por eso Dios sigue revelándose en quienes para este mundo no cuenta, porque justamente en esas mediaciones se revela la grandeza del amor de Dios a la humanidad. Y dejémonos sorprender, porque muchas veces caemos en los prejuicios que no nos permiten reconocer las mediaciones insospechadas de Dios. Que resuene por ello en nuestro corazón, en nuestros templos, en nuestras comunidades un solo grito: ¡Gloria!.







