El Bautismo del Señor (reflexión de Antonio Elduayen, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Author: Antonio Elduayen, C.M. .
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Queridos amigos

El bautismo de Jesús por Juan (Lc 3,15-16. 21-22), nos da pie para hablar del bautismo que trajo Jesús. Y que es en el que ustedes y yo hemos sido bautizados. Un bautismo en el fuego del Espíritu Santo, como lo describirá Juan, cuyo bautizo de conversión y reclutamiento por el agua, con ser importante, no es ni sombra del de Jesús. Así lo reconoció el mismo Juan (Lc 3, 16), cuyos discípulos se llenaron de envidia cuando Jesús empezó a bautizar y toda la gente se iba con él (Jn 3,26). ¿Bautizó mucho Jesús? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que habló apasionadamente de su bautismo; que empezó y terminó su vida hablando de él; y que cifró en el mismo las cosas más grandes del Reino de Dios (Jn 3, 5) y del Evangelio (Mt 28, 19)

Siguiendo lo que Jesús enseñó al congresista Nicodemo (Jn 3, 5), solemos decir que el bautismo es un sacramento, que, por medio del agua y del Espíritu Santo, nos hace nacer a la vida de Dios. El Padre, de quien nos hacemos hijos por el bautismo, y el Hijo, que se convierte en nuestro hermano mayor, nos hacen participar en su vida divina por medio del Espíritu Santo. Dada la decisiva acción del Espíritu, resulta increíble que haya católicos que piensen que, en el bautismo, el agua es tan importante como el Espíritu., cuando se les pregunta sobre cuál es más importante…

A la gente le cuesta entender que el agua, aunque imprescindible para el bautizo, no hace nada, que está ahí sólo como un signo (de limpieza y vida). Sólo para indicar que el Espíritu Santo hace en la persona de quien se bautiza lo que el agua hace en la naturaleza, a saber, limpia y da vida (¡Nuestra costa sería un vergel si tuviera agua!). El Espíritu limpia del pecado original y da la vida de Dios. Esto último -la vida divina que recibe el bautizado-, se realiza cuando el bautizante invoca al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, mientras derrama el agua sobre la persona. Por esta invocación, que para algunos cristianos suena a fórmula mágica, como un abra cadabra del bautismo, el Padre Dios adopta como hijo suyo al bautizado, el Hijo lo llama su hermano y el Espíritu Santo le ayuda a que ambas cosas sean una realidad. En especial a que sea un buen cristiano dando testimonio con Él de Jesucristo.

Ser cristiano es ser de Cristo (Ga 3, 29; Col 2,12), como ser peruano es ser del Perú. Con todos sus derechos, obligaciones y funciones. Entre estas últimas, las de ser, ante todo, sacerdote, profeta y rey, que le vienen al bautizado por ser otro Cristo, que fue y es sacerdote, profeta y rey. Y que le fueron dadas para ejercerlas al modo de Jesús: ofreciendo a Dios cuanto hacemos (que es lo que hace el sacerdote) y enseñando y guiando por el buen camino (que es lo que hacen el profeta y el rey). Recordemos frecuentemente que somos unos bautizados y preguntémonos frecuentemente si actuamos como tales, es decir, como sacerdotes, profetas y reyes. Luego, sepamos y celebremos la fecha de nuestro cumplebautismo, como sabemos y celebramos la fecha de nuestro cumpleaños.

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