El amor de Jesucristo crucificado nos apremia

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Patrick Griffin, C.M. · Año publicación original: 2012 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Hijas-de-la-Caridad-Todo el mundo no tiene una divisa en su vida. Sin embargo, un obispo posee un escudo con una divisa; los diferentes cuerpos del ejército tienen frecuentemente lemas que los describen, algunos organismos utilizan fórmulas publicitarias que recogen su finalidad. Las congregaciones feme­ninas o masculinas, generalmente, forman parte de estos grupos que poseen una cita con la que expresan su espíritu. Así ocurre en la Compañía: san Vicente y santa Luisa escogieron una divisa y un sello para las Hijas de la Caridad: «La Caridad de Jesucristo crucificado nos apremia».

Su sello y su divisa traen a mi memoria símbolos importantes de la Biblia. Un bonito pasaje del Cantar de los Cantares describe la manera de asociarse las palabras «sello» y «amor»: el sello se sitúa en el corazón y el brazo, en los pensamientos y las acciones de la persona.

«Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Quien quisie­ra comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable» (Cantar de los Cantares 8, 6-7).

De esta descripción de un amor dinámico, emanan fuerza y pasión. Contemplemos lo que significa «estar marcados con el sello del amor de Cristo» en palabras y con hechos, de este amor que es más fuerte que la muerte. Nosotros que estamos marcados por el sello de este Amor, pregun­témonos sobre la manera en que los votos captan la naturaleza indisoluble de este Amor.

En otro tiempo, se ponía un sello en un documento o en un objeto para indicar diferentes cosas: describía a quien pertenecía el documento, garantizaba la seguridad del contenido e indicaba la autoridad que tenía el documento. Así, por ejemplo, san Pablo describe al creyente cristiano como al que «ha sido marcado con el sello del Espíritu Santo» (Efesios 1, 13). En el Cantar de los Cantares, la persona está marcada por el sello del amor. Del mismo modo, el sello de la Compañía nos recuerda nuestra pertenencia a Dios y nuestra misión junto a los pobres.

Durante este tiempo de preparación a la Renovación, reflexionemos en las palabras de nuestra divisa: «el amor de Jesucristo crucificado nos apremia» y en cada elemento presente en el sello de la Compañía.

1. «El amor de Jesucristo…»

La primera parte de su divisa: «El amor de Jesucristo» puede leerse de dos maneras diferentes, maneras que se completan y sugieren una interpretación importante: el amor que Jesucristo tiene por nosotros y el amor que nosotros tenemos por Jesucristo

El amor que Jesucristo tiene por nosotros

La primera interpretación de la expresión: «el amor de Jesu­cristo» es la del amor que Cristo tiene por nosotros. La Biblia contiene numerosas descripciones indiscutibles de esta verdad; así Jeremías es­cribe: «Con amor eterno te amé» (Jr 31, 3). Jesús es la personificación de este Amor: «porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Jesús vivía este Amor cada día: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». En la cruz, su amor se expresó en plenitud, ultima manifestación de una vida rica en actos de amor.

Cristo es nuestro modelo. Por sus milagros, vemos cómo alimenta a los hambrientos (en la multiplicación de los panes), reconforta a los que lloran, cura a los enfermos, devuelve la vista, el oído… y ama a los exclui­dos de la comunidad, reintegrándolos. Cristo ama a la persona dispuesta a acogerlo, dejando libertad para responderle (cf. el joven rico).

Este amor de Cristo impulsa a la acción. San Vicente tiene palabras muy emotivas sobre el amor de Cristo por nosotros y sus efectos:

«Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor!… Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención…. si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás.» (SV XI-4, (30.05.59) Sobre la Caridad. pp-538-551)

Este pasaje evoca nuestra divisa y nuestro escudo. El amor de Je­sucristo, manifestado en plenitud en la cruz, ilustra el amor que nos debe impulsar a cuidamos mutuamente: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). Cuando nos dejamos amar por Jesús, somos provocados a amar y servir a los demás: «El amor de Jesucristo crucificado nos apremia»

El amor que nosotros tenemos por Cristo

La segunda interpretación es el amor que tenemos por Cristo. Exis­ten numerosas maneras de manifestar el amor por Cristo; la Virgen María al pie de la Cruz es el ejemplo más desgarrador y más representativo. Pero el relato de Pedro después de la resurrección de Jesús es igualmente muy explícito:

«Después de comen dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» El le contestó: «sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan ¿me amas?». El le contesta: «Si, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apaciente mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ce­ñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». (Jn 21, 15-19).

Se invita a Pedro a examinar la calidad de su amor por Jesús, no sólo una vez sino tres veces. Cada pregunta tiene un significado diferente. Lo mismo ocurre con su respuesta. Imaginemos que se nos pregunte lo mismo tres veces seguidas, nuestras respuestas serán diferentes, yendo de lo espontáneo a lo reflexionado.

Cuando Pedro es interrogado por primera vez, responde espontá­neamente: «Si, te amo». La segunda vez, Pedro se detiene y comprende la conveniencia de la pregunta que le hace sobre su manera de amar a Jesús. Después de reflexionar responde con una cierta seguridad: «Si, Señor, tú sabes que te quiero». Por último, a la tercera pregunta de Jesús, Pedro está profundamente preocupado, y se da cuenta de que su amor no está a la altura del de Jesús. Su respuesta está impregnada de humildad, de reconocimiento de sus debilidades, pero también de un deseo de amar a Jesús con mayor profundidad, con todo lo que esto significa.

Después de cada respuesta de Pedro sobre su amor, Jesús le dice: Pastorea mis ovejas. Cuando una persona expresa su amor al Señor, es conducida a asumir la responsabilidad de cuidar a su pueblo (sus «ovejas»). Cuanto más profunda es esta declaración, más urgente es la obligación de cuidar a los demás.

Recordemos la consigna de San Vicente: «amenos a Dios, herma­nos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente»

Dejamos que hoy el Señor nos pregunte por tres veces: «¿Me amas?» ¿Cuál será nuestra respuesta? ¿En qué nivel de amor nos situamos? ¿El amor de Jesucristo crucificado nos apremia?

2. «…Crucificado…»

Existen muchas maneras de meditar sobre el amor de «Jesucristo crucificado», elijo dos:

  • Cristo crucificado: la grandeza del Amor que se da en la cruz.
  • Cristo está crucificado de diferentes maneras en todos los seres que sufren hoy.

Jesucristo crucificado

No hay nada teórico en una crucifixión. La palabra «crucificado» nos impide caer en una meditación teórica sobre el amor, pero nos lleva a asumir el orden físico de las cosas; la carne, la sangre y el sufrimiento. En tiempos de Jesús, la crucifixión era una muerte horrible y vergonzosa. No era simplemente un medio de ejecutar a alguien, sino que estaba destinado a dar una lección. A la gente se la crucificaba en las plazas públicas y sus crímenes se anunciaban sobre su cruz, para que cualquiera que pasara por ese lugar, pudiera verlo y tomara la resolución de no cometer nunca el mismo crimen.

Jesús estaba dispuesto a aceptar esta muerte: «Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10, 18). San Pablo añade: «Cristo no sólo murió por nosotros, sino que muere en una cruz» (Fil 2, 8). Y, ¿qué supone para nosotros? Este amor que va hasta el final, ¿nos apremia a actuar en nuestra comunidad y en nuestro servicio?

Santa Luisa meditaba con frecuencia sobre el sentido de la cruz: «Demos, pues, el primer paso para seguirle …y para probártelo te sigo hasta el pie de la cruz que escojo por mi claustro; y ahí quiero dejar a la tierra lo que son afectos terrenos, puesto que tu voz me convida, hablán­dome al corazón, a que incline el oído y olvide mi pueblo y la casa de mi padre para que tu Amor quede prendado de mi. Al pie de la Cruz santa y sagrada te adoro, pues, y sacrifico todo lo que pudiera ser impedimento a la pureza del amor que quieres de mi, sin pretender en adelante otro gozo que el de estar sometida a tu divino agrado y a las leyes de la pureza que tu Amor me propone» (SLM, Correspondencia y escritos. E. 105 (A. 27) Práctica del puro Amor. pp. 819-823)

Este amor a Cristo en la cruz es el que la guiaba y sostenía en su servicio y su oración.

Cristo crucificado entre nosotros

La crucifixión era una muerte reservada a los esclavos y a todos los que no tenían influencia, pero nunca a los poderosos. De ese modo es como Pablo, ciudadano romano, se libró de ser crucificado.

Miremos cómo nuestro amor a Cristo nos lleva hoy hacia los más desprovistos de todo poder en nuestra propia sociedad, los que viven margi­nados o no se respeta su dignidad, estando sometidos a todo tipo de abusos. El sufrimiento de estos hombres, mujeres y niños, victimas de la miseria, de la injusticia, del tráfico humano, etc. sin ningún recurso, puede recordarnos el del Señor crucificado. Conocemos a los que, de diversas maneras, sufren los dolores de la crucifixión en el seno de nuestra sociedad. Es probable que no se les mate, pero si mueren de muerte natural, nadie les llora.

Desde los orígenes, la atención primera de las Hijas de la Caridad fue servir a las personas más vulnerables. Los Fundadores insistieron a las Hermanas para que no se ocuparan de las personas que tenían medios, sino más bien de los más abandonados, los más aislados, de los que se podían considerar como «crucificados»: «Dios nos espera en los que sufren» (C 7 b).

Sí, «El amor de Jesucristo crucificado nos apremia».

3. «…Nos apremia»

El verbo «apremiar» expresa más que un movimiento, una urgencia y una fuerza, una necesidad de actuar, aunque cueste y cuales quiera que sean las consecuencias. Esto nos recuerda al profeta Jeremías, que encuentra difícil hacer constantemente la Voluntad de Dios. Sin embargo, se siente desarmado ante la fuerza de esta Voluntad: «Pensé en olvidarme del asunto y dije: No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía» (Jr 20, 9).

La proclamación de la palabra de Dios le hace sufrir, pero cuando se decide a pararse, entonces siente como un fuego ardiendo en su corazón la acuciante proclamación de esta Palabra y de vivir su vocación profética. Está apremiado, impulsado, forzado por dar a conocer al Señor, no puede hacer otra cosa.

Este tema está recogido por san Vicente cuando escribe sobre el poder de la caridad y el amor concreto de Cristo: «Es verdad que la cari­dad, cuando habita en un alma, ocupa por entero todas sus potencias: no hay descanso; es un fuego que actúa sin cesar; mantiene siempre en vilo, siempre en acción, a la persona que se ha dejado abrazar una vez por él.» (SV XI-3, 52 [129]. Repetición de oración del 4 de agosto de 1655, pp.132-137

San Vicente quería que sus hijos e hijas vivieran con celo su caris­ma. En el sello de las Hijas de la Caridad, las llamas alrededor de la cruz simbolizan su celo por servir a los pobres.

Y nosotros, ¿estamos dispuestos a amar a nuestras Hermanas y a los pobres hasta darnos por entero? El Documento Inter-Asambleas hace referencia a «deseos ardientes, llamadas apremiantes» (DIA, p. 5). ¿Qué llamadas nos hace a nosotros el Espíritu Santo en este momento? ¿De qué modo nos apremia el amor de Cristo crucificado?

Cuando Jesús es interrogado para saber cuál es el principal man­damiento, su respuesta es clara: «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Mc 12, 30). Notemos que el ánimo por amar al Señor no se realiza sencillamente en la acción, sino que compromete al corazón, la inteligencia y el alma de la persona.

Gracias a nuestra inteligencia, constatamos la injusticia, la miseria y el sufrimiento de los pobres en nuestro mundo. Nuestra inteligencia nos invita a reflexionar sobre el modo de actuar por la justicia, nos hace sentir la urgencia de promoverla.

Gracias a nuestro corazón, sentimos la compasión por todos los que sufren. ¡Cuántas veces las Escrituras describen la compasión de Jesús! (Mc 6, 34; Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 20, 34; Lc 7, 13). Nuestro corazón nos hace sentir el dolor del otro y buscar los medios para aliviarlo.

Gracias a nuestra alma, la parte más profunda de nosotros mismos en la que Dios se hace presente, deseamos responder a los que lo necesitan. La urgencia brota del interior. Cuando tocamos esta parte de nosotros mis­mos, hecha a semejanza de Dios, estamos apremiados, impulsados, forzados a responder.

Por nuestras fuerzas, podemos servir a los pobres con todo nuestro ser. Santiago insiste enormemente sobre la necesidad de actuar personal­mente:

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les die: «Id en paz, abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Santiago 2, 14-17)

Probablemente muchas personas encontrarán extraño el hecho de dejar la oración para servir a los pobres, pero es este el centro de nuestra espiritualidad ejemplo del Buen Samaritano. En el relato del Juicio final (Mt 25), no podemos imaginar que los que no se han ocupado de los po­bres, justifiquen su inacción por la asiduidad a la oración. ¡No! El amor del Señor debe impulsarnos a la acción en su nombre y hacia él. Cuando amamos a Dios con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra fuerza, estamos dispuestos a hacer este don total, de nosotros mismos prometido por los Votos. Nuestro amor de Cristo debe expresarse de esta manera y encarnarse por el servicio de nuestros hermanos y hermanas necesitados. La divisa «El amor de Cristo crucificado nos apremia» subraya no solamente nuestro compromiso per­sonal sino también nuestro compromiso comunitario. El amor de Cristo nos apremia a servir juntos al pueblo de Dios. Si estamos en comunidad, es para apoyarnos mutuamente para, juntos, progresar hacia Cristo. Las Constituciones recuerdan que «El testimonio evangélico de la Comunidad local es un signo… patente de la presencia de Jesucristo amado y ser­vido en los pobres» (C 59). El testimonio de nuestras Hermanas nos da fuerza y determinación. Juntos, ofrecemos un testimonio efectivo y una posibilidad de cambio.

Conclusión

«El amor de Jesucristo crucificado nos apremia». ¿Sienten la fuer­za y la orientación de estas palabras, cuando se preparan para darse total­mente y en comunidad al servicio de Cristo en sus hermanos y heintanas, los pobres?

En «el amor de Cristo crucificado», ¿qué es lo que les «apremia» a renovar sus votos?

  • Su amor a Cristo para identificarse con El.
  • Su amor a Cristo para servirle en los demás a pesar de sus debilidades.
  • Su amor a Cristo para aliviar los sufrimientos de los crucificados de nuestro tiempo.
  • Su amor a Cristo para aceptarse tal y como son con sus riquezas y sus limitaciones.
  • Su amor a Cristo que les desea fieles
  • Su amor a Cristo, que les compromete a amar y a servir.

«Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas» (Cantar de los Cantares 8, 6)

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