El activismo

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 2002 · Fuente: Ecos 2002.
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Introducción

Desde hace unos años venimos oyendo y leyendo que uno de los peligros que acechan hoy a la vida consagrada es el activismo. Y se afirma que ese peligro es más palpable en las Sociedades de Vida Apostólica, la Compañía entre ellas. Así lo confirman las encuestas recientes hechas por la Unión de Superiores Genera­les’. Aproximadamente un 40 % de los encuestados reconocen que están afecta­dos por el activismo. Las cifras varían según las edades. Lógicamente el porcentaje más alto se da entre los miembros más jóvenes y los de mediana edad, pues sobre ellos recae el mayor peso a la hora de llevar adelante las distintas obras. Dicha encuesta señala también los efectos negativos que el activismo produce en la vida espiritual, comunitaria y apostólica.

Ante tales consecuencias no podemos quedar indiferentes. Se impone una re­flexión que nos ayude a no caer en ese peligro o a superarlo si se hubiese sucum­bido.

Una panorámica global

También lo hemos oído y leído repetidamente: nos ha tocado vivir en una época caracterizada por la cultura de la eficacia. Se piden resultados inmediatos y se valora a las personas según el grado de rendimiento. Ello comporta someterlas a un ritmo de vida inhumano que, además de atentar contra la salud, produce ansie­dad, tensiones sicosomáticas, frustraciones etc.

El progreso que supone la tecnología moderna no siempre repercute en una disminución del trabajo. Al informatizar los diversos servicios y tareas apostólicas se han facilitado muchos trabajos y ganado tiempo. Se pueden hacer muchas más cosas y probablemente mejor hechas. Y sin embargo, incluso los informáticos siguen diciendo que no les alcanza el tiempo para realizar tantas cosas como tendrían que hacer.

Nadie que se tenga por persona trabajadora y responsable puede prescindir de llevar la agenda en el bolsillo. Vamos o vienen a pedir un favor, una colaboración o una entrevista y hay que consultar la agenda para comprobar si esa fecha está libre. Nos consideran tan ocupados que nos piden disculpa cuando nos escriben una carta más larga de lo habitual o cuando se ha prolongado la entrevista que les concedimos. Tienen la impresión que nos han robado un tiempo precioso. A veces somos nosotros mismos los que decimos haber perdido el tiempo escuchando historias sin importancia o ya sabidas cuando teníamos cosas tan importantes que hacer.

La sobrecarga de trabajo y la abundancia de compromisos es una realidad entre numerosos consagrados. Desconozco si esa realidad está contribuyendo a des­montar prejuicios anteriores un tanto anticlericales, según los cuales éramos per­sonas que nos levantábamos temprano para no hacer nada durante el día. Prejui­cios a un lado, la verdad es que, quizás insensiblemente, la cultura ambiental de la eficacia y del rendimiento también ha entrado en la vida consagrada.

Una mirada a la Compañía

En numerosas Provincias y comunidades es una realidad la queja que escuché a una Hermana: “cada año somos menos, con más años y casi con las mismas obras”. El resultado es que los miembros más capaces y disponibles se ven so­metidos a una actividad excesiva que inevitablemente les produce un cansancio físico, psíquico y espiritual.

Probablemente bastantes situaciones no deseables y carencias que se dan en la vida espiritual y comunitaria tienen como causa no tanto la falta de dinamismos en la vocación sino el exceso de actividad. Salvo en ciertas situaciones pasajeras o de emergencia que lo exigirían, el ritmo de trabajo que llevan bastantes Herma­nas resulta difícilmente compatible con otras exigencias fundamentales del proyecto de vida de las Hijas de la Caridad. ¿Qué tiempos se pueden dedicar a la oración serena, a los intercambios comunitarios distendidos y participados, al necesario descanso y a tiempos para un ocio enriquecedor? Todo esto es necesario. Por eso se impone una revisión de obras y tareas para no quemar a las Hermanas en aras de la eficacia y de las inmensas necesidades de los pobres. Esto es cierto, como lo es también que ellas no son de hierro, ni las salvadoras exclusivas de todas las desgracias, ni la única solución de los problemas pastorales de las parroquias y de otras instancias internas o externas a la Compañía que solicitan insistentemente la colaboración de las Hermanas.

Hay más aún. Todos estamos convencidos de la necesidad de una buena formación a todos los niveles. Y como si se quisiese subsanar carencias anterio­res, en la mayoría de las Provincias hay unos planes de formación y unos progra­mas de actividades que ocupan casi todos los fines de semana: cursillos, conviven­cias o retiros por edades, por etapas, por servicios; de formación espiritual, vicenciana, profesional … Total: un cuadernillo de veinte páginas o más cada año y, a veces, con la invitación final a aprovechar también los programas de formación que ofrecen otras instituciones civiles o eclesiásticas. ¿Se trata de formación per­manente o de actividades continuas? ¿Qué resultados se pueden esperar en aque­llas Hermanas que ya van cansadas por falta de descanso físico, psicológico y espiritual? En tales programaciones rara vez se incluyen tiempos para la lectura y estudio personal, para el encuentro consigo misma en el silencio, para la privaci­dad, para el ocio y el descanso reparador. ¿Es que todo esto es un lujo que no puede permitirse una Hija de la Caridad?

Hay una tradición en la Compañía que se remonta a los orígenes, pero que es necesario repensar para traducirla a la realidad actual. Las Hijas de la Caridad, ya desde sus orígenes, se han distinguido por su dedicación al trabajo. Debían ser fuertes y alimentarse bien para poder cumplir lo que el duro servicio a los pobres reclamaba. Y cuando éste se terminaba y les quedaba un tiempo disponible debían emplearlo en otras tareas (bordar, tejer etc.) de utilidad para los mismos pobres o para el sustento de la comunidad.

La Compañía ha guardado fielmente esa tradición. Hoy se sigue admirando a las Hijas de la Caridad por su capacidad y entrega al trabajo, pero no tanto por ser comunidades orantes, lo cual no quiere decir que no oren. En muchas capillas u oratorios de las Hermanas suele haber un reloj cuyo sonido pueden oír también las que tienen dificultad para ello. Y cuando marca la hora prefijada hay que terminar porque sonó el reloj. Hasta al sacerdote que preside la Eucaristía se le señala el tiempo de que dispone, preferentemente corto, para la celebración.

Hablar de un “día off” de un “año sabático” suena a lenguaje extraño en la Compañía. Hasta los Estatutos omiten hablar de vacaciones, prefiriendo la expre­sión “visita a la familia”. Hay Hermanas que viven con miedo al acercarse a la edad de la jubilación laboral porque la perciben como cesación de algo a lo que se han entregado de lleno y como incertidumbre ante lo que harán o no harán des­pués. Una frase corriente entre las Hijas de la Caridad es que “cambiar de ocupa­ción es ya un descanso”. No piensan lo mismo las generaciones más jóvenes; por eso se afirma con frecuencia que pareciera que nacen cansadas o se les cataloga de débiles y de poco trabajadoras.

No se trata de olvidar esa tradición y, menos aún, de cambiar laboriosidad por holgazanería. Las Constituciones recuerdan que las Hijas de la Caridad “se some­ten a la ley universal del trabajo, considerándose solidarias de todos en la nece­sidad de ganarse la vida” 4. Se trata de armonizar y equilibrar los elementos esen­ciales del proyecto que han abrazado: vivir la entrega a Dios en el servicio a los pobres en una comunidad de vida fraterna. Pero esto no sólo hay que afirmarlo; hay que poner los medios necesarios para expresar y cultivar esas tres dimensiones. Si en la práctica se olvida o prioriza una de ellas con detrimento de las otras se está poniendo en peligro la identidad de su proyecto de vida.

El activismo

La advertencia de que el “hacer” no se sobreponga al “ser” y del peligro de caer en el activismo la hemos oído repetidamente. No nos explican bien en qué consiste pero lo intuimos. Y con un examen sincero de nosotros mismos podemos deducir si hemos caído o no en esos peligros. Aún así vale la pena reflexionar sobre ello.

Conocemos a personas adictas al alcohol, al tabaco, al café y a otras drogas más o menos fuertes; les resulta casi imposible prescindir de ellas. También el trabajo puede llegar a ser una especie de droga que nos domina, un ídolo que nos esclaviza y al que servimos hasta el agotamiento. Se vive para trabajar.

El activismo incapacita para la interioridad, para el encuentro con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Se coloca en primer lugar la eficacia y, desde ahí, se valora a los demás y a uno mismo por los resultados conseguidos. El descanso y el ocio se conciben y justifican no como valores sino como medios para reparar las fuerzas y así poder seguir trabajando. Y todo esto se pretende justificar por las necesidades apremiantes de los pobres o desde el celo por el apostolado, olvidando que hasta el mismo Cristo, el primer servidor y evangelizador de los pobres, buscaba espacios y tiempos de recogimiento y descanso para Él y sus discípulos: “Venid también vosotros conmigo a un lugar apartado para descansar un poco … pues los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para “comer””.

Teóricamente se reconoce y acepta la necesidad de cultivar todas las dimensio­nes que constituyen la identidad vocacional, pero en la práctica es el servicio lo que absorbe y prevalece. En algunos casos el activismo puede ser el encubridor del miedo a encarar carencias importantes en la respuesta vocacional. Como los resul­tados de la actividad profesional son más palpables y, a veces, más gratificantes que los experimentados en la oración y en la vida comunitaria, el activismo, para­dójicamente, puede estar impulsado por el hedonismo.

Las consecuencias del activismo se manifiestan en una vida espiritual lánguida y tediosa. La oración no se vive como un encuentro gozoso con Dios; por eso se omite o descuida bajo el pretexto de que también el trabajo es oración porque es “dejar a Dios por Dios”. La vida apostólica, al carecer de la energía espiritual que la impulse, no se vive como expresión del don a Dios sino como profesión o tarea humanitaria, olvidando el por quién y por qué de esas actividades. La vida de comunidad se aproxima más a un equipo de trabajo o a un grupo de personas educadas que a una comunidad cimentada en la fe, en el amor fraterno y en la misión común. Cuando se pone el trabajo como primer valor, las relaciones inter­personales en comunidad se convierten en funcionales; pierde importancia el com­partir y celebrar la fe; crece el individualismo, al mismo tiempo que disminuye el sentido de misión común y de pertenencia a la Compañía.

¿Marta o María?

Conocemos bien la escena que nos narra el evangelista Lucas: Jesús en casa de Lázaro y sus dos hermanas. Marta ocupándose de las tareas domésticas y María sentada a los pies del Maestro para escucharle. Ante el reproche de Marta porque su hermana no colabora, Jesús responde que María ha elegido la mejor parte, lo único necesario.

Frecuentemente se evoca esta escena como expresión de dos manifestaciones de la vida consagrada: la activa y la contemplativa; a veces incluso para probar la superioridad de ésta sobre aquella. La exégesis bíblica moderna deja de lado ambas interpretaciones. Porque en ese pasaje no se trata del “hacer” o “no hacer” sino del talante evangélico que debe animar la vida de todo discípulo, de la prio­ridad del amor a Cristo que debe impregnar todas las acciones. Se trata de dejar todo por seguirle, de preferirle a Él más que a padre, madre y hermanos y de no olvidar que “sin Mi no podéis hacer nada”. Es en la vida toda de Jesús, en sus hechos y palabras, donde descubrimos el significado de esa escena concreta del evangelio.

La historia de la espiritualidad cristiana nos demuestra los desplazamientos que ha habido en distintas épocas, privilegiando la contemplación sobre la acción o viceversa. Y se ha acudido al evangelio para confirmar una u otra opción. Vano intento. Porque el mismo Jesús que se cansa en la actividad misionera es el que siente la necesidad de descansar y orar en un lugar tranquilo. El que pronuncia la parábola de los lirios del campo y de las aves del cielo nos ofrece también las de la higuera estéril, los obreros laboriosos y los talentos, y quien afirma “no os agobiéis”, “no sólo de pan vive el hombre”, “orar para no caer en la tentación”, “el sarmiento no produce fruto si no está unido a la vid”. Por eso hay que inter­pretar la escena de Marta y María desde la totalidad de la vida y de las palabras de Jesús que nos presentan los evangelios.

Una tensión similar entre acción y contemplación encontramos en San Vicente. En sus escritos hay afirmaciones que nos suenan contradictorias y que sólo se armo­nizan si las comprendemos desde el conjunto de su vida y enseñanzas. La expresión con la que muchos le han definido traduce perfectamente lo que él fue y enseñó: “un místico en la acción”. Inseparables ambos aspectos y enriqueciéndose mutuamente. Porque quien afirmó que “Jesús tenía la oración como ejercicio continuo y principal”, “una persona de oración es capaz de todo”, “Dios nos pide ante todo el corazón”, “la oración es como el alma para el cuerpo, como el agua para las plantas”, es el mismo que pedía a las Hermanas y a los misioneros: “No nos engañemos, todo nues­tro quehacer consiste en la acción”, “Si Dios trabajó incesantemente ¿podría mante­nerse ociosa una Hija de la Caridad?, “la ociosidad es la madre de todos los vicios”, “servir a los pobres es ir a Dios”, “amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente”, “la iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen” etc.

En la conferencia “sobre el trabajo”, San Vicente pide a las Hermanas que trabajen también durante las horas que les queden libres después del servicio a los pobres. Él mismo llevó durante toda su vida un ritmo intenso de trabajo. Y cuando regresaba a casa después de dar alguna misión se imaginaba que las puertas de París caían sobre él porque no había hecho todo lo que debía. A las Hermanas les proponía preferentemente el ejemplo de Marta laboriosa sobre el de María contem­plativa, de la hormiga y las abejas sobre la cigarra (“abejas celestiales”, llama a las Hermanas). Y sin embargo estaba también convencido de la necesidad de la vida interior, pues si se falla en eso se falla en todo.

En las líneas de acción que Juan Pablo II propone para la acción pastoral de toda la Iglesia del tercer milenio también se armonizan perfectamente la oración y la acción: “El nuestro —dice— es un tiempo de continuo movimiento que frecuen­temente desemboca en el activismo con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Te­nemos que resistir a esta tentación, buscar “ser” antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: “Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas, y sin embargo, sólo una cosa es necesaria””10. El mismo Papa pide que las comunidades de consagrados sean “auténticas escuelas de oración”, así proclamarán la primacía de Cristo y de la vida interior. Porque Dios nos pide la entrega total al servicio de la causa del Reino, pero sin olvidar que sin Cristo no podemos hacer nada.

En sintonía con todo esto conviene recordar que el P. General, cuando expresó sus esperanzas respecto a la Compañía, enumeró entre otras la revitalización de la oración y la prioridad de los pobres’. Y, entre los cinco valores fundamentales que deberían deslumbrar como rayos de luz en la Compañía y sus Constituciones, dos de ellos son “ser mujeres de oración” y “el servicio comunitario a los po­bres”.

La conclusión de lo que venimos diciendo es que según el evangelio, San Vicente, la carta del Papa y las expectativas del P. Maloney, para las Hijas de la Caridad son inseparables y necesarias la acción y la contemplación, la entrega generosa al servicio y la oración que lo sustenta y dinamiza. Marta y María repre­sentan dos actitudes no opuestas sino complementarias, necesarias y armoniza­bles. Y si esto no se logra, se corre el riesgo de caer en el activismo o en la pereza. Por eso, mejor que hablar del “ser” y del “hacer” como actitudes opuestas habría que insistir, refiriéndose a las Hijas de la Caridad, en un modo de vida que consiste en un “saber estar”. Y eso no es otra cosa que su “estado de caridad”, caracte­rizado por la primacía del amor “como lo único necesario”, según la respuesta de Jesús a Marta. Dicha primacía, según San Vicente, se despliega en amor a Dios, a los pobres y a las Hermanas. Es la “unidad de vida” de la que hablan las Constituciones: vida espiritual-apostólica-comunitaria. La oración impulsando el servicio y éste dinamizado por el amor de Cristo que arde en el corazón de las Hijas de la Caridad. Ese fue el secreto que movía la vida del mayor hombre de acción, nuestro fundador.

Qué hacer (y no hacer)

Para no caer en la tentación del activismo, o para superarla si ya se hubiese caído en ella, habrá que poner los medios adecuados, tanto a nivel personal como comunitario y provincial. A nivel personal habrá que comenzar por autoconvencerse de la importancia del sentirse bien espiritual, psicológica y físicamente. Desde ese convencimiento se sentirá la necesidad de poner los medios adecuados para cuidar y cultivar esas tres dimensiones. La entrega total de la vida a Dios según el carisma específico de la Compañía no equivale a actividad incesante, aunque ésta sea para ejercer la caridad o el apostolado. Se necesita también disponer de un tiempo para la privacidad, para el estudio, para el encuentro fraterno, para el descanso, incluso para el ocio. Todo esto contribuye a la armonía y a la salud integral porque permite expansionar y poner en actividad dimensiones integrantes de la persona. Un buen Proyecto comunitario tendría que tener en cuenta todo esto.

El Proyecto comunitario tendrá que incluir y favorecer: tiempos para la oración y la celebración de la fe, donde se alimenta el encuentro y la experiencia de Dios y se escucha e interioriza en el silencio su Palabra. Tiempos para cultivar la dimen­sión comunitaria, donde se recibe y se da el afecto y el apoyo mutuo para no desfallecer en el camino de la vocación y en la misión común. Tiempos para la formación como remedio contra el anquilosamiento, a la vez que como posibilidad de dar respuesta creativa a los signos de los tiempos y a las nuevas y antiguas pobrezas. Tiempos para el descanso y el ocio donde se rompe el ritmo de lo cotidiano, se desintoxica de lo obligatorio, se cultiva la creatividad personal … más allá de la cultura pragmatista y del rendimiento. (No habrá que dejar de lado lo que sugiere el Estatuto 5). Y, por supuesto, tiempos para la misión entre los pobres, peso, dolor, gozo y fin de la Compañía. Todo lo anterior será garantía de un servicio de calidad realizado con entusiasmo y generosidad.

Jesús no es solamente el “hombre para los demás” que vive en el compromiso de la acción. Es el Hijo de Dios que vive en la intimidad amorosa con el Padre. Su entrega a la misión no estaba reñida con el retiro a lugares tranquilos para orar y descansar. A ello invitaba también a sus discípulos a quienes había llamado para estar con Él y para la misión.

La Compañía es una Sociedad de Vida Apostólica. Se justifica por un fin: el servicio a Cristo en los pobres. El peligro está cuando se pone el acento en la cantidad de tiempo que se dedica a la misión, incluso en la calidad con que se realiza el servicio, olvidando el por quién y el por qué están motivadas e impulsadas las tareas apostólicas, y que la misión es con otras también llamadas y reunidas por Dios. Como personas y comunidades apostólicas, a las Hijas de la Caridad se les pide ser testigos de lo que anuncian, pues el hombre contemporáneo escucha antes a los testigos que a los maestros, y porque la oración y la comunidad vivifican y sustentan la misión.

El remedio contra el activismo también tiene que venir de las responsables del gobierno provincial. En ciertos planes de formación y programaciones hay tantas opciones preferenciales que uno se pregunta quién las va a realizar: la pastoral vocacional y con jóvenes, los alejados, las inserciones, las familias, la cultura, los medios de comunicación, las mujeres y los niños … Se sabe que se cuenta con menos efectivos y, a pesar de ello, se les añaden nuevas prioridades sin revisar o suprimir las ya tomadas. Y luego se lamentan de que algunas Hermanas puedan caer en el activismo y den prioridad al “hacer” sobre el “ser”. La incoherencia es manifiesta.

Ante tal realidad, una de las prioridades tendría que ser la promoción de los laicos. Bastantes de las tareas que realizan las Hermanas podrían desempeñarlas los laicos. Que ellas estén allí donde sean necesarias y en las tareas que difícil­mente podrían realizar otros. No les faltará campo donde realizar el fin de la Compañía. Y lo realizarían sin descuidar las otras dimensiones que integran su carisma.

Conclusión

El seguimiento de Cristo, incluso con la dimensión de cruz que conlleva, es para ser felices. Él vino para cambiar nuestra tristeza en gozo, para darnos vida en abundancia y para invitarnos a un modo de vida que nos hace felices y bienaven­turados.

Las Hijas de la Caridad concretan el seguimiento de Cristo en el proyecto de vida evangélico de la Compañía inspirado por el Espíritu Santo a los fundadores. Tal proyecto de vida incluye tres dimensiones fundamentales. Cualquiera de ellas que se desarrolle o se descuide con perjuicio de las otras produce un desequilibrio en la vivencia global del carisma. Ello se traduce frecuentemente en insatisfacción y desánimo. El remedio vendrá no por la vía del activismo, y menos aún por la pereza e irresponsabilidad ante el trabajo. Desde sus orígenes le viene a la Com­pañía la tradición de una entrega generosa y gozosa a Dios en el servicio de los pobres. Ambas cosas juntas. Y cuando no se es feliz en este modo de vida habrá que cuestionarse porqué. Probablemente una de las causas esté en la no armoni­zación de todas las dimensiones que integran la identidad de la Compañía.

Para concluir vaya esta historieta que cuenta un humorista cristiano: Una reli­giosa llega a la puerta del cielo y Dios la manda al purgatorio. La religiosa protesta y alega en su favor las innumerables tareas que hizo durante toda su vida en favor de los demás. Dios le responde: es cierto, pero no fuiste todo lo feliz que tuviste oportunidad de haber sido mientras hacías tantas cosas.

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