El mérito del Sr. Edme Perriquet es bastante atestiguado por este hecho que fue elegido varias veces asistente de Superior general, y que a la muerte del Sr. Couty en 1746, cargó con el título de vicario general, del gobierno de la Congregación.
El 1º de enero de 1756, el Sr. Debras escribía a París: » Dios nos ha visitado sensiblemente, en esta casa, durante el curso de este año que acabamos de concluir, llamando a él al Sr. Edme Perriquet, nuestro primer asistente. Esto ha sido, en las circunstancias en que nos vemos, una de las mayores pérdidas de la Congregación ha podido sufrir. Para darnos cuenta de ello sería preciso haber sido testigos, como nosotros lo hemos sido, del éxito de este digno sujeto. Hombre verdaderamente sabio, más virtuoso aún, su vida se repartía entre la práctica austera de todos los deberes de su estado y los trabajos que su celo, que lo comprendía todo, le hacía emprender para la edificación del prójimo y el bien de la Iglesia. Los intereses de la religión le animaban vivamente el corazón, y los males que nos afligen producían en él una impresión poco común. Habría querido responder a todo lo que atacaba a la Iglesia o a la religión, y su viveza, unida a luces sólidas, extensas y presentes, le hacían producir una obra casi en el mismo instante que se le había ocurrido. La piedad lamentará siempre que no haya terminado lo que ella misma le había llevado a comenzar. Estaba en la flor de la edad, y su complexión que parecía muy robusta, nos hacía esperar que nos prestaría tan largos como importantes servicios. Era nuestro recurso en todas las funciones que se han de cumplir en esta gran casa, y en los trabajos del gobierno que repartía con una capacidad superior. Estaba presto a escribir cartas, a realizar memorias, a predicar, a exhortar, a confesar; y de improviso, por el principio de la virtud más austera, pasaba de una función penosa a los estudios más serios, sin tomarse el menor descanso. Fue en el ejercicio de una vida tan útilmente ocupada en el servicio de la Iglesia y de la Congregación, pero al mismo tiempo tan dura y tan mortificada, cuando se encontró consumado demasiado pronto. Hacia finales del pasado mes de julio, se sintió vivamente atacado de dolores agudos en todos los miembros. Era empobrecimiento de sangre, cuyos progresos mortales no pudieron impedir los remedios imaginables. Su muerte nos causa un gran vacío «. – Circul., t. I, p. 586.
Después de la muerte del Sr. Perriquet se publicó uno de sus escritos más útiles: Instrucciones para el seminario de las Hijas de la Caridad, par M. P*** (à Paris chez J.-B. Garnier, 1756, in-24 de 230 pages). Se trata, en forma de catecismo de una doble serie de instrucciones. La primera es para las Hijas de la Caridad como institutrices religiosas, y esta parte comprende un excelente compendio de la religión. La segunda serie, en forma de catecismo también, es para la conducta de las Hijas de la Caridad. Se desarrolla en forma de preguntas y respuestas: Virtudes que componen el espíritu de las Hijas de la Caridad; oración, exámenes y dirección espiritual; forma de confesarse bien. Por último hay una serie de máximas explicadas a las Hijas de la Caridad por san Vicente de Paúl, su Fundador», que están muy bien escogidas. Todas estas instrucciones del libro de este distinguido misionero han pasado palabra por palabra a los libros que se han publicado desde entonces para uso de la Comunidad de las Hijas de la Caridad. Por ello en la Introducción escrita por el editor, después de la muerte del Sr. Edme Perriquet, este precioso librito, se lee este justo elogio del autor: «Con estas miras ha emprendido este trabajo el autor lleno de luces, de celo y de valentía. Pero ay, qué triste recuerdo ya no está, ese hombre tan iluminado en los caminos de la salvación, tan celoso por la religión, tan íntegro en sus costumbres, tan celoso por llevar a las almas a Dios. Consumido por trabajos inmensos por el bien de la Iglesia, cuyos intereses tocaban vivamente su corazón ; agotado por las austeridades de una vida dura, mortificada, regular hasta la observancia del menor punto de la ley, Dios se ha apresurado a llamarle a sí para recompensarle sus méritos y sus virtudes.
» Su caridad por vosotras, mis queridas Hermanas, caridad no solo tan sensible en esta obra, sino tantas veces probada por su entrega al servicio de vuestra Compañía reclama la vuestra por él. Le debéis un tributo eterno de oraciones «.
El Sr. Edme Perriquet había nacido el 14 de mayo de 1701; falleció el 18 de agosto de 1755, a la edad tan solo de cincuenta y cuatro años y unos meses.







