Dos ordenaciones episcopales

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Carta del Su. P. DE LA GARDE, Sacerdote de la Misión, al M. R. P. A. FIAT, Superior General.

Lima, 30 Octubre 1909.

Sus dos hijos designados para el Episcopado, el Sr. Emi­lio Lizón, promovido al Obispado de Chachapoyas, y el Sr. Valentín Ampuero, para el Obispado de Puno, han sido consagrados el 19 de Septiembre. Este acontecimiento, de tanto consuelo para el porvenir de las dos Diócesis de la República peruana, ha sido la causa de las hermosas fies­tas religiosas, de las cuales quisiera hacer llegar hasta usted algún eco, por lejano que fuere.

Desde luego, se verificó la recepción oficial de las Bulas: recibidas éstas por el Presidente de la República, las envió a los electos por mediación del Director de Cultos y de uno de sus Ayudantes de Campo. Estos dos señores fueron en ca­rruaje de gala y se apearon a la puerta de la modesta Resi­dencia, que es la más pobre de todas las casas de la calle; su presencia atrae instantáneamente a muchos curiosos, que se amontonan ante nuestra puerta respetuosos y aten­tos. El modesto recibidor apenas llama la atención de los circunstantes sino por la tela violeta de los dos electos, que esperan rodeados de algunos amigos y del Superior de la Casa.

El Sr. Director de Cultos y el Sr. Ayudante de Campo, en breves palabras, cuya nota religiosa me impresiona grandemente, felicitan a los Sres. Obispos y les prometen el concurso benévolo del Estado. Los ilustrísimos señores contestan inmediatamente, dejando vislumbrar con sus respuestas su alma de Sacerdotes y de patriotas.

Un padrino generoso ofrece el champagne, y después de un afectuoso apretón de manos se despiden los invitados. Me parece que esta sencilla ceremonia dejará en nuestro barrio recuerdos imperecederos, y que el Episcopado, ro­deado de honores por parte de los poderes públicos, podrá sin duda desempeñar mejor su divina misión.

Dos días después se celebraba la toma de juramento en el Tribunal Supremo, en donde rodeados de sus amigos y de toda la Comunidad, excepcionalmente grande en esta circunstancia, los Obispos eran recibidos en el gabinete del primer Presidente, que nos recibió a todos con toda la dig­nidad conveniente a sus altas funciones y con su carácter en gran manera bondadoso. Habló sencillamente con nos­otros hasta que llegó el momento de la audiencia solemne, en la cual nuestros Obispos se sentaron al lado de los Con­sejeros en los magníficos sillones rojos reservados a estos Magistrados; a nosotros también nos pusieron en lugar pre­ferente. La toma de juramento atrajo igualmente mucha gente, la cual quedó más impresionada que en la recepción de las Bulas.

El Excmo. Sr. Arzobispo de Lima hizo por sí mismo la consagración de los dos nuevos Obispos; por este acto vol­vían a ser sus dos primeros hijos en el Episcopado, y hasta parecía muy ufano de estos dos gemelos. Los dos Obispos asistentes fueron el Ilmo. Sr. Ballón, antiguo Obispo de Arequipa, y el Ilmo. Sr. Drinot, de la Congregación de los Sagrados Corazones, Obispo de Huanuco. Asistieron a la ceremonia el Excmo. Sr. Delegado Apostólico y el Ilustrí­simo Sr. Puirredón, antiguo Obispo de Puno.

El Sr. Presidente de la República se dignó hacer de pa­drino para los dos Obispos, y al llegar al Ofertorio envió a un Oficial de ordenanzas a presentar solemnemente las ofrendas simbólicas.

Se prosiguieron las ceremonias y el canto de una esplén­dida Misa de Perosi, dirigido todo por tres jóvenes Misio­neros recientemente venidos de la Casa-Madre, con aquella solemnidad, precisión y devoción que usted conoce.

Sólo faltaba usted, mi muy Rvdo. Padre; pero pensába­mos con razón que su corazón estaba entre nosotros y que esto no era ciertamente una ilusión.

Todo ha salido brillantemente: durante los acentos de un Te Deum triunfal, acompañados de una orquesta escogida, los Obispos consagrados descienden a paso lento por las gradas del coro para dar sus bendiciones, La primera des­ciende sobre el Jefe del Estado, mientras que entre los primeros puestos, envuelta en su vestido de duelo y rodeada de Hijas de la Caridad, una mujer llora de satisfacción y alegría: era la amada madre del Ilmo. Sr. Lizón, que viuda desde joven no temió ofrecer su hijo único a Nuestro Señor y a San Vicente de Paúl, y he aquí que San Vicente de Paúl y Nuestro Señor se lo devuelven cubierto de la gloria del Pontificado.

Terminada la ceremonia, aquel pueblo, que hasta enton­ces había permanecido inmóvil y mudo, invadió como un río desbordado el presbiterio para besar las manos recien­temente ungidas Con el Santo Crisma. Aquello era un en­tusiasmo delirante, todos se disputaban sus manos, sus ves­tidos y todo lo que ellos habían tocado, para besarlo con aquella fe que nos ha legado la noble España.

Llenas de gravedad y de satisfacción contemplan este espectáculo las numerosas Hijas de la Caridad con sus pia­dosos ejércitos de Hijas de María, que dirigen con una señal breve y discreta.

Entre tanto, yo recibo en la misma Catedral las felicita­ciones de los Obispos, del Cabildo y de muchos Religiosos. Todas iban dirigidas a usted, mi muy Rvdo. Padre, a quien yo se las envío.

Una hora después nos sentábamos a la mesa del Presi­dente de la República, en donde se ofreció un banquete al Consagrante, al Delegado Apostólico, a los Obispos asis­tentes, a los Senadores y a las Comisiones de las inmensas.

ANALES 1910

 

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