Domingo 4º de Adviento (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. .
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Una señal para el mundo: un niño que nace

Hemos llegado al cuarto domingo de adviento y está más cerca la celebración de la Navidad. La primera lectura nos ubica en el llamado “libro del Emmanuel”, que está en el escrito profético de Isaías, donde la profecía en torno al sucesor del rey Ajaz aviva la esperanza de que Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las infidelidades del monarca de turno, que ha buscado en un conflicto con los pueblos vecinos alianzas y pactos humanos y no ha confiado en la promesa de protección y bendición del Dios de Israel. De esta forma, es Dios mismo quien le proporciona una señal: el heredero, que está por nacer de la “doncella”, volverá a confiar en Dios. Por tanto, el heredero es profetizado como el “Emmanuel”, pues se confirma la esperanza de que Dios es fiel a su alianza y se hace presente cada vez que surge un príncipe. El Señor prometió a David que siempre habría un sucesor de su casa, el cual debería asumir con todo su corazón el reino entendido como una donación de parte de Dios. De allí que el rey de Judá encerraba toda la esperanza de un pueblo que se sentía unido a su Dios a través de su líder. Por eso, Judá no puede hacer alianzas, no puede confiar en sus fuerzas humanas, sino solo en Dios. La señal del niño, del príncipe, habla del cumplimiento de la promesa de Dios hecha a David.

La segunda lectura está tomada del inicio de la carta a los Romanos. Un saludo complicado, pues concentra en medio de este saludo inicial a los cristianos de Roma, toda una compliación de lo que podría significar el anhelo cumplido porque el Salvador ha llegado al mundo para justificar a todos los hombres sumidos en el pecado. Anuncia Pablo el evangelio de Dios, preparado desde antiguo, aferrado a la esperanza de la promesa davídica pero dotado de una condición mayor: “hijo de Dios”, y que ha resucitado consumando la salvación de los hombres. De esta forma, Jesucristo es el evangelio y es quien envía a los apóstoles a ejercer su ministerio de evangelización a todos los pueblos.

Mateo nos presenta esta sección de relatos de infancia de Jesús, cómo se dio su nacimiento. Siguiendo la tradición patriarcal del judaísmo, el personaje en el que se centra es José, hombre justo, que dada la situación particular en que se encuentra María, con quien se halla desposada, decide separarse sin causar a María mayor dificultad. El autor anticipa al lector que el embarazo de María es por obra del Espíritu Santo. Recurriendo a la revelación de Dios por medio del ángel del Señor (muy propio del AT), se da a conocer dos cosas fundamentales para José: la condición divina de Jesús y su misión como padre al imponer su nombre, el cual resume definitivamente la misión de Jesús. El evangelista ve por conveniente releer la profecía de Isaías que hemos analizado y compartido anteriormente, pero la traducción griega habla de “virgen”, en vez de doncella, con lo cual, propicia una nueva interpretación de la profecía. Jesús, el enviado del Padre, es el Hijo de Dios, su nacimiento es especial y debe proceder de la acción del Espíritu, pero siendo el “Emmanuel”, tiene que revelarse en el seno de una familia, con lo cual se hace más patente el significado del “Emmanuel”; realmente es “Dios con nosotros”.

Este tiempo de adviento, resulta ser un camino de conversión necesario para comprender el misterio de la encarnación. Tengo que compartir dos pensamientos que me suscitan al leer estos textos bíblicos. En primer lugar, el designio divino de parte de Dios de que Jesús se manifieste al mundo como uno de nosotros. Pudo irrumpir la misión salvadora de Jesús de otra forma, como un desconocido que de pronto aparece sin presentar ningún arraigo a la naturaleza humana, pero este designio de amor, lo llevó a revelarse en la fragilidad y la hermosura del nacimiento de un niño. ¡Cuánta esperanza encierra el alumbramiento de un niño! Para el pueblo de Israel, el heredero del trono también encerraba la esperanza de que Dios estaba cumpliendo con su parte de la alianza. Pablo habla de la seguridad de que el Hijo de Dios se ha manifestado al mundo como nacido de la carne, constituyéndose así en el más indicado para ofrecernos una salvación plena. Todo esto le da un marco especial al tema de la familia, ya que desde la fe cristiana, la familia queda santificada como lugar de revelación de la salvación ofrecida por Jesús. Esto es algo que deberíamos reflexionar profundamente para recibir al Niño Dios también en nuestras propias familias, pues es allí donde quiere manifestarse al mundo. En segundo lugar, la profecía del “Emmanuel” confirma la presencia de Dios en medio de la humanidad. El Hijo de Dios tiene rostro humano, camina a nuestro lado, se manifiesta muy cerca de nosotros. Si Dios creó al ser humano y supo confiarle el cuidado de la creación, quiero pensar que Dios sigue apostando por su criatura maravillosa, no puede abandonarlo a pesar de la sombra del pecado que lo agobia y lo desorienta. Este es el Dios en quien quiero creer. Quiero verlo con rostro humano y todos hemos empezado contemplando a

un pequeño niño, tan frágil, tan débil, tan tierno y que encierra toda la fuerza de Dios, todo su amor, toda la esperanza de un futuro promisorio. Esta es la Buena noticia que el mundo aún ignora. La Navidad viene siendo trastocada por otros intereses. Esto es una realidad, pero creo que es posible darle el giro necesario a partir de una oración sencilla de la familia cristiana en la Misa de Nochebuena y ante el “belén” de nuestras casas. Jesús es la Buena noticia para este mundo agobiado y sumido en el sufrimiento. Que estos últimos días de adviento, nos ayuden a centrarnos en el verdadero acontecimiento que está por darse, porque Jesús nace en el hoy de nuestra historia. Hay alguien importante que está por llegar, está muy cerca de tocar tu puerta, estate atento para recibirlo: “Va a entrar el Señor, él es el rey de la gloria”.

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