¡Qué bueno este don José!
Es voz común que el poner “Don” delante de los nombres masculinos significa considerar sabio o que tiene una gran responsabilidad en la sociedad la persona en referencia. Por eso quiero poner “Don” delante de José para referirme a San José. Que tuvo una gran responsabilidad nadie lo duda. Eso de ser padre educador y formador de Jesús es algo muy serio y de gran responsabilidad. Miren que son luego millones de personas que van a ser formadas y hechas discípulas a través de la historia de la humanidad. No me dirán que no se necesita ser sabio para todo ello.
Pero yo quiero referirme a la sabiduría de Don José ante el hecho de ver que María, su esposa, manifestaba una incipiente maternidad. Ella era su esposa y resultó: “Que antes de que vivieran juntos ella esperaba un hijo”. Don José reacciona de una manera admirable:
a) No perdió el juicio. No pensó en pedir explicaciones. Ni pataleó de impotencia. Simplemente decidió alejarse y desaparecer. Comparemos esa manera con lo que vemos todos los días en nuestro mundo actual.
b) Nos da una lección de fe. Gran actuación de creyente. Un ángel le dice en sueños que “La criatura que hay en ella viene del espíritu Santo. El le pondrá por nombre Jesús, ya que El salvará al pueblo de sus pecados”. D. José aceptó las cosas casi como María. No dijo Hágase en mí según su Palabra, sino que actuó: “Recibió a María en su casa”. Yo no sé si sería un ángel el que le habló, o si el ángel era su constante meditar la Palabra de Dios, y ésta le iluminó para actuar siempre de modo preciso y perfecto. Ahora, como luego ante el peligro de Herodes con el Niño, como en la huida a Egipto, siempre se le aparecía un ángel. El ángel era los dones del Espíritu Santo que ya actuaban en él.
c) El compromiso con el Redentor y con María será por toda su vida. NO creo que le dieran cursos de preparación para su papel en la Familia de Nazareth, pero seguro que estaba en continua oración para ver lo que debía hacer. Siempre silencioso, siempre trabajador. El Oraba y trabajaba. No les podía faltar lo necesario a los que Dios había puesto en sus manos.
Desde el momento que llevó a María a su casa se comprometió en cuerpo y alma con la causa redentora, con el magisterio de enseñar a los hombres a vivir. Enseñó a Jesús a ser humano entre los humanos. Cuidó de esa Iglesia naciente en el hogar de Nazareth, capullo que luego explotaría en los momentos de predicación misionera de Jesús: “Eran miles los que seguían a Jesús” “Sintió compasión por ellos, porque estaban como ovejas sin pastor” “Denles ustedes de comer” “He venido a salvar lo que estaba perdido” “Ámense como yo los amo”.
Gracias por tu magisterio, gracias por preparar tarimas desde las que hablaba Jesús. Gracias por ser Don José. Ahora y por siempre será San José, silencio predicador.







