Entre la expectativa y la esperanza

Los seres humanos anhelamos en todo tiempo una “era de paz” y esto se hace más seguido cuando vivimos momentos de mucha dificultad. El adviento, tiempo de esperanza, quiere desentrañar el misterio de esta virtud teologal y para ello se proclama en este tiempo litúrgico la lectura de la profecía de Isaías, la cual hace renacer la esperanza mesiánica desde el reconocimiento de la casa de David como dinastía elegida para una misión que trasciende las fronteras de Israel. Pero es interesante descubrir que este deseado tiempo de paz tenga como soporte la presencia de Dios en su espíritu derramado sobre el “elegido”, y que para Israel era sin duda el hijo del rey. De esta forma, la armonía la construye el hombre cuando se ve inundado por el espíritu del Señor, es decir, cuando aquel deja actuar a Dios. Así la maldad es desterrada e impera la justicia sobre la tierra. Ante la presencia del Señor se erradica el temor porque nadie quiere hacer daño y nadie puede recibir daño alguno, pues el corazón del hombre está lleno de bondad. ¿Cuándo pudimos experimentar esta ansiada paz de verdad? Se habla en la historia de tiempos de paz, pero ¿cuál fue su precio? Debemos reflexionar profundamente acerca de la paz que nos trae Cristo y que muchas veces no coincide con la paz propuesta por el hombre. Todos anhelamos tiempos buenos, estamos en busca de un salvador; pero como vemos, nos emprendemos en la tarea de construir paz pero por derroteros contrarios a la fe y ponemos nuestra esperanza en “falsos mesías” y que siguen surgiendo por doquier.
Pablo nos exhorta a mantenernos firmes en la esperanza cristiana aferrado al testimonio de las Escrituras. Justamente, la Palabra de Dios nos introduce en el misterio del Dios de las promesas por lo que nos exige vivir en la esperanza y la confianza de que Dios cumplirá sus promesas. Por eso para Pablo tiene sentido el buscar que en medio de nuestras diferencias sepamos ser unánimes en el pensar y en el confesar la fe en el Dios de Jesucristo. La esperanza no sólo se focaliza en la venida de Cristo y la instauración del reino sino también en la capacidad que tenemos de construir el Reino de Dios en este mundo con gestos y acciones que hablen de una humanidad redimida. Por tanto, ya no hay signos que nos diferencien o nos distingan de los demás, ahora tenemos una persona que se ha hecho signo de unión para toda la humanidad: Cristo. Puede haber hombres buenos y generosos, gente honrada que es apreciada por su honestidad, pero nadie jamás estará a la altura de Jesús, el Hijo de Dios encarnado. De esta forma, Pablo está convencido que podemos convivir en este mundo si aprendemos a descubrir a nuestro Salvador. Esta es la tarea a la que como Iglesia estamos llamados a hacer. Nuestra vida tiene hablar de Jesús y desde nuestros actos es cómo demostramos que es posible vivir en una común-unión.
Mateo recoge como los demás evangelios el ministerio de Juan el Bautista, personaje rutilante del adviento, aunque insiste mucho en su discurso profético y de estilo amenazante. Sin duda, la presencia de Juan en el desierto es una clara evocación al desierto del éxodo. Hay de fondo una llamada a la conversión para lo cual es preciso salir del estado estacionario en que nos encontramos y dejemos todo aquello que nos da seguridad y aventurarnos al desierto para reconocer la necesidad que tiene el hombre de Dios y dejarse encaminar a una tierra de promisión. Por eso Juan se identifica sólo con una voz que clama en el desierto y exige un cambio de actitud basado en la justicia y la exigencia personal. Obviamente para muchos de los judeocristianos, esto representaba un cambio de perspectiva en la reflexión acerca de la salvación. Juan es heredero de la tradición profética y pone en tela de juicio la salvación basada en la condición de pertenencia al pueblo de
Israel. El momento de la salvación se traduce en un juicio duro y exigente para quien está llamado a dar frutos dignos de conversión. Pero aún hay algo misterioso que el mismo Juan no puede discernir: “el que viene”. Juan bautiza para conversión, pero viene el que es mayor que él y que bautizará con espíritu santo y fuego. Quizá nos pueda parecer muy fuerte la predicación de Juan recogida por Mateo, pero sin duda, pone en cuestión la expectativa mesiánica del salvador, anunciado por los profetas. Juan prepara la venida de Jesús, se ha identificado con el anuncio del Reino, pero aún queda en el misterio la revelación del Enviado. Y esto último sorprenderá de sobremanera, como lo fue para Juan y a sus seguidores, como también a los discípulos de Jesús, como a todos nosotros en nuestro tiempo. Pues cuando nuestros deseos humanos afloran, Jesús se revela y cambia nuestra expectativa, purificando así nuestra esperanza.
No perdamos la oportunidad que nos da el adviento para reflexionar el sentido de la esperanza. Añoramos tiempos de paz, tiempos de prosperidad; pero también con esto soñamos con un mundo donde la justicia no se compre, donde el opresor no venza al oprimido, donde el pobre pueda alcanzar tantas oportunidades como el que tiene dinero. Exigimos como Juan justicia y manejamos lenguaje amenazante pensando que podamos sintonizar con un deseo humano de equidad. Deseamos que se haga realidad al oráculo profético de Isaías, donde toda criatura pueda vivir junto a la otra sin temor, queremos vivir en un mundo donde siendo diferentes aprendamos a convivir como hermanos desde la fe en Cristo, la mejor opción entre todas. No perdamos la esperanza, hagamos lo que podamos, pero hagámoslo bien. Dejémonos sorprender por Jesús que llega, no renunciando a nuestra propia exigencia. Una vez más, unámonos al salmista en este segundo domingo de adviento y que expresa este sueño tan humano: “que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente”.







