Domingo 1º de Adviento (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. .
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Necesidad de una esperanza alegre

Este fragmento de la profecía de Isaías está empapado de la teología de la Jerusalén gloriosa, la que se convertirá en sede de la religiosidad no sólo para Israel sino para todos los pueblos. Pero hay una exigencia que no es negociable y ésta consiste en cumplir la Ley del Dios de Israel. No basta con la pertenencia al pueblo sino es preciso demostrar la fidelidad a partir del cumplimiento de la Ley de Dios. Es ésta Palabra del Señor la que se convierte en parámetro para el juicio a las naciones, para propiciar la convivencia entre los pueblos, para construir la paz sin guerras ni violencia. La invitación a subir a Jerusalén, no es solo una reivindicación de Jerusalén como ciudad religiosa importante sino también un compromiso para construir un mundo mejor donde se pudiera vencer todas las barreras que nos dividen.

Para Pablo, el cristiano vive en una tensión acerca del tiempo salvífico y esto le obliga a no adoptar una postura pasiva e indiferente sino más bien una constante perseverancia en la fe. La salvación obrada en Cristo no es un mero hecho del pasado, se hace presente cada vez que invocamos como comunidad de fe las palabras de Jesús en la última cena y lo hacemos efectivo con nuestro testimonio de fe. De este modo, la esperanza cristiana se traduce en actividad y en decisión. Hay que pertrecharnos de las “armas” que nos ayuden a vencer el poder de las tinieblas lo que implica un estilo de vida alejado de todo tipo de desorden y caracterizado por la honestidad. Esto es el revestirse de Cristo: es intentar vivir como vivió Jesús.

La expectativa de la segunda venida de Cristo fue decreciendo conforme se veía que no iba a ser de modo inminente. La destrucción de Jerusalén fue un acontecimiento que determinó esta postura acerca de la “Parusía”, aun así, no se podía dejar de referir a este importante tema por lo que se empieza a insistir sobre todo en el sentido de esta venida y cómo le afecta al creyente. Mateo resalta lo inesperado de tal acontecimiento salvífico y lo asemeja a lo que sucedió en tiempos de Noé con lo del diluvio. Luego, pone de relieve que la decisión de ser fiel y vivir la esperanza cristiana tiene una consecuencia determinante al final cuando venga el Hijo del hombre: uno es llevado y otro es dejado. Todo esto conlleva a vivir pendiente de la llegada del Señor. Estar en vela, implica estar preparado y de esto se trata la “Parusía”.

El adviento nos invita a reflexionar la importancia de la virtud de la esperanza en la vida del cristiano. Muchos de nosotros queremos que la realidad en que vivimos cambie, pero sabemos que esto depende mucho de nosotros mismos. No podemos considerarnos ajenos a este deseo, sino más bien estamos llamados a contribuir en ese anhelo con lo que esté a nuestro alcance hacer. Siempre hemos deseado abrirnos a una era de paz, pero para ello no sólo basta con soñar sino es preciso hacer algo por lograr ese anhelo para toda la humanidad. La religión no debe ser un vehículo de división sino todo lo contrario. Sobre esto aún nos falta mucho por reflexionar y sobre todo aprender a vivir con tolerancia y respeto. De allí, que necesitemos vivamente alejarnos de las obras de la tinieblas y buscar siempre vivir ordenadamente. Aunque esto nos cueste mucho, no estamos solos en esta tarea.

Nuestra esperanza nos invita a aportar mucho más de nosotros que solamente asumir la quietud del recibir. Jesús vendrá, esto es seguro, pero debo vivir como si él estuviera ya a la puerta. Por supuesto, esto nos debe provocar alegría y júbilo; no miedo ni desesperación. Esto es lo más complicado de aceptar, porque el acontecimiento salvífico siempre lo hemos relacionado con un final catastrófico. A la luz de la palabra, sabemos que podrán pasar tantas cosas destructivas no sólo por la naturaleza sino por nuestras propias decisiones, pero la venida de Jesús no puede circunscribirse a eso. De verdad, quiero unirme ahora al júbilo del salmista en este domingo y te invito a hacerlo conmigo: “¡Vamos, alegres a la casa del Señor!”. No sé si

vendrá mañana, solo sé que quiero que venga pronto y que mi vida exprese el júbilo de su venida. Manos a la obra, que la esperanza necesita verse.

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