«Velad, no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa»
Quiero encender bien y muy conscientemente la primera vela de este Adviento. El que vino –Jesucristo– es el que viene cada día y toca a mi puerta, y es el que vendrá al final de los tiempos. ¿Le abrimos, lo seguimos, lo esperamos?
No podemos hacerlo adormilados, o en pijama y como entre bostezos. Pues se trata –como lo recuerda san Pablo en la segunda lectura– de «participar en la vida de Jesucristo, Señor nuestro», no en un ensueño de narcotizados por los criterios del mundo y sus variadas modas. El Adviento es búsqueda, oración, compromiso y encuentro. Es hora de esperanza y conversión. ¡No te duermas!
Puedo escoger un Adviento rutinario, intrascendente, de cristiano almidonado, de cristiano de nombre que se acomoda al color morado como a las hojas del otoño. Puedo escoger –y pedir– un Adviento que me despierte, que me cuestione la vida, que me contagie de Jesucristo y de su causa. ¿Qué escojo?
San Cipriano –pastor de mártires y él mismo mártir– decía en el siglo III: «queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera». Esa espera que es dócil, fiel, activa y llena de servicios.







