Dolor por los que nos dejan

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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asdLas palabras que yo os he dicho son espíritu y vida y, con todo, hay entre vosotros quienes no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían y quién lo iba a entregar. Y añadió: por eso dije que nadie puede acercarse a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron más con él». (Jn. 6,63-66).

«Los que salgan legítimamente o sean legítimamente expulsados de la Congregación no pueden exigirle nada por los trabajos realizados en ella. Pero la Congregación debe practicar la equidad y la caridad evangélica para con el misionero que se separa de ella, como está establecido en el c. 702». (C. 76, 2,3).

Los abandonos son hechos evidentes. Un abandono o una expulsión siempre son casos dolorosos y delicados que exigen mucho tiento, prudencia y caridad. La Comunidad se debe preguntar el porqué de los abandonos. “Dios no se contradice», afirmó San Vicente (XI 334). ¿Por qué se deja la Comunidad?

 

  1. En Ia Congregación se está libremente.

La aceptación libre de lo que se cree es la razón suprema para entrar y permanecer en la Congregación. El voto de estabilidad se hace libremente como respuesta generosa a la llamada de Dios. Cae bajo la responsabilidad de cada uno el conservar la vocación y mantenerse libremente en ella, así como la Congregación debe hacer lo posible para crear el ambiente propio para que perseverancia en la vocación sea siempre una respuesta libre. Nos puede ayudar a meditar este aspecto lo que San Vicente dijo en un Consejo de las Hermanas: “Generalmente hablando, hay que permitir salir a toda persona que diga que quiere irse. Uno de nuestros Padres, cuando salió de nuestra Compañía, me dijo: Padre, si tuviera algún consejo que darle y fuera capaz de hacerlo, le diría que, apenas uno le indique que tiene ganas de marcharse, no hay que aguardar más, pues con el retraso no haría más que estropear a los demás. Sin embargo, hay a veces tentaciones que pasan, como las que sufri6 un buen capuchino que yo conozco. Había sido cazador y estando rezando vísperas no hacía más que pensar en la caza, en los caballos, perros, liebres, en los pájaros. Cuando volvió dentro de si se preguntó: ¿Cómo es quieres ser capuchino y no haces más que pensar en la caza? Fue al Prior y le dijo: No valgo para capuchino, durante todas las vísperas no he hecho nada más que pensar en la caza… Bien, le dijo el Prior, pero ¿cuando Vd. cazaba durante vísperas grito «el lebrero, el lebrero»? No, Padre, ni mucho menos. Entonces le dijo el Prior: no se preocupe, vale para capuchino. Y sigui6 viviendo hasta muy entrado en años en grande perfección… Puede ser una trampa del demonio, pero cuando se ye que esta idea brota de ellos mismos y que se obstinan y se empeñan en salir, es mejor que se vayan». (X 775-776).

  1. «Puede Vd. imaginarse el dolor que siento».

El abandono de la votación, sobre todo cuando se ha vivido en ella durante arlos, es doloroso. Hay que respetar las decisiones, pero es claro que algo ha fallado. San Vicente vivid momentos de este dolor y buscó el modo como consolarse.

«Estas son las noticias que tenemos: El P. Louistre y el P. Fourdim se han salido de la Compañía, así como también el P. Lescuyer y otro clérigo, además de otros dos o tres que hemos despedido… Puede Vd. imaginarse el dolor que siento, no tanto por la salida de cada uno de ellos, como par la victoria que la naturaleza ha obtenido en sus almas y porque no hay forma de conseguir que recuperen la devoción de su espíritu. Después dc la salida del P. Louistre me puse a decir el oficio can ese sufrimiento, pero Dios quiso consolarme con el recuerdo que tuve de que, cuando llegaba la hora del combate, él mandaba proclamar al son de trompeta que todos los que tuvieran miedo, los que se hubieran casado o plantado una viña o construido una casa aquel año, se retirasen, por creer que esa clase de hombres hacían más daño que provecho a la hora de combatir. Y en seguida pensé que, lo mismo que algunos de ellos habían fallado en su votación por culpa de uno solo que tenía ese mal, así ellos no harán tanto mal a la Compañía… De este modo Dios me quiso consolar extraordinariamente. Quizás fue en compensación de haber estado media hora a los pies de uno de ellos para convencerlo, sin haberlo conseguido. In Nomine Domini, que honrar la inmensa multitud y el pequeño número de los que siguieron y perseveraron luego al lado de nuestro Señor». (II 241).

  1. Caridad y equidad con los que nos han dejado.

Hemos cambiado de modo de pensar. San Vicente no se niega a ayudar a los que han salido, pero, siguiendo el criterio entonces predominante, no se le ye muy inclinado a ello. Aconseja no recibirlos en las casas de la Compañía para evitar la comunicación con ellos y otras
actitudes que hoy nos pueden extrañar. (V 97, 100, 112, 106, 426, 537; VII 265, 300, 324).

Quienes legítimamente salgan de un instituto religioso o hayan sido expulsados de él, no tienen derecho a exigir nada por cualquier tipo de prestación realizada en él.

Sin embargo, el instituto debe observar la equidad y la caridad evangélica con el miembro que se separe de él (c 702).

Cuando he sabido que un compañero dejo la Congregación, ¿qué es lo primero que he sentido?

¿He reflexionado sobre las causas objetivas que por parte de la Congregación pueden haber influido en la salida de algunos de sus miembros?

¿Cuál es mi comportamiento con los que se han salido? ¿Está en la línea de la caridad evangélica?

ORACIÓN:

«Oh Salvador. Si hubiera varios paraísos, ¿a quién se los darías sino a un misionero que se haya mantenido fiel a su vocación, entregado a las obras que le han confiado sin rebajar en nada las obligaciones de su estado? Consérvanos, Señor, firmes en el ámbito de nuestra vocación; danos fuerza y fervor por tener vida interior, concebir grandes y santos ideales para vuestro servicio sin renunciar a hacer el bien que se nos presente y todo lo que nos deis a conocer que lo queréis. Aumenta el amor a la vocación; aumenta sin cesar nuestra fidelidad a ella para que seamos nosotros testigos del gran amor que con to llamada nos has dado». Amen. (Cf XI 398).

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