DOCTRINA VICENCIANA DE LA VIRTUD (VIII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA VIRTUD EN LA VIDA APOSTÓLICA

Vicente de Paúl promueve una vida comunitaria dedicada a una intensa y diversificada actividad apostólica. Veamos qué virtudes recomienda para cada una de estas actividades. Vicente de Paúl animó las misiones entre los pobres, tanto las populares como las “ad gentes”. Está convencido que lo que hace esti­mable a un misionero es la práctica de la virtud. Ante todo, se debe conservar en la misión el gusto por el orden vivido en las tasas. La misión no es un tiempo de recreo, ni una excusa para (lar gustos a la naturaleza. El Cristo vicenciano es un misionero exigente. Escribe al P. Portail:

“Honre la prudencia, la previsión, la mansedumbre y la exactitud de Nuestro Señor en esta finalidad. Obrará bien si hace observar el reglamento como es debido. En él se encuentra abundantemente la bendición de Dios. Comience pues por levantarse, acostarse, la ora­ción, el oficio, la entrada y salida de la iglesia a su debido tiempo… Por qué no nos esforzaremos en esto por Dios, si vemos que la mayoría de la gente observa con toda exactitud el orden que se ha propuesto en el mundo? Nunca o muy pocas veces los hombres de justicia dejan de levantarse y de acostarse, de ir y volver de palacio a la misma hora; la mayor parte de los artesanos hacen lo mismo; sólo faltamos los eclesiásticos, somos tan amigos de nuestros gus­tos que sólo marchamos al compás de nuestras inclinaciones”.

En aquellas épocas, el ser enviado a lugares de misión podía implicar largas esperas, ya que los barcos salían para los lugares remotos con largos espacios unos de otros, e incluso se dependía de las buenas condiciones climáticas para zarpar. Tanto en la espera como en el viaje que los llevará al desempeño de la misión, siempre es necesaria la vivencia paciente y perseverante de las tres virtudes teologales. Ya que Dios da “muchas veces a la perseverancia los éxitos que ha negado a los primeros esfuer­zos, complaciéndose en probar mucho a sus obreros, antes de entregarles las obras difíciles, a fin de hacerles merecer median­te el ejercicio de su fe, de su esperanza y de su amor, la gracia de ir a derramar esas virtudes en las almas que carecen de ellas”.

A quien está misionando le aconseja las siguientes virtudes: se debe mantener humilde frente a una gracia tan grande como es el ser llamado a la misión. Luego necesitará una fe grande como la de Abraham; una caridad intensa como la de san Pablo; así como las numerosas virtudes que se destacan en san Fran­cisco Javier: el celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de costumbres, el deseo de consumirse por Dios’. Además, como hemos hecho refe­rencia, en las misiones se debe predicar específicamente el tema de la virtud: para atraer a las personas a la práctica de la virtud, como para alejar del vicio. Para ello se debe inducir al amor a la virtud, explicando las razones y motivos que se tie­nen para ser virtuosos. Luego se debe enseñar en qué consiste la virtud, cual es su esencia, sus actos propios y los vicios con­trarios. Se debe mostrar cuales son las señales de poseerla y como se la practica. Para que esto se pueda efectuar, se debe señalar como se hace para adquirirla; es decir, hay que enseñar­le los medios para adquirirla. La predicación misionera, en su aspecto moral, es un gran esfuerzo por convencer acerca de los beneficios que otorga practicar la virtud. Para nuestro Santo, esto es lo que hizo Jesucristo y los apóstoles cuando predica­ban a los hombres.

San Vicente sabe que los hombres son profundamente afectivos. Por tanto, enseña que la gente no se convierte solamente por Ia agudeza de una disertación, ni por la sutileza de los argumentos. Un misionero con gran capacidad intelectual, pero lleno de soberbia y dureza, generalmente aleja a las personas. Por eso insiste en la necesidad de amar a los destinatarios de la evangelización; un amor que ellos devolverán. Sin el amor y la compasión, ningún argumento intelectual, por más brillante que sea, entrará en el corazón de los hombres. Propone el ejemplo de san Francisco de Sales, que aunque era sabio en controversias, con­venía a los protestantes fundamentalmente por su “dulzura”. Quien es virtuoso será útil al pueblo de Dios, cuestión que no forra quien sea solamente instruido.

Otra actividad en la que Vicente de Paúl trabajó con empe­llo es en la adquisición de las virtudes propias del clero a través de la atención de seminarios, retiros y conferencias a los eclesiásticos. Sabía que de poco valía dignificar y evangelizar al pueblo pobre, si luego en las poblaciones rurales el clero encargado de las parroquias no los atendía. Para que la acción con los ejercitantes sea fructífera, propone a quienes los atien­dan, que combinen varias virtudes, así como un buen pintor sabe combinar los colores. Quienes dan los ejercicios espirituales deben tener: modestia, alegría, mansedumbre, sumisión y espe­cialmente humildad. La mejor predicación a los ejercitantes es ser virtuosos: “Si trabajan en la adquisición de las virtudes, si se llenan de las cosas divinas, y si cada uno en particular tiende continuamente a la perfección, aunque no tengan ningún talento exterior que pueda aprovechar a esos señores ordenandos, Dios hará que su sola presencia lleve la luz a sus entendimientos y caliente sus voluntades para hacerlos mejores”. Exhorta a los que están a cargo de los seminarios que su principal preocupa­ción sea que los seminaristas asuman las virtudes propias de los eclesiásticos: “Lo que más le recomiendo en nombre de Nuestro Señor es que forme a sus seminaristas en la vida interior. No carecerán de ciencia si tienen virtud, ni de virtud si se entregan a la oración; si ésta se hace bien y con fidelidad, los introducirá sin duda en la práctica de la mortificación, del despego de los bien­es, del amor a la obediencia, del celo por las almas y en todas las demás obligaciones”.

En cuanto a los seminarios insiste a los formadores que mol­deen a los seminaristas en la vida interior, la oración y la virtud. No hay que poner la mayor preocupación en el nivel académico, sino de que progresen en la virtud. De este modo, le pide a un formador que le informe “qué progreso se nota en el seminario, si los que se forman van adelantando en las letras y en la virtud”. Un seminario marcha bien cuando aumenta el número de candidatos, pero especialmente cuando ellos crecen en la prácti­ca de la virtud. Un seminario cumple su cometido cuando con­sigue que los seminaristas se conviertan en maestros de virtud; quienes al ordenarse derramarán esas virtudes en las comunida­des en las que les toque pastorear.

Las virtudes y cualidades en las que se debe formar especial­mente a los seminaristas son: el espíritu de oración, la devoción y la piedad, ya que el sacerdote es el hombre del altar. Además, de          trabajar en la mortificación, el desapego de los bienes, el
amor a la obediencia, y el celo por las almas, y la caridad con los pobres, ya que deben imitar a Cristo que dio su vida por el rebaño. Para que las Casas de Formación marchen bien es imprescindible que los formadores sean ellos mismos virtuosos, y conserven el justo medio en el trato con los seminaristas. Com­para la tarea del formador con la de un embalse lleno del “agua”, de la virtud. Si son así, podrán derramar la virtud sin agotarse, dando a los demás, lo que previamente han adquirido, ya que nadie puede dar lo que no tiene. Por el contrario, los formadores no producen frutos cuando:

“Actúan como dueños sobre los que están a su cargo, desedificándolos o no cuidando de ellos; es lo que pasaría si quisiéramos tra­tarnos bien, lucir mucho, presumir, buscar los honores y distincio­nes, divertirnos, ahorrar esfuerzos y tratar mucho con los de fuera. Hay que ser firmes sin ser duros en nuestra actuación y evitar una mansedumbre fofa que no sirve para nada”.

Vicente de Paúl se dedicó especialmente a la atención a los pobres. Ante todo, como el pobre es tan valioso dentro de la Igle­sia, quienes se dediquen a servirlos debe ser instrumentos cualifi­cados: “Continúe usted, hermana, por su parte practicando debi­damente las virtudes… obrando de manera que sea cada vez más agradable a sus ojos y más amable a los ojos de los pobres”. Dentro del servicio al pobre, socorrió los enfermos, quienes eran en su época unos de los más vulnerables y vulnerados de la sociedad. Por tanto, para hacerlo bien se debe atender a los enfermos con caridad, sencillez, humildad, prudencia, discre­ción, y mortificación. Se debe actuar por la recuperación del enfermo, trabajando en coordinación con los médicos. Al pobre enfermo se lo debe atender integralmente, preocupándose por sus necesidades corporales y espirituales. A ejemplo de Jesu­cristo que se ocupó de los cuerpos y de las almas de los enfer­mos. Esa es la manera de ser al mismo tiempo efectivo y edifi­cante con el prójimo. Así como invita a los sanos a ayudar caritativamente a los enfermos, impele a los enfermos a ser mor­tificados, obedientes al médico, y a no automedicarse. Es un signo de virtud obedecer al galeno y no andar inventándose medicaciones. La enfermedad es un inmenso tesoro que puri­fica a la persona y la hace crecer en virtud. Al mismo tiempo, la virtud ayuda a la persona a pasar más serenamente el momento de enfermedad:

“En la enfermedad la fe se ejercita de forma maravillosa, la esperanza brilla con todo su esplendor, la resignación, el amor de Dios y todas las demás virtudes encuentran materia abundante para su ejercicio. Allí es donde se conoce lo que cada uno tiene y lo que es; la enfermedad es la sonda con la que podemos penetrar y medir con mayor seguridad hasta dónde llega la virtud de cada uno, si hay mucha, o poca, o ninguna. En ningún sitio se ve mejor cómo es uno que en la enfermería. Esa es la mejor prueba que tenemos para reco­nocer quién es el más virtuoso y quién no lo es tanto”.

Dentro del trabajo con los pobres, se preocupó por la niñez desvalida. La virtud es importante en el trato con ellos. Para tra­bajar con los niños expósitos se debe enviar a las hermanas más virtuosas. El motivo es que las criaturas son muy imitativas, y pino sean las hermanas que los cuiden así serán ellos. Se los debe servir con caridad, afecto, humildad, mansedumbre y justicia. Se debe cuidar su salud, alimentarlos, amarlos mucho, así cuino encaminarlos al aprendizaje de un oficio, para que cuando sean adultos se valgan por sí mismos. También, se debe trabajar para que aprendan a rezar, conozcan las verdades cristianas, y reciban los sacramentos. El trabajar a favor de los pobres, el promo­ver la caridad y la justicia son una actividad con mucho riesgo. La virtud ayuda en estos momentos a tener paz y a continuar cum­pliendo la voluntad de Dios”. A una hermana que le comunica que le han puesto una espía para observarla, le responde:

“¡No sé de nadie que no tenga vigilantes! Los grandes los tienen incluso en sus habitaciones, y la miseria es hoy tan grande en el mundo que casi todas las personas que vemos son otros tantos espías; de ello hemos de sacar la conclusión de que hemos de obrar siempre con mucho recato y presencia de Dios. Creo que usted y las demás hermanas obrarán así; esto hará que los que se fijen en sus acciones no tengan más remedio que publicar su virtud”.

La propuesta vicenciana es enviar a la persona al mundo de los pobres para atenderlos integral y cotidianamente. Dicho ser­vicio puede ser agotador; por tanto, san Vicente recalca que para perseverar es necesario tener bien asentado el edificio de las virtudes. El cansancio producido por las actividades apostólicas permite practicar dos virtudes: la perseverancia y la constancia. Muchas veces, Dios da el éxito a los que saben perseveran a pesar de las dificultades. Además, el dolor puede ser un rega­lo que Dios hace al hombre, en cuanto prueba, perfecciona y purifica al individuo que quiere ser virtuoso. La tribulación demuestra si la virtud es real o imaginaria. La dificultad purifica las motivaciones de la persona, la hace más humilde y le hace apoyarse sólo en Dios.

  1. SÍNTESIS CONCLUSIVA

Vicente de Paúl está convencido que es indispensable una moral de virtudes para extender el Reino de Dios sobre la tierra, comenzando por uno. Para que dicho Reino impregne los corazones, es preciso que se despliegue el amplio abanico de las virtudes. Al estudiar la doctrina vicenciana de la virtud, ha queda­do manifiesto que nuestro santo, hace de ella el centro de la ética y de la vida espiritual: “¡Qué hermoso es ver a un alma revesti­da de la gracia de Dios, rodeada de la virtud de Dios… los santos Padres han dicho que, si se pudiera ver la belleza de la virtud, quedaríamos extasiados y seríamos incapaces de dejar de amar­la, cuando la dejáramos luego de ver”.

Demostramos que el modelo perfecto de todas las virtudes es Jesucristo. De tal modo que seguirlo implica avanzar por el camino de la virtud. El señor Vicente propone una moral de hábitos virtuosos explícitamente cristológica. La vida centrada en la virtud no busca la propia perfección movida por un deseo narcisista, sino que lleva a la salida de sí, volcándose a la evan­gelización, especialmente de los pobres y miserables. La virtud cualifica al sujeto para tratar con pericia todas las dolorosas caras de la pobreza. De tal modo que ella es necesaria para hacer efectivo el Evangelio. Dinamiza la vida cristiana, lleván­dola al servicio del pobre. De este modo, su moral de virtudes lleva a trabajar simultáneamente en la perfección personal, comunitaria y pastoral. Es una moral netamente relacional en cuanto vinculan al cristiano con los demás: envía al hombre a servir a los demás, no lo aísla, ni lo hace huir del mundo. Lo compromete con los desheredados de la sociedad. Por todo ello, el aprendizaje de la virtud, se convierte, en la ética vicenciana, en la principal ocupación. Exhorta: “Tienen que procu­rar, a cualquier precio que sea, hacerse muy virtuosas”. En el próximo punto analizaremos la enseñanza vicenciana acerca de cada virtud en particular.

Andrés Román María Motto

CEME 2010

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