DOCTRINA VICENCIANA DE LA VIRTUD (VII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA VIRTUD AL SERVICIO DE LA IMPLANTACIÓN DEL REINO DE LOS CIELOS

En el vicencianismo, la ética de la virtud no queda en el campo intimista, sino que desborda hacia el plano comunitario y social, repercutiendo positivamente en el mundo de los pobres. La correcta adquisición de la virtud conduce al cristiano a abrir­se al servicio. Es decir, trabajar en la propia perfección es hacer­se apto para producir frutos en la vida del prójimo. Esta enseñanza la encuentra al contemplar la vida de Cristo. La unión íntima y personal con Cristo, lleva al discípulo a convertirse en instru­mento válido en las manos de Dios. La virtud es un puerto segu­ro en los momentos difíciles, y también ayuda a mantenerse equilibrado y agradecido en Dios en los momentos gratos. Desde esta postura, la virtud permite la efectividad del servicio. ¿Qué virtudes son necesarias en el servicio? Todas… pero especial­’ tiente recalca la caridad. Aunque luego las estudiemos cada una en particular, adelantemos que la caridad abre a la afabilidad, ya que el amor a los servidos hace que éstos acepten a los ser­vidores. La caridad afable hará que se acerquen a la Palabra y que reciban los sacramentos, acercándose a Dios. Una sola palabra dicha con amor mueve más que “montañas” de repro­ches y amenazas. San Vicente, además de la caridad, invita a practicar las virtudes directamente relacionadas con ella. Toda la vida comunitaria como la vida apostólica deben estar traspa­sadas por la afabilidad, la amabilidad, la alegría, la compasión, la cordialidad y la dulzura. También recalca la necesidad de la humildad en el servicio, para ponerse a la altura del que sufre, del pobre, del marginado. La mortificación permite servir en condiciones que son molestas a la naturaleza, haciendo efectivo el servicio. Cercanas a la mortificación, propone ir al prójimo con paciencia y mansedumbre. Como el Reino de los Cielos se debe preparar en la comunidad y en el apostolado, veamos que dice nuestro autor acerca del comportamiento virtuoso en cada uno de estas áreas.

6.1. La virtud en la vida comunitaria

San Vicente contempla a Jesucristo acompañado de sus discí­pulos; por tanto, entiende que la vida del cristiano debe ser comu­nitaria. En las asociaciones que crea, pero sobre todo en las con­gregaciones que funda, la vida comunitaria es un rasgo esencial. Ella no es un fin en sí mismo, ya que propone, como el Evange­lio, comunidades para la misión. Pero esto no resta nada a la cali­dad de la vida comunitaria. La cual viene, no por estar siempre juntos, sino porque es una vida regida por la virtud. Además, propone una vida comunitaria vivida en la cercanía y sencillez, llevando un trato cercano como el que se lleva en la vida doméstica. Incluso suele llamar a las comunidades locales “familias”.

Jesucristo instauró su Iglesia, nombrando autoridades. Asi­mismo, el señor Vicente no concibe la vida civil, eclesial y congregacional, sin gente que la gobierne. Sabe que los aciertos y desaciertos de la vida cristiana en buena medida se dan por quienes la conducen. Nuestro Santo, fino observador de la psicología humana, se convierte en un verdadero maestro del mando virtuoso. La autoridad, tan necesaria, es al mismo tiem­po un peligroso veneno: el ser autoridad puede hacer crecer el orgullo; generar deseos de perpetuarse en el ejercicio del poder; hacer olvidar que la autoridad está para servir; buscar privilegios y prerrogativas, etc. Por tanto, propone una figura virtuosa de autoridad para que se pueda establecer el Reino de los cielos. El que sea superior debe saber que “cuanto más elevada de condición es una persona… tanto más obligada está a entregarse a la virtud”. La lectura bíblica le enseña que Jesucristo se presentó cercano y amigable, por tanto, si el Maestro dejó ese ejemplo, cuanto más un hombre pecador que ocupe un puesto de mando debe ser cercano a todos: “Los que dirigen las casas de la compañía no tienen que mirar a nadie como a inferior, sino siempre como a hermano. Nuestro Señor les decía a sus discípulos: “Ya no os llamo mis servidores, sino que os llamo amigos. Por consiguiente, hay que tratarlos con humildad, con mansedumbre, con paciencia, con amor y cordialidad”.

Reconoce la importancia y la necesidad de la autoridad. Para mostrar la necesidad del superior y los encargados de los oficios se sirve de algunas imágenes: 1) El timonel. La congregación es un barco y los superiores son los pilotos. Si quienes conducen lo hacen adecuadamente, el “barco” de la comunidad podrá atrave­sar difíciles mares y llegar a buen puerto. 2) Los padres. Toma esta comparación del mundo familiar y doméstico. Esta imagen le ayuda a resaltar cómo el mando repercute en los demás: “Según son el padre y la madre, así son los hijos; y por consi­guiente según sean las oficialas de la Caridad, así serán también las otras”. Entre las diversas tareas del superior una fundamen­tal es atender solícitamente a sus compañeros, y a través del bien que haga a ellos, llegará a mucha gente. La virtud del superior alimenta directamente a la comunidad, y ella lleva el ramillete de las virtudes a los pobres. El superior debe ser una persona cer­cana: con su comunidad, con los pobres, con los familiares de los hermanos/as, con los benefactores de la obra. Le señala a una superiora: “Le pido a Nuestro Señor que le dé mucha humildad y cordialidad para con las dos hermanas que están con usted, mucha caridad para con los pobres y una total sumisión al señor Eudo, fundador y director del hospital”.

El superior debe animar a la comunidad a practicar la virtud. Para desempeñar bien esta función, da una serie de conse­jos: 1) Rezar con frecuencia y meditar acerca de lo importante que es que el superior vaya delante de la comunidad en la práctica de la virtud. 2) En la medida que las diversas actividades se lo permitan, debe ser siempre el primero en los actos de comunidad. 3) Escuchar el parecer de los asistentes. 4) Una vez por mes, dialogar con cada miembro de la comunidad. 5) Combinar la manse­dumbre y la humildad con la necesaria firmeza. El manejo de esta virtuosa dialéctica hará que la comunidad se conserve en su misión, y que viva una intensa caridad. Esto incluye que uno debe lamentarse de las faltas de sus hermanos, y acto seguido, debe procurar ayudarles a corregirse.

La autoridad debe dar ejemplo de ser capaz de morir a todo tipo de ambición, y de no buscar singularizarse. Es, sin duda, un puesto difícil, en el que hay mucho que sufrir; pero también, por ludo lo que demanda del propio sujeto, es una ocasión para cre­cer en virtud. Es decir, el superior debe ponerse en disposición de crecer cada día más en la práctica de la virtud.

En cuanto a la manera de gobernar, seguirá la enseñanza salesiana de ser firme en los fines y suave en los medios. Firmeza en los objetivos que no va reñida con la humildad y mansedumbre que se ha de tener a la hora de elegir los medios, que siempre es un campo más opinable y circunstancial. El mando evangéli­co implica el ejercicio de varias virtudes, resaltando la humildad y la caridad. Le señala a un superior, que todo irá bien “bajo su sabia dirección, que parece humilde, caritativa, sencilla y llena de juicio. Dios se encuentra siempre en la práctica de esas virtu­des, especialmente en la de las dos primeras y en la medida en que procure ponerlas por obra, no dude de que Dios actúa en usted y por usted, y que todo tendrá que salir bien”. En lo posible, el superior deber ser el más humilde de todos, y una forma de manifestarlo es sabiendo pedir consejo a la comunidad. Es conveniente que el superior sea una persona de fe profunda, y que viva en la presencia de Dios. Además, es necesario que tenga dotes humanas que lo califiquen para el mando. De este modo, es capital que tengan sentido común y buen juicio, “prudentes y que tengan dotes de gobierno; porque hay mucha diferencia entre la devoción y la economía; podrían tener un espíritu muy devoto, pero no ser buenas para ello”. Agrega que, en lo posi­ble, tenga buena salud. Ciertamente que Vicente de Paúl pro­pone para el superior una cantidad de virtudes, aptitudes y con­diciones humanas que difícilmente se encuentren en una persona concreta. Esto sirve para dos cosas: 1) Que el superior sea humil­de, al considerar cuanto le falta para cumplir su cometido. 2) Que el superior comprenda que él no es el referente; el modelo per­fecto es el mismo Jesucristo, al cual el superior debe tratar de imitar.

Para quien sea Visitador de religiosas señala las siguientes virtudes: amable, prudente, respetuoso de la autoridad episcopal, que posea ciencia, probidad, piedad, y experimentado en el gobierno de las religiosas. Asimismo, san Vicente toma de la disciplina ordinaria de la vida eclesiástica la visita a las comuni­dades locales. Esta es una actividad que sirve para animar la buena marcha de las comunidades, la cual puede ser hecha por la autoridad o por algún delegado. La tarea requiere de mucha virtud para que sea efectiva. ¿Qué virtudes aconseja a quien va a realizar la visita? El enviado debe ser ante todo sencillo y humil­de, ya que el que hace la visita puede sentir la tentación de creerse más que los visitados. Por eso, les recuerda a los enviados que no se crean más importantes, sino que más bien piensen que no se los conoce bien. Otras de las virtudes que recalca a los que van a hacer las visitas canónicas es una gran prudencia y dis­creción. Esto es así, porque la experiencia le demuestra que el enviado puede alardear de estar informado de todo lo que pasa en tal o cual casa, cayendo en la indiscreción. Con un poco de humor el santo señala “lleven sobre todo ojos y oídos, pero dejen la lengua en casa”. Quien haga las visitas canónicas debe tener una profunda caridad, y un intenso amor a los compañeros. Fren­te a las miserias humanas que se puedan descubrir, siempre se debe tener una postura misericordiosa. Al mismo tiempo, el enviado debe ser una persona que conozca y viva las Reglas, para poder compartir su conocimiento a otros; ya que la visita impli­ca una cierta docencia con la comunidad. En definitiva, el mode­lo bíblico que san Vicente propone para las visitas a las casas es tener la misma actitud que tuvo santa María cuando fue a visitar su parienta Isabel.

La vida comunitaria tiene momentos de reposo y solaz. Por tanto, después de las duras misiones o de la agotadora docencia, invita a los misioneros a un virtuoso descanso:

“Descanse, pues, y haga que descansen esos padres que han traba­jado tanto. Es muy justo, en este intervalo, reparar las fuerzas per­didas y renovarse en Nuestro Señor, que es el principio de la vida y de la virtud de los sacerdotes por el ejercicio de la oración y la gra­cia del recogimiento, para continuar luego la conquista de las almas con armas nuevas que, habiendo sido recogidas en el arsenal de las Santas Escrituras, habrán de ser siempre victoriosas, si son maneja­das con el espíritu de Nuestro Señor”.

La vida comunitaria masculina diseñada por el señor Vicente tiene tiempos dedicados al estudio y la formación. Con respec­to a este punto, valora el conocimiento, pero más la virtud. Inclu­so, en algunas reflexiones aparece con una postura un tanto anti-intelectualista. Sabemos que en algunas épocas, donde incluimos al siglo XVII, la vida ético espiritual cristiana no siem­pre valoró en todo su alcance la capacidad intelectual. A veces se la presentaba como un peligro respecto de la fe. El deseo de conocer parecía favorecer la soberbia, la vanidad. Se hablaba de la ciencia vana, del deseo de saber por saber. Vicente de Paúl no escapa a este influjo. Ahora bien, es bueno calibrar los argumen­tos que enumera para marcar un límite al estudio:

1) Es contrario a la erudición en cuanto que en un mundo con tantas urgencias, con miles de pobres que desconocen lo más esencial, entiende que la persona no puede perder valiosos años de vida apostólica en sutilezas, curiosidades, exquisiteces o pele­as de escuelas. El pueblo necesita para su salvación más a hom­bres virtuosos que a grandes intelectuales.

2) Su propia conversión a Jesucristo y a los pobres se dio más por los acontecimientos, que por los muchos libros que leyó.

3) En su época existía un gran porcentaje de clero escasamen­te formado, al que había que dar una formación digna pero bási­ca. Además, en los seminarios no tanto había que dar las mate­rias curriculares, sino trabajar una serie de actitudes que debían marcar la posterior vida sacerdotal.

4) Había un sector, más reducido, de eclesiásticos extremada­mente formados. Pero muchos de ellos estaban lejanos a los requerimientos del pueblo.

5) En numerosos nombramientos eclesiásticos se daba prefe­rencia, como criterio de selección, a los títulos académicos más que a otras condiciones de la persona. Y de hecho, no siempre el más titulado era el más apto para la acción pastoral.

6) Había conocido a muchos eclesiásticos envanecidos por la ciencia, que daban poco fruto. Los muchos conocimientos pueden hacer perder la humildad y la sencillez a la persona. Haciendo, que se vuelva distante, complicada para hablar, despectiva tal quien no está a su nivel. Además, es propio de quien está envanecido ser incapaz de escuchar a los demás.

7) La experiencia le había demostrado que sin una particular atención, era frecuente que muchas personas al estudiar dejaran al lado o disminuyeran su vida de oración y de devoción; cayen­do en un amor a Dios más intelectual que volitivo-afectivo. Por estos motivos, busca para su comunidad una formación Inicua, pero no exquisita. Le responde a un sacerdote que le ‘lenta su pena de no poder seguir estudiando:

“Me dice usted que se ejercita en la paciencia y en el buen ejemplo, pero que siente mucho no poder estudiar; es que no pien­sa usted, padre, que el esforzarse en la virtud es un estudio de exce­lente calidad. ¿Puede usted hacer en el mundo un estudio mejor, que sea igualmente útil para usted y para los demás? No se preocupe; mientras progrese usted en la escuela de Nuestro Señor, Él le dará conocimientos más hermosos que los de los libros; le dará su espí­ritu y por medio de sus luces podrá usted iluminar a las almas a las que el vicio y la ignorancia mantienen en tinieblas. Le hablo de esta forma, padre, porque sé muy bien que tiene usted por otra parte suficiente ciencia y que los más sabios no son de ordinario los que dan más fruto; lo vemos demasiadas veces”.

Para ser un buen misionero no cuenta tanto la mucha ciencia, ni la buena presencia sino las virtudes necesarias a la vida apostólica. Lo más importante es que el Reino de Dios crezca en uno y en los demás. Para que esto se dé no se excluye el estudio, pero la mayor fuerza debe volcarse en la adquisición de las cosas espirituales, sobre todo de la virtud. Pone como ejemplo de quienes buscaron ante todo las cosas de Dios a Abraham y a los hijos de Recab, aunque no tuvieron mucha formación. El ideal es que el estudio sea un instrumento para amar cada vez más a Dios, al prójimo y a las virtudes. San Vicente apunta a una for­mación integral del clero: que sepan la ciencia eclesiástica y que lleven una vida virtuosa. Se da cuenta que educar sólo en lo inte­lectual es una tarea incompleta. Es más, la ciencia sin virtud resulta peligrosa.

También hace falta virtud para aceptar los envíos y los cam­bios de destino. A veces, puede ser que no cueste cambiar de comunidad, pero otras veces puede implicar un desgarro interior. En todos los casos, san Vicente invita a asumir algunas virtudes al aceptar un nuevo destino: 1) Una profunda humildad para esti­marse siempre el último. Esta convicción hará que la gente lo acepte. Asimismo, humildad requerida para consultar, y para continuar lo que otros han iniciado. También, humildad de parte del que deja el puesto, para predisponer favorablemente a la comunidad, con respecto al reemplazante”’. 2) Una gran caridad para no sentirse dueño de los cargos y lugares. Caridad para que­rer a las nuevas personas que Dios asigna en el reciente destino. 3) Paciencia para poder iniciarse en nuevas actividades.

Andrés Román María Motto

CEME 2010

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