DOCTRINA VICENCIANA DE LA VIRTUD (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. EL APRENDIZAJE DE LA VIRTUD

La moral vicenciana se encamina prioritariamente al aprendi­zaje de la virtud. La práctica de la virtud debe ser la ocupación prioritaria y habitual del cristiano: “Nuestro negocio es el de conquistar el cielo; lo demás es sólo una distracción; vayamos, pues, por los caminos más cortos y más seguros, como son los de la vida retirada, la adquisición de las virtudes cristianas y evangélicas”. Para alcanzar esta disponibilidad interior a la volun­tad de Dios el cristiano debe conocer las virtudes y los dones naturales y sobrenaturales con los que Dios lo ha enriquecido, quitando los vicios y afectos desordenados. Para ser buenos ins­trumentos en la mano de Dios debemos colaborar con Dios cre­ciendo en las virtudes, para que Él pueda unificar, simplificar, santificar la vida del seguidor de Cristo.

En este aprendizaje, una tarea es identificar cuáles son las dificultades que cada uno encuentra en el ámbito ético espiritual, cuales son los vicios que obstaculizan la acción de Dios. Luego, se debe desarrollar aquellas virtudes que enriquecen a la perso­na, con ideas, principios, criterios, propósitos, resoluciones, jui­cios de valor, afectos, emociones, actitudes centradas en la per­sona de Jesucristo. Todo esto dispone a la persona para que pueda evangelizar con pericia en el mundo de los pobres.

Se debe comenzar el camino de la virtud con disposición discipular, recomenzando cuando se retroceda, ya que Dios no le da al hombre todo hecho. La virtud es una realidad dinámica, por tanto, siempre se puede avanzar más en su adquisición; se puede mejorar su práctica hasta hacerla rápida, fácil y agradable. Se debe tener una práctica constante, ya que si uno no es mejor hoy que ayer, ha empeorado. Es necesario imitar al Hijo de Dios que progresaba de virtud en virtud. Así, toda la vida del cristiano consiste en trabajar continuamente en la propia perfección’. Como maestro que no quiere desalentar, señala que para querer adquirir las virtudes no importa cuales hayan sido los comienzos de la persona, lo importante es lo que se quiera hacer a partir del momento presente:

“Acuérdese siempre de que en la vida espiritual no se tienen muy en cuenta los comienzos; lo que importa es el progre­so y el final. Judas empezó bien, pero acabó mal; san Pablo acabó bien, aunque había comenzado mal. La perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas, ya que en el camino de Dios el no avanzar es retroceder, pues el hombre no puede nunca permanecer en el mismo estado”.

Enseña que la virtud se afianza con la repetición de actos bue­nos. Nadie deviene humilde en un mes, ni por haber practicado alguna vez algún acto de humildad. Será la sostenida práctica de actos humildes, lo que permite que Dios conceda dicha virtud. Incluso, cuanto una virtud más se la practica, más fácil resulta de cumplir. Da un ejemplo del mundo musical: “En la música, el que aprende un motete, y quiere luego aprender un segundo y un tercero, encuentra más facilidad para aprender el segundo que el primero; y el tercer motete lo aprenderá todavía con mayor faci­lidad. Del mismo modo, hoy nos cuesta hacer un acto de virtud, un acto de religión; la segunda vez, nos costará menos; la terce­ra, menos que la segunda; y así llegaremos a perfeccionarnos cada vez más”.

En el camino de la virtud es importante perseverar’. La experiencia y la lectura de la Patrística le ha enseñado que nor­malmente el que comienza el camino de la virtud y luego lo deja, concluirá peor de lo que estaba antes de comenzar el camino de la virtud: “No soy yo quien lo digo, sino San Jerónimo: ‘Nosotros, los cristianos, hacemos poco caso de una persona que se entrega a Dios al principio, si luego no continúa’… Por consiguiente, nuestra hermana ha tenido razón al decir que hay que perseverar y que, sin eso, nada nos aprovecharía el haber comenzado”.

Como señalamos, para san Vicente es una exigencia para cre­cer en la virtud el ser fiel a los pequeños ejercicios de piedad, especialmente en los momentos fijados de oración, la presencia de Dios, los exámenes de conciencia, y la lectura espiritual. Asi­mismo se deben hacer todos los días algunos actos de caridad, de mortificación, de humildad y de sencillez.

Algunos signos que expresan que la persona está marchando adecuadamente por el camino de la virtud son: 1) Practicar todas las virtudes, no sólo algunas. Incluso, unir virtudes que aparecen como más opuestas entre sí. Es decir, el virtuoso maneja una actitud dia­léctica en la práctica de valores que exigen ir de un extremo al otro, por ejemplo, ser humilde y al mismo tiempo activamente caritati­vo; tener un gran temor de Dios, unido a una grande esperanza; una profunda mortificación con una sincera alegría. 2) Tener la capacidad de vivir la virtud más opuesta a lo que la situación actual pide a la naturaleza, por ejemplo, ser paciente en medio de grandes sufrimientos; tener fortaleza cuando el cuerpo está débil.

Para crecer en los hábitos virtuosos, todas las personas nece­sitan ser ayudadas. San Vicente invita a que la persona se abra “ya que tenemos necesidad de ser ayudados para entrar en la práctica de algunas virtudes”. Lo importante es que esa perso­na a su vez “esté experimentada en la virtud”. Como el apren­dizaje de la virtud necesita de un acompañamiento muy particu­lar, Vicente de Paúl da mucha importancia a la figura de los formadores. Les dice a las hermanas refiriéndose a quien está a cargo de la formación: “¡Es el primer cargo después de la supe­riora y el más importante! Se trata de formar a unas jóvenes para que puedan servir a Dios en la compañía, hacer que arraiguen en la virtud, enseñarles la sumisión, la mortificación, la humildad, la práctica de sus reglas y de todas las virtudes”. El formador tendrá como una de las tareas centrales acompañar al formando para que éste pueda adquirir las virtudes. No debe confundir su función con la de un profesor, tarea que apunta más a lo intelec­tual, y es más propio de los estudios académicos.

Los seres humanos nos construimos en la palabra. Por tanto, resulta importante vigilar las propias conversaciones para que ellas sean edificantes. Vicente de Paúl, amigo de la palabra moderada y enemigo de la palabra vana, propone que las conver­saciones estén al servicio de la verdad, la caridad, y en definiti­va, al servicio de la virtud. Dirá a las hermanas, “cuando estén pintas, entreténganse en buenas conversaciones y hablen de cosas virtuosas”. Es signo de ser una persona traspasada por el amor a Dios y al prójimo, tener palabras que lleven al bien y a la virtud. De este modo las personas se enfervorizan mutuamente; y se conocen realmente, porque la abundancia de la palabra nos permite descubrir el interior de los demás. Los buenos diálogos sirven para crecer en la virtud, porque llevan al autodominio a la bondad hacia los demás. Es por eso que recalca que en las conversaciones no se hable mal de la gente y “mucho menos depreciar la virtud de los que la practican”. Estas críticas no se fundamentan más que en la envidia y en las antipatías, las cuales son un grave obstáculo para la práctica de la virtud.

Otra forma de que la palabra esté al servicio de la virtud es tener instrucciones y conferencias. Ya sean especificadas o espontáneas, dadas por la autoridad o por un particular, se las debe tomar como una enseñanza acerca de la virtud. La convicción de san Vicente parte de que Dios da a cada congregación una serie de virtudes precisas, siendo las conferencias un buen medio para irlas asumiendo. Las conferencias que metódica y frecuen­temente se reciben, permiten sacar instrucciones para vivir vir­tuosamente en la vida diaria. Está convencido que para que una comunidad marche bien es necesario “las conferencias fre­cuentes y la práctica de las virtudes que más nos convienen”.

Valora el recordar las virtudes de un misionero difunto. Al comienzo tuvo cierto reparo en proponer dichas conferencias, pero al considerar que en la tradición de la Iglesia era frecuente pensar en las virtudes de los que han muerto en el Señor, se deci­dió a hacerlo. Estas conferencias eran participadas ya que cada uno comentaba lo más edificante que le había oído decir y las virtudes que le había visto practicar al misionero difunto. En estas conferencias, por tanto, se buscaba recordar las palabras edificantes y los ejemplos destacables. Fijar la atención sobre los elementos positivos de los compañeros fallecidos da: 1) Mayor sentido de cuerpo. 2) Anima a la virtud, ya que se plante­an situaciones de su práctica en ocasiones más o menos simila­res al resto. 3) Ayuda para que algunos se corrijan de sus defec­tos. Estas conferencias sirven a todos los miembros de la comunidad:

“Los antiguos aprenderán a no dispensarse de la regla, los jóvenes a someterse a ella, los enfermos a tener ánimos y paciencia, los sanos a trabajar sin descanso, los espirituales a perfeccionarse y los sensuales a sentir confusión al ver cómo se mortificaba un hombre anciano y enfermo. Los que no están firmes en su vocación, o los que a la primera tentación o descontento se ponen a pensar en salir­se, verán aquí cuánto caso hay que hacer de la gracia que Dios les ha concedido de ser misioneros. Los que murmuran diciendo que no valen para predicar, para confesar o para las demás funciones de la Misión debido a su enfermedad o a sus molestias de cuerpo o de espíritu, o porque se les deja en la casa para dedicarse a algo que no les va, aprenderán aquí que es una gran presunción imaginarse que Dios tiene necesidad de su talento, como si no pudiese convertir a las almas por otro camino, y que la obediencia, la mortificación, la ora­ción, la paciencia y otras virtudes semejantes conquistan mejor a las almas que la mucha ciencia y toda la industria de los hombres”.

Con su fino sentido de la justicia, enseña que estas conferen­cias serán válidas si los elogios son una expresión de la verdad, ya que de nada sirve inventar virtudes. Además, en los seres humanos, con frecuencia, las virtudes suelen convivir con algu­nas limitaciones. Por tanto, invita a una mirada selectiva pero no ingenua, así, al morir Juan Jourdain, primer hermano coadjutor de la Congregación de la Misión, señala en la conferencia: “Era tan poco impulsivo y violento; pero, como se ha dicho muy bien, reparaba esta manera suya de ser pidiéndoles perdón a aquellos con los que se había portado bruscamente y había podido ofen­der; los abrazaba, y esto lo hacía con mucho cariño de corazón, pues también ocurría que se enternecía fácilmente”. No sólo propone contemplar las virtudes de los difuntos, sino que invita a valorar y emular las virtudes de los compañeros vivos, espe­cialmente de los ejemplos de virtud de los mayores”.

Recomienda la buena lectura como un instrumento adecuado para crecer en la virtud. Aconseja obras conducentes al creci­miento en la virtud, por ejemplo, envía al P. Durand, superior del seminario de Adge, dos libros de meditaciones, uno de Busée y otro de Caignet, los cuales hacen referencia a la virtud.

Asimismo, las exhortaciones en las misiones populares, las homilías y el catecismo deben tener un momento ético dedicado a crecer en la virtud y a abandonar el vicio. Le señala al superior de Sedán que más que discutir con los calvinistas, en las misio­nes esté “instruyendo al pueblo según nuestras costumbres, pre­dicando contra el vicio y las malas costumbres, convenciendo a la gente para que sea virtuosa, hablando de la necesidad, la belle­za y la práctica de las virtudes y de los medios para adquirirlas. Es en lo que principalmente tienen que trabajar ustedes”172. En las predicaciones no se debe buscar el brillo, sino sencilla y afa­blemente hablarle a la gente sobre Jesucristo y las virtudes: “Y cuanto más sencillez y caridad pongamos, más gracia de Dios recibiremos para obtener éxito. Hay que predicar a Jesucristo y las virtudes como lo hicieron los apóstoles…”173. Para que la misión sea integral, el predicador debe enseñar las verdades dog­máticas, y luego trabajar decididamente la ética cristiana. A esta doble tarea le llama enseñar y exhortar:

“Cuando se trata de enseñar, se toman como materia las cosas de la fe; cuando se trata de exhortar, se escoge como tema la virtud y el vicio; cuando se buscan las dos cosas, enseñar y exhortar, se ense­ñan las cosas que pertenecen a la fe y se incita a amar la virtud y aborrecer el vicio. La primera forma es para los que no saben lo que necesitan saber; la segunda, para los que saben, pero tienen necesi­dad de ser buenos; la tercera, para los que no están bien instruidos y necesitan apartarse del vicio y animarse a la virtud. La primera se llama catequizar y atiende a los niños y a los infieles; la segunda y la tercera se preocupa de los católicos que son ya mayores y tienen cierta instrucción”.

El señor Vicente entiende que nadie puede avanzar en la virtud si no se deja corregir. Esto implica elementos muy concretos: 1) Querer que sean conocidas las faltas, o incluso descubrirlas uno mismo. 2) Sentirse feliz porque otros las descubran. 3) Incluso se debe aceptar de buen grado que otro compañero vaya al superior a contar los males notorios nuestros. El motivo es que la experiencia enseña que es raro que una persona manifieste ella misma sus faltas, a no ser que sea muy virtuoso. El que recibe la corrección debe hacer de ella una oportunidad para seguir cre­ciendo en la virtud. Se debe “sacar provecho de las faltas que cometemos recibiendo las advertencias que nos hagan el supe­rior o la superiora.

Es muy difícil que no caigamos a veces, hasta los más virtuo­sos; pero es importante que, cuando una hermana ha cometido alguna falta, deje que se le reprenda”. ¿Y si la corrección recibi­da es injusta? Para evitar discusiones interminables, pero también para que la verdad reine entre los hijos de la luz, señala que si se ha corregido injustamente a una persona de una falta importante que no es cierta, la estrategia es la siguiente: 1) Se recibirá la corrección con humildad y sin excusarse; 2) algunos días más carde, se hablará con el superior, y así como antes se honró la humildad, se honrará ahora la verdad, explicando que gracias a Dios, no se cayó en la falta que se le imputó. Los avisos se deben dar porque es una manera de expresar la caridad con los demás. Ahora bien, para que sean efectivos se deben ofrecer y recibir ade­cuadamente. Es decir, la corrección debe ser equilibrada:

“El que da avisos es porque desea avanzar en la virtud… si había espíritus discordes, rebeldes y poco mortificados en una comuni­dad, eran precisamente los que nunca daban avisos, por miedo a recibirlos también ellos. Dijo también que era peligroso avisar de demasiadas cosas; para ello, dio la norma de que no se avisara nunca a una persona más de dos veces y que incluso no se hiciera la segunda advertencia sin haberlo madurado antes seriamente y sin haber hecho un amplio examen de la acción o de la cosa que se que­ría avisar”.

Está convencido que el apego a los bienes de la tierra provo­can muchos males entre los hombres. Erasmo de Rótterdam, había escrito en 1509 (publicado en 1511), el Elogio de la Locura. Señala mordazmente cómo el amor a las riquezas es el des­atino más grande de la humanidad. En este vicio tan frecuente se encuentran numerosos laicos, religiosos y clérigos. San Vicente, más recatado, coincide con este planteamiento: “Hemos tenido aquí quince conferencias para ver de dónde venía el estado tan lamentable de la Iglesia y de los eclesiásticos, tan apegados a las riquezas y al deseo de poseer; se ha indicado que esto se deriva de la división de los bienes eclesiásticos, que ha dado a cada uno su parte y su porción; al principio, todo era común y sólo se le daba a cada uno según sus necesidades. ¡Cuánto florecía entonces la Iglesia y cuán virtuosos y perfectos eran los eclesiásticos!”. Por tanto, otro elemento para progresar en la virtud es el des­prendimiento. El progreso en la virtud exige entregarse a Dios y no apegarse a las cosas. Está convencido que la persona virtuosa se ocupa de los bienes espirituales y del servicio al prójimo, bus­cando cual otro Diógenes la pobreza. La pobreza evangélica lleva a la virtud y al mismo tiempo es garantía de seguir mante­niéndola. Para Vicente de Paúl el motivo es claro: amar el estilo de vida del amigo, lleva a amar más al amigo. Así como Jesucristo vivió en la pobreza, amar la pobreza nos llevará a amarlo más a Él. La pobreza es un sermón “duro para la naturaleza y para los que viven según su sensualidad, pero no para los que practi­can la virtud”.

Para san Vicente la virtud no está firmemente arraigada hasta que el cristiano no obtiene una cierta maestría sobre lo que llama las “virtudes sólidas”. De este modo, indica a santa Luisa que antes de mandar al apostolado a las jóvenes se las debe formar en dichas virtudes sólidas. En general, Vicente de Paúl no da una explicación detallada de por qué las llama así y cuáles son estas “virtudes sólidas”, pero se deja entrever que son las virtu­des más ascéticas, que más cuestan asumir a la naturaleza, que implican un mayor autodominio, y que son necesarias para sostener la práctica de las demás virtudes. De este modo, las virtu­des sólidas dan una cierta reciedumbre, una estabilidad que per­mite practicar mejor las otras. Sólidas no es sinónimo de las más importantes (que para san Vicente son las teologales, las cardina­les y la humildad). Las virtudes sólidas ayudan especialmente en los momentos difíciles y dan santo temor de Dios en los tiempos (le paz. Esta idea está bellamente expresada en una carta que le escribe al hermano que es cónsul en Argel:

“¡Y que usted progrese en la escuela de la virtud sólida, que tan bien se practica en los sufrimientos y que mantiene en temor a los buenos siervos de Dios, cuando no tienen nada que sufrir! Le supli­co a su divina bondad que la bonanza de que goza usted en la actua­lidad le colme de paz, ya que la tempestad no ha logrado turbarle, y que dure tanto cuanto convenga para el cumplimiento perfecto de los designios de Dios sobre usted”.

Entre las virtudes sólidas se destaca la mortificación interior y exterior, la humildad, la rectitud, la sencillez, y la santa indiferencia. Tomemos la mortificación y la indiferencia, para decir brevemente cómo ellas favorecen la adquisición de las vir­tudes. Para crecer en la virtud es necesario un alto grado de mor­tificación. Virtud siempre necesaria ya que muchas veces ellas se adquieren venciendo los sentimientos de repugnancia que produce la naturaleza. La mortificación se ha de practicar no abusando de las cosas sensibles. Una forma es no excederse en el consumo de alcohol. Recomienda ser sumamente comedido en el consumo de bebidas alcohólicas. Debemos “acostumbrar­nos a aguar el vino, de forma que el agua no sea más que colo­reada. Para ello, les ruego a nuestros hermanos despenseros que, para el almuerzo le den a cada uno solamente dos o tres dedos de vino, como máximo… Yo he podido observarlo: los que veo que más aguan el vino, son los que mejor avanzan de virtud en virtud”. Otra forma de mortificación que es de gran ayuda para crecer en virtud consiste en levantarse temprano. Tam­bién, la santa indiferencia es otro elemento indispensable para llegar a ser virtuosos. La indiferencia lleva al hombre a querer hacer sólo la voluntad de Dios, a tender a la perfección para agradar a Dios. En esta práctica, las demás cosas se relativizan y nunca son un obstáculo para crecer en las cosas del Señor. Por tanto, afirma claramente: “La indiferencia es el origen de todas las virtudes y la muerte de todos los vicios”.

Devenir virtuosos es una actividad de toda la vida. De maner­a tal que si se quiere ser virtuoso y ayudar a los otros a serlo, se deberá ser enormemente paciente. Hemos visto que la virtud sucre costar al principio, pero al tener conciencia la persona que lo hace para agradar a Dios y ser útil al prójimo, con un poco de paciente esfuerzo, se verá que se irá perdiendo la dificultad. De manera que será difícil dejar de ejercerla cuando ya se ha hecho un hábito.

Para crecer en virtud también es necesario ser paciente con el prójimo para no comentar sus faltas, ni exagerarlas, ni ser extre­madamente sensible en el trato con los demás. Incluso, bien visto, un compañero conflictivo es una ocasión favorable para practicar la paciencia, y practicando dicha virtud se suelen practicar muchas otras. De acuerdo a esta enseñanza, le señala a un superior que tiene un misionero difícil: “Si la persona que usted exceptúa prueba la paciencia de las demás, no es sin embargo la más inútil, ya que le da ocasión de practicar la humildad, la paciencia, la mansedumbre y la caridad para con ella, junto con la manera de progresar en esas virtudes”. También invita a ser paciente con uno mismo, ya que también nosotros somos peca­dores, nos desanimamos, y somos cambiantes. Por tanto, uno debe soportarse pacientemente a sí mismo.

En los consagrados un medio importante para crecer en la vir­tud es la observancia de las Reglas. Señala a la Congregación de la Misión: “Si, por la gracia de Dios, la compañía ha conseguido algún progreso en la virtud, si todos han salido del estado de pecado y avanzado en la perfección, ¿no es la observancia de las reglas la que ha hecho todo esto?” A las Hijas de la Caridad les explica que las Reglas les permitirán hacer buen uso de la jor­nada, haciendo todas las cosas desde las virtudes de la humildad, caridad, mansedumbre, honrando la vida de nuestro Señor Jesucristo. Para alentar a las hermanas a una profunda observancia de las Reglas dirá con cierta exageración: “Observadas en el espí­ritu de Dios, les hará alcanzar la más alta piedad religiosa y la más sólida virtud que pueda practicarse en el cristianismo”. Señala que quien cumple bien las Reglas Comunes “llegará a una elevada virtud y unión con Dios”. Como las Reglas se inspi­ran en la vida de Jesucristo, ellas permiten a quien las observa: 1) Crecer en las virtudes específicas de cada congregación; 2) Adquirir las máximas evangélicas. 3) Un clima general de amor a la virtud en cada una de las comunidades locales, pues ellas indican lo que se debe hacer: amar a Dios y al prójimo. 4) Huir del vicio. Si la persona las guarda, ella lo guardará a él y lo enca­minará a la celestial bienaventuranza.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando una persona se estanca o deja de practicar las virtudes? Es decir, cuando pareciera que todos los años invertidos en asumir pacientemente la virtud no hubiera valido de nada. Ante todo, nuestro santo nos dirá que esta es una situación grave, ya que por la propia dinámica del ser humano, se suele terminar peor que antes de haber comenzado el camino de la virtud: “Los vicios llegan a veces a tal extremo que una per­sona es peor después de haber dejado la virtud que lo que era antes de emprender el buen camino; de modo que una hermana que era antes humilde se vuelve totalmente orgullosa, mucho más de lo que había sido; y así con los demás vicios”. Cuando el que practica la virtud abandona este camino ético, lo único que queda son ruinas. Compara esta triste realidad con la ciudad de Cartago, ya que antes del ataque de los romanos era una ciudad pujante, pero luego de éste, sólo quedaron piedras derrumbadas.

San Vicente estudia los varios motivos por los cuales se puede perder la virtud. Está convencido que para curar un mal antes hay que conocerlo. Además, la persona siempre encuentra algún moti­vo para justificar su abandono, el cual suele ser lento y progresivo:

El desánimo de los nuevos se da por ver el mal ejemplo de los mayores. Incluso, para evitar que los mayores se molesten, se les permite a ellos actitudes contrarias a la virtud. Otras veces, los mayores exigen a los jóvenes lo que ellos no hacen. De este modo, le escribe a un superior: “Lo que más desanima a los nue­vos que tienen ganas de trabajar en la virtud es ver a los mayo­res que no les dan buen ejemplo”. Sabía que los primeros años marcan de un modo particular el camino ético, y que en los comienzos la persona busca referentes y trata de acomodarse al ritmo que llevan los otros.

El quedarse en la pura especulación acerca de las virtudes y no encarnarlas en la vida. Quedarse en el mundo de los concep­tos y no llevarla a la ejercitación. Como si alguien leyera sobre lo bueno que es la salud y sin embargo no hiciera nada por cuidarla. Señala: “Nos leían hoy en el comedor que las virtudes meditadas y no practicadas son más perjudiciales que provechosas”.

El criticar las virtudes de los compañeros tachándolos de excesivas. Es muy negativo criticar, lo que en realidad se tendría que elogiar: “Encuentran criticable su manera de obrar, porque no tienen el valor de imitarles. ¡Dios nos conceda a todos la gracia de encontrar en Nuestro Señor todo lo bueno que hay en lo que no es malo!”.

4) La cobardía de la voluntad que no se decide a contrariar la naturaleza, surgiendo la inquietud espiritual de amar cosas opuestas. Es decir, por un lado se ama a Dios y por el otro se ama lo que no es de Dios. El huir de toda mortificación, hace a la per­sona muy condescendiente con las demandas del cuerpo, esto a su vez lleva a la pereza, la cual se opone directamente a la prác­tica de las virtudes”’.

Diagnosticadas las posibles causas, invita a no abandonar al que ha perdido la virtud. Imitando al Buen Pastor, se debe hacer una serie de actos para que el otro vuelva. El diálogo paternal, los buenos ejemplos, pero especialmente la oración por él, pue­den ser muy eficaces. Le dirá a un superior que tiene un súbdito joven y conflictivo:

“Como esto es más asunto del Espíritu Santo que de los hombres, que pueden hablar, pero no mover, rezaremos a Dios por ello; así le ruego que lo haga usted, para que él lo atraiga fuertemente a la prác­tica de las virtudes, sobre todo de la humildad y de la condescen­dencia, a lo que también contribuirán los buenos ejemplos de usted. Su corrección quizá vaya para largo, debido a su edad todavía bulli­ciosa y a la vivacidad de su espíritu; pero ¡paciencia!; esto mismo nos obliga a mayor mansedumbre, con la esperanza de que los años irán apagando los humos de su presunción y el vigor de esas pasio­nes, tan características de los jóvenes”.

Otro posible remedio es el traslado de la persona a otro lugar. Su experiencia le ha demostrado que “hay algunos que se relajan en algunas ocasiones, pero no en otras, e incluso que se portan mal en un lugar, mientras que en otro lo hacen mejor”. Tam­bién, ve muy eficaz la realización de Ejercicios Espirituales, no sólo para adquirir la virtud, sino para recuperarla. A través del silencio que invita al diálogo con Dios, así como con el buen ejemplo y las pláticas de quienes lo dirigen; la gracia puede obrar maravillas.

San Vicente ve en los Años Santos una oportunidad extraor­dinaria que Dios y la Iglesia brindan para purificamos y volver a codo lo bueno. Minimiza el valor del año jubilar del Antiguo Testamento, al que lo ve sólo como jubileo temporal, y alaba el jubi­leo cristiano que es una oportunidad para volver a la virtud. Entiende que el año jubilar es una ocasión favorable para recon­quistar, por la gracia de Dios, los bienes que se habían llevado el diablo, el mundo y la carne. El tesoro más grande que un cristia­no puede perder es la gracia y la práctica de las virtudes. Todo esto se puede restaurar viviendo con unción el Año Santo.

A veces no quedará otra solución que el castigar a quien repe­lidas veces ha actuado contra la virtud. Especialmente si la per­sona empeora sus faltas obrando con orgullo, o si es el superior de la comunidad, ya que sus desvíos tendrán mayores conse­cuencias. Pero esto debe hacerse solamente buscando el bien del sujeto y para que no se desvirtúe la comunidad.

Hay épocas donde la práctica misma de la virtud se puede volver difícil y agotadora. Vicente de Paúl enseña a no inquietar­se por las molestias que se pueda sentir en la práctica de la vir­tud y en los ejercicios de religión. Simplemente se debe perseve­rar con fortaleza: “Lo importante es recordar que la virtud no es virtud más que en la medida en que uno se hace fuerza para practicarla. ‘La vida del hombre no es más que un combate’, según decía Job (7,1). Por consiguiente, hay que combatir si no quiere uno ser vencido”. Entiende que quien se decida por el camino de la santidad, deberá pasar por las tentaciones y el sufri­miento. Ese fue el camino que utilizó Jesucristo. Bien emplea­das, las tentaciones son una gran ocasión para merecer. Incluso, se debe estar convencidos que “hay que aceptar verse tanto más tentado cuanto más se avanza en la virtud”’. Además, Dios prueba a quienes prepara para ayudar a los demás; ya que, el que mejor suele entender las crisis ajenas, es quien las ha padecido. Las tentaciones vencidas dan una maestría que habilita trabajar por el perfeccionamiento de los demás. Una ventaja adicional: las tentaciones combaten el orgullo oculto y fomentan la humil­dad. Estas dos actitudes son necesarias para que no se derrumbe todo el edificio ético de las virtudes. Es decir, Dios al princi­pio trata al novato con satisfacciones, luego lo lleva a la indife­rencia, a continuación le presenta algún pequeño disgusto, de allí al descontento, hasta llegar a tentaciones y pruebas. Si en todo esto persevera, se va templando y crece en la virtud. De forma que al final vuelve a tener una gran paz, pero ahora en medio de las aflicciones y problemas que la vida apostólica genera. El vir­tuoso es como el agua de los arroyos y fuentes que corre entre duras piedras, manteniéndose siempre clara y bebible. Ya que es en medio de las complicaciones como la virtud se robustece.

Quien supera las pruebas, finalmente adquiere una virtud que Ie lleva a despreciar todas las vanidades del mundo, y a no temer tú la muerte, cuando la gloria de Dios y el amor al prójimo lo invocan.

Vicente de Paúl señala que la práctica de la virtud es ella misma una forma de martirio. Hay tres formas de martirio: 1) Derramar la sangre por Cristo. 2) Cumplir las Reglas y perseverar en la propia vocación. 3) Mortificar incesantemente las pasio­nes y consumirse por la virtud. Todas estas son formas de conformar la propia vida con la vida de Jesucristo, dando testimonio de su verdad ante fieles e infieles.

Andrés Román María Motto

CEME 2010

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