DOCTRINA VICENCIANA DE LA VIRTUD (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicenciana1 Comment

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  1. Los MATICES ACTIVOS Y PASIVOS DE LA VIRTUD

“El hacer y no hacer” propuesto por san Vicente expresa el delicado equilibrio entre la dimensión activa y la dimensión pasi­va que se debe tener en el campo de las virtudes. El punto de inflexión de estas dos dimensiones está dado por el amor a la voluntad de Dios, que se manifiesta a través de los designios de la Providencia. El hacer y no hacer vicenciano es una formula­ción delicada de la relación entre la voluntad humana y la de Dios. Combinar lo activo con lo pasivo, equilibra y restablece a la naturaleza humana, así como dispone al hombre para el servi­cio a Dios. Los motivos para actuar son: 1) El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, debe actuar porque Dios es acción. 2) El Verbo encarnado vino a la tierra a misionar llevando la I3uena Nueva de aldea en aldea. 3) El constructo ético de las vir­tudes implica que el hombre se esfuerce, que practique cada una de ellas con constancia y solicitud.

Al mismo tiempo, desde el reconocimiento que todo lo bueno viene de Dios, es importante que el hombre tenga cuotas de pasi­vidad que permitan a Dios tomar la iniciativa, secundando luego la acción de Dios. Además, señala una cierta pasividad para aceptar los reveses o la imposibilidad de actuar. En este aspecto también tiene presente el ejemplo del Verbo encarnado que muchas veces no actuó. Jesucristo con su paciente sufrimiento redimió el mundo. “Pasividad” muchas veces significa la con­centración de energías espirituales, por tanto, nada tienen que ver con las formas adoptadas por el quietismo. Lo pasivo también expresa que Dios perfecciona en nosotros la naturaleza y los actos que por ella ejecutamos. Es decir, en san Vicente, el estado pasivo es una viva necesidad de que se verifique el plan de Dios en el mundo. El corolario de esta postura es que al mismo tiem­po el hombre de Dios debe ser activo y pasivo.

El binomio “activo pasivo” se vive principalmente en la con­signa de rezar y actuar. Es necesario pedir en la oración de mane­ra incesante y con la humildad de un mendigo, que el Reino de Dios crezca; y al mismo tiempo “instaurarlo” en la acción diaria: “no basta con pedírselo; hay que empezar a practicar esta regla cuanto antes. ¿Qué hacer para ello? Practicar las virtudes que esto supone: celo de su gloria, despego de las criaturas y confian­za en el Creador; hacer actos interiores y exteriores, pensar con frecuencia en ello y, si caemos, volver a levantarnos”. Se debe ser sabio para discernir cuándo actuar y cuándo esperar. Esfor­zarse para realizar todos los días actos de virtud, y pedir la gra­cia para que Dios se digne concedernos tal o cual virtud. Esta actitud produce una profunda paz en el ejercicio de las virtudes; al mismo tiempo, evita todo tipo de pereza espiritual.

Para el señor Vicente lo que no vale para la vida… no vale. En él se ve una constante ilación entre vida y reflexión. Al cons­tatar su doctrina global de las virtudes se capta que para él son fundamentalmente activas. Por ser activas, las virtudes se convier­ten en el instrumento privilegiado para expandir el Reino de los Cielos. Reino que exige un tipo de acción cualificada: el servicio al pobre. Incluso, plantea no sólo atender al pobre que llega (acti­vidad que suele darse en la Iglesia), sino ir a buscar al pobre y al enfermo. La evangelización a los marginados es una acción tan urgente y central, que desecha para sus congregaciones otras actividades buenas y santas, para que no los desvíen de la actividad central. Incluso, la atención al pobre es tan prioritaria que se puede dejar a Dios en la oración para atender a Dios en el pobre que necesita: “Cuando dejen la oración y la santa Misa por el ser­vicio a los pobres, no pierden nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios”. La oración y las devociones deben potenciar el ser­vicio al pobre, no ser una excusa para evitar su servicio. La misa se puede dejar ante la atención necesaria del pobre, incluso si es domingo o solemnidad.

Frente a ciertas tendencias desencarnadas, postula una acción sabia, una entrega responsable, una esforzada seriedad moral y una firmeza volitiva. El amor a Dios y el servicio fra­terno requiere la entrega incondicional. Ante las diversas situa­ciones que la Providencia muestra al hombre, se debe responder actuando virtuosamente. La acción humana es valiosa, siempre y cuando se deje conducir por Dios. La faceta activa de la virtud lleva al hombre a descender a las situaciones más dolorosas para llevar el servicio de la misericordia. Así, la caridad lleva a resolver situaciones conflictivas y marginales. Una acción cari­tativa que antes ha pasado por un intenso discernimiento en la fe. El cultivo de la vida interior, no debe alejar de la acción, sino que da sabiduría para actuar en situaciones humanas complejas (hambre, guerras o enfermedades) desde la propuesta de Dios. Más que estar buscando los fenómenos místicos, Vicente de Paúl prioriza la acción a favor del prójimo. Reivindica el primado del amor que se traduce en obras: “Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente”.

A su contemporáneo, Blaise Pascal (1623-1662) le dolía la miseria del hombre, y, aunque elabora cientos de frases llenas de agudeza psicológica y profunda religiosidad, bajo la influencia del jansenismo, construyó una antropología negativa. En sus Pensamientos mostró cómo el mal se manifiesta en las sensacio­nes, sentimientos y pensamientos del hombre. Para Pascal, la salida a esta situación negativa, consiste en dejar que la gracia aniquile lo humano”. En vez, san Vicente, propone que la acción de Dios perfeccione lo humano. La práctica de la caridad es purificación y elevación de las disposiciones de nuestra natu­raleza. La gracia perfecciona al hombre en cuanto lo hace res­ponsable de los otros, lo lleva por el camino de la misericordia y la compasión. Conduce al hombre tras las huellas del Hijo de Dios que demostró que la vida cristiana es servicio hacia los más desposeídos. Este tener constantemente presente el actuar de Jesucristo, lleva a una combinación equilibrada de contempla­ción y acción; ya que la acción vicenciana nunca es mera activi­dad exterior, sino unión profunda de interioridad y secularidad.

Toda virtud requiere actividad para aprenderla y para ejercer­la. La actividad es el sello de la verdadera virtud. Incluso para adquirir virtudes supuestamente pasivas como la santa indiferen­cia: “Hemos de esforzarnos en la indiferencia despegándonos de nuestro propio juicio, de nuestra voluntad, de nuestras inclina­ciones y de todo lo que no es Dios; una virtud es activa y, si no actúa, no es virtud”.

San Vicente es el santo de la acción, aunque, en muchas oca­siones, resalte el aspecto pasivo de la virtud. La pasividad vicenciana tiene poco que ver con el quietismo. Invita a dejarse trans­formar por Dios, recordando que en la obra de la santificación Él es el principal actor. La mejor manera que tiene el hombre de colaborar es dejándose modificar por la gracia de Dios. Dicha pasividad está entretejida de acogida y escucha. El hombre de acción debe ser al mismo tiempo hombre de oración. Este ele­mento es tan central, que al tratar cada una de las virtudes, siem­pre dejará entrever que tienen un rasgo pasivo. Con mayor insis­tencia lo remarcará en las virtudes de la humildad, la indiferencia, la caridad, la sencillez, y la mansedumbre.

La pasividad también tiene otro matiz. Expresa la concentra­ción de energías espirituales en la propia perfección según la voluntad de Dios. No se puede buscar la conversión ajena, si pri­mero el hombre no se deja convertir por Dios. Este dejarse con­vertir es avanzar en el dominio de sí, en la purificación de la voluntad y en el vencimiento de los sentimientos de propia satis­facción. Frente al gran teatro del mundo, la pasividad propuesta por san Vicente implica sabiduría de vida, para no dejarse arras­trar por la frivolidad de la Corte, las vanidades del momento, el rebuscamiento y la artificialidad. Al dirigirse a una persona ansiosa o dominada por el activismo (al que suele llamar “celo indiscreto”), como estrategia pedagógica, le recalca la dimensión pasiva de la virtud:

“Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios por el celo que le da a usted por la salvación de los pobres esclavos; pero ese celo no es bueno si no es discreto… Muchas veces se estropean las bue­nas obras por ir demasiado aprisa, ya que obra uno según sus inclinaciones, que dominan sobre el espíritu y la razón, y hacen creer que el bien que se ve como posible, es hacedero y oportuno, sin que lo sea en realidad; luego, lo único que puede hacerse es reconocer que se ha fracasado. El bien que Dios quiere se realiza casi por sí mismo… Sea usted más bien paciente que agente; así es como Dios hará por medio de usted solo lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin Él”.

La obra de Dios exige de sus instrumentos esperar y sufrir, tolerar, contemporizar y ser pacientes. Sin esto no hay acción fecunda. Esta enseñanza, la extrae de la misma vida de Jesucristo. Por tanto, el cristiano debe saber honrar los momentos en que el Hijo de Dios dejaba de actuar y permanecía inactivo: “Nuestro Señor y los santos hicieron mucho más sufriendo que obrando” indica que el paciente sufrimiento o la momentánea inacción, dará más gloria a Dios, que una acción basada solamente en criterios humanos, apresuramiento, capricho, ira, orgullo o despecho.

Andrés Román María Motto

CEME 2010

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