- LA VIRTUD Y LA ORACIÓN
Para san Vicente la práctica de las virtudes no puede existir sin la gracia de Dios. El Espíritu Santo, que obra como maestro interior, da fuerza para desplegar el amplio abanico de las virtudes. Por eso, enseña que para vivir virtuosamente se debe pedir esta gracia en la oración:
«Cuando tomen la resolución de huir de algún vicio, o de practicar alguna virtud, tienen que decirse en su interior: Bien, yo me propongo hacer esto; pero resulta muy difícil de practicar. ¿Podré hacerlo con mis propias fuerzas? No; pero, con la gracia de Dios, espero cumplir lo que he prometido… Tenemos mucha necesidad de poner en práctica nuestras resoluciones, pero no podemos hacerlo sin la gracia de Dios, ya que sin él no podemos tener ni un solo buen pensamiento, ni pronunciar una sola palabra, sin que el Padre eterno nos conceda esa gracia por los méritos de su Hijo».
Señala que una manera eminente para adquirir las virtudes es por medio de la oración: «Es preciso que sepáis que allí se encuentran todas las virtudes». La vida de devoción atrae muchas gracias y bendiciones divinas. Es decir, la oración es un lugar privilegiado para el crecimiento en la virtud; y al mismo tiempo, la virtud predispone para orar. La oración vicenciana consta de cuatro momentos: preparación, meditación, resolución y acción de gracias”. Cada uno de estos pasos deben estar bien lechos para poder crecer en la virtud:
- I) La preparación comienza la noche anterior reflexionando los temas a meditar la mañana siguiente.
2) Durante la meditación, que durará una media hora, un tema I recuente es cómo adquirir alguna virtud que se necesita, o corregir algún vicio. En la oración se debe contemplar la belleza de la virtud y la fealdad del vicio. Hay que pedir a Dios que nos done las virtudes que necesitamos, al mismo tiempo que se conjuga la inteligencia y la voluntad para adquirirlas. Así, la meditación se comienza con la inteligencia al captar las razones y motivos por las cuales es conveniente practicar tal o cual virtud. San Vicente lo explica bellamente así: «La oración es una predicación que nos hacemos a nosotros mismos para convencernos de la necesidad que tenemos de recurrir a Dios y de cooperar con su historia a fin de extirpar los vicios de nuestra alma y plantar en ella las virtudes. En la oración hay que esforzarse sobre todo en combatir la pasión o la mala inclinación que nos entretiene y tender siempre a mortificarla; si lo conseguimos, todo lo demás vendrá fácilmente». En el momento racional es conveniente recurrir a la Sagrada Escritura o a los Santos Padres. Pero, una vez que la inteligencia ha iluminado, se debe luego dar lugar a la voluntad, se debe llegar a la oración afectiva. Si no sería reducir la meditación a un estudio. No es un soliloquio, sino que sigue siendo un coloquio con Dios. Es decir, una vez vistas algunas razones, se debe inflamar la voluntad con el deseo de adquirir aquella virtud o de huir de aquel vicio. El afecto se expresa a través de actos de fe, de esperanza, de caridad, de humildad, de adoración, y de dependencia. Insiste en el momento afectivo, ya que entiende que para que la persona se decida a vivir las virtudes, la afectividad debe estar implicada. Ahí es cuando se llega al núcleo de la persona.
3) La meditación concluye en una resolución. Para Vicente de Paúl un signo de que la oración culmina bien es cuando se toman la resoluciones de practicar la virtud diariamente y a cualquier precio. Si una persona en la oración sólo piensa en la virtud, o se emociona imaginando como las practicaría, pero no toma una resolución concreta, se autoengaña. Valorar una virtud, no implica de por sí, que esa persona la asuma y la practique. La razón puede encontrar muchas razones para adquirir tal virtud y la imaginación puede entretener a la persona proyectando situaciones irreales donde vivir tal virtud. Pero para que la virtud sea asumida se precisa tomar buenas resoluciones y ocuparse durante el día el practicarlas. Las resoluciones son mejores cuanto más prácticas y detalladas. Cuanto más se puedan prever situaciones y andar sobre aviso es mejor para asumir un valor. Así como una gran batalla es fruto de muchas escaramuzas; muchas pequeñas resoluciones son el mejor camino para adquirir de modo seguro la virtud.
4) Junto a los propósitos para ese día, es importante el agradecimiento: «Hemos de cuidar mucho de dar gracias a Dios por los pensamientos que nos haya inspirado; la gratitud es una disposición para nuevas gracias».
Para poder progresar realmente en la virtud, san Vicente propone evaluar los frutos de la meditación en el examen de conciencia. Allí se examina si se ha cumplido o no la resolución propuesta. Si el resultado es afirmativo, se debe dar gracias a Dios, y si se ha fallado, se debe hacer penitencia. Para poder ser útil a los demás, pide que cada uno evalúe el propio crecimiento en la virtud. Acentúa el valor del examen de conciencia porque lo ve como el medio más adecuado para verificar con Dios y ante Dios el desarrollo ético espiritual. El examen, por tanto, puede hacerse de dos maneras: ver si se ha sido fiel al propósito de practicar tal o cual virtud; o evaluarse en torno al defecto sobre el que se tiene mayor propensión, para analizar si uno lo va combatiendo. Estrictamente, estas dos formas de examinar la conciencia se complementan. Señala que los mismos paganos habían comprendido la necesidad de examinar su conciencia para poder avanzar éticamente. Pone como ejemplo de ello al filósofo Séneca. En el Reglamento de las Hijas de la Caridad, posiblemente de 1645, les pide que tengan cada día dos exámenes de conciencia particulares, y uno general: «A las once y media harán el examen particular sobre la virtud que se hayan propuesto adquirir;… A las seis harán un segundo examen de la misma virtud;… a las ocho, tendrán el examen general y la lectura de la oración que habrán de hacer el día siguiente». En el Reglamento de los sacerdotes diocesanos miembros de las Conferencias de los Martes, les indica que tengan dos exámenes particulares: «Antes de la comida y de la cena harán el examen particular sobre alguno de sus principales defectos o sobre la virtud que les sea más necesaria. Este examen durará el espacio de dos misereres, poco más o menos». Vicente de Paúl propone vivir el Evangelio en medio de la actividad, y es consciente de que la acción puede envolver al hombre de Dios. La experiencia le fue demostrando que la oración de la tarde es la que con más facilidad se obvia. Por eso señala la importancia de practicarla, ya que si se la abandona se irá cayendo poco a poco, dejando de practicar las virtudes.
Nuestro santo dedicó buena parte de su vida y de la Congregación de la Misión a la predicación de Ejercicios Espirituales. Estaba convencido de la utilidad de ellos para crecer en la virtud y extirpar los vicios. Ante todo, los ejercicios espirituales se practicaban dentro de las propias Congregaciones y Cofradías que organizó. Aunque nunca faltan cosas que hacer, el retiro es un tiempo que tiene prioridad sobre las demás actividades. Convencido de la importancia de trabajar a favor del mejoramiento del clero, perfila unos ejercicios espirituales para el clero joven y para quienes estaban próximos a ordenarse. Entiende que este servicio es «el depósito más rico y más precioso que la Iglesia podía poner en nuestras manos». Los ejercicios espirituales duraban entre 10 a 15 días. Con los ordenandos las charlas giraban en torno al símbolo de la fe, los sacramentos, la moral, especialmente el tema de la virtud y los mandamientos. Se enseñaban las ceremonias litúrgicas. Todos hacían una confesión general. El clima era de profunda piedad. Como era una época de escasa formación sacerdotal, estos ejercicios combinaban elementos propios de un retiro espiritual junto a un curso teórico práctico de los conocimientos básicos que debe tener un sacerdote para ser un hombre de Dios y un buen pastor. En la medida que los ordenandos estuvieran más preparados, los ejercicios espirituales se centraban más en el campo de la virtud. Señala a algunos miembros de la Congregación de la Misión: «Ya está cerca la ordenación; le pediremos a Dios que dé su espíritu a los que tengan que hablar a esos señores en las charlas y en las conferencias. Que cada uno intente sobre todo edificarles con su humildad y su modestia. Pues no se les ganará por ciencia ni por las cosas bonitas que se les digan; son más sabios que nosotros: muchos son bachilleres y algunos licenciados en teología, otros doctores en derecho, y hay pocos que no sepan la filosofía y parte de la teología; todos los días se ejercitan en la discusión. Casi nada de lo que se les diga aquí es nuevo para ellos; ya lo han leído u oído; ellos mismos dicen que no es esto lo que les impresiona, sino las virtudes que aquí ven practicar. Seamos humildes, hermanos míos, en una ocupación tan honorable, como es la de ayudar a que sean buenos sacerdotes».
En definitiva, cuando una persona reza bien se la reconoce porque es modesta, prudente, afable, recogida, serena y alegre. La oración da al hombre una fortaleza sobrenatural para realizar lo bueno, resistir en situaciones complejas y superar lo malo. Si la oración está correctamente realizada, se cumple la máxima vicenciana: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo».
Andrés Román María Motto
CEME 2010







