- EL VALOR DE LA VIRTUD
Para Vicente de Paúl, tanto el proyecto ético como la verdadera vida espiritual, pasan por la práctica de la virtud. De este modo, se alegra cuando ve que se practica la virtud. De hecho, la mayoría de los elogios que realiza sobre alguna persona están referidos a la virtud». Asimismo, para los puestos de gobierno, tanto eclesiales, civiles como militares, sugiere lo mismo: que esa persona sea virtuosa.
Valora la virtud por varios motivos: 1) La práctica de la virtud hace al hombre agradable a los ojos de Dios: «Trabajar por la adquisición de las virtudes es trabajar por hacerse agradable a Dios. Por eso hay que esforzarse en ello continuamente, recibir gracia para ello; hay que caminar siempre hacia adelante, plus ultra».
La virtud le concede al hombre, no sólo hacer lo bueno, sino hacerlo bien:
«No solamente hemos de obrar el bien, sino además que ese bien lo debemos hacer bien. Porque, fíjense, no basta con hacer cosas buenas, por ejemplo, dar limosna, ayunar, y todo lo demás; todo eso está bien, pero no es suficiente, además hay que hacerlo bien, con el espíritu de nuestro Señor, de la manera como lo hizo nuestro Señor en la tierra, y puramente por la gloria de Dios».
La virtud de los primeros miembros de una congregación, ponen las bases de la virtud de los posteriores; tiene un valor fundacional, ya que los frutos no pueden ser mejores que la planta».
Es la única fuente legítima de buena reputación. Ella no se crea ni se mantiene a costa de intrigar o de buscar alianzas: «La reputación es una cosa totalmente vana si no está basada en la virtud; y si está basada en ese fundamento, ¿qué es lo que hay que temer?». La virtud es lo que permite al cristiano llegar a la perfección. Por la virtud se llega a la santidad.
La virtud concede al hombre un gran autodominio. Un dominio de sí que le hace estar siempre disponible a la voluntad de Dios: «Le ruego que se haga soberano y señor absoluto de su propia persona, de modo que no tenga más que un solo querer y no querer con Dios siempre y en todas las cosas”.
La virtud da una gran eficacia apostólica. Permite acercar a los protestantes; confirmar en la fe y en las buenas obras a los católicos; atraer a los desviados. Es de gran riqueza pastoral, ya que permite que Cristo actúe a través nuestro. Por las virtudes el hombre se convierte en un instrumento dócil en las manos de Dios.
La virtud da la suficiente condescendencia, amabilidad y flexibilidad para tratar a las personas de la manera más correcta, respetuosa y efectiva. Nuestro santo sabe que el éxito de muchas tareas depende de cómo se trate a la gente. Un estilo agresivo y soberbio poco consigue. Por el contrario, un comportamiento basado en la humildad, celo, prudencia, paciencia y mansedumbre lo logran todo.
La práctica de la virtud permite el don de la perseverancia, especialmente cuando se practica la paciencia, la humildad, el dejarse corregir y la observancia de las Reglas.
La virtud le permite al hombre, por la gracia de Dios, merecer el Cielo. Con ella se podrá atravesar el mar tempestuoso de este mundo y llegar al puerto de salvación. Comentando el Evangelio del Juicio Final (Mt 25, 31-46), reflexiona:
«Es la práctica de las virtudes lo que le salva. Eso es lo que se aprecia en el evangelio del juicio, donde se dice que nuestro Señor pondrá a su derecha a los que hayan trabajado en las virtudes, especialmente en la virtud de la caridad, y que solamente ellos entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, la práctica de las virtudes es lo que nos liga a su amor, y es su amor lo que nos lleva a hacer nuevos actos de virtud».
Este primado de la virtud, hace que la estime sobre cualquier otra realidad creada: 1) Valora más la virtud que el número de las religiosas. Escribe a una superiora de la Visitación: «Le doy las gracias [a Nuestro Señor] por las bendiciones que ha derramado sobre su cargo y, mediante él, sobre toda la casa, no sólo por su aumento en número, sino sobre todo por sus progresos en la virtud».
2) La virtud vale más que los años. En una época donde la edad o los años de vocación solían ser decisivos, san Vicente contraría la gerontocracia instituida. De este modo, prefiere que se nombre como maestra a una joven de tan solo dieciocho años: «Es mejor un buen espíritu de esa edad que uno malo a los cincuenta».
La virtud vale más que los años de vocación. Reflexiona antes de nombrar superioras: «La primera sea siempre la que es más observante… hay que mirar sólo a la virtud; no hay que tener en cuenta la edad; no hay que tener en cuenta la antigüedad en la compañía; no hay que tener en cuenta la condición social. Es preciso que sea solamente la virtud y que nunca se haga ninguna elección más que considerando la virtud».
Estima más la virtud que las cualidades físicas. La virtud puede hacer hábil a una persona más allá de sus limitaciones corpóreas.
Aprecia más la virtud que los talentos, los dones naturales y las cualidades. La virtud siempre se usa para bien; en vez, los propios talentos pueden ser utilizados para mal:
«Si nos fijamos en varios de la Compañía, podremos ver en uno la humildad, en otro la mansedumbre, en éste la caridad para con el prójimo, en aquél el amor a Dios, en aquel otro la observancia y la exactitud en las reglas, en el de más allá la paciencia y la obediencia puntual… No me refiero aquí a los talentos, como el de la predicación, por ejemplo, que es una cosa que no es para nosotros, sino para los demás, y que no sirve muchas veces más que para perder a uno y llenarle de vanidad; me refiero más bien a las virtudes que nos hacen más amables a Dios»31.
San Vicente «lee» muchos pasajes evangélicos desde la virtud. Su exégesis le lleva a interpretar muchas enseñanzas de Jesucristo desde la óptica de la virtud. Veamos algunas de ellas:
Mt 11, 2-16. Comenta que el Reino de los Cielos que trajo Jesucristo lo asumen aquellos que viven la virtud: «El reino de Dios sufre violencia y sólo los fuertes logran arrebatarlo, los que practican la virtud en medio de las mayores dificultades, sufriendo y padeciendo todo por amor de Dios; esto es lo que Dios quiere de nosotros».
Lc 12, 35. Presenta la invitación de Jesús a la vigilancia y a la fidelidad, como el vivir virtuosamente. Conformando la propia vida de acuerdo a la conducta y los sentimientos de Cristo.
Mt 13, 3-23. En general, gusta de interpretar las parábolas desde la virtud. Concretamente, comentando la parábola del sembrador, señala que el crecimiento del Reino se vincula con el crecimiento en la virtud. Así, compara la buena tierra donde la semilla da mucho fruto, con la persona virtuosa.
Mt 13, 31-33. Utiliza la parábola del grano de mostaza para referirse a como la fidelidad a las reglas y a las santas costumbres de la compañía permiten dar frutos en la virtud: «Pasará que día tras día iremos progresando en la virtud, como ese pequeño grano de mostaza, que a pesar de ser muy pequeño, con el tiempo llega a convertirse en un árbol grande».
Jn 15, 1-11. Del mismo modo capta la parábola de la vid y las ramas. De modo que se deben podar los defectos, para dar buenos racimos de virtudes:
«Quiera Dios concedernos la gracia de hacernos semejantes a un buen viñador que lleva una hoz en su mochila para cortar todo lo que encuentra de nocivo en su viña. Y como está siempre llena de maleza, más de lo que él quisiera, tiene siempre preparada la hoz en la mano para cortar todo lo superfluo apenas lo vea, para que la fuerza de la savia de la cepa llegue bien a las ramas, que han de dar su debido fruto. Con la hoz de la mortificación hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenenada, que nunca deja de producir malas hierbas corrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buena cepa de la que nosotros somos los sarmientos, nos haga fructificar en abundancia en la práctica de las virtudes».
Realza la grandeza de la virtud con varias comparaciones:
Ella es una luz esplendorosa y el virtuoso es como un pequeño sol. Incluso, la luminosidad de la virtud más de una vez molesta a los que se anclan en la imperfección. A esas personas: «La virtud les hace daño a los ojos. No pueden tolerar su resplandor, ya que las personas virtuosas brillan como soles, y las imperfectas, al no poder edificarse de ello, se ponen a criticarlas por no poder resistir su esplendor. Quieren apagarlo. Y en efecto, es lo que hacen al hablar mal de las que deberían hablar bien»37. El verdadero esplendor de la vida está en la práctica de las virtudes, no en lo vano del lucir del mundo: «La estima y la reputación de que hablamos no es más que el esplendor que brota de una vida buena y santa; su base y su apoyo es la virtud».
Vale más que la joya más cara: «Las virtudes tienen un valor tan alto que el oro, la plata y las piedras preciosas no valen nada a su lado».
Es la verdadera nobleza, cuya corte numerosa son las buenas obras que produce: «La verdadera nobleza consiste en la virtud y cuando las almas que han trabajado mucho por Dios van al cielo después de esta vida, les acompañan todas sus buenas obras, y cuanto más excelentes y numerosas son, tanto más demuestran la grandeza de sus almas; son como sus damas de honor».
Andrés Román María Motto
CEME 2010







