En este apartado queremos preguntarnos: ¿Cuál es el valor y la naturaleza de la virtud dentro de la moral vicenciana? ¿Cuál es su soporte cristológico? ¿Cómo vincula la virtud con la vida de oración? ¿Cuál es método que propone para el aprendizaje de la virtud? ¿Puede ella ayudar a crear un mundo más digno para los pobres? Responder a esta serie de interrogantes nos llevará primeramente a plantear una visión panorámica acerca del concepto vicenciano de la virtud. Luego, lo profundizaremos analizando pormenorizadamente cada una de ellas.
- LA VIRTUD EN GENERAL
San Vicente asume la concepción clásica de virtud. Hagamos una breve síntesis. Entiende que las virtudes nos ayudan a desarrollar la unidad interior necesaria para elegir, más allá de las circunstancias, la verdad y el bien que Dios desea para cada uno. Para lograr esta unidad interior la persona debe educar todas sus capacidades: intelectuales, del corazón, de la voluntad, morales y teologales. La virtud es necesaria ya que ella es una disposición estable que permite al hombre realizar ciertas operaciones o actividades, con prontitud, facilidad y placer. Los hábitos virtuosos están radicados en las capacidades espirituales del hombre (intelecto y voluntad), pero informan también la vida psíquica: sentimientos, recuerdos, movimientos de la sensibilidad. A este aspecto Vicente de Paúl le dará mucha importancia. Además, enseña que el hábito virtuoso no tiene nada de pasivo ni de rutinario, sino que implica una nueva capacidad que fortifica la dimensión operativa de la persona, confiriéndole una progresiva espontaneidad en el actuar; es por eso que se dice que los hábitos virtuosos constituyen una «segunda naturaleza».
Algunos hábitos son naturales, es decir, dependen del actuar humano, de modo que las personas pueden adquirir ciertos hábitos psicológicos y/o morales. Otros hábitos son sobrenaturales, infundidos en el espíritu humano con la gracia santificante que informa, purifica y eleva las capacidades espirituales. Hay hábitos psicológicos, los cuales conciernen al actuar sin referencia a la bondad o malicia del acto, por ejemplo, la firmeza de carácter, la capacidad de decisión, la coherencia lógica.
Pero Vicente de Paúl se concentra en la formación de los hábitos morales. Ellos se definen esencialmente en orden al bien o al mal de la persona. Los hábitos buenos son virtudes y los malos, vicios. En ambos casos nos encontramos con disposiciones estables. Los hábitos morales buenos son las virtudes como la justicia, la mansedumbre y tienen como objeto el bien integral de la persona, lo disponen a obrar bien y lo hacen moralmente bueno. Estos hábitos son naturales en cuanto dependen del esfuerzo humano para adquirirlos. Pero también las virtudes morales pueden ser sobrenaturales así como son sobrenaturales las virtudes teologales infundidas por Dios. Los hábitos sobrenaturales, morales y teologales, dan nueva luz y fuerza a las capacidades del hombre para realizar actos humano-divinos de justicia, humildad, sencillez, fe, esperanza y caridad. Mediante el ejercicio de las virtudes morales y de las virtudes teologales, el hombre empieza a juzgar según la verdad, a decidir en orden al bien, a resolver y tomar posiciones definitivas de acuerdo a la voluntad de Dios y a lo que la Providencia vaya manifestando.
Como san Vicente sabe que el crecimiento en la virtud cristiana se da en personas frágiles y sometidas a la debilidad, este camino siempre debe hacerse desde la humildad y la caridad. Asimismo, exigen al hombre vivir en un estado de continua conversión del corazón, que permita, finalmente, una suerte de con-naturalidad entre el hombre y el querer de Dios, que lleve al servicio del pobre.
Hecha esta introducción, dejemos al señor Vicente explicarnos pormenorizadamente. Señala que la virtud consiste en el justo medio, equidistante entre dos posturas extremas y opuestas; entre un defecto y un exceso:»Todas las virtudes tienen dos extremos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda, y se encuentran en medio de dos vicios. Ilustra dicha teoría señalando que la cordialidad es una virtud, su defecto es ser duros, antipáticos y displicentes; su exceso, es tener una efusividad exagerada. La liberalidad es una virtud, su defecto es ser avaros y codiciosos; su exceso, tener una prodigalidad imprudente. Por tanto, ser virtuoso implica evitar los extremos, tanto su exceso como su defecto. A un sacerdote que era muy austero tanto en el comer como en el dormir, y cuya salud se estaba resquebrajando, le señala «el exceso en la práctica de las virtudes no es menos vicioso que el defecto».
La virtud implica ser equilibrados, ya que frecuentemente las personas pasan del defecto al exceso. Compara este pasar de un extremo al otro con algunas imágenes: 1) El buen vino que se transforma en vinagre; 2) Alguien excesivamente sano que está preanunciando una enfermedad próximas. En nuestro autor las virtudes ayudan al crecimiento ético, en cuanto son un justo medio entre vicios opuestos. Además, bien practicadas, ellas deben anular el vicio que bajo apariencia de virtud, se encuentra potencialmente contenido en una virtud, por ejemplo, el riesgo del manso es caer en la pasividad espiritual; el peligro del que tiene un gran celo por la salvación de las almas es caer en una voluntad de dominio.
Señala que se deben practicar todas las virtudes. No basta con esforzarse por adquirir sólo algunas. Los motivos para ello son:
Ante todo, el ejemplo de Cristo: «Si Nuestro Señor practicó toda clase de virtudes, vosotros debéis tener el deseo de imitarle en todas ellas… Él exige de vosotras que todas sus virtudes sean también virtudes vuestras».
La santidad consiste en practicar todas las virtudes:
«Los santos han practicado todas las virtudes, porque sabían muy bien que no podían llegar a la santidad sin la fe, la esperanza, la caridad y todo lo demás. Por eso practicaban también la templanza, la paciencia, la humildad y todas las otras virtudes. Pues bien, hijas mías, los que pretenden el paraíso tienen que tener todas las virtudes. Porque uno no es virtuoso si no lo es en todo».
Se deben practicar todas las virtudes, pero haciendo mayor hincapié en las más específicas a la vocación o estado de cada uno. El juez debe ser particularmente justo, el militar peculiarmente valiente, el superior singularmente caritativo, el sacerdote caritativo y humilde
El cumplimiento de voluntad de Dios implica llevar una vida virtuosa. Al referirse al pasaje de Mt 7, 23, señala que Jesucristo reconoce como discípulo no a quien hace cosas grandilocuentes, sino a quienes virtuosamente practican la voluntad de Dios9. Voluntad de Dios y práctica virtuosa van unidos: «Si tenemos suficiente gracia de Dios y bastante confianza en su bondad, ya que Él siempre nos la da en abundancia, ¿no vamos a entregarnos a Él desde ahora para darle gusto y para obrar desde ahora en Él y por Él? Deus virtutum: Él es el Dios de las virtudes. ¡Qué se practiquen estas virtudes! ¡Qué se haga todo por Dios!». Asimismo, la conformidad con la voluntad de Dios es el mejor, más fácil y más seguro camino para practicar todas las virtudes.
San Vicente valora profundamente la teología moral. E incluso, entre las diversas ramas de la teología, prefiere que los miembros de la Congregación de la Misión se destaquen por manejarla muy bien, junto a la liturgia y a la administración de los sacramentos. Ve a la teología moral como la parte más útil de la teología, siendo la virtud el elemento básico para estructurar la ética y el corazón de la práctica cristiana. Por tanto, ella tiene un fuerte elemento motivacional. Incluso, la gente crece moralmente cuando se le hace descubrir que todas las cosas deben ser hechas por amor a la virtud.
Andrés Román María Motto
CEME 2010








One Comment on “DOCTRINA VICENCIANA DE LA VIRTUD (I)”
Deberías aplicar vos la virtud en tu vida Andrés.
Resultaste ser una persona horrible, oportunista, ambiciosa con el dinero, insensible y violenta.
Es cínico que te pongas a escribir sobre esto siendo tan mala persona.