Doctrina Social de la Iglesia (X)

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SOLIDARIDAD E INJERENCIA

Conceptos

Se entiende por solidaridad la unión de esfuerzos huma­nos que concurren a un fin común. Representa una idea de unión, concordia, conformidad de personas y esfuerzos para conseguir un fin determinado.

El fundamento último de la solidaridad es, como recuerda Juan XXIII, que al ser los hombres sociables por naturaleza, deben convivir unos con otros y procurar cada uno el bien de los demás (PT.31). Y como afirma Juan Pablo II, la solidari­dad dentro de la sociedad es válida cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas (SRS.39,1).

Desde el punto de vista estrictamente cristiano y teológi­co, la solidaridad es una consecuencia natural de la caridad ya que todos formamos un solo cuerpo en Cristo (Cfr. Rom.12,4-5; 1 Cor.12,14-21).

La solidaridad social, como fenómeno real, tomó fuerza especial entre los obreros a partir de los problemas creados por la revolución industrial, y éste fue el principio de cambios profundos en la sociedad (Cfr. LE. 8,2 y 4). La solidaridad de los hombres del trabajo se hizo también solidaridad con los hombres del trabajo (LE.8,6).

La solidaridad es el camino para cambiar las estructuras sociales y éticas que se oponen al desarrollo y bienestar de la persona y que son la raíz de las injusticias.

Dichas estructuras, como se indicó anteriormente, son el afán de obtener la máxima ganancia y el ansia de poder.

El camino de la solidaridad es largo y complejo. Ante todo hay que tener conciencia de que es necesario cambiar las acti­tudes morales egoístas en función de los verdaderos valores sociales, como la dignidad de la persona o el bien común.

La creciente interdependencia de los hombres entre sí y de las mismas naciones entre sí, en cuanto a los aspectos econó­micos, culturales, políticos y religiosos debe asumirse como una categoría moral.

La respuesta a esta conciencia es la solidaridad que no es un sentimiento superficial por los males, sino una determi­nación firme y perseverante de empeñarse en el bien común, en el bien de todos y de cada uno (Cfr. SRS.38).

La solidaridad no debe reducirse a su nivel más bajo, como si fuese un asunto de conveniencia económica o pura­mente social; la solidaridad es un parámetro ético y espiritual (SRS.38). Esta actividad debe brotar ante la constatación evi­dente de que el afán egoista de ganancia y la ambición des­medida de poder son las verdaderas y profundas causas del subdesarrollo. Incluso, como afirma Pablo VI, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral (PP. 19).

Sujeto.

Para la Iglesia, el deber de solidaridad afecta a todos los hombres.

  1. En primer lugar a los poderosos, pues los que cuentan más, al disponer de una mayor porción de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles y dispuestos a compartir con ellos lo que poseen (SRS.39).

Pero también deben ser solidarios los que tienen menos, y estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos dere­chos, han de realizar lo que corresponde para el bien común. (SRS 39).

Lo mismo, respecto a los grupos intermedios que no han de insistir con egoísmo en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás (SRS.39).

Pero el deber solidario debe manifestarse también en las relaciones de unos países con otros. Recordaba Pablo VI que el deber de solidaridad de las personas es también el de los pueblos; los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de ayudar a los países en vías de desarrollo (PP. 48; cfr. GS.86).

Y es necesario aceptar los sacrificios que exija esta soli­daridad; como recordó el Papa Juan Pablo II la solidaridad universal requiere como condición indispensable la autono­mía y libre disponibilidad y el aceptar los sacrificios que sean necesarios (SRS.39).

Efectos.

Dos son los efectos de orden social y político que indica el Papa como derivados del espíritu de solidaridad: Nos ayuda a ver a los otros -personas, pueblos o naciones- no como ins­trumentos para explotar. sino como semejantes nuestros… para hacerlos partícipes del banquete de la vida al que todos los hombres son invitados igualmente por Dios (SRS.39). Además, así se excluyen la explotación, la opresión y la anu­lación de los demás (SRS.39).

La solidaridad se convierte entonces en el camino hacia la paz y el desarrollo de los pueblos (SRS.39).

Afirma el Catecismo que la solidaridad es una exigencia de la fraternidad humana y cristiana y debe manifestarse en:

  • la distribución de los bienes
  • la remuneración justa del trabajo
  • el esfuerzo a favor de un orden social justo
  • la solución de los conflictos de manera pacífica (n.1940).

Además, la solidaridad es un deber de todos hacia todos (n.1941).

El principio de la solidaridad entre los hombres y entre las naciones no ofrece ninguna dificultad y, al menos de iure, todos lo aceptan como válido aunque no siempre se obre des­pués en consecuencia.

El principio de injerencia.

Pero el Papa Juan Pablo II ha ido más lejos. En un dis­curso a la Conferencia Internacional sobre la Alimentación, celebrado en Roma en diciembre de 1992, propuso el Principio de injerencia hunzanitarici.

El concepto de «injerencia», o intervención de un Estado o una organización Internacional en el territorio de otro Estado, sin el consentimiento de éste, crea un problema de orden jurídico en el actual ordenamiento del derecho interna­cional.

El Papa es consciente de esto y, por eso, dice que es de esperar de esta Conferencia que las llamadas éticas necesarias conduzcan a resoluciones con fuerza jurídica de acuer­do con el derecho internacional.

Juan Pablo II fundamenta esta actitud y deseo en la situa­ción actual de extrema necesidad en que se encuentran pue­blos enteros. Pues con mucha frecuencia, situaciones en que la paz está ausente, donde la justicia es escarnecida y donde el medio natural es destruido, ponen a poblaciones enteras en gran peligro de no poder satisfacer sus necesidades alimen­tarias primarias. Las guerras entre naciones y los conflictos internos no deben condenar a civiles indefensos a morir de hambre por motivos egoístas o partidistas. En estos casos se deben, de todas formas, garantizar las ayudas alimentarias y sanitarias y suprimir todos los obstáculos, comprendidos los que proceden de recursos arbitrarios al principio de la no-intervención en los asuntos internos de un país.

El dominico Francisco de Vitoria, Catedrático de la Universidad de Salamanca, fue el creador del moderno dere­cho internacional. Ya en el siglo XVI defendía que cualquier país podía intervenir en otro pues se debía defender a los ino­centes de una muerte injusta52.

Y daba como razones, la solidaridad natural entre los hombres, la interdependencia de los pueblos y la necesaria cooperación de todos los seres humanos como hijos del mismo Dios.

La posterior creación y evolución de los Estados Nacionales y su necesaria independencia respecto a los demás, llevó a imponer como principio indiscutible la soberanía del Estado en las relaciones internacionales. Y está tan arraigado este principio que hay una resolución de la ONU, según la cual ningún Estado tiene derecho a intervenir direc­ta o indirectamente y sea cualquiera el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro. Por lo tanto, no sola­mente la intervención armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de amenaza atentativa a la personali­dad del Estado, o de los elementos políticos, económicos o culturales que lo constituyen, están condenados.

Crisis.

La situación creada especialmente a partir de la segunda guerra mundial, y los abusos de la «autoridad constituida», que escapa a toda jurisdicción penal, hace que sea necesario volver a la teoría del P.Vitoria y que se someta a revisión la total soberanía del Estado.

La importancia de la defensa de los Derechos Humanos y la efectiva tutela de las minorías de cualquier tipo, hace que se ponga en tela de juicio el poder absoluto del Estado y de sus gobernantes y de su total impunidad.

Los derechos humanos también deben considerarse como «fuente de derecho» aún internacional, y estos derechos exi­gen su propio estatuto jurídico. Esta realidad contribuye a relativizar y modificar el contenido y alcance de la soberanía del Estado como norma suprema del derecho internacional.

La tensión dialéctica soberanía del Estado-Derechos Humanos se refleja de modo especial en torno a la frontera que tienen esos derechos humanos, es decir, hay que convenir en que esos derechos no son exclusivamente asuntos internos competencia del Estado, sino que proceden de la naturaleza esencial de la persona y deben ser respetados por todos, inclu­so por el Estado y por sus gobernantes. Y es tal la importan­cia de estos derechos que su defensa exige que la comunidad internacional suprima las fronteras territoriales y establezca un tribunal internacional capacitado para juzgar los crímenes que se cometen contra los derechos naturales de las personas, quienquiera que sea el que los ha cometido.

Y lo mismo, el derecho de injerencia debe aplicarse cuan­do un gobierno, a causa de guerras o conflictos internos, deja que la población civil sea asesinada, mutilada o muera de hambre. Y ya empieza a haber muchos ejemplos de actitudes sociales a favor de esta teoría que se podría llamar el final de la política de los asuntos internos, tal como se ha entendido hasta ahora.

Esto supone una importantísima modificación en el dere­cho internacional, pero la sociedad camina en ese sentido y no es prudente negarse a la evolución del Derecho, aún interna­cional, cuando las circunstancias lo exigen.

La actual globalización de las relaciones internacionales está caminando hacia la ruptura de los límites geográfico-políticos cuando se trata de la defensa del bien común univer­sal. Actualmente, el Secretario General de Naciones Unidas está tratando de crear otro Tribunal Penal Internacional para someter a juicio a los responsables de las mutilaciones y matanzas cometidas en Sierra Leona (África) en estos últimos años.

La persona humana tiene derechos que no son una benig­na concesión del Estado, sino que brotan de su misma natu­raleza inteligente y libre.

Por esto afirma Juan Pablo II, que ante la situación de muchos pueblos sumidos en la miseria más absoluta «ningún criterio político ni ninguna ley económica pueden permitir atentar contra el hombre, contra la vida, contra su dignidad, ni contra su libertad. Todos los pueblos deben aprender a compartir la vida de los demás pueblos, a poner en común los recursos de la tierra que el Creador ha confiado a toda la humanidad».

Anselmo Salamero

La MIlagrosa

CAPÍTULO XI

 

OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES

 

54 Juan Pablo II., Discurso a la Conferencia Internacional sobre la Alimentación, cfr.
Ecclesia, 53,1992,27

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OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES El fenómeno de la pobreza

La pobreza, en su concepto abstracto, es la carencia de lo necesario para llevar una vida digna, tal como corresponde a la persona humana. Pero la idea de pobreza resulta muy rela­tiva, porque son muy desiguales las necesidades sentidas por las diferentes personas, según su cultura y el medio ambiente en que viven. La pobreza no tiene, además, un sentido sola­mente material o económico.

Pero dejando de lado las consideraciones abstractas, con­viene fijarse en la realidad de los pobres, personas que care­cen de lo más indispensable para vivir y para el normal des­arrollo de su personalidad.

Y lo primero que llama la atención es que se trata de una pobreza impuesta. El espíritu de lucro y la avaricia hace que algunos pocos abusen de su poder económico y social para imponer condiciones de trabajo y salarios excesivamen­te bajos e injustos con el fin de aumentar su propia riqueza aún saltando por encima de los derechos legítimos y justos de los trabajadores.

Por otra parte, esta injusta situación no es tenida en cuen­ta por los gobiernos, que no se preocupan en buscar un reme­dio eficaz para imponer la justicia. Ni siquiera los gobiernos que se llaman socialistas han sido capaces de hacer un traba­jo serio y eficaz en este sentido.

 

Y, por fin, todo esto responde a una mentalidad social generalizada de que las cosas son así y no tienen arreglo.

Pero analizando las causas profundas de esta actitud, apa­rece claramente como causa, la total falta de una verdadera ética social. El desmedido afán de lucro, la competencia des­piadada y el ansia de poder, constituyen una triple estructura de pecado que afecta directamente a las personas, incluso a las que forman el gobierno. Es decir, todos los problemas de la pobreza en el mundo son consecuencia de estructuras, no económicas, sino éticas y personales.

La opción por los pobres

El aumento de la pobreza y el fracaso de los intentos de desarrollo, especialmente desde 1960 en adelante, provocó la aparición de un movimiento universal llamado liberacionis-1110. Era un desesperado esfuerzo por hacer desaparecer defi­nitivamente la pobreza y la injusticia del mundo. Pero todos estos movimientos se concretaron en acciones de tipo revolu­cionario violento y marxista, aunque en muchos lugares se presentaron como movimientos cristianos y trataron de justi­ficar el recurso a la violencia55.

Con ocasión de la opción por los pobres, el deseo de su liberación y el fracaso de los intentos realizados, quizá más aparentes que reales y sinceros, aparecieron dos corrientes que pretendían fundamentar y orientar el trabajo

55 Gustavo Gutiérrez llegó a escribir que «son muchos lo que piensan, con Sartre, que el marxismo como marco formal de todo pensamiento filosófico de hoy no es superable. Sea como fuere, de hecho, la teología contemporánea se halla en insoslayable y fecunda con­frontación con el marxismo y es, en gran parte, estimulada por él que, apelando a sus pro­pias fuentes, el pensamiento teológico se orienta hacia una reflexión sobre el sentido de la transformación de este mundo y sobre la acción del hombre en la historia». Cfr.Teología de la liberación (Ed. Sígueme Salamanca 1972) pág.32

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por el desarrollo a favor de los pobres: la Teología de la libe­ración y Cristianos por el socialismo.

  1. La teología de la liberación fue un intento de construir una teología de nuevo cuño con base en el libro del Exodo, a partir de la crítica de la teología europea y de la situación social de los países pobres. Pero insistieron demasiado en la utilización del análisis marxista para entrar en el ambiente concreto de su propia historia. Esa teología, que por otra parte tenía muchos aspectos perfectamente válidos, terminó en un simple sociologismo, mitad marxista y mitad teológico, pero con excesiva dependencia de los filósofos y teólogos europe­os. Dieron tanta importancia a los aspectos socioeconómicos y políticos que perdieron de vista el sentido religioso de la persona y de la vida.

El Papa Pablo VI entiende que entre evangelización y pro­moción humana existen lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico… teológico… y evangélico (EN.31), pero muchos han sentido la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto temporal… y si esto fuera así, la Iglesia perdería su significado más profundo (EN.32). También afinna que la Iglesia no puede aceptar la violencia, sobre todo la fuerza de las armas -incontrolable cuando se desata- ni la muerte de quienquiera que sea, como camino de liberación… porque la violencia no es cristiana ni evangélica (EN.37).

Juan Pablo II, en el discurso que dio comienzo a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano en Puebla, explicó que hay que alentar los compromisos pasto­rales con una recta concepción cristiana de la liberación…la Iglesia siente en deber de proclamar la liberación en su sen­tido integral… liberación que dentro de la misión propia de la Iglesia no se reduzca a la simple y estrecha dimensión econó‑

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mica, política, social o cultural, que no se sacrifique a las exi­gencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo56

La teología de la liberación tenía muchos aspectos válidos y la Iglesia ha escrito dos documentos sobre este tema. En 1984 publicó una Instrucción sobre el anuncio de la libertad y dos años más tarde, otra Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación. En ambos se trata de una síntesis de la teolo­gía de la liberación.

  1. El movimiento de Cristianos por el Socialismo nació en Chile el 16 de abril de 1971. Un grupo de sacerdotes anunció en una conferencia de prensa su compromiso con la clase tra­bajadora, su apoyo al gobierno de la Unidad Popular y su compromiso en la construcción del socialismo en Chile57. En 1972 publicaron un documento en el que exponían su postura radical marxista. Este movimiento concluyó con la caída de Allende.

Pero el resultado real obtenido por las revoluciones ha sido negativo. Donde no han logrado triunfar sólo han conse­guido aumentar la pobreza y crear un clima social de odio y violencia que ha degenerado en un cáncer social de muy difi­cil solución. Donde la guerrilla ha logrado triunfar, la situa­ción ha quedado peor que antes, porque los que han llegado al poder se han constituído en los nuevos ricos, con olvido total de las promesas anteriores y han tenido que gastar grandes cantidades de dinero para poder mantener su situación. Y el régimen marxista que han impuesto ha degenerado en una cruel dictadura. Para entender esto, es suficiente observar la evolución de los pueblos en los que han triunfado dichos movimientos.

56 Ecclesia, 39(1979)169

57 El partido socialista de Unidad Popular, liderado por SalvadorAllende ganó las elec­ciones en 1970 y fue derrocado por un golpe militar en septiembre de 1973

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La opción por los pobres no es una cuestión sentimental o de moda, ni mucho menos, simple demagogia; es una opción por la justicia para que florezca la paz. Como advirtió Pablo VI la paz se construye día a día en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más per­fecta entre los hombres (PP.76).

La Iglesia siempre ha mostrado un especial interés por los pobres (Cfr. Sant. 2,1-17; Act. 4,32-35) y ha tratado de acudir en su ayuda, no solo espiritual sino también material y eco­nómicamente. Son muchos los santos e instituciones que han surgido en la Iglesia a través del tiempo para ayudar a los necesitados.

Como recuerda Juan Pablo II, el contenido del texto de la Rerum novarum es un testimonio elocuente de la continuidad, en la Iglesia de lo que ahora se llama opción preferencial por los pobres (CA.11).

En las reuniones del CELAM, en Medellin y en Puebla especialmente, la Iglesia advirtió dos cosas: la necesidad de las reformas sociales y económicas para remediar la situación de extrema pobreza de millones de personas y el peligro de buscar como único remedio el recurso a la violencia revolu­cionaria.

Juan Pablo II ha dicho claramente que la Iglesia quiere mantener su opción preferencial por los pobres, pero sin hipotecar el evangelio a ideologías extrañas a la fe cristiana (Juan Pablo II a los Obispos de Perú).

Verdadero sentido de la opción por los pobres .

La opción por los pobres que propone la Iglesia, supone que dicha opción y sus manifestaciones se mantengan siem­pre dentro de estos límites:

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Es una opción preferente, pero no exclusiva ni exclu­yente. Juan Pablo II dice que la opción preferencial por el pobre nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos. Se trata, en efecto, de una opción que no vale solamente para la pobreza material, pues es sabido que, – especialmente en la sociedad moderna, se hallan muchas formas de pobreza, no solo económica, sino también cultural y religiosa (CA.57).

Se entiende por pobres todo grupo humano necesitado de ayuda, pero no en el sentido de clase social en lucha, ni mucho menos como Iglesia paralela.

Esta opción debe dirigirse a que todos puedan realizar su vocación humana y religiosa dentro de los límites de la posibilidad real y de la justicia, y entender el sentido de libe­ración no solo en el sentido material y económico, sino en el sentido de plenitud humana y religiosa.

Carece de validez la opción que se fundamenta, no en el amor al prójimo, sino en el odio clasista que propugna los medios violentos.

La verdadera opción por los pobres debe concretarse en la promoción de la justicia y de la paz (Cfr. CA.59).

CAPÍTULO XII

PRINCIPIO DE ADMINISTRACIÓN

 

 

PRINCIPIO DE ADMINISTRACION

Entre los derechos jurídico-institucionales que condicio­nan las relaciones entre las personas es de gran importancia el que se refiere al derecho de propiedad y a la recta administra­ción de dicha propiedad.

A finales del siglo XIX y principios del XX, los socialis­tas y anarquistas reclamaron la abolición del derecho de pro­piedad por considerar que era un robo.

Carlos Marx califica la propiedad privada de los medios de producción corno un modo de explotación de los trabaja­dores y causa de su alienación. Por eso, la revolución exige la violación despótica del derecho de propiedad y de las rela­ciones burguesas de producción58.

La doctrina de la Iglesia no niega el derecho de propie­dad ; pero afirma que Dios ha destinado la tierra y su riqueza para uso y beneficio de todos los hombres y a todos debe lle­gar de manera equitativa. El derecho de propiedad no es un derecho absoluto, sino que tiene una función social, es decir, está limitado por el bien común y la solidaridad. Por eso se afirma que todas las cosas son comunes, en el sentido de que no aprovechen solo a unos pocos sino que sirvan para todos (GS.69).

58 Cfr. Carlos Marx., Manifiesto del Partido comunista, en Obras escogidas, Moscú 1966, tomo I, pág.38.

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La enseñanza de la Iglesia acerca de todo este asunto ha sido resumida en el Catecismo (nn.2401 en adelante).

La propiedad se extiende a dos tipos de bienes: los bienes de producción incluida la posesión de la tierra y el beneficio monetario o renta que producen.

El modo concreto de administrar los bienes propios para que cumplan con el deber de justicia social tiene varios cau­ces que deben cumplirse al mismo tiempo: dar el salario justo a los trabajadores, pagar fielmente los impuestos del Estado sobre la renta; es necesario también aceptar que, a veces, el Estado puede expropiar algunos bienes por necesidades del bien común; y, por fin. ayudar con donaciones libres y gene­rosas a las obras sociales y de caridad en beneficio de los necesitados; esta ayuda tiene un carácter local, nacional e internacional, ya que la pobreza se da en todos esos ámbitos.

  1. El salario

El Papa León XIII afirma que la tierra es para usufructo y disfrute de todos, pero que esto no se opone a la propiedad privada, puesto que los no propietarios se benefician del pro­ducto de la tierra por medio de su trabajo que les proporciona el derecho a obtener un salario justo (RN.6.9.10) y, en este sentido, el trabajo viene a ser un título de propiedad sobre una parte de los beneficios producidos (RN.7).

  1. Derecho al salario

Ante todo, el salario justo es un verdadero y perfecto derecho de los trabajadores (RN.3) y quien lo quebranta comete un gran crimen (RN.14).

Una justa remuneración del trabajo es el problema clave de la ética social (LE.19,1) y el medio para valorar la justicia de un sistema económico-social y su funcionamiento (LE.19,2).

Porque la justa remuneración del trabajo es la vía concre­ta a través de la cual la gran mayoría de los hombres pueden acceder a los bienes que están destinados al uso común (LE.19,2).

  1. Salario justo

Un salario, para ser justo, debe cumplir las siguientes con­diciones :

El salario debe tener un sentido familiar, es decir, debe ser suficiente para que el trabajador y su familia puedan lle­var una vida digna y satisfacer todas las necesidades norma­les (RN.9; QA.71; MM.21; LE.19,3).

El salario deber ser tal, que deje un margen para el aho­rro, después que se hayan satisfecho todas las necesidades familiares (RN.33 ; QA.74).

El salario debe estar proporcionado a los precios (QA.75) y modificarse al subir los precios al consumo. En caso contrario es evidente que el salario, aún siendo el mismo, pierde parte de su valor adquisitivo y deja de cumplir la fun­ción social que le es esencial. El salario debe ser justo y equi-tativo59 para permitir que los trabajadores tengan siempre un nivel de verdaderamente humano (MM.71).

Es contra la justicia dar unos salarios bajos por la ambi­ción de obtener mayores ganacias (QA.74) y dejar a los obre‑

59 La doctrina social de la Iglesia suele unir los conceptos de justicia y equidad como complementarios.Lo justo es lo que se atiene a lo legal; pero las normas, que a veces resul­tan rígidas o inadaptadas, deben entenderse teniendo en cuenta las circunstancias que pue­den modificar el sentido o alcance de la ley. Es cierto, como se dice,que «summum ius, summa injuria», es decir, una interpretación rígida de la norma jurídica puede incurrir en una verdadera injusticia; por eso, la justicia debe tener en cuenta la equidad que es seguir el sen­timiento del deber y de la conciencia más que el texto literal de la ley, y en este sentido, es una manifestación de la justicia natural por oposición a la justicia legal.

 

ros y sus familias en condiciones verdaderamente infrahuma­nas (MM.68). La abundancia y el lujo desenfrenado de unos pocos contrasta de manera abierta e insolente con la extrema pobreza de la mayoría (MM.69).

La razón fundamental de esta doctrina sobre el salario es que es verdad incuestionable que la riqueza nacional provie­ne del trabajo de los obreros. ¿No vemos, acaso, con nuestros propios ojos cómo los incalculables bienes que constituyen la riqueza de los hombres son producidos y brotan de las manos de los trabajadores? (QA.53).

Por otra parte, es necesario admitir el principio de la prio­ridad del trabajo sobre el capital, porque el trabajo es la causa eficiente primaria en la producción de los bienes, mientras que el capital es solo un instrumento (GS.67: LE.12,1).

  1. Equidad y proporción entre los salarios

Aunque es normal que unos trabajos reciban mayor remu­neración que otros por diversas razones objetivas y justas, ocurre muchas veces que se fijan retribuciones altas e inclu­so altísimas por prestaciones de poca importancia, mientras que a otros trabajadores se les retribuye con salarios bajos e insuficientes para las necesidades de la vida (MM.70).

Hace algunos años, el 20% de la población del planeta (los más ricos) tenían una renta 30 veces más elevada que el 20% más pobre. Actualmente, la renta de los más ricos es 82 veces más elevada. Sobre unos 6.000 millones de habitantes del planeta, apenas 500 millones viven holgadamente, mien­tras que 5.500 millones permanecen sumidos en la necesi-dad60.

60 Ignacio Ramonet., El 2000., en Le Monde diplomatique (Ed. Española) año V, n.50 diciembre 1999, pág. I

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Esta situación injusta hace que una multitud ingente de hombres y mujeres sufran el peso intolerable de la miseria. Y muchos millones de personas carecen de esperanza, porque la pobreza se agrava más cada día (SRS.13).

El afán de ganancia por encima de la justicia es una de las estructuras fundamentales del pecado social, pues es la abso-lutización de una actitud humana (SRS.37) y un freno impor­tante al desarrollo (SRS.38,6)

  1. Las rentas libres

Afirma León XIII que sobre el uso de la riqueza hay una doctrina importante. El fundamento de dicha doctrina consis­te en distinguir entre la recta posesión del dinero y el uso correcto del mismo. Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación que el hombre no debe considerar las cosas como propias, sino como comunes, de modo que las comparta fácilmente con los otros en sus necesidades (RN.16).

La doctrina de la Iglesia entiende por rentas libres el volu­men de renta que sobra después de emplear lo necesario para el sostenimiento decoroso y conveniente de la propia familia dentro de un nivel de vida adecuado al estado social de cada uno (Cfr. QA.50).

El Papa Pío XI, comentando cierta evolución en el socia­lismo dice que la misma guerra contra la propiedad privada se restringe hasta el punto de que algunas veces ya no se ataca la posesión en sí de los medios de producción, sino cierto imperio social que, contra todo derecho, se ha tomado y arrogado la propiedad; por eso se pretende, con razón, que se reserve a la propiedad pública algunos géneros de bienes que comportan consigo una tal preponderancia que no puede dejarse en manos de particulares (QA.114).

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No obstante, tanto León XIII como Pío XI no profundizan en el uso de las rentas privadas desde el punto de vista de la estricta justicia y se mantienen dentro de la teoría general de los teólogos de la época que solo hablaban de la caridad.

Sin embargo, dadas las exorbitantes diferencias en las ganancias de unos y otros, que claman al cielo por la extrema miseria a que se ven reducidas muchísimas familias, es nece­sario, aún manteniendo en pie el ejercicio de la caridad, tratar estas diferencias desde el punto de vista de la justicia.

  1. Redistribución de las rentas libres: leyes fiscales

Una de las bases del capitalismo liberal es la obtención, como sea, del máximo beneficio personal, sin tener en cuenta la justicia social y evitando la intervención del Estado.

La doctrina social de la Iglesia, por el contrario, entiende que la finalidad principal de todo el proceso económico es el servicio del hombre, de todos los hombres sin ninguna distin­ción (GS.64).

Y el Estado, como primer gestor y garante del bien común, debe intervenir positivamente en la redistribución de las rentas libres; a la autoridad pública le corresponde impe­dir que se abuse de la propiedad privada con detrimento gra­vísimo de la utilidad común (GS.71).

El Papa Pío XII trató explícitamente del problema fiscal. En un discurso de 194861 afrontó la cuestión del impuesto sobre la renta y aludió a la necesaria preparación técnica para tratar estos asuntos, pues muchas veces ocurre que hablan de estos temas individuos con más audacia que competencia ; por otra parte, el Estado debe exponer con toda claridad los principios sólidos en que se basa el impuesto como medio de conseguir el bien común.

61 Pío X11.,Alocución a los participantes en el Congreso del Instituto Internacional de finanzas públicas, del 20.10.40.,DJ. Págs.275-277.

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El mismo Papa en otro discurso, aunque critica ciertas formas fiscales abusivas, admite la legitimidad del impuesto fiscal siempre que se adapte a las posibilidades reales de los ciudadanos, que se expongan claramente los principios mora­les justificativos del impuesto y que se ofrezca una garantía jurídica a los contribuyentes sobre el cumplimiento, por todos, de la ley para no desmoralizar a los sujetos y empujar­los así a la evasión o al fraude fiscal62.

Juan XXIII se ha limitado a decir que por lo que se refie­re a los impuestos, la exigencia fundamental de todo sistema tributario justo y equitativo es que las cargas se adapten a la capacidad económica de los ciudadanos (MM.132). Por esto resulta justo el llamado impuesto progresivo, es decir, debe pagar un porcentaje mayor de impuesto sobre la renta libre, quien gana más.

Pablo VI enuncia, corno principio fundamental. Que la propiedad privada no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común (PP.23), porque las rentas libres no que­dan al capricho de los hombres y las especulaciones egoistas deben ser eliminadas (PP.24).

Las conclusiones que se deben deducir son las siguientes:

No es según justicia, con diversos subterfugios y frau­des, eludir los impuestos justos (GS.30).

No se puede admitir que ciudadanos provistos de ren­tas abundantes, por justas que sean, las transfieran en parte considerable al extranjero por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello producen a su propio país (PP.24). Es una clara condenación, por injusticia, de la llamada fuga de capitales.

62 Pío XII., Discurso al X Congreso de la Asociación Fiscal Internacional, el 22.10.56, DJ. págs.566-569

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Ocurre, por desgracia, que los gobiernos no persiguen con verdadera eficacia los delitos de la evasión fiscal fraudulenta y de la fuga de capitales de las grandes empresas o de algunas personas particulares, de donde resulta que la mayor parte de las veces el peso del impuesto recae sobre las personas que tienen rentas bajas.

  1. La expropiación.

El Papa Pablo VI, en la encíclica Populorum progresio estudia a fondo todo lo referente al desarrollo de los pueblos. En ese contexto, hace una referencia explícita a la posesión de la tierra.

Partiendo del hecho de que la tierra está hecha para pro­curar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumen­tos de su progreso (PP.22), y que todo hombre tiene derecho a encontrar en la tierra lo que necesita (PP.22) y, por tanto,todos los demás derechos, sean los que sean, compren­didos en ellos la propiedad y el comercio libre, a ello están subordinados (PP.23) deduce tres principios prácticos:

La propiedad privada no constituye para nadie un dere­cho incondicional y absoluto (PP.23).

El derecho de propiedad jamás debe ejercerse en detri­mento de la utilidad común (PP.23).

El bien común exige, a veces, la expropiación (PP.24).

Esta última conclusión suscitó la ira y las más acerbas crí­ticas por parte de muchos. Pero es una consecuencia lógica de todo lo anterior.

Resulta evidente que la expropiación de tierras para ser legítima depende de varias condiciones;

  1. El hecho de la excesiva extensión de muchas tierras

La explotación deficiente o nula de dichas tierras

La miseria que de esto resulta para muchas personas

El hecho de que los obreros agrícolas de esas fincas gigantescas recibe un salario injustamente bajo, lo que no les permite salir de un estado crónico de pobreza.

El profundo daño que de esta situación se sigue para los intereses del propio país y de la paz interna.

Estas condiciones, por otra parte, no deben entenderse acumulativamente, es decir, basta con que se de alguna de ellas para que se justifique la expropiación.

Pero en la doctrina de la Iglesia se reconoce también que toda expropiación debe compensarse con una indemnización justa (GS.71)63.

  1. La limosna.

La función social de la propiedad tiene un límite más amplio que el señalado por la estricta justicia. Afirma Pío XI : ¡Cuánto se engañan esos incautos que, se atienen sólo al cumplimiento de la justicia, y de la conmutativa nada más, y rechazan soberbiamente la ayuda de la caridad ! . Pero, aún dado por supuesto que cada cual obtuviera todo aquello a lo que tiene derecho, el campo de la caridad es mucho más amplio (QA.137).

Es evidente que, a pesar de la intervención del Estado y de otras asociaciones, son muchísimas más las situaciones de pobreza, incluso extrema, que quedan sin recibir ninguna

63 Acerca del problema de la reforma agraria, el Pontificio Consejo Justicia y Paz ha publicado un importante documento cuyo título es «Para una mejor distribución de la tie­rra: el reto de la reforma agraria»; el texto íntegro se puede ver en Ecclesia 58,1998, págs. 114-130

 

 

 

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rr

 

ayuda. Además hay urgentes necesidades originadas acciden­talmente por catástrofes naturales de relativa frecuencia (ciclones, inundaciones, terremotos, etc.) que suelen ocurrir casi siempre en países ya sumidos en la pobreza.

Como recuerda Juan XXIII, siempre hay una amplia gama de situaciones angustiosas, de necesidades ocultas y al mismo tiempo graves, a las cuales no llegan las múltiples for­mas de acción del Estado…Por lo cual siempre quedará abierto un vasto campo para el ejercicio de la caridad cris­tiana por parte de los particulares (MM.120).

Para encauzar debidamente esta ayuda caritativa y huma­nitaria en beneficio de los necesitados existen varias institu­ciones cuya labor es incalculable, pero cuyo esfuerzo se ve limitado muchas veces por la falta de recursos económicos. Se pueden citar como ejemplo, Cáritas, Cruz Roja, Campaña contra el hambre, Manos Unidas, Medicus Mundi y otras organizaciones de carácter más o menos privado para la aten­ción a determinadas necesidades o regiones.

Estas asociaciones suelen hacer una colecta anual a nivel nacional. Pero, a pesar de la cuantiosa ayuda que reciben, siempre son mucho mayores las necesidades a las que deben hacer frente.

 

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PRINCIPIO DE SUBSIDIARIDAD

Este principio trata de establecer el conveniente equilibrio entre las competencias y actividades de los individuos y agru­paciones y las competencias del Estado.

El liberalismo y el socialismo tienen posturas extremas, a favor del individuo y de las asociaciones privadas, o a favor exclusivamente del Estado. Y de ahí han nacido multitud de problemas y conflictos sociales.

El Papa León XIII ya advirtió que no es justo que el indi­viduo o la familia sean absorbidos por el Estado. Lo justo es dejar a cada uno su facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible sin daño del bien común y sin injuria a nadie (RN.26).

La doctrina socialista, convertida en comunismo, llevó a un sistema extremo en que el individuo es totalmente absor­bido por el Estado. Y Pío XI volvió sobre el principio de sub-sidiaridad con estas palabras: Sigue en pie y firme en la filo­sofía social aquel gravísimo principio inamovible e inmuta­ble, que afirma que como no se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que pueden realizar ellos con su priopio esfuerzo e industria, tampoco es justo quitar a las comunidades menores o inferiores lo que ellas pueden hacer y dárselo a una comunidad mayor (QA.79).

Juan XXIII analiza con más detalle este principio y se fija en aspectos más positivos. Porque Pío XI se refería a la acción del Estado diciendo que conviene que el Estado permita

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resolver a las asociaciones inferiores aquellos asuntos de menor importancia… con lo cual se lograría realizar todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto que el Estado solo puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso requiera y la necesidad exija (QA.80).

Juan XXIII acepta el principio general y dice que como tesis inicial hay que establecer que la economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa privada de los individuos, ya actúen ellos solos ya se asocien entre sí para procurar sus intereses comunes (MM.51).

Pero esto no es obstáculo para que por las razones que ya adujeron nuestros predecesores es necesaria también la pre­sencia activa del poder civil en esta materia para garantizar como es debido una producción creciente que promueva el progreso social que redunde en beneficio de todos (MM.52). Y de forma más concreta dice que el Estado tiene como fun­ción el fomentar, ordenar, suplir y complementar la iniciativa privada (MM.53).

El principio de subsidiaridad permite dos perspectivas: hasta donde puede llegar el Estado sin invadir el terreno de lo privado (que es el aspecto restrictivo) y dónde debe comenzar la acción del Estado (que es el aspecto positivo) o sea, hasta dónde pueden llegar los particulares.

Juan XXIII apoya su criterio en la realidad social. Y constata cómo el progreso científico de la ciencia económica permite al Estado actuar en la reducción de los desniveles regionales y sectoriales, en el control de las fluctuaciones económicas y en la actuación contra el desempleo masivo (MM.54-55).

Pero los términos del equilibrio entre iniciativa privada e intervención del Estado no pueden quedar fijados de una vez

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para siempre, sino que han de ajustarse a los cambios que el tiempo y las costumbres impongan (MM.56).

Una cosa es clara: es necesario huir de los extremos. La falta total de iniciativa conduce a la tiranía política (MM.57), mientras que la ausencia total de la intervención del Estado desemboca en abuso de los poderosos contra los más debiles (MM.58). Esta doble referencia a los sistemas económicos capitalista y socialista extrañó a muchos que esperaban una condenación de uno u otro sistema. Pero la actitud de Juan XXIII era lógica dada su preocupación de no perderse en dis­cusiones que no iban a conducir a nada práctico. Lo más importante es saber qué se debe hacer; si esto queda claro, las posturas extremas o inaceptables se irán excluyendo automá­ticamente.

Juan Pablo II afirma que cuando la intervención del Estado sea necesaria, debe respetar la subjetividad de la per­sona y no privarla de la iniciativa que corresponde a su dig­nidad. En términos generales, advierte el Papa que es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes colec­tivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano (CA.40).

Cuando habla más en concreto acerca del papel del Estado en la economía, considera cuatro aspectos:

Aspecto jurídico institucional. La actividad económica no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político (CA.48).

Es claro que la legislación constitucional y ordinaria deben marcar las pautas generales y particulares del ordena­miento económico, de los convenios colectivos, de la organi­zación sindical, del derecho de huelga, etc. Pues el vacío legislativo es una fuente de conflictos.

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Aspecto social. La primera incumbencia del Estado es la de garantizar la seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo (CA.48).

Toda la legislación social, aún procediendo del Estado, debe tener como base fundamental unos acuerdos previos con los agentes sociales y económicos de tal manera que las leyes se ajusten al equilibrio entre los elementos interesados direc­tamente.

Aspecto ético. La falta de seguridad, junto con la corrupción de los poderes públicos y la proliferación de fuentes ilícitas de aumento del patrimonio familiar y de los beneficios fáciles basados en actividades ilegales o pura­mente especulativas, es uno de los obstáculos principales para el desarrollo y para el orden económico (CA.48).

El Estado tiene el deber de vigilancia sobre las activida­des de los ciudadanos y las empresas en lo referente a las acti­vidades económicas y cumplimiento de las leyes, y también sobre sus propios órganos de gobierno en lo que se refiere a la administración de los bienes y de la economía general. Es deber del poder público evitar la apropiación indebida o, como se decía antes y es más claro, el robo, tanto en las empresas como en la administración pública.

Aspecto económico. El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que asegu­ren oportunidades de trabajo, estimulándolas donde sean insuficientes o sosteniéndolas en los momentos de crisis (CA.48).

Estos modos de intervención significan que el Estado tiene, sobre todo, una función de suplencia y que, por eso mismo, implica un sentido de temporalidad que solo debe hacerse cuando lo exige el bien común (CA.48).

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OZANAM,

UN PRECURSOR DE LA DOCTRINA

SOCIAL DE LA IGLESIA

El Papa Juan Pablo II ha afirmado que se puede ver en Federico Ozanam un precursor de la doctrina social de la Iglesia, que el Papa León XIII desarrollaría algunos años más tarde en la encíclica Rerum novarum64.

La doctrina social de la Iglesia es el resultado de una larga evolución como respuesta concreta a los graves problemas sociales, agudizados de forma especial a partir de la revolu­ción industrial. Entre los iniciadores de la doctrina social cris­tiana debe figurar Federico Ozanam, intelectual francés, de notable influencia en la sociedad francesa de su tiempo.

Situación social en el siglo XIX

El principio liberal de la propiedad privada defendido por Locke reforzó el componente liberal del iusnaturalismo, pero al acentuar el elemento individualista puso las bases para una reacción igualitaria de tipo socialista. La escuela fisiocrática francesa contribuyó al triunfo del liberalismo económico; éste cobró gran impulso con Adam Smith que abogó por la liber­tad del comercio y rechazó toda intervención del Estado en la economía.

Esta ideología, el progreso del maquinismo y el paro que provocó, el aumento de la producción y la desmedida ambi‑

64 Homilía en la beatificación de Federico Ozanam,cfr. Ecclesia 57,1997,1301

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ción de los poderosos económicamente fueron los causas que hicieron posible la explotación de los obreros, las condiciones injustas del trabajo, los bajos salarios y la miseria generaliza­da entre los obreros. Por otra parte, la ley Chapelier prohibía las organizaciones obreras.

El malestar social era profundo y se manifestó en revuel­tas y sabotajes65 que siempre fueron reprimidos con dureza. La revolución de 1830 y más aún la de 1848 añadieron más crispación al estado de descontento que se vivía.

Como búsqueda de soluciones para todos estos problemas aparecieron las doctrinas socialistas. Saint-Simon, Owen, Fourier, Proudhon, Le Blanc y otros propusieron varios siste­mas para mejorar la situación de los obreros. Pero realmente no consiguieron nada y Le Blanc, que fue ministro después de la revolución de 1848, estableció los Talleres Nacionales que terminaron al poco tiempo con un fracaso total. Por esos años apareció Carlos Marx y propuso un nuevo socialismo «cientí­fico» en oposición a todos los anteriores que calificó de «utó­picos».

Se suele decir que los católicos tardaron en darse cuenta de la gravedad de la situación. Pero esto no es cierto del todo. A partir de 1837 los obispos De CroY, Belmás, Rendu, Giraud y otros levantaron sus voces para denunciar las injusticias y salir en defensa de los trabajadores.

65 Fue famosa la actividad de los ludditas, especie de asociación secreta que se dedi­caba a la destrucción de las máquinas en las fábricas y talleres. Comenzó en Inglaterra y se extendió por el resto de Europa pero fue perseguida y acabó pronto.

Personalidad de Federico Ozanam

Federico Ozanam nació en Milán el 23 de abril de 1813 y murió en Marsella el 8 de septiembre de 1853. A los dos años de edad fue a vivir a Lyón. Obtuvo el grado de doctor en Derecho y en Letras en la Universidad de la Sorbona, en París. Fue profesor de Derecho Mercantil en la Universidad de Lyón (1839-1841) y de Literatura en la Sorbona (1841­1852). Se vió obligado a dejar la docencia a causa de una grave enfermedad.

El Papa Juan Pablo II nos ha recordado que Ozanam desde su juventud tomó conciencia de que no era suficiente hablar de la caridad y de la misión de la Iglesia en el mundo : esto debía traducirse en un compromiso efectivo de los cris­tianos al servicio de los pobres… y con un grupo de amigos creó las Conferencias de San Vicente de Paúl cuyo objetivo era ayudar a los más pobres66.

El beato Federico Ozanam -continúa el Papa- apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico del siglo XIX, fue un universitario que tuvo una gran infuencia en el movimiento de ideas de su tiem­po… con el coraje del creyente, denunciando todos los egoís­mos, participa activamente en la renovación de la presencia y de la acción de la Iglesia en la sociedad de su época67.

Federico Ozanam, cuando era estudiante universitario en París, supo dar públicamente testimonio de su fe. Él mismo cuenta que cada vez que un catedrático levanta la voz contra la Revelación, voces católicas se levantan también para res­ponder. Algunos estamos unidos para este fin. Dos veces he participado en esta noble tarea… nuestras respuestas leídas

66 Homilía en la beatificación de F. Ozanam, cfr. Ecclesia 57,1997,1301

67 ‘bid.

 

 

 

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públicamente en clase han producido efecto en el catedráti­co que casi se ha retractado y en los oyentes que han aplau-dido68.

La acción social de Federico Ozanam.

Los principales campos de la acción social de Federico Ozanam fueron tres:

Las Conferencias de San Vicente de Paúl, sus clases en la

Universidad y sus escritos.

  1. Las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Asistía Federico Ozanam a una conferencia sobre historia y un jóven partidario de las teorías de Saint-Simon atacó a la Iglesia católica por su falta de interés en la situación de los obreros y de los pobres en general. Ozanam, que años antes había publicado un escrito sobre las teorías socialistas de Saint-Simon, le dio cumplida y perfecta respuesta. Pero al comentar lo sucedido con otros jóvenes católicos, presentes en la discusión, estudiaron el modo de dar una respuesta prác­tica y concreta a las teorías del jóven saintsimoniano. Y deci­dieron reunirse otro día en la casa del Sr. Bailly. En esta reu­nión, celebrada el 23 de abril de 1833, nacieron las Conferencias de san Vicente de Paúl. Ofrecieron la presiden­cia al Sr. Bailly, profesor de filosofía, Director de un periódi­co y fundador de las Conferencias de Historia69.

Las Conferencias nacieron bajo el impulso de un grupo de jóvenes, pero admitieron también personas mayores y como explicó el Sr. Bailly el espíritu de conservación y de

68 Ozanam., Lettres, tl, pág.73

69 Cfr. Madeleine des Rivieres, Ozanam, un sabio entre los pobres, (Ed. CEME Salamanca 1977) págs.38.47-59; cfr. María T. Candelas, Federico Ozanam, un seglar compro­metido (Ed. La Milagrosa Madrid 21977) págs.62-65

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permanencia es el que caracteriza a las sociedades cristianas y caritativas. Parece muy aplicable al caso aquel axioma vul­gar: no cortes árboles viejos para plantar árboles nuevos, porque eso sería sacrificar lo cierto por lo dudoso ; déjese, pues, crecer los unos sin arrancar los otros. Verdad es que los nuevos, llenos de savia, son garantía del porvenir ; pero los antiguos protegen a los nuevos y dan generalmente más som­bra y más frutos70.

El Sr. Bailly puso a los jóvenes en contacto con una Hija de la Caridad, sor Rosalía Rendu. Ésta les orientó y les pro­porcionó direcciones de familias necesitadas así como un amplio crédito con el que pudieron afrontar el comienzo y ditribuir abundantes limosnas71.

La finalidad de estas Conferencias fue expuesta clara­mente por el propio Ozanam: El fin principal de la Sociedad es formar una agrupación o asociación de mutuo aliento para los jóvenes católicos, donde se encuentre amistad, apoyo, ejemplo, un sustitutivo de la familia cristiana en la cual se ha crecido… Luego, el lazo más fuerte es el principio de una ver­dadera amistad, es la caridad y la caridad no puede existir sin expandirse hacia el exterior72 ; el objetivo de la Sociedad es, sobre todo, caldear y extender entre la juventud el espíri­tu del catolicismo. A tal fin, la asiduidad a las reuniones, la unión de intenciones y de oraciones son indispensables. La visita a los pobres debe ser el medio y no el fin de nuestra Sociedad73.

Ozanam dijo claramente que jamás la Sociedad de san. Vicente de Paúl se ha mezclado en política… tiene un solo

70 Citado por María T. Candelas., op. cit. pág.61

71 Cfr., María T. Candelas, op.cit. pág.66

72 E Ozanam, Lettres, tomo 1, pág.154

73 F. Ozanam, Lettres, tomo 1, pág.321

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fin, que es santificar a sus miembros en el ejercicio de la cari­dad y socorrer a los pobres en sus necesidades corporales y espirituales74.

En 1835, con la redacción del primer reglamento, se adop­tó el nombre de Sociedad de san Vicente de Paúl.

El motivo por el que se adoptó a san Vicente de Paúl, lo expuso así el mismo Ozanam : Un santo patrono es un mode­lo. Es menester esforzarse por actuar y realizar las obras como él mismo las realizó. Tomar como modelo a Jesucristo como él lo hizo… San Vicente de Paél tiene una inmensa ven­taja por la variedad infinita de los beneficios que esparció y por su universalidad75.

Sin embargo Ozanam pensó que esta Asociación debía ser profundamente cristiana, pero a la vez será absolutamen­te laical;76 y, en este sentido, la Asamblea general de la Asociación en 1838 aprobó que a partir de la próxima Asamblea general, la presidencia efectiva de la reunión debe­rá ser ejercida, no por el Sr. Cura de san Pedro, sino por el presidente de la Sociedad. El Sr Cura solo honrará la reu­nión con su presencia77.

A finales de enero de 1853, Federico Ozanam informó a la Sociedad de Florencia que sólo en París tenían dos mil miembros, que en Francia había más de quinientas Conferencias locales y que ya estaban extendidas por quince países. Actualmente las Conferencias están organizadas en 132 países y cuentan con un millón de asociados aproximada-mente78.

74 F. Ozanam., Oeuvres completes, t.Vlll, pág.65

75 F. Ozanam, Lettres, tomo I, pág.307

76 E Ozanam, Lettres, tomo I, pág. I 54

77 Texto citado en María T. Candelas, op. Cit. Pág78

78 Cfr. María T. Candelas, op.cit. pág.282

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  1. Profesor de la Universidad de Lyon.

En diciembre de 1839, Federico Ozanam fue nombrado profesor de Derecho Mercantil en la Universidad de Lyon79.

Él mismo escribió a un amigo que me he permitido todas las digresiones filosóficas e históricas que las materias podí­an comportar. No he retrocedido incluso en las verdades severas, pero no rechazo tampoco la ocasión de hacer sonreir al auditorio80. Y más tarde escribió que me esfuerzo por vivi­ficar la enseñanza de la letra de los códigos, por su espíritu, por consideraciones históricas y económicas; invado incluso el terreno de la Economía social… les digo verdades severas y su benevolencia me da, de buena gana, derecho a ello. Muchos toman notas, me dirigen cartas y tienen celo por el trabajo que implica la asignatura81.

Federico Ozanam, además del conocimiento que tenía del pensamiento socialista de Saint Simon, hizo un curso de Economía política en la Sorbona bajo la dirección de Carlos de Coux ; de las lecciones recibidas dijo que en ellas hay ver­dad y vida, un gran conocimiento de la plaga que daña a la sociedad y el único remedio para curarla82. También conoció las obras de Villeneuve Bargemont, especialmente el Libro de los afligidos y la Economía Política.

Ozanam utilizó frecuentemente la expresión justicia social , que era muy poco usado en aquel tiempo. También trató de las relaciones entre los patronos y los obreros, y pro­puso una organización del trabajo mediante leyes que impi‑

79 Acerca de los aspectos sociales y económicos desarrollados desde su cátedra, cfr. María T. Candelas,. Op.cit., págs. 1 33-148

80 F.Ozanam.,Lettres, tomo 1, pág.378

81 F.Ozanam., Lettres., tomo I, pág.384

82 F.Ozanam., Lettres., tomo I, pág.76

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dieran los abusos. Pero siempre rechazó la violencia pues no aceptaba suprimir una opresión por medio de otra.

También dedicó algunas clases a exponer su teoría sobre el trabajo. Y discrepa totalmente de los socialistas al decir que el trabajo no es solamente la fuerza física que el obrero vende al patrono, sino que se deben tener en cuenta la voluntad y la educación del trabajador; es decir, el concepto del trabajo debe implicar aspectos espirituales y humanos.

Acerca del salario considera que debe comprender la tasa natural del trabajo, y ésta depende de condiciones absolutas y relativas. Las condiciones absolutas son la fuerza, el traba­jo en sí, la voluntad y la educación; las condiciones relativas son la especial dificultad o peligrosidad del trabajo, la destre­za técnica que exige y otras circunstancias aleatorias como accidentes o enfermedades. Estas condiciones relativas hacen que el salario deba aumentarse proporcionalmente a dichos caracteres. Otro aspecto adicional es que el trabajo debe pro­curar al obrero lo necesario para la educación de los hijos y para el mantenimiento de la familia.

Reconoce Ozanam que muchas veces puede ocurrir que las ganancias obtenidas por la venta del producto no sean sufi­cientes para pagar un salario justo. Pero analiza el fenómeno y explica que esto se debe a que no se han estudiado bien las demandas del mercado, o porque se han empleado más servi­cios de los necesarios, o porque la renta obtenida no se ha repartido equitativamente entre los factores de la producción. Esta situación genera conflictos peligrosos de carácter social, pues el obrero no debe ser explotado.

Para resolver el problema propone varias soluciones : la caridad pública que remedie los males concretos que sufren las familias, que las empresas estudien con más cuidado y competencia las situaciones concretas y las demandas del mercado y, por fin, que se tenga más sentido de la moral.

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En cuanto a la justicia social se aparta por igual de los socialistas y de los liberales y propone una vía intermedia, es decir, que el Estado intervenga como árbitro regulador en los casos de conflicto.

Un tema especialmente delicado era el relativo a las Asociaciones de obreros que desde 1791 estaban rigurosamen­te prohibidas por la ley. Ozanam era profesor en una Universidad del Estado pagada por el municipio. Su situación era, pues, muy dificil. Sin embargo, como él mismo dijo hay que hacer algunos ensayos arriesgados y llamar la atención sobre un rincón que ha quedado en. la sombra, para sugerir una búsqueda y señalar el camino a los que logren poner la mano sobre el tesoro de la verdad social y adopten soluciones que la humanidad espera.

También dedicó varias clases a tratar de las relaciones y aberraciones entre los patronos y los obreros. Y emitió juicios muy severos sobre la explotación de los trabajadores y sobre el trabajo de las mujeres y de los niños. Hizo también algunas reflexiones sobre los problemas de la jubilación, la enferme­dad y el paro de los obreros. Realizó un profundo análisis sobre una doctrina legal, cristiana y humana, para mejorar la situación de los obreros.

  1. Ozanam escritor y periodista.

Federico Ozanam comprendió que la doctrina social cris­tiana no se agota con el estudio de los problemas laborales y la defensa de los obreros, sino que también comprende toda la compleja ideología que configura el ambiente de la sociedad. Y en la sociedad del siglo XIX, además del problema obrero, existían los problemas de la descristianización de la sociedad, de la lucha contra la Iglesia y del olvido de las doctrinas cris­tianas.

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Y esta situación también fue objeto de su estudio y de su actividad; y no sólo en las clases en la Universidad de La Sorbona (1841-1852), sino también desde sus escritos, tanto en periódicos y revistas como en los libros.

En 1829 publicó su primer artículo, La trata de negros, en un periódico de Lyon (L’Abeille frainaise). Al año siguiente publicó un libro titulado La verdad de la religión cristiana probada por la conformidad de sus creencias. Y en 1831 escribió dos artículos sobre las Teorías socialistas de Saint Siinon, en el periódico Le Precurseur. Estos artículos fueron publicados después en forma de folleto que tuvo una amplia difusión. Sobre el éxito de este folleto, él mismo escribió a un primo suyo: He recibido del señor Lamartine una carta muy aduladora y de L’Avenir una referencia muy favorable sobre mi trabajo83.

A partir de 1833 colabora asiduamente en el diario católi­co L’Europeen, dirigido por Buchez que con Armando de Melun y Ozanam echaron las primeras bases de la doctrina social de la Iglesia.

Después de obtener el doctorado en Derecho en 1836 y para descansar unos días, Ozanam se retira al Colegio de Juilli donde acaba de fundarse la revista L’Université catholique, en la cual colaborará hasta 1845.

En el año 1839 publica su tesis para el doctorado en Letras que trata de Dante y la filosofía cristiana. De este inte­resante libro publicó la segunda edición en 1845. Del mismo se hizo una traducción al alemán y otra al italiano; ésta alcan­zó cuatro ediciones.

A partir de 1840 y a petición de Montalembert y Veuillot colabora de manera ordinaria en el periódico L’Universe. En

83 Citado por Madeleine des Rivieres., op., cit., pág32
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este periódico tuvo varios conflictos con Veuillot acerca de la política de enseñanza del gobierno.

El periódico Le Correspondant, que había desaparecido después de la revolución de 1830, volvió a publicarse en 1843 gracias al entusiasmo de Ozanam y de otros amigos suyos. Tenía por finalidad servir a la religión mediante la búsqueda de la verdad, pero sin atacar directamente al error ni buscar polémicas, más bien estériles. Ozanam colabora con interés. Pero a los pocos meses quedó contrariado por el cariz agresi­vo que comenzó a tomar el periódico. En una ocasión llegó a fustigar a las Universidades y sus profesores. Y Ozanam con­testó para clarificar la cuestión, pues no era lo mismo la acti­tud de un gobierno que las ideas de los profesores, entre los que había sinceros católicos.

Ya una vez había escrito: Soy de la Iglesia y de la Universidad, todo junto. Y les he consagrado con gusto una vida que será bien cumplida si honra a Dios y sirve al Estado. Voy a conciliar estos dos deberes, sean cuales fueren sus difi-cultades84.

El periódico Le Correspondant publicó un estudio de Ozanam titulado Los peligros de Roma y sus esperanzas; en él se aludía a una suscripción abierta en Francia para ayudar al Papa Pío IX a defender sus posiciones contra los liberales. En este artículo es donde apareció la famosa frase pasémonos a los bárbaros, que fue mal interpretada y peor juzgada y cri­ticada. L’Universe hizo una durísima crítica a la que respon­dió el mismo Ozanam y explicó: Pido que hagamos como el Papa, que en lugar de abrazar los intereses de un ministerio doctrinario o de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene demasiadas necesidades y no suficientes

84 Ozanam, Lettres., t.11, pág.432

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derechos, que reclama con razón una parte más decisiva en los asuntos públicos y garantías en el trabajo y contra la miseria… Sacrifiquemos nuestras repugnancias y nuestros prejuicios y volvamos hacia la democracia, hacia el pueblo que no nos conoce85.

En 1844 publica el libro La historia literaria de Alemania y, al año siguiente. Los germanos antes del cristianismo. Finalmente, saca a la luz el libro La civilización cristiana entre los francos. Este libro obtuvo el premio Gobert que la Academia de Inscripciones y Bellas Artes concedía al mejor trabajo de carácter histórico.

En 1848 fundó el periódico católico L’Ere nouvelle. No era un periódico de partido político y se distinguía por su imparcialidad, equilibrio y caridad. Pero insinuaba la conve­niencia de crear un partido político cristiano que apoyase a la República francesa. Este periódico llegó a tener más de tres mil suscriptores. En este periodo publica Ozanam dos impor­tantes artículo: Ala gente de bien y Las causas de la miseria.

Este periódico también se vendía por las calles -lo cual resultó una verdadera novedad- y así se consiguió que llegase a más lectores.

Por entonces consiguió Ozanam que el alcalde de un dis­trito de París encargase a las Conferencias de san Vicente de Paúl diversas ayudas para unas dos mil quinientas familias durante cuatro meses; también se hizo una escuela para los niños sin escolarizar. Pero algunos acusaron al peródico de adoptar ideas y actitudes propias del socialismo. A causa del enrarecimiento político, este periódico dejo pronto de salir a la luz pública.

85 Ozanam.m, Lettres, tomo III, pág. 379
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Juicio de la obra de Ozanam.

El mismo Ozanam, en carta a un amigo italiano, le escri­be: Hay que concluir que éramos siervos inútiles, que la Providencia quiere realizar sin nosotros el cumplimiento de sus designios. Todo nos da pie a creer que los principios pro­pagados por L’Ere nouvelle germinarán en silencio y que nuestro esfuerzo encontrará continuadores mejores que nos-otros86.

86 Citado por Madeleine des Rivieres.m op., cit. Pág. 181

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LA DEUDA INTERNACIONAL

En la época del interés por el desarrollo, los países pobres comenzaron a solicitar de los organismos financieros interna­cionales grandes préstamos para el trabajo del desarrollo social y económico. Pero los ingentes recursos recibidos, no se emplearon correctamente; o se desviaron por otros cauces o se emplearon en la compra de armas.

La consecuencia fue que no se obtuvieron los beneficios esperados y se ha llegado a una situación en que no es posible saldar la deuda contaída por el préstamo más los intereses. Y con el paso del tiempo la deuda se ha incrementado de tal forma, que ya no es posible pagar ni siquiera los intereses.

Esta situación, que se agrava con el tiempo, ha dejado a los países ya pobres sumidos en la miseria total.

Ante la gravedad del problema de la deuda internacional, Juan Pablo II llamó la atención de los responsables interna­cionales en su mensaje a la Asamblea General de Naciones Unidas, en octubre de 1985.

Poco después, el mismo Papa solicitó a la Pontificia Comisión Justicia y Paz que elaborase un documento sobre el asunto de la deuda internacional. Un grupo de expertos tra­bajó durante un año y el documento, fechado el 27 de diciembre de 1986, se hizo público un mes más tarde, el 27 de enero de 1987.

Presentamos, a continuación, un resumen de dicho docu­mento.

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En la INTRODUCCION se dice que «estos graves pro­blemas deben ser tratados con una perspectiva global que sea, al mismo tiempo, una consideración ética». Un problema tan complejo y de tantas repercusiones sociales, políticas y eco­nómicas exige un análisis que tenga en cuenta todas las varia­bles que inciden en la situación y que no se limite a un análi­sis de aspectos de simple técnica financiera. Este problema toca directamente a la sociedad, a personas humanas concre­tas que, en definitiva, son las que sufren las consecuencias de esta compleja crisis.

LA PRIMERA PARTE del documento presenta varios principios éticos que deben tenerse en cuenta para buscar una solución válida.

Crear entre los diversos países un nuevo tipo de solidari­dad. La interdependencia económica es un hecho evidente, pero no debe apoyarse en la fuerza, el egoismo de las nacio­nes o la injusticia. Es necescrio respetar la dignidad de todos los pueblos.

Aceptar la corresponsabilidad. Las causas de la actual cri­sis no han sido únicamente internas; la evolución de la coyun­tura económica mundial ha influido de forma decisiva y nega­tiva en la creación de esta situación. Y todos los países deben aceptar la parte de responsabilidad que les toca para hacer posible el diálogo que trate de buscar una solución razonable.

Relaciones de confianza. Como en toda relación interna­cional, si no existe una «bona fides» (buena fe), todo conato de solución está llamado al fracaso. Tanto las naciones, acre­edoras o deudoras, como los poderes públicos y las institu­ciones financieras debe adoptar una actitud de confianza en la búsqueda de las soluciones.

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Compartir los esfuerzos y sacrificios. Las diversas partes implicadas en el problema deben compartir, de modo equita­tivo, el esfuerzo y el sacrificio necesarios para hacer los rea­justes convenientes, según la prioridad de las necesidades, pero los países ricos deben aceptar mayor responsabilidad.

Suscitar la participación de todos. Tanto los actores finan­cieros, como los políticos y económicos, así como las diver­sas categorías sociales deben comprender la complejidad de la situación y cooperar activamente en su solución. La Iglesia tiene que concretar en cada país las exigencias de la justicia social según los principios éticos.

Articular medidas concretas. En vista de la gravedad de la situación hay varios tipos de soluciones:

a corto plazo, imponer soluciones inmediatas en el marco de una ética de supervivencia

a largo plazo, reactivar el crecimiento económico, las inversiones productivas, la creación de bienes y su mejor dis­tribución

a nivel institucional, promover una reforma de las ins­tituciones monetarias y financieras.

LA SEGUNDA PARTE del documento trata de atender a las urgencias y expone los siguientes pasos.

Para ciertos países el volumen de la deuda es de tal mag­nitud que no se pueden pagar ni siquiera los intereses sin incu­rrir en gravísimos daños para la propia economía y los ciuda­danos, especialmente los pobres.

– Esta situación se agrava por varios factores:

el bajo precio de las materias primas

el proteccionismo de los países ricos

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LA TERCERA PARTE del documento trata del deber de asumir solidariamente las responsabilidades del futuro.

Principio general: Las relaciones financieras y moneta­rias son complejas y cambiantes. cada país es fuerte o débil según el valor de su propia moneda, su comercio internacio­nal, los recursos naturales y su capacidad para explotarlos, y la confianza que inspira su capacidad económica.

Actores

Países industrializados o ricos

Principios:

La interdependencia entre las naciones exige una ética de solidaridad para transformar las realidades económicas según la justicia y no la fuerza o el interés económico.

Los países ricos tienen mayor responsabilidad, aún a pesar de sus propias crisis (paro, reconversión… ).

Los actos económicos tienen una repercusión internacio­nal y hay que analizar los posibles efectos, positivos o nega­tivos, de las diversas opciones.

Es necesario educar la opinión de todos con sentido de la responsabilidad.

Criterios de acción:

Hay que poner por obra políticas económicas que den un impulso nuevo al crecimiento económico en beneficio de todos y controlar la inflación, fuente de desigualdades. Esto exige de los responsables políticos, económicos y sociales competencia y decisión, imaginación y apertura hacia los demás.

Renunciar al proteccionismo que dificulta el comercio de los países en desarrollo. Los países ricos deben prever una recon­versión de sus economías y buscar las vías para un mejor repar­to internacional de las actividades económicas y del trabajo.

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Una coordinación de las políticas financieras y moneta­rias permitiría rebajar las tasas de interés a un nivel razonable y evitar las fluctuaciones erráticas de las tasas de cambio; éstas favorecen la especulación ilícita y la evasión de capita­les.

Debe hacerse un examen de las condiciones del comercio internacional (inestabilidad de los precios de las materias pri­mas) a fin de hacer prevalecer la justicia y la solidaridad entre las naciones.

Países en vías de desarrollo
a) Principios

Proceder a un examen de las causas internas que han con­tribuido a aumentar la deuda, y buscar políticas de sanea­miento.

Cada país tiene sus peculiaridades respecto a las causas internas y a las soluciones posibles, según sus recursos natu­rales y humanos y su propia economía.

Todos los responsables de un país deben participar en este examen; deben tener coraje cívico y moral para informar con claridad y adoptar los reajustes necesarios. La denuncia de las injusticias de otros deben acompañarse con una clarificación sobre la propia conducta. Las diferencias entre pobres y ricos se da entre personas, regiones y sectores dentro del mismo país.

Los que tienen el poder deben aceptar que sus comporta­mientos y eventuales responsabilidades sean aclaradas: negli­gencia en la instalación de estructuras, fraudes fiscales, corrupción, fuga de capitales… La rectitud de costumbres es condición para la salud de la sociedad.

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El saneamiento de las prácticas individuales y colectivas de cara al dinero y la reforma de las instituciones favorecerán la confianza de los ciudadanos: Los dirigentes políticos, eco­nómicos y sociales tienen la obligación de ponerse efectiva­mente al servicio del bien común, sin buscar ventajas perso­nales.

  1. b) Criterios de acción.

Movilizar todos los recursos disponibles (materiales y humanos) para promover el crecimiento y asegurar una más amplia y justa distribución. Los factores del crecimiento son: la elección de criterios de prioridad, la selección rigurosa de las inversiones, reducción de los gastos del Estado en «obras de prestigio» y compra de armas, la gestión vigilada de las empresas públicas, el control de la inflación y el sostenimien­to de la moneda, la reforma fiscal, una sana reforma agraria y los incentivos a la empresa privada para crear puestos de tra­bajo.

Responsabilidad de los acreedores respecto a los deu­dores.

  1. a) Principios:

Ante las situaciones de urgencia (hay países que ni siquie­ra pueden pagar los intereses) la responsabilidad de los acre­edores debe situarse en el marco de la solidaridad de supervi­vencia, pero esto no suprime los derechos y deberes respecti­vos.

El examen de las causas de la deuda, de su aumento y de los reembolsos exigibles cada año para un país requiere un diálogo para buscar soluciones de equidad.

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Los acreedores tienen derecho al pago del préstamo y de los intereses, excepto cuando se ha abusado o se ha puesto una tasa excesiva de interés. En estos casos se puede revisar el contrato.

  1. b) Criterios de acción:

Los Estados acreedores examinarán las condiciones de reembolso compatibles con la cobertura de las necesidades de cada país deudor y con la financiación del desarrollo.

Algunas disposiciones a negociar pueden ser: la disminu­ción de las tasas de interés, la reestructuración de la deuda a plazo más largo y la financiación de la deuda en moneda nacional.

En caso de no llegar a un acuerdo, ambas partes pueden solicitar un arbitraje.

Los Estados acreedores dedicarán una atención especial a los países más pobres y, en algún caso, podrán convertir el préstamo en donación.

Los Bancos comerciales deberán participar en los esfuer­zo de los Estados acreedores y de las Organizaciones interna­cionales en la solución de estos problemas. Debe promoverse el desarrollo solidario de los pueblos.

Las empresas multinacionales influyen sobre la Balanza de Pagos, positiva o negativamente, con su política de inver­siones o de repatriación de beneficios, capitales y rentas. También deben participar en la solución de estos problemas.

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Organizaciones financieras internacionales.

Principios:

Después de la segunda guerra mundial, las naciones se asociaron para promover la paz y el desarrollo con sentido de cooperación internacional por medio de instituciones especia­lizadas.

Actualmente, estas organizaciones se enfrentan a la crisis y, en consecuencia, también deben contribuir a la solución de la misma, evitar el derrumbamiento del sistema monetario y financiero, ayudar al desarrollo y evitar la pobreza; por eso:

I-Deben estar animadas por espíritu de justicia y solidari­dad y respetar la dignidad y la soberanía de cada país.

II-Cada una de las organizaciones (FMI, Banco Mundial, Bancos regionales) tienen funciones y responsabilidades pro­pias. Deben coordinar esfuerzos y políticas para responder a las necesidades más urgentes.

Criterios de acción:

Examinar las condiciones puestas a los préstamos y aumentar la vigilancia sobre la ejecución de las medidas de ajuste y los resultados.

Estimular nuevos capitales para obras de desarrollo y favorecer el diálogo entre acreedores y deudores.

Prever disposiciones especiales para remediar dificulta­des provenientes de catástrofes naturales, de variaciones excesivas de los precios y de las fluctuaciones de las tasas de cambio.

Coordinar mejor las políticas económicas y monetarias de los países desarrollados.

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Prever y explorar los nuevos problemas, ya que el mundo está cambiando con rapidez.

Elegir y formar bien a los que trabajan en organizaciones internacionales y multilaterales en el análisis de las situacio­nes, en las decisiones y en la ejecución de los programas.

Como propuesta final el documento alude a la concesión de una especie de plan Marshall para los países subdesarro­llados.

Este importante documento no ha tenido la resonancia que se merecía. Y los problemas siguen sin resolverse, aumentados, muchas veces, por catástrofes naturales. De ahí que la pobreza de los pueblos sigue aumentando, ante el des­interés de los países ricos.

 

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LOS ACUERDOS DE MAASTRICH

Con ocasión de la firma por parte de España de los Acuerdos de Maastrich, la Conferencia episcopal publicó un importante documento sobre la Valoración ética de la dimen­sión socioeconómica de la Unión europea. Se publicó el 8 de julio de 1993. Pero este documento, como otros muchos de la Conferencia episcopal, tuvo una resonancia mímina, si es que tuvo alguna.

Dada la importancia de conocer el texto, copiamos a continuación el texto de los párrafos más importantes del documento87

Inquietudes que suscita este proceso

Las instituciones europeas han establecido un diseño de vida en común y han trazado un itinerario para realizarlo. Si ya en su momento hubo tensiones -hecho nada novedoso en un proyecto de tal naturaleza-, éstas, con el agravamiento de la coyuntura económica europea e internacional, se han agrandado hasta crear, en extendidos sectores de la opinión pública, una atmósfera que va desde la preocupación hasta la desesperanza.

En lo que atañe al modelo elegido, la Europa en construc­ción, ¿es realmente una Europa social o más bien una Europa

87 La dimensión socio-económica de la Unión Europea.Valoración ética. En Ecclesia, 53,1993, págs.1169-1172

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monetarista cuyo objetivo sería un tipo de mercado libre que asegurara el ulterior enriquecimiento de los ya ricos?. ¿Será cierto que los plazos y objetivos arbitrados para lo monetario y económico no encuentran la debida correspondencia en los ámbitos de la cohesión y del desarrollo del espacio social europeo?. ¿No se quedará todo en un mercado abierto a la preponderancia de los más fuertes e incapaces de satisfacer las necesidades y derechos fundamentales de todos los ciuda­danos?.

Aplicando los criterios de la enseñanza social de la Iglesia, creemos que la estructura político-social que emerja debería esforzarse en consolidar y acrecentar los valores pro­pios del Estado social de derecho, evitando el peligro de un excesivo intervencionismo asistencial que puede ser germen de una creciente pasividad en los destinatarios. Por el contra­rio, debería potenciarse la participación responsable de los ciudadanos y de los grupos sociales.

En cuanto al proceso económico-político de integración, ha surgido el interrogante de si goza de suficiente base popu­lar. Más en concreto, los ciudadanos se preguntan si poseen información suficiente para corresponsabilizarse en el pro­yecto ; si han sido escuchados y predomina o no la voluntad popular en la dirección de los procedimientos de integración europea; si predominan las demandas e intereses de los gran­des grupos económicos sobre las finalidades colectivas y el bien común.

A este propósito hemos de recordar que la deseada base popular de la construcción europea requiere una consciente y eficaz apertura a los valores de la libertad, de la igualdad y de la participación. Tal apertura debe traducirse en estructuras que favorezcan tanto la justicia social como la libre iniciativa voluntariamente asumida.

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Respecto al ritmo de la integración hemos de preguntar­nos si debe existir una sola y única política económica impuesta a los países protagonistas. Lo que sí nos parece necesaria es una política de ajuste orientada a la consecución de un mayor bienestar social.

El ritmo y el ajuste programados a fin de lograr la unión económica y monetaria europea pactada entrañan, en la pre­sente coyuntura de recesión económica, especiales dificulta­des para algunos Estados. Ante este hecho, unos pretenden la construcción de una Europa de dos o más velocidades. Otros, para obviarlo, proponen acelerar el camino hacia la unión proyectada. Lo que está en juego es una mayor flexibilidad en el momento de aplicar los criterios de convergencia pac­tados.

En todo caso, cualquier eventual reforma debe basarse no en el abandono de los postulados sociales básicos del Tratado, sino en una solución que logre por caminos distintos, y del mejor modo, los irrenunciables objetivos de justicia y solida­ridad ya prefijados. No nos cansaremos de repetir que tanto el ritmo de este proceso, como el proceso en sí mismo, han de conjugar de modo verdaderamente humano lo ético con lo técnico; y deben manifestar la prioridad de la ética sobre la técnica, de la persona sobre las cosas, del trabajo sobre el capital, del ser sobre el tener.

Para calibrar los costos que el citado desarrollo compor­ta hay que tener en cuenta tanto el proceso europeo en gene­ral como la situación de nuestro país en particular. Nuestra peculiar historia económica, unida al esfuerzo por integrar­nos en Europa en la actual coyuntura recesiva, generan con­secuencias onerosas para los grupos sociales y los sectores productivos.

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Los tres millones de parados ya existentes recuerdan que tales repercusiones negativas se concentran particularmente en el ámbito laboral, ya que el desempleo afecta especial­mente a los grupos sociales más desfavorecidos. A ellos per­tenecen un número considerable de jóvenes que dejan la escuela y de trabajadores con bajo nivel de cualificación o de mayor edad. Lo dicho afecta también al crecimiento de la contratación temporal.

También el sector agrícola se ve perjudicado por la dismi­nución de la renta agraria y el abandono obligado del campo sin que por el momento se hayan diseñado alternativas. Dígase lo mismo del área sectorial pesquera, y otro tanto de la pequeña y mediana empresa, agobiadas por las exigencias del sistema fiscal.

Aún cabe añadir los problemas de aquellas regiones que, afectadas por las estructuras productivas y lastradas con importantes déficits de vías de comunicación, corren el riesgo de convertirse en territorios de mayor desempleo y margina­ción. Y, ¿cómo no tener en cuenta las repercusiones tan nega­tivas en las zonas trabajadoras urbanas?.

Llegados a este punto hay que recordar que el sacrificio exigido por la edificación de la unión económica y moneta­ria europea ha de ser proporcionalmente distribuido, sin que sea negociable la satisfacción de las necesidades básicas, principalmente las de los más pobres y débiles. Se tiene, a veces, la impresión de que Europa está olvidando dos dimen­siones de la cohesión : en primer lugar, la solidaridad con los peor situados ; en segundo lugar, la comprensión por los cos­tes del mercado único para las regiones y grupos menos pre­parados. Atender a estas dos dimensiones exige una apertura a los valores de la comunión y de la austeridad.

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Una pregunta que nos atañe muy de cerca es si la actitud del ciudadano español en la construcción de Europa es sufi­cientemente activa. Existe una opinión ampliamente extendi­da acerca de la inferioridad de la economía española respec­to a las más avanzadas del resto de Europa en parcelas clave como son la productividad, los costos financieros, la baja tasa de población activa, el excesivo porcentaje de personas des­empleadas, las dificultades existentes para lograr acuerdos entre los agentes económicos y sociales, y de modo particular la insuficiente capacidad para el trabajo bien hecho. A este propósito hay que ponderar la virtud de la laboriosidad que también debe resplandecer en la construcción de la nueva Europa. Dentro de la concepción cristiana el trabajo es un bien del hombre, a la vez árduo, útil y digno. Mediante el tra­bajo, el ser humano no solamente transforma la naturaleza, adaptándola a sus necesidades, sino que se realiza a sí mismo como persona.

Desde el punto de vista de la solidaridad con los demás pueblos de Europa y del mundo entero, cabe preguntarse si caminamos hacia una Europa Central y Oriental e indiferente ante el Tercer Mundo o si, por el contrario, estamos sentando las bases de construcción de una Europa decidida a abrirse a una más amplia comunidad de intereses y responsabilidades.

Está a la vista que Europa es mucho mayor que su área occidental democrática y desarrollada y, a la vez, mucho menor que el resto del mundo. Conscientes de ello, los pue­blos que actualmente formamos la Europa Occidental hemos de abrirnos a la doble exigencia de un bien común integral­mente europeo y planetario.

Si abordamos la cuestión del sentido nos veremos obliga­dos a preguntarnos sobre el tipo de hombre y civilización que

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predominará en Europa : ¿Un hombre utilitarista y hedonista en el seno de una civilización sin más norte que la eficacia y el consumo, o bien una cultura de la solidaridad al servicio de todo el hombre y de todos los hombres?. Contemplada desde la totalidad del ser humano, la economía plantea inevitable­mente la cuestión de su último sentido. Aquí el Cristianismo tiene también una palabra que decir.

Abierta al sentido ético, la Europa económica y moneta­ria en construcción, lejos de reforzar un modelo de hombre al servicio de la economía, debe imaginar, modelar y constante­mente renovar una economía puesta al servicio del hombre.

Orientaciones para la acción

Ofrecemos a continuación unas orientaciones que inspi­ren nuestro compromiso en la construcción de la nueva Europa. Quisiéramos que se entendieran como llamada a una esperanza de libertad y solidaridad, ya que los procesos histó­ricos no están fatalmente predeterminados.

Tanto en la hipótesis de un futuro socio-económico prós­pero, como en la presente situación recesiva, los Poderes Públicos y las Administraciones deben procurar que el repar­to de las cargas sociales, la distribución de los bienes logrados y su regulación jurídica, se realicen en función no de la mera eficacia del sistema económico, sino desde las necesidades objetivas y de las prestaciones sociales.

Ante el más importante problema de nuestro país, el des­empleo, es necesario y urgente adoptar medidas extraordina­rias. Son insuficientes tanto la espera de una previsible recu­peración económica como la confianza unilateral en las polí­ticas monetarias. Hay que animar a la inversión en sectores

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productivos favorecer las condiciones que tiendan al reparto del trabajo, cuidar la formación profesional. Hemos de ser conscientes del costo humano y económico que supone el tener tres millones de parados. Se hace patente la necesidad de una austeridad privada y pública complementada con la solidaridad hacia los más empobrecidos.

La actual situación reclama un diálogo honesto y leal para lograr un acuerdo económico y social. Tal acuerdo debe favo­recer la definitva superación de enfrentamiento clasista, del dirigismo cultural y de la pasividad cívica. Debe ser edifica­do sobre el diálogo, la cesión, la aceptación y la colaboración en pro de una primacía de la creatividad de la sociedad. Ha de estar basado sobre un inteligente y perseverante ejercicio del principio de subsidiaridad por parte de los poderes públicos.

Todavía resuenan las palabras pronunciadas por el Papa en su visita a España y que nos complacemos en reproducir:

A los trabajadores y empresarios -desde sus respectivas responsabilidades en la sociedad- no puedo por menos de exhortarles a la solidaridad efectiva: haced todo lo que esté en vuestras manos para luchar contra la pobreza y el paro, humanizando las relaciones laborales y poniendo siempre a la persona humana, en su dignidad y derechos, por encima de los egoísmos e intereses de grupo.

Los ciudadanos españoles, si realmente queremos un pro­ceso de construcción europea sobre base popular debemos tener conciencia de la dimensión socio-económica europea con sus valores e interrogantes; ser responsablemente exigen­tes ante los poderes económicos y políticos en el ámbito de las Comunidades Autónomas y del Estado; informarnos al res­pecto con amplitud y discernimiento crecientes; y profundizar en los aspectos económicos y sociales propios, al par que corregir los intereses particularistas en el ámbito de los comu­nitarios.

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La inferioridad económica de nuestro país con respecto a los más avanzados de la Comunidad Europea no debe hacer­nos olvidar las amplias potencialidades creadoras de todo signo -tecnológicas, asociativas, laborales, formativas- que laten en gran parte de nuestros ciudadanos e instituciones y en las diversas nacionalidades y regiones de España. La ayuda comunitaria, bien recibida y mejor administrada, debe contri­buir a desarrollar dichas potencialidades y hacernos depender cada vez más de nosotros mismos y menos de los exteriores.

El sistema de economía de mercado desarrollado en Europa en la segunda mitad del siglo XX ha superado en buena medida los condicionamientos de un capitalismo salva­je propio de períodos anteriores. Así lo testifican las ricas legislaciones sociales de los diversos países, conseguidas tras largos años de lucha y de diálogo de las fuerzas éticas, políti­cas y sociales que se identifican con el mundo del trabajo. Este proceso puede y debe ser ampliado e intensificado con clara conciencia de que hay que luchar contra el individualis­mo y el economicismo, ambos en resurgimiento. Sin ingenui­dad que encubra los hechos, hemos de negarnos a toda dege­neración de la unión social y económica europea en un mero contractualismo economicista y monetarista con riesgo de favorecer a los más fuertes y despiadados.

El proyecto económico-social europeo ha de instaurar un modelo de sociedad que extienda solidariamente su bienestar hacia el resto de Europa y del mundo. Europa debe ser un pro­yecto que enriquezca nuestra convivencia como sociedad humana. Si alguien tuviera que pagar nuestro progreso, no podríamos menos de preguntarnos por qué es así y de qué tipo de progreso de trata. Se impone un mayor esfuerzo de justicia y de caridad, concretado en personas, capitales y decisiones políticas, que se traduzca en riesgo nacional frente a la segu­ridad estéril, en creatividad frente al conservadurismo.

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Hay que volver a hablar de aquel proyectado 0’7% del producto bruto europeo en favor de los países subdesarrolla­dos que constituiría el gérmen de una mayor cosecha de soli­daridad mundial.

La por todos auspiciada unión de Europa no será jamás fruto del azar, de la generación espontánea, de la marcha de la historia, de la simple convergencia de intereses económicos. Ha de ser, en cambio, la resultante del diálogo honesto, de la negociación y del consenso inteligente y generoso y del deseo explícito de vivir esta unión de manera responsable.

Esta unión solo será duradera y eficaz si se construye sobre la madurez moral. En esta nueva tarea formativa cree­mos que la Iglesia tiene un papel importante que jugar.

Por ello, consciente del lugar que le corresponde en la renovación espiritual y humana en Europa… se pone al servi­cio (de este proyecto)… para contribuir a la consecución de aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual de las naciones.

Madrid, 8 de julio de 1993

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