Doctrina Social de la Iglesia (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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EL BIEN COMÚN

Significado.

La persona humana es naturalmente sociable por su inte­ligencia y por su capacidad de comunicarse con los demás. Es también sociable a causa de su natural indigencia, pues no puede alcanzar su perfección personal, ni la satisfacción de muchas necesidades propias si no es con la colaboración de los demás.

Pero la reunión de los hombres en sociedad o en Estados crea una serie de conflictos pues los poderosos, impulsados por su ambición, olvidan muchas veces las necesidades de los más débiles. Por esta razón, la convivencia bien organizada debe fijar unos objetivos que moderen y regulen las activida­des humanas a fin de que todas las personas puedan alcanzar su perfección y bienestar. Es decir, la autoridad debe favore­cer el bien común de la sociedad y de los individuos. Juan XXIII afirma que la razón de ser de cuantos gobiernan radica por completo en la búsqueda del bien común (PT.54).

El bien común no puede entenderse desde la ideología liberal, que es individualista, ni desde la ideología socialista, que prescinde de la persona individual y solo atiende al con­cepto abstracto de grupo o sociedad.

El bien común, en concreto, significa el bienestar perso­nal y social de todos y cada uno de los individuos, familias y grupos e instituciones que forman la sociedad; no es, por tanto de el bien de unos cuantos, ni siquiera de la mayoría.

Por otra parte, este bien común tiene un alcance interna­cional; es decir, el esfuerzo por conseguir el bienestar no puede quedar encerrado dentro de los límites de una nación o de una región, sino que el esfuerzo solidario debe ser «de todos y para todos», especialmente de los que están más lejos de alcanzar un grado humano de bienestar.

Para la Iglesia, es un servicio que se presta a la vida social y pone de relieve el sentido humano y la capacidad para ani­mar las estructuras sociales en su totalidad y en cada uno de los sectores concretos, estimulando las transformaciones en profundidad según la justicia social.

Objeto concreto del bien común:

El Papa Pío XII explicó que el bien común consiste en las condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus ofi­cios, de su vida material, intelectual y religiosa.

El Papa Juan XXIII, además de repetir esos mismos con­ceptos (cfr. MM.65), añade una serie de objetivos concretos para conseguir el bien común.

  • Que haya una proporción adecuada entre la retribución del trabajo y los beneficios de la empresa.
  • Que se faciliten puestos de trabajo.
  • Que se evite la creación de categorías sociales privile­giadas.
  • Que se mantenga la proporción entre los salarios y lo:, precios.
  • Que se posibilite a todos los ciudadanos el acceso a los bienes materiales y a los beneficios de la cultura.
  • Que se supriman o limiten las desigualdades entre los diversos sectores de la economía (agricultura, industria y ser­vicios).
  • Que se equilibre el crecimiento económico y el aumento de servicios generales (MM. 78-79).

El Concilio Vaticano II recordó esta misma enseñanza; afirma que el bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de su propia per­fección (GS. 26).

Pero el bien común de la sociedad no se refiere única­mente al bienestar material.

Los aspectos culturales y religiosos tienen una gran importancia en la configuración de la vida social y así está reconocido por la Declaración Universal de los Derechos de la Persona (DU. Arts. 26,2;27 y 18; cfr. PT. nn.12-14).

Según el pensamiento de la Iglesia, la cultura es todo aquello con que el hombre afina y desarrolla sus innumera­bles cualidades espirituales y corporales ; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo ; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones ; finalmente, a través del tiempo expresa, comu­nica y conserva en sus obras grandes experiencias espiritua­les y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano (GS.53).

La cultura tiene, pues, un contenido, una historia y unas manifestaciones concretas de carácter intelectual y cognoscitivo, de carácter valorativo y de carácter artístico, literario monumental; y ese conjunto de realidades debe conocerse si tergiversaciones y respetarse porque constituye la esencia grandeza de los pueblos. El progreso cultural es el crecí miento armónico de los contenidos culturales que se recibe del pasado y que van adquiriendo nuevas formas y manifestaciones. Como la persona adulta y madura que, aunque conserve los rasgos fundamentales de la niñez, es un ser diferente que ha desarrollado las múltiples posibilidades encerradas en la infancia.

La diversidad de culturas, incluso de religiones, exige que el bien común social muestre un verdadero respeto hacia dichas realidades y no ponga obstáculos a sus legítimas manifestaciones y exigencias. Un Estado no confesional no debe ser un Estado antirreligioso. Por eso, los Estados verdadera mente democráticos reconocen siempre la libertad de enseñanza, incluso religiosa, como exigencia del bien común. Por esto, no parece lógica la obstinada oposición que algunos mantienen contra todo tipo de educación privada, especialmente si reviste un carácter religioso, sea cualquiera la forma que adopte.

Esta doctrina del bien común debe aplicarse también al orden internacional, es decir, a las relaciones entre los diversos países. Así lo afirma Juan XXIII. También en la ordenación de las relaciones internacionales, la autoridad debe ejercerse de tal forma que promueva el bien común de todos, ya que para eso se ha establecido (MM.84).

Y el mismo Papa señala los medios:

  1. Evitar las competencias desleales entre los diversos países
  2. Favorecer la concordia y colaboración entre las diversas economías nacionales
  3. Cooperar eficazmente al desarrollo de los pueblos más pobres

Quién debe trabajar en la obtención del bien común

Para la Iglesia es claro que todos los ciudadanos deben trabajar según sus posibilidades en la consecución del bien común, puesto que éste se encuentra íntimamente ligado a la naturaleza humana (PT.53 y 55).

Pero, naturalmente, esta obligación también incumbe a los gobernantes (PT.54) y esto de manera especial, pues la consecución del bien común es el fin primordial de la autori­dad (PT.46).

Y, en concreto, la autoridad debe:

  1. Defender los derechos y urgir el cumplimiento de las obligaciones de las personas (PT.60-61), especialmente de los más pobres (PT.56)
  2. Armonizar y regular el ejercicio de tales derechos y obligaciones (PT.62)
  3. Trabajar positivamente para que todos puedan defen­der sus derechos y cumplir sus obligaciones (PT.63)
  4. Poner su empeño en el progreso social y los servicios esenciales (PT.64)
  5. Y todo esto, hacerlo con equilibrio de tal manera que no haya discriminaciones ni situaciones de privilegio para determinados individuos o grupos (PT.65)

Al Estado se le asigna, pues, un papel preponderante para que los ciudadanos puedan alcanzar el bien común. Pero la intervención del Estado, no es la única, ni debe ser absoluta, porque esto derivaría en una atrofia de la sociedad civil. El Estado paternalista que lo hace todo mata la inicia tiva privada. En este sentido se está desviando, de hecho, el llamado «Estado de bienestar». Juan XXIII ya advirtió, que se mantenga siempre a salvo el principio de que la inter­vención de las autoridades públicas… no solo no debe coar­tar la libre iniciativa de los particulares, sino que, por el contrario, ha de garantizar la libre expresión de esa libre ini­ciativa (MM. 55).

Y Juan Pablo II dice que no han faltado excesos y abusos que han provocado duras críticas a ese Estado de bienestar, calificado como Estado asistencial. Deficiencias y abusos del mismo derivan de una inadecuada comprensión de los debe­res propios del Estado. El Estado asistencial provoca la pér­dida de energías humanas y un aumento exagerado de los aparatos públicos (CA.48).

El Papa Juan Pablo II ha ampliado el sujeto del bien común y lo refiere no solo a las personas, sino también al cui­dado de los bienes naturales y afirma que es deber del Estado promover la defensa y tutela de los bienes colectivos, como el ambiente natural y el ambiente humano (CA.40).

El sentido ecologista del Papa no se queda en los aspectos físicos, sino que también se refiere a las condiciones morales de una auténtica ecología humana (CA.38) y de una manera especial se refiere a la ecología social y a la ecología familiar (CA.38-39).

Toda esta enseñanza ha sido recogida por el Catecismo de la Iglesia católica en los números 1905-1912.

Anselmo Salamero

La Milagrosa

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