Doctrina Social de la Iglesia (VII)

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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DERECHO DE ASOCIACIÓN:

Sindicato y empresa

Los sindicatos

1.- Evolución

En Francia, la famosa Ley Le Chapelier, de 1791, decía que siendo una de las bases de la Constitución la destrucción de todo tipo de corporaciones de un mismo estado o proje-SiÓ12, queda prohibido su restablecimiento bajo cualquier pre­texto. En Inglaterra la prohibición sindical y gremial se hizo efectiva en 1799.

Los sindicatos fueron reconocidos legalmente, en 1875 (Inglaterra), 1884 (Francia), y 1887 (España).

La realidad sindical ha experimentado una gran evolución positiva desde su aparición, no solo en cuanto a su estructura y organización, sino también en cuanto a su función social. Ya no es solo una organización reivindicativa, sino también un instrumento eficaz para el llamado diálogo social, y su fun­ción consultiva se ha institucionalizado de tal forma que se ha convertido en una realidad de poder admitida por el Estado y que opina e interviene en lo que afecta a lo económico y a lo social.

2.- Doctrina de la Iglesia

La doctrina social de la Iglesia también ha evolucionado a lo largo del tiempo y de la evolución de los acontecimientos sociales y laborales.

El Papa León XIII, dado el ambiente de su época, insistió de manera especial en la legitimidad de los sindicatos como muy convenientes, y les asiste pleno derecho (RN.34), inclu­so llega a afirmar que es un derecho natural de los trabaja­dores el formar asociaciones propias (RN.35 b), pero las aso­ciaciones de obreros se han de constituir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios más idóneos y convenien­tes para el fin que se proponen (RN. 39).

La enseñanza de Pío X11 sobre los sindicatos se puede reducir a tres puntos:

  1. Reafirmación del derecho de libertad de asociación.
  2. El Estado no debe entrometerse en el ámbito de la organización y dirección de los sindicatos.
  3. El sindicato no es un mero instrumento de defensa, sino que debe buscar el diálogo constructivo.

El Papa Juan XXIII, en la encíclica Mater et magistra, tiene algunas ideas importantes sobre el sindicalismo. En tér­minos generales alaba con afecto a las asociaciones y movi­mientos sindicales cristianos (MM.100) y a todos los que prestan su admirable concurso en los sindicatos (MM.102), y hace una alusión directa y explícita a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) por su labor eficaz y valiosa (MM.103).

Pero también hace algunas matizaciones importantes.

  1. El carácter representativo del sindicato como estructu­ra que contribuye a la realización de la justa presencia de los obreros a todos los niveles (MM.97).
  2. La colaboración con los empresarios, principalmente por medio de acuerdos que permitan regular los contratos colectivos (MM.97).
  3. Las disposiciones generales de la economía son función propia de los gobernantes, pero es conveniente o necesario que los trabajadores, por medio del sindicato, estén presentes cuando se trate de la regulación de la economía (MM.29).
  4. Los cristianos deben mostrarse animados del espíritu de comprensión hacia las opiniones ajenas, plenamente desinte­resados y dispuestos a colaborar con lealtad en la realización de aquellas obras que sean, por naturaleza, buenas o al menos puedan conducir el bien (MM.239).

Acerca de los fines del sindicato dice el Papa que son, la reivindicación de los derechos de los trabajadores, así como su elevación moral y material, tanto en el ámbito nacional como en el mundial (MM.100), el establecer acuerdos entre los sindicatos y los empresarios (MM.97) y hacer sentir todo el peso de su importancia económica en la vida política y en la gestión administrativa (MM.146).

  1. La huelga

En la defensa de los derechos justos de los trabajadores se llega, a veces, a situaciones extremas en que no se atienden de ninguna manera las justas exigencias de los sindicatos. Entonces no parece haber más remedio que la huelga.

El Papa León XIII se refirió a este fenómeno como a un mal que es necesario prevenir, pero no lo condena directa ni indirectamente (RN.26).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia y el mundo actual, tiene dos párrafos dedicados a los sindicatos. En el primero, recoge y sintetiza toda la doctrina anterior sobre el hecho sindical y afirma que entre los dere­chos fundamentales de la persona debe encontrarse el dere­cho de los obreros a fundar libremente asociaciones que los representen (GS.68). Pero lo más notable es el reconocimien­to explícito del derecho de huelga; afirma que en la situación actual, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aun­que extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores (GS.8).

Este reconocimiento, no obstante, tiene sus limitaciones:

  1. La huelga no es fin en sí misma, sino medio para la defensa de los derechos justos. Luego no se admite la huelga como arma beligerante contra la empresa, el gobierno o III sociedad. En este sentido, se excluye la huelga revolucionaria que tiene finalidades de tipo político.
  2. La huelga es un medio extremo, es decir, la negociación pacífica es el modo natural y normal de solucionar los posibles conflictos o conseguir las justas mejoras de los salarios o de las condiciones laborales. La huelga no es justa si precede a las negociaciones, como argumento de presión sobre mismas. La huelga solo se justifica cuando no hay otro modo de conseguir un acuerdo justo.
  3. La huelga solo es justificable cuando se trata de reclamaciones justas.

Pablo VI hace una referencia a la huelga, reconoce el hecho de que muchas veces, en la sociedades democráticas se aceptan los movimientos sindicales, pero de hecho no reconocen los derechos de los trabajadores, y esto justifica el recurso a la huelga. Pero también ocurre que, a veces, los sindicatos aprovechan su posición de fuerza para imponer condiciones demasiado gravosas para el conjunto de la economía y de la sociedad. Por otra parte, cuando se trata d. servicios públicos, necesarios para la vida ordinaria de los ciudadanos, hay que respetar ciertos límites (servicios mínimos) porque en caso contrario los daños sociales son absolutamente reprobables (OA. 14).

El Papa Juan Pablo II dedica un largo número a los sin­dicatos en su encíclica sobre el trabajo humano. Reafirma la enseñanza de los Papas anteriores y añade algunos aspectos importantes (CA.7):

  1. Los sindicatos son protagonistas de la lucha por la jus­ticia social y por la defensa normal a favor de lo justo, pero no es una lucha contra los demás.
  2. Las exigencias sindicales no pueden convertirse en una especie de egoísmo de clase; hay que tener en cuenta las limi­taciones que puede imponer la situación económica general del país.
  3. Los sindicatos deben manifestar una prudente solicitud por el bien común.
  4. Los sindicatos no tienen carácter de partido político que luchan por el poder, ni convertirse en instrumento de presión para conseguir fines de tipo político.
  5. En caso de huelga, los trabajadores deben tener asegu­rado su derecho a participar en la misma sin sufrir sanciones penales por dicha participación.
  6. El ejercicio del derecho a la huelga es un medio extre­mo y no se puede abusar de él y menos en función del juego político.
  7. El ejercicio de la huelga no puede olvidar jamás que cuando se trata de servicios esenciales para la comunidad, estos deben asegurarse mediante medidas adecuadas. Ciertas huelgas salvajes que parecen más bien un chantaje al gobierno y causan graves daños al conjunto de la sociedad, carecen de legitimidad.
  8. El abuso de la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida económica y social, con perjuicios graves para el bien común (LE.20).

La empresa

  1. Concepto e implicaciones

Aparece actualmente como una estructura fundamental en la actividad económica y en la vida social. Pero esto ha supuesto una notable evolución desde el comienzo de la revo­lución industrial hasta nuestro tiempo.

El Papa León XIII no habló del tema de la empresa tal como hoy la conocemos, sino que se refería a los patronos y a los ricos para recomendarles la justicia que garantizase un trabajo digno y seguro (RN.32).

Pio XI, aunque más preocupado por la cuestión del sala­rio justo, hace dos observaciones respecto a las empresas:

  1. Para fijar el salario justo, los obreros deben tener en cuenta la situación real de la empresa (QA.72).
  2. No es justo disminuir el salario apelando al escaso rédi­to de la empresa, cuando esto se debe a la incapacidad o des­preocupación de los empresarios (QA.72).

En septiembre de 1952, el Secretario de Estado, Mons. Montini, escribió una carta al Cardenal de Génova con oca­sión de la celebración de la XXV Semana Social de los Católicos italianos. En dicha carta, que recoge el pensamien­to de Pio XII, se dice que no hay razones para exigir el dere­cho de cogestión pero que esto no impide la participación de los obreros en la marcha de la empresa, promovida por los propios empresarios o desde instancias estatales.

El Papa Juan XXIII ha desarrollado con más amplitud la doctrina sobre la empresa.

En primer lugar, acepta la existencia de las empresas públicas o estatales, pues así lo exige el bien común en muchas ocasiones (MM.116), pero el Estado no debe nunca olvidar el principio de subsidiaridad (MM.117).

En segundo lugar, aboga por la creación y promoción de empresas artesanales, cooperativas y agrícolas de dimensión familiar (MM.85). Pero indica que estas empresas deben ajus­tarse a las nuevas situaciones técnicas, especialmente median­te la buena formación de sus miembros (MM.87-88).

Y por fin, habla del complicado tema de la participación de los obreros en la dirección y gestión de la empresa. Con esta participación se pretende, sobre todo, que la empresa sea una auténtica agrupación humana en la que todos realicen con sentido de responsabilidad un servicio para la utilidad general y no queden corno meros ejecutores silenciosos, sin posibili­dad de hacer valer su experiencia. Esto, sin embargo, exige une preparación adecuada (MM.91-94).

Lo más notable del Papa Pablo VI, acerca del tema empresarial, es el discurso a la Unión de Empresarios y Dirigentes católicos.

El Papa alaba la figura del empresario corno agente que reúne y coordina el capital y el trabajo, el saber técnico y el comercial para satisfacer las necesidades de bienes y servicios y crear riqueza y puestos de trabajo.

Pero no deja el Papa de observar que la organización empresarial es motivo de enfrentamientos y choques. Ante este hecho, el Papa dice que las estructuras mecánicas y buro­cráticas funcionan perfectamente, pero las estructuras humanas no. Algún vicio profundo, alguna radical insuficiencia tiene que existir en este sistema.

Para analizar este problema comienza el Papa con la afir­mación de que quien hoy hable, como hacen muchos, del capitalismo con los conceptos que lo definieron el siglo pasa­do, da prueba de que está retrasado respecto a la realidad de las cosas.

Pero, a pesar de esta afirmación cierta, es un hecho que algo de la mentalidad liberal antigua perdura todavía en el cri­terio de muchos, tanto empresarios como trabajadores y sin­dicatos, y ahí está la raíz de multitud de problemas que actual­mente ocurren.

La única solución es poner un coeficiente religioso, o al menos más humano, para que regule las relaciones entre las personas, pero no como un simple valor conectivo de tipo paternalista, sino como un valor que considere al hombre por encima de los intereses materiales o los beneficios económi­cos.

El Concilio Vaticano II dedica una breve consideración al tema del sistema empresarial; pero lo hace solo desde el punto de vista de los trabajadores y no dice ni una palabra de los empresarios.

  1. La enciclica Centesimus Annus.

El Papa Juan Pablo II ha estudiado el tema de la empresa de forma directa y precisa en la encíclica Centesimus annus. Acepta la moderna realidad de la empresa, pero añade una serie de puntualizaciones en función de la dignidad humana del trabajador; con esto, modifica notablemente el concepto capitalista de la empresa.

Necesidad

El pensamiento del Papa sigue las siguientes líneas:

  1. Dada la evolución de la economía moderna, parece necesario aceptar que la empresa, como sistema productivo de bienes y servicios, es una cosa necesaria.
  2. Lo que cambia notablemente la naturaleza de la empre­sa es el tipo de sistema y el tipo de régimen. Esto se refie­re, en términos generales, a los motivos de la actividad, el sen­tido y espíritu de cooperación entre los individuos que inte­gran la empresa, los elementos institucionales concomitantes (sindicatos y organizaciones empresariales), las relaciones entre las diversas personas, los sujetos para la toma de deci­siones, el modo de repartir los beneficios, etc.

En algunos de estos aspectos es en los que el Papa intro­duce elementos importantes para modificar y reorientar, desde el punto de vista humano y ético, la legitimidad de la empresa.

Ante todo, dice el Papa que la empresa es necesaria por­que muchos bienes no pueden ser producidos de una manera adecuada por un solo individuo, sino que exige la colabora­ción de muchos. La empresa es también necesaria para orga­nizar el esfuerzo productivo, programar su duración y asumir sus riesgos (CA.32).

Acerca de la realidad de la oferta y la demanda dice que la empresa debe conocer las necesidades de los demás hom­bres (la demanda) y el conjunto de los factores productivos más convenientes para satisfacer dichas necesidades (la ofer­ta) (CA. 32).

Naturaleza.

En cuanto a la naturaleza misma de la empresa dice que no debe entenderse como la simple unión entre el capital y el trabajo para producir beneficios (capitalismo), ni como sub­ordinación del trabajador a los planes estatales (comunismo), sino como una comunidad de individuos organizados, para trabajar unos con otros y trabajar para otros, una sociedad de personas y no una sociedad de capitales (CA.31).

Y la razón de esto, además de la dignidad de cualquier persona, es que en nuestro tiempo es cada vez más importan­te el papel del trabajo humano en cuanto factor productivo de riqueza (CA.31), mientras que el capital el solo un medio ins­trumental.

Finalidad.

El fin básico de la empresa no es simplemente el lucro, sino la producción de bienes para satisfacer las necesidades de las personas; el lucro o ganancia es solo la contrapartida por este servicio prestado a la sociedad. En este sentido, el traba­jo no produce alienación como decía Marx, pues al trabajador no se le arrebata el producto de su trabajo, sino que dicho tra­bajo está destinado directamente al servicio de los demás. Por eso dice el Papa que quien produce una cosa lo hace gene­ralmente para que otros puedan disfrutar de la misma, des­pués de haber pagado un precio justo (CA. 32).

Reforma de la empresa.

De esta manera la empresa transciende lo estrictamente económico o político, ya que debe entenderse como expre­sión del trabajo organizado, del saber compartido y de la libertad concertada, que no se agota en sus componentes estatales o mercantiles.

Con el fin de humanizar la empresa el Papa propone dos cosas: La humanización de la empresa mediante su desburocratización y su desmercantilización, porque los trabajadores no son cosas ni mercancías.

En cuanto a la obtención de beneficios asegura que la Iglesia reconoce como justa la función de los beneficios como índice de la buena marcha de la empresa, pues significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas (CA.35).

La empresa, estructura fundamental.

La empresa es una estructura fundamental en la economía de mercado; pero el Papa ajusta que da la impresión de que tanto a nivel nacional como internacional el sistema de mer­cado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades; pero existen nume­rosas necesidades humanas que no tienen salida en el merca­do (como la necesidad de ayuda alimentaria, médica y asistencial en casos de especial pobreza o cuando ocurre alguna catástrofe natural). Y es un deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas esenciales (CA.34).

Por eso, rechaza cualquier tipo de especulación. La pro­piedad de los medios de producción resulta ilegítima cuando sirve para la obtención de unas ganancias que son fruto de la explotación ilícita o de la especulación (CA.43).

Es evidente que la empresa capitalista produce abusos, como toda obra humana; por eso añade el Rapa un importan­te aspecto; Aquí se abre un campo de acción y lucha en nom­bre de la justicia para los sindicatos y demás organizaciones de trabajadores que defienden sus derechos y tutelar’ sus per­sonas (CA.35).

 

Anselmo Salamero

La MIlagrosa

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