Doctrina Social de la Iglesia (V)

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RESPETO A LA VIDA HUMANA

De la dignidad de la persona se derivan naturalmente una serie de derechos que deben ser aceptados, tanto por los indi­viduos, como por el Estado, sus autoridades y sus institucio­nes.

La doctrina social de la Iglesia sobre este asunto adquirió fuerza especialmente notable a partir de León XIII. Este Papa dedicó varios importantes documentos a cuestiones políticas que constituyen un verdadero cuerpo de doctrina. Más tarde, Pío XI se tuvo que enfrentar al nacionalsocialismo y al comunismo, para defender los derechos de los ciudadanos frente al totalitarismo del Estado. Pío XII, durante los años de guerra y de posguerra, salió a la defensa de los ciudada­nos ante los abusos de algunos Estados y propugnó la nece­sidad de volver al derecho natural y a la ética para el esta­blecimiento de una paz verdadera y durable. Por fin, Juan XXIII dedicó gran parte de una encíclica al tema de los dere­chos humanos.

El derecho más primario y elemental de la persona es el derecho a la vida. Así está reconocido incluso por la declara­ción de Derechos Humanos de la ONU (art.3).

Este derecho está, sin embargo, seriamente amenazado por el incremento demográfico que desemboca en la propaga­ción del aborto. Vamos a analizar la doctrina de la Iglesia sobre estos dos asuntos, el problema demográfico y el aborto.

El problema demográfico.

Fue el economista inglés Robert Malthus quien, en 1798, planteó por primera vez el problema de la desproporción entre el aumento de la población y el aumento de los medios de subsistencia. Llegó a decir que la población, si no encuentra obstáculos, crece en progresión geométrica, mientras que los alimentos solo crecen en progresión aritmética21

El mismo Malthus calculó que para el año 1900 Inglaterra tendria 112 millones de habitantes; pero la realidad fue que para esa fecha Inglaterra tenía solo 37 millones de habitantes. Siguiendo el cálculo de Malthus, Inglaterra debería tener en el año 2000 una población de 1.792 millones de habitantes, cifra completamente absurda. Por otra parte es evidente que el nivel medio de vida en Inglaterra ha experimentado, desde los tiempos de Malthus hasta ahora, una mejoría mucho más que notable. Todos estos datos significan que el proceso histórico real ha demostrado que los cálculos y previsiones del econo­mista inglés eran completamente erróneos.

No obstante, es cierto que la población aumenta, que muchos miles de personas mueren de hambre cada día y que millones de personas padecen una desnutrición crónica. Pero el problema debe ser bien planteado y buscar una solución razonable, aunque no sea necesariamente la más cómoda o fácil para el egoismo de los países ricos. Por eso hay que tener en cuenta dos principios fundamentales: el sentido de la soli­daridad humana y que las personas no pueden ser tratadas como simples números estadísticos.

 

Pío XI122 hizo una alusión al problema demográfico, pero lo redujo al plano de la moral individual. En un discurso dijo que la ciencia de la población es muy joven, pero es primor­dial porque toca inmediatamente a la vida humana y puede esclarecer algunos de sus problemas individuales y sociales. Pero la Iglesia ha creído siempre que debe situar los proble­mas de la población en su verdadera perspectiva: la del des­tino moral y personal. No obstante, en el Mensaje de Navidad de 1952, rechazó expresamente las presiones contra la natalidad.

Ha sido Juan XXIII el primer Papa que ha hecho una exposición sistemática y crítica de este problema. En la encíclica Mater et magistra hace un extenso análisis, que puede reducirse a los siguientes puntos.

El problema demográfico tal como se plantea.

Existe una desproporción creciente entre los medios de subsistencia y el aumento de la población (MM.185). En el plano mundial se expone claramente la teoría malthusiana y se indica como solución el poner un freno a la procreación humana (MM.186). Respecto a los países subdesarrollados se exponen como causas del problema el aumento de la pobla­ción por el decrecimiento de la mortalidad infantil a causa de los adelantos de la medicina y de la higiene, al mismo tiempo que desciende la mortalidad general, mientras que la produc­ción de alimentos sigue estancada o avanza muy poco. Así que el nivel de vida, en vez de mejorar, empeora cada vez más. Y el remedio que se propone es reprimir, del modo que sea, los nacimientos humanos (MM. 187).

El problema demográfico tal como debe plantearse.

A nivel mundial, la relación entre población y recursos no parece crear ninguna dificultad (MM.188). El problema está, no en la producción, sino en la incorrecta distribución de los bienes. Incluso, muchas veces se limita voluntariamente la producción para mantener el nivel de precios en los países ricos con olvido total de las necesidades de los pobres. La naturaleza tiene recursos suficientes para aumentar la produc­ción y el hombre tiene inteligencia para aprovechar los recur­sos naturales. Los progresos realizados en este sentido demuestran la verdad de estas afirmaciones (MM.189). Ciertamente hay regiones cuyos recursos naturales son meno­res y a esto se añade una organización social y económica defectuosa. Estas dificultades solo pueden afrontarse y solu­cionarse con relaciones de concordia y paz entre los pueblos (MM.190).

Conclusión general

Aceptando la existencia del problema demográfico, que es grave y urgente, hay que buscar soluciones que respeten la dignidad humana. No es aceptable partir de una concepción materialista del hombre y de la vida (MM.191).

Principios de solución

La única solución aceptable es promover el desarrollo económico y social de los pueblos, pero conservando y res­petando los verdaderos bienes del individuo y de la sociedad, teniendo en cuenta la dignidad de la persona y actuando en colaboración (MM.192). Las culturas y costumbres de los diversos pueblos deben ser respetadas, pues un progreso meramente económico que solo busca la máxima rentabili­dad no siempre es compatible con la cultura de otros pueblos; ni el concepto occidental de desarrollo, que solo conduce al consumismo, debe imponerse a los demás como si fuese el ideal supremo de la vida.

Para un desarrollo armónico hay que tener en cuenta que el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la actividad económica (GS.63) y así evitar el colonialismo abusivo y cualquier tipo de simple explotación de los recursos en busca de un lucro excesivo.

Una condición esencial para el verdadero desarrollo de los pueblos es el respeto a las personas y a las leyes naturales de la vida y de su transmisión, pues en ningún caso se puede tra­tar a las personas como si fueses animales o plantas (MM.193). La vida es un don de Dios contra el que no se puede atentar; y ciertos modos de planificación no solo son una ofensa a Dios, sino que degradan a la persona humana y, a largo plazo, implican un grave perjuicio para el país al que privan de fuerzas de trabajo necesarias para el futuro (MM.194).

Por esto es necesario en todos un profundo sentido de la responsabilidad con respecto a la institución familiar y un espíritu firme y dispuesto a los sacrificios que exija la misión de procrear y educar a los hijos (MM.195).

Desde el punto de vista teológico, hay dos mandamien­tos divinos que son complementarios; el primero, propagar la vida, creced y multiplicaos; el segundo, dominad la natu­raleza (MM.196). De estos dos preceptos, el segundo debe estar al servicio del primero. Los bienes de la tierra son, por disposición divina, para utilidad de todos los hombres y nadie tiene derecho a apropiárselos con perjuicio de los demás (MM.197).

Pero, ¿qué es lo que ocurre?

Por una parte, la situación económica mundial se explica con tal cerrazón de mente y de voluntad que constituye una verdadera manipulación informativa, una especie de engaño a la sociedad en general, que presenta la situación como si el mundo fuese a perecer bajo la miseria y el hambre si no se frena la natalidad.

Por otra parte, enormes recursos económicos se dedican a campañas antinatalistas y a la producción de armas de des­trucción. Estos dos aspectos constituyen un abuso y atentado contra la humanidad y una vergüenza para las llamadas «gran­des potencias».

Finalmente, Dios ha dado al género humano recursos e ingenio suficientes, pero la avaricia de los ricos y poderosos utiliza esos recursos de una manera irracional (MM.199), y esto, ante la pasividad de los gobiernos, organizaciones eco­nómicas y personas sin verdadero sentido de la justicia social.

El control de la natalidad

El Papa Pablo VI ha estudiado esta misma cuestión en dos encíclicas: Populorum progresio y Humanae vitae.

En la primera plantea el problema y dice que muchas veces un crecimiento demográfico acelerado añade dificulta­des a los problemas del desarrollo; el volumen de la pobla­ción crece con más rapidez que los recursos disponibles y nos encontramos aparentemente ante un callejón sin salida (PP.37).

Es cierto que el problema existe, pero es más aparente que real. Pues si es cierto referido a algunos países, no lo es si consideramos la cuestión de forma global. Son muchos los países que tienen excedentes de producción y es mucho el despilfarro que se hace en los países ricos. Y la consecuencia es que para muchos es grande la tentación de frenar el creci­miento demográfico con medidas radicales (PP.37); y para otros es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana (PP.30).

Pablo VI no estima necesario insistir sobre lo dicho por Juan XXIII y centra su atención en el problema del control de la natalidad.

Si en algunos países, dadas sus especiales situaciones, parece conveniente seguir una política restrictiva respecto a la natalidad, el Papa recomienda que se tengan en cuenta estos principios fundamentales:

Los poderes públicos pueden intervenir llevando a cabo una información apropiada y adoptando las medidas conve­nientes

Estas medidas deben estar de acuerdo con las leyes morales y respetar la libertad de los esposos.

Solamente a los esposos toca decidir, con pleno conoci­miento, el número de hijos que van a tener (PP. 37).

En conclusión, Pablo VI rechaza la planificación fami­liar como política imperativa del Estado, pero acepta la regulación de la natalidad como determinación libre, cons­ciente y responsable de los esposos.

En la segunda estudia el modo concreto para realizar esta regulación de la natalidad. Dada la gravedad y complejidad de este asunto, no parecía conveniente englobarlo en una encí­clica que trataba de otras cuestiones. Además, un estudio serio y profundo sobre un tema tan complicado convenía que se hiciese consultando previamente a personas técnicas especia­lizadas en los diversos aspectos relacionados con el tema. Y Pablo VI hizo una consulta personal y directa a setenta y cua­tro personas de diversos países y diferentes religiones para que estudiasen la cuestión y le diesen un dictamen desde su punto de vista estrictamente científico. Psiquiatras, ginecólo­gos, médicos, neurólogos, zoólogos, demógrafos, sociólogos, economistas, estadígrafos, filósofos, teólogos, moralistas y varios matrimonios de algunos movimientos cristianos fueron consultados. Se puede afirmar con toda certeza que jamás en la historia de la Iglesia se ha hecho un esfuerzo tan grande y un estudio tan profundo y extenso para escribir una encíclica. Por esto, la encíclica Humanae vitae merece el máximo res­peto, cualquiera que sea la opinión particular de cada uno.

Después de un estudio sobre la naturaleza del matrimonio, el Papa llega a estas conclusiones:

Hay que excluir absolutamente la interrupción directa del proceso generador ya iniciado y, sobre todo, el abor­to directamente querido y procurado

Hay que excluir, igualmente, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer

Queda, además, excluida toda acción que, en previsión del acto conyugal o en su realización o en sus conse­cuencias naturales, se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación (HV.14).

Aspecto ético y cultural

El Papa Juan Pablo II lleva el problema demográfico a una nueva dimensión y a un nuevo aspecto. No es una cuestión eco­nómica, sino ética y cultural. La familia es la primera estructura fundamental a favor de una ecología humana. No es conecto reducir el problema ecológico a la protección de los animales, las plantas o el medio ambiente, con olvido total de la persona humana. El análisis de Juan Pablo II es teológico, antropológi­co y ético sobre la base de la dignidad que Dios ha conferido a la persona humana.

Afirma, con toda verdad, que hay campañas sistemáticas contra la natalidad sobre la base deformada del problema demográfico y en un clima de absoluta falta de respeto a la libertad de decisión de las personas interesadas, a las que someten frecuentemente a intolerables presiones para plegar­las a esta nueva forma de opresión (CA.39).

La Conferencia de El Cairo

En septiembre de 1994, el problema demográfico saltó al primer plano de la actualidad con motivo de la Conferencia Internacional celebrada en El Cairo y propiciada por la ONU, sobre el tema de «Población y Desarrollo».

El Papa Juan Pablo II comentó que el proyecto de Documento final constituye una dolorosa sorpresa por el temor ante desviaciones morales que podrían arrastrar a la humanidad hacia una derrota cuya principal víctima sería el propio hombre.

Es evidente que el problema demográfico en su relación con el desarrollo es muy grave. Pero, precisamente por eso, exige un estudio serio y profundo. Pero, además, es una cues­tión «interdisciplinar», sobre la que deben opinar varias cien­cias y no solo los políticos.

El hecho del crecimiento cuantitativo de la población se debe estudiar de forma absoluta y a nivel mundial. Hay que tener en cuenta cómo se reparte la población en las diversas áreas de la tierra y por qué hay extensas regiones con muy escaso número de habitantes. Hay zonas con una superpobla­ción exagerada en detrimento de otros territorios deshabita­dos. Y hay que reflexionar también sobre la gran extensión de tierra potencialmente cultivable y que está abandonada o cul­tivada de forma inadecuada, así como el reparto injusto de la tierra de cultivo, en manos de unos pocos, que se dedican al comercio exterior o a la especulación en provecho propio y con perjuicio para el bien común (MM.122-149; GS.71: PP.23-24).

Las cuestiones demográficas son estudios sobre las per­sonas y éstas no pueden reducirse a números o tablas esta­dísticas, porque las personas no son cosas ni fenómenos natu­rales. Cada persona humana tiene su propia vida y dignidad, es libre, tiene su cultura y sus creencias, y todo eso debe conocerse y respetarse. El concepto de desarrollo no tiene por qué ajustarse al concepto consumista, hedonista y egoís­ta de los llamados «pueblos desarrollados». Muchas veces, las aparentes ayudas no son más que una nueva forma de colonialismo económico y sometimiento político.

Con toda razón afirma Juan Pablo II que cuestiones tan importantes como la transmisión de la vida, la familia, el des­arrollo material y moral de la sociedad tienen necesidad, sin duda alguna, de una profundización mayor.

Principios de solución

En un mensaje a la Sra. Nafis Sadik, Secretaria General de la Conferencia de El Cairo, el Papa expone algunas cuestiones fundamentales para el estudio del tema de la Conferencia.

Admite la diferencia creciente entre los países pobres y ricos y la suma complejidad del problema, observa, no obs­tante, el hecho de que los países pobres aumentan su población y no sus recursos, mientras que los países ricos aumen­tan su producción pero tienen una población que envejece cada vez más por el descenso de la natalidad. Y este fenóme­no puede provocar un peligroso desequilibrio en la estructura demográfica, de consecuencias imprevisibles.

Todo análisis demográfico, para adoptar medidas concre­tas de acción, debe recordar y tener en cuenta los siguientes principios:

  • La vida humana es sagrada y no puede someterse a criterios de interés político
  • Los derechos humanos son innatos y están por encima de cualquier poder humano
  • La raza humana constituye una unidad fundamental y nadie puede hacer divisiones arbitrarias
  • Toda acción política debe buscar el bien común de los individuos y no los intereses de grupos particulares.
  • En cuanto al concepto de desarrollo insiste el Papa en estos aspectos:
  • El desarrollo tiene como fin el bien de la persona
  • El desarrollo no consiste exclusiva ni principalmente en la acumulación de bienes materiales.
  • El desarrollo debe respetar las características sociales, culturales y religiosas de los diversos pueblos en todo lo que tienen de bueno.

Demografía y desarrollo

En cuanto a la relación entre la demografía y el desarro­llo, es claro que el estudio de la población es la base para el análisis social y económico que debe averiguar la causas del poco desarrollo y buscar las soluciones proporcionadas y razonables; es absurdo reducir el problema demográfico a los aspectos sexuales y olvidar todos los demás. Por otra parte, la transmisión de la vida humana no es una cuestión individual, sino que tiene una dimensión familiar, y la familia es una ins­titución natural. Asi está reconocido por la ONU, que en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre dice que la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y por el Estado (Art.16,3). Olvidar esto es traicionar los más nobles ideales de la ONU.

Los ataques sistemáticos que, desde hace tiempo, se vie­nen dirigiendo contra la natalidad y la familia, y que proceden siempre de los grandes países desarrollados, dan pie a pensar que dichos países padecen en grado muy notable el Complejo de Layo28 es decir temen horrorizados el desarrollo social y económico de los pueblos ahora pobres, porque supondría la muerte de su hegemonía social, económica y política.

El aborto.

La medicina entiende por aborto toda expulsión del feto, natural o provocada, en el período no viable de su vida intrau­terina, es decir, cuando no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. En el lenguaje corriente, aborto es la muerte del feto por su expulsión, natural o provocada, en cualquier momento de su vida intrauterina.

Al plantear la cuestión del aborto se suele alegar una argumentación falsa, pues no responde a la realidad objetiva.

En primer lugar se afirma que el rechazo al aborto es un asunto religioso exclusivo de la Iglesia Católica, pero que está en contradicción con el sentido progresista de la sociedad. Así lo insinuó el Sr. Jyoti Singh, Coordinador ejecutivo de la Conferencia de El Cairo, cuando afirmó que la Iglesia Católica acude a la Conferencia como Estado y no como religión.

Es completamente falso afirmar que el problema del abor­to sea un asunto, sobre todo, religioso y católico. El derecho a la vida brota de la misma naturaleza humana. Todo el mundo acepta que no se condene a muerte a una persona ino­cente, incluso en muchos Estados está suprimida la pena de muerte y, en donde ésta se encuentra vigente, se está hacien­do fuerza para que sea suprimida. ¿por qué, entonces, se admite que se condene a muerte a unos niños inocentes y se les ejecute despiadadamente? ¿Acaso la defensa del inocente es una teoría cristiana y no una convicción humana universal?

Según la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, todo individuo tiene derecho a la vida (art.3); y el Convenio para la proscripción del genocidio, elaborado por una Comisión especial del Consejo económico y social de la ONU, aprobada el 9 de diciembre de 1948 dice que en el pre­sente Convenio se entiende por genocidio el asesinato de los miembros de un grupo y la imposición de medidas dirigidas a impedir los nacimientos en un grupo (Art.2).

En segundo lugar, acerca de llamado «progresismo» con­viene saber que el progreso científico afirma como cierto que desde el momento en que el óvulo es fecundado se inaugura una vida nueva, que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Desde ese primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será esa persona que comienza (cfr. Juan Pablo II., Enc. Evangelium vitae, n .60).

En tercer lugar. La Sra. Cristina Alberdi ha dicho que el tema del aborto es un falso debate… lo que es más importante es el acceso de la mujer a la libertad para elegir. Esta falsa polémica está intentando atacar la decisión libre de la mujer.

La pretendida libertad de la mujer para optar por el aborto parte de la falsísima idea del niño-objeto o del niño-tumor que se puede extirpar corno un elemento intruso o como una defor­mación en el organismo. Nada tan absolutamente falso, anti­científico y perverso. El niño no es el cuerpo de la madre, ni un tumor, es una persona individual implantada en la realidad cor­poral de la madre; y como persona humana, aunque incipiente, tiene todos los derechos naturales del ser humano y, por supuesto, el derecho a la vida. Pensar que el niño es un objeto o un tumor es la máxima degradación a que puede llegar una persona.

Gravedad del asunto.

La realidad del aborto, como fenómeno social, es de suma gravedad; pero es mucho más grave la perversión generaliza­da de la conciencia; pues no solo se defiende el aborto corno

«un hecho», sino que se pretende «legalizar», que sea recono­cido como un derecho, que goce de impunidad y que sea reconocido y subvencionado por el Estado (EV.4,I).

Esta «estructura de muerte» está activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas que conciben la sociedad en base a unos conceptos materialistas. Se puede hablar también de una guerra de los poderosos con­tra los débiles (EV.1).

¿Cómo se ha llegado a esta perversión y degradación social? Los medios de comunicación son, con frecuencia, cómplices de esta conjura creando en la opinión pública una postura que presenta el aborto como un signo de pro­greso y una conquista de la libertad; y presentando como enemigos de la libertad y del progreso a quienes no acep­tan estos criterios (EV.17,2).

La doctrina de la Iglesia sobre el aborto quedó clara en el Concilio Vaticano II. En la Constitución sobre la Iglesia y el mundo actual se afirma que el aborto y el infanticidio son crí­menes abominables (GS.50).

Sobre este asunto, el Papa Juan Pablo II ha escrito la encí­clica llamada «El evangelio de la vida». No es solo el fruto de la reflexión personal del Papa; en una reunión con los Cardenales, celebrada del 4 de 7 de abril de 1991, se hizo un amplio y profundo debate sobre este asunto. Y el Papa mismo, en carta a todos los obispos, les pidió su colaboración para escribir este encíclica; y muchos enviaron valiosas informa­ciones, sugerencias y propuestas (cfr. EV.5).

Algunos de los argumentos que el Papa expone y que resumen toda la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto, son los siguientes:

  • La base fundamental de los derechos humanos es que la persona, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometida al dominio arbitrario de nadie. Y el derecho a la vida tiene su fuerza por la innata e inviolable dignidad de la persona; y nadie puede disponer a su voluntad o capricho de la vida ajena (EV.19,1 y 20,2).
  • La libertad del individuo no puede ser absoluta, porque está necesariamente limitada por la libertad y derechos de otras personas. La libertad reniega de sí misma cuando no reconoce ni respeta a otras personas y rompe los derechos aje­nos (EV.19,4).
  • La convivencia social exige una serie de relaciones con las demás personas, el rechazo de toda exclusividad y la vigencia y respeto a una serie de valores comunes. La vida social se hace muy difícil o imposible si el propio yo se entiende en términos de una autonomía absoluta que no reco­noce más derechos que los propios y considera a los demás como enemigos o adversarios, de los que hay que defenderse como sea (EV.20,1).
  • El derecho deja de ser legítimo cuando no se funda­menta o no responde a la dignidad de la persona, sino que se somete cobardemente a la voluntad del más fuerte. El sentido democrático puede degenerar en tiranía del Estado cuando se quebrantan los derechos fundamentales de las personas, aun­que esto sea aprobado por la mayoría parlamentaria (EV.20,2); en este caso, la injusticia adquiere una especial gravedad e implica un peligro de totalitarismo.

Conclusión

Estos principios, de orden filosófico, sociológico, jurídico y político son la base humana y científica que justifica la pos­tura de la Iglesia. Y el Papa analiza la cuestión en toda su profundidad con argumentos racionales que pueden ser aceptados por todos, cualquiera que sea su creencia religiosa.

Pero el Papa añade a estas razones, otras de orden teoló­gico y religioso.

Una constatación muy clara es que perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida (EV.21,1).

Acerca del aborto y la eutanasia, el Catecismo tiene una larga e importante reflexión (nn.2270-2279).

 

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