Doctrina Social de la Iglesia (IX)

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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PRINCIPIO DE PARTICIPACION

La persona humana es sociable y comunicativa por eso debe tomar parte eficiente en todos los aspectos de la vida social. El bien común que busca la sociedad debe llegar a todos los individuos y todos deben participar en su consecu­ción; nadie puede ser considerado como un elemento pasivo o un mero ejecutor de órdenes. El deber de participar en la vida social, como compromiso voluntario en los intercambios sociales, es inherente a la dignidad de la persona humana y es camino seguro para conseguir la convivencia (Cfr, Catecismo, nn.1913-1917).

La tendencia socio-económica que solo busca el máximo beneficio mediante la productividad y la competencia tiende a olvidar los aspectos humanos y cualitativos del progreso social. Pero también hay una tendencia generalizada a impo­ner una serie de normas de conducta que suponen una mani­pulación de la persona para que acepte, sin posibilidad de juz­gar, una serie de comportamientos contrarios a su fobia de pensar. Y esta manipulación supone un alto grado de negación del derecho a participar activamente en la construcción de la propia vida.

La forma y la verdad de las relaciones humanas, el grado de protagonismo activo y de responsabilidad personal son aspectos significativos e importantes muy superiores a la sim­ple producción de bienes materiales (Cfr. 0A.41). Es de suma importancia en todo sistema social partir de un verdadero con­cepto de la dignidad de la persona humana.

Pablo VI recordó que una exigencia actual del hombre es la mayor participación en las responsabilidades y en las deci­siones como exigencia fundamental de la naturaleza del hom­bre, ejercicio concreto de su libertad y camino para su des­arrollo (Cfr. 0A.47). Estos aspectos de la igualdad y la parti­cipación son expresión de la dignidad del hombre y de su libertad (GS.22).

Por todo esto advirtió Juan XXIII que la dignidad de la persona humana requiere que el hombre, en sus actividades, proceda por propia iniciativa y libremente (PT.34).

Acerca de la participación hay algunos aspectos de espe­cial importancia.

  1. Participación en la actividad de la empresa

Pío XI, al tratar de la cuestión del salario, critica a quie­nes afirman que el contrato de arriendo y el alquiler del tra­bajo es de por sí injusto (QA.64). Y es que el contrato laboral no es arriendo ni alquiler; la fuerza del trabajo no es una mer­cancía sometida a la ley de la oferta y la demanda que el obre­ro vende al empresario (LE.7). Ese concepto marxista no es exacto. El trabajo es la acción del hombre sobre la materia para convertirla en un bien útil que sea capaz de satisfacer las necesidades humanas; el trabajo, más que el capital, es el ver­dadero creador de riqueza. Y el salario es la participación del trabajador en los beneficios que genera el bien producido. El trabajo no aliena al trabajador sino que lo perfecciona como persona y lo hace merecedor, no solo de un salario adecuado, sino también de la gratitud de todos los que se benefician de su labor. Y en este sentido, añadió Pío XI que en la medida de lo posible el contrato de trabajo se suavice mediante el con­trato de sociedad (QA.65).

Pío XII trató de esta cuestión de manera más directa, pero le dio una importancia muy relativa; trató de prevenir algún error o desviación si esta doctrina no se entendía de manera correcta. Y así, afirma que la Iglesia ve con buenos ojos y aún fomenta aquello que, dentro de lo que permiten las circuns­tancias, tienda a introducir elementos del contrato de socie­dad en el contrato de trabajo para mejorar las condiciones generales del trabajador41. Pero puntualizó con claridad que se presenta un peligro cuando se exige que los asalariados pertenecientes a una empresa tengan en ella el derecho de cogestión económica…; ni la naturaleza del contrato de tra­bajo, ni la naturaleza de la empresa implican necesariamen­te y por sí mismas un derecho de esta clase42. Para Pío XII está claro que no se deben confundir el contrato de sociedad y el contrato de cogestión; admite el primero cuando se trata de mejorar las condiciones de los trabajadores.

Al referirse a la reforma de las estructuras de la empresa, dice que muchos piensan en modificaciones de tipo jurídico, cuando lo realmente importante es modificar las relaciones personales con sentimientos de fraternidad cristiana ; es decir, la relación social es lo que puede favorecer cualquier otra reforma de tipo estrictamente técnico o burocrático.

El Papa Juan XXIII estudió este mismo tema. Y se refie­re concretamente a aclarar el concepto de contrato de socie­dad (MM.91-96).

Admite la razón que tienen los obreros cuando aspiran a participar activamente en la empresa. La participación mediante su trabajo es evidente; pero es necesario que este trabajo sea reconocido en todo su valor humano y técnico por los empresarios y que los obreros reciban el trato que merece su aportación a la empresa (MM.91).

En cuanto a la participación activa en otros aspectos de la empresa, aunque sea una aspiración loable, no es posible fijar con normas ciertas y definidas las características de esta par­ticipación (MM.91).

Pero toda empresa, tanto privada como pública, debe revestir el carácter de agrupación humana; es decir, la empresa no debe considerarse como la unión del capital y el trabajo para producir beneficios, sino corno una agrupación de personas que unen sus esfuerzos y cualidades específicas y diversas con el fin de producir bienes para la sociedad ; y en este sentido, las relaciones entre los obreros, empresarios y demás personas implicadas en la empresa, deben llevar el sello del respeto mutuo, de la estima, de la comprensión y de la leal y activa colaboración e interés de todos en la obra común (MM.91-92).

También los obreros deben considerar que su trabajo no es solo fuente de ingresos, sino también el cumplimiento de un deber y la prestación de un servicio a la sociedad para el bien­estar general (MM.92).

La unidad de dirección en la empresa es necesaria para su buen funcionamiento. Pero esto no supone que los obreros no puedan intervenir en las decisiones que regulan los contratos de trabajo, la organización de las actividades y la justa retri­bución por el trabajo (MM.92).

La empresa como agrupación humana tiene que dar espe­cial importancia a los valores e intereses humanos de todas las personas, para superar y resolver las divergencias y conflictos de los intereses particulares (MM.92).

Esta serie de transformaciones no solo responde a las legí­timas aspiraciones de los trabajadores en cuanto personas humanas, sino que está de acuerdo con la evolución social y política actual (MM.93).

Ciertamente, la empresa como estructura económica y social ha experimentado cambios profundos y la adaptación de los trabajadores no ha sido siempre adecuada mediante una preparación técnica y humana conveniente. Pero esta adapta­ción tampoco ha sido facilitada siempre por las empresas (MM.94).

Sin embargo, todavía hay grandes desequilibrios econó­micos y sociales en muchas empresas, que van contra la jus­ticia y la humanidad; y en este sentido, la participación de los trabajadores para solucionar estas situaciones es de una importancia fundamental (MM.94); pero debe hacerse desde el diálogo y no desde la confrontación. El instrumento funda­mental para este diálogo debe ser el sindicato.

  1. Participación en la cultura.

Para la Iglesia, el hombre llega a un nivel verdadera y ple­namente humano por la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores naturales (GS.53); esto supone un concep­to de la persona como ser transcendente, no limitado solo a su ser material pues en la estructura de la naturaleza humana deben destacarse los valores de la inteligencia, la voluntad, la conciencia, la religiosidad y la fraternidad, todo lo cual se basa en Dios Creador (GS.61). Si no se reconoce el valor de la transcendencia, triunfa la fuerza del poder (CA.44).

La inteligencia no se reduce a la percepción de los fenó­menos, tiene capacidad para alcanzar las realidades inteligi­bles con verdadera certeza y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría que abre la mente humana a la búsqueda y amor de la verdad y del bien (GS.15).

El sistema de valores que configuran un sistema cultural es un contenido básico sobre el que se sustentan las actitudes y comportamientos, así como las diversas instituciones que orientan y regulan la vida social. Y es necesario que los valo­res elegidos sean verdaderos, pues son los únicos capaces de perfeccionar a la persona y realizar su naturaleza (FR.25).

Cuando la cultura se encierra en sí misma y trata de per­petuar formas de vida anticuadas, rechaza cualquier cambio o confrontación sobre la verdad del hombre, entonces se vuelve estéril y lleva a su decadencia (CA.50).

Es cierto que los valores recibidos por la tradición cultu­ral siempre son objeto de crítica o contestación por parte de muchos ; pero esa actitud no es necesariamente de rechazo a priori o simple afán de destruir, es someter a juicio esos valo­res a fin de hacerlos más vitales y actuales (CA.50).

Sin embargo, la actual mentalidad materialista no enjuicia los valores sobrenaturales y morales, simplemente trata de eli­minar toda dimensión religiosa de la cultura y de la vida del hombre, pretende eliminar a Dios; y, en consecuencia, des­personaliza al hombre y lo reduce a una dimensión puramente biológica sometida solo a las leyes naturales de la materia. Es la máxima degradación de la persona humana. Y en este caso el hombre puede convertirse, como advirtió Pablo VI, en objeto de manipulación que se orienta en sus deseos y necesidades y modifica sus comportamientos y hasta su siste­ma de valores (OA.39).

Toda persona debe tener una actitud participativa respec­to a la cultura tanto en lo referente a la adquisición de cono­cimientos sobre las cosas (es el deber de instruirse y estudiar), como en cuanto a la aceptación y vivencia de los valores humanos, incluidos los religiosos y morales que son necesa­rios para el desarrollo de un verdadero sentido humanista (es el deber de educarse con sentido cívico y religioso). Claramente enseñó el Papa Pablo VI que para construir una sociedad nueva al servicio del hombre es necesario saber antes qué concepto se tiene del hombre (OA.39), pues, en realidad, no se puede partir de una visión unidimensional del ser humano (FR.89).

El hombre tiene una doble dimensión: una, humana y natural, otra religiosa y sobrenatural, porque el hombre pro­cede de Dios y hacia Dios tiende.

Cada día es mayor el número de hombres y mujeres que se sienten verdaderos autores y promotores de la cultura en su comunidad (GS.55).

Una participación activa en la cultura supone la transmi­sión de los valores fundamentales de la persona. Este deber incumbe de modo especial a la familia y es de tal importancia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse; por eso la familia es la primera escuela de las virtudes sociales, necesa­ria a todas las sociedades (GEM.3).

Una participación efectiva exige también el rechazo a for­mas de vida que propugnan una concepción materialista de la vida y de la persona y que se basan en verdaderos contravalores, es decir, en creencias que niegan la transcendencia de la persona, atentan contra los derechos fundamentales y redu­cen la persona humana a un ser puramente animal, sin senti­do y sin proyecto de futuro (Cfr. GS.27.35.43.61) y llevan la vida hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espe­ra (FR.6).

Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las genera­ciones venideras razones para vivir y razones para esperar (GS.31).

  1. Participación en la vida política

Afirma el Concilio Vaticano II que se equivocan los cris­tianos que, con el pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga a un más perfec­to cumplimiento de todas ellas (GS.43). Y este principio se aplica también a lo referente a las estructuras jurídicas y polí­ticas de la sociedad (GS.75); por eso es necesario participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política (GS.73).

La participación política nace de la oposición de los pue­blos al monopolio de un poder dictatorial absoluto, incontro­lable e intangible y esto requiere que se ofrezcan a todos los ciudadanos las condiciones adecuadas para que formen sus opiniones y las puedan manifestar, pues los ciudadanos tie­nen derecho a expresarse con libertad y a ser escuchados por el gobierno.

Pío XII advierte que no se confunda el pueblo con la masa. El pueblo vive y se mueve por sus propias ideas, tiene conciencia política y es un presupuesto necesario para una verdadera democracia; la masa, en cambio, es un conglome­rado informe, sin ideas propias, que se mueve por impulsos exteriores, que se excita fácilmente con discursos demagógi­cos y que resulta fácilmente manipulable.

Una representación política bien organizada requiere ele­vación moral y capacidad intelectual y técnica de los diputa­dos al parlamento y esto es cuestión de vida o muerte, de pros­peridad o decadencia para los pueblos.

Por otra parte, la renovación periódica de las personas en los puestos públicos, no solo impide el envejecimiento de la autoridad, sino que además le da la posibilidad de rejuvene­cerse (PT.74).

De estos principios, se deducen las siguientes consecuen­cias fundamentales:

  1. La actividad política nace, se justifica y se legitima por su fin, que es trabajar por el bien común de la sociedad. Y la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio de los hombres, dedican su vida y actividad al bien público y acep­tan las cargas de este oficio. Por eso, no debe despreciarse este trabajo, ni a quienes lo realizan, ni rechazar cualquier forma de cooperación (GS.74.75)
  2. Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es particularmente necesaria a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir con su misión en la vida de la comunidad política (GS.75).
  3. El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los ciu­dadanos que, aún agrupados, defienden lealmente su manera de ver (GS.75). Recuerden todos los ciudadanos el derecho y el deber que tienen de votar con libertad para promover el bien común (GS.75)

Anselmo Salamero

La MIlagrosa

 

 

 

 

 

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