Doctrina Social de la Iglesia (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

IGUALDAD DE TODOS LOS HOMBRES

La igualdad social es una manifestación de la justicia y de la libertad, y expresa al mismo tiempo que orienta la configu­ración social del mundo actual. Son formas que manifiestan la dignidad del hombre (0A.22).

Sin embargo, hay que evitar los extremos.

– El igualitarismo o igualdad absoluta de todos los hom­bres y en todos los aspectos. Esto es volver al viejo Mito de Procusto. Alguien ha afirmado que la pasión por la igual­dad es la idealización de la envidia. La pretendida igualdad de todos en una sola clase no propietaria no conduce a la ver­dadera igualdad, sino que destruye la capacidad creadora del individuo y lleva a una nivelación descendente que produce pasividad, dependencia y sumisión (SRS.15,2). Sin embargo, la igualdad en la dignidad esencial de la persona y en los dere­chos fundamentales derivados de ella, es posible y deseable.

– Pero no es menos absurda la justificación de las des­igualdades económicas como signo de predestinación. Este racionalismo falsamente religioso es, según Max Weber, un subproducto de la psicología protestante y de la ética calvi­nista.

Ciertamente, si el éxito económico y la riqueza son efec­to de actuaciones injustas no pueden ser garantía de una espe­cial elección divina.

Acerca de las razones teológicas que explican la radical igualdad de todos los hombres tiene el Catecismo unas impor­tantes reflexiones (nn. 1934.1935), También afirma el Catecismo el hecho de las desigualdades como hecho eviden­te (n.1936) aunque rechaza las desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres y que están en contradicción con el evangelio (n. 19-38).

Los hechos

Sin embargo, la desigualdad social es un hecho evidente; Lo malo es que existen situaciones de desigualdad cuya injus­ticia clama al cielo (PP.30). Y no solo entre unas personas y otras, sino también entre los diversos sectores económicos en un mismo país y entre los diversos pueblos de la tierra (cfr. QA.59; MM.48; SRS.13.14.33).

De todas formas, sin llegar a esos extremos, hay muchos cristianos, como recordaba Pablo VI, que no dan ninguna importancia a las excesivas diferencias económicas y sociales entre las personas. Estas actitudes no son conformes a la doc­trina de la Iglesia.

El hecho de ciertas diferencias entre los hombres es natu­ral, pues como afirma León XIII, debe ser aceptada la condi­ción humana; no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo… Hay, por naturaleza, entre los hombres muchas y grandes diferencias, no son iguales los talentos de todos, ni la habilidad, ni la salud, ni las fuerzas, y de la inevi­table diferencia de estas cosas brota espontáneamente la dife­rencia de fortunas (RN.13).

Sin embargo, el Papa condena todo aquello que sirve para aumentar y agravar estas diferencias. Han de evitar cuidadosa­mente los ricos perjudicar en lo más mínimo los intereses de los proletarios, ni con la violencia, ni con engaños, ni con artilu­gios usurarios (RN. 14).

También Juan XXIII reconoce que la experiencia enseña que son muchas y muy grandes las diferencias entre los hom­bres, en ciencia, en virtud, inteligencia y bienes materiales. Sin embargo, este hecho no puede justificar nunca el propó­sito de servirse de la superioridad propia para someter de cualquier modo a los demás. Todo lo contrario, esta supe­rioridad implica una obligación social más grave para ayu­dar a los demás a que logren, con el esfuerzo común, la per­fección propia. Y de modo semejante sucede entre las diver­sas naciones (PT.87-88).

Consecuencias

Pero lo más grave en este asunto es que el incremento eco­nómico y social… ha acentuado cada día más los evidentes desequilibrios que existen, primero entre la agricultura, la industria y los servicios generales; luego entre las zonas de diversa prosperidad económica en el interior de cada país; y, por último, entre los países de distinto desarrollo económi­co en el plano mundial (MM.48).

Esta situación tiene una manifestación bien clara y es que innumerables trabajadores de muchas naciones y de conti­nentes enteros a los que se remunera con un salario tan bajo que quedan sometidos, ellos y sus familias, a condiciones de vida totalmente infrahumanas, y frente a la extrema pobreza de la mayoría, la abundancia y el lujo desenfrenado de unos pocos contrasta de manera abierta e insolente con la situa­ción de los necesitados (MM.68-69).

Y lo mismo ocurre en el plano internacional, hay muchas naciones que tienen abundancia de bienes de consumo y existen otras, en cambio, en las cuales grandes masas de pobla­ción luchan contra la miseria y el hambre (MM. 161).

El Papa Juan Pablo II también ha constatado este fenóme­no; Dejando a un lado el análisis de cifras estadísticas, es suficiente mirar la realidad de una multitud ingente de hom­bres y mujeres, niños, adultos y ancianos, de personas huma­nas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria (SRS.13).

El mito de la revolución violenta.

Pablo VI advirtió que ante situaciones tan injustas es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad de las personas (Cfr.PP. 30).

La Iglesia admite que es necesario corregir esta situación de injusticia y edificar una sociedad en que reine la justicia, pero no puede aceptar la violencia y menos la fuerza de las armas y las muertes injustas de muchos inocentes como cami­no adecuado para solucionar los problemas. La violencia no es cristiana ni evangélica y los cambios violentos son enga­ñosos, ineficaces y contrarios a la dignidad de los pueblos (Cfr. EN. 36-37 ; SRS.24).

La experiencia enseña que las revoluciones engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios y provo­can nuevas ruinas. No se puede combatir el mal al precio de un mal mayor (PP.31).

Labor de la Iglesia

Ante esta situación de desigualdad injusta e inhumana, la Iglesia ha denunciado y condenado los hechos y ha propuesto caminos de solución. También ha prestado su ayuda práctica, aunque ésta haya sido como una gota en el océano.

León XIII dijo que vemos claramente que es urgente pro­veer de la manera más oportuna al bien de las gentes de con­dición humilde, pues es la mayoría la que se debate indeco­rosamente en una situación calamitosa y miserable… Y un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios (RN.1).

Como vía para la solución adecuada de estos problemas, escribió el Papa León XIII la encíclica Rerum novarum.

Desde el punto de vista económico, el Papa propuso espe­cialmente:

  • una efectiva y justa intervención del Estado en la regu­lación de la actividad económica y laboral (RN.25)
  • el derecho de los obreros a formar sus propias asocia­ciones para la defensa de sus intereses (RN.25-27)
  • la modificación de los contratos de trabajo para con­seguir condiciones de trabajo mas justas (RN.31)
  • determinación de un salario suficiente (RN.32)

También Pio XI denunció que de un lado, la enorme masa de proletarios, y de otro, los fabulosos recursos de unos pocos sumamente ricos… constituyen un argumento de que las rique­zas tan copiosamente producidas no se hallan rectamente dis­tribuidas, ni aplicadas con equidad a las diversas clases de hombres (QA.. 60).

Y analizando más en profundidad este fenómeno, añade que se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos (QA.195), y tal acumulación de riquezas y de poder origina tres tipos de luchas: se lucha por la hegemonía económica, se combate para adueñarse del poder público, y poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos (QA.108).

Análisis ético: estructuras de pecado

Acerca de este tema es importante hacer una reflexión sobre el pensamiento del Papa Juan Pablo II tal como lo expo­ne en la encíclica Solicitudo rei socialis.

El Papa comienza su análisis con esta constatación: No se ha producido el desarrollo que se esperaba. Y las razones de este fracaso son de tipo económico y de tipo político. Sin embargo estos motivos no explican suficientemente el fraca­so. Es necesario investigar e indagar las causas de orden moral. Porque tanto las decisiones económicas como las polí­ticas dependen, para la superación de las dificultades, de decisiones que son esencialmente morales (SRS. 35).

Los impedimentos que se han opuesto al desarrollo se han manifestado en la existencia real de varias formas de imperialismo que ha dividido el mundo en bloques presidi­dos por ideologías rígidas. Esto supone la existencia de estructuras de pecado porque es una serie de factores que actúan contra el bien común. Pero estos factores no son abs­tractos, sino hechos concretos realizados por personas parti­culares. Y estos hechos brotan del egoismo, de la estrechez de miras, de decisiones económicas imprudentes y de cálcu­los políticos erróneos. Y todas esas actitudes encierran un contenido ético y moral de signo negativo. Ahí está la base y raíz de lo que se llama «estructuras injustas».

Al analizar la realidad social, que es eminentemente humana, hay que superar la crítica socio-política y económi­ca, y llegar al análisis moral. Porque si se prescinde de este aspecto y se olvida al prójimo y a Dios, no solo se ofende a ambos por el hecho mismo de ese olvido, sino que se intro­ducen condicionamientos interesados y egoístas, que van mucho más allá de los actos particulares y son causa de situaciones negativas que llegan a afectar, incluso, al des­arrollo de numerosos pueblos.

En el fondo de esta situación hay dos criterios de acción que tienen un carácter negativo: el afán único de ganancia y la sed de poder. Ambas cosas significan la absolutización de intereses meramente humanos y la negación del orden ético-social.

Planteado así el problema, se aprecia que la raíz de las diferencias entre los hombres y los grupos no es solo de tipo social, económico o político, sino de orden ético y, en conse­cuencia, el remedio a este mal debe buscarse en el cambio de actitudes éticas. Solo es posible la reforma y transformación de las estructuras sociales y económicas mediante la previa modificación de las actitudes de las personas concretas.

Soluciones que propone la Iglesia

Por eso, la solución que propone el Papa es doble:

1°. El cambio de actitudes espirituales y humanas que definen las relaciones entre las personas y los pueblos en fun­ción de valores superiores, como el derecho de toda persona a una vida digna, el bien común, el verdadero concepto de «des­arrollo personal»…

2°. La conciencia activa de la solidaridad, que es la determinación firme y perseverante de emplearse en el bien común y que se funda en la firme convicción de que lo que frena el desarrollo es el afán de ganancia y la ambición de poder.

Una solución falsa: la lucha de clases

El método marxista para llegar a la igualdad de las clases sociales afirma que es necesario hacer desaparecer una de ellas, la capitalista, mediante la lucha de clases. Implica la violencia física y la negación total de los derechos de la otra parte. Pero ya León XIII advirtió que para solucionar estos males, los socialistas, atizando el odio de los indigentes con­tra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada.. pero esta medida es tan inadecuada que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras (RN.2).

Es evidente que León XIII se refería al socialismo mar­xista y a los terroristas anarquistas de aquel tiempo que pre­tendían suprimir la propiedad privada de cualquier forma, como medio para eliminar la clase social de los burgueses.

El mismo Papa explica que el mal capital en la cuestión que estamos tratando, es suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, corro si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse perpetuamente en continuo duelo (RN.14).

Cuando Pío XI publicó la encíclica Quadragesimo anno, el socialismo había experimentado una notable evolución. Si desde el comienzo de la Internacional, el socialismo había permanecido sustancialmente unido, el debate sobre la función de la democracia y el Estado para edificar el socialismo, y el deba­te sobre la primera guerra mundial llevó al socialismo a una rup­tura que, a partir de la revolución de octubre, se hizo definitiva y radical. Desde 1917, ya no había un socialismo único; éste se había escindido en dos, el socialismo moderado o democrático y el radical o comunismo.

Esto explica que Pío XI dijera que uno de esos bloques del socialismo… fue a dar en el comunismo que enseña, recu­rriendo a todos los medios, aún los más violentos, la encarni­zada lucha de clases y la total abolición de la propiedad pri­vada. Para lograr estas dos cosas no hay nada que no inten­te, nada que lo detenga, y con el poder en sus manos es inde­cible y hasta monstruoso lo atroz e inhumano que se muestra (QA.112).

Pero el concepto clásico marxista de la lucha de clases ha experimentado una notable evolución en dos aspectos: en lo que se refiere al concepto de lucha y en lo que se refiere al concepto de clase.

La conflictividad social

Acerca del primer aspecto, baste recordar lo escrito por Juan Pablo II. El Papa León XIII, ciertamente no pretendía condenar todas y cada una de las formas de conflictividad social; la Iglesia sabe muy bien que, a lo largo de la historia, surgen inevitablemente conflictos de intereses entre los diver­sos grupos sociales y que, frente a ellos, el cristiano, no pocas veces, debe pronunciarse con coherencia y decisión. Por lo demás, en la encíclica Laborem exercens se ha reco­nocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como lucha por la justicia social. Ya en la QA, se decía que cuando la lucha de clases se abstiene de los actos de violencia y de odio recíprocos se transforma poco a poco en una discusión honesta, fundada en la búsqueda de la jus­ticia. Lo que se condena en la lucha de clases es la idea de un conflicto que no esté limitado por consideraciones de carácter ético o jurídico, que se niega a respetar la dignidad de la persona del otro y que excluye un acuerdo razonable (CA.14).

Las nuevas clases sociales

En cuanto al segundo aspecto, el concepto de clase social ha tomado una nueva dimensión tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

A nivel nacional han aparecido dos nuevas clases sociales: los inmigrantes y ciertas minorías de tipo racial o religioso.

Se dice que los inmigrantes deben integrarse en la socie­dad que los recibe. Pero la integración supone que el grupo social al que llegan los acoja, es decir, los reciba bien, los trate con afecto, los acepte con su cultura y sus modos de ser y, sobre todo, les garantice los derechos y les ayude en el pro­ceso de adaptación a su nueva forma de vida. La integración no es absorción de los individuos y su cultura, la integración exige el respeto a las diferencias para que sea posible la con­vivencia pacífica de diversas formas raciales o culturales.

No parece justo considerar al inmigrante solamente bajo el punto de vista económico; el inmigrante es, por encima de todo, una persona y como tal debe realizarse; y esto requiere que se le reconozcan todos los derechos humanos, sociales, laborales y culturales. De todas formas, también hay que reco­nocerles todos los derechos como trabajadores y en este sen­tido los sindicatos deberían tomar parte activa en la defensa de los inmigrantes para evitar toda forma de discriminación socio-laboral y denunciar los abusos y formas de cuasi-escla­vitud a que se ven sometidas muchas personas.

Acerca de los inmigrantes llamados ilegales, conviene recordar que necesitas caret lege, es decir, la necesidad no tiene ley o está por encima de la ley. Y esos inmigrantes ni pueden ni deben ser considerados como delincuentes. Son personas que actúan así impulsadas por la necesidad de sub­sistir y es necesario, de justicia, ayudarlos.

Es evidente que se debe regular el flujo migratorio. Pero regular no significa enviar de nuevo a su país de origen. Esto es, más bien, una crueldad inhumana y dar un trato injusto e indigno a una persona sumida en una necesidad extrema. Regular significa otorgar un estatuto jurídico estable que garantice los derechos fundamentales y asegure la satis­facción de las necesidades primarias, como la salud, la vivienda y el trabajo.

La doctrina de la Iglesia a este respecto es clara. Juan XXIII dice que ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos de su país; más aún, es nece­sario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio (PT.25).

Juan Pablo II también ha afirmado que el hombre tiene derecho a abandonar su país de origen y buscar mejores con­diciones de vida en otro país (LE.2,3).

Los fenómenos migratorios, dice Juan Pablo II, son un mal necesario y una pérdida para el país del que emigran. Sin embargo, en muchas ocasiones, son el único remedio para conseguir una subsistencia digna mediante el trabajo (cfr. LE.23).

Esta presión migratoria afecta especialmente a los países subdesarrollados. Por eso, el Papa Pablo VI afirma que los hombres consideran injustificable y rechazan como inadmisi­ble la tendencia a mantener o introducir una legislación que se inspira por sistema en prejuicios racistas; los miembros de la humanidad participan de la misma naturaleza y por consi­guiente de la misma dignidad, de los mismos derechos y de las mismas obligaciones… Pensamos también en la precaria situación de gran número de trabajadores emigrados cuya condición de extranjeros hace tanto más difícil toda reivindi­cación social (OA. 16.17).

El mismo Papa asegura que la misma acogida debe ofre­cerse a los trabajadores inmigrados, que viven muchas veces en condiciones infrahumanas, ahorrando de su salario para sostener a sus familias que se encuentran en la miseria en su país natal (PP.69).

Este derecho debe ser reconocido por la legislación de los diversos países, pues es realmente un derecho natural.

Escribió Pablo VI que con relación a los trabajadores inmi­grados es urgente superar una actitud estrictamente naciona­lista, con el fin de crear en su favor una legislación que reco­nozca el derecho a la emigración, favorezca su integración, facilite su formación profesional y les permita el acceso a un alojamiento decente donde pueda venir, si es posible, su fami­lia (0A.17).

También el Papa Juan Pablo II dice que en este sector, muchísimo depende de una justa legislación, en particular cuando se trata de los derechos del hombre dedicado al tra­bajo (LE.23).

A pesar de todo esto, vemos como en muchos países se ponen trabas y dificultades legales que recortan este derecho. Y en bastantes ocasiones se realizan actos injustamente agre­sivos, por parte de individuos o agrupaciones, para hacer imposible a los inmigrantes una vida normal de integración y trabajo.

Acerca de las minorías étnicas y religiosas, es conocida de sobra la triste realidad de Ruanda (hutus y tutsis), Sry Lanka (tamiles y cingaleses), Argelia (integristas y musulma­nes), Pakistán (musulmanes e hindúes), Balkanes (serbios, croatas, bosnios y albano-kosovares), Turquia (kurdos y tur­cos), Irak (kurdos y chiitas), etc.

Es evidente, como explicó Juan XXIII, que todo lo que se haga para reprimir la vitalidad de las minorías étnicas viola gravemente los deberes de la justicia y es mucho más grave si estos criminales atentados van dirigidos al aniquilamiento de una raza (PT. 95).

El 9 de diciembre de 1948, la Asamblea General de Naciones Unidas suscribió un Convenio para la proscripción del genocidio. Sin embargo el problema no se ha resuelto. No obstante, en los últimos años se han creado por el Consejo de Seguridad de la ONU, dos tribunales para juzgar los crímenes cometidos en Ruanda y en la antigua Yugoslavia. Y está en trámite la creación de un Tribunal Penal Internacional.

Sin embargo, también es cierto que en muchas ocasiones, estos grupos minoritarios propenden a exaltar más de lo debi­do sus características raciales propias, hasta el punto de anteponerlas a los valores comunes propios de todos los hom­bres, como si el bien de la familia humana hubiese de subor­dinarse al bien de una estirpe (PT.97).

De aquí ha nacido que estos grupos minoritarios se orga­nicen como agrupaciones pretendidamente nacionalistas y recurran a métodos violentos para imponer sus criterios y uti­licen la violencia terrorista como medio de acción.

Sobre este fenómeno ha sido bien claro Juan Pablo II. El fenómeno del terrorismo, entendido como el propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes y crear un clima de inseguridad y terror; a menudo incluso con la captu­ra de rehenes, nunca es justificable (SRS.24). Y este mismo Papa, en su visita a Irlanda dijo: Quiero hoy unir mi voz a la de Pablo VI, mi predecesor; a las voces de vuestros jefes reli­giosos y a las voces de todos los hombres y mujeres sensatos, para proclamar; con la convicción de mi fe en Cristo y con la conciencia de mi misión, que la violencia es un mal, que la violencia es injustificable como solución de los problemas, que la violencia es indigna del hombre. La violencia es una mentira, porque va en contra de la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende edificar: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano

2°) A nivel internacional, como afirma Juan Pablo II, la primera constatación negativa que se debe hacer es la persis­tencia y a veces alargamiento del abismo entre las áreas del llamado Norte desarrollado y el Sur en vías de desarrollo (SRS.14,21).

Esta división del mundo en dos bloques tiene un sentido social y económico; el mundo de la opulencia, la sociedad de consumo y el mundo de la miseria y el hambre. Pero tiene también un sentido político porque los países del Norte se han repartido los países del Sur en zonas de influencia sobre las que ejercen un verdadero neoimperialismo económico, ideo­lógico y político (SRS.20).

La situación creada es grave pues es inevitable que la con­traposición ideológica, al desarrollar sistemas y centros antagónicos de poder, con sus formas de propaganda y doc­trina, se convierta en una creciente contraposición militar, dando origen a dos bloques de potencias armadas, cada uno desconfiado y temeroso del prevalecer ajeno (SRS.20).

sí se ha provocado una serie de conflictos revoluciona­rios de tipo bélico que han causado enormes ruinas económi­cas y sociales. El empleo de gran parte de los recursos econó­micos en la compra de armas y el sostenimiento de ejércitos ha producido más pobreza de la que trataba de remediar.

Juan Pablo II ha dicho, sobre esto, que si la producción de armas es un grave desorden… respecto a las verdaderas nece­sidades de los hombres y al uso de los medios para satisfa­cerlas, no lo es menos el comercio de las armas. Más aún: a propósito de esto es preciso añadir que el juicio moral es todavía más severo (SRS.24).

Anselmo Salamero

La Milagrosa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *