Doctrina Social de la Iglesia (II)

Mitxel OlabuénagaFormación CristianaLeave a Comment

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CAPÍTULO II: DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Toda la enseñanza social de la Iglesia tiene como base y fundamento la dignidad de la persona humana. Como dijo Juan XXIII, de este transcendental principio… la Iglesia ha deducido, principalmente en este siglo, una luminosa doctri­na social (MM.220)

Esta idea se apoya en una doble consideración: el orden natural expresado en el mismo ser del hombre en cuanto tal, y en el orden de la revelación de Dios, contenido en la Sagrada Escritura. Es decir, en la antropología y en la teolo­gía.

Aspectos antropológicos.

La ciencia sobre el hombre que profesa la Iglesia arranca de la filosofía griega, pero ha evolucionado a lo largo de los siglos y se ha perfeccionado con las aportaciones de la filoso­fía, la psicología, la sociología y otras ciencias humanas.

  1. El hombre, compendio del universo.

La Iglesia afirma que el hombre es un ser que compendia toda la naturaleza creada: material, vegetal y animal. El ser humano está formado por elementos materiales (átomos y moléculas), por elementos vegetativos (nace, crece, se ali­menta, se reproduce…), por elementos de la vida animal (sien­te, se mueve localmente, reacciona ante estímulos…). Pero todos estos aspectos son superados por su capacidad racional, por su facultad de manifestar sus pensamientos mediante la palabra y por su continuo perfeccionamiento humano, cultu­ral, científico y técnico.

En términos generales, afirmó Pío XI: Todo hombre es persona, con dotes de cuerpo y espíritu, un verdadero micro­cosmos, como decían los antiguos, que supera de forma extraordinaria a todo el mundo inanimado» (DR. 27).

Esta doctrina fue recogida por el Concilio Vaticano II al decir que en la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su condición misma corporal, es una síntesis del universo mate­rial, el cual alcanza, por medio del hombre, su más alta cima (GS.24 ) y, por eso, no se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material al considerarse no como una partícula de la naturaleza o como un elemento anónimo de la sociedad (GS.14).

Inteligencia y progreso

La inteligencia y la capacidad para el progreso son cuali­dades únicas en el hombre y, como recordó León XIII, lo que hace que el hombre sea lo que es, es la razón o inteligencia, pues es el único animal dotado de razón (RN.4).

Pero además, como afirma Juan XXIII, el progreso cien­tífico y los adelantos técnicos enseñan claramente que en los seres vivos y en las fuerzas naturales impera un orden mara­villoso y que, al mismo tiempo, el hombre posee una intrínse­ca dignidad, por virtud de la cual puede descubrir ese orden y forjar los instrumentos adecuados para adueñarse de esas mismas fuerzas y ponerlas a su servicio (PT.2). Esto demues­tra que el hombre, por virtud de su inteligencia es superior al universo material (GS.15).

El trabajo.

Este dominio sobre la naturaleza y el perfeccionamiento técnico que es posible por la inteligencia, lo hace el hombre efectivo mediante su trabajo (cfr. LE.1). Por eso se debe entender, como enseña Juan Pablo II, que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre (LE.4), el cual está destinado y llamado al trabajo, por lo que el trabajo está en función del hombre y no el hombre en fun­ción del trabajo (cfr. LE.6,6). Por esto el trabajo es un bien para el hombre, pues no solo transforma la naturaleza y la adapta a sus necesidades, sino que se realiza a sí mismo y en cierto modo se hace más hombre (LE.9,3).

Acerca de los cambios profundos y acelerados que el hombre ha realizado con su inteligencia, su dinamismo inte­rior y su trabajo, el Concilio Vaticano II hizo una larga e importante reflexión (GS.4-7).

Unidad de la persona

Al hablar de la persona humana no se puede hacer como si fuese una yuxtaposición, más o menos ordenada, de muchos elementos (físicos, químicos, biológicos, racionales). La persona es mucho más que una simple suma de elementos: es unidad, es integración de todos esos elementos en una superior unidad psicosomática.

Pío XII profundizó en la reflexión sobre el hombre y afir­mó que éste es una unidad y un todo ordenado, una especie de estado cuya ley fundamental, determinada por el fin del todo, subordina a este mismo fin la actividad de las partes según el verdadero orden de su valor y de su función. En otra ocasión dijo que el individuo, en cuanto unidad total indivisi­ble, constituye el centro único y universal de ser y de acción, un yo que se posee y dispone de sí mismo.

Pablo VI, al exponer la relación entre la persona y el des­arrollo, entiende que éste debe estar en función de la persona, pues es el ser y no el tener lo que determina la perfección de la persona humana y ésta debe adaptarse a una escala de valo­res morales (PP.18-21).

Juan Pablo II también ha considerado este aspecto y, aun­que reconoce que el desarrollo tiene una necesaria dimensión económica, sin embargo no se agota con esta dimensión (SRS.28), sino que debe tener en cuenta la altura de la autén­tica vocación humana a ser más (SRS.28-29).

Libertad y conciencia

El hombre tiene otras cualidades que realzan de modo admirable su especial dignidad. Goza de libertad y libre albe­drío (PT.9; GS.17). Además, no solo tiene conciencia psico­lógica, por la que se da cuenta y es consciente de los actos que realiza, sino que también tiene conciencia moral por la que es capaz de escuchar en su interior una voz que le indica su deber de amar y practicar el bien y de buscar la verdad y, en general, le capacita para ordenar una jerarquía de valores en torno a la cual organizar su vida y su actividad (GS.16).

Sociabilidad

El hombre no es un ser cerrado sobre sí mismo, es socia­ble por su propia naturaleza (PT.31, GS.24), por eso habla, se comunica con otras personas y se une a ellas para el tra­bajo o la convivencia. Precisamente una de las notas carac­terísticas de nuestra época es el incremento de las relacio­nes sociales, o sea, la progresiva multiplicación de las relaciones de convivencia, con la formación consiguiente de mucha formas de vida asociada (MM.59).

 

La manifestación primaria de este sociabilidad, su estruc­tura fundamental, es la familia (CA.39), donde se aprende la convivencia en el amor (GS.48).

Las personas, las familias y, en general, los pueblos orga­nizan y regulan la convivencia pacífica mediante instituciones que se llaman políticas: el Estado es la suprema institución política cuya finalidad esencial es buscar el bien común y tutelar los derechos y libertades de los ciudadanos (PT.54 ; CA.11,b).

La persona superior al Estado

Para la Iglesia es evidente que el hombre, en cuanto racio­nal y sociable, es quien crea el Estado, organiza sus institu­ciones, legitima su autoridad y el ejercicio de la misma, y regula la convivencia mediante normas jurídicas que deben orientarse por principios morales o éticos (PT.52). Pio XII enseñó que es necesario que el orden jurídico se sienta de nuevo ligado al orden moral, sin permitirse traspasar los límites de éste.

Ya Pío XI afirmó que el Estado es para el hombre y no el hombre para el Estado, pues solo el hombre y no la sociedad civil está dotado de razón y voluntad libren.  Porque el hom­bre como persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier ataque de la comunidad que pretenda negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio. Porque el Estado, como tutor del derecho tiene su origen pró­ximo y su fin en el hombre completo, en la persona humana, imagen de Dios.

Aspectos teológicos.

Para la Iglesia, la revelación es la confirmación más plena de los conceptos naturales y del pensamiento racional que explican la dignidad humana. La fe ilumina esa realidad con una perspectiva sobrenatural que realza todos esos valores y añade otros nuevos.

Así lo afirma Juan Pablo II al decir que la Iglesia conoce el sentido del hombre gracias a la revelación divina. Por eso la antropología cristiana es un capítulo de la teología y por esta misma razón la doctrina social de la Iglesia pertenece al campo de la teología. La dimensión teológica se hace nece­saria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana (CA. 55).

  1. El hombre, imagen de Dios.

La razón última de la dignidad de la persona humana es que ha sido creada por Dios a su imagen y semejanza (Gen.1,26). Esta imagen se manifiesta de dos formas: natural, por la capacidad de pensar y amar, por la libertad y por la facultad de convivir con otras personas; sobrenatural, por la gracia, que hace a la persona partícipe de la naturaleza divina (2 Ped.1,4).

El Papa León XIII recordó que el hombre lleva impresa la imagen y semejanza de Dios (RN.30). Juan XXIII repitió la misma idea al afirmar la dignidad del hombre como ser creado por Dios y dotado de alma hecha a imagen divina (MM.249) Y en otra encíclica explicó que Dios creó al hom­bre a su imagen y semejanza, le dotó de inteligencia y liber­tad y le constituyó señor del universo (PT.3).

Juan Pablo II también enseña que hay que tener presente que lo que constituye la trama de toda la doctrina social de la Iglesia es la correcta concepción de la persona humana y su valor único, porque el hombre en la tierra es la sola creatura que Dios ha querido por sí misma. En él ha impreso su ima­gen y semejanza confiriéndole una dignidad incomparable (CA.11).

El Concilio Vaticano II ha recogido toda esta enseñanza sobre el hombre. Afirma que la Biblia nos enseña que el hom­bre ha sido creado a imagen de Dios, con capacidad para cono­cer y amar a su Creador y que por Dios ha sido constituido señor de la creación visible para gobernarla y usarla, glorifi­cando a Dios (GS.12,3).

La capacidad humana para conocer a Dios es el origen del fenómeno exclusivamente humano, de la religiosidad. El hombre, al contemplar la belleza, armonía y leyes del univer­so y de las fuerzas naturales llega al conocimiento de Dios como ser supremo que está por encima de todo y lo gobierna todo con su sabiduría y su poder; y, por eso, le rinde culto y adoración. El espíritu y sentido religioso es tan propio del hombre que se da en todos los pueblos de la tierra. La nega­ción de Dios y la oposición a la religiosidad son una anoma­lía del espíritu, como la enfermedad es una anormalidad del organismo.

  1. El hombre, redimido por Cristo.

Hay otro aspecto que recuerda Juan XXIII. Si considera­mos la dignidad de la persona humana a la luz de las verda­des reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esa dignidad, porque los hombres han sido redimidos con la sangre de Cristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de su gloria eter­na (PT.10).

  1. La naturaleza humana, asumida por Cristo.

El Concilio ha profundizado más y enseña que en Cristo, la naturaleza humana asumida ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encar­nación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen Maria se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado… Por medio de su Espíritu se restaura internamente todo el hombre y, asociado al misterio pascual, llegará a la resu­rrección. Y esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible (GS.22).

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992, expone con amplitud toda la doctrina acerca de la dignidad del hombre y de la mujer (nn.355-373) y de la persona huma­na (nn.1700-1709).

Aspecto sociológico.

  1. La dignidad humana.

La dignidad humana es una cualidad de cada persona indi­vidual que brota de su propia naturaleza, inteligente, libre, sociable e imagen de Dios, por lo que se le debe un especial respeto, es decir, miramiento, atención y deferencia, que debe manifestarse concretamente en el trato, tanto de pensamiento y de palabra como de obra. Este respeto deben manifestarlo las personas, las instituciones del Estado y cualquier otro grupo publico oyrivado (Cfr. Catecismo…, nn.1929-1933).

A esta dignidad esencial, que es igual en todas las perso­nas, se añade muchas veces una dignidad accidental y extrínseca que adquieren algunas personas, sea por la especial fun­ción que desempeñan en la sociedad, sea por tener algunas cualidades o valores excelentes, tanto en el aspecto moral, como en cualquier otro aspecto (humano, cultural, artístico, deportivo, etc.). Esta dignidad extrínseca puede llamarse pres­tigio y es la razón de ciertas diferencias sociales legítimas.

La dignidad esencial de la persona es una cualidad tan absoluta y universal que no existe ninguna razón capaz de anularla, ni siquiera de disminuirla. Cualquier tipo de margi­nación social que implique menosprecio o negación de la dig­nidad de la persona es una injuria que atenta contra lo más sagrado del individuo, porque el alma lleva grabada la ima­gen y semejanza de Dios que hace iguales a todos los hom­bres, y nada hay que determine diferencias entre ricos y pobres (RN.30).

Todo esto es tan claro que la Declaración de Derechos Humanos de la ONU afirma que el reconocimiento de la dig­nidad inherente a todo miembro de la familia humana y de sus derechos, iguales e inalienables, constituye el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo (Preámbulo).

  1. La indignidad.

Un problema especialmente delicado es el hecho de la indignidad personal. Puede decirse que es una cualidad nega­tiva que afecta al individuo que por sus actitudes o sus com­portamientos sociales pierde el afecto de los demás, es margi­nado socialmente y, a veces, castigado por los jueces de acuerdo con la ley.

Estas personas, a pesar de todo, nunca pierden su dignidad humana esencial y tienen derecho a un trato digno. Todo delincuente debe ser considerado siempre como un ser huma­no, imagen de Dios, aunque esta imagen esté deteriorada por actos delictivos o pecaminosos.

Ante una obra artística natural dañada por el paso del tiempo o por cualquier otra causa, se busca un restaurador que, con su paciente trabajo, haga que la obra dañada recobre su primitivo esplendor; es un trabajo largo y costoso pero todo el mundo se alegra al contemplar la obra restaurada. Pues, con mayor razón, hay que hacer que la dignidad de la persona, dañada por su mala conducta, sea restaurada y rein­tegrada en la sociedad.

La Iglesia, cuya suprema ley es la salvación de las almas (can.1752), entiende que las penas que se imponen al delin­cuente son, ante todo, de carácter medicinal, es decir, preten­den la corrección y rehabilitación del delincuente; las penas llamadas expiatorias buscan, además, la reparación del daño causado (can.1312).

Por eso, las penas o castigos que se imponen deben ser siempre según justicia y en ningún caso y bajo ningún pre­texto pueden imponerse penas degradantes o torturas que no respetan la dignidad de la persona humanal.

Como acabamos de ver, todo lo referente a la dignidad humana tiene su apoyo y legitimación en la antropología. Las ciencias humanas y la filosofía ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y hace capaz de entender­se mejor a sí mismo como ser social (CA.54).

Pero la base última y más fundamental, la más profunda, debe ser necesariamente de orden transcendental y religioso porque solo la fe revela plenamente al hombre su identidad verdadera y precisamente de ella arranca la doctrina social de la Iglesia, la cual, valiéndose de todas las aportaciones de la ciencia y de la filosofía, se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación (CA.54).

  1. Conclusión.

La historia, especialmente la actual, ha demostrado la imposibilidad de crear, fuera de Dios, un orden nacional o internacional capaz de conseguir o garantizar la paz y seguri­dad que deben brotar del estricto respeto a los derechos de las personas y a su dignidad. El orden debe buscarse en la digni­dad de la persona y no en la fuerza. Afirma Juan XXIII que la insensatez más característica de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal, sólido y provechoso, sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios (MM.2).

 

Anselmo Salamero

La MIlagrosa

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