Doctrina de la voluntad de Dios

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicenciana0 Comments

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El don a Dios y el servicio al inundo sólo adquieren sen­tido, lo hemos indicado, cuando están inscritos en la realización dinámica del plan de Dios, de la voluntad de Dios. En razón de esta relación dinámica hemos recorrido la trayectoria de Vicente de Paúl. Esta nos ha permitido descubrir la evolución progresiva de su experiencia humano-cristiana de la que ella organiza su explicación, al mismo tiempo que desarrolla y confirma una doc­trina. Sin este recorrido de la experiencia de Vicente de Paúl de la voluntad de Dios, no es posible descubrir el sentido y el significado de su lenguaje. Es menester encontrar al hombre, Vi­cente de Paúl, y a partir de él interpretar sus palabras que, en definitiva, no sirven más que para expresar, comunicar su viven­cia a los «otros». En él, lenguaje y experiencia son la mejor tra­ducción de lo cotidiano. Ambos esclarecen el vínculo que existe en su relación con Dios y con los hombres. La doctrina de Vicen­te de Paúl es la formulación de una experiencia, de una contem­plación activa, de una espiritualidad más mística que ética, orien­tada por la búsqueda y la realización del «buen agrado» de Dios y arraigada en la persona de Cristo, alimentada de las «máximas evangélicas» y no de la escolástica aristotélico-racionalista.

En el movimiento del espíritu de Jesucristo

El espíritu de Vicente de Paúl se encuentra movilizado, dinamizado por dos preocupaciones mayores: vivir en Cristo, reves­tirse de su espíritu’, obrar en él y por él y ajustar lo más exactamente posible la existencia y la actividad humanas al plan mis­terioso de la voluntad de Dios:

Sabemos que nuestras obras no tienen ningún valor si no están vivificadas y animadas por la intención de Dios. Este es el con­sejo del evangelio que nos impulsa a hacer todo por agradarle. Debemos alabar a su infinita majestad por la gracia que ha conce­dido a la Compañía de seguir esta práctica totalmente santa y siem­pre santificante. Sí, desde el comienzo, hemos deseado todos entrar en el camino de los perfectos, que consiste en honrar a nuestro Señor en todas nuestras obras.

Pero la imitación de Jesucristo no es copia literal de sus palabras, ni reproducción material de sus gestos y acciones, sino inspiración continua ante la realidad cambiante. Esta inspiración permite dar densidad a las realidades humanas, que surgen y se desarrollan en la historia. Al mismo tiempo busca hacer inteli­gible la voluntad de Dios y crea un «lugar» donde el evangelio tiene una palabra que decir, una actitud que declarar, una opción que movilizar, una decisión que tomar; un lugar donde Cristo se hace presente y actúa en medio de los hombres: «Cuando se trate de hacer alguna cosa buena decid al Hijo de Dios: Señor, si estuvierais en mi lugar ¿cómo obraríais en esta ocasión?».

Este Cristo «¿qué hizo durante su vida? ¿qué ejemplo nos dio?». El Cristo vicenciano no tiene otro deseo más que rea­lizar la voluntad del Padre:

La práctica de Cristo es hacer siempre y en todo la voluntad de su Padre y por eso dice que ha descendido del cielo no para hacer su voluntad, sino la voluntad de su Padre (cf. Jn 6, 38). ¡Oh, Salvador! … no venís al mundo más que para hacer la voluntad de quien os ha enviado… Sabéis… hasta dónde este afecto sagrado penetraba en el corazón de nuestro Señor. Cibus meus est, decía él, ut faciam voluntatem eius qui misit me (Jn 4, 34); lo que me alimenta, me deleita, me fortifica es hacer la voluntad de mi Padre.

Pero esta voluntad del Padre es una voluntad de servicio al hombre.

En la misma línea de inspiración y de pensamiento, pero en otro registro de expresión, Vicente de Paúl hace girar la imita­ción de Cristo en torno al «revestimiento del espíritu de Cris­to». Este espíritu engendra y moviliza en el espíritu del hom­bre, como en el espíritu de nuestro Señor, «un espíritu de caridad perfecta, colmado de una maravillosa estima de la divinidad y un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas del Padre para admirarlas y ensalzarlas». Estima, conocimiento y amor impulsan a Cristo —y a quienes se revisten de su espíritu— a entregarse, a «anonadarse», a «consumirse» en el don por amor al Padre ” —amor que se realiza sin ilusiones

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en el amor al hombre-, a desligarse de los ídolos -poder, saber, riqueza-, que terminan por arrebatar la libertad al hombre, a tener «un continuo deseo de hacer siempre la voluntad del Padre», que crea y re-crea continuamente al hombre.

Si Vicente de Paúl proclama que «el espíritu de Jesucristo… está derramado en todos los cristianos», sabe que no todos viven y obran en conformidad con este espíritu. Por eso precisa: «Todos los cristianos están revestidos de su espíritu, pero no todos realizan sus obras. Cada uno debe tender a hacerse conforme a nuestro Señor, a alejarse de las máximas del mundo afectiva y efectivamente a ejemplo de nuestro Señor, que se hizo hombre como nosotros a fin de que no sólo seamos salvados, sino salva­dores como él». Para vivir y actuar como Jesucristo «es me­nester alzarse con frecuencia hasta él» 17. Entonces, sólo entonces, se podrá «conocer la altura, la profundidad y la anchura de prac­ticar lo que practicó el Hijo de Dios»: ¿En qué consiste «esta práctica que conduce a Dios y nos llena de Dios?». ¿En qué «cifra» este «Salvador» su «conducta», su «praxis» diríamos nos­otros hoy? En «realizar pronta, continua, total y amorosamente la voluntad del Padre». Por eso, la «profesión particular» que Vicente de Paúl hace, «de practicar lo que practicó el Hijo de Dios», permite crear en él un espacio abierto donde el deseo se expresa en súplica: «Roguemos a nuestro Señor que nos con­ceda la gracia de decir como él: mi alimento es hacer la voluntad de quien me ha enviado… para tener hambre y sed de justicia». A través de esta súplica se manifiesta la búsqueda de una pro­fundidad de existencia, el resorte de un dinamismo de vida, reveladores del querer genuino de quien se ha revestido del espíritu de Cristo:

Pensemos en ellos, esclarezcámonos en ello, encendamos nuestra voluntad para realizar estas divinas palabras de Jesucristo: “mi alimento es hacer su voluntad y acabar su obra” Un 4, 34). Vues­tro agrado, vuestra ambrosía y vuestro néctar fue hacer la voluntad del Padre. Somos vuestros hijos que nos arrojamos en vuestros brazos para imitar vuestra práctica… Señor, si os place dar este espíritu a la Compañía, para que trabaje en hacerse siempre más agradable a vuestra mirada, la colmaréis de ardor para hacerse seme­jante a vos… para que cada uno pueda decir: “vivo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Esta vida en Cristo y esta semejanza con Cristo no sólo hacen «residir apacible y absolutamente a Dios» en el hombre, sino que le «entregan totalmente» al amor, a la obediencia del Pa­dre y le impulsan a buscar su gloria. Al mismo tiempo el Espíritu santo «le otorga las mismas inclinaciones y disposicio­nes que tuvo Cristo mientras vivió en la tierra» y éstas le llevan a «sentir», «juzgar» y «actuar» según el modo de sentir, de juzgar y de actuar de nuestro Señor. Una vez que se encuentra introducido en este movimiento de vida, el hombre «será digno de pertenecer a la escuela de Cristo», donde aprenderá tres máximas, capaces de esclarecer su pensamiento y orientar su acción: anonadarse en la presencia de Dios para vivir de la vida divina, tener un deseo continuo de hacer su voluntad para con­tinuar en el tiempo la creación continua de Dios, consumirse en el don, hecho al Padre, para que todo sea consumado por Cristo en Dios. Anonadamiento y don crean un espacio abierto, don­de Dios se hará presente y actuará en el hombre, con el hombre, a través del hombre y éste no tendrá otra pretensión, otra ambi­ción más que buscar el buen agrado de Dios.

A través del «revestimiento del espíritu de nuestro Señor», Vicente intenta estar en «comunión continua» con Cristo para no tener como él más que «un mismo querer y no querer» con Dios, para entrar en «unidad de Espíritu» con él. Tollo ello le permitirá ajustar lo más exactamente posible su existencia y su acción a los planes de Dios. Este «revestimiento del espíritu de nuestro Señor», que introduce al cristiano en el movimiento de la encarnación y le impulsa a volver continuamente la mirada hacia las «máximas evangélicas», permite acceder a Dios a lo más íntimo del hombre para vivir en él y transformarle. A su vez el hombre se apoyará en Dios y no en él, pertenecerá a Dios y no a él, será de Dios y no de él, vivirá de la vida de Dios a ejemplo de Jesucristo.

En la escuela de Benito de Canfeld

Vicente de Paúl no quiere ser uno de «esos obreros de iniqui­dad que construyen sobre arena y que perecen miserablemente». Tampoco pertenece al grupo de los prisioneros de sí mismos, de los atenazados por sus planes, quienes, ante la oposición a sus proyectos, «piensan bogar contra vientos y mareas, guiados por la estrella de su propia razón» y terminan «por ir a pique mise­rablemente» Conoce sus dudas interiores. Teme, durante toda su vida, encontrarse encerrado, envuelto inadvertida y engaño­samente en la sutileza y fascinación de una herejía. Sólo se libera de sí mismo, cuando es capaz de asumir su pobreza radical, de asumirse a sí mismo, de asumir su historia y de construir su futuro a través de los conflictos provocados por las personas, los acontecimientos y las necesidades. Para conseguirlo, recurre una y otra vez a la experiencia genuina de su existencia humano-cristiana. Este recurso constante a su fe y a su experiencia no sólo no le impide evadirse de la historia, vivir en el engaño y en la ilusión, sino también le permite afrontar la realidad y descifrar en y a través de ella la significación del vínculo íntimo que existe en el problema de la relación del hombre con Dios y con los otros hombres. Al mismo tiempo le impulsa a frecuentar a los maestros de la vida espiritual, que pueden esclarecer su espíritu y oriental la dinámica generadora de su pensamiento, a buscar los crite­rios, que le permiten descifrar el sentido y el significado de la acción. Lo que él pretende cada día, en definitiva, es descubrir y vivir en las condiciones inciertas de la historia una exigencia evangélica. Pero «el espíritu del evangelio», para Vicente de Paúl, «es un espíritu de obediencia a la voluntad de Dios» y la vida de Cristo, clave de lectura del evangelio, «no fue más que un tejido de obediencia» a la voluntad del Padre. En el obrar cris­tiano, la regla, que esclarece y vivifica, es la persona de Cristo.

Semejante actitud de abertura y de búsqueda le hacen estar disponible antes de imponer sus planes. En su búsqueda y en su acción Vicente de Paúl permanece fiel al movimiento genuino que orienta su vida y que le impide encerrarse violenta, contesta­taria o revolucionariamente en sí mismo. Para llegar a descubrir a través del acontecer de cada día el «buen agrado de Dios», permanece sumamente atento a la realidad, que se le impone, y despliega el dinamismo de un triple movimiento: ora, reflexiona, consulta a las personas más competentes. Sabe vivencialmente que a Dios se le busca, se le encuentra, incluso y sobre todo, en el diario palpitar de la vida. Está convencido de que la volun­tad de Dios se descubre progresivamente en el tiempo, en la continuidad y en la novedad, a quienes «están abiertos a las inter­venciones las más extrañas y las menos esperadas de Dios» en la historia. En razón de la preocupación mayor de su existencia —unirse cada día más perfectamente al buen agrado de Dios—Vicente de Paúl, una vez que llega a descubrir a través de la realidad concreta la voluntad de Dios, se entrega totalmente a Dios y se anonada ante él para secundar lo más exacta, perfecta y admirablemente posible los planes de la misteriosa voluntad de Dios.

«La práctica de la voluntad de Dios, afirma Vicente de Paúl, es totalmente santa y siempre santificante». Sin embargo, ¿có­mo descubrir «esta voluntad de Dios, que es el alma de la Com­pañía —del cristiano— y una de las prácticas que debe tener sus preferencias en su corazón… un medio de perfección muy fácil, excelente e infalible, y que hace que nuestras acciones sean accio­nes de Dios?».

En la trayectoria de la experiencia humano-cristiana de Vicen­te de Paúl no se vislumbra ningún rasgo de embriaguez profética ni ningún destello de ilusionismo maravilloso, que deslumbra y ciega al mismo tiempo. Tampoco se encuentra en ella ningún

«aire de deleite» de promesas engañosas para un mañana siempre prolongado, que canta y encanta a los oídos de quienes son inca­paces de asumir la «carencia», la «limitación» humanas. Conoce demasiado a los «iluminados» para vivir en la exaltación lumi­nosa de un iluminismo estéril e instalarse en la despreocupación de una desidia perezosa como uno de ellos. Desconfía de las personas demasiado seguras de ellas mismas, de quienes empren­den, impulsados por un ímpetu febril y animados por un «divertimiento» pascaliano del espíritu, proyectos imaginarios e inopor­tunos, pero que, en definitiva, se revelan incapaces de afrontar las dificultades que la realidad hace aparecer:

Le diré, padre, como ya le he dicho en otras ocasiones, que me temo que se precipite demasiado en todas las cosas… y esto le sucede porque está ocupado continuamente en pensar cómo y por qué medios hacerlas avanzar, y se precipita en la ejecución. Y cuan­do emprende alguna cosa, que luego no va a su gusto, desde que se presentan las primeras dificultades, habla de cambiar. En nom­bre de Dios, padre, piense en esto y en lo que le he dicho en otras ocasiones y no se deje llevar por el ímpetu de los movimien­tos del espíritu. Lo que nos engaña ordinariamente es la aparien­cia de bien según la razón humana, que nunca o rara vez alcanza la divina. Le he dicho en otras ocasiones, padre, que las cosas de Dios se realizan por sí mismas y que la verdadera sabiduría consiste en seguir a la providencia paso a paso. Y esté seguro de la verdad de esta máxima, que parece una paradoja: en las cosas de Dios quien se precipita, retrocede.

El, Vicente de Paúl, teme hasta la ansiedad «hacer sus nego­cios» en lugar de hacer «los negocios de Dios» y desconfía hasta la extrema severidad de llegar a desplazar, a sustituir, la volun­tad de Dios por la suya propia. Sólo se encuentra, cuando acom­pasa todos sus pasos al ritmo de las máximas evangélicas y se introduce en el movimiento del espíritu de Cristo. Sólo se cal­ma, cuando pesa todas sus «acciones en la balanza del santuario» y verifica todos sus pasos “. Buen discípulo de Cristo, pertenece a la raza de los apóstoles y no al linaje de los fariseos. Excelente conocedor de la doctrina evangélica, experimenta que «la verdadera sabiduría consiste en seguir a la providencia paso a pa­so» y no en «cabalgar sobre ella». Sabe que su «salvación está en la obediencia a la voluntad divina» y proclama que «para llegar a la libertad de los hijos de Dios, de esclavos que somos de nosotros mismos y de las cosas», es necesario «no estar some­tido más que a la voluntad del Padre celeste».

Para comprender la doctrina de la voluntad de Dios en Vi­cente de Paúl, se requiere, en primer lugar, analizar la conferen­cia a los misioneros del 7 de marzo de 1659 sobre la conformi­dad con la voluntad de Dios. El conferenciante, después de hacer alusión al pensamiento de Francisco de Sales y de Bérulle, adopta, adaptándola en otro clima espiritual, la doctrina de la Régle de perfection del capuchino Benito de Canfeld. Esta obra, libro de consulta de todos los espirituales del siglo XVII, no sólo la ha leído en compañía y bajo la dirección de su director y consejero, André Duval, sino también la ha meditado personalmente y utilizado durante más de 30 años. La intención de Vicente de Paúl, al exponer a sus discípulos cómo la conformidad con la voluntad de Dios contiene todas las virtudes, no se reduce a exaltar la excelencia y utilidad de esta enseñanza, ni a transmitir un «saber». A través de la disertación, es su experiencia interior lo que intenta comunicar.

El esquema de esta conferencia de Vicente de Paúl corres­ponde en su estructura fundamental a los trece primeros capítulos de la primera parte de la Régle de perf ection y muchas de las expresiones vicencianas pertenecen al maestro capuchino, con­vertido del puritanismo inglés. Como él reconoce cinco modos de discernir y de realizar la voluntad de Dios. No obstante declara su reticencia y desconfianza referente a las «inspiraciones interio­res» y a la «razón» humana como medios seguros de discernir­la. Sólo con la ayuda de la «prudencia cristiana», que ilumina la inteligencia y orienta al espíritu del hombre, encontrará éste la luz que le permitirá discernir el buen agrado de Dios y le evitará caer en la ilusión, en el engaño. Si en este aspecto mo­difica la enseñanza de Canfeld, adopta, por el contrario, su «re­gla» para descubrir y realizar la voluntad de Dios. Como él cla­sifica las manifestaciones de esta voluntad en tres categorías, que solicitan por parte del hombre tres criterios:

Las cosas mandadas y prohibidas. Criterio: la obediencia. El discernimiento, la realización de la voluntad de Dios y, en con­secuencia, la unión con la voluntad de Dios se realiza «ejecu­tando perfectamente las cosas que nos están mandadas y omitien­do hasta el más mínimo detalle las que nos están prohibidas. Y éste debe ser nuestro comportamiento siempre que nos sea evi­dente que tal orden o tal prohibición provienen de Dios, de la iglesia, de nuestros superiores, de nuestras reglas o constitucio­nes».

Las cosas indiferentes, agradables o desagradables. Criterio: la mortificación. «Entre las cosas indiferentes, que se pueden realizar, se deben elegir preferentemente las que repugnan a nuestra naturaleza a las que la satisfacen, excepto cuando las que le agra­den sean necesarias. En este caso la preferencia de las cosas agradables debe estar motivada no porque deleitan a los sentidos, sino porque son más agradables a Dios».

Las cosas indiferentes, ni agradables ni desagradables, y las cosas inesperadas. Criterio: sumisión a la providencia. «Cuando varias cosas, ni agradables ni desagradables en sí mismas, se pre­sentan al ejercicio de nuestra actividad, hay libertad de ejecutar cualquiera de ellas, puesto que se consideran como venidas de la divina Providencia. Y cuando nos acontecen cosas inesperadas, como son las aflicciones o consolaciones corporales o espirituales, todas ellas deben ser recibidas como salidas de la mano paternal de nuestro Señor».

Vicente de Paúl precisa el motivo que debe animar desde el interior toda actividad humana para que ésta permita al hom­bre establecerse en unión con Dios: «Todas estas cosas deben ser realizadas por el único motivo de agradar a Dios y para imitar en ello, en cuanto nos sea posible, a nuestro Señor Jesucristo que hizo siempre las mismas cosas y por el mismo fin: hago siempre, dice, las cosas que están en conformidad con la voluntad de mi Padre»

 

En otro «lugar» y más allá de «querido» y «permitido por Dios»

Para intentar reflejar la bondad de Dios y envolver al hombre en un clima de aceptación, de sumisión, de resignación, moralistas, predicadores, directores de conciencia tratan de encapsular, desde hace siglos, el variado acontecer de cada día en dos expre­siones: «querido por Dios», «permitido por Dios». Semejante manera de catalogar la realidad se inspira, sin duda, en ese fondo común de la herencia filosófico-religiosa del occidente y constitu­ye una de las variantes del antagonismo Dios-Diablo.

La sociedad y la iglesia del siglo XVII francés funcionan dentro de una estructura vertical y dualista. Esta estructura, re­flejo del maniqueísmo cristiano de la época, conjuga implacable y armónicamente todos los mecanismos destinados a despreciar la visión horizontal y ambivalente del mundo, a rechazar todos los particularismos, a suprimir todas las diferencias, a abolir todo germen de autonomía en el campo político y religioso. Las nocio­nes de jerarquía, de autoridad, de obediencia que propaga el catolicismo, sirven para imponer y hacer aceptar el triunfo del

centralismo del «Estado moderno», para proclamar y hacer reco­nocer el poder absoluto y centralizador del rey. Obedecer a Dios, creador de un universo inmutable, significa aceptar por parte del hombre el acontecer de cada día, en espera de alcanzar una felicidad que no es de este mundo. Obedecer al rey, repre­sentante de Dios en la tierra «), significa someterse al orden y a la estabilidad social establecidos. El esfuerzo inmenso de la igle­sia católica, que permite cristianizar y moralizar a la sociedad, impone al mismo tiempo la obediencia total a las manifestaciones de la voluntad divina. Pero estas manifestaciones de la voluntad divina se organizan en el siglo XVII en torno a tres nociones fundamentales: la autoridad, el aspecto sagrado, la figura pater­nal del rey. Estas nociones reflejan una sociedad sacralizada, imagen de una gran familia sagrada dirigida por Dios, el Padre, valorizan toda autoridad paterna -física, política, espiritual- y conducen a vivir en el respeto y en la obediencia filiales. El pesimismo del agustinismo, que invade a la teología católica de esta época, -Bérulle y sus discípulos, Port-Royal y sus adeptos, Compañía del santísimo sacramento- refuerza este clima de sumisión, al proponer al hombre vivir en el ascetismo para re­primir la naturaleza viciada radicalmente por el pecado original y poder acceder a un Dios justiciero, a veces, incluso, «cruel». Ascetismo y represión no sólo conducen a la exclusión de los elementos más peligrosos de la sociedad, al «gran encerramiento de los pobres», sino también a la «sumisión de las almas» y al «suplicio de los cuerpos», a la resignación del hombre a su destino, determinado desde toda la eternidad, a desdeñar la

 

realidad cotidiana y a proyectarse hacia el cielo, verdadero paraíso.

Vicente de Paúl, como cualquier personaje histórico, depende del mundo que le rodea. También él se encuentra salpicado de vez en cuando por el vigor y el rigor en el arte de gobernar a los hombres, no obstante declarar que el alma del buen gobierno es ser invariable en el fin, flexible hasta la extrema severidad en los medios. Vigor y rigor provienen en él mucho más de un sentido agudo de la responsabilidad, de la organización, de la eficacia inherentes y requeridos a la autoridad, que de una acti­tud personal, de una convicción doctrinal. El Dios de Vicente de Paúl no es un Dios de «venganza», «justiciero», «cruel», sino «un abismo de ternura», un «espíritu de misericordia» y el Cristo vicenciano se caracteriza por un espíritu de «ternura», de «compasión», de «caridad perfecta». Este espíritu de Dios, este espíritu de Jesucristo deben ser reflejados, encarnados en las actitudes y comportamientos de quienes tienen que ejercer el arte de gobernar, de dirigir, de orientar a los otros en la iglesia y en la sociedad.

Para captar las articulaciones vivas de la doctrina de Vicente de Paúl referente al discernimiento y a la realización de la volun­tad de Dios, es menester asir el sentido de la diversidad en la unidad que orienta y anima a su espíritu. Sólo así se podrá vis­lumbrar el esfuerzo de todo su ser para llegar a descubrir a través de las situaciones complejas la misteriosa voluntad de Dios y percibir la coherencia y originalidad de su síntesis doctri­nal. El punto de referencia de Vicente de Paúl no se sitúa en la rigidez de un sistema doctrinal, en la construcción de una arqui­tectura conceptual. Su punto de apoyo, su fuerza, es su experien­cia concreta. En lugar de pretender encerrar los cambios, las evo­luciones, las transformaciones acaecidos en el correr de los días en las fórmulas de «querido» y «permitido por Dios», que no sirven con frecuencia más que para tranquilizar las conciencias o someterlas a una resignación perezosa e ineficaz, extraña y con­traria al ser del hombre, Vicente de Paúl habla de la manifesta­ción de «la voluntad activa» y «pasiva de Dios», de «realizar activa» y «pasivamente la voluntad de Dios».

Para él, como para sus continuadores y discípulos, la volun­tad de Dios es un misterio de amor fiel que se revela en la historia, manifestando su plan salvador sobre todos los hombres, sobre todo el mundo. Todo hombre está comprometido a buscar, no sólo a través de lo previsto, proyectado, realizado por él, sino también a través de lo imprevisto e imprevisible que debe asu­mir, lo que tiene que hacer para entrar en el designio de Dios.

Realizar «activa» y «pasivamente la voluntad de Dios», significa para Vicente de Paúl insertar la existencia y la actividad («el hacer y no hacer», el «obrar» y el «padecer») humanas en la vida y en la obra de Dios tal y como han sido reveladas en Jesucristo. Esta inserción reclama una actitud de confrontación, de afrontamiento ante las dificultades de la realidad. Semejante actitud evita el infantilismo y la alienación, la resignación y la rebelión, la apatía y la contestación; al mismo tiempo exige un análisis para comprobar lo que en el correr de los días es de Dios o del hombre, para descubrir cómo Dios solicita en ello una acción o una reacción por parte del hombre. Sólo entonces se cobrará conciencia de que la voluntad de Dios pasa por nosotros, se realiza por medio de nosotros, más allá y por encima de nos­otros, por nuestras acciones libres. Si no actúa más que a través de nosotros, salvo milagro que acontece raramente, con nosotros, más aún, a través de nuestras deficiencias y pecados, pecados per­sonales y pecados de la historia.

A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Vicente de Paúl, descubre complacidamente y lo repite apaciblemente que Dios obra dentro de la historia y no al margen o fuera de ella. La voluntad «misteriosa» y «adorable» de Dios se manifiesta y se desarrolla, en consecuencia, para él en el tiempo. Es en el avanzar concreto de cada día, en los hombres de «carne y hueso» de la humanidad, donde Vicente de Paúl trata de descubrir y de realizar con ahínco y reflexivamente la voluntad creadora y sal­vadora de Dios. Por eso la dinámica generadora de su pensa­miento se inspira, unas veces, en Dios creador, otras veces, se apoya en el Verbo encarnado, enviado por el Padre para salvar y reconciliar a los hombres. Es menester, si se quiere llegar a descubrir la originalidad del pensamiento vicenciano, referente a la voluntad de Dios, introducirle en el movimiento de los dogmas de la creación y de la redención, insertarle en la síntesis de la doctrina vicenciana.

Si la relación entre Dios y el hombre para Vicente de Paúl manifiesta la «nada» ” de la criatura ante Dios, también revela que el hombre —creado a imagen y semejanza de Dios creador (cf. Gén 1)— se encuentra de tal manera asociado a trabajar en la creación continua, que debe en la autonomía de sus iniciativas, de su conciencia, de su voluntad, continuar, llevar hasta su tér­mino la creación de Dios, el plan de Dios, la voluntad de Dios.

En la conferencia a las Hijas de la Caridad del 28 de noviem­bre de 1649, Vicente expone de manera original las ideas claves de una teología del trabajo “. El trabajo del hombre hace a Dios más creador, por eso Dios llama al hombre como asociado suyo en la construcción del mundo, que es la «creación en acto». La conservación del mundo es una creación continua. La relación del hombre con Dios creador, entendida de esta manera, no es en absoluto «alienante». Es cierto que existe una dependencia en esta referencia, pero es una dependencia en una libertad cons­truida en la inteligencia y en el amor. Dios prosigue en el tiempo la obra de la creación, trabaja «continuamente». Vicente de Paúl percibe —e invita a descubrir— la presencia de Dios, su econo­mía, su providencia, su voluntad en el acontecer de cada día. La historia es una «realidad homogénea a la creación». La creación está siempre en acto, por eso para la conciencia de Vicente, como para la conciencia cristiana del hombre, la historia del mundo es «reveladora» del designio de Dios, de la voluntad de Dios (cf. Rom 8, 38-29). En la vida y en el espíritu de Vicente de Paúl el sentido y el valor del trabajo se centran en ser reveladores de la realización del plan de Dios, de la voluntad de Dios. Por el trabajo el hombre se hace «justo» a la mirada de Dios y de la sociedad “. Por esta razón propugna la fuerza productiva del trabajo para la construcción de la solidaridad de los hombres y de la emancipación de los pobres. En la perspectiva vicenciana el «hombre nuevo» tratará de «dominar el mundo» por el tra­bajo, lo pondrá al servicio de los demás y de esta manera «glori­ficará», adorará a Dios: «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas y realizarlas más para encontrarle que para verlas hechas. Nuestro Señor quiere ante todo que bus­quemos su gloria, su reino y su justicia», es decir, la voluntad de Dios.

En la misma línea de pensamiento, pero en otra perspectiva y en otro registro de expresión, Vicente de Paúl relaciona íntima­mente la creación y la encarnación redentora para llegar a descubrir y realizar las exigencias de la voluntad de Dios. El acon­tecimiento, que da sentido a la historia del mundo y la orienta, es una gesta de amor: Dios, en Jesucristo, se encarna en la historia. Esta aventura sensacional de la venida de Dios al mundo se inscribe en el plan creador. Dios creador envía a su Hijo para realizar la liberación, la transformación, la salvación de los hom­bres (cf. 1 Jn 4, 10; Rom 5, 6-11; 8, 32; 2 Cor 5, 14-21). La encarnación se sitúa en el interior de la creación (cf. Col 1, 15­17; 2 Cor 3, 18; 4, 4; Rom 8, 29; 1 Cor 15, 49; Col 3, 10), es una nueva creación (cf. 2 Cor 5, 17; Gál 6, 15), es la ma­nifestación del Verbo creador (cf. Jn 1, 3). De esta manera, la  «economía» de la encarnación da densidad a la creación, al mis­mo tiempo que descubre el sentido de la inmanencia transcen­dente de la antropología. La intervención de Cristo en la historia implica que él «reasume», «recapitula» (cf. Ef 1, 10) el destino del mundo, realizando la voluntad creadora-salvadora del Padre en beneficio y al servicio de los hombres.

Se requiere entrar en este movimiento de la Encarnación para comprender cómo la voluntad creadora-salvadora del Padre, ma­nifestada y realizada perfectamente a tuya. de la enseñanza, de la vida y de la muerte del Hijo encarnado (cf. Jn 6, 16-17; 10, 17-18; 2, 4; 7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1), consti­tuye a los hombres, a su vez, partícipes y artífices de esta volun­tad de salvación, de reconciliación, de unión entre los hombres 88 Sólo después de estar introducidos en este dinamismo de vida, se puede llegar a descubrir y a realizar la voluntad de Dios. Las exigencias concretas de esta voluntad de Dios se realizan para Vicente de Paúl en la búsqueda y en la realización del «reino de Dios y de su justicia», a través de la continuación de la misión de Cristo. Por eso el discernimiento y la realización de la volun­tad de Dios no organizan para él verdades, sino operaciones.

La necesidad y los acontecimientos son los signos más indiscutibles de la voluntad divina

A quienes buscan discernir y realizar la voluntad de Dios, Vicente de Paul los previene contra una tentación permanente y contra los demonios familiares que la provocan: el repliegue en sí mismo, ante la novedad de cada día. Este repliegue, pro­vocado por la aprehensión ante el mañana y alimentado por el miedo natural de fracasar en la existencia, crea en el hombre una división interior, una ruptura con el exterior y engendra, en definitiva, una «esquizofrenia» interior.

En toda edad y en todo tiempo el hombre lucha por adquirir las «seguridades» que pueden permitirle aspirar a la realización de su sueño, de su éxito. En la edad joven estas seguridades se concretan con frecuencia en la «fidelidad al futuro», a la realidad. En la edad madura estas seguridades se concretan con frecuencia en la «fidelidad al pasado», a la ley. La diferencia entre la ley y la realidad es la misma que existe entre la obligación y la exi­gencia. La ley fija, encierra, por eso tranquiliza, asegura, defiende. La realidad abre, moviliza, por eso interroga, inquieta, acusa. Des­graciadamente se desconoce casi siempre y se olvida con frecuen­cia que la ley surge de la realidad. Semejante desconocimiento, semejante olvido, impiden a la ley realizar su cometido principal: discernir en el momento presente cómo ayudar al hombre a orien­tar la existencia y la actividad humanas ante las situaciones con­flictivas y complejas que la realidad suscita e impone. Cuando existe oposición entre la ley y la realidad, cuando el hombre llega a constatar que la obligación de la ley está en contradicción con la exigencia de la realidad, hay que tener valentía y rapidez para cambiar la ley, si no se quiere provocar demasiados accidentes graves, mortales incluso, a través del largo y sinuoso caminar de la vida en la búsqueda y realización de la voluntad de Dios “. Es menester si no se quiere ser infiel al sentido genuino de la ley y al carácter concreto, inquebrantable de la realidad, hacer una relación constante y mutua entre la una y la otra. Sólo esta rela­ción viva entre la ley y la realidad impedirá al hombre instalarse en el conservatismo vano o embalarse en el ilusionismo —futu­rismo— estéril, hacer un absoluto de la ley, o despreciarla abso­lutamente. Sólo esta relación viva entre la ley y la realidad ayudará al hombre a discernir y a realizar la voluntad de Dios en el momento presente de cada día.

Si hay que escuchar a Dios y obedecerle pronta, total y amo­rosamente, no se puede ignorar, olvidar que Dios se expresa a través de diversos registros de expresión. Pascal declara admira­blemente: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, sería necesario obedecerlos con complacencia. La necesidad y los acon­tecimientos lo son infaliblemente». Para Vicente de Paúl que profesa la «devoción especial de seguir a la adorable Providencia de Dios paso a paso» y cifra en ello «la verdadera sabiduría», la necesidad y los acontecimientos son «evangelio» y «profecía». Si nos situamos en la perspectiva de Vicente de Paúl y adaptamos su ángulo de visión, descubriremos que Dios se manifiesta a través de dos «necesidades», producidas por los acontecimientos y las personas: la miseria material y la miseria espiritual que pululaban por las calles de las ciudades, se albergaban en los pueblos y recorrían los caminos en la primera mitad del «gran siglo».

Vicente de Paúl sabe perfectamente que se requiere estar atento a la providencia de Dios, es decir, a la voluntad de Dios, que se manifiesta obrando a través de lo provisional, a través de lo previsto, lo imprevisto y lo imprevisible. Por eso afirma serenamente: hay que «someterse a Dios en los acontecimien­tos». Esta sumisión no tiene nada que ver con la inercia pere­zosa, con la pasividad enfermiza de quienes, bajo el pretexto piadoso de identificar lo acaecido con lo «querido» o «permitido por Dios, se desentienden de las exigencias que Dios formula en los acontecimientos. Esta sumisión exige, por el contrario, la

movilización de todo el ser del hombre para poder responder a través de los acontecimientos a las múltiples formas del único amor de Dios, expresadas y requeridas en ellos. Ante la oposición de Bérulle y de la Sagrada Congregación de la Propaganda a la aprobación de la Congregación de la Misión; ante la oposición pública, casi agresiva en 1649, larvada, en otras ocasiones, de Mazarino a las perspectivas y a la manera de proceder de Vicente de Paúl; ante los reproches de Saínt-Cyran referentes a la organización de la Congregación de la Misión y de las misiones populares, Vicente ora, reflexiona, pide consejo a las personas competentes. Este triple movimiento le impide encerrarse agre­sivamente en sí mismo y le crea el clima en el que no «respirando más que Dios» no «aspira más que a Dios», es decir, «a buscar y realizar el Reino de Dios y su justicia», la voluntad de Dios.

Los acontecimientos, no obstante la ambigüedad que los caracteriza, son «lugares» donde Vicente de Paúl llega a discernir la voluntad de Dios. Para arribar a este discernimiento, primero los acoge, después los analiza con rigor y objetividad, finalmente se compromete activamente en ellos. El dinamismo de este triple movimiento le permite descubrir en los acontecimientos, en razón de la significación humana y evangélica que contienen, los signos del «Reino». Tomar posición ante ellos es para él un modo, entre otros, de anunciar el evangelio, de hacer inteligible la voluntad de Dios y al mismo tiempo un medio de pensar su fe bajo la urgencia de una situación humana, concreta. Compromiso y reflexión crean en el espíritu de Vicente de Paúl una fuerza de renovación extraordinaria, que le lleva a descubrir y a vivir las exigencias de la voluntad de Dios en las condiciones de la historia viva, febril, apasionada, desgarrada de su tiempo. En su acción vive una oración y en su oración alimenta la acción. Por eso declara simultánea e invariablemente: «Es necesario la vida inte­rior, es menester tender a ella y si se fracasa en esto se fracasa en todo». «Es menester acudir a las necesidades del prójimo como se corre cuando hay un incendio». Reflexión y compro­miso conducen a Vicente de Paúl a abordar los acontecimientos, a descubrir en los cambios, provocados por ellos, las nuevas exigencias expresadas y presentadas por Dios. Atento a los aconte­cimientos, inspirándose en sus exigencias, descubre nuevas formas, favorables en definitiva al pueblo de Dios, de vivir el evan­gelio. Estas formas, expresión del espíritu de invención, de creatividad de Vicente de Paúl, responden a los cambios y nece­sidades sobrevenidos en la iglesia y en la sociedad y permiten a otras conciencias prolongar en el tiempo la búsqueda y la reali­zación de la voluntad de Dios. La mayoría de los hombres en la iglesia y en la sociedad prefiere la seguridad a la libertad, la estabilidad al cambio. Vicente de Paúl prefiere la libertad, el cambio. Por eso evitará permanecer controlado por «el cuerpo social», por «el cuerpo eclesial» al que pertenece. No permitirá ser «retenido» por lo que prohibe o manda el cuerpo social, el cuerpo eclesial que le «sostiene», sino por el «deseo» del «Otro», que viene, por la alteridad «absoluta» de la voluntad de Dios. El arte y la gracia de Vicente de Paúl consisten en moverse y actuar en el terreno de lo permitido.

Para permanecer fiel a Dios en los acontecimientos, en los cambios suscitados por ellos, es menester descubrir las causas que los provocan —de dónde provienen—, los fines que pretenden —a dónde conducen— y entrar en ese movimiento. De lo con­trario el hombre no puede comprender la importancia que tienen en su vida, en la vida de los hombres, ni puede responder a las exigencias de la voluntad de Dios transmitidas en ellos. Dios actúa continuamente en la historia, en la cual se desarrollan los acontecimientos. La fidelidad a Dios se traduce, en consecuencia, por fidelidad a la historia. Los acontecimientos no tienen sentido independientemente de la «historia santa», que se continúa cons­tantemente en el tiempo, de la libertad del hombre, que se com­promete en ella con todas sus consecuencias, con todos sus ries­gos. La voluntad de Dios para Vicente de Paúl, lo hemos seña­lado, se descubre progresivamente en el tiempo, en la continui­dad y en la novedad. Este estar atento a esta continuidad y a esta novedad, supone volver al origen, a la fuente del aconteci­miento, entrar en el movimiento de la historia y exige la abertura de todo el ser del hombre. Sin estas condiciones no se puede encontrar a Dios en los acontecimientos, ni aprender a ser fiel a Dios en la movilidad. Por eso Vicente de Paúl interpreta los acon­tecimientos a través de su experiencia original, re-creadora y de acuerdo con el espíritu del evangelio, con el espíritu de Cristo.

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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