Doctrina espiritual de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jesús María Muneta, C.M. · Año publicación original: 1974 · Fuente: Libro "Vicente de Paúl, animador del culto".
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Tres corrientes de espiritualidad afluyen al espíritu asimi­lador de Vicente, dando como resultado un caudal inagotable, rico de vitalidad, sumamente original, a donde decenas de gru­pos religiosos, con el cántaro de la inquietud espiritual, van a recoger su carisma evangélico. Así es de abundante su espíritu.

Pedro Bérulle le adentra por los senderos de la contempla­ción del Verbo Encarnado; Francisco de Sales le cautiva con su dulzura y mansedumbre; Benito Canfield le orienta en el dominio de la voluntad humana. La mística y ascética española y renano-flamenca, con Teresa de Jesús, Luis de Granada, To­más de Kempis, le dan aquel temple de asceta, de hombre ro­busto, indomable ante la falsa actitud o baja política, obediente a la voluntad de la Iglesia y observador fino de los signos de los tiempos.1

1. Influencia del Oratorio.

Recién llegado Vicente a París se pone bajo la dirección espiritual de Pedro Bérulle, «uno de los hombres más santos que he conocido», dirá más tarde.2 Eran aquellos, años duros para la Francia católica, envuelta en lucha religiosa con los hugonotes. En 1611, tras el asesinato de Enrique IV y con el nuevo rey en el trono, se esboza la restauración de la paz polí­tica y, lentamente, la religiosa. La reforma de la Iglesia no sur­ge ni por decreto real ni por la Asamblea del clero, opuestos por el momento a llevar a la práctica las prescripciones del concilio de Trento. La presión reformatoria viene de aquellos hombres que están bajo la tutela espiritual de Bérulle. «El retiro ha terminado, aquellos hombres se deciden a poner en práctica las doctrinas estudiadas. Bérulle cree que, para sal­var a Francia, es necesario una congregación de sacerdotes, los cuales, imbuídos en el estudio de la vida cristiana, sean fermento del pueblo: nace el Oratorio. Bourdoise juzga, que primero, conviene reformar el clero, haciéndolo vivir en pe­queñas comunidades, y en éstas, formar a los futuros sacer­dotes. Vicente afirma la necesidad de organizar una sociedad de apóstoles que evangelicen a la pobre gente del campo: nace la Misión».3 Tres estilos para una misma empresa: salvar la Iglesia de Francia.

Si Vicente aceptó el curato de Clichy y la entrada en el círculo de la familia de los Gondí, lo hizo por consejo de Béru­lle.4 La relación de amistad y apostolado entre Vicente y la Misión con el Oratorio fue larga y admirablemente sentida. Vicente sustituye al Bourgoing en el curato de Clichy; de Con­dren dirá en la oración fúnebre que «no se puede encontrar un hombre semejante a él».5

Pedro Bérulle lo inicia en la contemplación de la vida inte­rior del Verbo-Encarnado: es preciso, en la oración, penetrar la oblación sacerdotal, la filiación divina y humana del Verbo. Es Cristo el centro de la contemplación y de la irradiación: de Cristo se desliza todo y a El converge. He aquí el «cristocen­trismo» como médula de la espiritualidad.6

Si las cédulas madres de la espiritualidad son ofrecidas por esta visión «berullana», ellas serán recreadas con originalidad por el genio práctico y realista de Vicente: saldrá una espiri­tualidad en esta línea, pero menos metafísica y más orientada a la acción: el Verbo-Encarnado se encarna a su vez en el hombre pobre.7

El gran mérito de la «escuela berullana» fue el haber dado a la Iglesia grandes figuras, que aparte los de la propia casa, puede contar a Bourdoise, Juan Eudes, Olier… y Vicente de Paúl, el más grande de todos, que ha superado con creces la robusta personalidad del maestro.8

Así habla Vicente de Paúl del Verbo Encarnado:

«Cuando el Hijo de Dios se encarnó, escogió tomar una vida común para conformarse a los hombres y de esta suerte llevar­los más fácilmente al Padre. Y no sólo tomó nuestras maneras naturales, sino en cierta manera las morales… También adoptó la misma manera de obrar. Para mejor insinuarse en nosotros, se hizo semejante a nosotros; y como la semejanza engendra el amor, quiso aparecer y obrar como nosotros, para arrastrarnos a su amor; quiso injertarse en nuestra naturaleza para unirnos a El, y se hizo hombre para enseñarnos con su manera de vida cómo debemos de vivir. El era la imagen de su Padre; y como si esto no bastara, quiso unir a esta imagen adorable la unifor­midad con los hombres, para ganarlos a todos» (XII, 250-251).

«Vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y de­bemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y nuestra vida debe estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo y para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo» (I, 295).

«Ruego a Nuestro Señor que El sea la vida en nuestros co­razones y que El me haga digno de la gracia que he recibido de su divina misericordia. Ruego a Nuestro Señor que sea la vida de nuestra vida y la única aspiración de nuestros corazones» (III, 355).

«Ruego a Nuestro Señor que podamos morir a nosotros mismos para resucitar con El; que él sea la alegría de vuestro corazón, el fin y el alma de vuestras acciones y vuestra gloria en el cielo. Así será, si desde ahora nos humillamos como El se humilló, si renunciamos a nuestras propias satisfacciones para seguirle, llevando nuestras pequeñas cruces, y si damos gustosamente nuestra vida como El ha dado la suya por nues­tro prójimo, que El ama tanto y que El quiere que le amemos como a nosotros mismos» (III, 629: a un sacerdote, 27 marzo 1650).

«Nuestro Señor será nuestro guía y conducta en todos los negocios» (III, 427: a Luisa de Marillac, 9 abril 1648).

«Tengamos más cuidado de extender el imperio de Jesu­cristo que el que nosotros poseemos. Hagamos sus negocios; El hará los nuestros» (III, 552).

2. Influencia de Francisco de Sales.

En dos ocasiones, 1618 y 1619, tuvo Vicente la oportunidad de encontrarse con el autor de la «Introducción a la vida de­vota», de quien dirá más tarde «era la imagen sensible de la Bondad de Dios». De él aprende la bondad, delicadeza, manse­dumbre, afabilidad de trato. Vicente leía con lágrimas los es­critos del obispo de Ginebra. La estima se hizo mutua: Fran­cisco encomienda a Vicente la dirección espiritual de la madre Chantal y de su monasterio de la Visitación; éste a su vez, asi­milando la doctrina y virtudes del maestro, lo propone como «modelo y maestro» a sus misioneros. No hay apenas página en que no se cite su doctrina, su método de oración, sus vir­tudes, su amor a los niños…

En aquellos encuentros se habló de la integración de la vi­da religiosa en el mundo, de la santificación de los laicos, de la reforma del clero, de la sencillez en la predicación…, de tan­tos otros problemas, como sólo lo saben hacer los santos.9

He aquí el eco del obispo de Ginebra que se escucha en el pensamiento doctrinal de Vicente:

«Si el amor de Dios es un fuego, el celo es su llama, y si el amor de Dios es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo que hay de más puro en el amor de Dios».

«La caridad y la devoción no son muy diversas la una de la otra, como sucede entre la llama y el fuego».10

El método de oración mental fluye de la «Introducción a la vida devota». En este particular Vicente le es deudor, así como en la doctrina del amor a Dios, la relación hacia su fami­lia y parientes, deriva del «Tratado del amor de Dios».11

Textos de Vicente de Paúl sobre el Amor de Dios;

«Amor es querer bien a alguien, desearle un bien, que to­dos conozcan su mérito, que lo estimen, que le procuren el ho­nor y el contento que de ellos dependa… Y cuando el amor es más perfecto, más sublime y elevado es el bien que se quiere para la persona amada. No habiendo nadie más perfecto que Dios, se sigue que el amor que se le tiene haya de ser santo y tenderá a desear su mayor gloria y todo aquello que pueda re­dundar en su honor…» (IX, 43).

Amor afectivo.

«El amor afectivo procede del corazón. La persona que ama está llena de ternura y de gusto, ve a Dios continuamente presente, encuentra satisfacción en pensar en El y pasa insen­siblemente su vida en esta contemplación. Gracias a este amor cumple sin dificultad, y aún con gusto, las acciones más difíci­les y se hace cuidadosa y diligente en todo lo que la puede ha­cer agradable a Dios. Por fin se baña en este divino amor, hasta el punto de no encontrar gusto en cualquier otro pensamien­to. El amor afectivo es como una efusión de la persona amante en la persona amada… También se puede decir que es la ter­nura en el amor. Tenemos que amar a Nuestro Señor tierna y afectuosamente. A la manera que un niño no puede sufrir la ausencia de su madre y la llama, así un corazón que ama a Nuestro Señor no puede sufrir su ausencia, tendiendo a abra­zarse con El por medio del amor afectivo. Este amor es causa del amor efectivo. No basta el primero, los dos son necesarios. Estos dos amores son como el alma de la vida cristiana y con ellos se ama a Jesucristo tierna y constantemente: alegrándo­nos cuando se habla de El, se piensa en El y se sueña en El, quedando el alma llena de consuelo cuando se saborea el ha­ber sido llamada para servir a Dios en la persona de los po­bres» (XI, 43).

Amor efectivo.

«El amor efectivo consiste en hacer las cosas que manda o desea la persona amada, y de esta clase de amor habla Nuestro Señor: «Si alguien me ama, cumplirá mi palabra». Hay amor efectivo cuando se obra por Dios sin sentir sus delicias. No es perceptible al alma, ni lo siente; sin embargo, no por esto deja de producir su efecto ni cumplir su acto. El bienaventurado obispo de Ginebra lo aclara con una comparación; un padre tiene dos hijos, uno de ellos es pequeño. El padre acaricia al pequeño, se divierte al verle jugar, se complace en oirle balbucir, piensa en él cuando no lo ve… El otro hijo es todo un hombre de veinticinco o treinta años, dueño de sus actos; va donde quiere y vuelve cuando quiere; lleva los negocios de la casa; parece que el padre no le ama, no le da muestras de ca­riño… Mas cuando se trata de repartir los bienes, será el hijo mayor el beneficiario de la mayor parte de los bienes. Con este ejemplo queda claro cómo, aunque el padre tenga para el pe­queño un amor más sensible, para el mayor lo tiene más efec­tivo. Hay quienes aman mucho a Dios, sienten mucho gusto en la oración, gran suavidad en todos los ejercicios y mucho con­suelo en recibir los sacramentos. Hay otras almas que no sien­ten a Dios, nunca saben qué es tener gusto en la oración. Con todo, no dejan de hacer la oración, ni de trabajar incansable­mente. ¿Dejan por esto de amar a Dios? De ninguna manera, porque ellas hacen todo lo que practican las demás y ello con un amor tanto más fuerte cuanto menos lo experimentan. Este es el amor efectivo, aunque no se deje ver» (IX, 475-478).

«Es cierto que la caridad, cuando habita en el alma, ocupa enteramente todas sus potencias. No deja descanso, es un fue­go que se agita sin cesar; tiene siempre en movimiento y ac­ción a la persona a quien abrasa. ¡Oh, Salvador! La memoria no quiere acordarse sino de Dios; detesta todos los otros re­cuerdos y los tiene por importunos; los desecha; sólo le pue­den agradar aquellos que le representan a su Amado. Necesita hacerse familiar su presencia, aún al precio que sea; hay que conseguir que tal presencia sea continua» (XI, 215-216).

«Dios conoce nuestras miserias y por su misericordia suple nuestros defectos; hay que tratar con El buenamente, no apu­rarnos tanto: su Bondad y Misericordia nos darán lo que ne­cesitamos. Me acuerdo de unas palabras de Monseñor de Gi­nebra, palabras divinas y dignas de tan gran hombre: «No que­rría ir a Dios, si Dios no viniese a mí». ¡Palabras admirables! No querría él ir a Dios, si Dios no fuese primeramente a él. ¡Oh, esas palabras salen de un corazón perfectamente saturado de la ciencia del amor! Siendo esto así, un corazón verdadera­mente movido de la caridad, que entiende lo que es amar a Dios, no querría ir a Dios, si Dios no se le adelantase y no le atra­jese con su gracia. Dios cuando quiere comunicarse, lo hace sin esfuerzo, de una manera sensible, suave, dulce, amorosa.

Pidámosle el don de la oración; Dios, por su parte, no quiere otra cosa» (XI, 220-221).

3. Influencia de la «Regla de la Perfección» de Benoit Canfield.

Hay un cerebro gris en el renacer de la espiritualidad fran­cesa del Gran Siglo. Los estudios de estos últimos años ponen en evidencia el influjo que ejerció la «Regla de la Perfección» en los hombres claves del despertar religioso de Francia. Be­noit Canfield era un converso anglicano que se refugió en Fran­cia donde vestiría las libreas de capuchino, llegando a ser un famoso director de conciencias. Su experiencia espiritual que­dó sellada en la «Regla de la Perfección» —camino breve y se­guro—, donde fija la voluntad humana en la voluntad divina, mediante el ejercicio del amor puro. El hacer todo, «porque tal es la voluntad de Dios», podía conducir a las almas no ya a la contemplación, sino a aquella morada —tercer círculo del ana­grama— en la que el alma será totalmente de Dios, como si fuera absorbida por la Divinidad. Esta doctrina del capuchino inglés orientó toda la ascética del dominio de la voluntad hu­mana en relación con la divina. En ella bebieron Pedro Bérulle y los suyos, Vicente de Paúl y los círculos inquietos de París. La práctica exagerada de algunas de las ideas de la «Regla de la Perfección» por los jansenistas pusieron en entredicho la obra, hasta el punto de ser introducida en el Indice. Hoy nadie duda de la ortodoxia de Benoit Canfield.12

He aquí algunos pensamientos de Vicente de Paúl sobre el ejercicio de la voluntad humana en orden a la santificación y su semejanza con el pensamiento de la «Regla de la perfec­ción», que se expone en nota.13

«Y porque la santa práctica de hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios es un medio seguro de adquirir en poco tiempo la perfección cristiana, cada uno procurará, en cuanto le sea posible, el familiarizarse con ella, cumpliendo es­tas cuatro cosas:

Primero: ejecutando como es debido las cosas que nos son mandadas, y huyendo cuidadosamente de las que nos son prohibidas, y eso siempre que nos conste que tal mandato o prohi­bición viene de Dios, de la Iglesia, de nuestros superiores o de nuestras Reglas o Constituciones.

Segundo: escogiendo entre las cosas indiferentes aquellas que repugnan a nuestra naturaleza más que las que aquellas que la satisfacen, a no ser que éstas sean necesarias, pues en este caso hay que preferirlas a las otras, pero considerándolas siempre en cuanto son más gratas a Dios y no en cuanto de­leitan a los sentidos. Si se presentan varias cosas indiferentes por naturaleza, entonces conviene elegir indiferentemente lo que uno quiera, como venido de la Divina Providencia.

Tercero: recibiendo con igualdad de ánimo las cosas que nos suceden inopinadamente, como las aflicciones o consuelos, sean corporales o espirituales, por venir de la mano paternal de Nuestro Señor.

Cuarto: haciendo todas las cosas, porque tal es el beneplá­cito divino y por imitar en ello en cuanto nos sea posible, a Nuestro Señor Jesucristo…

Añade la Regla que el cumplimiento de la voluntad de Dios en todas las cosas es un ejercicio que nos ayuda a adquirir la perfección propia de un cristiano y de un misionero. Es de notar «que los maestros de espíritu proponen diversos ejerci­cios, que ellos practicaron de diversas maneras. Unos se pro­pusieron (Francisco de Sales) la indiferencia en todo, siendo de parecer que la perfección consiste en no rehusar ni desear nada de cuanto Dios envía. Ejercicio santo el de querer lo que Dios quiere sin querer nada en particular.

Otros se proponían obrar con pureza de intención, mirando a Dios en las cosas que suceden. El ejercicio de hacer siempre la voluntad de Dios es más excelente que todo esto: compren­de la indiferencia y la pureza de intención y los demás modos que han practicado y aconsejado… Se verá que Dios es más glorificado con la práctica de la unión a su voluntad que con todos los otros medios de santificación, y que no hay nadie que más honre a Dios que aquel que se dedica a esta santa práctica». (Reglas Comunes, c. II, 3; XI, 319).

«Sabemos también, Señores, que nuestras obras no tienen valor alguno, si no están animadas de la intención de agradar a Dios. El Evangelio nos aconseja que hagamos todo por com­placer a su Divina Majestad».

Norma práctica para adherirnos a la voluntad de Dios.

«Antes de obrar, preguntarnos: ¿Esto que voy a hacer es conforme a las máximas del Hijo de Dios? Si es así, hacerlo, y si no, decir: No lo haré. O bien: Señor, si estuvieras en mi lu­gar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿Cómo instruirías a tu pue­blo? ¿Cómo consolarías a este enfermo de alma o de cuerpo?» (XI, 348).

Examinando más detalladamente esta adhesión de la vo­luntad humana a la voluntad de Dios, encontramos un matiz peculiar, intenso y delicado: es la comunión en los mismos sentimientos de Jesucristo; actuar con el mismo estado de áni­mo con el que él mismo actúa; y con su mismo sentir, no el nuestro, dirigirnos al Padre y a los hombres.

Escribiendo a Francisco Dufestel, el 26 de agosto de 1642, tras comunicarle el profundo dolor que siente por el abandono de la Misión de varios misioneros, le dice: «Después de la sa­lida del padre Louistre, me puse a rezar el oficio con ese sufri­miento; pero Dios quiso consolarme con el recuerdo que tuve de que, cuando llegaba la hora del combate, él mandaba pro­clamar al son de la trompeta que todos los que tuviesen mie­do, los que se hubieran casado, o plantado una viña, o cons­truído una casa aquel año, se retirasen, por creer que esa clase de hombres hacían más daño que provecho a la hora de com­batir. Y en seguida pensé que, lo mismo que algunos habían fallado en su vocación por culpa de uno solo que tenía ese mal, así ellos no harán tanto mal a la compañía como si hubiesen permanecido en ella toda su vida; de este modo Dios me quiso consolar extraordinariamente. En el nombre del Señor, hay que honrar la inmensa multitud y el pequeño número de los que siguieron y perseveraron al lado de nuestro Señor; quiero de­cir que DEBEMOS HONRAR EL ESTADO DE SU ESPIRITU EN AQUELLAS OCASIONES». (II, 287).

Escribiendo Vicente al superior de la casa de la Misión de Roma, Bernardo Codoing, tras comunicarle las primicias de la asamblea celebrada en san Lázaro, le dice: «HAGA EL FAVOR DE HONRAR EN ESTO EL SILENCIO DE NUESTRO SE­ÑOR». (II, 308).

4. Otras influencias.

Vicente profesó veneración a la ascética y mística espa­ñolas. Conocía la vida y obra de Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo, a la que llama la «Gran maestra de la vida espi­ritual» (IV, 577); San Vicente Ferrer, cuyos escritos tenía a la cabecera de la cama; el P. Granada, recomendado insisten­temente para los días de ejercicios y días de retiro. A la Com­pañía de Jesús se la llamaba en familia la «Gran Compañía» en oposición a la Misión, la «pequeña». Vicente conocía la vi­da y obra de Ignacio de Loyola, las reglas de su Compañía, sus votos, su predicación, los ejercicios, el método de enseñanza. La doctrina espiritual de la «Gran Compañía» es presentada por Vicente a los misioneros como modelo a seguir. En San Lázaro y en las casas de la Misión se hacía la lectura del co­medor en los escritos del P. Rodríguez, práctica que ha sobre­vivido hasta nuestros días. Ignacio, Francisco de Javier, los Jesuitas de Francia…, son citados y comentados en los escri­tos del santo.14

Hay otras influencias espirituales, llamémoslas menores, que han enriquecido el espíritu de Vicente: la Imitación de Cristo, la ascética y mística flamenco-renana, el Libro de me­ditaciones del P. Busée, jesuita; sin olvidar el influjo de su director espiritual, el «santo y sabio» teólogo M. Duval.15

Todas estas corrientes de espiritualidad le descubrían la «Gran Figura» del Verbo Encarnado, que está presente ante el Padre como víctima, y ante los humanos como misericordia. Le iluminaban con sus rayos los distintos momentos del Cris­to histórico: Cristo pobre y para los pobres, que sufre y es calumniado en ellos; Cristo compasivo, misericordioso y lleno de dulzura para ellos. Le impulsaban a conectar su vida con la voluntad de Dios, siempre buscada, con la divina Providencia, pues ésta, en definitiva, dirige el acontecer del mundo.

«¿Qué hacer en este momento? Aquello que haría Cristo. He aquí la sabiduría vicenciana ofrecida a los suyos (XI, 53).

«Jesucristo es la regla de la Misión». La inspiración evan­gélica de la doctrina vicenciana es total. Las Reglas son tan sólo el compendio del Evangelio más acomodado a los misio­neros.16

5. Síntesis doctrinal.

He aquí los elementos básicos de la espiritualidad de Vi­cente:

  1. Apoyarse en Dios y no en sí mismo.
  2. Establecer el reino de Dios primero en sí mismo, des­pués en los demás.
  3. Uno mismo es el amor al prójimo y el amor a Dios.
  4. Unir el amor afectivo al amor práctico.

De tal reflexión evangélica se deduce:

  1. Que el pensamiento se orienta a la acción: «La caridad es un fuego que ilumina, inflama y consume».
  2. Que se debe unir a los hombres entre sí y a éstos, a su vez, unirlos a Dios: «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo». Debemos honrar los sentimientos de Jesucristo y con ellos diri­girnos al Padre.

Vicente extrae su fuerza y carisma del Evangelio: «Ponerse al servicio de Dios en y por el servicio del hombre».

Paradoja: «Es necesario dejar a Dios por Dios».

Así habla Vicente, «hombre de Dios y hermano de los hom­bres».

Así habla Vicente, «maestro de la vida espiritual».17

  1. Cf. Mission et charité, n. 29-30, dedicado a la espiritualidad de la «escuela francesa del siglo XVII».
  2. COSTE, XI, 128.
  3. CALVET, S. Vicente de Paúl, 64-65.
  4. COSTE, S. V. P., III, 231-233.
  5. Ibid., 218.
  6. Cf. HOUSSAYE, M. de Séllale, II, 22 ss. COSTE, S. V. P., I, 295. Idem. XII, 80-85.
  7. CALVET, 1. cit., 57.
  8. MAYNAR, op. cit., 76. Cf. DODIN, Missión et Charité, n. 29-30 (1968). MARTÍN, M.-M., St. V. P. et les Grands, 94 ss.
  9. Todos los biógrafos comentan estos encuentros. Cf. LAJEUNIE, E., St. Francois de Sales, 133 ss. DODIN, St. Vincent de Paul et la Charité, 26.
  10. Idem. Annales de la Cong. de la Missión, 106-7 (1941-1942), 239-48.
  11. Cf. DODIN, Annales, 110-11 (1945-46), 447-64; 112-13 (1947-48); 479-97.
  12. BENOIT CANFIELD, así conocido para la historia de la espiritualidad, es el nombre religioso de William Fitch, lord Canfield, del condado de Essex. Nacido en 1562, de religión anglicana y converso al catolicismo tras haber estudiado Derecho en Londres. Era el año 1585. Al poco tiempo, des­pués de probar las cárceles de Isabel I, huía al continente, recibiendo hospitalidad en Francia. En París vestía el hábito de los PP. Capuchinos. En Venecia conoció a Lorenzo de Brindis, y a estos años se remonta la elaboración de la «Regla de la Perfección», que, más tarde, en 1609, pu­blicaría en París. París se convierte en el centro de irradiación de su doc­trina espiritual. París estaba en ebullición espiritual, necesitaba de orien­tación, de ahí se explica la gran influencia que obtuvo la «Regla de la Perfección». Los primeros en aprovecharse fueron los hombres del Orato­rio de Bérulle, entre los que se hallaba Vicente de Paúl. Brémond afirma en su «Historia del sentimiento religioso en Francia» que «Canfield es con su ‘Régula perfectionis’ el que ha modelado y configurado la oración del siglo XVII» (VIII, 226). Canfield moría en 1610 en París. Gozaba del carisma de la dirección de espíritus.
  13. Algunos puntos de la «Regla de la Perfección»:

    Toda la perfección de la vida espiritual consiste en hacer la voluntad de Dios. «Realizo esto o aquello porque tal es la voluntad de Dios» (c. I).

    La aceptación de la voluntad de Dios es la disposición perfecta para aceptar gustosamente cuanto la misma disponga (c. II).

    Hacer toda obra por sola la voluntad de Dios y para agradarle sólo a El. La voluntad de Dios contiene toda perfección, haciendo nuestras ac­ciones más perfectas, meritorias y gratas delante de Dios. No hay ningún fin más alto que el de la voluntad de Dios, de lo que se deduce que no hay obra más excelente que aquella que se realiza por ese fin. Y tanto será más sublime una obra cuanto más pura sea la intención de conformarla a la voluntad de Dios (c. III).

    La voluntad de Dios será conocida por la Ley y por la razón. «La vo­luntad de Dios es la norma de toda nuestra voluntad (c. V).

    En cuanto a las acciones que son indiferentes el comportamiento de­berá ser:

    Si la acción es agradable a los sentidos la «perfección de la voluntad de Dios» pide que se rechace y se renuncie.

    Si desagrada a los sentidos, exije la aceptación.

    Si la acción es totalmente indiferente, se debe obrar con prontitud y con la sola intención de hacer la voluntad de Dios. La bondad o malicia de la acción está condicionada a la intención (c. VI).

    La voluntad de Dios abarca grados de perfección:

    Acordarse acto por acto de la voluntad de Dios.

    Excluir otro fin que no sea la voluntad de Dios.

    Se ha de obrar con agrado, paz y tranquilidad (cc. VIII, IX, X).

    Creer con firmeza que lo que se obra es voluntad de Dios, y lo será si la acción está prescrita por la ley, y que la intención esté ordenada a cumplir la voluntad de Dios (c. XI).

    La intención debe considerar la acción no en sí misma, sino como voluntad de Dios (c. XII).

    Considerar la acción no como propia, sino como de Dios (c. XIV).

    La práctica de la voluntad de Dios contiene el ejercicio de toda virtud y mortificación y la verdadera imitación de la vida y pasión de

    Jesucristo (c. XVI).

    Cuatro formas de hacer la oración:

    Oración vocal,

    oración mental,

    oración de «aspiraciones»,

    oración que se hace en la sola voluntad de Dios, mediante la adhesión a la misma. Se basa en el puro amor y caridad de Dios (c. XIX).

    Este es el camino más breve y rápido para llegar a la unión total de Dios.

    Cf. BENOIT CANFIELD, Regola di Perfezione, ed. dell’INA, vol. XVIII, Roma 1972. DE VEGHEL, O., Benoit de Canfield, sa vie, sa doctrine et son influence, Roma 1949.

  14. COSTE, XIV, 284-286, ver Jesuites.
  15. Ibid. ver: Imitation de Jésus-Christi, Duval, Busée.
  16. Cf. DODIN, V. de P., pervivencia de un fundador, 33-86.

    Refiriéndose a los ejercitantes Vicente de Paúl recomienda para la lec­tura espiritual los siguientes autores: «Los que sepan leer, leerán todos los días pausada y atentamente un capítulo del libro del venerable Fran­cisco de Sales «Introducción a la vida devota»… (XIII, 435). «La lectura espiritual podrá ser en la «Imitación de Cristo», de Tomás de Kempis, co­mo también en Granada, relacionada con el asunto de la meditación. El día de la confesión general la oración será en el «Memorial» del Padre Grana­da, muy bueno para excitar la contricción». «Leed el ‘Libro del amor de Dios’, escribiendo a Luisa de Marillac, sobre todo lo que se refiere a la voluntad de Dios y a la indiferencia» (I, 86).

  17. Cf. IBÁÑEZ BURGOS: COSTE, I, 9-45, ed. cast., Salamanca (1972). HESBERT, M., Vincent, maitre de Vie spirituelle, París, 1960. HESBERT et BERTAUD, Spiritualité de l’Action, París, 1960. IBÁÑEZ BURGOS, Saint Vin­cent et l’Evangelisation des Pauvres, París, 1971, 3.a parte, 278-341.

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