Discurso de S. S. Pio XII con motivo de la Canonización de Sta. Catalina Labouré

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Pio XII · Year of first publication: 1947 · Source: Anales Barcelona.
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louise_filles_chariteEn la audiencia concedida por el Padre Santo el 28 de agosto a los peregrinos que llegaron a Roma para asistir a la Canonización de la Beata Catalina Labouré Su Santidad pronunció el siguiente discurso (texto publicado por el número 319 de «Ecclesia»):
Desde las primeras páginas de su incomparable obra maestra, el autor de la «Imitación de Cristo» deja caer de su pluma esta lección, tomada de su propia experiencia; este secreto de su paz serena y comunicativa: «¿Quieres aprender y saber una cosa útil? ¡Ama el ser ignorado!» (libro I, cap. 2), Ama nesciri! Dos palabras prodigiosas, asombrosas para el mundo, que no puede comprenderlas, pero llenas de santidad para el cristiano, que sabe contemplar su luz y saborear sus delicias. Ama nesciri! Toda la vida, toda el alma de Catalina Labouré, está expresada en estas dos sencillas palabras. Y, sin embargo, nada, aun por parte de la Providencia, parecía que le dictase este programa; ni su adolescencia, durante la cual la muerte de su madre y la dispersión de sus hermanos mayores había descargado sobre sus hombros de niña todo el peso del hogar doméstico ; ni los caminos raros por los que había de pasar para responder a su vocación y superar las dificultades paternales ; ni su misma vocación a la grande y valerosa familia de las Hijas de la Caridad, que por voluntad, y según expresión pintoresca de San Vicente de Paúl, «tienen por claustro las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor ce Dios, y por velo, la santa modestia».
Parecería, al menos, que su retiro y formación en el Seminario de la calle de Bac habían de favorecer su recogimiento y su obscuridad? Pues, hasta allí fue objeto de los favores extraordinarios de María, que la hace su confidente y su mensajera. ¡Y si todavía se hubiera tratado solamente de aquellas altas comunicaciones y visiones intelectuales que elevaron hasta las alturas de la vida mística a una Ángela de Foligno, una Magdalena de Pazzis, y de aquellas palabras íntimas cuyo secreto se conserva celosamente en el corazón! Pero, no era nada de esto. Se le confiaba, en cambio, una misión que no solamente había de ser transmitida, sino oportunamente llevada a cabo: revivir el fervor entibiado en la doble Compañía del Santo de la Caridad; sumergir al mundo entero en un diluvio de pequeñas medallas, portadoras de todas las misericordias espirituales y temporales de la Inmaculada; suscitar una piadosa Asociación de Hijas de María, para la salvaguardia y santificación de las jóvenes.
Sin demora alguna, Catalina se entrega al cumplimiento de su triple misión; las quejas de la Madre de Dios han sido escuchadas, y el espíritu del Santo Fundador florece de nuevo en las dos comunidades. Pero, Catalina ha procurado la eficacia del mensaje, no solamente retransmitiéndolo fielmente, sino respondiendo al mismo con constancia, poniendo ante los ojos de sus hermanas, a lo largo de medio siglo, el espectáculo santa_ mente contagioso de una verdadera Hija de San Vicente, de una auténtica Hija de la Caridad, uniendo a todas las cualidades humanas los buenos modales, el tacto, la bondad y las virtudes sobrenaturales, que hacen vivir en Dios «aquella pureza de espíritu, de corazón y de voluntad que es el puro amor».
La Medalla de la qe María había hablado a su confidente ha sido acuñada y repartida a millones en todos los ambientes y bajo todos los cielos, donde desde el primer momento ha sido instrumento de tan numerosos y extraordinarios favores, tanto espirituales como temporales, y sobre todo, conversiones, que la voz popular sin vacilar la ha llamado en seguida «la medalla milagrosa».
¡La Asociación de las Hijas de María! Nos sentirnos honrados en saludarla en toda su extensión, representada aquí por vosotras, presentes en apretadas filas, amadas hijas, y de hacerlo precisamente ahora, cuando acaba dignamente de celebrarse el primer centenario! Efectivamente, el mes pasado hizo exactamente cien años que nuestro predecesor Pío IX, de santa memoria, ratificó su Acta de nacimiento con el rescripto de 20 de junio de 1847, confiriéndole la erección canónica y acordándole las mismas indulgencias de que gozaban entonces las Congregaciones Marianas. (Acta Apostólica in gratiam Congregationis Missionis, París, 1876, páginas 253-54).
¡Cómo debéis apreciar y amar esta Asociación, tanto por el bien que vuestras hermanas mayores y vosotras mismas habéis recibido de ella cuanto por él que os pone en condiciones de prodigar a vuestro alrededor! Ahora este inmenso bien se manifiesta claramente por poco que se le considere: de una parte, por la necesidad a que responde, y que en gran manera la hace oportuna, por no decir imperiosamente necesaria, y de otra, por los frutos abundantes que ha conseguido para los corazones en estos primeros cien años… (El Padre Santo se extiende en muy oportunas reflexiones sobre este último punto en relación con las Hijas de María de nuestros días. Después, pro-sigue):
Para realizar las tres peticiones de María, vuestra Santa Labouré ha luchado y ha padecido sin cesar. Todos eran testigos de aquella realización; todo el mundo hablaba de ella; todos sabían también, al menos de una manera vaga, de qué favores celestiales era objeto aquella Hija de la Caridad y qué grandes cosas la Madre de Dios había hecho por medio de ella. Pero ¿quién era aquella privilegiada, aquella mandataria, aquella realizadora de tan vastos designios? Cómo se llamaba? Nadie lo sabía fuera de su confesor, depositario de su secreto, y esto durante cuarenta y seis años, sin que el velo del anonimato faltase ni un solo momento.
Ama neirciri Ama el ser ignorada. Sí, así es, ama ser ignorada, y encuentra en ello su verdadera alegría, y su íntima satisfacción, que saborea con deleite. Otras han recibido grandes luces, han sido encargadas de grandes mensajes o de grandes funciones, y han quedado en la sombra o se han refugiado allí en el fondo de un claustro para huir de la tentación de la vanagloria, para gustar el recogimiento y hacerse olvidar. Las defendían las rejas; un tupido velo quitaba de las miradas sus rasgos fisonómicos, pero su nombre corría en todos los labios. Ella, en cambio, no se ha retirado; por el contrario, ha continuado en sus largas jornadas entre los enfermos, entre los ancianos, entre las Hijas de María. Se la ve, se la encuentra a todas horas, en todas las esquinas; ella no se esconde; pero nadie sabe que «es ella». No tiene por qué hacer olvidar su nombre. Mientras vivió fue desconocida.
¡Qué lección para el orgullo del mundo y para su hambre de ostentación! El amor propio hace como que se disimula y se viste de las apariencias del celo, pero es siempre el mismo, quien, como en otros tiempos junto a Jesucristo, susurra al oído el » Manifesta teipsum mundo» («Date a conocer al mundo»). Catalina Labouré ha llevado a cabo maravillosa y fructuosamente esta misión en la obscuridad, donde ha vívido cuarenta y seis años. Ahora ha llegado para ella la hora anunciada por el Apóstol: «Porque muertos estáis ya y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros, con El, gloriosos». (Col. 3, 3-4).
En la gloria, donde resplandece con plena luz allá arriba. junto a Jesucristo y a su Madre; en la gloria, con la que brilla también acá abajo, por donde pasó ignorada, ella sigue siendo la mensajera de la Inmaculada. Está a vuestro lado, sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad, infundiéndoos el fervor de vuestra santa vocación; está junto a vosotras, Hijas de María, que ella tanto amó y de la que es constante protectora, exhortándonos a la fidelidad, a la pureza, a la piedad y al apostolado; está junto a vosotros todos, pecadores, enfermos, débiles y afligidos, que levantáis los ojos repitiendo con confianza la invocación: «i Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!».
Por su intercesión las más abundantes gracias lloverán sobre vosotros a quinos de todo corazón damos, como prenda de las gracias divinas, nuestra bendición apostólica».

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