«Nadie puede acercarse a mi si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás v no volvieron más con él. Jesús preguntó a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contesto: Señor, y ¿a quién vamos a recurrir? En tus palabras hay vida eterna, y nosotros ya creemos y sabemos que to eres el Consagrado por Dios».
(Jn 6,66-69).
«Los miembros de la Congregación de la Misión son discípulos de Cristo que, llamados por Dios para continuar su misión y admitidos en dicha Congregación, tienden según sus fuerzas a responder a su vocación, trabajando conforme a la doctrina, pensamiento y normas de San Vicente». (C 51).
Ser misionero no es sino un modo de ser discípulos de Cristo. Por tanto, el Misionero es un cristiano con una vocación especial: la de vivir el Evangelio según el carisma de San Vicente.
- Ante todo discípulos de Cristo.
El Misionero es ante todo un discípulo de Cristo que ha optado, desde la propia libertad y el propio don, por seguir a Cristo evangelizador de los pobres. Cristo evangelizador de los pobres es el punto de referencia absoluto para el Misionero, es el único maestro, el modelo con el cual siempre se debe cotejar. Veamos que nos dice Pablo VI cuando nos habla de esta comparación con Cristo:
¿Confrontarse? ¿Quién y con quién? Es claro: nosotros con Aquel que es el modelo por excelencia, el hombre verdadero, el pastor de nuestra vida (Jn 10,11); con Aquel que ha dicho de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6); al que implícita o explícitamente prestamos nuestra fe por el hecho de llevar su nombre: isomos cristianos! Es Cristo quien derecho ha dado de sí mismo esa maravillosa y vigorosa definición, contenida en esta otra, también dada por el mismo Jesús… ¡Uno solo es vuestro maestro, Cristo! Mt 23,3-10)». (Pablo VI, 20-8-1979).
- Llamados por Dios a Ia Congregación de la Misión.
A San Vicente le gustaba decir con frecuencia que Dios pensó desde toda la eternidad en nosotros como Misioneros de la Congregación de la Misión. Gran verdad es esta que todo Misionero debe descubrir cada día:
«Es Dios el que nos ha llamado y el que desde toda la eternidad nos ha destinado a ser misioneros… Por consiguiente, no hemos de buscar ni esperar descanso, contentamiento ni bendiciones más que en la Misión, va que es allí donde Dios nos quiere, dejando desde luego por sentado que nuestra vocación es buena, que no está basada en el interés ni en el deseo de evitar incomodidades de la vida, ni en cualquier clase de respeto humano…
Si abandonamos nuestra vocación, hay motivos para creer que es la carne y el diablo los que nos apartan de ella. ¿Acaso les obedeceremos? Si Dios nos ha llamado a esta vida no será seguramente el quien nos quiera separar de la misma. Dios no se contradice». (XI 33-34).
- Según Ia doctrina, pensamiento y normas vicencianas.
No se trata de anteponer lo vicenciano a lo evangélico, sino de vivir lo evangelice desde la experiencia espiritual y apostólica de San Vicente y dentro de las Instituciones que él creó y la Iglesia aprobó. Así se expresó la Asamblea General de 1974:
«Dios llama a la Congregación de la Misión, y a través de ella a cuantos la formamos, para que sigamos Cristo del mismo modo que San Vicente: o sea, para que nos revistamos de los sentimientos de Cristo, ensamblemos nuestra actividad en la de Cristo evangelizando a los pobres. En una palabra: para que vivamos del Espíritu de Cristo». (AG 74, 71).
En este mismo contexto podemos meditar lo que Juan Pablo II ha dicho sobre San Vicente con ocasión de los 400 años de su nacimiento:
«Esta mirada contemplativa de las epopeya vicenciana nos facilita afirmar que San Vicente es un santo moderno. Ciertamente, si el volviera a vivir hoy, su campo de trabajo no sería el mismo. Se ha logrado sanar muchas de las enfermedades que el aprendió a curar. Pero, de golpe, se encontraría en su camino con pobres, con nuevos pobres, en las aglomeraciones urbanas de nuestro tiempo, como antes los encontró en el campo. ¿Podemos imaginarnos lo que este heraldo de la misericordia y ternura de Dios sería capaz de emprender utilizando sabiamente todos los medios modernos que están a nuestra disposición? En una palabra, su vida se parecería a la que siempre tuvo: un evangelio ampliamente abierto, en compañía de los pobres, de los enfermos, de los pecadores, de los niños desafortunados, de hombres y mujeres a quienes también puso en disposición de amar y de servir a los pobres. iTodos los hambrientos de verdad y de amor, tanto como de alimentos y cuidados corporales! ¡Todos escuchen a Cristo que les sigue diciendo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón»! (Mt 11,29)». (Vicentiana (1981).
¿Considero la vocación a la Congregación coma un grandísimo don que el Señor me ha dado para coronar mi vocación humana y cristiana?
¿Cultivo la vocación de tal manera que siempre aparezca atrayente incluso a mí mismo?
¿Se dar a la vocación misionera la dimensión propia para que no reduzca en nada las exigencias evangélicas?
ORACIÓN:
«Señor, Dios nuestro, que para la evangelización de los pobres y promoción del clero, infundiste a tu bienaventurado sacerdote Vicente las virtudes apostólicas, haz, to rogamos, que los que seguimos el ejemplo de su vida sintamos de continuo la urgencia de la caridad para perpetuar la misión de su Hijo en el mundo. Por nuestro Señor…».






