El diablo propone el mal bajo capa de bien

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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El Señor Vicente creía en el diablo, y habla de los de­monios con la misma sencillez que el Evangelio, el cual re­conocía su influencia, no sólo en los casos de clara posesión, sino en diversas enfermedades. Expresábase a este respecto en función de los conocimientos médicos de su tiempo, y el resultado no está exento de pintoresquismo. He aquí, por ejemplo, la advertencia que dirige a las Hijas de la Caridad, propensas a dormirse durante el tiempo de la oración, muy de madrugada, es cierto: «El diablo hace cuanto puede para impedir que haga­mos oración, pues sabe bien que, si es el primero en llenar de pensamientos frívolos nuestro espíritu, será el amo de éste todo el día».

Por eso, lo hemos visto, aunque admite que una urgen­cia puede impedir se comience el día por la oración y fuerce a posponerla, añade: «que ocurra lo más raramente posible».

En cuanto a las que se quejan de sueño en la oración, ve en ello una tentación: «Hay que estar muy en guardia contra esta tentación, pues ordinariamente lo es».

Cierto, puede haber causas naturales: «El sueño puede, es verdad, estar motivado por una mala noche, o por el demasiado trabajo del día ante­rior. Pero eso es excepcional».

Añade en efecto: «Sabéis bien que hay un diablo cuya ocupación consis­te en adormecer a las personas que oran. Turba los humores del cuerpo de tal manera, que éstos mandan a la cabeza vapores que adormecen».

Pero no se detiene en esta explicación digna de Monsieur Purgon, sino que como remedio de ello da consejos de simple buen sentido: «Si dormirse en la oración se convirtiese en costumbre, habría que ponerse en pie para desacostumbrarse, besar la tierra, o renovar cada poco la atención, pues, de no ponérsele remedio, este mal hábito se manifiesta todos los días».

Un diablo encargado de adormecer a las personas que oran… Un mal hábito… El resultado de una fatiga exce­siva o de una mala noche… Diferentes causas pueden pro­ducir el mismo resultado. Pero, en definitiva, el Señor Vicen­te piensa que hace falta buscar antes del lado de las causas naturales y poner remedio.

Bien se echa de ver en los sabios consejos que da a una familia turbada por «ruidos subterráneos y reiterados que oye todas las noches». No excluye indudablemente los fenó­menos extraordinarios, como había de experimentarlos más tarde el cura de Ars, caso en el que admitiría se recurriese «a las bendiciones que la Iglesia permite para seme­jantes vejámenes».

Pero no es ahí donde hay que comenzar: «Cercioraos antes de que ese ruido extraordinario no viene de los hombres».

Emite varias hipótesis: una broma de mal gusto… o acu­ñación de moneda falsa: «La primera idea que sobre ello se me ha ocurrido, es que alguien hace ese ruido por chanza y para burlarse de vuestro asombro, o con objeto de quitaros la tran­quilidad y el reposo, y a fin de que dejéis la casa. Si se hace por chanza, no se interrumpirá, una vez se sepa el susto que os causa».

En cuanto a la segunda hipótesis, «si es con un mal fin, o que se trabaja en alguna fabri­cación prohibida, como es la acuñación de moneda, según alguno se lo ha figurado, puede que desistan cuando oigan que se habla públicamente del ruido sordo que se nota de noche, pues temerán ser descu­biertos del todo, e irán a algún otro sitio».

Reitera su advertencia a los que se imaginan demasiado fácilmente que pueda ser «algún espíritu travieso o maligno» el que hace ese ruido para turbarles: «Ojo, por favor, no vaya a ser algún artilugio hu­mano».

Y les invita por fin a estar en paz: «Por lo demás, de dondequiera venga ese ruido y ocu­rra lo que ocurra, no hay que apurarse, sino estad en paz, despreciando todo eso; no experimentaréis ningún mal, si Dios no lo quiere; y si lo quiere, será en orden a un bien, pues en eso se convierte siempre todo en quienes le sirven».

No son, pues, los extraordinarios fenómenos exteriores, lo que el Señor Vicente teme del diablo, sino, más sutil y peligrosamente, las tentaciones que puede hacer brotar en el fondo de los corazones, tanto más cuanto que, según ex­plica a las Hijas de la Caridad, presenta el mal bajo capa de bien.

«Mis queridas hermanas, para saber lo que no es sino tentación, hay que prestar atención a su contrario, que es la inspiración. La tentación es un movimiento que nos lleva al mal, y la inspiración es otro movimiento que nos lleva al bien. El diablo nos lleva al mal por la tentación, y Dios nos lleva al bien por la inspira­ción. Ahora bien, mis queridas hermanas, es propio de Dios llevar siempre al bien, y propio del diablo lle­var al mal, lo mismo que de la carne y del mundo. A veces el diablo presenta el mal abiertamente; pero de ordinario lo presenta bajo capa de bien».

El tentador no carece, por lo demás, de recursos para lograr sus fines: «Presenta el objeto como muy agradable y útil; le pone salsa para hacer que guste; si ve que no se accede a su propuesta, que se resiste a esta primera tentación, cam­biará de salsa».

No vayamos a figurarnos por eso que, para el Señor Vicente, estamos expuestos a dos poderes iguales que nos reclaman, a dos espíritus, el bueno y el malo. No hay medida común al Espíritu de Dios y al tentador. Este es ciertamente hábil, y nunca ceja, pero no tendrá en nosotros más influen­cia que la que le dejemos. Lo explica el santo claramente a sus hijas, después de indicarles algunos medios para resis­tir a él: «Pero ¿hay que ceder? ¿Qué medios hay para no con­sentir en las tentaciones? Hermanas mías, el primer medio es que os acordéis de ello cuando recéis el Pa­dre nuestro; el segundo es que os acordéis bien de las tentaciones de que se sirve el diablo para tentar a las Hijas de la Caridad; el tercero, mis queridas hermanas, es acudir a Dios, pedirle su ayuda para no consentir en la tentación, y decir: Oh Dios mío, ¿sufrís en mí una tentación semejante? Y si continúa, comenzar de nuevo a rezar, y decírselo a la Señorita, al Señor Portail y a mí. Veis, mis queridas hermanas, a una herma­na fiel en descubrirse a sus superiores, no podrá nun­ca engañarla el diablo.

Si la tentación continúa tras haber hecho todo eso, no os extrañéis, pues dice Dios que todos cuantos quie­ren vivir santamente serán tentados. Ruego a Nuestro Señor nos dé la gracia de hacer buen uso de todo esto, y sobre todo de conocer bien las tretas del espíritu ma­ligno, y de resisitir de la forma que se ha dicho y de acordarnos de que el diablo puede ciertamente ten­tarnos, pero, sin nuestra voluntad, no nos arrastrará al mal».

«De ordinario, el diablo presenta el mal bajo capa de bien».

El Señor Vicente ilustra en diversas ocasiones esta con­vicción con ejemplos concretos. En la tendencia que tienen ciertos hombres de acción a emprender, bajo pretexto de celo, más tareas de las que pueden llevar a cabo, reconoce él la acción perniciosa del tentador que intenta derribar, o por lo menos rechazar; y he aquí cómo se lo advierte a un obispo: «El espíritu maligno, que prevee la gloria que Dios va a obtener de vuestra preciada conservación, pide nada más veros emprender demasiado al comienzo, para ver bien presto cómo se os derriba. Y aun cuando Vuestra Grandeza tuviese fuerzas corporales suficien­tes para continuar el trabajo comenzado, tendría su­ficiente malicia para servirse de este mismo trabajo con el fin de cansar vuestro espíritu, sabiendo bien que, ha­biéndolo una vez apartado de vuestras santas aplica­ciones, le haría mirar otras más agradables y menos útiles, mientras que, si aceptáis con calma pasar nece­sidad, extenderéis a lo largo y a lo ancho los frutos de vuestras funciones apostólicas».

Del mismo modo puede provenir de la sutil influencia de este maestro en «ilusiones» que es el tentador, una cierta búsqueda de eficacia y de éxito demasiado humanos, bajo pretexto de procurar una mayor gloria a Dios. Se está tan­to más expuesto a ello, cuanto más se quiere seguir a Je­sucristo: «El demonio trabaja poco por atraer a su lado a las personas del mundo. Está en poder de ellas. Pero en cuanto a las que se han retirado del mundo para vivir con Jesucristo, esas están más sujetas a ilusiones».

El Señor Vicente se lo advierte a los sacerdotes de la Misión haciéndoles notar que, «mientras Nuestro Señor se relacionó con la gente y se mantuvo en recogimiento con su Padre, no fue tenta­do; pero al retirarse al desierto y entregarse a una pe­nitencia que aún no había practicado, entonces fue cuando le tentó el espíritu maligno y tuvo la osadía de tentarles tres veces sucesivas».

También nosotros somos blanco de los artificios del ten­tador, «estamos más expuestos a las ilusiones que las perso­nas del mundo», añade. La tentación mira siempre a inducir a error:

«¿Queréis saber lo que es el espíritu maligno en rela­ción con nosotros? No es más que ilusión y engaño; nos persuade, ingenioso como es, de que seremos di­chosos si llegamos a tal cosa; hasta hace nos persua­damos de que interesa a la gloria de Dios salir con aplauso de la predicación, y que hay que señalarse en una provincia».

Puede que con más peligro aún, el diablo busque crear la división entre las personas, y hasta entre aquellas que están dedicadas a una misma tarea apostólica. El Señor Vicente pasó por esa experiencia en los primeros años de la congregación de la Misión. Uno de sus sacerdotes, dando crédito a chismes, tan a menudo acogidos con tanta facili­dad, sospecha que el santo proceda en relación con él por vías tortuosas; por fortuna no duda en descubrirse a él. En una respuesta llena de amistad, el Fundador le tranquiliza sobre su manera de obrar y le invita a desechar la tenta­ción: «Sabéis que la bondad de vuestro corazón me ha da­do, a Dios gracias, la libertad de hablaros con toda confianza y sin ocultaron ni disimularos nada; y me parece que habéis creído saberlo hasta el presente por mi proceder para con vos. ¡Jesús, Dios mío; estaría yo reducido a tal desgracia, que tuviera que decir al­go en relación con vos contrario a la santa sencillez! ¡Oh, Dios me guarde, Señor; ni en relación con ningún otro! Es la virtud que más quiero y a la que presto más atención en mis acciones, me parece; y, si se me per­mite decirlo, diría que eso ocurre con cierto progreso, por la misericordia de Dios. En nombre de Dios, pa­drecito mío, rechazad esos pensamientos como tenta­ciones que el espíritu maligno pone en el vuestro y creed que mi corazón no es tanto mío como vuestro».

Cómo vencer la tentación

«El diablo puede tentarnos, pero sin nuestra voluntad, no nos arrastrará al mal».

Aunque el diablo es, en efecto, hábil, no es todopode­roso, no tiene sobre nosotros más poder que el que le con­cedemos dando entrada a la tentación; y para resistirle te­nemos la fuerza de Dios.

«En nombre de Dios, aguantad, escribe el Señor Vi­cente a un sacerdote, no rindáis armas; va en ello la gloria de Dios, la salvación tal vez de un millón de almas y la santificación de la vuestra. Recordad, Señor, que tenéis a Dios con vos, que combate con vos, que venceréis infaliblemente. El demonio puede ladrar pe­ro no morder; puede causaros temor, pero no mal; y eso os lo aseguro ante Dios, en presencia del cual os hablo. La confianza en Dios y la humildad os obten­drán la gracia necesaria para eso».

La humildad. Ella es para el santo, con la mansedumbre uno de los medios más seguros de deshacer las tretas del diablo: «La amargura nunca ha servido más que para amar­gar», escribe el santo a un predicador que, para salir al paso de las dificultades que hallaba, adoptaba un tenor arrogante: «¡Ay, buen Dios! ¡Cómo vencer con el mismo espíritu a espíritus semejantes al que me describís! Si combati­mos al diablo por espíritu de orgullo y de suficiencia, no le venceremos jamás, pues tiene más orgullo y su­ficiencia que nosotros; pero si actuamos contra él con humildad, le venceremos, pues no tiene ese arma, ni se sabe defender contra ella».

«Si combatimos al diablo…». Hay que combatirlo, en efec­to, si no, se instala sutilmente, sin ruido, sin gran pecado, haciéndonos perder el gusto de buscar lo que Dios espera de nosotros e inmovilizándonos en la tibieza. Esa aparente tranquilidad es un estado temible. La tibieza es un estado de condenación: «El cielo padece violencia, escribe el Señor Vicente a un seminarista mediocre, hay que combatir para ga­narlo, y combatir hasta el límite los sentimientos de la carne y de la sangre. Si lo hacéis, mi querido hermano, ya no seréis vos quien viva, sino que vivirá Jesucristo en vos».

El joven habíale manifestado sus dificultades en tomar a pecho las exigencias de su formación, esperando de él al­gún remedio: «Deseo dároslo, mi querido hermano, y lo deseo tanto más cuanto que siento mucho vuestra pena, por la es­tima y afecto que siempre por vos tuve. Mas para curar vuestro mal, hay que conocerlo. Por mi parte, estimo que consiste en cierta languidez de la voluntad y pereza del espíritu para las cosas que Dios pide de vos.

No me asombro de eso, pues todos los hombres están naturalmente en ese estado. Y si me preguntáis: ¿de dónde proviene la diferencia entre unos, que son fer­vientes, y otros, que son laxos? Respondo que aquéllos pasan por encima de las repugnancias de la naturaleza, y éstos no se esfuerzan por superarlas; que los prime­ros están en paz, sin tener el corazón partido, por ha­bérselo dado todo a Dios, y que los segundos viven en la inquietud porque, queriendo amar a Dios, no dejan de amar otras cosas fuera de Dios; y esas cosas son las comodidades del cuerpo, que torna al alma pesada en la práctica de las virtudes. Eso es lo que engendra y nutre la pereza, que es el vicio de los eclesiásticos. Es el estado al que Dios tiene más horror. Sí, la tibie­za es un estado de condenación. ¡Oh mi querido her­mano, el gran motivo que tenemos para temblar vos y yo, sabiendo que es maldito de Dios aquel que hace la obra de Dios con negligencia!».

La palabra y la idea de la condenación vuelven una y otra vez en el Señor Vicente. Cree él que nos podemos per­der. En su incansable celo por llevar la Buena Nueva de Jesucristo al pobre pueblo del campo que no tiene idea de ella, existe el temor de verle perecer en la ignorancia de las verdades necesarias para su salvación. «El que crea se salvará». De ahí la vehemente lección dada al seminarista tan po­co celoso:

«Dios mío, ¡qué lección nos dais por los trabajadores del campo, los artesanos de las ciudades y los soldados que van a la guerra! Trabajan sin cesar y sufren por cosas que perecen con ellos; y nosotros, para salvarnos, para que Dios sea honrado y servido en la tierra y que la pasión de Jesucristo se aplique eficazmente a las almas que creó para el cielo, ¡no queremos tomarnos ninguna molestia ni vencer nuestras malas inclina­ciones! ».

Para avivar el celo de un predicador, más dado a com­placerse en trabajos de erudición indefinidamente prolonga­dos que a salir de misiones, evoca de manera dramática la llamada a la salvación de aquellas multitudes, ávidas, sin saberlo, de la palabra de la salvación: «Representaos, pues, Señor, que hay millones de almas tendiéndoos las manos y diciéndoos: ¡Ay, Señor du Coudray, que desde toda la eternidad fuísteis escogido por la Providencia de Dios para ser nuestro segundo Redentor, tened piedad de nosotros, que expiramos en la ignorancia de las cosas necesarias para nuestra sal­vación y en los pecados que nunca hemos osado con­fesar, y que faltos de vuestro socorro, nos condenare­mos infaliblemente. Y escuchad, por favor, Señor, a mi corazón decir al vuestro que se siente urgido al máxi­mo por el deseo de ir a trabajar y a morir en Cévennes, donde el obispo pide ayuda, y dice que hay cantidad de aldeas en las que no hay sacerdotes ni iglesias, y que tal vez esperan su salvación de vos y de mí! ¡Ve­nid, pues, Señor, y no tardéis, por favor!».

Este es el corresponsal al que había argüido con la opi­nión de santo Tomás, según la cual, el que ignora el misterio de la Trinidad y el de la Encarnación y muere en ese estado, muere en estado de condenación.

«Eso, pues, me conmovió y conmueve aún tanto, que tengo miedo a condenarme yo mismo por no estar ocu­pado sin reposo en la instrucción del pobre pueblo. ¡Cuánto motivo de compasión! ¿Quién nos excusará ante Dios de la pérdida de un número tan grande de hombres como podrían salvarse por poco que se les socorriera?».

Y hemos visto de qué manera tan sencilla y concreta invitaba él a que se reconociera la bondad del Padre, a que se descubriera a Jesús Salvador, a que se dejara al Espíritu guiarle a uno.

Cuando habla aquí de su propia condenación, habla en serio, no exagera. Toma en serio a Dios y a la misión que de él ha recibido. Cree en el papel irremplazable que cada cual debe jugar en la misión que ha recibido. Si no hace­mos aquello para lo que Dios cuenta con nosotros, nadie lo hará. Dios no hará milagros para suplirnos: «Hace mucha falta considerar esto, pues Dios nos des­tinó en tal tiempo para tales almas y no para otras. ¡Cómo!, hermanos míos, ¿qué responderemos ante Dios si, por culpa nuestra, llegase a morir alguna de esas almas y se perdiera? ¿No seríamos nosotros, por de­cirlo así, quienes la habríamos condenado? Pues, os pregunto, ¿quién respondería de esta alma? Tan verdad es como que estamos aquí que, a nuestra muerte, nos pedirá cuenta de ella. ¡Oh, lo dichosos que son quienes puedan decir a la hora de la muerte aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: El Señor me envió a llevar la buena noticia a los pobres! ¡Pobres de nosotros, si nos relajamos en el desempeño de la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Pues para eso nos dimos a Dios, y Dios cuenta con nosotros».

El misionero mismo debe tomar en serio su propia salva­ción. También él está en peligro de condenarse, no sólo si se hurta a su misión, sino aun cumpliendo con ella, si busca su propia ventaja y su propia gloria, y no la de Dios: «¿Qué aprovechará, pues, al mayor predicador del mundo, dotado de los mayores talentos, el haber con­seguido que repercutan los aplausos a sus sermones en toda una provincia, y hasta de haber devuelto a Dios varios millares de almas, si, pese a todo ello, llega a perderse él mismo?».

Ya san Pablo temía hacerse réprobo mientras predicaba a los demás. Y el Señor Vicente evoca de grado el recuerdo de Judas: «Humillaos mucho, Señor, viendo las gracias, más nu­merosas que las vuestras, que Judas recibió, gracias que tuvieron un efecto mayor que las vuestras, y cómo, así y todo se perdió».

La seriedad de estas advertencias no debe con todo ha­cernos creer en un fundamental pesimismo del santo. «El diablo es muy sabio, pero nada de lo que dice creemos, pues no le amamos».

Amamos a Dios y nos esforzamos por realizar su obra; no hemos de extrañarnos, pues, de tener que batirnos con el tentador. El Señor Vicente no cesa de repetirlo a sus diver­sos corresponsales: «Raramente se hace bien alguno sin pena; el diablo es demasiado sutil y el mundo está demasiado corrom­pido como para que uno y otro no intenten ahogar una buena obra ya en su cuna». «No me asombro de que seáis tentado, pues es lo propio de los que quieren servir a Dios».

Tampoco se asombra de que la tentación llegue a ter­minar en pecado; pero hay ahí más motivo de humillación que de desaliento: «Véis, hay que esforzarse siempre por amar la abyec­ción, la confusión que nos sobreviene por nuestras fal­tas; hay que odiar y detestar el mal cuando conduce al pecado, y hacer lo posible para corregimos de él. Pero cuando se ha pecado, hay que querer la confusión que de ahí nos viene y aceptar de grado el que se nos des­precie por ello».

Y sobre todo, no hay que ver al diablo por doquier; pue­de que hayamos de contar con factores muy distintos en las dificultades con que tropezamos. En una carta al capellán de un hospital, quien no experimentaba gusto alguno por este austero ministerio, el Señor Vicente le ayuda a discurrir: «El tedio que sentís en vuestro oficio puede venir de múltiples causas: de la naturaleza, que se cansa de ver y hacer siem­pre las mismas cosas; y Dios lo permite para dar lugar a la práctica de dos hermosas virtudes, a saber, la per­severancia, que hace lleguemos hasta el fin, y la cons­tancia, que hace superemos las dificultades; de la especie de ese quehacer, que es triste y que, al realizarlo alguien asimismo triste, produce disgusto, sobre todo cuando place a Dios quitar el consuelo in­terior y la suavidad íntima que tienen que sentir de vez en cuando los que sirven a los pobres; del espíritu maligno que, para apartaros de los grandes bienes que obtenéis, os sugiere la aversión a ellos; ese tedio puede finalmente provenir de Dios mis­mo; pues, para elevar un alma a una perfección sobe­rana, la hace pasar por la sequedad, las espinas, y los combates, y hace que se honre de esa manera la vida doliente de su Hijo, Señor Nuestro, el cual se vio en medio de diversas agonías y presa del abandono».

Concluye este lúcido análisis con una llamada vibrante a la perseverancia: «¡Animo, Señor! daos a Dios y manifestadle que deseáis servirle de la manera que le sea más agradable. Se tra­ta de triunfar de vuestros enemigos: de la carne, que se opone al espíritu, y de Satán, que está celoso de vuestra dicha. Es la voluntad de Dios que perseveréis en la obra que os ha encomendado hacer».

En el corazón de la obra que Dios nos encomienda rea­lizar debemos, como Jesucristo, estar siempre dispuestos a encontrar la cruz, y a inquietarnos, si no la encontramos: «Cuando nos conceda la gracia de hacernos padecer alguna persecución o algún mal por su nombre, her­manos míos, entonces seremos discípulos de Jesucristo. Y Dios quiere que yo, miserable, no sea del número de aquellos que buscan las dulzuras y los consuelos en el servicio a Jesucristo, en lugar de amar las tribulaciones y la cruz».

De donde esta interpelación sobrecogedora: «¡Ah, Señor, quisiérais hallaros a gusto y libre de su­frimientos, pero ¿no valdría más tener un demonio en el cuerpo que estar sin cruz alguna?».

Si queremos dejarnos guiar por el espíritu de Dios, oiga­mos al santo recordarnos algunas reglas para recibir y reco­nocer ese espíritu: La oración: «Abandonarse a Dios, que habla en esas situaciones».

La mansedumbre: «No es dado discernir las cosas más que a las almas que tienen mansedumbre».

La paz: «El espíritu de Jesucristo es espíritu de unión y de paz». «El espíritu de Dios no es violento ni tormentoso».

La disponibilidad:

«¡Oh señor, lo bueno que es no inmiscuirse más que en lo que nos está mandado! Dios está siempre allí dentro, y nunca o raramente en lo demás».

 

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