Descripción de la aparición y Virgen del Globo

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

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Author: René Laurentin · Translator: Luis Huerga, C.M.. · Year of first publication: 1981 · Source: 9ª Semana de Estudios Vicencianos.
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¿Cual era el tenor de las dos apariciones de la Medalla de la que son modelo? Tal contenido está atestiguado de manera más notable que el número y fecha de ellas, pues según expre­sión de Aladel recogida por Catalina (n.° 457, p. 295), se pre­sentaba como un cuadro, es decir, mostraba, como la pintura, dos dimensiones.

1. Descripción

Lo esencial

Las antiguas medallas, ante todo las realizadas por el or­febre Vachette, según mandato de Aladel, en junio de 1832, delatan un modelo constante; los rasgos esenciales se con­firman por los cuadros ejecutados en vida de Catalina:

  • Lecerf, 1835 (el realizado con mayor cuidado de las informaciones documentales, n.° 184a, CLM 1, pp. 228-229).
  • V.J. Vibert, 1837 (n.° 404a, CLM 1, p. 281).
  • Letaille, 1841 (croquis de la Virgen del Globo, n.° 460, CLM 1, p. 301).
  • Frére Carbonnier, 1843 (n.° 527a, CLM 1, p. 317).

Estos elementos iconográficos fueron enumerados ya al comienzo de la primera relación:

  • Al anverso : Virgen de manos radiantes, rodeada de la inscripción Oh María sin pecado concebida…
  • Al reverso: la Cruz, la M y los dos Corazones. Ninguna divergencia en ninguno de estos puntos.

Las variantes

Por lo demás, las variantes son numerosas. Acontece que el reverso de la Medalla muestra otra efigie, por ejemplo, la de san Vicente. Puede uno hacerse una idea más precisa de esas variantes en dos libros de A. Zangari:

  • Simbología della Medaglia Miracolosa, Génova, Stringa 1976.
  • Medaglia della Madre (trad. Ed. CEME) Génova, Daste 1980 (en colaboración con su cohermano, C.M., I. Zedde).

Es mérito de Vachette haber formado una colección única de más de 2.000 medallas milagrosas, a contar desde su origen, a la que acompañó de un estudio. Ambas empresas son para mí muy importantes, fundamentales y esclarecedoras, aunque pueden discutirse algunos extremos de las deducciones en los estudios de Vachette.

Las iniciativas de Vachette

Resulta que Aladel dejó bastante libertad al orfebre Va­chette. Este se tomó la de suprimir, en el anverso, el velo in­dicado por Catalina (la Virgen está en cabellos). Dispuso la invocación a su manera, no como la precisó Aladel en la in­vestigación Quentin el 16 de febrero de 1836 (n.° 298). Al re­verso parece haber tomado la iniciativa, entrelazando la M y la Cruz, añadiendo dos barras para separar la Cruz de los Corazones e introduciendo un trébol, que es su etiqueta.

Otros fabricantes se tomaron a su vez libertades, sin que, en apariencia, nadie interviniese para normalizar los modelos.

¿Es la mujer de Apoc. 12?

¿Es la mujer de manos radiantes en el anverso, la mujer de Apocalipsis 12: 1, revestida de sol, la luna bajo sus pies, en la cabeza una corona de doce estrellas, luchando con el dragón ? Este símbolo era conocido desde el siglo XVI en relación con Nuestra Señora de Guadalupe, en Méjico, al que, sin embargo, faltan las estrellas. ¿En qué relación está con la Medalla?

Vachette omitió las doce estrellas en el anverso, pero rodeó con ellas. el reverso, donde podían figurar con un tamaño ma­yor y más visibles.

¿Qué pensar de esto ? Si Aladel no habla nunca de estrellas, si Chevalier es tan optimista y dice que estas estrellas hubieron de ser mencionadas de viva voz al tiempo de las apariciones, pues son constantes, si se las omite en las representaciones ico­nográficas más autorizadas (nn. 184 A, 404, 527), las atestigua con toda una hoja manuscrita de 1842, destinada al pintor Letaille, la cual parece referir las respuestas de Catalina misma. Una de esas respuestas es : «12 estrellas en torno a la cabeza» (n.° 461, CLM 1, p. 3L 301).

He ahí la razón por la que figuran desde el origen, pero trasladadas al reverso. El número varía: 14, 15, 17, 21; pero 12 es el más frecuente (Zangari, La medaglia, 1976, p. 215).

La misma hoja interrogatoria menciona el creciente de luna bajo los pies, con «la cabeza de la serpiente que es aplas­tada por el talón». La serpiente, que menciona asimismo Che­valier en 1878, figuró siempre en la Medalla como signo de la Inmaculada Concepción. Hace pensar en Génesis, 3: 15, fuen­te de Apocalipsis 12, y en el dragón de este último capítulo.

2. La Virgen del Globo

La cuestión que es preciso estudiemos, es la Virgen del Globo. Nuestro status quaestionis evidenció efectivamente fluc­tuaciones y explicaciones contradictorias sobre este punto. Testigos y autores han experimentado un visible embarazo a causa de esta cuestión.

El problema

Y con razón.

  • Para Aladel, la Virgen se presentaba con las manos va­cías, abiertas, pendientes, separadas.
  • Para Catalina, sostenía un globo en las manos, «eleva­das á la altura del estómago» (nn. 455 y 457, CLM 1, p. 293; cf. n.° 632, p. 345 y nn. 635, 636, p. 351: todos los autógrafos que atañen a las apariciones de la Medalla).

Catalina no alude lo más mínimo a la postura descrita por Aladel, ni Aladel a la descrita por Catalina.

Soluciones por amalgama

Para reconciliar entre sí a Aladel y Catalina, cuya diferen­cia está sin embargo atestiguada, los autores han tentado a interpretar las dos versiones:

  1. Como dos apariciones diferentes,
  2. Como dos «fases» o «actitudes» diferentes en el curso de una misma aparición.

Lo más a menudo, optaron por esta última solución, al extrapolar una respuesta tardía y confusamente transmitida en la que Catalina, a la que Sor Dufés urge con la pregunta:

  • ¿Pero qué aconteció con esta bola (que estaba en las manos de la Virgen)? —respondió en forma evasiva, que se tradujo diciendo :
  • Nada sé de él. No vi sino rayos que caían sobre esta bola (CLM 2, p. 229).

La respuesta es poco inteligible, pues, según el contexto, «esta bola» sobre la que caen los rayos, parecía ser la bola de las manos Y la misma ambigüedad se encuentra en algunos autógrafos (CLM 1, p. 294), donde tampoco se habla más que de la bola de las manos.

La respuesta de Catalina, tal como nos es referida, no ha­bla, pues, ni de una desaparición de la bola, ni de que se tien­dan las manos Además, aparece tardía (1897) e indirecta­mente, por Sor Tanguy, quien refiere de memoria lo a ella dicho por Sor Dufés hacía 21 años. Fue al interpretar este texto cuando los autores se indujeron a caer en la frágil hipó­tesis de las dos fases, para disipar el malestar que suscitaba en Sor Dufés la revelación de la diferencia entre Aladel y Catalina.

Solución por elección

Si se renuncia a la amalgama de estas dos versiones, hay que elegir una de ellas :

  • O la de Aladel, diciendo como Coste que Catalina ima­ginó tardíamente la Virgen del Globo,
  • O la de Catalina, diciendo que Aladel simplificó y esti­lizó la descripción.

Eso da cuatro hipótesis entre las que es preciso escoger :

  1. Dos apariciones diferentes (Geoffre).
  2. Dos fases en cada aparición (Misermont).
  3. Atenerse a la versión Aladel: Virgen de las manos abiertas (Coste).
  4. Preferir la versión de Catalina: Virgen del Globo en las manos.

Las dos primeras hipótesis carecen de todo fundamento o indicación textual. Armonizan dos versiones que no pre­sentan ningún punto de contacto ni de articulación. Esas dife­rentes construcciones, vacilantes y móviles parecen provenir de la sola preocupación de conciliarlo todo.

La tercera hipótesis —la hipótesis de Coste— es aún más gratuita. Procede de un prejuicio discriminatorio contra Ca­talina, adverso a la apologética de Misermont, que exasperaba, no sin razón, al archivero. Pero tiene que recurrir a expedien­tes foráneos para sostener su tesis. Trata la relación de Aladel, tan marcada por su estilización y percepción propias, como si hubiese sido escrita «bajo el dictado de la vidente» y constitu­yese la verdadera «relación autógrafa» de ésta (Mémoire de 1933, pp. 1-2; 2.a ed. de la Mémoire, p. 5; CLM 1, p. 37). Para explicar la fantasía que atribuye a Catalina, ha de suponer que tenía «una cabeza muy dañada» (nota crítica de 1911, n.° 1045), y aun «una gran raja en la cabeza» (hoja titulada Etude critique). Pero son apreciaciones que contrastan con la sen­satez y actividad de Catalina, coherente consigo mismo, eficaz y realista.

El método y espíritu de Aladel

La cuarta hipótesis —que opta por la versión de Catalina—debe, en consecuencia, ser examinada. Misermont conocía su existencia en la tradición oral de San Lázaro y por el Proceso. Mas no la menciona si no es encubiertamente y con indigna­ción. Adoptar esta hipótesis sería «tachar de perjuro a Mon­sieur Aladel» (Misermont, Gráces, p. 123). Dice «perjurio» suponiendo que Aladel haya prestado juramento con motivo de la investigación Quentin. Pero Aladel no prestó juramento; prometió sólo responder con toda verdad (ib p. 273). En la perspectiva de Misermont, no pudo haber para Aladel otra preocupación que la de hacer «se acuñase escrupulosamente la Medalla, en los más mínimos detalles que la Virgen hubiese indicado» ( Vie, p. 108), y toda interpretación sería traición.

Esta visión de su espíritu traduce mal la personalidad de Aladel y el problema que inevitablemente debía resolver. No caracteriza a Aladel la minucia, ni la preocupación por el detalle, sino un espíritu sintético, abstracto, que sabe distan­ciarse y escoger. Recuérdese que hizo sus primeras armas como profesor de filosofía en el seminario de Amiens en 1824 (Cra­pez, Message, pp. 997-101) y fue consultado, todavía muy jo­ven, por Jules Simon. Su preocupación consiste en ir a lo esen­cial por aquel atajo que mejor evidencie el sentido. Así se comporta en toda su vida, como también en su modo de tratar las apariciones de Catalina.

1.° No cuidó lo más mínimo de precisar el número y las fechas de las apariciones, ni tampoco lo que diferenciaba a unas de otras. Se adhiere a cierto esquematismo, hasta el pun­to de no repercutir en él, en su última edición (1842), la fecha notada por Catalina en los autógrafos de 1841. El razona como si todas las apariciones fuesen idénticas, mientras que Cata­lina conservaba el recuerdo de las diferencias entre la primera y la segunda. En virtud de dicho esquematismo atribuye a Catalina «22 años», cuando ella tiene 24, en su testimonio del proceso Quentin (n.° 298, CLM 1, p. 236).

2.° Hizo elecciones vigorosas en la dirección de su vida, y más precisamente en las apariciones de Catalina. Sus escri­tos no recogen más que la aparición de la Medalla. Si difundió, de manera restringida, entre los Padres de la Misión y las Hi­jas de la Caridad, las apariciones del corazón de san Vicente, hízolo sólo oralmente y en forma sintética, de manera simpli­ficada y estilizada. Redujo a dos, apariciones más numerosas, estableciendo un orden lógico : anuncio de desgracias primero y de protección después, orden inverso al de Catalina (Vie de Catherine, cap. 3, nt. 50). Guardó absoluto silencio sobre las demás apariciones, todas las de Nuestro Señor en la Eucaristía y la primera aparición de la Virgen en el sillón, aunque muy importante, ya que en ella recibe Catalina su misión y escucha las predicciones. Sólo gracias a un autógrafo de Catalina lle­garon a conocerse todos estos hechos (n.° 564, 1856), muerto ya Aladel, y cuando también ella hubo muerto. Pudo habérse­los ignorado para siempre. Lo propio acontece con la visión de la Cruz (1848: n.° 544). Vemos de este modo hasta qué pun­to podía hacer la facultad selectiva de Aladel que ciertos da­tos escapasen a la historia. Aun así, no se preocupó de disi­mularlos, pues en tal caso hubiese destruido el autógrafo de 1856, al igual que los papeles referentes a la Virgen del Globo (nn. 455, 457, 460, 461), sobre la que guardó asimismo silencio.

Los problemas de la traducción plástica

¿Cómo se le planteaba, ahora, a Aladel el problema de la Medalla. Siendo él pastor, no era cosa de que ejecutase un facsímil minucioso, según supone Misermont (Vie, p. 108). Tenía que traducir la visión y el programa de Catalina a una medalla simultáneamente conforme al sentido y consignas del arzobispo, a las reglas de la Iglesia y, por fin, a la capacidad del pueblo de Díos. Esta traducción plástica precisaba de transposiciones y elecciones bajo varios aspectos:

  1. Una visión es inefable. «No se la puede reproducir co­mo fue», tal la expresión de Bernardette Soubirous, decepcio­nada por las representaciones de la aparición de Lourdes. De ahí que sea preciso interpretar, elegir, estilizar
  2. Como toda obra de arte, una medalla envuelve crea­ción, simbolización, estilización.
  3. La materia impone limites, elecciones, transposicio­nes, condición agravada por la miniaturización que exige una medalla. Había que traducir un «cuadro» de luz y colores («velo aurora», «manto azul plata», etc.) a bajo relieve inco­loro, de minúsculas dimensiones. Ello no daba lugar a que figurasen ciertos detalles, como la intensidad singular de los rayos sobre Francia.

¿Cuáles fueron, pues, las intenciones y los problemas de Aladel en relación con la Medalla ?

Fidelidad esencial de Aladel

Cuidó de ser fiel al modelo prescrito, del que tomó lo esen­cial en la forma siguiente:

  1. Tratábase de una medalla de la Inmaculada. Y respe­tó escrupulosamente el tema y la inscripción invariable : ¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a ti!
  2. Mantuvo los rayos que emitían las manos, el rasgo más novedoso de la Medalla.
  3. Asimismo los elementos del reverso: Cruz encima de la M y de los Corazones.

El orfebre Vachette respetó estas prescripciones fundamen­tales.

Hay pleno acuerdo con los autógrafos de Catalina sobre todos estos puntos, aunque ella aluda al reverso muy breve­mente una sola vez (CLM 1, pp. 295-296).

Exigencias de las normas de la Iglesia

Pero Aladel debía considerar las normas de la Iglesia.

  1. Era una revelación privada, dominio delicado, donde el magisterio requiere prudencia, desconfianza y estricta ali­neación en la tradición. Precisaba entonces evitar toda singu­laridad, todo detalle discutible, toda fantasía no conforme a las reglas iconográficas, que eran estrictas. Bajo este aspecto, la Virgen con un globo en las manos no era, indudablemente, un modelo desconocido (Zangari ofrece algunos ejemplos de él, en Simbología, 1976, pp. 151-154, figs 214-220), aunque raro e insólito. La bola coronada de una cruz figura más bien en la mano. de Cristo, señor del mundo, y si alguna vez tam­bién la Virgen pone en ella su mano, de ordinario, es como asociándose al gesto del Niño, o sea, a su reinado.
  2. Cuando Aladel presentó su esquemático proyecto a la aprobación del arzobispo, éste lo autorizó con una mani­festación firme de su preocupación por desarrollar en esta for­ma la piedad mariana del misterio de la Inmaculada Concep­ción. Aladel tiene en cuenta esta recomendación autorizada, firme y determinada.

Elección de un «modelo»

Aladel dio, pues, por modelo al orfebre Vachette el tipo clásico de Inmaculada Concepción, y más precisamente, para fijar las ideas, la Virgen de Bouchardon, con las manos exten­didas y abiertas, expuesta en la Iglesia de San Sulpicio desde 1735 (Crapez, Message, 1947, pp. 74-75). Era el mejor medio de que se reconociese el misterio representado. Unas manos sosteniendo un globo lo hubiesen velado.

Una primera razón para suprimir el globo fue, que eso equivalía a apartarse del modelo convenido de Inmaculada Concepción, lo que hubiese envuelto problemas: eran tiem­pos en los que la iconografía de las Iglesias estaba sujeta a reglas.

Se requería además la supresión de la bola porque convenía superar la ambigüedad resultante de las dos bolas, representa­ciones ambas del mundo, una en las manos y la otra bajo los pies. Sólo en uno de sus autógrafos menciona Catalina una y otra bola: el n.° 457; pero describe la que está bajo los pies como «media bola» (CLM 1, p. 292). En adelante no la men­ciona ya, y se adhiere en exclusiva a la de las manos, que re­presenta el globo (n.° 455, p. 293), tanto que parece demarcar a Francia, punto privilegiado de dicho globo, en el único es­crito donde precisa este privilegio (n.° 457). De suerte que, de los cinco escritos donde habla de la Medalla Milagrosa y de la Virgen del Globo, cuatro no dicen que exista una bola o media bajo los pies (nn. 455, 532, 635, 636). La dualidad de la bola ha dejado perplejos a artistas y testigos que se expresaban al efecto. Por fin, los rayos que emitían las manos sobre las que descansaba el globo, lo habrían borrado u ocultado, a menos de darle dimensiones (y ridículas), como quiso hacer Letaille en su maqueta de 1842, no atendida por Aladel (CLM 1, p. 300-301. En los autógrafos, nn. 455-457; cf. 632-633, p. 344- 346, escribe Catalina que «ya no podía ver los pies» por causa de los rayos. Este ofuscamiento pide una interpretación).

Añadamos que Aladel, como todo programador capaz de distanciarse y con amplitud de miras, dejó mucho espacio al orfebre Vachette en cuanto a los detalles de la realización. De ahí las libertades que éste se tomó : omitió el velo (o lo enten­dió ligero y casi invisible, como lo hizo Lecerf), remitió las estrellas al reverso, dispuso a gusto suyo la inscripción. Puede que tomase la iniciativa de entrelazar la M y la Cruz para ga­nar altura, según la hipótesis de Zangari, etc.

La Medalla se difundió con variantes de consideración (forma, símbolos, detalles), hasta el punto de que figuran en el reverso otros temas, como san Vicente de Paúl o san José. Aunque este cambio disgustaba a Catalina (n.° 819, CLM 2, p. 152), no parece que Aladel haya intervenido para oponerse.

Conclusión

Puede, pues, estimarse que Aladel actuó como intérprete responsable y respetuoso para con lo esencial: el tema de Ma­ría concebida sin pecado, de acuerdo con el canon más clásico, más el nuevo y significativo elemento de los rayos que las ma­nos emiten. Su espíritu sintético y pastoral prefirió la claridad a la minucia. Hizo su papel de depositario de autoridad, me­diando entre la aparición inefable y una traducción plástica popular en una materia limitada.

El éxito extraordinario de la Medalla demuestra que su inspiración fue sana. Es lo que Catalina reconoció, cuando dijo al recibir una de las primeras medallas: Hay que propa­garla. Y a Sor Dufés (en 1876), dice no ser cosa de cambiar la Medalla.1 Ella sólo desea que el amor de María por el mundo, que significa el globo puesto junto a su corazón, y su ofreci­miento de intercessión, quedan representados, lo que obtiene en 18762 (abajo, capítulo 7).

De las cuatro hipótesis posibles se impone, pues, la cuarta: las ingenuas descripciones de Catalina prevalecen sobre las interpretaciones esquemáticas de Aladel. Pese a los defectos de estilo y ortografía, a las aproximaciones y torpezas, Catali­na demuestra una visión coherente, cronológicamente precisa y consciente de sus límites. Su visión se ha impuesto a los his­toriadores, cuando éstos han manejado sus escritos: Geoffre, Chevalier, Crapez, todos ellos han puesto en primer plano sus autógrafos.

Este análisis integral de los documentos, sin omisión ni disimulo, elimina un nudo de contradicciones, confusiones y construcciones que oscurecían la historia. No se ha resuelto la dificultad más que omitiendo una de las dos serles de textos, o por un concordismo, el cual refracta en los hechos la normal diversificación de los testimonios.

En los exegetas materialmente literalistas de antaño se pro­ducía un error análogo : para hacer justicia a las variantes de los 4 evangelios, llegaron a contar 6 ó 7 negaciones de san Pe­dro, aunque sólo se refieren 3, bien que en términos diferentes.

¿Por qué no fue reconocida antes una solución que impone el análisis? —puede preguntarse—. Es que parecía chocante la diferencia entre Catalina y su confesor. De ahí el recurso a hipótesis desesperadas.

Una diferencia bien atestiguada

Ahora bien, la diferencia es un hecho afirmado por los tes­tigos, en primer lugar por dos de los confidentes más íntimos de Catalina: Chevalier, Padre de la Misión, su biógrafo, de quien nos dice Sor Dufés que iba a menudo «a visitarla», du­rante los últimos años de su vida, y «escuchar lo que quería confiarle» (n.° 878), y Chinchon, su confesor durante 25 años (1852-1875) quien, al ser retirado, fue ocasión de gran contra­riedad para ella (cap. 7) y que la visitó en su lecho de muerte en 1876. Hay que citar estos dos testimonios, no aducidos por Crapez o Misermont, que con ellos veían deshechas sus cons­trucciones facticias.

Escuchémoslos :

  1. Chevalier (n.° 878, PO 10, p. 136; CLM 2, p. 201): «No me explicó por qué suprimió Monsieur Aladel el globo que la sierva de Dios ante mí siempre afirmó haber visto en las manos de la Virgen. Y aún sé que se quejó a Monsieur Aladel de este cambio. Tiendo a creer que fue para simplificar la Me­dalla, y que el público la aceptase más fácilmente, cuando las pasiones políticas tan grande influjo ejercían».
  2. Chinchon: Sor Catalina se quejó de que la Medalla Milagrosa, tal como había sido acuñada, no representaba exac­tamente la actitud adoptada por la Virgen Santa cuando se apareció […]. Respondí que Monsieur Aladel había sin duda juzgado imposible reproducir en la Medalla esa actitud, y que se la había hecho de suerte que se aproximase lo más posible a la verdad. Es cierto, por otra parte, que el Buen Dios bendice la Medalla así acuñada», etc.

Chinchon no determina la diferencia tan bien como Che­valier. Entendía que «las manos» de la Virgen estaban «ex­tendidas sobre un globo que estaba como a sus pies y algo ha­cia adelante». Mas no es eso lo que Catalina escribió (nn. 455, 457, CLM 1, p. 293; n.° 632, p. 345), ni lo que hizo ejecutar por Froc-Robert en 1876 (abajo, cap. 7, nt. 40).

Fuera de eso, ambos confidentes .atestiguan que hubo dos interpretaciones de un único hecho, que Catalina se quejó y que la diferencia se explicaba por una elección y por las sim­plificaciones que exigía el problema de la reproducción, el cuidado de que su ejecución «fuese aceptada por el público» (E. Mott, 1894, señala asimismo haber existido una diferencia y el espíritu selectivo de Aladel tocante a las apariciones, CLM 2, p. 137: callaba lo que amenazaba «dañar a la Medalla»).

Sor Dufés, confidente de 1876, experimentó sorpresa y turbación cuando Catalina le expuso la diferencia, que no aceptó sino al precio de una explicación tranquilizadora de Catalina: «Que no toquen la Medalla»; tranquilizáronla asi­mismo las armonizaciones, movibles y vacilantes, en cuanto puede juzgarse por ecos indirectos y tardíos de esta confiden­cia. Sor Dufés, que no tomó nota de esta conversación, se sintió tan turbada por el problema de la Virgen del Globo, fuente de dificultades, que no dijo una sola palabra, ni en su testimonio de 1877 (n.° 844, CLM 2, pp. 48-49), ni en el pro­ceso de canonización (nn. 870, 872, 873, CLM 2, pp. 178-185). En uno y otro testimonio refiere sólo las confidencias que ata­ñen al corazón de san Vicente, a las apariciones eucarísticas, a la de la Virgen en el sillón (desconocidas éstas hasta entonces), mas para nada alude a la Virgen del Globo. Interrogada al respecto en el proceso, el 11 de mayo de 1896, elude la respuesta: «En eso no conservo un recuerdo lo bastante preciso».

Sólo por Sor Tanguy tenemos un testimonio indirecto de Sor Dufés. La confidencia entre ambas había tenido lugar en 1876. 21 años más tarde, y de manera muy significativa, aunque forzadamente aproximada, se nos transmite un condensado de conversación (CLM 2, pp. 228-229 y Vie de Catherine, en una nota del capítulo 7). También Sor Cosnard declara que, en 1856, Catalina no quedó contenta de la estatua del altar mayor, «pues no se la representaba como ella la había visto, con la bola en las manos» (n.° 537, CLM 2, p. 255. Lo mismo Sor Hannezo, n.° 1315).

En el capítulo 7 de la Vie de Catherine se hallarán otros testimonios que delatan, no sin embarazo ni confusión, esta diferencia a lo largo del proceso; de ordinario armonizan las diferencias merced al artificio de las dos actitudes, fases o apariciones sucesivas.3

Allende las falsas apariencias

La segunda razón por la que tantos testigos y autores re­currieron a este subterfugio fue : evitar que recayese sobre Aladel la sospecha de haber traicionado a Catalina, y aun a la Virgen, omitiendo o cambiando un elemento del dato pres­crito.

Este malestar estriba sobre una visión demasiado material, que no capta el problema planteado por la traducción de una visión inefable, de una expresión plástica, y de los múltiples condicionamientos que se producen en semejantes casos. He aquí por qué hemos insistido en este aspecto poco conocido del problema y en la génesis compleja de la Medalla, de Catalina a su confesor, y de éste al orfebre y a cuantos multiplicaron la Medalla con tantas variantes.

El propio Chevalier, confidente de Catalina, atestigua sin ambajes esta complejidad en su libro, p. 85 (CLM 2, p. 112):

Cuando hubo que verter todos los detalles dados por la Hermana, el editor (Vachette, fabricante de la Medalla) tropezó con dificultades. ¿En qué actitud se representaría a la Virgen? Había adoptado varias en la aparición. ¿Sostendría el Globo en las manos? Pero éste había des­aparecido luego entre raudales de luz; aquella actitud no se prestaba tampoco al relieve, ni era gracioso el efecto que producía. Sopesado todo lo cual, se optó por el mo­delo ya existente de la Imaculada Concepción, que re­presenta a la Virgen extendiendo las manos.

Complicaciones y falsas apariencias desaparecen si acep­tamos todos los textos (no disimulando Chevalier y Chinchon, dos confidentes de primer orden), e interpretamos objetiva­mente, según las normas de la crítica de los testimonios, considerando a Aladel con su temperamento, su función, su pers­pectiva, los condicionamientos de su misión, y a Catalina con los suyos, sin mezclar artificialmente los elementos y límites de sus manifestaciones.

Aladel no faltó simplificando, interpretando, estilizando la visión inefable, en el sentido de las normas iconográficas, entonces tan estrictas, de las consignas del arzobispo y de la receptividad del pueblo cristiano, habituado a reconocer la Inmaculada Concepción en la Virgen de manos abiertas. Al adoptar este modelo, Aladel no hizo sino ilustrar mejor la invocación que escrupulosamente mandó inscribir en el an­verso de la Medalla, según consigna de Catalina: ¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti! Y salvaguardó los rayos, que era el rasgo más novedoso —y audaz— de la aparición. Expresó, pues, cabalmente el sentido y canalizó la revelación privada, según la tradición y la fun­ción propia de su autoridad.

Lo que puede lamentarse

El pesar del historiador, por consiguiente, no atañe a su decisión de ser en lo fundamental fiel al programa, sino al hecho de haber llevado tan allá su laconismo en los contactos con Catalina y no haber interrogado a ésta sobre puntos os­curos, ni haber dejado notas, memorias, puntualizaciones, en servicio de la historia y de la teología. Según Sor Grand, pro­yectaba hacerlo, mas esperaba «a que la Hermana muriese» (n.° 639, 1, p. 359), cosa bastante imprudente, pues él tenía más edad que ella.

Se le encuentra demasiado rígido para con Catalina al rehusar a ésta la humilde petición de una imagen complemen­taria de la Virgen del Globo, o bien un cuadro, cerrando este asunto después de haberlo hablado un momento, en 1841, con el pintor Letaille (n.° 461, CLM 1, pp. 300-301). Mas en el plano pastoral pudo juiciosamente haber más razones de lo que aparece a primera vista.

Dificultades que Aladel evitó

Suministrar una representación complementaria y referirla a la aparición hubiérale obligado a entrar en explicaciones delicadas que habrían agitado al público, o bien a arrastrar la verdad y hablar de dos apariciones, o de dos fases, como se hizo después para sustraerse a la cuestión.

El riesgo de dificultades con la autoridad no era quimérico :

— La Virgen del Globo, ejecutada en 1880, fue prohibida el 22 de enero de 1881, por la Sagrada Congregación de Ritos, no sin perturbación para la piedad misma, de donde sólo se salió gracias a la avisada intervención de un obispo lazarista, Mons. Thiel, de Costa Rica, durante una audiencia cerca de León XIII (CLM 2, pp. 27 y 120-132). Roma había querido prohibir la doble representación de la Virgen en un mismo lugar.4

— Más aún, en 1836 (n.° 356 y 374, CLM 1, pp. 257 y 273) la Santa Sede había prohibido una estatua de la Medalla Milagrosa. Y daba como razón que éste modelo —a causa de los rayos— «difería mucho de la imagen de la Concepción de la Bienaventurada Virgen María que se acostumbra a pintar de tiempos muy antiguos» (p. 25). Aladel conocía esta dificultad, pues había sobrevenido en 1836, por lo que se quitó un cuadro de la Virgen de los Rayos del altar mayor de la capilla de los Padres de la Misión de Nápoles (CLM 1, n.° 356, pp. 257-258). Esperó, pues, a 1856 para hacer se representase la Virgen de los Rayos, según el modelo de la Inmaculada, el más clásico, y dejó sin ejecución el proyecto relativo a la Virgen del Globo estudiado en 1841. Si hubiese actuado de otro modo, habría tropezado con dificultades inextricables.

En una palabra, aunque Aladel no era historiador ni se preocupó para nada de la historia, obró juiciosamente como el filósofo que era y como pastor. Simplificó, mas fue para me­jor expresar lo esencial: la Inmaculada, transparencia del Sol radiante de Justicia. Hizo patentes al pueblo de Dios los dos rasgos fundamentales : María Inmaculada, gloriosa, radiante en el anverso, y en el reverso los símbolos de la Cruz y del Amor.

Para la descripción detallada de la Medalla, de los puntos discutidos y de su interpretación, se verá la nota sintética 118 del capítulo 30 (nota clave), y en el capítulo 4, la nota 25, so­bre las libertades que se tomó el orfebre Vachette.

  1. (p. 12 bis): R. LAURENTIN, Vie de Catherine, ch. 7.
  2. Ib.
  3. En cuanto a la Virgen del Globo, es bien conocida, por los testigos más inmediatos, la discrepancia entre Aladel y Catalina. Además de los testimonios mayores, que cita el texto :

    N.° 878, Chevalier, CLM 2, p. 201.

    N.° 894, Chinchon, 19 de enero, 1897, P0’17, CLM 2, p. 219.

    N.° 906, Sor Tanguy, asistente y confidente de Sor Dufés, 24 de mayo, 1897, PO 24, pp. 265-70: «Sor Catalina se quejaba a Sor Dufés, porque la Medalla no representaba exactamente a la Virgen Santa como a ella se había aparecido».

    N.° 937, Sor Cosnard, CLM 2, p. 255: «No estaba en absoluto satisfecha de la imagen de la Virgen Santa (realizada en 1856 para la capilla), por no repre­sentar a ésta como ella la había visto [•••], sosteniendo en las manos la bola del mundo».

    Nota del informe Legoux, 1909, pp. 45-6, CLM 1, p. 317: «Más de una vez dijo Catalina a su confesor [Monsieur Chinchon] que en la Medalla Milagrosa no se representaba en absoluto a la Virgen Santa como ella la había visto».

  4. León XII levantó la prohibición en 1885, mas sólo habiendo insistido:

    —No quiero se diga en absoluto de esta imagen cosa alguna que remita a la revelación habida por una Hija de la Caridad.

    Pronunció estas palabras todavía otra vez, prohibiendo estrictísimamente se hiciese mención alguna de esta revelación […].

    —Que no se mencione la revelación. Lo he prometido […] la Sagrada Con­gregación de Ritos […] no estaba dispuesta a tolerar esta imagen, temiendo fuese presupuesta alguna aprobación, aun indirecta, de la revelación, si se tole­raba esa imagen (n.° 718. Nota de audiencia de Monseñor B. Thiel, 4 de octubre, 1884, CLM 2, p. 27, 120-132).

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